N/A: Gracias nuevamente por el apoyo.
Hay algunos comentario en Guest, que obviamente no puedo responder por privado que me han pedido que no abandone la historia... No pretendo hacerlo, más allá de las demoras e inconvenientes, quiero (y voy) terminar tanto ésta como mi otra historia.
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.
VIII. ¿Y si lo intentamos?
Quinn vio como Rachel cerraba los ojos como si intentase ordenar todo en su cabeza. Volvió a abrirlos, pero ahora su mirada no se centró en su amiga (es decir, en ella), como la rubia lo hubiese esperado, sino en las dos pequeñas que la acompañaban.
–Beth, Maia –murmuró confundida, como si no supiese quiénes eran, ni porqué recordaba sus nombres.
Las aludidas no lo dudaron y corrieron hacia la morena. Beth ayudó a Maia a subir a la cama, donde la pequeña de cabellos rubios cenizos se acurrucó contra Rachel. La morena buscó a Quinn con la vista, pidiéndole ayuda.
–Niñas, denle un poco de espacio –solicitó suavemente Quinn, mientras Maia negaba contra el pecho de Rachel–. Está un poco confundida, chicas. Debemos llamar a los médicos para que la examinen.
–Ma –susurró Maia con lágrimas en los ojos–. ¡No quiere ir, por favor, ma!
Quinn tomó a la pequeña entre sus brazos, intentando calmarla.
–¿Ma? ¿Por qué me llama así, Lucy? –preguntó Rachel confundida.
Y Quinn se encontró entre la espada y la pared. Por un lado, la morena no recordaba nada; y por otro, tenía en sus brazos a una pequeña esperanzada. Sabía que, aunque Rachel hubiese sufrido esa crisis y en ese momento no recordaba nada, podía recuperarse. Además, sabía que lo más importante para Rachel era Maia. Así que tomó una decisión arriesgada; algo que podía traer muchas repercusiones en un futuro.
–Yo sé que estás confundida y que lo que puedo decirte ahora va a confundirte más, pero tienes que confiar en mí, ¿okay? –rogó Quinn ante la atenta mirada de Beth que guardaba un extraño silencio, y Maia–. Esta hermosa niña que ves aquí es Maia, como bien la llamaste, y es tu hija… bueno, quieres que sea tu hija. Planeas adoptarla.
Rachel asintió como si entendiera lo que sucedía. Más bien la morena estaba guardado y encajando todo la información en su cerebro. Su mirada se centró en Beth y Quinn entendió la pregunta que encerraban aquellos ojos color chocolate.
–Beth es mi hija –explicó Quinn y vio que Rachel sólo asentía, como si de cierta manera se lo hubiese esperado–. Y es una gran amiga tuya. Ustedes se adoran.
–Es verdad –afirmó Beth, pero le tembló la voz y comenzó a llorar.
–¡Hey! No llores –dijo Rachel abrazándola–. Todo está bien…
–Estaba tan asustada y Maia también… yo no quiero que te pase nada –expuso Beth, secando unas lágrimas rebeldes que se escapaban por su rostro.
–Yo estoy algo confundida, pero todo estará bien –repitió.
Quinn sabía que Rachel no entendía nada y que sólo estaba actuando frente a las pequeñas. También sabía que si bien la había reconocido, claramente debía entender que algo no estaba bien. La morena se había despertado hablando del colegio, por lo que Quinn temía que el retroceso fuese enorme.
La línea de pensamientos de Quinn se vio interrumpida por el ingreso del médico de apellido Hamilton a la habitación.
–¡Estás despierta! –dijo con alegría–. Veo que la compañía de tu familia ayudó. Ya estábamos comenzando a preocuparnos –añadió y Rachel sólo le sonrió–. Hablé con tu neurólogo y tu psiquiatra, ambos quieren hacerte algunos exámenes para determinar qué causó la crisis y los daños que pudo provocar.
Rachel volvió a mirar desesperada a Quinn, pidiéndole ayuda.
–Ella está algo confundida –explicó la rubia fotógrafa–. Nos recuerda, pero se le mezclan los tiempos y recuerdos. Aún no entiende bien qué pasó.
