A/N: Gracias por los comentarios, he intentado responderlos todo.

Antes de dejarlos con el capítulo trece de esta historia, quiero aclarar algo relacionado con la forma de este cap: Hay muchos recuerdos y podría haberlos puesto en cursiva. Decidí no hacerlo, ya que no lo he hecho de esa forma en los capítulos anteriores. Dicho esto, cada recuerdo, estará precedido de una línea separatoria, para que sepa cuándo empieza uno y cuándo termina. Además, creo que en todos, Rachel evidencia la edad que tiene, así se enredan menos. Espero que no les moleste esta decisión.

¡Saludos!

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.


XIII. ¿El comienzo del fin?

Rachel se despertó sudando producto de una pesadilla. Aquellos malos sueños eran cada vez más recurrentes desde que había recordado aquel episodio con Finn.

Tras una conversación con sus padres había averiguado un poco más sobre el muchacho que había sido su novio y a quien ella desconocía por completo. Sus padres no guardaban los mejores recuerdos sobre él; y no es que Rachel intentase justificarlo, pero tras verse a ella misma con nueve años menos, dudada que Finn hubiese influido mucho en sus decisiones. Más bien, era ella la que estaba buscando cambiar.

También había aprendido que aquel muchacho había sido primero el novio de Quinn y luego había salido con ella. Eso no podía entenderlo bien. ¿Cómo era posible que hubiese compartido novio con la que ahora era su novia? Parecía una novela.

Rachel sabía que hasta que no recordase bien algo de su pasado, todas esas dudas y miedos no la abandonarían. También sabía que era algo que debía enfrentar sola. Quinn estaba a su lado para apoyarla, al igual que Beth, sus padres y sus amigos, pero era ella la que debía batallar con esos fantasmas.

Por más que intentara actuar como si todo estuviese bien, cuando caía la noche y era el momento de dormir, todos aquellos miedos reprimidos la invadían. La antigua Rachel era su peor demonio.

Justo cuando intentó levantarse para ir en busca de un ansiado vaso de agua, un recuerdo golpeó su mente. Se sentó rápidamente al verse invadida por las imágenes.


Rachel caminaba por los pasillos de su colegio de primaria con una opresión en el pecho. No se trataba de nada físico, sino de algo emocional. Sus padres la noche anterior le habían comentado que Shelby, su madre biológica, les había respondido la carta que ellos le habían enviado (a petición de Rachel, por cierto). En ella, la mujer expresaba el agradecimiento que sentía hacia los Berry por permitirle conocer a su hija. Se excusaba diciendo que, por motivos de trabajo se encontraba en Los Ángeles y que, de momento, le era imposible visitar Lima. Sin embargo, deseaba concretar una reunión con Rachel en un futuro cercano. Además, enviaba una foto reciente para que Rachel se acostumbrara a ella.

La morena no sabía bien cómo sentirse con toda la situación. Ella había pensado que su madre le respondería que no quería verla nunca o que correría hacia ella ansiosa por un reencuentro. Jamás había pensado en una opción intermedia. Se sentía como si le importara, pero no lo suficiente para dejar y viajar hasta Lima. No es que Rachel quisiese que Shelby perdiese su trabajo… es sólo que ella había crecido con dos padres maravillosos que se desvivían por una de sus sonrisas, que modificaban cualquier compromiso laboral con tal de no perderse alguna de sus presentaciones y/o actividades.

Rachel también descubrió que era muy parecida a Shelby físicamente. Básicamente, eran dos gotas de agua, salvo por un gran detalle: su nariz. Aquel rasgo tan distintivo de la morena, era herencia paterna.

Intentó borrar todos esos pensamientos de su cabeza, para concentrarse en su objetivo: encontrar a Lucy.

Lucy, aquella rubia que había pensado sería su mejor amiga por siempre. Su compañera inseparable. Lucy, que ahora tenía varios kilos menos de peso, aunque Rachel jamás había pensado que necesitase bajar algo. Lucy, que ya no usaba sus característicos lentes. Lucy, la que casi se había convertido en una extraña.

El alejamiento había sido paulatino, pero no por eso menos doloroso. Rachel había llorado en el hombro de su papá, mientras su papi le aseguraba que todo estaría bien. Que las amistades a veces se distancian, pero no por eso se pierden. Le aseguró que pasara lo que pasara ella siempre los tendría a su lado. Rachel sabía que aquello era verdad, pero en ese momento necesitaba a su amiga, a su Lucy.

