N/A: Disculpas, disculpas y más disculpas. Viajé improvisadamente a casa de mis padres (que viven en la playa) y tuve unas vacaciones que me distrajeron de todo. Ahora recién estoy volviendo a la rutina y retomando todo.

Quiero aclarar, ya que he visto que en otras historias han cambiado al personaje de Puck en virtud de lo sucedido con Mark, que aquí todo seguirá igual. No porque de alguna forma apoye las conductas que se le imputan, todo lo contrario, las reprocho con fuerza, sino porque mis historias tienen como base a los personajes, no a los actores... e incluso los propios personajes aquí están fuera de sus personajes. Creo que era una aclaración que debía realizar.

Gracias por los comentarios y por el apoyo en general.

Spoiler: El próximo capítulo será el que muchos esperan... los recuerdos vuelven... al menos los importantes.

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.


XII. La antigua Rachel

¿Quién se creía que era?

Aquella pregunta se repetía en la mente de Quinn, mientras observaba como el famoso Marcus coqueteaba sin pudor alguno con Rachel.

Quinn tenía claro quién era Marucs. No sólo Rachel le había comentado sobre él, sino que se había dedicado a investigar el Facebook el sonidista e iluminador junto a Beth. Por lo mismo, sabía la cantidad de comentarios que le había dejado a Rachel y que le daba "me gusta" prácticamente a todo lo que hacía su novia en aquella red social.

El sujeto sabía que Rachel era su novia y aun así osaba continuar con sus ataques.

Está bien, Quinn lo reconocía: Rachel era su novia falsa. Sin embargo, tanto Rachel como Marcus ignoraban ese detalle. Oficialmente eran novias, y cada día Quinn sentía que olvidaba más y más la mentira involucrada en todo aquello.

Especialmente cuando Rachel la miraba de la forma en que lo hacía en ese momento, al notar su presencia en el teatro.

–¡Lucy! –exclamó la morena, corriendo hacia Quinn para lanzarse a sus brazos–. ¿Qué haces aquí?

–¿No puedo visitar a mi novia? –contra preguntó la rubia con una sonrisa.

–Claro que sí. Me encanta que lo hagas –aseguró Rachel regalándole a su novia una sonrisa que sólo reservaba para ella–. Ven conmigo, así te presento a los chicos.

La presentación no duró mucho, pues no todos los integrantes de aquella producción estaban presentes. Quinn conocía por fotos a muchos, ya que había ayudado a Rachel a practicar y fomentar su memoria. La última persona a la que saludó fue al famoso Marcus.

–Es un placer –dijo el hombre tras el saludo de Quinn–. Tienes una novia hermosa –agregó guiñándole un ojo a Rachel.

La morena le sonrió. Evidentemente la inexperiencia de Rachel le hacía imposible entender la coquetería detrás de cada gesto o palabra. Para ella, eran signos de amabilidad. Quinn entendía aquello, por eso no se molestaba con su falsa novia. En cambio, no le sucedía lo mismo con aquel tipo.

–Lo sé, la veo todos los días. Pero definitivamente, es más hermosa al despiertar –aseguró con una sonrisa que no podía ser más falsa, para luego centrarse en Rachel y dejar un beso en su mejilla–. Soy realmente afortunada de tenerla a mi lado… de que sea mi novia –añadió enfatizando el pronombre posesivo.

Quinn quería que Marcus entendiera que Rachel era suya, de nadie más. Ella tenía claro que las personas no era propiedad de nadie, pues no eran objetos… ¡pero Rachel era su novia y ese tipejo debía comprenderlo!

–No, yo soy la afortunada –contradijo Rachel–. Mi Lucy… Quinn –se corrigió–. Es la mejor persona de la vida. La mejor amiga que alguien puede tener y la más espectacular novia de todas. Ella hace que todo sea más fácil.

Y de pronto, para Quinn ya no había más Marcus, ni mentiras, ni personas en aquel teatro. Sólo ellas y sus miradas. Sólo ellas y los ecos de sus palabras.

El beso y la pasión que contenía, fueron inevitables. O al menos así lo sintió Quinn. Apenas sus labios hicieron contacto, los sentimientos que la invadieron fueron abrumadores. Cada caricia que se regalaban era como la primera, o mejor, y cada beso demostraba que aquella frase que señala que "la práctica hace al maestro" no podía ser más cierta en el caso de Rachel.

Si no fuese, porque alguien -presumiblemente Marcus- tosió, el beso se hubiese extendido por más tiempo.

