A/N: Como siempre, gracias por los comentarios y por todo el apoyo.
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.
XV. Conversaciones pendientes
–¡Beth, vamos que se hace tarde! –exclamó Quinn, mientras buscaba las llaves de su coche.
–Ya voy, ya voy –respondió la niña llegando hasta donde su madre con un bolso pequeño, en el que presumiblemente llevaba juguetes.
Sin más, salieron de su departamento rumbo a la casa de los Berry. La distancia no era mucha, pero tampoco era un recorrido corto; pese a ello, lo hicieron en completo silencio, sólo acompañadas del sonido proveniente de la emisora de radio favorita de Beth.
Al llegar al hogar Berry, Beth fue la encargada de descender y tocar el timbre, mientras Quinn se terminaba de estacionar. La verdad era que la rubia estaba algo nerviosa por aquel primer encuentro con la morena. Eran días sin verse, pero también muchas cosas, recuerdos y conversaciones que tenían por hablar.
–Hola Rach, hola abu Hiram –saludó Beth apenas la puerta se abrió.
Quinn sonrió ante el atrevimiento de su hija al llamar abuelo al papá de Rachel. Definitivamente el gen Puckerman habitaba en ella.
–Hola Quinn –se acercó a ella Hiram, sacándola de sus pensamientos–. Estaré en casa hoy por si necesitan conversar –susurró y le guiñó un ojo cómplice.
–Hola Hiram –correspondió el saludo Quinn–. Gracias, lo tendré en cuenta –agregó en un susurro.
–Hola Lucy, digo, Quinn –saludó tímidamente Rachel.
–Hola Rach… sabes que no hay problema si me llamas por mi primer nombre. Era la única que está autorizada –dijo con una sonrisa la fotógrafa, intentando relajar el ambiente.
–Gracias…
–Debemos ir al hogar –exigió Beth y los adultos asintieron, para luego despedirse y emprender rumbo al destino del día.
Beth iba en el asiento trasero, mientras que Rachel ocupaba el asiento del copiloto y Quinn iba al volante. Tras algunos comentarios rutinarios de Beth, un breve silencio se formó. La rubia no quería que la tensión se instalara entre ellas, no especialmente cuando estaban cercanas al hogar.
–¿Hubo más problemas con Maia? –preguntó Quinn, al parecer las niñas eran tema seguro entre ella y Rachel.
–No, o al menos no me volvieron a llamar –respondió Rachel–. No sé si eso es bueno o malo.
–Creo que si algo hubiese empeorado te habrían avisado. Lo hicieron apenas las cosas se complicaron para ellos. La verdad es que, por mucho que ellos no estén a favor de tu proceso de adopción, saben que nadie se comunica mejor con Maia que tú –manifestó Quinn con certeza.
–Gracias… no sólo por lo que me dijiste, sino por estar ahora aquí –expresó Rachel.
–Ya te lo dije, no tienes nada que agradecer. Maia es importante para mí… y para Beth también.
–No quiero que las cosas con su adopción se compliquen más. Sé que quizás es mucho pedir, pero ¿podrías hablar con Santana para que se asegure que todo sigue bien?
–Claro que sí –aseguró Quinn–. Y no es mucho pedir, Rach. Sé que aún debemos hablar, pero no pienses que las cosas cambiaron entre nosotras, ¿está bien? Al menos, no de mi parte.
–Está bien… Y sé que debemos hablar…
Su conversación se pausó, porque llegaron a destino. Quinn fue capaz de apreciar como el cuerpo de Rachel se tensó apenas comenzaron a caminar hacia el hogar. Sin pensarlo, tomó su mano y la acarició, dándole ánimos. Rachel no correspondió el gesto, pero sí le regaló una sonrisa de gratitud.
Se adentraron en el recinto, donde la directora las recibió y la rubia fotógrafa creyó ver un gesto de alivio en su rostro. La señora les dijo que pasaran a la sala de espera, mientras ella iba en busca de Maia.
No habían pasado ni cinco minutos cuando los pasos se hicieron sentir, alertándoles la futura presencia de la pequeña.
