N/A: De verdad estoy impresionada con todo el apoyo que recibe esta historia mediante visitas, favoritos, follows y reviews. Y los agradezco de corazón. Sepan que leo todos los comentarios e intento responder los que puedo por mensaje privado. Así que cualquier duda o crítica, sientan libertad para expresarla :P
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen
IX. Volver a empezar
Quinn sabía que se había ganado el odio de Hiram para toda su vida. No había caso. La mirada que le había brindado tras despedirse de su hija, se lo había dejado más que claro. En el caso de Leroy, casi había algo de esperanza. Aunque la fotógrafa no se animaba a hacer ninguna apuesta.
La verdad es que la rubia ya no estaba segura de nada. Ni siquiera entendía cómo había llegado a aquella situación. Bueno, eso era una mentira. Todo había sido su idea, pero aún no entendía por qué había hablado, por qué había sugerido que Rachel viviese con ella, por qué había asumido esa responsabilidad. O quizás sí lo sabía, en el fondo tenía todo muy claro, pero estaba lejos aún de llegar a ese lugar; de aceptar todo lo que aquello implicaba; de escuchar lo que su alma le decía desde hace ya un tiempo.
Miró a Beth y a Rachel acomodar en la habitación de invitados las pocas cosas que los padres de la morena le habían facilitado. Antes de marcharse, le dijeron a Rachel que mañana podía ir a buscar más de sus pertinencias. Quinn creía que intentarían convencerla para que cambiara de opinión.
Rachel había sido la que había decidido todo. Tras escuchar la sugerencia de Quinn en el hospital, la morena había aceptado de inmediato. Sus padres protestaron, pero tras minutos de una demostración del mejor poder de manipulación con el que un hijo podría contar, los Berry habían cedido y aceptado darle una oportunidad a la oferta de Quinn.
La rubia, como madre, sabía lo fácil que era caer ante las palabras y gestos de un hijo. También sabía que los Berry la responsabilizaban de lo sucedido; no de la crisis, claro está, sino de todo lo que sucedió con posterioridad. Asimismo, sabía que Rachel actuaba impulsivamente, probablemente porque estaba confundida y su último recuerdo era Quinn. O mejor dicho, Lucy. La fotógrafa recordaba cada una de las historias que Rachel le había contado mientras compartía esas memorias, por lo que entendía que la morena confiara en ella. El recuerdo de su amistad era algo que le daba seguridad en medio de tanta incertidumbre.
Rachel desde que habían salido del hospital con rumbo, primero a la casa de los Berry, luego a la de Quinn, parecía querer absorberlo todo. Veía cada cosa que pasaba frente a sus ojos con emoción, como si la descubriera por primera vez. Pero Quinn también era capaz de percibir la ansiedad en su mirada, la incertidumbre, la confusión; y creía que los padres de Rachel también notaban todo eso.
Quinn se había perdido la última visita que el médico había efectuado a Rachel mientras estaba en observación en la clínica, pues se encontraba en el hogar visitando a Maia. El día anterior cuando la rubia había ido a dejarla, le prometió que volvería mientras se despedía de la inconsolable pequeña. Beth la había mirado suplicando para que hiciese algo y Quinn la había decepcionado comunicándole que no podía hacer nada, no tenía ningún poder sobre la situación. Pero estaba dispuesta a cambiar aquello. Quizás eso significaría que terminaría más involucrada de lo que ya se encontraba, pero iba a hacer algo para ayudar a Maia. Sólo necesitaba descifrar el qué y el cómo.
–¿Todo bien? –preguntó Quinn mirando a Beth y a Rachel.
–Sí, ya ordenamos todo. Le mostré a Rach donde guardamos las cobijas por si tiene frío en la noche –respondió Beth.
