N/A: Gracias por todos sus comentarios. Tengo como costumbre responder los comentarios por mensaje privado, así que lamento no poder responderle a los anónimos, pero sepan que los leo todos y los agradezco de corazón.

Como muchos advirtieron, se viene el drama... pero no será demasiado. Sólo el necesario para que la historia se encamine.

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.


XIV. Un duro despertar

–¡Mamá!

El grito de Beth alejó a Quinn de los brazos de Morfeo y del terreno onírico, trayéndola de regreso al mundo real.

–¡Mamá! –gritó nuevamente Beth, esta vez abriendo la puerta de la habitación de Quinn y entrando hecha un tornado.

–¿Qué pasa? –preguntó Quinn confundida.

–¡Rachel! ¿Sabes dónde está?

–¿Cómo que dónde está? En su habitación, Beth. Antes de acostarme comprobé que dormía, de hecho –afirmó Quinn como si fuese una obviedad.

–No está. Ya la busqué por todos lados y no está. Y tampoco están algunas de sus cosas.

–¿Cómo? –preguntó la fotógrafa, pero no le dio tiempo a su hija de responder. Se levantó rápidamente de la cama y corrió a la habitación de la morena.

Al llegar notó inmediatamente lo que su hija le había dicho. Era evidente que parte de las cosas de la morena ya no estaban. Si bien la cama estaba hecha y todo estaba ordenado, pero faltaban la mitad de las cosas de Rachel, y por supuesto, ella, su morena.

–No puede ser –susurró Quinn y regresó a su habitación en busca de su celular; Beth la seguía muy de cerca, en silencio.

Tan pronto desbloqueó su celular pudo ver la notificación de que tenía un mensaje. El emisor, Hiram Berry. Con velocidad, tocó la pantalla para poder leer lo que contenía. El texto era sencillo y no explicaba nada: "Rachel está con nosotros. Está bien. Lamento el susto que te debió provocar, pero no quisimos despertarte cuando nos llamó para que le abriésemos la puerta. Comunícate con nosotros apenas leas esto, no importa la hora".

No lo pensó dos veces antes de apretar la tecla de llamada.

–¿Está bien? ¿Dónde está? –preguntó Beth mientras Quinn esperaba que discara el número.

–Está bien, en casa de sus padres… –respondió de forma sucinta la fotógrafa.

–Pero, ¿por qué se fue? Me prometió que no se iría –dijo Beth en un sollozo y Quinn la abrazó. No pudo decirle nada, porque Hiram contestó la llamada.

–Quinn, estaba esperando tu llamada –saludó el hombre.

–Hiram, ¿de verdad está bien? No entiendo qué pasa –expuso Quinn contrariada.

–Sí, está bien… ahora está durmiendo. Llegó como a las cinco de la mañana en un taxi. Nosotros tampoco entendíamos qué pasaba. Nos imaginamos las peores hipótesis al recibir su llamada –comentó Hiram–. Recordó Quinn… no sabemos cuánto, pero recordó. Al parecer, tiene recuerdos de cosas de la secundaria y casi todo de lo que ha vivido desde el accidente –Hiram hizo una pausa antes de continuar–. Sabe que todo lo del noviazgo es una mentira… dijo que necesita estar lejos de ti para aclarar sus ideas.

–Pero… –Quinn estaba perpleja–. Ella necesita escucharme, necesita saber por qué le mentimos, no quiero que piense cualquier cosa. ¿Por qué no puede aclarar sus ideas aquí? ¿Por qué se fue en la madrugada, Hiram? ¿Estás seguro que recordó el pasado? Quizás se está imaginando cosas que no son…

–Quinn, cariño… –interrumpió el papá de Rachel–. Dale tiempo, ¿está bien? Tiene que asimilar todo lo que le está pasando. Según lo que nos dijo, recordó momentos importantes del pasado. Lo que le sucedió con Shelby, lo de tu embarazo… Es un gran avance. Yo sé que ella es consciente de toda la ayuda que tú le has brindado, pero debe sentirse confundida en este momento… Ella va a querer hablar contigo para saber por qué le mentiste –Hiram suspiró–. Por qué le mentimos –se corrigió.

–Yo…

–Deberías aprovechar este tiempo para aclararte –continuó Hiram–. Yo sé que todo es confuso para ti. Y sé que quieres a mi hija, no tengo duda de ello… pero cuando Rachel quiera hablar contigo, quiero que tengas claro lo que sientes, para que seas completamente sincera con ella.

Quinn asintió, aunque sabía que Hiram no podía verla. La mirada de su hija la hizo consciente de otro detalle.

