A/N: Pido mil disculpas por el atraso; mi vida es un caos, especialmente gracias a la universidad (estuvo en paro y todo se reprogramó). Así que regreso con nuevo capítulo, pero probablemente tarde unas dos semanas en volver a actualizar (creo que es justo decirles esto).

Gracias por el apoyo y por no abandonar la historia. Yo no lo haré, voy a terminarla y las actualizaciones se van a regularizar a partir de la próxima (eso espero de verdad).

Creo que serán al menos 25 capítulos o 24 con un epílogo, pero dudo que sean menos que eso. Así que aún falta.

Sin más, les dejo el capítulo 18.

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.


XVIII. Aceptar el pasado

Para cualquier persona que al menos hubiese pasado unas horas con Rachel Berry, el cambio no pasaba desapercibido. Obviamente, para sus compañeros de trabajo, el cambio era evidente.

Por más que la morena intentó disimular, aquel lunes siguiente a la romántica petición de su ahora novia, no podía dejaba de hablar sobre ella. Era como si el título le hubiese dado la libertad y confianza que necesitaba para hablar de la rubia.

Tina no paraba de sonreír cada vez que la escuchaba relatar lo grandiosa que era su novia. Lo hermosas que eran sus fotografías, lo fantástica madre que era. La descendiente de asiáticos nunca había visto a su amiga así de emocionada o viva. Era como si aquella rubia le hubiese brindado la energía que Rachel siempre había estado buscando sin saberlo. O quizás siempre lo supo, al fin y al cabo, todos los que conocían a Rachel sabían de la existencia de Lucy. Aquello era más bien una demostración de la importancia de Quinn en la vida de Rachel, aunque la rubia lo hubiese ignorado por años.

El resto de sus compañeros de trabajo seguía sin entender nada. Parecía como si Rachel estuviese recién empezando una relación con su novia. La morena pasó de no hablar nada sobre la rubia que habían conocido hace un tiempo, a relatarles toda su vida. No es que les molestara, Rachel desprendía esa aura infantil que no dejaba a nadie indiferente y generaba un instinto de protección. Incluso ahora, hablando de su novia, parecía una adolescente que por primera vez está enamorada.

Marcus, sonidista y encargado de ordenar la iluminación era el único que no se veía conforme con la situación. Sí, él sabía que Rachel tenía novia y conocía aquella mujer, pero salvo la visita ocurrida un tiempo atrás, mucho más no se sabía de ella. La falta de comentarios sobre su relación, el secretismo e inclusive la falta de evidencia en las redes sociales, lo habían motivado a seguir intentado sutilmente acercarse a la morena. Ahora, Rachel irradiaba felicidad y no paraba de relatar mil historias sobre Quinn, su novia. No sabía qué había cambiado, pero evidentemente había sido algo importante.

–Eso es todo por hoy –gritó el director y algunos exclamaron felices. Rachel aún tenía energías para continuar. Quería que todo saliera perfecto.

–Tu novia vino a buscarte, Rach –dijo Tina añadiendo algo de picardía a la mención de la palabra novia.

–¡Lucy! –exclamó la morena, antes de correr hacia los brazos de la fotógrafa y besarla con pasión–. Viniste…

–Sí –respondió Quinn aun recuperándose de la bienvenida–. Pensé que quizás podíamos aprovechar de ir a comer por ahí o hacer algo juntas. Entre nuestros trabajos y las niñas tenemos pocos momentos a solas.

–Me encanta la idea –aseguró Rachel–. Quédate aquí mientras recojo mis cosas, así podemos irnos.

La morena intentó apresurarse lo máximo posible para que Quinn no tuviese que esperar demasiado. Justo cuando estaba de regreso, vio como Tina se despedía de su novia con comodidad. Le alegraba ver que a sus amigos parecía agradarles la rubia, hacía todo más sencillo.

–Espero no haberme tardado demasiado –indicó Rachel al llegar hasta Quinn.

–Para nada. Tina me contó que estuviste revelando cosas de nuestro pasado –bromeó la ex porrista, pero Rachel no fue capaz de percibir el tono jocoso.