–Entonces señorita, despídase y vaya a ponerse su pijama que ya es tarde –indicó Quinn a su hija, que acató sus órdenes dejando un beso en la mejilla de Rachel y desapareciendo por la puerta rumbo a su habitación–. ¿Estás cómoda? ¿Necesitas algo? –ahora su pregunta estaba dirigida sólo a la morena.
–No necesito nada. Gracias Lucy –dijo Rachel avergonzada.
–No tienes que agradecerme nada. Somos amigas y las amigas se ayudan –indicó la rubia.
–¿Y novias? –cuestionó confundida la futura estrella de Broadway.
–Ellas también –aseguró Quinn. No pretendía revelarle aquella mentira confundiéndola más. De cierta forma, Quinn deseaba tener un vínculo más fuerte con Rachel frente a cualquier cosa. Ser su novia se lo permitía. Era una mentira que necesitaría si quería ayudar a la morena con Maia–. Pero no te estreses pensando en eso. Vamos poco a poco, ¿está bien?
–Sí, está bien –afirmó Rachel–. Me gusta saber que en el futuro también sigues a mi lado, Lucy. No lo recuerdo, pero me tranquiliza saber que eres tú la que está junto a mí ahora, aunque es extraño eso de ser novias… aún no me acostumbro a pensar que somos más grandes…
–Sé que todo es confuso en este momento y probablemente lo siga siendo por un tiempo, pero debes tener claro que ya no somos pequeñas. Crecimos, pero seguimos siendo esas amigas que tú recuerdas, Rach. Puedes contar conmigo y con Beth para lo que necesites.
–Es igual a ti… Beth… –comentó la morena–. Es como la Lucy que yo recuerdo, aunque más esbelta y sin lentes. También es más segura…
–Sí, físicamente. La verdad es que Beth se parece más a ti que a mí… aunque no sean familia –señaló Quinn–. Ustedes se llevaban muy bien. Poco a poco lo vas a volver a descubrir.
–Eso espero…
–Ahora descansa. Mañana iremos por tus otras cosas –dijo Quinn dispuesta a marcharse–. Y cualquier cosa que necesites, no dudes en decírmelo. Si tienes alguna pesadilla o no puedes dormir, no tengas reparos en despertarme.
Rachel asintió y Quinn se despidió, saliendo segundos después del cuarto. Llegó hasta su habitación y se sentó en su cama soltando un suspiro.
¿En qué lío se había metido?
–¿¡Estás loca!?
–¿Qué mierda tienes en la cabeza, Fabray?
De esa forma saludaron Puck y Santana -respectivamente- a Quinn, apenas abrió la puerta de su hogar. Sin esperar respuesta se adentraron en el departamento con la misma confianza de siempre.
Quinn sabía que debía hablar con ellos, pero esperaba que aquel encuentro se retrasara al menos unas semanas, cuando ella hubiese ordenado sus ideas y tuviese respuestas más claras (y seguras).
–¿Cómo…? –preguntó la rubia.
–Beth –interrumpió Puck–. Hoy la llamé y me informó lo que había sucedido ayer y el día anterior. Yo se lo comuniqué a Santana. Cuando ella me dijo que no sabía nada del asunto, le sugerí que viniésemos. Pensé que sería mejor que nos presentáramos juntos…
"Claro", ironizó Quinn. Ese dúo unido contra ella, estaba lejos de ser lo mejor. Al menos, se ahorraría una explicación. Maldijo a quien quisiese escucharla en ese momento, por la ausencia de Brittany.
–¿Está aquí? –Santana ni siquiera miró a Quinn al formular la pregunta, sino que decidió buscar a la persona a la que se refería ella misma–. Al menos no se tomó tan en serio eso de la novia. Rachel ocupa la habitación de invitados –informó la latina a Puck tras salir de la mencionada habitación.
–No, Rachel no está aquí –respondió la fotógrafa, pese a que Santana ya lo había deducido–. Está en casa de sus padres en este momento.
–¿Podrías explicarme… explicarnos… de qué va todo esto? –Puck miró a Quinn más confundido que molesto, y eso animó a la rubia.