–¿Podrías decirle que al menos hable con Beth? Está aquí a mi lado llorando. Entiendo que necesite estar sola en este momento, pero ¿podrías pedirle eso, por favor? Sé que quizás fue mi error al involucrarla, pero ya no puedo hacer nada. Rachel es una persona muy importante para Beth…

–Me aseguraré de que se comunique con Beth. Incluso la convenceré para que pueda visitarnos –señaló Hiram–. Sé que es difícil, Quinn… pero dale tiempo.

Quinn tras luego asegurarle a Hiram que lo haría, se despidió y cortó la llamada. Los ojitos brillantes de Beth la miraban ansiosa.

–Está bien, Beth… Rach, está bien –dijo Quinn.

–Pero… –a veces la fotógrafa lamentaba que su hija viviese rodeada de adultas, parecía una persona mayor de lo que realmente era.

–Está recordando cosas y necesita tiempo a solas, con sus padres.

–Ella me prometió que no se iría. Las promesas deben cumplirse –indicó Beth evidenciando que aún era una niña, aunque en ocasiones no lo pareciese.

–A veces es imposible cumplir las promesas, por mucho que quieras –explicó Quinn–. Rachel ha vivido todo este tiempo sin saber realmente qué sucedía. Ella poco a poco comienza a recordar, no sólo el pasado anterior a su accidente, sino todo lo que vivió después. Son muchas cosas para asimilar, Beth. Debemos darle espacio.

–Pero…

–Pero nada… de todos modos, Hiram va a hablar con ella para que se comunique contigo. Ella te adora, Beth. Eso no va a cambiar.

–Rach también te adora –aseguró la niña.

–Y yo a ella –admitió Quinn. Hiram tenía razón, debía aprovechar este tiempo para aclararse.

–Entonces no debemos dejar que salga de nuestras vidas, mamá. Debemos luchar por ella –afirmó Beth–. Por favor, mami, prométeme que no dejaremos que Rachel nos abandone para siempre.

–Te aseguro que no bajaremos los brazos, Beth. Rachel Berry no va a librarse tan fácil de nosotras.

Beth abrazó a Quinn con fuerza y luego dejó un beso en su mejilla.

Quinn sabía que lo que se avecinaba no sería nada fácil. Se había acostumbrado a que Rachel llenase cada espacio de su vida. La veía cada mañana al despertar y cada noche al acostarse. No saber en qué situación se encontraban ahora realmente la inquietaba.

Sintiéndose indefensa, Quinn abrazó a Beth con fuerza; como si buscara en su hija una seguridad entre tanta incerteza. La pequeña le devolvió el abrazo de igual manera. A Beth su mundo ideal se le había derrumbado y su madre era lo único que podía calmarla.

Quinn sabía aquello y también sabía que debía ser fuerte por Beth, porque esa pequeña era la luz de su vida.

Quizás todo era un caos en ese momento, pensó Quinn, pero con su hija a su lado, incluso el peor despertar de la vida, podía mejorar.


–Entonces, ¿sólo guardaste las cosas y tomaste un taxi?

–Sí, Kurt –afirmó por segunda vez Rachel.

–Eso es tan no tú –comentó Tina mientras comía una galleta.

–No te las comas, las traje para Maia –indicó Kurt, mientras alejaba el plato de su amiga–. Concuerdo contigo Tina, todo lo que hiciste es tan poco Rachel Barry… al menos, mi Rachel Berry.

–Siento que viven diferentes Rachel en mí… En este momento, soy la mezcla de las que recuerdo… –expuso Rachel–. Bueno de todas, menos de la que dañó a Lucy, esa no me gusta.

–Siento que por fin tienes los veinticinco años que te corresponden, pero a la vez está esa inocencia que portas desde que te conozco.

–Ni yo misma entiendo bien lo que pasa, Tina –dijo la morena suspirando–. Supongo que recordar cosas de mi pasado, de la secundaria, me hizo consciente de ciertas cosas. Sé que esa soy yo, pero a la vez no lo soy…

–Creo que es normal que estés confundida. O sea, tuviste un accidente, estuviste en coma un año, perdiste la memoria, tuviste dos crisis, volviste a perder la memoria y ahora poco a poco recuperas tus recuerdos… tienes derecho a estar confundida –aseveró Kurt.

–¿Ustedes sabían? –preguntó Rachel a sus amigos, pero el rostro de desconcierto de ambos le indicó que debía explayarse–. Sobre la mentira de Lucy, digo, de Quinn… sobre que éramos novias.