–Sí, lo siento. No quiero que te molestes por haberlo hecho, es que quería que entendieran lo importante…

–¡Hey! –interrumpió Quinn tomando el rostro de la morena–. No me molesta, me gusta que quieras compartir cosas con ellos, que te sientas en confianza. Eso es bueno… aunque por las miradas que me ha lanzado tu compañero, él quizás no está muy contento.

–¿Quién? –preguntó Rachel para girarse e intentar ubicar el lugar en el que Quinn fijaba su vista. Ahí justo cerca del telón derecho, Marcus las observaba. Al sentir la vista de Rachel sobre él, el hombre sonrió–. Es Marcus. Ya sabes, es un poco insistente, pero nada malo. Sabe que eres mi novia.

–Me alegra, no quiero tener que repetírselo. Si sigue insistiéndote, prométeme que me lo dirás. Yo lo pondré en su lugar –pidió Quinn con molestia.

–Está bien, te lo prometo. Pero no necesito que te pongas toda "caballero de la brillante armadura", yo puedo lidiar con él. Tengo veintiséis años ya. Veintiséis y una novia.

–Nunca vas a parar de mencionar que tienes una novia, ¿cierto?

–Jamás –afirmó Rachel con una sonrisa antes de volver a besar a su Lucy.

Tras unos minutos de discusión respecto al lugar donde comerían, emprendieron su marcha hacia el Central Park, o mejor dicho, hacia el restaurante de comida italiana que quedaba al este de dicho parque.

La comida, estuvo deliciosa como siempre, la conversación fluida y amena, y la compañía no podía ser mejor, en opinión de Rachel. Por tanto, fue una salida totalmente exitosa, que decidieron concluir caminando por aquel parque ubicado en medio de la selva de concreto que llamaban Nueva York.

Aquella agradable caminata se vio interrumpida por la voz de un hombre llamando a Rachel. La morena se preguntó qué tenía el destino con ella, los parques y los encuentros fortuitos.

Rachel sintió como el agarre de Quinn se volvió más fuerte y como todo el cuerpo de su novia se tensó al oír aquella voz.

–Hola Finn –saludó Rachel cuando estuvo frente al que había sido su novio años atrás.

–Me alegra ver que ya estás bien, Rach. Me diste un verdadero susto ese día –comentó Finn con su típica sonrisa torcida. Quinn carraspeó haciéndose notar–. Hola Quinn.

–Finn –murmuró la rubia, en un tono en el que Rachel reconoció una evidente molestia.

–No tuve la oportunidad de agradecerte, Finn… por lo que hiciste aquel día en que nos encontramos –dijo Rachel y percibió como su novia se sorprendía ante aquellas palabras.

–Era lo menos que podía hacer –afirmó el hombre–. Sé que me comporté como un idiota en el pasado. La verdad es que no me siento orgulloso de muchas cosas que hice.

–Es lo mínimo… –susurró Quinn, recibiendo un tirón de parte de la morena.

–Todos cometimos errores. Yo también me arrepiento de muchas cosas –se sinceró Rachel.

–Me gustaría que nos juntásemos algún día. Al parecer Nueva York se convertirá indefinidamente en mi hogar. La empresa en la que trabajo me ha trasladado aquí por un tiempo. Es bueno saber que hay gente que conozco en la ciudad… –señaló Finn.

–Sí, bueno… creo que no habría problema… –dijo algo dubitativa la cantante.

–Rach…

–Lucy, ahora no –la cortó Rachel.

–Sé que no soy de tu agrado, Quinn –admitió Finn y tras centrar su mirada en las manos entrelazadas de ambas mujeres, agregó–. También me gustaría volverte a ver. Quizás como una forma de limar las asperezas del pasado… entiendo que formas parte de la vida de Rachel ahora y me gustaría que pudiésemos… no sé, llevarnos mejor…

–Lo veo algo complicado… Mis mejores amigas siguen siendo Santana López y Brittany Pierce, ¿no sé si las recuerdas? –preguntó la fotógrafa con ironía.