–Yo… no lo sé… –admitió Quinn y ante el silencio de sus amigos, intentó explayarse un poco más–. Sentí que debía ayudarla… si me recuerda sólo a mí, ¿debe ser por algo o no?
–Cuando nos volvimos a encontrar, ella también me recordó –señaló Puck.
–Pero es distinto…
–Ella recuerda a quienes conocía y fueron relativamente importantes para ella a esa edad –sostuvo Santana–. No digo que no sea extraño la fuerza con la que se agarra al recuerdo de tu amistad con ella –agregó la latina al ver que Quinn pretendía interrumpirla–. Pero quizás le das más importancia al tema de la que de verdad tiene. Es decir, si yo despertara con diez años, sé que no recordaría todo... sino lo más relevante. Los niños tienden a hacer eso…
–Puede ser… sin embargo, ¿por qué precisamente esa edad? ¿Por qué no menos? ¿O más? ¿Por qué cada vez que tiene una crisis se despierta recordando justo el momento en su vida en que éramos amigas?
Se formó un breve silencio, dado que ni Puck ni Santana tenían una respuesta para ninguna de esas preguntas.
–Yo creo que es por algo… –continuó Quinn–. Creo que cuando borré a Lucy de mi vida, también alejé a Rachel. Siempre pensé que había sido algo natural, que teníamos intereses distintos… pero quizás sólo estaba justificándome. La vida de Rachel se complicó bastante cuando comenzamos la secundaria –explicó la rubia recordando lo que Leroy le había comentado sobre la madre biológica de la morena–. Cuando ella necesitaba más a su amiga, yo no estuve… ahora puedo estar…
–Todo suena muy bonito, Q… pero no se trata sólo de estar. Mentiste a médicos, la trajiste a vivir contigo y tu hija… eso a mí me parece mucho más que "estar" –expuso Santana con la fuerza que la caracterizaba.
–Si se tratara sólo de tu vida, quizás no me complicaría tanto –agregó Puck–. Pero Beth está implicada, Quinn. Mi hija es mi principal preocupación y creo que no estás pensando en ella…
–¿Estás insinuando que pongo en peligro a Beth? –preguntó irritada Quinn–. Porque tú más que cualquier otra persona sabe que mi hija siempre ha sido mi prioridad. Y siempre lo será.
–No pongo en duda tu labor como madre, rubia –señaló Puck intentando darse a entender–. Es sólo que… me preocupa que puedan salir lastimadas… ambas… –Quinn lo miró confusa–. Esto que estás haciendo demuestra que estás mucho más emocionalmente implicada de lo que creíamos… y no quiero que sufras. Ni tú, ni Beth.
–Sabíamos que te gustaba Berry –afirmó Santana complementando lo dicho por el castaño–, pero lo que hiciste implica que es mucho más que eso. Te reencontraste con ella hace unos meses, luego de casi nueve años sin verla y tras haber terminado muy mal por lo que ella te hizo… ¿y ahora vive contigo y finges ser su novia?
–Yo…
–No queremos presionarte, Quinn –comentó Puck–. Puedo ver en tus ojos que no sabes qué te sucede y sé que por mucho que quiera hacerte cambiar de opinión, eres una mujer adulta y responsable… sólo… ten cuidado…
–No queremos verte sufrir… –aseguró Santana.
–Lo sé y les prometo que no pretendo hacerlo. Y tampoco voy a exponer a Beth… si las cosas comienzan a complicarse, termino con todo. Eso también se los prometo –dijo Quinn–. De verdad creo que puedo ayudarla. No tengo una explicación para eso, pero es algo que siento en el fondo de mí ser.
–Esperemos que tu "ser" no se equivoque –bromeó Santana regalándole una sonrisa a Quinn.