Reprimió la sensación de celos que la embargó al ver a la rubia junto a Santana, la chica nueva que había llegado a comienzos de año para cursar el último año junto a ellas. La chica que la había reemplazado, convirtiéndose en la fiel compañera de Lucy.

–¿Podemos hablar un momento? –preguntó la morena mirando directamente a Lucy, intentando trasmitirle cuánto necesitaba su compañía.

–Hola, Rachel –la saludó Lucy–. ¿Puede ser más tarde? Con Santana iremos al centro comercial a ver unos maquillajes. Ella y mi hermana me están enseñando a usarlos.

–Tú no los necesitas, Lucy –aseguró Rachel–. Y de verdad necesito hablar contigo –volvió al tema que le interesaba.

–Lucy quiere un cambio de imagen. No sólo busca bajar de peso, y va en un buen camino, sino que quiere ser otra persona el próximo año. Está cansada de las burlas –comentó Santana–. Creo que es una buena decisión.

–Las burlas son inseguridades de los otros. Mis papás me lo han dicho siempre y también se lo expliqué a Lucy. Ella no tiene que cambiar porque los otros quieren.

–Quizás tú puedes vivir creyendo eso, pero yo estoy harta. No quiero cambiar por los otros, quiero cambiar por mí –dijo molesta la rubia–. Será mejor que nos vayamos, así aprovechamos mejor el tiempo –agregó mirando a Santana.

–Pero Lucy, de verdad necesito hablar… –rogó Rachel.

–Otro día Rachel… de verdad esto es importante para mí –espetó Lucy, tomando de la mano a Santana antes de alejarse de la morena.

Rachel las vio marchar hacia la salida, conteniendo las lágrimas. Ella sabía que el aspecto físico era un tema delicado para Lucy, pero siempre había creído que algún día lograría ver lo linda que era. Lucy ocultaba su belleza producto de sus inseguridades. No necesitaba bajar de peso, botar sus anteojos o aplicarse maquillaje. Pero al parecer, la rubia pensaba otra cosa.

Lo peor es que mientras Lucy había encontrado un mundo nuevo de la mano de su hermana y Santana, Rachel había perdido a su única amiga, a la única persona que necesitaba en esos momentos.


Rachel reprimió las ganas de llorar que aquel recuerdo le produjo. Especialmente, porque sabía que era verdad, que se habían alejado, que ella había perdido a la única persona que en sus recuerdos siempre había estado.

Santana se veía diferente en aquel recuerdo, más aterradora y segura de lo que normalmente era en la actualidad.

No quería juzgar a Quinn por su actuar, ya que según lo que había conversado con Beth, su novia era bastante insegura respecto su aspecto y había tardado bastante tiempo en aceptarse completamente. Para Rachel era incomprensible que la persona más hermosa que ella había conocido, dudase tanto de su belleza.

Aquel recuerdo no sólo le trajo tristeza, sino la necesidad de saber más, de entender su pasado, de conocer lo que había vivido. Como si alguien o algo, la hubiese escuchado, una nueva lluvia de imágenes la golpeó.


El día que tanto había ansiado durante mucho tiempo por fin había llegado. Aquel jueves tras terminar sus clases, conocería a Shelby. La mujer se había contactado con sus padres, solicitando aquel encuentro, indicando que pasaría unos días por Lima y no quería desperdiciar la oportunidad.

La verdad era que Rachel estaba bastante nerviosa. No sabía que esperar de la mujer. La secundaria no era lo que ella había pensado que sería cuando estaba en primaria, así que ahora intentaba mantenerse cautelosa respecto a todo. La morena de verdad ansiaba que este encuentro fuese el comienzo de grandes cosas en su vida. Quizás, junto con su madre, llegarían nuevas personas, nuevos amigos. Tras su alejamiento de Lucy, que ahora se hacía llamar Quinn y parecía una persona totalmente distinta, no había tenido ningún amigo de verdad. Los chicos del club Glee eran simpáticos, pero no había congeniado completamente con ninguno. Tampoco es que fueran muchos, con sólo seis integrantes, ni siquiera calificaban para competir. La secundaria había incrementado el nivel de popularidad de Quinn, pero con ella había pasado todo lo contrario. No ocurrí nada por no estar en la cima, pero aquello tampoco ayudaba a conseguir amigos.

Aquella escasez de amistades cercanas, fue la que hizo la morena tuviese que recurrir a Lucy una vez más. Si bien ya no podía decirse que fuesen amigas, la rubia era la única persona que conocía su historia y que podía entender lo importante de ese momento. Rachel sabía que Lucy desconfiaba un poco de ella debido a Finn. El chico ya varias veces se había acercado a ella y le había coqueteado. Para la morena eso era algo completamente nuevo y se había quedado maravillada por la atención, pero jamás le haría algo así a Lucy. Pese a todo, ella seguía queriendo a la rubia.