–Disculpa, a veces nos resulta complicado controlarnos –dijo Quinn sin ninguna pizca de arrepentimiento en ella.

–Claro –murmuró Marcus.

–¿Te quedas hasta el final del ensayo? –preguntó Rachel.

–Por supuesto, luego pasaremos por Beth para ir a almorzar –afirmó Quinn.

Momentos después, el director llamaba a Rachel a escena, mientras la rubia se acomodaba en una butaca junto a Tina, para ver a su novia ensayar o como le había susurrado la chica de rasgos asiáticos, "para ver a su estrella brillar".


Rachel sabía que soñaba o al menos así lo sentía. Esta vez ella no era la protagonista, sino más bien, una observadora omnisciente.

La escena frente a ella era desconocida, pero a la vez familiar. Los protagonistas cazaban en esa misma descripción.

Un hombre y una mujer en una habitación que parecía bastante masculina y adolescente. El hombre se asimilaba alguien que ella recordaba haber visto en un momento, pero no sabía dónde. Eso sí, tenía la impresión de que ahora, en esta escena, era mucho más joven.

La mujer era ella misma, pero su versión adolescente. Aquella Rachel que no recordaba. La antigua Rachel.

–Necesito que guardes estos diarios en un lugar seguro, para que luego me acompañes a botarlos o quemarlos –le pidió la Rachel adolescente al muchacho, mientras le entregaba una pequeña caja.

–¿Por qué no los botas de inmediato? –preguntó el muchacho.

–Porque en realidad quiero quemarlos. Quiero asegurarme que no quede rastro de ellos, Finn –explicó Rachel–. Quemarlos es hacer desaparecer a la antigua Rachel, la que los escribió. La que creía que los cuentos se hacían realidad.

–¿Esto tiene que ver con Quinn? ¿Con lo que le hiciste?

–Yo no le hice nada, Finn. Sólo revelé la verdad. Ella te engañaba. A ti y a todo el mundo –aseguró la morena con enojo–. Ella lo tenía todo, le hacía creer al mundo que era perfecta, pero ni siquiera pudo cumplir una promesa de lo más simple. Ni siquiera supo ser buena amiga.

–¿De qué hablas? –preguntó el chico confuso.

–Da lo mismo, Finn –sostuvo Rachel–. Lo importante es que hoy nace una nueva yo, una nueva Rachel. Una que no va a dejar que nadie la pase a llevar. Una Rachel que dejará de creer en falsas promesas –se acercó coquetamente al chico, que tembló–. ¿Cuento contigo?

El muchacho se limitó a asentir y Rachel lo besó, sin pasión, sin sentimientos.

La otra Rachel, la verdadera, la que miraba la escena, sacudió su cabeza. No quería ver nada más de eso. Su antigua yo tenía los ojos fríos, sin vida. Era una imagen que no quería observar.

De pronto el escenario cambió. Ya no estaba más en la habitación de aquel muchacho, ahora estaba en la suya, en su casa, junto a Lucy.

Pero eso no la tranquilizó. Sin saber por qué, tenía la certeza de que aquello había sido un recuerdo. Un recuerdo nada agradable de su pasado.

Rachel necesitaba despejarse, por lo mismo salió de la habitación en busca de algo para beber. Al llegar a la cocina se encontró con Quinn observando unas fotografías.

–¿Problemas para dormir? –preguntó la fotógrafa al descubrir a Rachel en la puerta de la cocina. La morena asintió–. Siéntate a mi lado y mientras yo te sirvo un vaso de leche de soja, ¿por qué no me ayudas a elegir la fotografía perfecta?

Rachel hizo lo que Quinn le indicó, pero no pudo concentrarse en las imágenes. El recuerdo seguía muy presente en su mente.

–Recordé Finn –soltó de pronto la morena sin poder contenerse y vio como Quinn se paralizaba, para luego girarse hacia ella.

–¿A Finn?

–Sí, bueno… sólo fue un recuerdo… no sé muy bien quién era él –balbuceó rápidamente Rachel–. Por lo que sucedía, creo que era mi novio… nos besábamos… en el recuerdo.

Quinn apretó los puños. Aquello era el pasado. Rachel estaba ahora junto a ella, pero los nuevos sentimientos hacia la morena y su característica posesividad no distinguían las situaciones.

–¿Sólo se besaban? –a Quinn le dolió preguntar aquello, pero debía hacerlo. Necesitaba saber.

–No… –murmuró Rachel y el mundo de Quinn se tambaleó–. También hablábamos. En realidad, yo sólo lo besé al final del recuerdo… pero yo era… distinta.

