N/A: Disculpas por el atraso nuevamente, pero mi vida continúa siendo un caos y al parecer lo seguirá siendo hasta mediados de septiembre, así que me justifico de antemano... Obviamente, en cada momento que pueda intentaré escribir, pero no puedo segurar cuándo será la próxima actualización.
Gracias por todo el apoyo que me brindan mediante visitas, favoritos, follows y reviews.
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen
VI. ¿Somos amigas?
Quinn no sabía cuánto tiempo había trascurrido desde que dejó pasar a Rachel cargando a aquella pequeña en sus brazos. Probablemente, no más de treinta segundos, pero los había sentido como una eternidad.
–¿Nadie va a decir nada? –preguntó Beth rompiendo el silencio–. ¿Quién es Maia?
La aludida se movió entre los brazos de Rachel, para esconderse aún más, si es que eso era físicamente posible, entre el hombro y el costado derecho del cuello de la morena.
–Maia es mi amiga. Nos conocimos hace un tiempo en la clínica a la que asisto por mis terapias –explicó Rachel con normalidad–. Ella no es muda, pero no suele hablar mucho. Las terapias la están ayudando con eso. Pero la quitaron del programa, así que no puede estar más en la clínica y por eso yo decidí adoptarla.
Si Quinn pensaba que la situación no podía tornarse más extraña, Rachel acababa de demostrarle lo contrario.
–¿Adoptarla? –cuestionó asombrada la rubia mayor.
–Sí, es la única forma de asegurarme que reciba las terapias que necesita. Es mi amiga y las amigas no se abandonan –expuso con seguridad Rachel.
–¿Podemos adoptar a una de mis amigas, mamá? –pidió Beth esperanzada.
–No, Beth. Los hijos se adoptan por otras razones… –intento explicar Quinn.
–Pero Rach… –interrumpió Beth.
–No, Beth –sentenció la ex porrista, ganándose una especie de gruñido de parte de su hija.
Rachel le susurró algo en el oído a Maia y la pequeña negó, por lo que la morena volvió a insistir y al no recibir respuesta, se dirigió a la menor de las rubias paradas frente a ella.
–Beth, ¿podrías enseñarle a Maia tu habitación y jugar con ella?
–¡Claro! –respondió con entusiasmo la pequeña.
Rachel dejó en el suelo a Maia y Beth la tomó de la mano, instándola a acompañarla. Con reticencia la pequeña rubia, casi castaña, la siguió.
–Lucy… –susurró Rachel una vez que las niñas desaparecieron de su horizonte visual.
–Quinn –corrigió la rubia.
–Quinn, yo sé… –intentó nuevamente la morena.
–No, no sabes. Ese es el problema –manifestó Quinn–. No puedes decidir adoptar a una niña porque es tu amiga y quieres que vaya a terapia. Ser madre es algo mucho más complicado que eso –suspiró y en un tono menos beligerante agregó–: Recién te estás adaptando al mundo adulto. No puedes tomar una decisión tan importante de la nada. ¿Tus papás no te dijeron nada? ¿Tu psicólogo? ¿Cómo llegó la niña hasta acá? Sé que tú la trajiste, pero por favor dime que no la secuestraste…
–¿Qué? ¿Secuestrarla? ¡No, claro que no! –exclamó Rachel–. Los secuestradores son malos, Quinn. Yo no... Pedí permiso en el hogar. Debemos volver en dos horas. Mi psiquiatra autorizó las visitas y habló con la gente del hogar –explicó la morena–. Y mis papás no creen que sea una buena idea. Mi psicólogo no sabe nada, porque sólo tengo sesiones con mi psiquiatra últimamente, pero él considera bueno que quiera asumir responsabilidades. Dice que me ayudará a trabajar en eso.
–Deberías hacerle caso a tus padres, Rachel –sugirió Quinn–. ¿Quieres tener responsabilidades? Acepta el trabajo que te ofreció tu amiga, ten una mascota, paga cuentas. Un hijo no es una responsabilidad cualquiera, especialmente para alguien como tú…
Quinn apenas pronunció esas palabras, se arrepintió. Seguía cayendo en el mismo error, una y otra vez.