–¡Mami! –gritó Maia lanzándose a los brazos de Quinn. La verdad era que la pequeña había extrañado mucho a la rubia durante todo ese tiempo.
–¡Monito! –exclamó Quinn apropiándose del apodo que su hija utilizaba con Maia. La más pequeña lo dejó pasar debido a la emoción.
–¿Podemos llevarla al parque? Sólo serán a lo máximo dos horas –pidió Rachel.
–Está bien –dijo la directora sin pensarlo demasiado.
Sin perder un segundo más, las tres rubias y la morena se marcharon al parque que estaba cerca del hogar, al que habituaban ir Maia y Rachel.
Al llegar, rápidamente las dos más pequeñas corrieron hacia los columpios, mientras Quinn y Rachel caminaron hasta una banca cercana a los mencionados juegos. Ambas sabían que al menos algo de lo que debían conversar se desarrollaría en breves instantes.
–¿Cómo has estado? –preguntó Quinn para romper el silencio.
–Bien… –respondió la morena algo seria–. De verdad, siento haberme marchado de tu casa así como lo hice… No sabía qué más hacer –confesó.
–Podrías haber hablado conmigo… Fui a visitarte esa noche…
–Lo sé…
–¿Estabas despierta?
–Sí… acaba de recordar muchas cosas… no podía hablar contigo en ese momento. Yo sentía que debía irme, porque todo se volvió muy abrumador de pronto –admitió Rachel con sinceridad.
–Yo sé que debió ser muy fuerte recordar parte del pasado así de la nada, pero yo también lo viví, yo también estuve ahí. Yo pude haberte explicado cosas que quizás… –expuso Quinn.
–Los recuerdos eran claros, Quinn. No necesitaba que me explicaran lo sucedido. Necesitaba entender cómo llegué a eso, cómo me convertí en esa persona tan fría. Nada de lo que tú o Shelby me hicieron justificaba mi cambio –interrumpió la morena.
–¿Lo que yo te hice? Yo sé que te prometí estar ahí cuando tuvieses esa conversación con Shelby, pero nunca supe que… –se justificó la fotógrafa, porque aún no entendía bien cuál era su rol en todo aquello. Sabía que le había fallado a Rachel al alejarse de ella en secundaria, pero no comprendía la real incidencia de aquello.
–Quizás tú recuerdas todo de forma distinta… mientras tú aprendías a maquillarte y te centrabas en convertirte en la sucesora de tu hermana junto a Santana, yo perdí a la que creía mi mejor amiga, sin ni siquiera una pelea o conflicto –señaló Rachel–. Mientras tú ganabas popularidad, yo seguía siendo la misma perdedora. Y aquello nunca me importó, hasta que te escuché un día burlarte de mí… el mismo día que te dije que te necesitaba y tú me dijiste que no éramos amigas. Al menos esperaste a que me marchara para hablar con Santana y Britt, lamentablemente yo te escuché… justo antes de mi encuentro con Shelby –relató la futura diva.
–Rach… yo de verdad no sabía que…
–Lucy, éramos unas niñas… sé que estabas tan confundida como yo, que necesitabas la seguridad que te daba la popularidad –expresó Rachel. Aquéllo le había llevado algunos días comprenderlo completamente.
–Pero aun así, yo debí al menos escucharte. Tú estuviste para mí muchas veces, aunque fuese sólo haciéndome compañía y yo lo olvidé por completo cuando decidí dejar a Lucy atrás… –comentó Quinn arrepentida–. Yo debí estar para ti…
–Creo que de verdad fue Shelby la que generó esa rabia en mí. Ella esperaba que fuese una versión similar a ti: porrista, popular, talentosa… Me contó cómo ella había reinado la secundaria y que tenía un cirujano para recomendarme por mi nariz. Luego me dijo que no había sido una buena idea reunirnos, que mejor siguiésemos cada una por su camino, que no estaba lista para ser mi mamá –dijo Rachel soltando algunas lágrimas–. Creo que verte me recordaba aquella charla, aquel rechazo. Sentía que, si me trasformaba en alguien distinto las cosas cambiarían. Estaba harta de sufrir, de esperar que las personas viesen más allá de mi nariz y mi falta de popularidad. No ayudó que Finn fuese tu novio y a la vez, la única persona que estuvo para mí durante ese tiempo.