–Hablo en nombre de los dos al decir que en un principio estábamos realmente confusos y creímos que era verdad –explicó Tina–. Tú desde antes de la crisis parecías encantada con Quinn y ella permitía que la visitaras en su hogar; además, Quinn estaba comprometida con lo de Maia... pero luego tus papás nos explicaron la situación…

–¿La situación?

–¿Rachel hablaste esto con alguien ya? –preguntó Kurt y Rachel negó–. Creo que deberías hablarlo con tus papás entonces o con Quinn, para que ellos te expliquen.

–Tengo miedo de la respuesta.

–Rach… –murmuró Tina con cariño–. Quinn te adora de verdad, se nota. Quizás cometió un error al mentirte, pero lo hizo porque creía que podía ayudarte… Y lo hizo, estás recordando.

–Pero, después de todo lo que le hice… ni siquiera soy capaz de mirarla a la cara… o a Beth –susurró Rachel–. ¿Por qué me ayudaría?

–Creo que eso debes preguntárselo a ella, pero tú no eres esa adolescente que reveló su secreto y que quería ser la chica fría e insensible… Lo reitero, eras una adolescente, Rach. Y esa etapa ya pasó, al igual que esa Rachel –señaló Kurt.

–Mis papás me dijeron algo similar cuando les hablé de mis recuerdos –confesó Rachel–. No me han presionado, pero sé que quieren que les diga lo que estoy pensando.

–Es obvio, Rachel… son tus papás –dijo Tina–. Deberías entenderlos más ahora que estás involucrada con lo de Maia.

–Hablando de Maia, ¿cuánto más van a tardar tus padres? El hogar no está tan lejos de aquí… –cuestionó Kurt.

–Supongo que la directora debió demorarlos. No es la persona más comprensiva del mundo –teorizó Rachel.

Hablaron durante aproximadamente diez minuto sobre sus vidas, pero principalmente sobre la obra que Rachel protagonizaba y que Tina producía.

De pronto, la puerta de la entrada de la casa se abrió, anunciado la llegada de los Berry y de Maia.

–¡Ma', Ma'! –gritó Maia mientras corría en busca de Rachel.

–Maia –saludó la morena con una sonrisa radiante en su rostro.

–Rach –la voz de Beth sorprendió a la futura estrella de Broadway.

–Beth…

–Yo les insistí a sus papás para verte…

–Y nosotros accedimos, porque extrañábamos a nuestra pequeña rubia y sabíamos que tú también lo hacías –señaló Leroy.

–¿Te vas a quedar todo el día ahí o me vas a abrazar? –preguntó Rachel sonriendo.

–Te extrañé –susurró Beth tras tirarse a los brazos de la morena, teniendo cuidado de no golpear a Maia.

–Yo también. Sé que debí llamarte estos días, pero necesitaba estar a solas… –explicó Rachel a la rubia.

–Lo sé, mamá me lo explicó. Ella también te extraña –expuso Beth.

–Y yo a ella –susurró la morena.

–Para alegrar un poco el ambiente, el tío Kurt trajo galletas –dijo el chico con tono divertido.

–¡Lletas! –celebró Maia.

–Galletas, monito –la corrigió Beth.

Maia bufó y nadie supo si estaba molesta por la corrección o el apodo, pero a todos les pareció divertido ver cómo se cruzaba de brazos.

Disfrutaron de las galletas entre risas y conversaciones ligeras. Rachel no podía negar cuánto extrañaba momentos así, rodeada de esas dos pequeñas rubias que se habían ganado su corazón.

Sabía, o más bien recordaba, que Beth era consciente de todo lo que había sucedido entre ella y Quinn. La pequeña lo había mencionado en su primer encuentro. Aquello complicaba a Rachel. Beth era una persona importante en su vida, pero no conseguía volver a mirarla de la misma forma.

Gracias a Rachel, Quinn había perdido todo el apoyo de su familia y si las cosas no se hubiesen dado bien para Puck, quién sabe lo que hubiese pasado. No se imaginaba la vida de la ex porrista sin su hija, pero aquella pudo haber sido una posibilidad. Un aborto, una adopción, ambas eran opciones que pudieron haberse dado. Hiram siempre le decía que no debía lamentarse por cosas que no sucedieron, pero el sólo saber que alguna de esas opciones pudo cruzar la mente de Quinn o ser una opción a tomar debido a lo que ella misma había originado, le generaba una angustia imposible de explicar.

