A/N: Como siempre, gracias por los comentarios y por todo el apoyo.

Odio ser portadora de malas noticias, pero no seré capaz de actualizar en al menos, dos semanas. El motivo, salí mal en uno de mis últimos exámenes de la universidad y debo volver a rendir en dos semanas más, por lo que tengo que centrarme en eso. Además, mi trabajo apenas me deja tiempos libres... una mala combinación.

Espero que me puedan comprender y sepan que no abandonaré esta historia. Intentaré recompensarlos en el capítulo que sigue, cuando pueda actualizar.

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.


XVI. Mahoma y su montaña

Quinn había tenido tres días para pensar en todo lo que Puck le había dicho antes de decidir actuar. Su amigo tenía razón. Ella no podía seguir esperando que las cosas pasaran. Ella haría que las cosas sucediesen. Ella sería Mahoma y Rachel, su montaña… aunque quizás aquella analogía no sonase muy bien, pues Quinn no tenía intenciones de escalar a Rachel o lo que sea que la gente hiciese en las montañas.

El punto era que había decidido no quedarse esperando por una llamada o una visita de la morena. Y si era sincera, por mucho que adorara la voz de Rachel, una llamada no le bastaba. Necesitaba verla, escucharla y sentirla.

Así que tras varios intentos, había decidido ir a visitar a Rachel. Sin aviso, sin antelación alguna.

Mientras iba en su coche al hogar de los Berry, la rubia comenzó a pesar en ciertos contras que no había considerado.

¿Y si Rachel no aceptaba su visita?

¿Si Hiram o Leroy le impedían verla?

¿O si no estaba en casa?

Esas preguntas llevaron a Quinn a considerar dar vuelta y regresar a la comodidad de su hogar, pero resistió el miedo y continuó.

Aquel miedo se hizo presente nuevamente cuando la fotógrafa se encontraba frente a la puerta de la casa de los Berry, tras haber tocado el timbre.

–Quinn, hola –saludó Leroy tras abrir la puerta.

–Hola.

–¿Pasó algo? ¿Beth está bien? –preguntó algo asustado el abogado.

–No, no pasó nada. Beth está en perfectas condiciones en casa de su abuela en estos momentos –aclaró Quinn–. Quería ver a Rachel.

Leroy sonrió.

–¡Oh! Claro, claro… pasa… Rachel está en el jardín trasero junto a Maia –indicó el hombre mientras se movía para que Quinn se adentrara en su hogar.

Quinn caminó tan rápido, pero a la vez tan lento como pudo debido a la ansiedad. Su paso era más rápido que lo normal, pero no tan rápido como su cuerpo ansiaba. Si no fuese porque Leroy la observaba, la rubia sabía que hubiese atravesado esos metros corriendo.

Allí, en el jardín, tal como había indicado Leroy, Maia y Rachel con sus caras totalmente pintadas –probablemente con maquillaje–, reían a destajo.

–Hola –dijo Quinn a sus espaldas y tanto Maia como Rachel se giraron sorprendidas.

–¡Mami! –exclamó Maia corriendo hacia la fotógrafa–. Mira, mira… ¡pintada!

–Así veo, estás hermosa con esa flor en tu rostro –comentó Quinn dejando un beso sobre sus rubios cabellos.

–¿Quinn? –preguntó Rachel preocupada–. ¿Pasó algo? ¿Dónde está Beth?

–Tranquila, Rach. Está todo bien. Beth está con la mamá de Puck –explicó la rubia–. Yo sólo vine de visita… ya que tú nunca vas a verme…

–Lucy… –se quejó Rachel con una sonrisa.

Y cuánto había extrañado Quinn esa sonrisa y aquel "Lucy" que Rachel pronunciaba con tanta adoración. Sólo por ese pequeño gesto y esa palabra, había valido la pena la visita.

–¿Estoy mintiendo? Últimamente a la única que no ves, es a mí. Pareciera que me evitaras –sugirió la ex porrista resentida.

–Claro que no –aseguró Rachel.