–Yo… Dios… fui tan estúpida –se quejó de sí misma Quinn–. Si hubiese visto más allá de mi propia sombra, si hubiese sido una verdadera amiga… tú no te merecías aquello, Rach… Y definitivamente, no te merecías una amiga tan mala como yo.
–¡Tú me fallaste como amiga, pero yo te fallé como persona, Quinn! –exclamó Rachel–. Yo no sólo te puse en riesgo a ti revelando lo de tu embarazo a los cuatro vientos, yo puse en riesgo a Beth… ¿Sabes lo difícil que es mirarlas a la cara?
–Rach…
–Tú lo perdiste todo… gracias a mí… Yo pese a todo lo que pasó, podía cada día llegar a mi hogar y recibir el amor y seguridad que me brindaban mis papás; en cambio, tú no. Yo te quité eso y expuse a Beth… –sollozó Rachel–. Tú pudiste haberla abortado o haberla dado en adopción debido a la situación en la que yo te puse… yo no puedo perdonarme aquello, aunque no haya pasado.
–Necesito que me escuches, ¿está bien? –preguntó Quinn y la morena asintió–. Tú no engañaste a Finn; tú no tuviste sexo sin protección; tú no te quedaste embarazada a los quince años. Todo eso lo hice yo. Mi embarazo, la decepción y humillación que representaba, fue lo que hizo que mis padres me dieran la espalda. Me encantaría poder decirte que fue la forma en la que se enteraron la que los llevó a actuar así y culparte, de hecho lo hice por mucho tiempo, pero sé que no es verdad. Aun ahora nuestra relación no está bien; básicamente aman a Beth, pero yo sigo teniendo la letra escarlata tatuada en mi pecho –explicó la fotógrafa–. No estoy diciendo que lo que hiciste estuvo bien o que no me hizo daño, sólo te estoy diciendo que nada habría cambiado si yo lo hubiese revelado. Al menos, no con mi familia –agregó–. Y quiero que tengas clara una cosa, desde que supe que estaba embarazada, supe también que Beth nacería si de mí dependía. La adopción fue una opción en un momento, pero cuando la vimos, supimos que no la podríamos dejar marchar, costara lo que costara. Aquello pudo ser muy egoísta si las cosas no hubiesen resultado como lo hicieron, porque podríamos haber condenado a Beth a una vida terrible... pero gracias a Dios, todo salió bien.
–Yo no sé…
–Hey, mírame... –pidió con ternura Quinn, tomando el rostro de Rachel con ambas manos para hacer que la morena la observara–. Sé que esto es difícil para ti y puedes tomarte todo el tiempo que necesites para entender lo que debas entender… pero no me alejes. No nos alejes, por favor.
–Yo no quiero hacerlo… –susurró Rachel–, pero…
–Lo sé, es difícil –reiteró Quinn–. Pero si no quieres hacerlo, no lo hagas. Yo prometo estar a tu lado para lo que necesites y a la vez, darte el espacio que requieras. Y ahora sí cumplo mis promesas.
–Está bien –murmuró Rachel con una tierna sonrisa.
–¿Podemos ir por un helado, mamá? –se acercó Beth a preguntar con las mejillas sonrosadas debido a los juegos y el calor, interrumpiendo la conversación entre las dos mujeres.
–Está bien –accedió Quinn tras mirar a Rachel quien le brindó un gesto de asentimiento–. Pero deben prometernos que se comerán todo al almuerzo.
Ambas niñas asintieron, pues Maia había llegado segundos después que Beth.
Caminaron las cuatro juntas hacia la heladería y Quinn sintió que todo volvía a la normalidad por al menos unos minutos.