–Yo… sé que les hice daño. No sabes cuánto me arrepiento de lo que hice –aseveró Finn.

–No, no lo sé. Y siendo sincera, no me interesa saberlo –manifestó Quinn molesta.

–Creo que es mejor que nos vayamos –indicó Rachel incómoda–. Si tienes una tarjeta con tu número, prometo ponerme en contacto contigo para acordar algún encuentro –añadió dirigiéndose a Finn.

–¿¡Qué!? –exclamó Quinn, mientras Finn buscaba en su billetera el objeto pedido.

–Aquí está –dijo el hombre entregando su tarjeta a Rachel–. Espero que estén bien.

Tras una breve despidida, Finn se alejó por el sentido contrario al que ellas continuarían caminando. Aunque un silencio se produjo entre ambas mujeres, Rachel sabía que en cosa de segundos su novia explotaría.

Quinn detuvo su caminar y aquello le indicó a Rachel que la explosión estaba a punto de suceder. La morena no se equivocó.

–¿¡Cómo pudiste pedirle su tarjeta!? ¿¡Cómo puedes siquiera pensar en juntarte con él!? ¿¡Acaso olvidaste todo lo que hizo!? –exclamó Quinn con rabia.

–Claro que no lo olvidé. Así como tampoco puedo olvidar lo que yo hice… –señaló Rachel sin dejarse intimidar.

–Es distinto… –murmuró Quinn desviado la vista hacia cualquier lugar que no fuese el rostro de su novia.

–¿Por qué es distinto, Lucy? ¿Porque se trata de mí? –preguntó retóricamente la cantante y actriz–. Has insistido todo este tiempo con que el pasado es pasado, con que debo dejarlo atrás y entender que cambiamos, que no soy esa persona. ¿Por qué eso no se aplica a Finn? Él sacó a Santana del armario y aquello es terrible, pero lo que yo te hice no fue menor. ¿Cómo puedes perdonarme a mí, pero no darle una oportunidad a él?

–Porque lo mío fue algo que yo misma provoqué, Rach. Yo fui irresponsable, yo no cumplí promesas, yo no estuve para ti. Santana no eligió ser homosexual, Santana no pudo aceptarse a sí misma, se vio obligada a hacerlo gracias a Finn. Tuvo que enfrentar las miradas cuestionadoras del mundo respecto de algo que no podía cambiar, cuando aún no estaba preparada, gracias a Finn –enfatizó Quinn–. Tú creciste siendo testigo del trato que recibían los homosexuales en Lima y sabes perfectamente que aquello es mucho peor que el hecho de ser mamá adolescente. Todo era mejor visto que la homosexualidad.

–No excuso lo que hizo. Sé que fue terrible. Sé también que no hice nada cuando lo dijo y que esperé a que estuviésemos solos para hablar con él, en vez de decir algo en aquel momento. Pero, ¿cómo pretendes que yo crea que debo dejar atrás el pasado, que cambié, si tú dudas que otra persona pueda hacerlo? Si yo debo dejar el pasado atrás y aceptarlo, tú también debes hacerlo. Y eso se aplica a Finn –dijo Rachel–. No te pido que seas su amiga, ni siquiera sé si yo pueda serlo. Te pido que le des el beneficio de la duda.

–¡Él te dejó, Rach! Irresponsablemente condujo ebrio, produjo el accidente en el que tú te llevaste la peor parte y nunca más lo viste. Él no se preocupó por ti… Estuviste en coma un año, Rach y él no estuvo ahí… ¿Y ahora que todo está bien él vuelve arrepentido? No, lo siento… no lo perdono. No le doy el beneficio de la duda. No se lo merece. Yo no pude estar a tu lado, porque nunca supe qué te pasó, pero él sabía… ¡Él provocó el accidente de mierda que te quitó todo, Rach! Pudiste haber muerto ese día… –las lágrimas fluían sin control por el rostro de Quinn.

–Lucy… –susurró Rachel conmovida.