–Lucy –murmuró Rachel al llegar hasta la rubia, que se encontraba acompañada de Santana y Brittany.

–Quinn –corrigió de inmediato la aludida.

–Sí, Quinn… –la morena odiaba la frialdad que ahora existía entre ellas–. Sé que no hablamos hace mucho, pero de verdad necesito un minuto para que me puedas ayudar con algo.

–¿Ayudar?

–Bueno, más bien necesito que me escuches y me aconsejes…

–Recuerda lo que te dijo Frannie, Q –susurró Santana, pero Rachel alcanzó a escucharla.

–San tiene razón. Mi hermana fue muy clara. Estamos en la secundaria, Rachel. Acabo de ser elegida capitana de las porristas. No es nada puntual contra ti, pero necesito mantener mi popularidad en la cima… –expuso Quinn como si con esas palabras respondiese a la petición de Rachel–. Y como tú misma lo dijiste, no somos amigas… no veo cómo podría ayudarte.

Rachel quiso gritarle que se lo había prometido. Que había jurado estar junto a ella cuando aquél momento llegase, pero sabía que no servía de nada. Quinn tenía razón, ya no eran amigas y quizás era tiempo de terminar de aceptarlo.

Se despidió de las porristas en un murmullo y se alejó de ellas tan rápido como pudo. Lamentablemente, no tan rápido como para no escuchar lo que comentaron a su partida, cuando creyeron que ella no las podía oír.

–No es nada contra ella, Q… pero tú misma dijiste que Finn estaba coqueteándole –comentó Britt.

–Exacto. Frannie nos dijo claramente que si das una muestra de flaqueza, otro pasa por encima de ti –agregó Santana–. ¿Te imaginas qué pensarían si la capitana de las porristas se muestra amiga de la perdedora que intenta quitarle el novio?

–Sabes que no voy a dejar que Finn me abandone, menos por Rachel. ¿Has visto su nariz? –ironizó Quinn, para luego compartir una carcajada con sus amigas.

Fue imposible para Rachel contener las lágrimas, mientras se alejaba corriendo del lugar. No supo cómo, pero de pronto se encontró en el parque aledaño al instituto donde había acordado reunirse con Shelby.

Ahí, entre lágrimas y lamentos trascurrieron los minutos, hasta que fue la hora acordada del encuentro. Rachel intentó arreglarse lo mejor posible, escondiendo los rastros de las lágrimas que habían corrido con libertad por sus mejillas.

Vio a Shelby acercarse caminando de manera segura hacia ella, como una persona que se lleva al mundo por delante. De manera similar a la forma en que Quinn caminaba cada día por los pasillos del McKinley.

–Hola Rachel, soy Shelby, tu madre –se presentó la mujer.

–Hola, mucho gusto –dijo la morena extendiendo su mano para saludarla.

–¿Te pasó algo? No te ves muy bien –preguntó Shelby.

–Nada importante, cosas de la secundaria –respondió Rachel.

–La secundaria, adoraba la secundaria. Era la reina y señora del lugar. Presidenta del club de teatro y del de canto, además era de la escuadra de las porristas. Fui incluso capitana por unos meses –contó Shelby con orgullo reflejado en sus palabras–. ¿Y tú?

–¿Y yo?

–Sí, ¿a qué club perteneces? Siendo hija mía te imagino brillando en muchos.

–Eh… bueno… participo en el club Glee –indicó Rachel–. No tenemos los suficientes miembros para competir con otros colegios, pero disfrutamos de cantar todos juntos en el salón durante los ensayos…

–Ah… –murmuró Shelby y el tono de decepción no pasó desapercibido para la morena–. Podrías quizás intentar unirte a otro club o a las porristas…

–No es algo que me interese por el momento… al menos las porristas están descartadas. Creo que realizan movimientos muy peligrosos y no expondría mi integridad de ese modo. Además no calzo con el prototipo exigido.

–¿A qué te refieres?

–Ya sabes, la típica chica bonita y popular –señaló Rachel, esperando la misma reacción que tenían sus padres cada vez que ella evidenciaba sus problemas de autoestima.

–Sí, he podido notar eso –Shelby claramente no pensaba lo mismo que sus padres: que era "perfecta" así como era–. Si bien somos muy parecidas, no sacaste mi nariz… aunque conozco un cirujano que te la puede arreglar en un instante. Además, podrías mejorar tu estilo… pero veo potencial.

