N/A: Honestamente, desearía no tener que pedir disculpas nuevamente por el atraso. Es más, cuando actualicé mi otra historia, pensé que a los pocos días podría subir el siguiente capítulo en esta. Pero la vida, el destino, mi mala suerte, el mundo o lo que sea, quisieron lo contrario. Tuve que hacer un viaje urgente por dos semanas y luego mi laptop murió (y perdí todo lo que tenía en ella, incluyendo mis dos historias y bocetos de otras cosas), pero bueno...
Gracias a quienes han esperado todo este tiempo y a los que se han sumado desde mi última actualización.
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.
VII. Retroceso
Rachel nunca había estado tan comprometida con algo, como lo estaba con la situación de Maia. No pensaba rendirse por muchas puertas que le cerraran en la cara, por muy complicado que se volviera el camino.
Ver a Maia casi todos los días era su motivo para levantarse; y la cara de la pequeña cada vez que se despedían, la causa de su lucha. No importaba cuán complicado era todo para ella, Maia estaba primero.
Sabía que aceptar el papel que le había ofrecido Tina no sería algo sencillo, pero había subestimado realmente el asunto. Relacionarse con otros era algo agotador para la morena. Ni siquiera antes del accidente había sido una mujer llena de habilidades sociales; según lo que le habían explicado sus padres, ella representaba un papel cada vez que salía de casa. Decía lo que esperaban que dijese, aunque no estuviese de acuerdo con ello. Pero ahora las cosas eran distintas, Rachel no podía representar el papel de la "chica normal", porque ni siquiera sabía qué significaba eso. No entendía las bromas de sus compañeros de trabajo, ni sabía cómo comportarse frente a ellos. Todo era forzado y lo odiaba, pero debía hacerlo por Maia. Tina la ayudaba cómo podía, pero producir una obra no era sencillo, por lo que no podía estar siempre acompañando a su amiga. Beth había asistido al primer ensayo y Rachel se había sentido mucho más segura, pero la niña tenía que ir a clases cuando la morena tenía agendada la mayoría de las lecturas y prácticas.
Y Lucy, su Lucy, tal como lo había prometido, intentaba ayudarla con todo el asunto de ser una mujer más responsable. Aunque aún no estaba segura de que la morena estuviese lista para vivir sola, como Rachel se lo había insinuado, no había dejado de alentarla para que fuese más independiente. La fotógrafa sentía que su vida tenía una nueva luz debido a la presencia de la futura diva de Broadway, mientras que la actriz y cantante sentía que cada día recuperaba un poco de la Lucy de sus recuerdos. Era como si cada día que pasaba Quinn se mezclaba con la antigua Lucy, logrando una versión mejorada de ambas, a los ojos de la morena.
Sin embargo, pese a todo su esfuerzo, Rachel aún no conseguía la aprobación de la directora del hogar. La mujer la seguía mirando con malos ojos y sólo le permitía las visitas, porque el psiquiatra de Rachel había intervenido. Aquella situación ponía a la morena sumamente nerviosa, pues la mujer era una de las encargadas de dar su visto bueno en el proceso de la adopción de Maia.
Rachel intentó alejar esos miedos y centrarse en Maia. La pequeña estaba jugando frente a ella, mientras que disfrutaban de un agradable día primaveral en un parque cercano al hogar.
–¿Recuerdas lo que te conté la última vez que nos vimos hace dos días? –preguntó la morena a la pequeña niña que la miraba atentamente, mientras asentía–. Me volvió a invitar a salir. Creo que no entiende que los niños no me gustan.
Marcus Wellington era el encargado de la iluminación y sonido; se habían conocido la segunda semana de ensayos. Era un chico agradable, que no incomodaba a Rachel en demasía, pero que no entendía el significado de un no.
–Ojalá que cuando tú seas mayor, no tengas estos problemas. Los chicos apestan –continuó la morena–. Salvo Kurt y mis papás –aclaró–. Noah, el papá de Beth, tampoco está mal. Es simpático y me hace reír, aunque a veces dice cosas que no entiendo o mira a mi Lucy con diversión, como si él supiese algo que yo no sé.