–Claro que sí –contradijo Maia con una sonrisa.

–¡Maia! –exclamó Rachel y la niña se llevó sus manitas a la cara para intentar taparse el rostro–. Traidora.

–No le digas así, lo único que hace mi pequeña es decir la verdad –defendió Quinn a la rubia que cobijó entre sus brazos.

–No te he estado evitando –reiteró Rachel cruzándose de brazos, en un gesto que a Quinn le recordó a la antigua Rachel, a su amiga de infancia–. Ambas necesitábamos espacio, eso acordamos… y yo no quería molestarte.

–Sé lo que acordamos, pero también recuerdo haberte dicho que nada había cambiado entre nosotras, que podías contar conmigo –rememoró la rubia.

–¿Juntas? –preguntó Maia y ambas mujeres la mirando confusas.

–¿A qué te refieres, Monito? –preguntó Quinn, la única persona a quien Maia permitía que la llamara de esa manera.

–¿Están juntas como antes? –elaboró su pregunta la pequeña rubia.

–Eh… no… –respondió Quinn ante el silencio de Rachel–. Tu mamá ya no vive conmigo, ahora vive acá, con los abuelos…

–Pero a mí me gustaba allá, con Beth y contigo –dijo Maia, sorprendiendo a ambas con su elocuencia. La niña parecía cada día más segura con su habla y aquello implicaba un gran progreso.

–A mí también –confesó Quinn–. Pero Rach tiene que aclarar sus cosas y para eso tiene que estar aquí. Además, los abuelos te adoran.

–Y me dan helado –festejó Maia.

–¡Qué mejor! –celebró la fotógrafa.

Como si hubiese sido invocado, Leroy llamó a Maia indicándole que era hora de la merienda. La pequeña rápidamente corrió hacia la cocina donde el abogado la esperaba.

–Yo de verdad no te evitaba… al menos no desde que hablamos en el parque –aseguró Rachel–. Es sólo que no sabía cómo hablarte…

–Como lo haces ahora… ya sabes, abres la boca y dejas que los sonidos salgan –bromeó Quinn, logrando provocar una carcajada en Rachel.

–No me refería a eso… –dijo la morena sonriendo–. Todo el asunto del noviazgo me tenía confundida, quería aclararme antes de hablar contigo y luego… no supe cómo enfrentarte.

–¿Enfrentarme?

–No sabía cómo preguntarte por qué… por qué habías mentido… –añadió Rachel.

–¿Sólo era eso? –cuestionó Quinn algo incrédula.

–Sí… cuando recordé el pasado, eso fue lo que más me costó entender. El pasado fue duro de afrontar y aceptar, pero la mentira del noviazgo no la entendía. Y me aterraba saber la respuesta al porqué de la mentira –Quinn miró a Rachel confusa, por lo que la morena se explicó–. Pensaba que podía ser un plan, una forma de venganza por lo que te había hecho…

–Rach…

–Sí sé, eran tonterías –aceptó Rachel–. Pero todo era confuso… y luego, hablé con Britt y escucharla decir que no había un plan, que no había nada malo detrás, fue como sacarme un peso de encima. Ella me dijo que debía hablarlo contigo y desde entonces he querido hacerlo, pero… no sé… no me animaba…

–¿De verdad pensabas que yo podía planear algo así? ¿Tan mala opinión tienes de mí?

–¡No, Lucy! Me aterraba pensarlo, no quería que fuese cierto… pero estaba insegura… sentía que lo que te había hecho era tan grave que era imposible que tú me hubiese perdonado, porque yo no podía hacerlo… cuando hablamos en el parque, parte de esa inseguridad se fue, pero la duda seguía ahí. Quizás porque cuando no expresamos las inquietudes, nuestra mente las agranda. Bastó verbalizársela a Britt para entender que tú no harías algo así –explicó Rachel.

Quinn guardó silencio por unos momentos, intentando ordenar sus ideas, su mente.