–Suele suceder con algunos pacientes. Despiertan muy confusos tras la inconsciencia, pero el hecho que las recuerde es importante. Implica que no hay un retroceso de cuidado –dijo el médico y Quinn no pudo evitar preguntarse si tal vez estaba actuando mal–. El doctor Marshall me informó sobre los planes de adopción que tiene su novia –Quinn escuchó como Rachel abrió su boca y soltó un gemido sorprendida ante la supuesta relación mencionada por el médico–. Y quiero aclararles que esta crisis no tiene porqué influir en eso. Salvo que detectemos algo irregular…
Apenas la rubia escuchó aquellas palabras supo que había actuado bien. Debían disimular o Rachel perdería cualquier avance que hubiese podido tener con Maia.
–Ahora les voy a pedir que se retiren, por favor –pidió el médico–. Así puedo examinar bien a Rachel.
Quinn dejó que Beth y Maia se despidieran primero, para luego acercarse ella a la morena y abrazarla.
–Por favor, Rach… finge. Tienes veinticinco años, soy tu novia, estamos en Nueva York y te graduaste de TISCH con honores –susurró rápidamente al oído de Rachel antes de romper el abrazo.
Antes de salir de la habitación, Quinn vio como Rachel asentía. Como siempre, la morena depositaba su total confianza en ella.
Apenas llegaron a esa especie de sala de espera, Quinn comenzó a responder todas las preguntas que Finn tenía para ella. El tipo seguía sin agradarle y no le perdonaba lo que le había hecho a Rachel, pero se había portado de manera decente y evidenciaba preocupación.
El hombre claramente no estaba a gusto sabiendo que Quinn mantenía una relación con la que había sido su novia durante la adolescencia, sin contar con que la rubia había sido también su pareja durante algún tiempo. La fotógrafa claramente pudo haberle aclarado que no existía tal relación con Rachel, pero se abstuvo de hacerlo y no se sintió ni un poquito mal al respecto.
Quinn comenzaba a preguntarse por qué no se sentía incómoda fingiendo ser la novia de Rachel. Quizás era porque sabía que la estaba ayudando, o al menos pretendía. O quizás porque… mejor no ahondaba en ese punto.
Finn se retiró cinco minutos después de haber hablado con ella... justo a tiempo, pues Leroy llegó casi corriendo un minuto más tarde. El hombre claramente había ido directo a la clínica desde tribunales, su atuendo así lo evidenciaba.
La rubia inmediatamente le informó sobre lo sucedido y lo que habían dicho los médicos respecto a la situación de Rachel, pero le pidió que se apartasen un poco para comunicarle lo que había hecho.
–Sé que está mal, sé que no debía hacerlo, pero Rachel no me habría perdonado si… –comenzó a explicar Quinn una vez que se sentaron en unas sillas arrinconadas a la pared.
–¿De qué me estás hablando, Quinn? ¿No que todo iba bien con Rachel? –preguntó el abogado nervioso.
–Ella se despertó y me dijo Lucy, luego me preguntó si estaba en el hospital porque había sufrido un accidente en el colegio –explicó la rubia sin perder de vista a Beth y Maia que jugaban cerca de ellos.
Leroy soltó un gemido de angustia.
–Yo le expliqué quién era Maia y Beth –expuso Quinn nerviosa por lo que diría a contiuación–. Y luego le mentí al médico. Le dije que nos recordaba, a las tres, pero que estaba algo confundida. Luego, antes de salir, le pedí a Rachel que fingiera.
–¿¡Qué!? ¿¡Qué hiciste qué!? –exclamó Leroy indignado.
–Sé que está mal, pero el médico dijo que si tenía un retroceso importante, eso iba a perjudicar la adopción de Maia y tú sabes lo importante que es la pequeña para Rach, Leroy –se excusó Quinn.
–Claro que lo sé, nosotros también nos hemos encariñado con ella, Quinn. Pese a lo contrarios que estábamos en un comienzo con la decisión de nuestra hija… pero no puedes mentirle a un médico. Hablamos de la salud de Rachel, Quinn –señaló Leroy–. Además si mi hija nuevamente piensa que tiene diez años, no puede hacerse cargo de una niña. No se despierta confundida y luego recuerda todo, Quinn. Ella simplemente se olvida de todo y vuelve a su niñez…
–Yo sé que no es fácil, pero le prometí a Rachel que la ayudaría…
–Sé que quieres ayudarla, pero ¿qué pretendes hacer? –cuestionó Leroy–. ¿Qué finja? ¿Y cuando quieran evaluarla los de servicios sociales? ¿Qué va a pasar cuando tenga que comportarse como una adulta y no como la niña de diez años que cree que es?