Maia se acercó a Rachel y se sentó en sus piernas, al tiempo que la abrazaba.
–¿Estás bien, en el hogar? –preguntó Rachel, como todos los días y la respuesta, como siempre, fue la misma. Maia se encogió de hombros y se ocultó en su cuello–. Lo estoy intentando, te lo prometo –aseguró la morena y la niña la abrazó con más fuerza–. No voy a rendirme, Maia. Voy a pelear por nosotras, aunque todo el mundo esté en contra –afirmó–. Pero necesito que me ayudes. Ellos tienen que ver que mejoras, que yo te hago bien. Sé que hay cosas en tu cabeza que no entiendes y tienes miedo. Yo también lo tengo, pero juntas podemos afrontarlos.
La pequeña se separó de Rachel para observarla detenidamente y tras unos segundos, asintió.
–A veces me gustaría que me hablases un poco, como lo haces con Beth –admitió la morena mientras tocaba con su dedo índice derecho la nariz de la pequeña, haciéndola sonreír–. Pero yo no puedo ser tan firme como ella. Yo entiendo lo que me quieres decir cuando me miras con esos ojitos y no puedo negarme.
La sonrisa de Maia se ensanchó. Rachel no necesitaba nada más que eso, para comprender que su lucha valía la pena. El destino había movido sus cartas y las había acercado, Rachel no sería quien lo desafiara.
De pronto Maia se levantó y tiró de la mano de Rachel.
–Ven –dijo la pequeña sin perder la sonrisa. La morena quedó paralizada al oírla–. ¡Ven! –reiteró Maia al ver que Rachel no se movía.
–¿Yo? ¿Me hablas a mí? –preguntó sorprendida la cantante y Maia asintió con fuerza.
Quizás sólo había sido una palabra, pero era un gran paso. Un comienzo.
Rachel dejó que Maia la guiará hasta donde la pequeña había decidido llevarla. Cuando finalmente se detuvieron, frente a ellas tenían a un señor mayor con un carrito y un letrero que señalaba que vendía helados. Pese a la obviedad, Rachel se giró hacia Maia para hablarle.
–¿Quieres uno? –Maia mostró todos sus dientes en una sonrisa que podía iluminar el mundo, antes de asentir–. Queremos dos helados. De chocolate y fresa.
–Marchando dos helados –dijo el señor, mientras buscaba lo pedido–. ¿Es su hija? –Rachel miró a la pequeña, que a su vez la observaba esperanzada, y asintió–. Es muy linda.
–La más hermosa de todas, junto con Lucy y Beth –afirmó Rachel.
El vendedor se limitó a sonreírle y no cuestionó sus palabras, mientras les entregaba sus respectivos helados. Tras un sencillo "gracias" de Rachel y un asentimiento de Maia, se despidieron del señor mayor.
No alcanzaron a caminar mucho hasta que una voz que Rachel desconocía, comenzó a llamarla. Sin saber por qué, todo en la morena se tensó. Maia sintió aquello y se detuvo.
–Rachel, no puedo creer que seas tú –la aludida miró a la persona frente a ella con desconfianza. No lo conocía, pero algo en él no le gustaba–. Soy Finn, ¿me recuerdas? –comentó al percatarse de la mirada de la chica.
–Finn… –murmuró Rachel intentando asociar al chico frente a ella con aquel que había sido el novio del que sus padres le habían hablado. Maia apretó la mano de la cantante con fuerza y la morena supo que la niña estaba incómoda.
–Sí, Finn Hudson, tu ex novio –afirmó el hombre con una sonrisa que no le gustó a ninguna de las dos personas frente a él. Al parecer Finn no notó aquella intranquilidad, porque se acercó aún más y tomó la mano libre de Rachel–. Me alegra ver que estás bien. Me gustaría que pudiésemos juntarnos algún día a tomar algo.
–No –fue Maia quien habló sorprendiendo a ambos adultos, pero principalmente a Rachel.
–¿Es tu hija? –preguntó Finn confundido, como si recién cayese en cuenta de la presencia de la pequeña.