Quinn asintió, porque aún no se recuperaba del susto inicial. Además, la Rachel que ella recordaba era efectivamente muy distinta a la que estaba sentada frente a ella en ese momento.

–No me gustó esa Rachel, Lucy –susurró Rachel con la voz quebrada conteniendo las ganas de llorar–. Ella parecía odiarte…

–Eso es el pasado, Rach. Te dije que las cosas no habían sido buenas entre tú y yo… pero no debes centrarte en eso. Lo importante es que estás recordando. Yo estoy aquí a tu lado. El pasado no va influir en lo que estamos viviendo ahora –Quinn dijo lo último más para ella que para Rachel, como una forma de auto convencimiento–. ¿Quieres que hablemos sobre lo que recordaste?

–No… sólo quiero estar a tu lado y recordar lo que es real ahora –señaló Rachel.

Quinn pensó en la posibilidad de que la morena la odiara si se enteraba que aquello no era real. Al menos no en un principio, se corrigió mentalmente.

–Tus deseos son órdenes para mí –fue todo lo que Quinn llegó a decir, mientras se sentaba junto a Rachel y comenzaba a hablarle sobre las fotografías.

Aquella noche a ambas mujeres les costó conciliar el sueño. Una se durmió llena de dudas por su pasado, mientras que la otra lo hizo llena de dudas por su futuro. Ambas se tranquilizaron pensando en que, al menos, en el presente estaba todo bien. Ya tendrían tiempo para preocuparse por lo demás.


Beth estaba preocupada.

Si bien tenía una vida que podía considerarse maravillosa y su edad no debiese involucrar preocupaciones, desde hace años había aprendido que no llevaba una vida normal. Su padre era un jugador de fútbol americano reconocido y su mamá trabajaba para una empresa importante (además de ser una destacada fotógrafa). Sin embargo, la aparición de Rachel Berry en su mundo había incrementado aún más aquella sensación de diferencia con la que había crecido.

Aquella morena no sólo era diferente porque tenía un talento que pronosticaba que sería la próxima diva de Broadway, sino que cargaba con el misterio de una enfermedad, por llamarla de algún modo, no identificada. No es que Beth entendiese mucho lo que sucedía con Rachel. Para ella, la cantante y actriz era su mejor amiga y la persona que esperaba que estuviese con su madre por siempre. Para ella, Rachel era normal en su anormalidad. Actuaba como grande cuando era necesario (si estaba en la obra o yendo a algo relacionado con Maia), pero el resto del tiempo era como ella: ambas intentaban descubrir de qué se trataba aquel mundo en el que vivían.

La verdad es que todo era así hasta días atrás. Hace un par de días, todo había cambiado. Rachel estaba más silenciosa y parecía perdida completamente en sus pensamientos. Aquello no era lo peor. Lo más preocupante es que parecía temerosa, al igual que su madre. Era como si algo hubiese pasado, algo de lo que ella no estaba enterada. Y aquello no era justo; ella había sugerido la idea de que fueran novias, ella había callado aquella mentira y había ayudado a su madre en todo. Ella se merecía saber lo que sucedía.

Así se lo había dicho a su madre, quien tras despeinarla un poco, le había asegurado que todo estaba bien. Pero Beth sabía que eso era una mentira, que algo pasaba.

Por eso, ahora que estaba a solas con Rachel quería conseguir algunas respuestas. Tenía pocos minutos, porque su madre llegaría pronto con Maia. Adoraba a la que ya consideraba su hermana, pero hubiese deseado que el hogar estuviese más lejos para que tardasen más.

–Quiero que me digas la verdad –dijo la pequeña sentándose frente a Rachel que tenía unas hojas en sus manos, pues repasaba sus líneas.

–¿La verdad? ¿Sobre qué?

–Estás extraña, quiero sabe qué pasa. Tú no puedes mentirme, eres mi amiga. Las amigas se dicen la verdad –manifestó Beth con firmeza.

–Yo no te miento –aseguró Rachel–. Hay cosas que no te digo porque son cosas de grandes o que yo no entiendo.

–Pero quizás yo puedo ayudarte a entender…

–Creo que necesito entenderlas yo primero, sola –dijo Rachel.

–Pero mamá me explicó que lo bueno de tener amigas es no tener que estar sola. Cuando tienes amigas todo es más fácil, porque tienes alguien a tu lado.

–Y tu mamá no mintió. Tenerte junto a mí hace que todo sea más fácil, mejor –señaló Rachel con franqueza–. Estas cosas que tengo que entender, son más fáciles de enfrentar sabiendo que tú estás aquí y que puedo confiar en ti, no lo dudes.