–Leroy…
–No, Quinn. Ya hemos pasado por esto, aferrándonos a la esperanza de que algo iba a cambiar, pero no fue así. La madurez nunca llegó. Y Maia no se merece vivir así, se merece una oportunidad de tener una vida estable –dijo el abogado.
–Y Rachel puede dársela, sé que puede. Ahora estoy yo, están sus amigos, están ustedes, está Beth y, por sobre todas las cosas, está Maia –expuso Quinn–. Sé que va a ser difícil, pero no podemos rendirnos. Ellas se necesitan, Leroy. Ambas progresan estando juntas. Yo le he visto y sé que tú también.
–Lo sé, lo sé –reconoció el hombre mirando con los ojos aguados a la que él ya sentía como su nieta–. Pero no sé cómo hacerlo, Quinn. Con Hiram intentamos de todo antes y nada funcionó.
–Yo tengo una idea… –comentó Quinn. Era algo que estaba pensando desde que comenzó a mentir en la habitación de Rachel–. Quizás no tenemos que intentar ayudarla a que recuerde. Quizás tenemos que decirle que siga viviendo. Tenemos que contarle lo que pasó y pedirle que actúe como la adulta que es.
–Pero ella cree que es una niña… –interrumpió Leroy.
–Lo sé, pero quizás ahí estuvo el error antes. Aceptar que ella siguiese actuando como una niña o una adolescente. Rachel fue capaz de terminar su enseñanza en TISCH, pese a que sentía que tenía catorce o menos años. Empezó a ensayar en una producción teatral, pese a que supuestamente tiene dieciséis años. Lo hizo porque le dijeron que tenía que hacerlo, para ser "normal, para poder tener a Maia. En cualquiera de los casos, fue capaz de hacerlo porque la Rachel de veinticinco años está ahí todavía, aunque ella la oculte –explicó Quinn.
–Si llegase a funcionar, habrías descubierto el misterio que ningún médico ha podido descubrir –bromeó Leroy–. Sé que quizás es una falta de educación de mi parte, pero ¿por qué tanto afán en ayudarla? Ambos sabemos que mi estrellita te dañó mucho en el pasado.
–Ella me hizo daño, pero quizás yo la dañé primero –manifestó Quinn–. La Rachel de diez años parece recordarme con un amor y una añoranza que yo no sabía que existía. Quizás yo le fallé cuando dejé de ser su Lucy para convertirme en Quinn. Quizás ella sólo necesitaba una amiga en esa época y yo no supe serla. Yo no creo en las casualidades, así que si ella me recuerda sólo a mí, de esa manera y nos reencontramos ahora cuando Maia está presente en su vida, debe ser por algo.
–Entonces, si seguimos con este plan… ¿qué hacemos? Debemos hablar con Tina, Kurt… necesitamos toda la ayuda posible… –habló Leroy–. Esto es una locura…
–Hay algo más que debo decirte, Leroy –murmuró Quinn.
–Comienzas a asustarme, ¿qué más? –cuestionó el padre de Rachel.
–Yo dije que Rachel era mi novia –Leroy abrió la boca para quejarse e interrumpirla–. Sé que estuvo mal, pero no me dejaban verla si no mentía. Y creo que lo mejor es mantener la mentira. Si ella afronta la adopción en pareja es más fácil…
–¿Por qué te estás involucrando de esa manera, Quinn? ¿Qué es lo que no me estás diciendo?
–No te oculto nada. Ni yo sé por qué lo hago, pero sé que es lo correcto. Rachel me ayuda a mejorar y yo la ayudo a ella…
Cualquier protesta de Leroy se vio frenada por la aparición del doctor Hamilton. El médico, tras las presentaciones correspondientes, les explicó que Rachel estaba siendo examinada por los otros médicos, pero que salvo algunas confusiones de fechas, todo estaba en orden.