–Sí –nuevamente fue la pequeña quien pronunció aquella palabra de manera tajante. Rachel aún en su asombro no entendía cómo alguien podía ser tan poco delicado. Además, biológicamente parecía casi imposible que Maia fuese su hija, eran como la luna y el sol–. Mi ma –agregó Maia como si el punto no hubiese quedado claro.
–¿Estás casada? –preguntó casi ofendido Finn, buscando algún signo de anillo en la mano izquierda de la morena que, en ese momento, sostenía la manito de Maia.
–No, no lo estoy –respondió Rachel encontrando su voz.
–Entonces, podríamos salir. Digo, tú estabas tan enamorada de mí en la secundaria. Si no hubiese sido por aquel accidente y por cómo quedaste después, quizás seguíamos juntos –Rachel no podía creer que hubiese salido con aquel hombre. Principalmente porque a ella no le interesaban los chicos, pero además, él parecía no tener tacto alguno y la incomodaba de sobremanera–. Podríamos recordar viejos tiempos y quién sabe, quizás conectarnos de nuevo –Finn acompañó sus palabras con una caricia en la mano de Rachel.
–¡No me toques! –exclamó la morena sin poder contenerse. No quería sentir el tacto de Finn. Ella no tenía problemas con las muestras de afecto, pero sólo las amistosas. La de Finn era distinta, si hubiese sido Quin… quizás no se habría incomodado.
–No seas exagerada, Rachel. Es sólo un gesto de cariño –dijo con una sonrisa ladeada que, a diferencia de la de Quinn, le pareció espeluznante–. Sé que tú también sientes que lo que hace un tiempo existía entre nosotros aún está ahí.
Rachel fue consciente de cómo la ansiedad se apoderaba de ella y aquello la angustió. Sabía que tenía que alejarse de aquel hombre, pero su cuerpo no le respondía. Sus pensamientos se fueron a Maia. Necesitaba protegerla, protegerla de él. Era como si su mente gritara: "¡peligro!". No entendía por qué, no lo recordaba; ni a él, ni a su relación. Sus padres sólo le habían comentado como el chico se había alejado una vez que ella quedó en coma y sabían que lo resentían por haber manejado borracho la noche del accidente. Pero nunca le dijeron directamente nada malo de él o su relación. Sin embargo, estaba aterrada y sentía aquella necesidad de proteger a Maia.
Aquel fue el último pensamiento y sentimiento que pasó por Rachel antes que todo se volviese negro y ella cayese inconsciente entre la pequeña y Finn.
Quinn siempre había escuchado de llamadas que te cambian la vida y nunca había creído en ellas. Quizás más tarde podría concluir que la que ella había recibido segundos atrás, antes de salir corriendo con Beth, tampoco cambiaría su vida; quizás sólo se trataba de una llamada que iba a alterar su día, su semana, su mes, pero no su vida; quizás, en realidad, no se detendría a pensar en aquello, porque su mente estaría ocupada en otra cosa, en otra persona.
No había entendido mucho cuando Hiram le habló. El hombre estaba en un estado de ansiedad importante y le transmitía información sin darle un contexto. Fue la rubia quien tuvo que deducir varias cosas: Leroy estaba en tribunales, él estaba a una hora de la clínica, Maia estaba sola, aunque Finn estaba allí, Rachel había sufrido una crisis o algo así. Aquella última parte es la que se había quedado plasmada en la mente de Quinn. Tras preguntarle sobre la clínica en donde se encontraba la morena, murmuró un simple voy y cortó la comunicación. Su mente le gritó que investigara porqué Finn estaba allí. Ella no lo quería cerca de Rachel, pero su cuerpo se movió en busca de sus cosas y de Beth. No era tiempo de pensar y preguntar, era tiempo de actuar.
Bethany Puckerman-Fabray conocía muy bien a su madre, había vivido nueve largos años a su lado, lo que equivalía a toda su vida. Un tiempo bastante largo, en su opinión. Por eso, apenas la vio aparecer agitada en la puerta de su habitación, supo que algo pasaba. Algo malo. Su madre tendía a explicarle todo, siempre haciéndola parte de lo que sucedía; esta vez, en cambio, sólo le dijo que debían salir inmediatamente. Sin darle tiempo a cuestionar nada.