–¿Alguien como yo? ¿Alguien con la mente toda confundida? ¿Eso quieres decir? ¿O te referías a que siento que soy menor de edad aún? ¿Te recuerdo a qué edad te embarazaste de Beth? Yo tengo casi diez años más, eso dice mi identificación. Y si nos guiamos por mi mente, tengo la misma edad o algo más de la que tenías tú cuando quedaste embarazada de Beth –expuso Rachel con vehemencia–. Pero a diferencia tuya, yo ya tengo un título universitario y un trabajo. Puede que no esté totalmente capacitada, pero aprenderé. Lo haré por Maia, porque ella es la que importa aquí. Nadie lo entiende, pero nosotras tenemos una conexión fuerte. Sé que lo que necesita es amor y yo puedo brindarle eso… ¿Somos amigas, Quinn? Porque necesito que me ayudes, necesito que seas mi amiga y me ayudes con esto.
–Dios... Está bien –dijo resignada la rubia–. Probablemente me voy a arrepentir de esto, pero te voy a ayudar. Te enseñaré lo que sé sobre ser mamá –guardó silencio un momento antes de agregar–: ¿Sabes que será complicado, cierto? Van a indagar sobre tu pasado y cuando vean lo del accidente, te pondrán a prueba… De verdad no quiero que sufras, y siento que te estás exponiendo con todo esto.
–Lo sé, pero Maia lo vale… Gracias, Quinn. No sabes lo que significa tu ayuda –respondió Rachel con una sonrisa.
–Vamos a ver lo que están haciendo las niñas. A Beth no puedes dejarla sin vigilancia tanto tiempo –bromeó Quinn, aún inquieta por las decisiones de Rachel y las suyas.
La puerta de la habitación de Beth estaba abierta, así que fue imposible para las dos mujeres no escuchar lo que sucedía adentro. Quinn detuvo a Rachel con su mano para poder observar a las dos niñas relacionarse.
–¿Sabes? Es bastante complicado jugar si tú no dices ni haces nada –se quejó Beth y Rachel quiso intervenir en defensa de Maia, pero Quinn se lo impidió–. Así que si no hablas, yo no te ayudaré. Si quieres algo tendrás que pedírmelo. Rachel dijo que no eras muda, así que puedes hablar.
Beth estaba rodeada de sus juguetes y coloreaba un libro sobre su regazo, mientras que Maia se encontraba parada con su espalda casi totalmente apoyada en una de las paredes de la habitación de la rubia mayor. La pequeña sólo se dedicaba a mirar a Beth con ojos de corderito, pero sin moverse ni emitir palabra. Desde que habían llegado, Maia se había ubicado en aquella posición y no se había movido.
–Lucy… –pidió Rachel en un susurro. Sentía la necesidad de correr hacia Maia y tomarla entre sus brazos.
–No –sentenció Quinn, omitiendo el uso de aquel nombre–. La primera lección que debes aprender es que nunca podrás proteger a tus hijos del resto del mundo. Ellos van a sufrir y es parte de su crecimiento. Tú tienes que estar para sostenerlos, no para ponerlos en una burbuja. Beth no le hará daño a Maia, no es ese tipo de niña.
Rachel intentó relajarse y comprender las palabras de la rubia. Volvió a posar su mirada en Maia, que se había acercado mínimamente a Beth. De no ser porque ella tenía una excelente memoria visual, el cambio hubiese pasado desapercibido. Luego, vio a la pequeña dar otro paso y otro más, y así sucesivamente hasta quedar frente a Beth. La rubia de ojos avellana levantó su vista a la pequeña frente a ella.
–¿Quieres algo? –preguntó Beth haciéndose la desentendida. Maia le señaló uno de sus juguetes con el dedo–. ¿Quieres jugar con alguno? –la pequeña asintió–. ¿Con cuál? No sé a cuál apuntas.
Maia suspiró e intentó señalar de mejor manera, pero Beth sólo se encogió de hombros en señal de confusión y siguió coloreando su libro.
–Oso –murmuró Maia y Beth se lo pasó sin aparentar sorpresa.