Beth la había perdonado y ahora era su mejor amiga, pero ¿qué pasaría si en un futuro, cuando la pequeña rubia entendiese de manera distinta las cosas, decidía que no valía la pena formar parte de su vida? ¿Y si volvía a odiarla y esta vez no la perdonaba? ¿Cómo iba a seguir Rachel su vida tras ese rechazo, si Beth se estaba volviendo parte fundamental de ella?

Quizás cortar todo ahora era la manera más sencilla, la menos dolorosa.

Rachel sintió la mirada de Beth sobre ella, como si la pequeña supiese que estaba pensando en su relación. La rubia le sonrió y siguió jugando con Maia, ajena a las cavilaciones de la morena.

Y Rachel lo supo… ya no había retorno. Tendría que correr el riesgo, porque en ese momento veía imposible no ser capaz de observar nunca más esa sonrisa.


–¿Le dirás a tu tía favorita qué estás tramando?

–Nop –respondió Beth sonriendo, recalcando la "p" final–. Y mi tía favorita, es tía Britt.

–Lo sé, pero Britt no cuenta. Ella es la favorita de todos; es, especialmente, mi persona favorita de la vida –señaló Santana–. Sé que algo tramas, y dado que tu mamá parece un alma en pena disfrazada de persona, debo preocuparme por tus locuras. Así que, cuéntame tu plan.

–¿Cómo sabes que tengo un plan?

–Porque tienes esa típica sonrisita Puckerman, la misma que tu padre tiene cada vez que planea hacer una estupidez –dijo con suficiencia Santana.

–Lo mío no es una estupidez –contradijo Beth molesta.

–Entonces admites que tienes un plan –se jactó la latina.

–Está bien, lo tengo. Y es un buen plan –manifestó Beth–. Haré que mi mamá y Rachel se junten.

Santana guardó silencio por unos segundos.

–Es un plan ambicioso, ¿no crees? –cuestionó la latina.

–Lo es, pero alguien tiene que hacer algo. Mi mamá está triste, lo sé, y Rachel también. Se extrañan y hasta que no hablen, nada se va a arreglar…

–¿Y qué pretendes hacer?

–Yo no voy a hacer nada, pero mi aliada sí –expuso Beth con una sonrisa maliciosa–. Te dije que era un buen plan.

–Sigo esperando saber en qué consiste para poder decidir sí lo es o no…

–Maia es la clave –reveló la pequeña rubia–. Rachel se desvive por Maia, así que si mi querido monito hace lo que le dije, te aseguro que mi mamá recibirá una llamada muy pronto… y ese será el empujón que las hará acercarse… –Santana elevó una ceja exigiendo más información–. Maia sólo va a pronunciar una palabra: "mami". Y se va a negar a hacer cualquier cosa hasta que mi mamá vaya.

–¿Tu plan radica en la confianza que tienes en una niña de cinco, casi seis años que todos están acostumbrados a que no diga palabra alguna? Estás perdida.

–Maia no habla en el hogar, pero suele cooperar. Ahora no lo hará. Me lo prometió. Mi monito no me va a fallar, ya verás.

–Si tu plan llega a funcionar, sobrina. Yo misma las invitaré al cine y por un helado –apostó Santana.

–Es un trato –selló el acuerdo Beth extendiendo su mano a su tía.

–¿De qué trato hablan? –preguntó la voz de Quinn a sus espaldas.

–Eh… tía San me apostó que el equipo de papá va a perder –inventó Beth.

–¿Estás loca, San? Puck está con una racha increíble, al igual que su equipo. Apostaste para perder, tontita –se burló Quinn.

–Yo le dije lo mismo, mamá –se rio Beth.

–Bueno, tal vez esta sea la primera vez que no me importe perder –comentó Santana.

–Creo que el fin del mundo está cerca, ¿acabo de escuchar que no te importa perder? –preguntó Quinn.

–Así es, hay cosas más importantes Q… como la felicidad de mis seres queridos.

–¿Estás bien? –inquirió la fotógrafa–. No me digas, por fin tendrás un hijo con Britt… Llevas años diciendo que necesitan más seguridad económica, que quieren tenerlo, pero que aún necesitas más dinero y todas esas excusas.

–No, aún ese es un tema, pero quién sabe en un futuro… –respondió la latina.

–Beth va a estar en la universidad cuando por fin decidas dar el paso –bromeó Quinn.

–Eso mismo me dijo Britt la última vez que hablamos del tema–comentó Santana–. ¿Cómo estás?

–Bien, con bastante trabajo –respondió rápidamente Quinn.

–No te llenes de trabajo para mantener la mente ocupada, ¿de acuerdo? –pidió Santana y la rubia mayor frente a ella, asintió–. Todo va a mejorar.