–Rach… cuando llegué a la clínica estaba desesperada, aterrada. Y ellos no me iban a dar ninguna información. Tus papás no estaban, no habían llegado aún… Yo ni siquiera lo pensé mucho antes de mentir. Me interesabas tú, tenía que saber cómo estabas –relató Quinn–. Luego despertaste y me llamaste Lucy… supe que habías olvidado todo nuevamente, iba a ser como partir de cero… pero Maia estaba junto con Beth, a tu lado… –añadió–. Y mi único pensamiento fue la promesa de ayudarte con el tema de Maia, así que mentí y te pedí que mintieras conmigo, que dijeses que lo recordabas todo. Luego, tuve que decirle la verdad a Leroy, pero una idea surgió… era una locura; pensaba que si te mentía, si te decía que estábamos juntas te obligaría a avanzar… Tus papás no querían, especialmente Hiram, pero ya lo habían probado todo, Rach… yo me aferré a eso… a creer que si nada había funcionado hasta ahora, quizás mi loca idea podía funcionar. Te había visto con Maia, sabía lo bien que ambas se hacían. No quería que perdieras eso. No quería perderte…

–Y me ayudaste, Lucy… por primera vez desde el accidente, recordé –aseveró Rachel con emoción.

–Quiero volver a conocerte, Rachel… a ti, a la chica que ahora tiene sus recuerdos más claros –pidió Quinn.

–Y yo quiero seguir conociéndote. Seguir descubriendo a mi Lucy y conociendo a tu Quinn –señaló la morena.

Quinn sonrió, porque por primera vez en semanas veía con claridad y certeza que las cosas estaban mejorando. Ya no eran deseos o suposiciones.

La sonrisa en Rachel era un indicador que todo estaba retomando el rumbo que había extraviado tras la marcha de la morena.

Como Puck bien había asegurado, Mahoma tenía que ir a la montaña; y en el caso de Quinn, su montaña la estaba esperando.


–¿Entonces? –preguntó Beth, sentada en la mesa del comedor de los Berry.

–No te dirá nada, hemos intentado sacarle información desde que Quinn se fue –dijo Hiram ayudando a Maia a colorear unos dibujos.

–Mami –murmuró Maia.

–Sí, Monito, mami –afirmó la pequeña Fabray–. No puedo creer que mamá haya venido ayer sin mí –reclamó la pequeña réplica de Quinn–. Pudo haber esperado hasta hoy, sí sabía que yo iba venir…

–Quizás no quería que la interrumpieras o quizás contigo se ponía más nerviosa –sugirió Leroy, llegando con jugos para todos–. Cuando le abrí la puerta era un mar de nervios.

–Yo creo que deberías decirnos al menos a qué acuerdo llegaron que estás tan contenta –señaló Hiram mirando a su hija.

–¿Están juntas de nuevo? –preguntó Beth y Maia aplaudió emocionada.

–No… pero nos vamos a conocer… –respondió sonrojada Rachel.

–¡Eso es tonto, ustedes ya se conocen! –exclamó Beth recibiendo el apoyo de la más pequeña del lugar.

–Lo que Rachel intenta decir es que van salir, van a hablar, van a ir poco a poco. Es como una especie de conquista –comentó Leroy–. Me parece una buena decisión.

–¿Eso quiere decir que van a ir a citas? –cuestionó Beth con una sonrisa pícara.

–Quizás… –dijo Rachel con la cara similar al color de un tomate.

–¡Tenemos que ayudarte a conquistar a mamá, entonces! –indicó Beth con entusiasmo, comenzando a trazar un plan en una hoja.

–A veces me asusta lo mucho que te pareces a Rachel de pequeña –expuso Hiram–. ¿Recuerdas cuando Rachel trazaba sus planes y sus ideas? –preguntó a su esposo y Leroy asintió.

–Es el destino, nuestras familias tienen que estar juntas –dijo con suficiencia Beth mientras seguía escribiendo.

–¿De verdad crees que una serenata le gustará? –preguntó confusa Rachel leyendo el papel que Beth escribía.