–Y puedes contar con nosotros… –manifestó Puck–. Tengo que hacerme la idea que esa sexy judía va a estar en nuestras vidas por mucho tiempo al parecer –le dedicó una sonrisa traviesa a la madre de su hija y Santana soltó una carcajada.
–¡No le digas así y no insinúes cosas que no son! –exclamó Quinn.
–Te estás tomando en serio eso de ser novias, Q. La escena de celos te salió estupenda –bufoneó la latina chocando manos con Puck.
Quinn negó, porque sabía que contradecir a aquella dupla era una batalle perdida y porque quizás, sólo quizás, algo de razón tenían.
–¿Y a qué hora vuelve tu novia? –preguntó Puck guiñándole un ojo a Quinn.
–La pasaré a buscar a casa de sus padres luego de que recoja a Beth –respondió la fotógrafa tras un bufido.
Beth se encontraba junto a su abuela, la madre de Puck, quien la había ido a buscar al colegio.
–¿Y qué va a pasar con la obra? –Santana estaba interesada en este tema, principalmente porque Britt le había insistido. Su esposa quería asistir a algunos ensayos, incluso lo había hablado ya con Rachel.
–Oficialmente está con licencia médica y sus compañeros piensan que está enferma. Sus padres hablaron con Tina y le explicaron todo. Ella obviamente quería ir a verla a la clínica o venir a aquí, pero Hiram le dijo que lo mejor era darle unos días para que se ajustara –explicó Quinn.
–¿Y qué dijo sobre el hecho que su mejor amiga vive ahora contigo?
–Hiram no me dijo nada y yo no iba a preguntarle, Puck –espetó la rubia–. Apenas me habla, no fuerzo la incomodidad más de lo necesario.
–Tus suegros te odian y aún no formalizan nada… estás perdida, Q –bromeó la latina y Quinn negó. Santana la miró un momento antes de volver a hablar–. Deberías comunicarte con sus amigos y dejar que la visiten. Total, tu suegro ya te odia… que lo contradigas no cambiará mucho las cosas.
–Sí, puede ser una buena idea... –acotó Puck.
–Voy a hablarlo con Rachel. No quiero presionarla más…
–Nunca pensé que vería llegar el día en que Quinn Fabray sería la dominada de la relación…
Puck felicitó a Santana por aquel comentario y se largó a reír, junto con la latina. Quinn suspiró resignada; primero, porque sus amigos no tenían cura y, segundo, porque su amiga tenía razón. Aquello ni ella podía negarlo.
Silencio. Todo lo que había recibido de Rachel hasta el momento era silencio. Silencio en el coche, y ahora silencio en su hogar. No le gustaba. Estaba acostumbrada a que hablara sin parar; a que fuese ruidosa... a todo menos el silencio.
Beth no ayudaba. La niña estaba concentrada en un proyecto escolar y todo el sonido que producía era el que salía cada vez que presionaba las teclas de su laptop.
Quinn, resignada y asumiendo que debía ser ella quien iniciara la conversación, se acercó a la habitación que ocupaba Rachel y golpeó la puerta esperando respuesta. Una vez que fue invitada a pasar, se adentró en aquel cuarto que se veía tan distinto ahora que la morena se encontraba en él.
–¿Necesitas algo? –preguntó Quinn sin avanzar mucho y Rachel sólo negó–. ¿Estás bien?
Hubo una pausa, otro silencio más.
–Yo… no… no estoy segura…
–¿Pasó algo? ¿Debo llamar a tu médico?
–No… no es eso –se apresuró a responder Rachel–. No sé bien cómo explicarlo… hay algunas imágenes en mi cabeza que no tienen sentido…
–¿A qué te refieres? –Quinn se acercó más, atreviéndose a ocupar la misma cama que Rachel, pero en el extremo opuesto; por lo que quedaron frente a frente.