Leroy tomó a Maia en sus brazos y le pidió a Beth y a Quinn que lo acompañaran a tomar algo mientras esperaban por Rachel. La verdad era que el abogado necesitaba digerir toda la situación. El plan de Quinn era una locura, pero su estrellita y la pequeña niña en sus brazos se merecían ser felices. Quizás valía la pena intentarlo.
Hiram llegó corriendo a la clínica. El tráfico de Nueva York había retraso su arribo más de lo que se hubiese esperado. El corazón le latía casi fuera del cuerpo. Su hija podría ser mayor de edad, estar buscando su independencia, pero siempre sería su niñita, su pequeña estrellita.
La recepcionista le informó que Rachel se encontraba en la habitación 2017, ubicada en el segundo piso. Jamás había subido una escalera tan rápido. Al encontrar la habitación, se percató que el doctor Marshall conversaba con Leroy y se acercó con nerviosismo.
–Rachel no me había comentado nada sobre el tema –señaló el médico.
–Es algo relativamente reciente –respondió Leroy y Hiram que lo conocía como la palma de su mano, notó su nerviosismo–. Es decir, lo hicieron público hace poco… nos dijeron que querían esperar…
–Hola, disculpen la interrupción, pero ¿cómo está Rachel? –dijo Hiram incapaz de seguir esperando.
–Cariño… –saludó Leroy–. Está bien dentro de todo. No hay ningún daño de cuidado. Sólo está algo confusa.
Algo en la mirada de su esposo le dijo a Hiram que escondía información.
–Pero es normal en su situación –aclaró el médico–. Ya le practicamos los exámenes pertinentes y todo parece marchar de manera normal. Me desconcertó un poco saber que mantenía una relación con Lucy.
Hiram abrió los ojos sorprendidos, pero la voz de Leroy le impidió hablar.
–A nosotros también en un comienzo, pero al parecer el reencuentro sacó a la luz antiguos sentimientos, ¿cierto, querido? –Leroy miró a su esposo implorando que continuara la mentira.
–Claro… –afirmó Hiram confundido.
–Ya deben estar por traer a Rachel. Asumo que estará encantada de encontrarlos a todos aquí –comentó el doctor Marshall.
–¿Todos? –cuestionó Hiram.
–Ustedes, su novia y las niñas –respondió el médico como si fuese una obviedad–. Le dije a Lucy que entrase a la habitación con las niñas para que mirasen televisión y se entretuvieran mientras esperaban –agregó–. Ahora debo ir a mi consulta. Díganle a Lucy que ya hablé con la directora del hogar, para que no tenga problemas cuando lleve a Maia en unas horas. Hasta pronto.
Los Berry se despidieron del psiquiatra y apenas estuvo fuera del alcance de su visión, Hiram se enfrentó a Leroy.
–¿Novia? ¿De qué hablaba el doctor Marshall, Leroy? –preguntó confundido el hombre más alto.
–Quinn dijo que era novia de Rachel y le pidió a nuestra hija que fingiera –explicó el hombre de anteojos.
Hiram inmediatamente cuestionó el motivo de la mentira y su esposo le explicó latamente el plan de la rubia. El hombre moreno no paraba de sorprenderse, llegó a pensar que su mandíbula se desencajaría de tanto abrirla boca.
–¿Está loca? Le mintieron a su psiquiatra y a su neurólogo, Leroy… ¿Y tú la apoyaste? ¿¡En qué estabas pensando!? –exclamó Hiram indignado–. Los médicos están aquí para ayudarla, ¿cómo pudieron mentirles? No se trata de conseguir algo, sino de su salud, Leroy. Yo quiero a Maia como si fuera mi nieta, lo sabes… pero la salud de Rachel no es menos importante.
–Ya hemos intentado de todo, Hiram –dijo resignado Leroy–. Será otra vez comenzar con lo mismo, las mismas terapias, las mismas conversaciones. Los médicos no saben qué le pasa, por ende, no saben cómo ayudarla. Sus terapias consisten en que hable sobre su vida y sus sentimientos –añadió el abogado–. Tú has visto cómo ha progresado desde que decidió ser parte de la vida de Maia, desde que se reencontró con Quinn. Puede parecer una locura, pero ya hemos intentado todo, cariño… yo estoy dispuesto a probar.
–Pero… –debatió Hiram ya no con la misma fuerza.