Sólo en el coche, camino a la clínica, la pequeña entendió lo que sucedía. A medias, porque Quinn tampoco sabía mucho al respecto. Pero la sola mención de Rachel, una crisis y la clínica, bastó para que ambas rubias se quedaran en un completo silencio. Ello, porque, además del parecido físico que Beth y Quinn compartían, también estaba su similitud en los ámbitos de su personalidad. La menor, mucho más extrovertida debido a la carga genética aportada por su padre, tendía a ser muy reservada cuando algo la inquietaba o la preocupada, como su madre.
Si alguien les hubiese preguntado cuánto tardaron en llegar a la clínica, ninguna hubiese tenido una respuesta. Pudieron ser unos segundos, unos minutos o unas horas. Lo que tenían claro, es que no había sido lo suficientemente rápido.
Estaban paradas frente al mesón de informaciones donde una mujer hablaba por teléfono mientras madre e hija, esperaban impacientemente porque aquella llamada se terminase.
–Rachel Berry. Necesito saber sobre Rachel Berry, por favor –pidió Quinn apenas la mujer frente a ellas colgó el teléfono.
La mujer tecleó, lo que Quinn y Beth supusieron que sería el nombre de Rachel, antes de volver a mirarlas.
–¿Usted es familiar? –preguntó la recepcionista con duda–. La información es reservada. Sólo puedo entregarla a familiares.
–Soy su novia –respondió Quinn con seguridad. Sabía que si no mentía, nadie le diría nada.
–Se van a casar pronto –añadió Beth, como si aquello le diese más fuerza al vínculo. Ella también había visto las suficientes películas para saber que necesitaban una relación cercana y seria, si querían información.
La mujer volvió a mirarlas con duda, pero la ansiedad y preocupación que expresaban ambos rostros frente a ella la convencieron.
–La señorita Berry ingresó hace media hora inconsciente y está bajo observación. Si bien su estado no es extremadamente delicado, el médico tratante no ha querido emitir un diagnóstico aún –les informó la mujer–. Se encuentra en el segundo piso, habitación 2017. No puede recibir visitas y aún no recupera la consciencia –miró a Quinn antes de añadir–. Le recomiendo que hable con el médico a cargo, el doctor Hamilton.
Ambas rubias asintieron y tras agradecerle a la recepcionista la información se apresuraron hacia las escaleras, pues no tenía sentido esperar por un ascensor. Una vez en el segundo piso, comenzaron a mirar hacia distintos lados en busca de la dichosa habitación.
–¡Maia! –fue Beth quien elevó la voz para alertar a la pequeña.
Quinn no había reparado en la presencia de Maia afuera de la habitación, sino en Finn. El hombre, estaba sentado en uno de los sillones ubicados a modo de sala de espera junto a la puerta de la habitación 2017.
La mencionada pequeña las miró con lágrimas en los ojos, revelando algo del temor que la invadía. No esperó mucho para correr hacia la hija de Quinn.
–Beth –sollozó Maia aferrada ahora a la cintura de la menor de las Fabray.
–Maia –murmuró Quinn, separando a su hija de la pequeña que no paraba de llorar, para cobijarla en sus brazos–. Todo va a estar bien.
Pese a que Quinn lo aseguró, incluso Maia supo que mentía.
–Ma –dijo la niña de ojos celestes que en ese momento brillaban por las lágrimas y Quinn supo que se refería a Rachel.
La vida era así de irónica, la primera vez que Maia se refería a Rachel así, la morena no estaba para escucharlo. Ni siquiera estaba consciente. Aquello era lo que más aterraba a Quinn.
–Quinn Fabray… esta sí que es una sorpresa –Finn se hizo notar interrumpiendo el momento y la intimidad que se había formado entre las tres mujeres.
La aludida esperó unos segundos antes de hablarle. Segundos en los que lo observó de arriba a abajo. Los años le habían sentado bien, eso lo podía reconocer.
–Hudson –una seca palabra fue todo lo que Quinn decidió brindarle.
–No sabía que Rachel y tú fuesen amigas –comentó Finn intentando encontrar un punto de conversación.