–No quiero que mamá y tú actúen raras, no quiero que se separen. Me gusta como estamos ahora –murmuró Beth con los ojos brillantes que auguraban lágrimas.

–A mí también me gusta y no nos vamos a separar. Lucy y tú son importantes para mí… –explicó Rachel–. Es sólo que necesito solucionar mi cabeza. Tengo recuerdos y estoy intentado entenderlos.

–¡No recuerdes! –exclamó Beth con miedo. Si Rachel recordaba, entendería que todo era una mentira y se iría. La pequeña no quería eso por nada del mundo.

–Necesito recordar, Beth. Nada va a cambiar si recuerdo…

–¡Todo va a cambiar! Te vas a ir –dijo la rubia comenzando a sollozar.

–¿De qué hablas? ¿Hay algo que sabes que yo no?

–No, yo no sé nada –se apresuró a hablar la pequeña, controlando sus sollozos–. Yo sólo no quiero que nada cambie… yo no sé nada, en serio.

Rachel le brindó una mirada que le indicó a Beth que no se tragaba por completo sus palabras.

–Las cosas no van a cambiar, al menos no de forma radical.

–¿Me lo prometes?

–Está bien… te lo prometo –juró Rachel tras un momento de duda. La morena desconocía el peso que esa promesa tendría en un futuro.

–Gracias –susurró Beth abrazando a su adorada amiga.

Rachel refugió a la niña entre sus brazos, brindándole la contención que necesitaba para calmar su ligero llanto.

Tras unos mimos que ambas necesitaban, Beth ayudó a Rachel a repasar sus diálogos, sintiéndose menos ansiosa y preocupada. La conversación con la morena y aquella posterior promesa, la habían tranquilizado por el momento.

El sonido de la puerta abriéndose y las posteriores pisadas correspondientes a la más pequeña de aquella extraña familia, interrumpieron aquel improvisado ensayo.

–¡Beeee! –gritó Maia antes de lanzarse contra la rubia.

–¡Monito! –exclamó Beth abrazando a la pequeña.

–No oy monito –se quejó Maia.

–Soy, no oy, Maia –corrigió Rachel.

–¡Ma'! –exclamó la aludida, soltando a Beth para abrazar a Rachel.

Beth se percató que Rachel, tras dejar un beso en la cabeza de Maia, juntó la mirada con su madre. No se dijeron nada, pero los ojos de Quinn tenían un semblante que evidenciaba que algo seguía presente y no era bueno.

–Mamá dijo helado –comentó Maia con emoción, tras separarse de Rachel.

–Lo que Maia intenta decirles es que le prometí helado, pero sólo después de que almorcemos –explicó Quinn.

–Entonces almorcemos ahora, así tomamos helado más rápido –sugirió Beth recibiendo el apoyo de Maia.

–No podemos. Mis papás traerán con el almuerzo. Debemos esperarlos para comer –indicó Rachel.

Las niñas se quejaron y bufaron.

–¿Ensayaban? –preguntó Quinn ignorando los quejidos.

–Sí, Beth me ayudaba a repasar las líneas. Creo que ya he memorizado todo –comentó Rachel con orgullo.

–Quiero que llegue el estreno rápido para ver a Rachel y aplaudir en primera fila… porque nos vas a conseguir asientos en primera fila, ¿cierto? –preguntó Beth levantando aquella ceja tan característica.

–Tina me aseguró que tendrían buenos asientos, al menos si no es en primera fila, será en ubicación central y en las filas cercanas al escenario –respondió Rachel.

–¿Y yo?

–¿Tú qué, Maia? –cuestionó Quinn. Había un acuerdo entre las tres habitantes de esa casa en lograr que Maia hablase lo máximo posible cuando se encontraba con ellas, pues sabían que la pequeña rubia guardaba silencio al llegar al hogar.

–¿Yo voy? –preguntó Maia y las otras tres mujeres la miraron expectantes–. Estreno, ¿yo voy?

–Claro que sí –aseguró Rachel–. Aún no hay fecha definitiva fijada, pero Santana ya habló con la asistente social para que puedas ir.

–Pero debes portarte bien, sino, no irás –advirtió Quinn, quien como siempre, asumía el rol de mamá estricta–. Eso implica que debes comer tus comidas y hablar. No puedes seguir guardando silencio en el hogar por siempre, al menos respóndeles un poco.

–Ta' bien –aceptó Maia con algo de reticencia inicial.