–Al menos es feliz. Sonríe siempre… –agregó Leroy–. Y eso es todo lo que queremos para nuestra hija. Además, Quinn se ofreció a ayudarla, no estamos imponiendo nada. Yo creo que ella va a ganar tanto como Rachel.
–No entiendo por qué lo hace –comentó Hiram aludiendo a Quinn.
–Yo creo que ni ella misma lo sabe, pero lo descubrirá. Al menos eso espero –expuso el hombre más bajo–. Si me preguntas a mí, creo que ese lazo que las unió cuando pequeñas puede haberse transformado en algo distinto, o está en vías de hacerlo.
–¿Estás insinuando que…?
–¡Papá, papi! –gritó Rachel a sus espaldas interrumpiendo la conversación y ambos hombres se voltearon a verla.
A unos escasos metros, Rachel era conducida en una silla de ruedas por un médico que Hiram desconocía, pero que Leroy ubicaba, pues se trataba del médico que había atendido a su hija al llegar a la clínica.
–¿Cómo estás pequeña? –preguntó Hiram acercándose a Rachel, observando su mirada confundida.
–Bien, pero el doctor Hamilton dijo que debe transportarme en esta silla, porque así lo dice el reglamente –sonrió Rachel.
–Y nuestra estrellita siempre ha sabido que debe respetar las reglas –expuso Leroy mientras Rachel asentía.
Hiram se acercó y dejó un beso en la cabeza de su hija, mientras Leroy le acariciaba el brazo.
–Rachel está en perfectas condiciones, todos los exámenes salieron bien, sólo faltan los resultados de unos de sangre rutinarios, pero no creemos que vayan a salir mal. El doctor Marshall y el doctor Roberts ya hablaron con ella, así que está todo en orden –explicó el médico a los hombres frente a él–. Si no hay inconvenientes y todo sigue así, en unas horas le podríamos dar el alta. Por seguridad, preferimos que siga en observación al menos unas horas.
–Claro, claro, no hay problema –dijo Leroy.
–Entonces entremos a dejar a la señorita a su habitación –sugirió el médico–. Una enfermera vendrá en unos momentos a ver si necesita algo más para su comodidad. ¿Y la novia?
Aquella pregunta pareció despertar el interés de Rachel que hasta ese momento, estaba perdida en sus pensamientos.
–En la habitación –dijo Hiram notando la reacción de su hija y poco a poco aceptando la locura que su esposo le acababa de contar–. El doctor Marshall sugirió que las niñas viesen televisión en la habitación para entretenerlas.
–Brian siempre tan considerado –comentó el doctor Hamilton empezando a empujar la silla hacia la habitación.
La imagen con la que se encontraron era capaz de conmover hasta al corazón más frío. Recostadas sobre la cama estaban las tres rubias (aunque Maia era casi una castaña). Quinn estaba ubicada al medio, con Maia a su izquierda acurrucada contra su pecho y Beth a la derecha, con su cabeza apoyada en el hombro de su madre.
Maia al parecer se despertó con el ruido provocado por la puerta cuando entraron, pues se movió un poco y luego abrió sus ojos. Parecía algo desconcertada, como si estuviese buscando algo o a alguien. Se giró hacia la puerta y vio a los adultos. Rápidamente se bajó de la cama, con poco cuidado, preocupando a Leroy y Hiram que se apresuraron a afirmarla. La niña fue más veloz y apenas tocó el suelo, corrió hacia Rachel.
–¡Ma! –exclamó Maia, mientras la morena la cobijaba en sus brazos.
–Ya estoy aquí –respondió Rachel tranquilizando a la pequeña, pues pudo notar su ansiedad en la forma en que se agarraba a ella.
Hiram se concentró en su hija: en la forma en que abrazaba a Maia, en la preocupación que su rostro transmitía, en la seguridad de sus palabras. La morena estaba muy confundida, ella no recordaba nada y no entendía cómo había podido olvidar quince años de su vida, especialmente porque sentía que aquellos añosno habían trascurrido; pero ella confiaba en Lucy, pues era su mejor amiga en el mundo y la pequeña, que en ese momento la abrazaba, le transmitía algo que no podía explicar, pero sabía que debía protegerla.
–¡Oh! Disculpen, nos quedamos dormidas –se excusó Quinn despertando a Beth–. ¿Está todo bien?