–Wow… gracias… creo –Rachel se auto exigió no dejar que la decepción y las lágrimas la embargaran.

Se quedaron al menos dos minutos en silencio. La tensión creciente era palpable.

–Creo que hablo por las dos cuando digo que esto es algo incómodo –rompió la quietud Shelby.

–Sí…

–Siempre quise conocerte porque eras un pendiente en mi vida, porque pensaba que estaba lista para formar parte de la tuya… Pero creo que en mi mente te veía de otra manera, más parecida a mí…

–Yo de cierta forma, te idealicé –sostuvo Rachel–. Creo que ambas teníamos expectativas diferentes… pero creo que podemos…

–Creo que fue un error. Yo no estoy lista para ser parte de tu vida. No sé si algún día lo estaré –interrumpió Shelby haciendo que un balde de agua fría cayese sobre Rachel.

–Está bien –susurró Rachel incapaz de decir algo más.

–Lo siento, de verdad –pidió Shelby.

–Está bien –reiteró Rachel. Al parecer no era lo suficiente para nadie, pensó.

Se despidieron con una incomodidad mayor que la que existía mientras hablaban. Rachel esperó a que Shelby se marchara para dejar que su llanto fluyera. Llanto originado por lo sucedido con Quinn, con su madre y por saber que no tenía a nadie a quién recurrir. Porque a pesar de todo lo que le habían dicho sus padres, ella no era perfecta siendo ella misma, ni estaba cerca de serlo. Más bien, era todo lo contrario.


Rachel sintió cómo su pecho se cerraba producto de la angustia que el recuerdo le produjo.

Su propia madre la había rechazado por cosas tan banales como la apariencia física y el pertenecer a un club. La que actualmente era su novia, parecía más bien de esas malas de las películas de instituto que veía con Beth. Sabía que Quinn no había pretendido que escuchase sus comentarios, pero no por eso dolía menos. Sabía también que eran adolescentes y que ni Quinn ni sus amigas eran personas malvadas, pero dudada que la Rachel adolescente fuese capaz de hacer esa diferencia.

Se obligó a cerrar los ojos e intentar recordar, porque necesitaba saber, por mucho que doliera, qué había pasado. Nuevamente algo o alguien, la escuchó.


Habían sido días difíciles para Rachel. Casi tan difícil como su encuentro con Shelby, había sido explicarles a sus padres lo sucedido. Hiram amenazó y exigió a Leroy que hiciese algo para que esa mujer –así la llamó–, nunca más se acercase a su hija. Mientras que Leroy aseguró que se encargaría de hablar con Shelby y dejarle las cosas bien claras.

Quizás lo único bueno de todo había sido Finn. El muchacho se había convertido en un verdadero amigo para Rachel, y si bien ella comprendía que él podía tener otras intenciones, ahora mismo, necesitaba a alguien a su lado.

Estaba terminando de usar el baño cuando las voces de Santana y Quinn la sorprendieron.

–¿Estás segura que no hay nadie? –preguntó Quinn.

–Sí, ya revisé –respondió Santana. Rachel sabía que la latina no había hecho bien aquella tarea, pero además, el basurero del baño que ocupaba hacía un buen trabajo ocultando sus pies.

–No sé qué voy a hacer, San –sollozó Quinn–. Esto no debería estar pasándome. Fue sólo una vez, un error. Tengo toda mi vida planeada. Yo debía brillar igual que Frannie, ser la hija perfecta. Esto va a arruinarme, me convertiré en una perdedora y mis papás… ¡Oh Dios! Mis papás van a matarme.

–Tranquila, Quinn… –la consoló Santana–. Eso no lo hace bien al bebé. Tienes que pensar qué vas a hacer… cómo le dirás a Finn todo lo que pasó con Puck… no sólo lo engañaste una vez, sino que además resultó que saliste embarazada. No es algo fácil de asimilar o perdonar…

Rachel tuvo que reprimir el grito que instintivamente se formó en su garganta. La perfecta capitana de las porristas, la chica que lo tenía todo, la que era mucho para sostener una conversación con la perdedora Rachel Berry, había cometido un gran error.

–Nadie puede enterarse, San. Al menos no hasta que decida qué hacer y cómo hacerlo –expuso Quinn.

Rachel no supo de qué lugar de su mente salió aquel pensamiento, pero de pronto algo en ella cambió. Estaba harta de ser pisoteada. Como bien había dicho Santana, cuando alguien ve un signo de flaqueza en ti, se aprovecha de él. No iba a permitirlo más. La vida le estaba dando una oportunidad de oro. Una oportunidad para vengarse por todas las lágrimas que había derramado debido a Quinn y Shelby. Ninguna era mejor que la otra. Ambas se creían perfectas, pero no lo eran. Rachel le demostraría a ambas que ella podía ser popular pese a su nariz, pese a todo.