La rubia fotógrafa sabía que les quedaba un largo camino por recorrer, porque ambas debían aceptar sus fallos pasados. Quinn hasta ese momento no había evaluado realmente el daño que le había provocado a Rachel. Sabía que no debía caer en ese juego, que no podía pedirle a una niña llena de inseguridades, que de pronto lo tuvo todo, que actuase como una adulta, sopesando todo. Asumir el pasado era lo mejor que ambas podían hacer, pero la verdad es que la rubia no podía dejar de preguntarse qué hubiese pasado si no se hubiera alejado de Rachel. Quizás el accidente nunca hubiese ocurrido… quizás no existiría Beth. Lamentablemente, Quinn no podía volver el tiempo atrás, pero tampoco estaba segura de si lo haría, si tuviese la oportunidad. No si eso implicaba poner en riesgo la vida de su hija.
Por eso, Quinn dejó esos pensamientos de lado y se concentró en disfrutar de ese momento, pues no estaba segura cuándo volvería a repetirse.
–¡Hey Rach! –la voz de Britt sacó a Rachel de la lectura de sus líneas.
–¡Brittany! ¿Qué haces aquí? –preguntó sorprendida la morena.
–Tina me llamó. Necesita ayuda con una coreografía de los extras en la parte final de la segunda escena… así que aquí estoy –relató alegremente la rubia bailarina.
–Eso es fantástico, eres una gran coreógrafa y bailarina, Britt –alagó Rachel.
–Gracias –expresó algo sonrojada por el elogio Britt–. ¿Cómo va todo?
Rachel la miró antes de responder, porque esa pregunta involucraba muchas cosas. Algo en aquellos ojos celestes le indicó a la morena que no se refería al trabajo, ni a nada mundano.
–Bien… poco a poco –confesó Rachel–. Hay días más difíciles y otros más llevaderos.
–Quinn nos contó que ya recuerdas casi todo de la secundaria. Beth me comentó que hace poco habías recordado lo que ocurrió entre Finn y nosotras… bueno, con San en realidad…
–Sí, yo necesitaba saber si aquello era verdad y Beth justo había ido a visitarme…
–Tranquila Rachel, no hay problema. Beth sabe, sin grandes detalles, todo lo que pasó. Lamentablemente, San no fue muy criteriosa y se lo contó. Aquello generó una pelea entre ella y Quinn –explicó Britt–. Y sé que Beth te dijo que estaba en el pasado, pero asumo que la palabra de una niña de diez años sobre una situación que no le compete, no debió aliviarte…
–La verdad es que no… Mis papás son gays, Britt. Crecí toda la vida viendo cómo la gente volteaba a mirarlos. Sé lo importante que es vivir tu proceso de aceptación tranquila. Yo misma creo que soy lesbiana o bisexual o no sé, en realidad. Sólo Lucy genera cosas en mí y no por ser chica, sino porque es ella.
–Lo sé, Rach. Para San aquello fue un golpe muy duro, pero yo recuerdo tu cara, ¿sabes? Tú no sabías lo que él haría… por primera vez en mucho tiempo tu rostro mostró una emoción evidente. Tus ojos estaban brillantes. Yo creo que luchaste contigo misma para mantener esa actitud de mujer fría y superior, pero yo vi la grieta. Vi cuánto te afectó aquello, cuánto detestaste a Finn por lo que había hecho –expresó Britt.
–La angustia… la recuerdo tan bien –murmuró la morena.
–Y todo eso de verdad está en el pasado. Desde hace tiempo. A San le costó, pero volver a reencontrarse contigo la ayudó a por fin soltarlo. No le agradezco a Finn haber sacado a San del armario, bajo ningún punto de vista, porque aquello la quebró, pero también la hizo más fuerte. Estrechó su vínculo con sus padres y nuestra relación. Pese a todo, creo que ganamos bastante en una situación que pudo ser para peor.
–Me es difícil entender cómo pueden perdonarme… cuando yo tengo problemas sólo aceptando que esa que recuerdo soy yo –confesó Rachel con un nudo en la garganta.
–No eres tú. Esa fuiste tú o quizás ni siquiera eso. Pero es el pasado, Rach. Sólo tienes que mirar a Beth para notarlo –comentó Britt con una sonrisa–. Sé que te perdiste algunos años de tu vida y que todo ha sido distinto para ti. Que quizás recién ahora estás asumiendo tu verdadera edad… pero nosotros crecimos y nuestras vidas siguieron; en aquel trascurso aprendimos que hay cosas mucho más importantes y complicadas, que hacen que todo aquello que vivimos en la secundaria se vuelva nada en comparación.
