A/N: Hola! Espero que aún recuerden esta historia. Ya rendí mi examen y aprobé (YAY!), así que tengo un poco más de tiempo para escribir. Probablemente actualice cada semana o semana por medio.
Espero que disfruten este capítulo (que es uno de los más largos hasta el momento). Poco a poco la historia comienza a concluir, pero aún nos quedan varias cosas por abordar, así que al menos cinco capítulos más seguro tendrán.
Tengo pensada una nueva historia (que comenzaría una vez terminada ésta), sería Faberry obviamente, pero incluiría un par de personajes OC... Dos que son de mi creación y dos pertenecientes a the 100 (Clexa) [Aclaro que no veo la serie, pero conozco la pareja debido a tumblr]. La trama sería totalmente AU, con Quinn y Rachel como ex novias que se reencuentran. Me gustaría que comentaran respecto a qué les parece.
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.
XIX. Lucha de gigantes
Una locura.
Así podía describir Rachel lo sucedido las últimas horas. No se trataba, por cierto, de una buena locura, de esas que te hacen sonreír por días. No, las últimas horas habían sido una tormenta, un huracán. Una mezcla de las peores sensaciones imaginables, pero por sobre todas, estaba el miedo.
Dicen que cuando todo va muy bien, debes preocuparte. La morena jamás había tomado en cuenta aquello, quizás porque la felicidad le había sido escasa… pero ahora lo entendía. No recordaba haberse sentido tan feliz, tan completa, nunca antes. Tanta felicidad tenía un costo al parecer. Un costo que ella ahora no sabía si podía soportar.
Santana, el señor Andrews –o Bryan, como había pedido que lo llamara–, sus padres, sus amigos e incluso Quinn le habían asegurado que todo saldría bien. Pero Rachel sabía que mentían, nadie podía asegurarle aquello. ¿Qué significaba que "todo saldría bien", en todo caso? ¿Se referían a ella o a Maia? Porque Rachel ahora creía que su felicidad quizás no estaba ligada a la de la pequeña y viceversa. Quizás ella sólo le hacía daño a Maia. Quizás…
Rachel había experimentado esa sensación de necesidad de pertenencia. La había tenido durante toda su vida, pese al amor incondicional de sus padres. Por ello había ansiado tanto aquel reencuentro con Shelby. Aquello no había terminado bien, pero quizás las cosas para Maia serían distintas, quizás lo mejor era que ella diese un paso al costado…
–Puedes dejar de pensar tonterías –dijo Santana sacando a Rachel de sus cavilaciones.
–No sabes lo que estaba pensando –sostuvo la morena.
–No necesito leer tu mente, Rachel. Tu rostro lo refleja. Sé que estás dudando, sé que piensas que quizás no eres lo que Maia necesita, pero estás equivocada –aseguró la latina–. Una mujer que se preocupa por el bienestar de un niño no va por debajo ni planta estupideces en la cabeza de una pequeña... Por cierto, lo peor que puedes hacer es encerrarte en ti misma. Deja de aislar a Quinn.
–No la estoy aisla… –intentó defenderse Rachel.
–No intentes negarlo. ¿Cuántas veces te ha llamado hoy? ¿Cuántas veces le has contestado? Estoy harta de recibir sus llamadas. Necesito estar centrada en mi trabajo y haciendo de tu secretaria no puedo concentrarme. Lo bueno de tener una pareja es que las cosas malas que te pasan no tienes que enfrentarlas sola. Puedes compartir tus miedos, temores y frustraciones. Esto también es difícil para ella. Quinn quiere a Maia; ella es parte de su familia también.
–Lo sé… –susurró la morena.
–¿Entonces?
–Siento que todo se está derrumbando. Es como si todo hubiese sido un sueño. Quizás… quizás lo próximo que pierda sea a Lucy… –sollozó la cantante.
–No has perdido nada aún, Rach –dijo Santana con delicadeza–. Aunque tenga que dejar de dormir, no permitiré que Maia se vaya con esa idiota. No te la van a quitar. Y Quinn… ¡Dios! Esa rubia lame el piso por el que caminas. Salvo que tú le pides que te deje, ella no lo hará.
Rachel se limitó a sonreír, porque la latina tenía razón. Debía dejar de actuar como una niña.