–Es lo que hacen en las películas, siempre funciona –señaló la rubia.

–Creo que no sería buena idea con Quinn –manifestó Hiram–. Ella es lo que llamaríamos algo más "low profile".

–¿Lo profail? –preguntó Maia.

–Es una frase en inglés muy común, significa literalmente bajo perfil. Es decir, a Quinn no le gusta llamar mucho la atención –explicó el hombre y Maia asintió, sin entender mucho realmente.

–Es verdad. A mamá no le gusta llamar la atención para nada. Siempre ha dicho que prefiere estar detrás de una cámara que delante –recordó Beth.

–Entonces descartamos la serenata –dijo Leroy entusiasmado con todo el tema–. Flores, definitivamente tiene que llevarle flores.

Rachel sonrió mientras todos siguieron dando ideas, incluso Maia, que añadió helado a la lista.

La verdad era que la morena estaba algo nerviosa con todo eso. Ella recordaba pasajes de su relación con Finn, pero no era nada parecido a lo que deseaba tener con Quinn. Quería que con su Lucy todo fuese sincero, real. Quería mostrarse tal y como era y que la rubia hiciese lo mismo.

Sentía la ansiedad de la adolescencia, mezclada con la ilusión de la niñez y la confianza de la adultez. Quedaba camino por recorrer, pero al menos ya habían empezado a caminar.

Con todas las ideas en esa lista, Quinn ni siquiera podía imaginarse lo que se venía. Lo único que Rachel deseaba es que todo resultase bien.


La vida una vez más le demostraba a Rachel que no todo salía como quería. Una simple llamada había puesto su mundo de cabeza en sólo unos segundos. Y ella no había podido hacer otra que dar por terminado ese ensayo nocturno, tomar un taxi y partir rumbo a casa de su Lucy.

Aquello no debía ser así, hace apenas unos días planificaba sus posibilidades de conquista e había intentado mantener contacto constante con la rubia vía llamadas y mensajes de texto, debido a lo ocupada que ambas se encontraban en sus respectivos trabajos.

No estaba en sus planes ir una noche sin avisar. No estaba en sus planes, pero necesitaba verla; necesitaba que Quinn le dijese que todo iba a estar bien.

Quinn no tardó demasiado en abrir la puerta, Rachel apenas tuvo que esperar diez segundos, pero los sintió como una eternidad. Rachel supo que su apariencia no era la mejor cuando vio el rostro de Quinn: la cara de sorpresa de la rubia al ver a la actriz en la puerta de su casa, pasó rápidamente a una cara de preocupación al ver su nervioso estado.

–Rach, ¿qué pasó? –preguntó a modo de saludo Quinn.

–Maia… –sollozó la morena lanzándose a los brazos de la fotógrafa.

–¿Qué…? –Quinn no terminó su pregunta, porque la voz de Beth la interrumpió.

–¿Mamá? –la inseguridad era evidente en la voz de su hija, pensó Quinn.

–Beth, anda a tu habitación –sentenció la rubia.

–Pero… Rach…

–A tu habitación, Beth –sin un ápice de duda, el tono empleado por Quinn fue tajante.

A la niña no le quedó más que obedecer. Sin embargo, el portazo que dio, hizo notar su malestar.

–Si cree que aquel portazo pasará sin ninguna consecuencia, está loca –advirtió Quinn, antes de cambiar su tono de voz a uno mucho más preocupado–. Rach… ¿qué pasó con Maia?

–Yo estaba ensayando cuando Santana me llamó –dijo la morena entre sollozos–. Apareció un familiar de Maia… que se opone a la adopción…

–¿Ahora? ¿Dónde estuvo todo este tiempo? –preguntó la fotógrafa con evidente enojo.

–No sé. Santana dijo que están averiguando sobre él. Servicios sociales no les dieron mucha información hasta ahora. Apenas se enteraron, Santana decidió llamarme… ella me explicó que las cosas se complicaban un poco este nuevo familiar –expuso Rachel.