–Siéntate aquí y si quieres puedes ayudarme a pintar este dibujo mientras juegas con Mister Tubbie –dijo Beth y Maia se acomodó junto a ella–. Fue un regalo de mi tía Britt. Dijo que el oso le recordaba a su gato que se llamaba Tubbie. En realidad, su nombre era Lord Tubbington, pero ella le decía Tubbie de cariño. Cuando era más pequeña siempre abrazaba a Mister Tubbie para dormir, ahora ya no lo necesito. Si quieres puedes quedártelo para que te ayude a ti. Eso sí, debes prometer que lo cuidarás –Maia asintió con fuerza–. Me gusta más cuando hablas. Si quieres no le digo a nadie que lo hiciste. Ese puede ser nuestro secreto. Ya sabes, las amigas siempre comparten secretos. Si quieres que seamos amigas, ese puede ser el nuestro. Hablas a escondidas sólo conmigo.
Maia sonrió algo confundida, pero asintió. Beth, adoptando un gesto característico de su madre, alzó una de sus cejas.
–Etá bien –aseguró tímidamente Maia, ganándose una sonrisa de la rubia a su lado.
Rachel observó todo esa interacción conteniendo su euforia. Su pequeña había hablado. Tres pocas palabras jamás se sintieron como algo tan contundente hasta que conoció a Maia.
–Gracias –le murmuró a Quinn que tenía una sonrisa en sus labios muy similar a la de Beth. Rachel estaba segura que la pequeña podía convertirse en la Lucy que Maia tanto necesitaba.
–No creas que sabía que aquello iba a suceder. Estoy tan sorprendida como tú –explicó la rubia–. Me alegra saber que mi hija fue capaz de algo así. Y tienes razón cuando dices que Maia necesita amor. Sigo sin estar segura de tu decisión, pero sí confío en que puedes brindarle eso, que probablemente es una de las cosas más importantes –agregó Quinn–. Ven, vamos a tomarnos un café, mientras ellas juegan.
Rachel siguió a Quinn hasta la cocina, donde la rubia puso la cafetera a funcionar. La morena se había convertido en una adicta a la cafeína, como todo habitante de Nueva York, aunque limitaba su consumo en pro de su salud vocal. Uno de sus profesores había sido muy enfático al señalar los riesgos y males que producía la ingesta de café, especialmente cuando no se hacía de forma moderada.
–Maia y Beth me recuerdan a nosotras –dijo la morena una vez que Quinn le ofreció una taza con humeante café en ella.
–¿A nosotras? –preguntó confundida la rubia.
–Sí, bueno, a nuestras versiones de primaria. Sólo que Beth es más como yo y Maia es más silenciosa, como la pequeña Lucy.
–Beth muchas veces me recuerda a esa Rachel –señaló Quinn y la morena sonrío–. A veces habla y habla sin importarle si Puck o yo la seguimos escuchando. Y claramente tiene un gusto por los musicales cuyo origen desconozco. Voy a culpar a Disney y todas sus películas.
–Siempre hay que culpar a Disney –aseveró Rachel con una sonrisa–. Maia necesita a alguien como Beth en su vida, ¿sabes? Así como yo necesitaba a mi Lucy. Todos siempre necesitamos un amigo.
Quinn sólo pudo asentir, porque las palabras no abandonaron su boca. El peso de la emoción se dejó sentir, atorándola, haciendo que sus ojos se tornaran brillosos. Y ahí estaba de nuevo esa necesidad de proteger a Rachel, de abrazarla, de cuidarla.
–Yo quiero volver a ser esa amiga, Rach –confesó Quinn–. Yo dejé atrás la secundaria y tú no la recuerdas, así que creo que ambas estamos en condiciones de ser esas amigas nuevamente. Pero vas a tener que enseñarme. He recordado algunas cosas, pero probablemente sea mejor que cada cierto tiempo me cuentes tus recuerdos –agregó la rubia con sinceridad–. Quiero conocer a tu Lucy; verme a través de tus ojos.