–Era tu novio, Rach… él supuestamente estaba enamorado de ti y te dejó, nunca te visitó. Yo estoy enamorada de ti y no me imagino dejando ni siquiera por unas horas tu habitación si aquello me hubiese sucedido…

–¿Cómo? –preguntó Rachel con los ojos bien abiertos.

–Que yo no hubiese sido capaz de abandonarte en aquella clínica como él lo hizo –reiteró Quinn aún concentrada en su punto.

–No aquello, la parte en la que dijiste que estabas enamorada de mí –dijo Rachel con una sonrisa diga del gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas.

–Oh… yo… –balbuceó Quinn.

–Yo también estoy enamorada de ti –susurró Rachel cerca de Quinn tras abrazarla.

–¿En… en serio?

Rachel asintió dejando un casto beso en los labios de su novia. La verdad es que no entendía muy bien cómo, pero había adquirido una nueva confianza desde que había recuperado sus recuerdos. Una confianza que quizás era un rastro de la antigua Rachel –la que no le gustaba–, pero que no estaba dispuesta a abandonar. Esa confianza era parte de su aceptación respecto de los hechos del pasado. Su psiquiatra le había explicado que más allá de toda confusión, ella ahora tenía todas las herramientas que había perdido desde el accidente; por tanto, evidentemente, un cambio en su personalidad se produciría. Ya no era aquella niña de diez años que recordaba. Ahora tenía vivencias de su adolescencia y podía entender mejor su vida actual.

Quizás le faltaban pasos por recorrer y tal vez aun debía conciliarse con su pasado, pero Rachel sabía que Quinn tenía razón cuando le señalaba que aceptar lo sucedido era la mejor formar de continuar. Poco a poco todo se volvía más fácil y mejor.


"Había una vez…" así comenzaban todos los cuentos de hadas, o al menos muchos de ellos; Quinn estaba segura que si alguien escribía su historia, comenzaría de aquella manera. Quizás lo que habían vivido, vivían y vivirían –sí, Quinn no dudaba en ocupar aquel verbo en futuro–, no fuese digno de un cuento de hadas, quizás ni siquiera valía la pena escribir una historia sobre su historia (valga la redundancia), pero para Quinn aquello se sentía como un cuento. El más maravilloso de ellos.

Tenían villanos, magia y por sobre todo, felicidad. Quinn ahora creía en finales felices. Es decir, siempre había creído en ellos, pero no para ella. La vida le había enseñado a resignarse y a nunca esperar lo mejor, aquello era mejor que decepcionarse. Eso, hasta que Rachel volvió a su vida y con ella la esperanza, la inocencia y los sueños. Las ansías de ser feliz, ya no por Beth u otros, sino por ella misma.

–¡Lucy! –el grito de Rachel anunció su llegada.

–En mi habitación –respondió la rubia con una sonrisa.

–¡Ven, necesito que me acompañes, quiero presentarte a alguien! –exclamó la futura estrella de Broadway.

Quinn no esperó ni un segundo y rápidamente caminó hacia el encuentro con su novia, principalmente motivada por la curiosidad.

–¿A quién me quieres presentar? –preguntó Quinn luego de abrazar a su novia y mirar a su alrededor.

–No está aquí, está abajo. Vamos, acompáñame –pidió Rachel extendiéndole la mano para guiarla.

La fotógrafa no se hizo de rogar y siguió a la morena hasta el ascensor. Una vez adentro disfruto de los labios de Rachel hasta que el sonido avisando que ya estaban en el primer piso las obligó a separarse.

–Te presento a Perla –dijo Rachel una vez que pisaron la calle.

Quinn miró a la gente a su alrededor, pero como la mayoría de los habitantes de Nueva York, todo parecían apurados yendo de un lado a otro, nadie parecía estar esperando ser presentado.

–¿Dónde? –preguntó la rubia sin dejar de mirar de un lado a otro–. ¿Y dónde la conociste? –interrogó dejando entrever sus pequeños celos.

–En la casa de mis papás –respondió la segunda pregunta la morena–. La vi y me enamoré de ella en ese mismo instante.