–Lo mismo me dijo Puck… y sé que no debo apurar nada. Mi espía aquí presente, me contó que Rach está bien –señaló Quinn–. Pero es raro… nunca me había sentido así.

–Quizás porque es primera vez que te… ya sabes, la palabra con "e" –sugirió Santana, codificando el mensaje debido a la presencia de Beth.

–No quiero pensar en eso. No sin hablar con ella.

–Te entiendo, da miedo –dijo la latina y Quinn asintió.

Compartieron durante horas, hasta que Santana debió marcharse para reunirse con Britt. Sus dos amigas y Puck habían sido grandes pilares para Quinn durante esos días de soledad. Beth lo sabía e intentaba no presionar a su mamá con el tema de Rachel.

–¿Seguirás yendo a los ensayos de Rachel? –preguntó Quinn, sacando ella el tema a colación–. Necesito saberlo, para acordar el tema de los horarios…

–No lo sé, no hablé con Rach de eso los días que la vi, ni la vez que conversamos por teléfono –respondió sinceramente Beth.

–¿Podrías hacerlo? –Beth asintió–. No quiero que estés incómoda en medio de todo esto. Quiero que todo siga normal entre ustedes, pero necesito saber algunas cosas para ordenarme.

–Lo sé, mamá –dijo Beth–. Y tú puedes preguntarme por ella… sé que quieres hacerlo a veces.

–Desearía que fueses una niña normal de diez años, no esta versión madura que me tocó… –bromeó Quinn–. Es decir, tu padre es el ser más inmaduro que conozco, ¿cómo es posible que tú tengas su genética?

–También tengo la tuya –argumentó Beth–. Además papá no es inmaduro, sólo es una "alma libre".

–No repitas sus términos… –exigió Quinn–. Si bien la vida de tu padre no es algo que quiera hablar contigo, es probable que tú sientes cabeza primero que él, mi amor.

–Mientras siga siendo la favorita de papá y me siga comprando todo lo que quiero, no me importa lo otro –confesó Beth.

–Puedes estar tranquila, siempre serás su consentida... y eso me preocupa –dijo Quinn.

–Igual tú eres mi preferida, aunque no me compres las cosas que quiero y me regañes –Beth añadió una sonrisa a sus palabras.

–Gracias por lo que me toca –ironizó la mayor de las presentes.

El teléfono de Quinn sonó interrumpiendo aquella conversación madre e hija. La rubia ex porrista abrió los ojos en señal de sorpresa al ver quién la llamaba y rápidamente contestó.

–Rach… –saludó Quinn temerosa. La voz de Rachel le indicó de inmediato que algo pasaba–. Tranquila, dime qué pasa –pidió.

Beth disimuló su sonrisa, al parecer Maia ya había comenzado el plan.

–Pero, ¿está bien? –preguntó angustiada la rubia y Beth tuvo miedo. Quizás la llamada era por otra cosa–. No, Rach… vamos mañana mismo al hogar. Sabes lo importante que Maia es para nosotras también –agregó Quinn y Beth soltó el aire que contenía–. Está bien. Nos vemos a esa hora… Adiós…

Quinn cortó la llamada y se quedó mirando al vacío unos segundos.

–¿Pasó algo con Maia? –preguntó Beth.

–Al parecer se niega a comer y la directora llamó a Rachel preocupada. Obviamente, ella fue de inmediato, pero dice que Maia no para de nombrarme… que al parecer quiere verme.

–¿Y qué harás? –cuestionó Beth intentando sonar realmente preocupada.

–¿Cómo qué haré? Iré al hogar, por supuesto. Mañana en la mañana quedé con Rachel para ir –afirmó con seguridad Quinn.

Beth sonrió, sabiendo que su madre no la miraba pues estaba perdida en sus pensamientos. Tendría que pedirle a su padre algo de dinero, pensó la pequeña, porque su monito definitivamente se merecía un regalo. Además, debía pensar en qué película irían a ver con su tía Santana.

La rubia menor sabía que quizás no debía haber planeado aquello; que involucrar a Maia quizás no había sido lo correcto. Pero alguien alguna vez le había dicho –ella creía que había sido Rachel–, que situaciones extremas, requerían medidas extremas. Ella no iba a dejar que el tiempo siguiese su curso sin involucrarse, como al parecer hacían todos. Era su familia la que estaba en juego. Rachel había mejorado junto a ellas, eso debía significar algo.

Al menos ella, no bajaría los brazos. Y las cosas, quizás, comenzarían a mejorar.