Santana asintió cuando vio a la morena tomar su teléfono celular y decidió darle espacio, por lo que se retiró de la sala.
La cantante y actriz revisó los mensajes que su novia le había dejado y volvió a sonreír. Su Lucy era lo mejor en aquel momento tan oscuro. Abrió su libreta de contacto y presionó su foto. A los tres timbrazos, la rubia contestó.
–¿Rach? –fue lo primero que dijo Quinn en un tono entre confuso y temeroso. Rachel lo odió al instante.
–Lucy, ¿puedes venir a mi casa? Siento haberte apartado desde hace dos días… pero tenía miedo… –admitió la morena con algo de vergüenza.
–Claro que puedo. En diez minutos estaré allí. Pero necesito saber… ¿miedo de qué?
–De perderte… sentí que todo se derrumbó y que Maia era sólo el comienzo… que iba a perder a todos los que habían llegado a mi vida.
–Estás equivocada, no vas a perderme. Y no perderemos a Maia, Rach. No lo haremos –sentenció con fuerza Quinn y Rachel sintió que se enamoró un poco más de su novia en aquel momento, si es que ello era posible.
–Ahora lo creo… Santana me hizo abrir los ojos –confesó la morena.
–Es una buena amiga –señaló Quinn–. Y una excelente abogada. Y todas las otras cosas que tenga que decirte, te las diré cuando te vea. Nos vemos, mi novia. Te quiero.
–Te quiero –respondió Rachel, reprimiendo un "te amo" que quiso escaparse de sus labios, antes de que su novia cortara la comunicación.
La morena sabía lo que sentía por Quinn, pero quería que aquel "te amo" que aún no pronunciaban fuese especial. Así que esperaría el momento perfecto para verbalizarlo. Decirse que estaban enamoradas la una de la otra había sido repentino, pero maravilloso. Rachel sin duda quería superar aquel momento.
La futura diva decidió esperar a su novia en el centro de operaciones, entiéndase, su comedor. Bryan Andrews, Santana y Leroy habían llenado la mesa con computadores portátiles, archivos, leyes y papeles que ni Hiram ni Rachel sabían qué contenían. Los últimos dos días, Bryan y Santana básicamente se habían convertido en dos habitantes más del hogar Berry.
Quizás los temas relativos a la adopción no eran la especialidad de Leroy, pero aquello se había tornado personal… más personal de lo que ya era. Él no intervendría en tribunales, pero ayudaría con las lecturas y la preparación del caso. Bryan el día anterior había presentado un recurso contra servicios sociales, para determinar las responsabilidades y acabar con cualquier irregularidad que estuviese sucediendo; junto a ello, Santana había presentado un escrito en el proceso de adopción que ayudaría a acelerarlo y a ganar puntos a su favor.
–Estrellita, Bryan acaba de encontrar un fallo de hace unos meses donde una conducta similar a la de la tía de Maia inhabilitó a un postulante en un proceso de adopción –anunció Leroy apenas Rachel entró en el lugar.
–¿Es eso bueno? –preguntó la morena desconociendo los alcances legales de aquello.
–Es fantástico –respondió Bryan–. Es un precedente importante para nuestra postura y vinculante para el tribunal.
Rachel sonrió, porque todo parecía mejorar... al menos en el papel.
Hiram hizo notar su presencia debido al olor que desprendía la bandeja que cargaba, llena de pastelitos y de un humeante café.
–¡Eres nuestro salvador, Hiram! –exclamó Santana, acercándose rápidamente con su taza para servirse el brebaje.
–¿Estás mejor? –susurró el hombre cuando se posicionó al lado de Rachel.
–Sí… Santana me hizo realizar algunas cosas –dijo la morena a su padre en un tono similar–. Llamé a Lucy, llegará en unos minutos.
–Me alegra que lo hayas hecho. La pobre ya no sabía qué hacer para alcanzarte –confesó Hiram–. Sé que no quieres pensar en nada aún, pero creo que deberías hablar con los médicos de la clínica donde tú y Maia se tratan. Esa niña va a necesitar más apoyo psicológico cuando todo esto termine. La deben haber confundido y la pobre no debe entender bien las cosas, por eso dijo lo que dijo…
–¿Tú crees que hago bien? –preguntó Rachel.