–Yo recuerdo estar en el colegio. En el almuerzo compartiendo contigo, Lucy… –expuso nerviosa la morena–. Y recuerdo todo antes de eso. Todo está muy claro… pero hoy, a veces, aparecían imágenes que no recuerdo: tú y Beth en un parque, una fiesta con gente desconocida, un lugar frío con una mujer desagradable que me hablaba de forma mala… –ahogó un sollozo antes de continuar–. Y no lo entiendo, no sé si son recuerdos de verdad o son cosas que mi mente inventa… porque… porque quizás estoy loca… porque tengo muchos años más que los que siento y recuerdo. Me veo en el espejo y sé que soy más grande, pero no lo entiendo…
Quinn la abrazó buscando cobijarla y espantar esos miedos que la atormentaban, esas confusiones. La rubia necesitaba ordenar sus ideas antes de hablar, porque la mujer frente a ella creía tener diez años, pero hablaba como una persona más grande. Además, Rachel recordaba cosas. Eso debía ser una buena señal.
–Sé que todo es muy confuso, pero no te presiones intentando recordar… –sugirió Quinn mientras acariciaba los cabellos de Rachel–. Esas imágenes que no entiendes, son cosas que pasaron; son recuerdos, ¿está bien? No estás loca. Ni siquiera los médicos entienden qué te sucedió, así que no te sientas mal porque tú no lo sabes…
–Pero quiero entender…
–Yo lo sé… y haremos lo posible para que lo hagas. Te lo prometo. Si tienes alguna duda, alguna pregunta, puedes siempre hablar conmigo. Y yo intentaré responderte lo mejor posible.
Otra pausa, otro silencio. Quinn entendió que esa sería la dinámica entre ellas desde ahora.
–Mis papás hablaron de… mis amigos… ¿los conoces? –Rachel parecía algo avergonzada al preguntar.
–Sí, Kurt y Tina… los conociste en TISCH. Ellos fueron de gran apoyo en todo ese proceso. Tú no te sentías muy cómoda rodeada de gente y ellos te ayudaron a soportarlo –explicó Quinn lo más sencillamente posible.
–¿Y tú? ¿No estabas conmigo?
–No –algo dentro de Quinn se conmovió con su pregunta. Le dolía no haber estado. Sabía que no debía sentirse así, que no era su culpa, pero esos ojos chocolate la hacían cuestionarse todo–. Yo estudié en Boston… era una adolescente cuando quedé embarazada de Beth y mis padres no se lo tomaron muy bien, así que cuando a Puck le ofrecieron una beca en Boston, me fui con él.
–¿Puck? ¿Por qué no te fuiste a mi casa?
–Puck es el padre de Beth. Noah Puckerman es su nombre en realidad, ustedes iban juntos al templo según me contaste –explicó la rubia. Hizo una pequeña pausa, porque ahora venía la parte más complicada–. No me fui a tu casa, Rach… porque no éramos amigas. En ese momento no quería saber nada de ti. Tú me hiciste daño y yo no quería verte más.
–¡Estás mintiendo! –exclamó Rachel alejándose de Quinn como si la quemara–. Yo jamás haría algo que te causara daño, Lucy. ¡Estás mintiendo y no me gustan las personas que mienten!
–Hey… –murmuró Quinn tomando la mano de la morena–. No te estoy mintiendo… eso pasó –afirmó con suavidad–, pero está en el pasado. Éramos adolescentes y ambas nos fallamos. Yo me alejé cuando me necesitabas y luego tú revelaste un secreto mío… las dos nos equivocamos, Rach.
–Yo no quiero hacerte daño, Lucy.
–Y yo no quiero alejarme –Quinn se sorprendió de sus propias palabras, que salieron de su boca sin que ella se detuviese a pensarlas.
–Yo tampoco quiero que te alejes –aseguró Rachel–. Todo es tan confuso, pero me asusta menos si tú estás aquí, a mi lado… es como… si dentro de toda la confusión entendiese algo, estuviese segura de algo…
–Voy a estar a tu lado todo el tiempo que me necesites. Cuando quieras que me aleje, tendrás que pedírmelo.