–Yo de verdad quiero sentirme así, para poder avanzar… –señaló Rachel.
–Poco a poco, Rach. No te exijas tanto, a nosotros nos tomó años y tú quieres hacerlo en sólo unos días –bromeó Britt–. Recuerdo que la primera vez que Beth se enfermó, Q nos llamó llorando sin saber qué hacer. Ahora sé que siente el mismo miedo, pero actúa como si nada pasara, totalmente a cargo de la situación. Eso lleva tiempo. Ya lo aprenderás con Maia.
–Espero… –Rachel tenía una pregunta en mente y decidió hacerla–. ¿Por qué Quinn fingió ser mi novia todo este tiempo?
–Eso deberías hablarlo con ella –sugirió Britt.
–Quiero hacerlo, pero a veces me cuesta entender las cosas cuando estoy con ella. No porque no se explique, sino porque me siento expuesta. Mis sentimientos le ganan a mi razón y ella, Quinn, me nubla.
–San dice que a veces le sucede eso conmigo, que por eso consigo todo lo que quiero… aunque con el tema de nuestro futuro hijo parece estar completamente clara –bufó Britt–. Sé que ella quiere tenerlo, pero tiene miedo –confesó–. Volviendo a tu pregunta inicial, y sólo te lo diré para que tengas una idea cuando tú misma se lo preguntes, lo hizo por ti.
–¿Por mí?
–Ella siente cosas que no puede explicar por ti. Te quiere y se preocupa; ustedes estaban completamente comprometidas con lo de Maia antes de la crisis; Q te estaba ayudando cómo podía y pasaban mucho tiempo juntas. Creo que cuando tu papá la llamó no se le ocurrió nada más que eso para poder estar cerca de ti. Los hospitales sólo permiten a familiares. Y luego, tú despertaste y no recordabas. Si eso salía a la luz, el proceso de Maia se arruinaría, incluso San se lo dijo. Así que mintió y siguió mintiendo.
–¿Ella no tenía ningún plan?
–¿Plan? –preguntó Britt–. Q contigo actúa muy, pero muy –remarcó la última palabra–, espontáneamente. Es casi como si existiesen dos Q: la que todo el mundo ve y la que sólo surge contigo… tu Lucy.
Rachel sonrió, porque su Lucy era especial. Y quizás Britt tenía razón y estaba apresurando las cosas. Quizás cosas mejores se venían…
–¿Qué? –preguntó irritada Quinn al sentir la mirada de Puck sobre ella.
–No he dicho nada –respondió el jugador de fútbol americano.
–Sé que no has dicho nada, pero quiero saber por qué me miras –inquirió la rubia alzando la voz.
–¡Shh, Q! Vas a despertar a Beth –pidió Puck, dado que su hija dormía en su habitación con la puerta abierta–. Y sabes cómo se pone cuando no duerme bien su siesta. Toda una Fabray.
–Ja, ja –ironizó Quinn–. ¿Vas a responder por qué me mirabas?
–No sé… ¿seguiré vivo si me atrevo a preguntarte si estás así por Rachel?
–¿Así cómo? –cuestionó la fotógrafa a su amigo y padre de su hija.
–Irritable, insoportable, hecha un demonio –dijo Puck–. Por nombrar algunas palabras que encajan perfectamente con tu estado actual.
–No estoy enojada, ni nada de las cosas que mencionaste. Sólo estoy cansada. Ha sido unas semanas terribles en el trabajo. Tú mismo lo insinuaste, las Fabray necesitamos nuestras horas de sueño –explicó Quinn.
–¿Y el exceso de trabajo no tiene nada qué ver con que no hayas visto a Rachel durante todo ese tiempo? Nos conocemos hace años, Q. No tienes que mentirme.
La rubia guardó silencio un momento antes de explotar.