–¿Siguiendo con el proceso de adopción? ¿Luchando por ella? –cuestionó Hiram y su hija asintió–. Claro que sí. La familia no se constituye por lazos de sangre, eso no es lo importante. La clave es el afecto, la preocupación, la dedicación, el amor. Yo no veo nada de eso en esa mujer. Sé que quieres lo mejor para ella, estrellita… pero créeme, tú eres lo mejor. Sé que no estuve siempre de acuerdo; sin embargo, no soy ciego. Las veo juntas y sé que deben estar juntas. Cuando estás con Beth, Quinn y Maia, yo veo una familia.
–Yo no… no me imagino una vida sin ella –Rachel tuvo que contener el llanto.
–No te la imagines… Vamos a hacer todo lo que sea necesario, estrellita… No vamos a bajar los brazos. No te dejaremos sola. Ni a ti ni a Maia –aseguró Hiram.
La morena rogaba para que su papá estuviese en lo cierto. Quizás era tiempo de que tomase al toro por los cuernos… quizás era tiempo para luchar.
–Voy a salir un momento, papá –señaló Rachel–. Cuando Quinn llegue, dile que me espere.
–¿Dónde irás?
–Donde necesito estar… –expresó la morena y su padre la miró confuso–. No te preocupes, está todo bien. Pero tienes razón, debo dejar de imaginar cosas.
Tras dejar a su padre dubitativo y bastante confundido, Rachel sólo se detuvo a buscar su bolso y las llaves de su coche.
No se iba a rendir.
Los malos sueños habían regresado. Con ellos, los temores, las inseguridades y la confusión.
Todo iba bien, ella se sentía querida y por fin tenía una familia… pero luego, esa señora llegó y todo cambió.
Esa señora era su familia, su verdadera familia. Le contó cómo le habían mentido todo ese tiempo, cómo Rachel había actuado. La morena sabía la verdad y nunca se la dijo. Le ocultó su verdadera identidad. Rachel era mala, eso había dicho su tía… ella no quería creerlo, porque la morena era la persona más buena del mundo, o eso creía Maia. Pero la señora siguió hablando y diciendo cosas feas de Rachel y las dudas comenzaron a surgir. Luego le mostró fotos de su mamá, su verdadera mamá. Era rubia como Quinn y Beth, pero sus ojos eran azules, muy oscuros. Tenían rasgos parecidos, pero se veía como una persona triste. Maia no quería que estuviese triste. Su tía le dijo que era porque le habían quitado a su hija, a Maia, y que ella no había podido seguir viviendo con ese dolor. Que ella, su tía, la había buscado durante mucho tiempo, pero que Rachel había evitado el encuentro, que Rachel quería cambiar su apellido y así desaparecer todo rastro de ella.
¿Por qué Rachel haría algo así? Rachel se suponía que la quería… ¿por qué quería alejarla? Sin que Maia expresara esa pregunta en voz alta, su tía le había respondido: porque era mala, porque la estaba utilizando.
Rachel y Quinn habían ido al hogar al día siguiente, pero Maia ya no quería que estuviesen ahí. Le habían mentido. Ellas no eran su mamá y su mami. Su verdadera mamá había estado triste por su culpa. Maia tenía una familia ahora, de verdad, y no eran ellas.
La morena había llorado y Maia se sentía mal por eso. En el fondo, no quería lastimar a Rachel, pero era mala o eso le había recalcado su tía y luego la directora.
Cuando Rachel y Quinn se marcharon, Maia decidió que no quería seguir hablando. Volvió a ese mutismo autoimpuesto, esperando por el regreso de su tía, pero tres días habían pasado y no había vuelto a aparecer por el lugar. Ni Rachel, ni Quinn, ni Beth la habían visitado, pero Maia sabía que no lo harían. Ella le había dicho cosas feas a Rachel y la había hecho llorar. Quizás, pensó Maia, ella era tan mala como Rachel.
La pequeña estaba jugando en un rincón de la sala cuando la puerta se abrió. La curiosidad la hizo levantar la mirada. En ese momento se encontró con los ojos cafés de Rachel, por lo que volvió a bajarla y se concentró en su libro para colorear, libro que Beth le había obsequiado.