–¿En serio? –preguntó Rachel y Quinn asintió, por lo que la morena comenzó a aplaudir mientras daba una especie de saltitos sobre su silla–. Yo estaré encantada de recordarte todo –suspiró–. ¿Podrías hablarme sobre la secundaria? Creo que necesito conocer a tu Rachel…
–No –manifestó Quinn y Rachel la miró confundida–. Esa no era mi Rachel. Puedo hablarte de ella, pero no sé mucho. Nos alejamos en secundaria. Cada una siguió su rumbo y, luego, dejamos de ser amigas. Yo puedo hablarte de ella –recalcó–, pero quiero que me prometas que no te quedarás con esa imagen –tomó la mano de Rachel antes de agregar–: Ésta eres tú. Ésta siempre has sido tú. Sólo que a veces nos perdemos en el camino. Yo me perdí, tú te perdiste. Probablemente, la secundaria es el momento donde muchos se pierden para luego volver a encontrarse. Y hay mucho de esa Rachel que yo no sé y que puede que haya convertido a la Rachel de primaria en esa Rachel.
–Como lo de Shelby –susurró la morena, pero Quinn la escuchó.
–¿Quién es Shelby? –preguntó confundida la rubia, intentando recordar dónde había escuchado ese nombre.
–Shelby es mi mamá. Bueno, la mujer que me tuvo en su vientre –explicó Rachel–. Con el tiempo he logrado entender esa diferencia –Quinn frunció el entrecejo en signo de desconcierto–. Entre una mamá y la persona que te concibe. Antes no la tenía tan clara. Mis papás me dijeron que intenté contactarla, pero ella me rechazó. Yo no me conformé, así que la fui a buscar. Ella era profesora en otro colegio en Lima. Al parecer no estaba preparada para ser parte de la vida de una adolescente. Según papá, por eso comencé a cambiar…
–Querías que ella te quisiera –dijo Quinn.
–Sí… defecto de hija única, siempre quieres todo. Incluso lo que no puedes tener –bromeó Rachel con una sonrisa que no llegó a sus ojos–. Pero veo todo lo que han hecho mis papás y sé que no la necesito. Ya no. Y veo a Maia y pienso en su historia. Sé que su madre no la quería como se supone que una mamá debe querer a sus hijos, o quizás estaba tan metida en las drogas que no pudo hacerlo. Pero también sé que yo puedo quererla como se merece o al menos intentarlo, aunque no haya estado en mi vientre ni siquiera un segundo.
–Me alegra escucharte decir eso, Rach –señaló Quinn–. Shelby se perdió la oportunidad de estar en tu vida. Ahora tú tienes la oportunidad de ayudar a Maia, de quererla, tal y como tus papás lo hicieron y hacen contigo día a día.
–Me gusta cuando me llamas Rach… suena más amigable –expuso Rachel.
–Si vamos a ser amigas, creo que es bueno que suene así –Quinn le sonrió a la morena–. Y creo que podemos acordar que sólo tú puedes llamarme Lucy. Espero que me llames generalmente Quinn, pero no hay problema si se te escapa un Lucy.
–¿De verdad? –preguntó emocionada Rachel y Quinn asintió–. ¡No sabes lo mucho que eso significa, Quinn!
Quinn supo lo que iba a venir. Apenas había terminado de pensarlo cuando los brazos de Rachel la rodearon. La rubia de inmediato respondió el gesto y atrapó fuertemente a Rachel contra ella. Se permitió disfrutar del momento, perdiéndose en el roce de ambos cuerpos y en el aroma de la morena.
–¡Nosotras también queremos ser parte del abrazo! –la voz de Beth rompió el hechizo en el que se habían sumido.
–Y pueden serlo –dijo Rachel haciendo espacio para que ambas pequeñas se sumaran.
Cuando la manita de Maia tomó el meñique izquierdo de Quinn, la rubia entendió algo más a Rachel. Aquel pequeño gesto en aquella niña que parecía perdida en sus silencios, se sintió como una avalancha en su interior, y recordó todas las emociones que había experimentado desde el nacimiento de su hija, donde cada gesto y cada sonrisa significaban tanto, aunque el resto del mundo no lo entendiese.
–Creo que deberíamos comer algo –comentó Quinn unos momentos después–. ¿Qué les parece si encargamos pizza?
–¡Sí! –gritó Beth y Maia asintió con fuerza.