–¡Es que no la entiendo! –exclamó Quinn liberando lo que sentía–. Cuando fuimos a ver a Maia hace dos semanas todo parecía mejorar. Hablamos sobre el pasado y le expliqué que todo estaba bien… pero sigue sin acercarse… sólo sé de ella gracias a Beth y sus padres. ¡Qué demonios! Si hasta San y Britt la han visto durante este tiempo.
–¿Las chicas? –aquello sorprendió a Puck, que había tenido unas semanas llenas de partidos, viajes y entrevistas. Recién hoy había logrado sacar tiempo para poder visitar a su hija y a su amiga.
–Sí. San se reunió con ella por el tema de Maia y Britt está ayudando en la obra en la que participa. Ambas me dijeron que está bien, que está acomodando todo, que tengo que darle más tiempo, ¿pero cuánto más? Siento que ella está bien con todo el mundo, menos contigo –sollozó la ex porrista.
–Hey, ven aquí –la llamó Puck extendiendo sus brazos para cobijar a Quinn en un abrazo–. Rubia, ella tiene sentimientos por ti. Es obvio que contigo todo será diferente. Tú eres la inteligente de nosotros dos, deberías tenerlo claro.
–No digas eso, ambos tenemos títulos universitarios que demuestran que somos igual de inteligentes. Sólo que la tuya está algo averiada tras tantos golpes –intentó bromear Quinn, antes de continuar su confesión–. Con ella viviendo acá era todo tan fácil, Puck… todo tan natural.
–Lo sé, rubia. Así me sentía con Jessica en un principio –recordó Puck a su antigua novia–. Era como si todo fluyese… como si no fueran necesarias las palabras.
–¡Exacto! –concordó la fotógrafa–. Y de pronto, lo perdí todo… No hubo pelea, ni término, nada. Sólo unos malditos recuerdos. Esos recuerdos siguen alejándola de mí.
Se produjo un silencio hasta que la rubia, sin pensar volvió a hablar.
–¿Te puedo dar un consejo? –pidió Quinn y Puck asintió–. No te enamores nunca, Puck, es un lío.
–¿Enamorarse? ¿Te enamoraste, Q? –Puck preguntó realmente sorprendido.
–No, claro que no –se apresuró Quinn a decir–. Yo me refería… quería expresar que… ¡Dios!
–Sabía que te gustaba mucho, pero ¿enamorada? Wow, es toda una revelación –habló Puck.
–No, Puck… no… –negó y negó la rubia.
–Está bien, Quinn. No hay nada malo en eso –Puck abrazó a Quinn tras pronunciar aquellas palabras–. Pero de verdad creo que deberías hablar con ella. ¿Qué pasa si ella no te busca? Búscala tú… ya sabes el dicho: "si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña" o algo así.
–No puedo…
–Claro que puedes –insistió el jugador–. Nunca he estado enamorado, pero sé que debe dar miedo, que debe ser aterrador. Sin embargo, si hay algo que he aprendido en la vida, es que debemos vencer a nuestros fantasmas, a nuestros miedos. No estoy diciendo que le confieses tu amor eterno, rubia. Pero habla con ella, intenta que las cosas avancen. Quedarte aquí lamentándote no va a ayudar en nada. Tienes que jugártela por amor.
–No estoy…
–Sí lo estás. Jamás me hubieses dicho algo así si no lo sintieses de verdad. Quizás sólo tu subconsciente lo sabía, pero lo estás, Quinn. Lo veo en tus ojos.
Quinn se calló, porque la verdad la golpeó. Frente a ella, su mejor amigo le regalaba una sonrisa comprensiva.
Se había enamorado de Rachel, lentamente y sin notarlo… hasta ahora, que todo explotaba en su cara.
¿Qué haría ahora? ¿Cómo la miraría?
Puck tenía razón en un punto, quizás ya le había dado tiempo a Rachel y debía acercarse. Quizás eso era lo que la morena esperaba de ella.
Pero, antes Quinn no estaba enamorada de Rachel. Bien, antes Quinn no era consciente que se había enamorado de Rachel. ¿Y si no podía contenerse? ¿Y si le confesaba todo, tal y como había hecho con Puck hace unos instantes?
¡Maldición! Se había enamorado de Rachel Berry y aquello podía ser lo más aterrador que le hubiese sucedido.