–Su novia está casi un cien por ciento perfecta –anunció el doctor Hamilton con una sonrisa–. Si no hay ningún cambio, en unas horas podrá ser dada de alta.
–Ah, muy bien –dijo Quinn, buscando la mirada de Leroy. El abogado le había dicho que debía conversar con su esposo sobre lo acordado, porque él era parte importante también de aquellas decisiones.
–Ya puedes estar más tranquila, Quinn. Tu novia volverá a ser la diva de siempre en poco tiempo –respondió Leroy a la pregunta que la rubia no había formulado. Quinn sintió que se relajaba un poco.
–¡Hey! Yo no soy una diva –se quejó Rachel de un modo infantil.
–Sí lo eres, un poco –contradijo Beth–. Pero debes serlo, porque eres la persona más genial y talentosa que yo conozco.
–¿En serio? –preguntó sorprendida la morena.
–Claro. Por eso protagonizas una obra en Broadway. Y yo estaré en primera fila en el estreno, porque soy tu amiga y me lo prometiste –anunció Beth.
La cara de asombro de Rachel era inigualable. Pero no tuvo tiempo para preguntar nada, pues el doctor Hamilton se excusó, despidiéndose, pues tenía otros pacientes que visitar.
Tras unos segundos de silencio, posteriores a la marcha del médico, Rachel habló:
–¿Si Lucy es mi novia, yo soy su madre también? –inquirió la morena mirando a Beth y luego a sus padres–. No entiendo nada, papás… yo no recuerdo crecer…
–Tranquila estrellita –dijo Leroy–. Tuviste un accidente hace unos años, que te provocó una pérdida de memoria –comenzó a explicar el abogado–. Sabemos que crees que eres menor, pero el tiempo ya pasó y tú creciste…
–Pero… –interrumpió Rachel.
–Todo va a estar bien –afirmó Hiram y tras observar la mirada confusa de su hija agregó–. Quinn… –Rachel lo miró extrañado–. Lucy ahora ocupa su segundo nombre –aclaró–. Como decía, Quinn te pidió que fingieras porque quería ayudarte. Ellos no saben qué te provocó aquella pérdida de memoria, ni porqué actúas como si tuviese quince años menos. Quinn cree que debes seguir tu vida normal, enfrentarte a la vida como es ahora. Además, no quería poner en riesgo el proceso de… –el hombre se interrumpió mirando a Maia y Rachel recordó que le habían comentado sobre la adopción, por lo que asintió.
–Sé que es complicado, Rach –expuso Quinn–. Sé que nos recuerdas en primaria, en el colegio, y que no entiendes qué está pasando, pero tienes que creernos cuando te decimos que queremos los mejor para ti.
–Claro que les creo… Yo confío en mis papás y confío en ti –afirmó Rachel con seguridad por primera vez.
–Vamos a ir poco a poco –explicó Leroy–. Te contaremos con detalle las cosas que han sucedido este tiempo y te ayudaremos a adaptarte. Tus amigos de TISCH, Kurt y Tina estarán dispuestos a contarte sobre tu experiencia allí y sobre la obra en la que estás trabajando –agregó, mientras Rachel asentía algo nerviosa–. Cuando te den el alta, te llevaremos a nuestra casa, que te resultará desconocida, al igual que la ciudad, pero es Nueva York, la ciudad de tus sueños.
Quinn sabía que lo que diría a continuación podría ser algo desafortunado o una mala idea, pero desde que recibió la llamada de Hiram, su mente no actuaba de manera normal. Sentía ese instinto de protección hacia Rachel crecer y crecer. Necesitaba estar con ella y saber que estaba bien. Además toda la farsa había sido su idea y debía hacerse cargo de ello.
–Estaba pensado que tal era mejor… –comentó Quinn haciendo una pausa, para tomar aire y animarse a continuar hablando–, si Rachel se fuese a vivir conmigo, con nosotras.
Ahí estaba, la bomba ya había explotado. Beth la miraba sonriendo, Leroy estaba confuso y Hiram parecía algo molesto o confundido, Quinn no sabía cómo describir su rosto. Maia la miró y esbozó una pequeña sonrisa, que casi pasó desapercibida para la rubia. Y Rachel… Rachel la miraba con sus ojos muy abiertos y brillantes, llenos de esperanza y anhelo.