Sumado a esas imágenes mentales recientes, Rachel recordó el día que había revelado el embarazo de Quinn. Su novia no había sido la mejor persona, pero no se merecía algo como eso. Ella se había convertido en algo que detestaba.

Lo peor es que había puesto en peligro al bebé de Quinn, a aquel bebé que actualmente era su mejor amiga. Su Beth.

Ahora entendía el primer recuerdo en la habitación de Finn. La frialdad, la insensibilidad que evidenciaba. La antigua Rachel era el producto de desilusiones, que en un grito desesperado por dejar de sufrir, se había convertido en alguien que no medía sus actos ni a quién hería. Rachel sabía muy bien, que toda aquella frialdad no podía ser más que un muy buen acto, porque aunque fuese muy en el fondo, todo debía afectarla. Pero aquello no era una excusa.

Ya no quería saber más del pasado. No entendía cómo Quinn había podido perdonarla, cómo podía quererla, ser su novia, permitirle ser parte de la vida de Beth.

Lamentablemente ese algo o alguien que antes la había escuchado, decidió hacer oídos sordos a su última petición e hizo que siguiese recordando.

Esta vez no fue a la antigua Rachel a quién vio, sino a sí misma. Su primer encuentro con Quinn, sus diferentes reencuentros posteriores, Beth, Maia, su encuentro con Finn.

Era como si todo lo vivido los últimos meses regresara de golpe. El pasado seguía confuso, pero ahora tenía claro qué había sucedido el último tiempo.

Tenía claro que Quinn no la recordaba con cariño y que las cosas habían ido cambiado con el tiempo.

Tenía claro que había conocido a Maia en la clínica, cuando había ido a una de sus sesiones.

Tenía claro que sus papás se habían opuesto al tema de la adopción.

Tenía claro que Beth la odiaba en un principio, o al menos la detestaba, al igual que Santana.

Tenía claro que había vuelto a ver a Quinn tras su primer encuentro en el parque, en una fiesta organizada por Kurt, donde había vuelto a ver a Santana, Britt y Puck.

Tenía claro que había fingido ser novia de Quinn para espantar Brody y a Nicole.

Pero especialmente tenía claro que no era novia de Quinn, ni nunca lo había sido.

Aquello fue un golpe para su corazón y la hizo cuestionarse todo.

¿Por qué Quinn fingía ser su novia? ¿Por qué le había mentido todo ese tiempo? ¿Buscaba algo con eso? ¿Era su forma de vengarse?

Sus cavilaciones se vieron interrumpidas por tres golpes en la puerta. Rachel guardó silencio y con cuidado se recostó sobre la cama. No se encontraba en condiciones de hablar con nadie.

–¿Rach…? –la voz de Quinn susurró el nombre de la morena.

Rachel se hizo la dormida, su cabeza era un caos y debía ordenarse antes de conversar sinceramente con Quinn.

La rubia esperó unos momentos, pero luego –tras convencerse de que Rachel dormía–, salió de la habitación, permitiéndole a la morena soltar el suspiro que contenía.

Rachel sabía que había muchas cosas que desconocía, por ejemplo, los motivos que llevaron a Quinn a mentir… pero tras recordar algunas cosas de su pasado, no podía entender cómo aquella rubia pudiese querer ayudarla.

La sola posibilidad que aquello fuese una forma maligna de venganza, le resquebrajaba el corazón.

Rachel veía a Quinn como su novia, la quería como tal, pero todo era una mentira.

¿Quién más formaría parte de aquello?

¿Sus padres? ¿Beth? ¿Maia? ¿Puck, Britt y Santana? ¿Tina y Kurt?

¿Por cuánto tiempo pretendían mentirle?

Quinn le había sugerido que se casaran, ¿aquello también había sido parte de un plan?

Y si aquel plan no existía, ¿por qué Quinn había mentido?

Rachel no entendía nada, pero sabía que tenía que marcharse de aquel lugar si quería aclarar sus ideas. No sabía cómo iba a explicar su actuar, pero ahora necesitaba centrarse en hacer un bolso y alejarse de ahí antes de que Quinn y Beth despertaran. Les pediría a sus padres que llamase a la rubia para informarle la nueva realidad.

Ahora debía centrarse en ella, en entender lo que sucedía y en qué haría de allí en adelante.