–Hace mucho años que no formas partes de la vida de Rachel –sentenció Quinn, sin agregar que ella no frecuentaba a la morena sino desde hace poco tiempo.
–Algunas situaciones son demasiado para un adolescente –expresó Finn comprendiendo el mensaje entre líneas de Quinn–. Estuve mal, lo reconozco.
La rubia sabía que lo de Rachel quizás habría superado a más de uno. Pese a eso, Finn se suponía que la amaba, y ni siquiera había sido capaz de visitarla cuando su vida pendía de un hilo. La sola imagen de Rachel sola en una habitación, recibiendo solamente la visita de sus padres, irritó a Quinn. Muchas personas debieron estar al lado de la morena en esa época. Una de ellas estaba ahora frente a ella y descargaría su ira con él, aunque no estuviese bien.
–Era tu novia, Hudson. Debiste estar, pero era más fácil alejarse. No te justifiques, porque no hay excusa que valga –sentenció Quinn.
–No intento justificarme. Y si debo disculparme con alguien, es con Rachel. A ti no te debo explicación alguna –expuso Finn sin titubear–. No eres ejemplo moral de nada –agregó tras mirar a Beth.
–Ni se te ocurra tomar ese rumbo –advirtió Quinn. Nadie se metía con su hija o sus decisiones al respecto.
–Mamá… Rachel –murmuró Beth, omitiendo al hombre frente a ellas. La pequeña rubia sabía quién era, pero no podía importarle menos. Todo lo que le interesaba en ese momento era su amiga Rachel.
Quinn asintió, porque la Beth tenía razón. Sus nervios la habían nublado y se había centrado en algo que ahora no importaba. Lo relevante en ese momento era saber sobre Rachel.
–¿Qué pasó? –preguntó Quinn a Finn–. ¿Ha dicho algo el médico?
–Me crucé con ellas en el parque que está a dos calles de aquí. Me alegré de ver a Rachel tan bien después de todo lo sucedido. Le pregunté si podíamos juntarnos a hablar. Ella se puso extraña y luego se desmayó. No reaccionaba y la niña no paraba de llorar. Llamé a una ambulancia y aquí estamos –explicó Finn. Quinn apretó más a Maia contra su cuerpo, intentando disculparse por que la pequeña hubiese tenido que vivir todo eso, sin un adulto que supiese cómo tratar a los niños–. Hace unos minutos entraron dos médicos más a evaluarla. No me han dicho nada, porque no soy familiar. Uno de sus padres viene en camino. Asumo que recién con él podremos obtener algo más de información…
El hombre no siguió hablando, porque en ese momento la puerta de la habitación de Rachel se abrió y salió un trío de médicos. Quinn ni siquiera lo pensó antes de acercarse. Ella no podía esperar por Hiram, necesitaba respuestas ya. Necesitaba saber que Rachel estaba bien.
–Disculpe, ¿ustedes son los médicos que están tratando a Rachel? –preguntó al trío una vez que se detuvo frente a ellos, con Maia en sus brazos y Beth tomada de su mano.
–Sí, pero la información es confidencial. Sólo puede ser entregada a familiares, ¿usted lo es? –preguntó el más joven de los tres médicos.
–Soy su novia. Nos pensamos casar pronto –dijo Quinn con seguridad, agregando a su mentira, la de Beth. Finn murmuró un "¿Qué?" mientras que los dos médicos mayores parecían algo sorprendidos, aunque uno le sonreía.
–¿Lucy? –fue el médico de la sonrisa el que preguntó. Quinn se limitó a asentir–. He escuchado mucho de ti. Me alegra finalmente conocerte. Soy Brian Marshall, el psiquiatra de Rachel. Él es el doctor Roberts, su neurólogo –agregó, presentando al otro médico mayor–. Y él es el doctor Hamilton, que recibió a Rachel cuando la ambulancia la trajo hasta aquí –Quinn asintió al médico más joven.
–¿Está bien? –cuestionó Beth–. ¿Rachel, está bien?
–Ma… –murmuró Maia, alejándose del refugio que le brindaba el cuello de Quinn y girándose hacia los tres médicos.
