A/N: Hola! Ya estamos cerca del final, por lo que es hora de cerrar ciertos ciclos.

Responderé un comentario anónimo aquí, porque quizás otros lectores tengan la misma duda. En esta historia ha pasado el tiempo, por lo que si bien Beth partió la historia con nueve años, ahora tiene diez. El motivo por el que no hablé o mencioné su cumpleaños, es que no es relevante para la historia. En el capítulo doce Quinn menciona que Beth tiene diez años, mientras que en el anterior (el capítulo once) tenía nueve. Entre ambos capítulos (no al inicio, pero sí en la mitad del capítulo doce, ya pasaron varios días). Beth y Maia son importantes en esta historia, pero no son el centro, por tanto, no me centré en sus vidas, salvo en lo que involucraba a Faberry. Respecto a Maia, creo que hubo un error de lectura o quizás yo no me expresé bien. Cuando Rachel conoce a Maia, ella tiene cuatro años. Rachel conoció a Maia mucho antes de reencontrarse con Quinn, por eso se siente tan cercana a la niña. Maia en el presente tiene seis años y si no se comporta como una niña de su edad, es debido a todo lo que ha vivido. Por eso sigue en tratamiento, y por lo mismo Rachel y Quinn -en el capítulo anterior- querían contratar a un profesional (fonoaudiólogo) para que la ayudase ahora que comenzará en un nuevo colegio. Espero haber aclarado el tema de las edades con este pequeño párrafo. Cualquier duda pueden hacérmela saber.

Como siempre, gracias a quienes siguen leyendo y comentando esta historia.

Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.


XXII. Hacia adelante

En unos segundos todo se volvió un caos. Beth entre llantos comenzó a gritar por ayuda. Ante tales exclamaciones, los Berry y las López-Pierce salieron corriendo de la casa alarmados.

Quinn sólo reaccionó cuando vio a la mujer, que a su juicio lo había causado todo, acercarse a ellas.

–¡No se atreva a dar un paso más! –exclamó angustiada la fotógrafa.

–Yo sólo… –murmuró Sherlby, mientras Leroy y Hiram se agachaban para comprobar el estado de su hija.

–Estaba bien. Rach estaba bien, feliz –dijo Quinn entre sollozos a sus suegros–. De pronto la vio y se desmayó… Yo no puedo… no puedo volver a perderla… no…

–Quinn –susurró Hiram abrazándola, mientras Leroy llamaba a una ambulancia–. Rachel va a luchar por volver, lo sé… no las va a abandonar.

–Mami –sollozó Maia apegándose a Quinn todo lo que le era posible–. ¿Ma'? Por favor… ma'… mamá… –continuó llamando y acariciando a Rachel, intentando conseguir una reacción.

–¡Váyase! –gritó Beth a Shelby que había permanecido parada en el mismo lugar desde que Quinn le había levantado la voz–. ¡Es su culpa que mi mami esté así! –los brazos de Leroy la cobijaron. Era primera vez que la mayoría la escuchaba llamar a Rachel de esa manera con tanta emoción, pero ninguno de los presentes estaba verdaderamente sorprendido–. Es su culpa, abuelito –lloró en el pecho de Leroy–. Tenemos que ayudarla, por favor… mi mami… Rach…

Ajena a toda esa escena, una niña de una edad similar a Beth salió corriendo desde la casa hacia la que Shelby caminaba y se arrojó a sus brazos, exclamando un "mamá" que nadie pudo no escuchar. Quinn no lo podía creer. Aquella mujer que no había podido ser la mamá que Rachel necesitaba, tenía una hija; una hija que probablemente había nacido poco después de su encuentro con su novia.

El ruido de la ambulancia pareció poner a todos nuevamente en alerta. Quinn nunca estuvo tan agradecida de que sus amigas vivieran cerca de un hospital.

Rápidamente, los paramédicos comprobaron los signos vitales de Rachel y la montaron en una camilla.

–Anda tú, Quinn –dijo Hiram–. Nosotros seguiremos la ambulancia en nuestro coche.

–¿Mami? –cuestionó Maia temerosa.

Quinn sabía que sus dos pequeñas la necesitaban en ese momento y no podía dejarlas solas.

–¿Pueden ir con nosotros? –preguntó la fotógrafa al paramédico, que tras pensarlo un poco, asintió.

Tras subirse a la ambulancia, el otro paramédico les indicó que los signos de Rachel estaban estables, pero que necesitaban hacerle distintos exámenes, pues no era normal que permaneciese tanto tiempo inconsciente.

Quinn sabía aquello. Sabía también lo que sucedería cuando Rachel abriese sus ojos. Vería a Lucy, a su antigua yo, a su mejor amiga. Olvidaría a Beth, a Maia y a Quinn, su novia.

Y aquello, aquello era lo que más le atemorizaba.


La espera en el hospital fue eterna. Lo único que les informaron fue que Rachel estaba bien, que había recuperado la consciencia y que necesitaban hacerle ciertos exámenes para descartar cualquier daño neuronal, tal y como había señalado el paramédico en la ambulancia camino al hospital.

–Sé que Rachel está bien, pero ¿es mi Rachel la que se despertó? –preguntó Quinn mirando a sus amigas que no dudaron en acompañarlos hasta el hospital.

Frente a ellas, Leroy y Hiram con la preocupación evidenciada en sus rostros, intentaban distraer a Maia y Beth.

–Eso no se sabrá hasta que puedan hablar con ella –expuso Britt acariciando el brazo de su amiga–. Pero incluso si no recuerda todo, Rachel nunca se olvida de ti. Sé que no es lo ideal, pero ya la ayudaste a volver una vez, podrás hacerlo nuevamente.