–¿Qué? ¿De… de qué… hablas? –cuestionó Quinn con un nudo en la garganta. ¿Rachel de verdad estaba diciéndole que se había enamorado de otra persona? Aquello era un sueño, no, una pesadilla y quería despertar de inmediato, pensó.

–De Perla, el coche que me regalaron mis papás –explicó Rachel con una sonrisa–. ¿No es hermosa?

La rubia finalmente vio el coche tras Rachel. Era un Audi sedán de color blanco. Sin decir nada, Quinn abrazó a Rachel, intentado recuperarse del susto inicial.

–Hubieses visto tu cara –bromeó Rachel y Quinn emitió un gruñido–. Tú eres la única mujer capaz de enamorarme, Lucy.

–¿Lo soy? –preguntó la fotógrafa alejándose del cuello de su novia para mirarla.

–Claro que sí –afirmó la cantante–. Ahora dime, ¿qué piensas? Es un Audi A8 L, no es el coche más ecoamigable del mundo, pero lo amo… además, vivimos en Nueva York, así que apenas voy a conducirlo.

–Es realmente hermoso y debió costarles mucho dinero –comentó Quinn–. ¿Sabes si quiera conducir, Rach? ¿Por qué tus padres te regalaron un coche?

–Claro que sé… pero ya sabes con todo eso de mi crisis y eso, bueno, nunca volví a hacerlo –explicó la morena–. Es un regalo anticipado por el estreno de la obra. Era mi regalo de graduación de secundaria, pero nunca lo recibí. En realidad, no alcanzaron a comprarlo, así que es una especie de regalo actualizado.

Quinn volvió a abrazar a Rachel, pero esta vez, además, depositó un beso en sus labios. Los sentimientos que la embargaban cada vez que veía, escuchaba, olía o sentía a su novia eran inefables.

–¿Me quieres acompañar al hogar para que visitemos a Maia? –preguntó Rachel y Quinn se limitó a asentir–. Hace una semana que no podemos verla debido a los exámenes que debían hacerle para el tema de la adopción. La extraño tanto…

–Yo también… Y más vale que volvamos a ir con Beth, porque se va a enojar cuando se entere que fuimos sin ella.

–Es verdad, pero creo que es mejor que vayamos solas primero, quiero asegurarme de que está bien. No confío en los funcionarios de servicios sociales…

–Yo tampoco… esos inútiles consideran apta a una mujer que se aparece después de cinco años… –bufó Quinn.

–Santana dijo que con los datos que el nuevo investigador les había brindado podrían presentar una buena defensa a nuestro favor –recordó Rachel y Quinn sólo sonrió–. ¿Qué?

–Me gusta cuando hablas de Maia y dices "nuestro"…

–Somos una familia, Lucy. Estamos acomodándonos, como mi mente, pero lo somos, estoy segura –aseveró Rachel.

–Lo somos… –concordó Quinn antes de volver a besar a su novia.

Mientras se dirigían al hogar, Quinn estaba gratamente sorprendida con las habilidades de Rachel. En un principio había dudado subirse al coche de su novia y dejarla conducir, pues no tenía la menor idea sobre su historial al volante, pero decidió confiar en ella, en sus padres y se montó.

Rachel no paraba de cantar cada canción que sonaba en la radio, así como tampoco dejaba de prestar a atención a lo que sucedía en la autopista.

El viaje que Quinn pensó sería aterrador y tendría sus nervios a flor de piel, terminó en el tiempo correcto y sin ningún inconveniente más que alguna que otra discusión sobre si una canción era buena o no.

Apenas se adentraron en el hogar, Quinn sintió la mirada de una de las chicas que ayudaba allí sobre ellas. La rubia le dedicó una sonrisa, pero la chica en cuestión miró hacia otro lado, como si estuviese incómoda con sus presencias. Quinn sabía que no podía deberse a su relación, pues habían interactuado sin problemas con ella en otras ocasiones. Algo, llámenlo instinto, se encendió en su mente y todos sus sentidos se pusieron en alerta.

Cuando llegaron a la oficina de la directora, ésta les permitió pasar sin mucho problema. Su cara al verlas evidenció que no había advertido que se trataba de ellas.