–Haremos lo que sea necesario, Rach –aseguró Quinn–. No nos van a alejar de Maia. No lo voy a permitir… Sé que lo de la boda era una locura, pero si es necesario, yo estoy dispuesta…

–Lucy… –susurró Rachel. Ella, su Lucy, se convertía en su brillante caballero. ¿Cómo no adorarla?

–Servicios sociales están locos si piensan darle algún tipo de derechos a un familiar que aparece ahora, luego de años… ¿Justo cuando Maia tiene una posibilidad decide intervenir? ¡No, no es justo! –bufó la rubia.

–Santana dijo que ese sería el camino a seguir. Que van a argumentar el tiempo y la no preocupación.

–Claro que deben hacer eso. Tú inclusive te has preocupado de que continúe su tratamiento, Rach… eres su figura materna. No pueden quitarte eso.

–Tú también eres una figura para ella ahora…

–Lo sé, y no voy a dejar de serlo. No dejaremos de serlo, Rach. ¡No nos van a ganar!

–No sé qué haría si la alejan de mí, Lucy –sollozó con miedo la morena–. Cuando la conocí, cuando vi su carita, algo dentro de mí cambió para siempre. Incluso sin recordar, incluso sintiéndome totalmente desadaptada, Maia me motivó a ser alguien, a luchar por alguien. Ella sin saberlo, nunca me falló… yo no puedo fallarle.

–No le vas a fallar, Rach. Ese familiar ha estado en las sombras todo este tiempo, mientras Maia sufría en soledad. Ahora cuando todo está mejor, aparece… eso no habla bien de esa persona. Maia está bien gracias a ti, Rachel. Maia mejoró gracias a tu cariño, a tu esfuerzo, a tus ganas de que ella saliese adelante. Eso ni la directora que tanto te detesta, puede negarlo. ¿A quién fue la primera en llamar cuando las cosas se complicaron? A ti… porque tú eres la persona importante para Maia. Eso la sangre no puede cambiarlo.

–Gracias…–murmuró Rachel abrazando a Quinn.

–¿Por qué?

–Necesitaba que alguien me dijese que todo estaría bien –confesó Rachel–. No, eso es mentira. Necesitaba que tú me dijeses que todo iría bien –agregó.

–Somos un equipo. Ya te lo dije, estamos juntas en esto –aseveró Quinn, tras separarse del abrazo.

–¿Cenaron? –preguntó Rachel, cambiando el tema.

–No, pensaba ordenar algo… –respondió Quinn algo confundida.

–¿Puedo prepararles yo la cena?

–¿En serio? –Rachel asintió–. Sí, claro que sí. Puedes prepararnos lo que quieras… –Quinn lo pensó unos segundos–. Espera, ¿sabes cocinar algo?

–Sé cocinar muchas cosas –reveló Rachel.

–¿Y a qué debo, más bien, debemos, este regalo?

–Considéralo parte de mi extenso plan de conquista –dijo Rachel con una sonrisa y se encaminó hacia la cocina, dejando a una perpleja Quinn a su espalda.

La morena mientras buscaba los ingredientes, pensó en lo sucedido hace unos minutos y en las palabras de Quinn. Podía parecer extraño, pero confiaba en ella y en su seguridad. Sentía que lo de Maia mejoraría, no sabía cómo, pero lo haría.

Llevaba a lo menos quince minutos en la cocina y no había rastro de ninguna de las Fabray, por lo que Rachel asumió que Quinn estaba hablando con Beth. Sabía que la pequeña odiaba sentirse excluida, pero aquella conversación no podían tenerla con ella presente.

Pasaron otros cinco minutos antes que la puerta se abriese.

–Mamá dijo que estabas preparando la cena, ¿te puedo ayudar? –preguntó Beth, llegando hasta Rachel y abrazándola.

–Claro que sí… puedes mezclar estas verduras –respondió la morena entregándole un bol lleno de variados vegetales.

–No nos van a alejar de Maia –aseguró Beth en un tono bajo.