La pequeña de cabellos rubios oscuros esperó y esperó por Rachel. Esperó que se acercara, que le hablara, pero la morena no hizo nada más que sentarse al costado contrario de la habitación, diagonal al lugar donde se encontraba Maia coloreando.
Maia intentó concentrarse en su libro, intentó continuar pintando aquellas imágenes, eligiendo los colores, las luces y sombras, pero la mirada de Rachel en su espalda la intranquilizaba. Quería que la morena le hablase, que la regañara por lo que le había dicho, que le dijese que todo era mentira, pero no pronunció palabra.
El teléfono móvil de Rachel sonó y alejó por un momento a Maia de sus pensamientos, que sorprendida, se giró hacia la morena. La futura estrella de Broadway apretó una tecla y el sonido cesó, al parecer, no estaba dispuesta a contestar; luego, continuó la lectura de la revista que descansaba en sus piernas.
La pequeña decidió llamar la atención de Rachel, quería que le dijese algo. Por ello, se acercó hasta un librero que estaba al lado derecho de la morena y tomó distintas cosas, haciendo ruido. De reojo miró a Rachel, pero la cantante parecía muy concentrada en el contenido de la revista.
–¡Ma! –exclamó frustrada, Maia mientras lanzaba un libro al suelo.
Rachel levantó la mirada por unos segundos, para luego bajarla nuevamente.
–¿Ma? –dijo la pequeña ahogando un sollozo, implorando por Rachel.
–Me dijiste que era mala, Maia, que no era tu mamá –señaló la morena fijando su vista en aquellos aguados ojos celestes–. Por eso no te respondo cuando me llamas así…
Maia comenzó a llorar en silencio, por lo que Rachel se acercó hasta ella y se agachó para abrazarla. Rápidamente, la niña respondió el gesto, cobijándose entre los brazos de la morena.
–¿Qué pasó, mi vida? –preguntó Rachel con una ternura que alivió a Maia.
–Ella dijo que mentiste, que eres mala, que es mi familia –respondió la rubia después de unos segundos.
–¿Y tú le crees?
–No sé… ella… yo creí… pero… ya no… no sé –dijo sin mucha fluidez Maia.
–Yo jamás te haría daño, Maia. Jamás te he mentido. Yo quiero lo mejor para ti y sé que ahora todo es confuso, que no entiendes qué sucede… pero por favor, no olvides todo lo que te quiero y significas para mí –expresó Rachel con la voz entre cortada.
–¿Ma? –cuestionó Maia y Rachel la miró–. Yo también… te quero –la morena sonrió por las palabras y la encantadora mala pronunciación.
–¿Ese es el libro que Beth te regaló? –inquirió la actriz y la pequeña asintió–. ¿Estabas coloreando? ¿Te gusta?
Maia volvió a asentir, guiando a Rachel hasta la mesa donde descansaba el objeto en cuestión.
En ese momento, la pequeña entendió la diferencia entre Rachel y aquella mujer que decía ser tu tía. La morena siempre se preocupaba por ella, incluso cuando se conocieron en la clínica y todos la trababan raro. Rachel nunca lo hizo. En cambio, su tía sólo le había dicho cosas feas de la morena, pero no le había preguntado nada. No se había preocupado por ella ni la había vuelto a visitar.
Rachel, pese a lo que le había dicho, había regresado y seguía preocupada por ella.
En silencio comenzaron a colorear el libro de dibujos, una al lado de la otra. Minutos después, Maia se giró hacia Rachel y la observó.
–¿Ma? –Rachel la miró expectante–. Tú eres mi ma, ma –agregó con una sonrisa, que la morena igualó en seguida.
Quizás había dudado, quizás le había dicho lo contrario, pero ahora Maia estaba segura… Rachel era su mamá, su familia.
Quinn estaba estresada, nerviosa y a punto de un colapso emocional, pero lo ocultaba todo tras una forzada sonrisa debido a que su hija se encontraba a su lado.