Una pausa más. Un silencio esta vez más largo.
–¿Puedo pedirte algo? –preguntó sonrojada Rachel.
–Claro, ¿qué necesitas?
–¿Podrías… podrías besarme?
–¿Qué? –Quinn miró a Rachel perpleja–. ¿Quieres que te bese? ¿En la boca? –se aventuró, porque no entendía muy bien lo que la morena le pedía y recibió como respuesta un asentimiento–. ¿No eres muy pequeña para eso?
–Yo… no… yo... tengo veinticinco –afirmó la actriz y cantante sin mucha seguridad–. Quiero saber qué se siente, si es cómo en las películas…
–No creo que sea una buena idea, Rach –señaló Quinn, aun sorprendida con la petición.
–¡Pero somos novias! –se quejó Rachel.
–Pero tú no lo recuerdas –contra argumentó la fotógrafa.
–¡No es justo! –Rachel hizo un puchero y se cruzó de brazos.
Quinn no pudo resistirse a ese gesto. Un pequeño roce no le haría mal a nadie, pensó; o más bien se intentó convencer.
–Está bien –cedió la rubia–. Pero sólo uno y no le dirás a nadie, porque quizás no sea una buena idea.
–No lo entiendo, pero está bien, no le diré a nadie –prometió la morena.
Quinn se acercó a Rachel fijando su mirada en sus ojos chocolate, que a la vez la observaban firmemente. Sus narices casi se tocaban y la rubia percibió el nerviosismo en el cuerpo de Rachel. Por eso, en un intento por tranquilizarla, acarició su mejilla con ternura. Rachel cerró los ojos al sentir su tacto.
Sin esperar más, Quinn terminó con la distancia y posó sus labios sobre los de Rachel, en un beso casi completamente casto; salvo por el hecho que al final, tras unos segundos de contacto, la rubia acarició el labio inferior de Rachel con su boca y se separó. Aquel gesto la sorprendió, pero no fue capaz de detenerse o de evitar disfrutarlo.
Estaba en problemas.
–Wow –fue todo lo que salió de la boca de Rachel unos momentos después del término del beso.
Y wow era lo que sentía Quinn. Necesitó unos segundos para recuperarse de lo sucedido, antes de volver a mirar a Rachel.
–Yo… yo voy a ir… iré a ver a Beth –dijo la rubia buscando una excusa para alejarse.
Se levantó con ánimo de salir de la habitación, pero Rachel se lo impidió tomando su brazo.
–Necesito… necesito ver a Maia –y la voz de la morena junto con su mirada le indicaron a Quinn que aquello era más que una petición, era un ruego.
–¿Estás segura?
–Sí… ella… ella está sola… –expuso Rachel–. Mis papás me explicaron lo que pasaba con ella. Dónde vivía… ella debe sentirse asustada. Lo sé, lo vi en sus ojos ese día en la clínica… yo no quiero fallarle.
–Está bien –manifestó Quinn–. Pero tienes que prometerme que seguirás todo lo que yo diga, por extraño que parezca. La directora no es muy simpática… pero debes ignorarla…
Rachel asintió de inmediato, sellando el acuerdo. En sólo unos minutos, la morena había desestabilizado todo el día de Quinn, primero con los recuerdos, luego el beso y finalmente con lo de Maia.
La fotógrafa sabía que lo último era una locura y que se expondrían de sobre manera, pero Maia las necesitaba y ellas no le fallarían.
Lo primero, en cambio, la aliviaba. Rachel recordaba cosas, aunque no tuviesen sentido para ella. Lo más importante era que parecía actuar como si tuviese más de diez años.
Por último, el beso. Otra cosa más para no pensar. Otra sensación que no quería detenerse a analizar. Quinn sentía que de pronto una maraña de sentimientos y emociones le explotaría en la cara si seguía reprimiendo todo lo que Rachel le provocaba. Y aquello la aterraba.