–No lo harán –confirmó Rachel con seguridad y dejó un beso en los cabellos de la niña.

Cuando levantó la vista, se encontró con los ojos avellana de Quinn mirándola sonriente desde la puerta de la cocina.

–Veo que tienen todo controlado –comentó Quinn.

–Así es… de hecho está todo casi listo… sólo habría que poner la mesa –expuso Rachel.

–¡Yo lo hago! –exclamó Beth, tomando algunas cosas para llevar al comedor.

–Vas a tener que decirme cómo haces que mi hija se ponga tan colaborativa –pidió Quinn.

–No puedo revelar mis secretos –bromeó Rachel.

Ambas mujeres se quedaron mirando, sin decir nada. Sólo rompieron el contacto cuando Beth reingresó a la cocina en busca de los implementos que le faltaban.

Cuando la pequeña volvió a salir, la tensión y el silencio volvieron, pero también había algo más. Y fue ese algo más el que llevó a Rachel a acercarse a Quinn hasta que sus cuerpos quedaron prácticamente pegados.

Sin pensarlo, la besó.

Rachel sintió la sorpresa inicial de Quinn, pero luego la rubia se entregó por completo al beso. Y lo llevó a otro nivel, lejos de la torpeza y ansiedad inicial.

Ahora la morena podía sentir como, con una pasión que la impactó, la rubia se hacía cargo de la situación, tirando su labio inferior para permitirse la entrada en la boca de la cantante. Permiso que Rachel no tardó en brindarle.

Sentir la legua de Quinn abrirse paso contra la suya, era algo indescriptible. La morena no pudo evitar gemir cuando la fotógrafa atacó nuevamente su labio inferior. Ella no quiso quedarse atrás y como buena alumna, repitió el actuar de la rubia, logrando provocar un gemido ahora en Quinn.

Cada beso con su Lucy era distinto, pero ninguno carecía de esa pasión que Rachel no había conocido hasta que sus labios tocaron los de la fotógrafa.

Si de ella hubiese dependido, no se hubiese separado nunca, pero una voz a la espalda de Quinn las obligó a alejarse.

–Está todo listo –anunció Beth–. Si tenían tanta hambre, me podrían haber avisado –agregó y salió corriendo.

–¡Beth! –gritó Quinn–. Voy a matar a Puck uno de estos días. Te juro que voy a hacerlo.

–Pero si vas a la cárcel, apenas nos veríamos y creo que no permiten el contacto en las visitas –señaló Rachel.

–Ese es un muy buen punto –recalcó Quinn–. Quién lo hubiese pensado, de pronto recuerdas tu pasado y te vuelves totalmente adulta –agregó en tono sugerente.

–¡Lucy! –exclamó Rachel sonrojada–. ¡No me refería a ese tipo de contacto!

–Sólo bromeaba, Rach –dijo la rubia entre risas–. ¡Debiste ver tu expresión!

–No me parece gracioso –gruñó la morena cruzándose de brazos.

–Pero lo fue –contradijo Quinn dejando un corto beso en los labios de Rachel–. Ahora vamos antes de que esa mala copia de su padre, que se hace llamar mi hija, venga a buscarnos enojada.

No habían avanzado mucho cuando Quinn se detuvo; de hecho estaban justo frente a la puerta de la cocina.

–Quédate a dormir hoy aquí, por favor –pidió Quinn con una mirada soñadora–. Llamamos a tus papás y les explicamos lo que pasó… sólo quiero tenerte a mi lado hoy, Rach. No quiero que estés sola y que tu cabeza se llene de ideas.

–Está bien –respondió Rachel sonriendo.

–¿En serio? –preguntó Quinn sorprendida y la morena asintió–. Beth va a estar en las nubes –aseguró.

Entonces serían dos, pensó Rachel mientras atravesaban la puerta. Ella ya se sentía en las nubes desde que se habían besado.

Si cada una de las ideas de la lista de conquista terminaría así, Rachel estaba ansiosa por ejecutarlas todas lo más pronto posible.