Apenas recibió la llamada de Rachel, había –figurativamente hablando– arrastrado a Beth hasta el coche. Necesitaba ver a su novia con urgencia, necesitaba sentirla… necesitaba saber que todo estaba bien. La rubia tenía certeza respecto a que lo que Rachel provocaba en ella nadie nunca lo había provocado y aquello la aterraba, no al punto de espantarla, pero claramente le hacía temer por el futuro. ¿Si algún día la morena terminaba las cosas con ella, cómo continuaría? Sabía que lo haría, tenía que hacerlo, por Beth… pero, ¿en qué condiciones? Un mundo sin Rachel le parecía inimaginable, a pesar que había vivido diez años sin ella ya.
–¿Mami, me dirás qué está pasando? ¿Es Maia, cierto? –preguntó Beth alejando a Quinn de sus miedos.
La pequeña rubia se había mantenido callada durante el último par de días, como si intuyese que algo malo sucedía. Se había limitado a seguir cada orden de su madre y ni siquiera había pataleado cuando Quinn le anunció que pasaría todo el día con su abuela, mientras ella, su madre, veía unas cosas con Rachel. En el fondo, Beth sabía leer a su mamá muy bien y entendía que no era el momento de protestar.
–Han surgido algunas cosas durante el proceso de adopción, pero todo estará bien, cariño –aseguró Quinn con una falsa confianza.
–Pero… –Beth vio cómo su madre apretaba sus manos contra el manubrio–. Tienes razón… todo estará bien…
El silencio se instaló nuevamente en el coche, silencio que se veía reforzado por la ausencia de música y la escasez de tráfico en aquella calle.
Llegaron en unos minutos a casa de los Berry, sólo para descubrir, gracias a las palabras de Hiram, que Rachel no se encontraba. Su suegro le explicó a Quinn que la morena había salido a algo que él aún no entendía, pero que había pedido que su novia esperara por ella. La fotógrafa, ansiosa, pidió a Hiram que repitiera de forma casi exacta las palabras utilizadas por Rachel antes de marcharse. El hombre hizo su mejor esfuerzo por seguir aquella petición y repitió las palabras que recordaba que su hija había dicho. Tan pronto como fueron pronunciadas, Quinn supo dónde Rachel se encontraba. Sin explicarle mucho a Hiram, tomó la mano de Beth, guiándola nuevamente al coche. Rachel estaba loca si pensaba que la dejaría luchar sola.
El recorrido hacia el hogar fue igualmente silencioso. Quinn se percató de cómo todo el cuerpo de su hija se tensó al notar el lugar frente al cual se estaban estacionando, pero no dijo nada.
Juntas caminaron hasta la oficina de la directora, para poder solicitar información respecto de Maia y Rachel. Si bien Quinn estaba segura de la presencia de la morena en aquel lugar –el Audi blanco estacionado era un buen indicio–, no quería incomodar a Maia. Cuando estaba por tocar la puerta, la voz de la mujer que dirigía aquel lugar hizo que se detuviera.
–Si descubren que yo estoy de alguna forma involucrada con todo el caso de la niña esa, puedo perder mi trabajo –dijo la voz de la directora tras la puerta.
–Entonces no debió intervenir. No debió mentirle a la niña. La señorita Berry fácilmente puede averiguarlo –expresó la voz de otra mujer, que a Quinn le sonó muy similar a la de la secretaria que siempre las recibía–. La señorita Berry no ha hecho nada malo. Usted debió mantenerse al margen. Lo siento, pero yo no puedo mentir por usted. Menos respecto de algo tan delicado.
–¡Usted no entiende! –exclamó la directora–. Toda mi carrera y trayectoria está en juego por culpa de esa mocosa.
–No culpe a una niña por sus acciones. Usted y sólo usted es la culpable de toda esta situación.
Quinn decidió que ya había escuchado demasiado. Con la mirada le pidió a Beth que guardara silencio y dio tres golpes en la puerta. No pasaron ni quince segundos cuando la puerta se abrió dejando ver a la directora y su secretaria tras ella.
–Buenas tardes –saludó Quinn–. Venimos a ver a Maia, mi novia debía dejar aviso de nuestra visita, pero no sé si lo hizo –mintió la rubia.
–La señorita Berry no mencionó nada, pero no hay problema –dijo la secretaria, caminando hasta Quinn y Beth, guiándolas fuera de la oficina–. Están en la sala de juegos. Pueden ir hasta allá.
–Muchas gracias –expresó sinceramente la fotógrafa–. Espero que entienda que probablemente será citada a declarar –advirtió haciéndole saber a la mujer que había escuchado el diálogo anterior. La secretaria se limitó a asentir calmadamente.