–¡Oh! –dijo la rubia mayor recordando–. Tú eres vegana, Rach… no puedes comer pizza… o podríamos preguntar si tienen alguna opción vegana…
–No te preocupes, Quinn. Ahora sólo soy vegetariana… una de las consecuencias del accidente –explicó Rachel–. Me desperté queriendo comer queso y productos lácteos… y mi "veganismo" tuvo que variar. En todo caso, por lo general, prefiero consumo productos vegetales y no derivados animales… pero mientras la pizza no contenga carne, está todo bien.
–Entonces no podrás comer de la nuestra, porque con mamá no podemos pedirla sin tocino. Es una regla –sostuvo Beth y Maia aplaudió.
–¿Tú también? –preguntó ofendida Rachel mirando a la pequeña rubia/castaña.
–No culpes a Maia, el tocino es lo mejor que existe –manifestó Quinn.
–No entraré en una discusión acerca de lo mal que tratan a los animalitos que ustedes se comen –Beth y Maia abrieron sus ojos sorprendidas–. En conclusión, una pizza grande con tocino y una pequeña vegetariana para mí.
–No se dejen influenciar por Rachel, niñas –dijo Quinn–. Yo voy a llamar a una pizzería que está cerca. Ustedes pueden prender la TV y ver algo entretenido, por mientras –Beth intentó decir algo, pero su madre la interrumpió–. No, no pueden ver Frozen ahora, porque no alcanzarán. Apenas terminemos de comer, acompañaremos a Rachel y Maia de regreso al hogar.
Tras un pequeño debate, decidieron ver unos dibujos animados que gustaban a Beth y a Maia, pero que terminaron sumando una nueva fan al final del episodio, pues Rachel no pudo contener sus risas durante todo el programa.
Apenas llegó la pizza, se sentaron en la mesa a disfrutar de aquella maravilla de la comida italiana, como Rachel no dudó en llamarla. Maia no dijo nada, pero los sonidos que emitía al comer y la sonrisa que adornaba su cara, eran motivo suficiente para suponer que estaba de acuerdo con las palabras de Rachel.
Beth pasó toda la comida hablando de cómo sería acompañar a Rachel a sus ensayos y explicándole a Maia la importancia de actuar en una obra de Broadway. La pequeña insistió en que Rachel se comunicase con ella apenas hablara con Tina, pues ella quería ser la primera en saber sobre su primer protagónico de manera oficial. La morena no tardó ni siquiera un momento en asegurarle que así sería.
Quinn insistió en llevar a Rachel y Maia en su automóvil, pues no solía ocuparlo mucho debido al tráfico en las calles de Nueva York y la ubicación de su hogar respecto de su trabajo y el colegio de Beth. La morena se opuso principalmente señalando que Maia no podía viajar sin un asiento para niños, pero Beth le recordó a Quinn que tenían la suya guardada en la bodega. La rubia mayor agradeció no haber encontrado tiempo para donarla aún, pues de ahora en adelante podría serles útil. Incluso pensó en hablar con Rachel para dársela, así la morena no tendría problemas cuando quisiese movilizarse con Maia mientras uno de sus padres conducía.
Cuando llegaron a hogar, Quinn se sorprendió: todo parecía tan apagado… ella había pensado que el hogar tendría colores más llamativos, más alegres, como los que ocupan en las guarderías. En cambio, en el lugar prevalecían los colores fríos. Se alternaban entre el blanco de las paredes y el gris de los muebles.
Rachel pidió permiso –y le fue concedido- para que tanto Quinn como Beth pudiesen acompañar a Maia a dejar sus cosas a su habitación; aquellas cosas consistían básicamente en regalos que Beth le había dado a su nueva amiga: libros para colorear, lápices, un sweater y Mister Tubbie.
La habitación de Maia contaba de seis camas individuales. La de la pequeña rubia oscura, quedaba al fondo, junto a la pared. Carecía de objetos, ni fotografías que hiciesen su espacio más personal. Junto a la puerta había un armario de mediana capacidad, dividido en seis compartimentos; el que le correspondía a Maia tenía poca ropa, pero toda muy ordenada. Quinn se preguntó si la pequeña tenía algún juguete, algo propio, además de lo que Beth le había dado. Hizo una nota mental para poder hablar con Rachel sobre eso.