–Cuando Rachel adopte a Maia, ¿nos cambiaremos de casa o Rachel dormirá contigo mamá y le dará su habitación al monito? –preguntó Beth de la nada.

–Yo no monito –se quejó Maia, como lo hacía cada vez que Beth la llamaba por ese apelativo.

–Pero si eres el monito más adorable de todos y, lo más importante, mi monito –señaló Beth abrazando a Maia–. Entonces, ¿qué va a pasar? –retomó su pregunta.

–Eso lo veremos cuando los papeles estén listos, Beth. No tenemos porqué adelantarnos a nada todavía –expuso Quinn–. Además, tú podrías compartir tu habitación con tu monito. Muchas hermanas lo hacen.

–Es verdad, pero eso pasa cuando faltan habitaciones en la casa o cuando no pueden cambiarse. Nosotros podemos. Papá dijo que él podía conseguirnos un buen lugar si era necesario –argumentó la pequeña rubia.

–Tu papá debería dejar de meterse en mis asuntos y preocuparse por asentar cabeza de una vez –discutió Quinn–. No entiendo por qué siempre le mete ideas a Beth.

–Sabes que sólo se preocupa por su hija y por ti –comentó Rachel, que cada día afianzaba su relación con Puck. El jugador era una buena persona y se lo demostraba cada vez que se veían.

–Lo sé, pero no tiene que inmiscuirse en lo que no le compete. Si nos mudamos o no… o los cambios que se van a producir más adelante, son cosas que debemos decidir nosotras –manifestó Quinn algo molesta. En realidad, la pregunta de su hija la había incomodado y aquello activaba su mecanismo de defensa interior.

–Rachel tiene razón, papá sólo intentaba ayudarnos. Yo le hablé del tema –explicó Beth.

–¡Pues esos temas deberías hablarlos conmigo, no con él! –alzó la voz Quinn.

–¡Pero ahora lo hablo contigo y no me respondes! –exclamó Beth en el mismo tono.

–No pelear –susurró Maia.

–Lucy, Beth… están asustando a Maia, no levanten la voz así –pidió Rachel–. Están discutiendo por una tontería. No hay malas intenciones, está todo claro…

–Yo sigo sin saber qué pasará… –dijo Beth.

–Si necesitamos más espacio, buscaremos otro lugar, sino, nos arreglamos aquí. Rachel seguirá en su habitación y tú compartirás la tuya con Maia –señaló Quinn de forma tajante.

–No entiendo por qué Rachel no puede compartir habitación contigo. Son novias ¿o no? –la ceja derecha de Beth se alzó desafiante tras formular la pregunta.

–No te vayas por ese lado, Beth –advirtió Quinn, mientras Rachel y Maia miraban aquella guerra verbal en silencio.

–Tía San y tía Britt cuando vivían juntas, antes de casarse, compartían su habitación. Papá también lo hizo con Jessica, su novia de hace unos años. Entonces, ¿por qué tú no puedes compartirla con Rachel?

–Beth… –el tono de advertencia de Quinn fue evidente.

–Además, ustedes son novias… deben hacer cosas de novias…

–¿Cosas de novias? –preguntó Rachel extrañada.

–Tía San me explicó que las novias hacen cosas privadas… ya sabes, cosas además de darse besos.

Rachel abrió los ojos impresionada, entendiendo a qué se refería Beth.

–¡Qué mierda! ¿Santana está loca? ¡Tienes apenas diez años, por Dios! –exclamó Quinn reprimiendo las ganas asesinas que surgieron en ese momento por su amiga.

–Lucy, controla tu vocabulario –indicó Rachel.

–Estamos en el siglo veintiuno mamá, en el colegio ya me explicaron cómo llegan los bebés al mundo –dijo Beth con tranquilidad–. Tía San sólo me ayudó a comprender otras cosas.

–Voy a matarla –murmuró Quinn cegada por la ira.

–Tranquila, Lucy –pidió Rachel tomando a Quinn por la mano y dejando un beso en la mejilla de la rubia.

Todo el aspecto de Quinn cambió de inmediato tras el gesto. Su relajo fue evidente y Beth entendió que frente a ella tenía la nueva debilidad de su mamá. Rachel sería su mejor aliada.

–¿Qué cosas hacen? –preguntó Maia interesada, tras un pequeño silencio.

–¡Voy a matarla! –exclamó Quinn provocando risas en Beth y Rachel.

Al menos, por ese momento, las cosas estaban tomando su curso normal, pensó Beth. Ella sólo rogaba que todo se mantuviese igual.