El agarre de Beth se volvió más fuerte a medida de que se iban acercando al lugar indicado por la secretaria. Quinn se preguntó qué pasaría por la mente de su hija en ese momento. Tal vez imaginaba lo peor.
–Todo estará bien –murmuró la rubia antes de abrir la puerta, tanto para su hija como para ella.
Quinn no sabía bien qué esperaba ver tras la puerta, pero claramente no era esa imagen. No es que le molestase, todo lo contrario, le alegraba de sobremanera, pero también le sorprendía ver a Rachel y Maia riendo como antes, como si lo sucedido dos días atrás no hubiese ocurrido.
El sonido de la puerta golpeando la pared, dada la escasez de un tope que impidiese aquel acontecimiento, hizo que tanto la morena como la pequeña rubia se giraran hacia las recién llegadas.
–¡Beth! –exclamó Maia con alegría–. ¡Mami! –añadió en igual tono, provocando que Quinn soltase el aire que desconocía que contenía.
–¡Monito! –soltó Beth antes de correr hasta la que se había transformado en su aliada y hermana.
Tras abrazar por unos instantes a Beth, Maia se lanzó a los brazos de Quinn, que la recibió feliz. Luego de romper el abrazo, la más pequeña de las rubias guio a Beth hasta le mesa donde descansaba su libro de colorear y la invitó a unirse a ella. La niña de diez años ni lo dudó antes de tomar uno de los lápices.
Quinn se acercó hasta su novia y dejó un casto beso sobre sus cabellos.
–¿Así que pretendías venir a luchar sin mí, eh? –preguntó la rubia.
–¿Qué? No, claro que no… Es decir, sí, pero no es como piensas… yo quería… –intentó responder Rachel algo nerviosa.
–Sé lo que querías. Sé que lo necesitabas. Y sé también que jamás pretendiste dejarme de lado –interrumpió Quinn–. Pero habíamos acordado que estábamos juntas en esto. Sabes cuánto me importa Maia y cómo imagino nuestro futuro juntas, las cuatro.
–Gracias por entenderme, Lucy y perdón por no pensar en ti… –se disculpó la morena.
–Quizás lo mejor que pudiste hacer fue no pensar en mí –sugirió la fotógrafa recibiendo una mirada confusa de su novia, por lo que decidió explicarse–. Escuché a la directora teniendo una interesante conversación con su secretaria. Al parecer ella ayudó a llenar la mente de Maia con esas tonterías que la llevaron a decir esas cosas.
–Maia dijo que según su tía, yo le había ocultado cosas y mentido… Y si la directora se lo confirmó, entiendo por qué ella creía que yo era la mala –razonó Rachel.
–La secretaria no está dispuesta a mentir por la directora, Rach… Tenemos que hacer que declare ante el juez y diga todo –informó Quinn–. Nuestra lucha ya no es sólo por Maia, tenemos que dejar en evidencia a esa mujer. ¡No puede seguir a cargo de este lugar!
–Nos estamos metiendo en un terreno complicado –murmuró la morena–. Una lucha de poder.
–Una lucha de gigantes… –sugirió la fotógrafa–. Pero para defender a los indefensos, eso siempre lo vale.
Quinn sabía que aquello sería importante. El tema escalaría y quizás tendrían una atención que no buscaban ni deseaban, pero era necesario. Aquella mujer que dirigía el hogar estaba dispuesta mentir a una pequeña con tal de frustrar los planes de Rachel, quién sabe por qué motivos… aunque probablemente se trataba de una discriminación basada en prejuicios homofóbicos. La directora había comentado su disconformidad con Rachel en virtud de sus antecedentes clínicos, pero en el expediente de la morena también se indicaba quiénes eran sus padres y para Quinn no había pasada desapercibida la mirada que la directora les daba cada vez que llegaban tomadas de las manos.
La rubia sabía que tanto Bryan, como Santana y Leroy estarían muy felices con la nueva información. Ahora tenían pruebas suficientes para ir a tribunales.
Sería una lucha de gigantes, pero Quinn estaba segura que esta vez ganarían. Y de verdad, ansiaba ver aquel momento llegar.