Cuando una de las chicas que ayudaba en el hogar, se llevó a Maia para que comiese, pese a que Quinn insistió en que ya lo había hecho, a las rubias no les quedó otra opción que volver junto a Rachel, quien aún se encontraba hablando con la que Quinn asumió que era la directora del lugar.
Al llegar a la oficina, tanto Quinn como Beth notaron que el clima del lugar no era el mejor. Pese a que no había gritos, el tono de las voces era evidentemente beligerante. La mayor de las rubias se sorprendió al notarlo, pues sabía que Rachel quería hacer de todo para presentar la mejor imagen ante todos los implicados en el proceso de adopción.
–Le insisto, a veces lo que queremos no es lo que tenemos, señorita Berry –dijo la mujer de unos sesenta años.
–Pero yo la quiero y sé que ella me quiere a mí, ¿por qué no quiere ayudarnos? –preguntó angustiada Rachel.
–No se trata de no querer ayudar, sino de pensar en el mejor futuro para los niños. Usted no es una persona estable, ni siquiera tiene un trabajo –explicó la directora–. Su psiquiatra habló con nosotros. Yo tengo una buena opinión de él y por eso le permití la visita, pero no volveré a concederle ese permiso si usted insiste con esto. Le está creando falsas ilusiones a una pequeña que no se lo merece.
–No son falsas, yo la quiero adoptar, ¡y lo haré! –sentenció Rachel.
–Deje de vivir en una burbuja, señorita. Sus posibilidades de adoptar a Maia son tan bajas como las de una adolescente. Una de las enfermeras de la clínica también trabaja aquí y me informó de su caso. Si usted cree que yo daré mi visto bueno a un juez a su favor, está equivocada –manifestó la mujer de mayor edad.
–Por favor, al menos permítame demostrarle que puedo. Deme una oportunidad.
–Usted no está capacitada, no tiene trabajo, no tiene una familia… –dijo la directora.
–Sí tiene una familia, Rachel no está sola –interrumpió Beth y Quinn se reprendió a sí misma, por no prever la intervención de su hija.
–¿Ah sí? ¿Y usted quién es, señorita? –preguntó la directora con un dejo de ironía que a Quinn no le sentó nada bien.
–Bethany Puckerman-Fabray, amiga de Rachel e hija de su novia –se presentó la pequeña, ante la sorpresa de las mujeres adultas.
–¿Novia? –cuestionó la directora ante la cara de sorpresa de Rachel y Quinn.
–Sí, mi mamá Quinn Fabray, que es una destacada fotógrafa y trabaja para una de las agencias más respetadas de Nueva York y del país, es la novia de Rachel, futura estrella de Broadway.
–Beth… –pidió Rachel sin ser capaz de agregar nada más.
–Es verdad, Rach. Serás una estrella –le aseguró Beth, aunque la morena no se refería sólo a eso–. Rachel aceptó el rol protagónico en una obra que se estrenará en Broadway en unos meses –agregó y al notar la cara de asombro de la directora dijo–: Aceptó, porque le pidieron que participara, así de talentosa es –aseveró, pese a que nunca había visto a la morena actuar.
–Le pido disculpas por el actuar de mi hija –habló Quinn mirando a la directora–. A veces suele emocionarse y olvida a quién se está dirigiendo. También olvida cuándo detenerse –añadió–. Pero tiene razón en lo que dijo. Rachel no está sola y puede que le falte mucho por aprender, pero lo hará. Ella está comprometida con Maia y la adora. Sabe que el proceso no es fácil y aun así está dispuesta a enfrentarlo. Eso dice ya bastante de ella –tomó la mano de Rachel y la de Beth–. Ahora no le quitamos más tiempo, pero tenga por seguro que volverá a vernos. Que tenga un buen día, señora.
Sin esperar que Rachel, Beth o aquella mujer a cargo del hogar dijesen algo más, Quinn se retiró del lugar, acompañada de la morena y la pequeña rubia. Luego, se despidieron de Maia, que se quedó hecha un mar de lágrimas. Esa imagen sumada a lo sucedido en aquella oficina fueron determinantes para Quinn. Ella iba a ayudar a Rachel, aunque eso desatara aquellas emociones que tenía ocultas. Iba a hacerlo por la morena y por aquella pequeña que se merecía algo mucho mejor que todo lo que había vivido hasta el momento.