El doctor Marshall miró a Quinn como preguntándole si podía hablar frente a las pequeñas. La rubia asintió. No tenía sentido ocultarle algo a Beth, pues ella encontraría la forma de averiguarlo y Maia probablemente no entendería mucho. Además, Quinn no sabía si podía esperar más tiempo por información, y no confiaba en Finn como para que cuidase a las pequeñas.
–Físicamente lo está –respondió el doctor Marshall–. Pero aún no sale de su inconsciencia. Los exámenes preliminares muestran que su cerebro no tiene ningún daño. Así que sólo nos queda esperar que despierte y ver si hay algún retroceso –el médico fijó su mirada en Maia como si de pronto recordase algo–. ¿Llamaron al hogar para avisar lo sucedido? La pequeña tiene que regresar…
–¡No! –gritó Maia y se aferró a Quinn.
–Rachel dijo que usted había intervenido. Por favor, yo me hago responsable. Maia necesita ver que Rachel está bien. La vio desvanecerse y está asustada. Si la alejamos ahora, volverá a su silencio. Está hablando, está avanzando –rogó Quinn–. Rachel y Maia se necesitan la una a la otra, por favor…
–Veré qué puedo hacer –dijo sin comprometerse el médico–. Ahora debemos ir a ver a otros pacientes…
–¿Podemos verla? –preguntó Beth con cautela.
–Pueden ingresar un momento, pero sólo ustedes –respondió el doctor Hamilton–. Hago una excepción porque son o serán su familia –aclaró–. Sólo cinco minutos. Debemos dejarla descansar y esperar que naturalmente recupere la consciencia.
–Gracias –dijeron a coro Quinn y Beth.
Los médicos se marcharon, no sin antes guiar a las mujeres hacia la habitación 2017. Quinn no se volteó para ver a Finn. Luego le explicaría lo sucedido. Más allá de todo, el hombre se veía algo preocupado y se había quedado junto a Maia todo ese tiempo.
Quinn, Beth y Maia, que ahora estaba de pie tomada de la mano izquierda de Quinn, miraron hacia donde se encontraba Rachel. La rodeaban algunas máquinas y tenía algunos cables conectados en su cuerpo, pero la imagen completa no era tan terrible. Tal y como lo había comentado el médico, estaba físicamente bien y eso se observaba sin problemas. Parecía dormida; su rostro emanaba tranquilidad, paz. La máquina que Quinn sabía por las películas que registraba el actuar de su corazón, indicaba pulsaciones calmadas.
–Parece como si estuviese dormida –murmuró Beth, siguiendo la línea de pensamientos de Quinn.
–Es como si lo estuviese –explicó Quinn–. Cuando abra los ojos, será como si hubiese despertado de una larga siesta.
–¿Ma… bien? –preguntó Maia mirando anhelante a Quinn.
–Ella es fuerte, igual que tú. Va a pelear para estar bien si se despierta algo confundida. Nosotras tenemos que apoyarla. Estar a su lado. Quererla.
Como si las hubiese escuchado. Rachel comenzó a moverse lentamente. Tanto Quinn, como Beth y Maia se quedaron en silencio y quietas, expectantes. La morena comenzó a hacer ligeros gestos con su cara, apretando sus párpados suavemente, hasta que por fin abrió los ojos.
Por su lenguaje corporal era fácil concluir que Rachel no sabía dónde estaba. Es más, miró de un lado a otro buscando algo o a alguien. Estaba comenzando a angustiarse cuando sus ojos se clavaron en el trío que estaba casi en la puerta de la habitación, diagonal a la cama donde Rachel se encontraba.
–¿Lucy? –preguntó Rachel con la voz algo seca.
–Rach… –murmuró Quinn.
–¿Qué me pasó, Lucy? ¿Qué hago aquí? –cuestionó preocupada Rachel–. ¿Tuve un accidente? ¿Me caí en el colegio?
Y un balde de agua fría cayó sobre Quinn. El temido retroceso del que el médico había hablado estaba ahí frente a sus ojos. La pequeña mano de Maia apretó la mano izquierda de la rubia y Quinn supo que esta vez era mucho peor. Ahora la vida de una pequeña estaba involucrada y sencillamente no sabía qué iba a pasar.