–Señorita Berry, señorita Fabray, no las espera por aquí este día –dijo a modo de saludo la directora.

–Nuestros abogados nos comunicaron que ya habían terminado las evaluaciones de Maia, así que podíamos visitarla nuevamente. La restricción del tribunal fue sólo por ese período –expuso Quinn sabiendo que no debían mostrar flaqueza ante esa mujer.

–Sí claro, claro –respondió la directora algo nerviosa.

–¿Puede llamarla, entonces? –pidió Rachel notando la tensión del ambiente. Algo no iba bien y ambas lo podían percibir.

La mujer se levantó sin decir nada y llamó a su secretaria, pidiéndole que fuese en busca de la pequeña. Luego, reingresó y le pidió a la pareja que se dirigieran a la sala de visitas, pues allí llevarían a Maia.

–Algo raro está pasando –señaló Rachel mientras caminaban hasta la mencionada sala–. ¿Crees que alguna de las evaluaciones salió mal? ¿Y si Maia tiene algo?

–Algo pasa, Rach… yo también lo noto, pero no creo que se deba a eso. Si algo estuviese médicamente mal con Maia, le habrían avisado al señor Andrews y Santana lo hubiese comentado con nosotras –dijo Quinn, intentando descifrar lo que sucedía.

Apenas llegaron a la sala de visitas se sentaron en un par de sillas que había dispuestas para tal efecto, mientras aguardaban por Maia. La espera no fue mucha, apenas aproximadamente tres minutos después, la puerta se abrió y Maia ingresó por ella.

De inmediato, Rachel se puso de pie y extendió sus brazos a Maia, para que corriera hacia ella como siempre acostumbraba. Pero esta vez no fue así, la niña sólo se quedó de pie frente a ellas, sin moverse ni decir nada.

Notando la inquietud de su novia y el extraño actuar de la niña, Quinn decidió hablar.

–Maia, ¿acaso no vas a darle un abrazo a tu mamá? No nos vemos hace mucho tiempo –dijo la fotógrafa en tono maternal.

–No mi mamá –susurró la niña y Quinn pudo jurar que escuchó como el corazón de su novia se estremecía–. No es mi mamá –agregó en un tono más seguro.

–Maia –murmuró Rachel y la rubia vio como los ojos de su novia se llenaban de lágrimas.

–No… tú quieres romper mi familia –señaló la niña algo insegura–. Yo tengo familia. Quieren… me quieren –dijo con la voz entre cortada–. Mi tía dijo que tú mala –terminó entre sollozos.

–¿Tu tía? –preguntó Quinn asombrada.

Maia asintió y luego salió del lugar corriendo.

Rachel sabiendo que ya no necesitaba aparentar fortaleza, se lanzó a los brazos de su novia y se derrumbó. Quinn la agarró con fuerzas, abrazándola e intentado transmitirle una seguridad que ya no sentía.

¿Qué mierda había pasado en esa semana? Era la pregunta que no dejaba de circular en la mente de Quinn.

–Todo va a estar bien, todo va a estar bien, Rach –repetía como mantra la rubia, apoyando sus labios en los cabellos de la cantante y actriz que lloraba desconsolada en su pecho.

La fotógrafa sabía que debía hacer algo, porque aquello no era normal. Maia no debía recibir visitar de nadie, porque así podía ser evaluada con mayor precisión, o algo así había decretado el tribunal. ¿Cómo era posible que hubiese visto a aquella mujer? ¿Por qué se lo habían permitido? Obviamente Quinn no tenía respuestas a esas preguntas, pero las encontraría. ¡Las encontraría ya!

Sin alejar a Rachel de su cuerpo, sacó su celular y llamó a la única persona que podía ayudarla en ese momento.

–Santana, no tengo tiempo para bromas. ¡Algo pasó con Maia y necesito respuestas ahora! –exclamó Quinn ya sin poder contener su ansiedad.

Su familia estaba tambaleando y el sólo pensar que en cualquier instante podía derrumbarse todo lo que habían construido hasta ese momento, la aterraba.