–Britt tiene razón, Q –comentó Santana–. Rachel te ama y eres tan importante que nunca consigue olvidarte.

–No dudo de eso, pero volver a pasar por todo nuevamente… –resopló Quinn–. Ahora las cosas son distintas. Es mi novia, hemos formado una familia… yo no puedo volver atrás. No quiero.

–Y quizás no tengas que hacerlo. Pensemos positivamente. Rachel saldrá bien de esto –dijo Britt esperanzada.

–El amor de mi vida tiene razón –concordó Santana, recibiendo un beso de parte de su esposa–. ¿Podemos hablar de la mujer que parece que provocó todo? ¿Qué hace aquí?

Quinn dirigió su mirada hacia el lugar donde se encontraba Shelby y su hija. La rubia había querido echarla apenas la vio aparecer, pero tanto Leroy como Hiram se lo impidieron. Ellos tampoco estimaban a la mujer, pero veían la angustia en sus ojos y sabían que era sincera. Sólo por eso impidieron que Quinn se acercase para echarla.

–Es la mamá de Rach, aunque ese título le queda grande. No la conoció hasta que empezamos la secundaria. Ella se había ilusionado mucho con aquel encuentro, pero al parecer no cubrió las expectativas que Shelby. Le dijo que lo mejor era que cada una siguiese su camino. Aquel encuentro marcó a Rachel y la llevó a cambiar hasta convertirse en la Rachel que nosotras recordábamos.

–En palabras sencillas, una perra –anunció Santana mirando a la mujer con enojo.

–San… –la reprendió Britt–. Te he dicho que no hablas así. Pero estamos de acuerdo en que no es alguien de nuestro agrado.

Su charla se vio interrumpida por el ingreso del médico que había recibido a Rachel cuando llegaron al hospital.

–¿Familiares de Rachel Berry? –preguntó y todos se pusieron de pie–. Rachel fue instalada en una habitación, así que pueden pasar a verla. Los exámenes salieron bien, así que no hay nada de qué preocuparse. Puedo permitir que ingresen más de tres personas a la vez, pero no todos juntos –agregó mirando a los presentes.

–Entren ustedes –dijo Santana–. Con Britt la podemos visitar mañana aquí, en tu casa, o dónde sea que estén. Sólo queríamos asegurarnos que todo estaba bien.

–Gracias –dijeron a coro Quinn, Leroy y Hiram.

–Y cualquier cosa que necesites, sabes que puedes llamarnos, a la hora que sea –señaló Britt mirando a Quinn.

Santana y Brittany se despidieron rápido de los presentes no queriendo demorar su visita a la habitación de Rachel.

–Yo quiero esperar aquí hasta saber bien de ella –pidió Shelby dirigiéndose a Leroy y a Hiram que sólo asintieron.

–Entonces, síganme los buenos –dijo el médico provocando una risita en Beth, comenzando a caminar hacia la habitación de la morena.

Cuando llegaron, pudieron apreciar que Rachel se encontraba despierta y en perfectas condiciones.

–Lucy –dijo la morena con alegría apenas vio a Quinn cruzar la puerta.

Todo en la rubia se paralizó. Ahí estaban todos sus miedos cobrando vida.

–Rach… –fue lo único que pudo susurrar.

–¡Mami! ¡Mamá! –exclamaron Beth y Maia respectivamente corriendo hacia la cama de Rachel.

–Mis monitos –dijo Rachel con emoción.

Quinn movió la cabeza intentando organizar lo sucedido. Rachel había reconocido a las niñas.

–¿Las recuerdas?

–Claro que sí… Estoy bien, Quinn… ¿por qué pensaste que…? Oh… No debí llamarte Lucy, siento haberte confundido –expresó Rachel con algo de verborrea.

–No te preocupes. Estás aquí, estás bien –señaló la fotógrafa acercándose hasta su novia para besarla–. No me vuelvas a hacer esto, Rach.

–Concuerdo con Quinn. Por favor, estrellita, basta de sustos como estos –rogó Hiram revolviéndole el cabello a su hija, mientras que Leroy le tomaba la mano.

–Como ya se lo indiqué a Rachel, ella se encuentra en perfectas condiciones, así que podría ordenar su alta de inmediato –explicó el médico una vez que terminaron los saludos.

–Así que podemos irnos –celebró la morena.

–¿Qué es lo recomendable, doctor? –preguntó Quinn, ignorando el puchero de su novia al escuchar sus palabras.

–Lo recomendable sería que pasase al menos esta noche en observación, para asegurarnos completamente que todo marcha como corresponde –indicó el médico.

–Nos quedamos entonces –sentenció Quinn provocando un gruñido en Rachel–. Quiero asegurarme que todo está bien, Rach. Por favor…

–De acuerdo –aceptó la morena de mala gana.

–Entonces avisaré que nos acompañarás esta noche, Rachel. Si no hay cambios, mañana a primera hora te darán el alta –anunció el médico y se despidió.

Una vez que el médico se marchó. Quinn miró a sus suegros, formulándoles sin palabras una pregunta.

–Ustedes pasarán la noche junto con los abuelitos –avisó la fotógrafa a sus hijas, tras un leve asentimiento de parte de sus suegros.

Inmediatamente ambas niñas protestaron.

–No voy a cambiar de opinión. Aquí apenas hay lugar para mí.

–Además, nos divertiremos, podemos jugar a muchas cosas y comer cosas ricas –festejó Hiram y tanto Beth como Maia sonrieron.

–Ella está aquí –dijo Leroy mirando a su hija, sin querer seguir evitando aquel gran elefante rosa.

–Lo sé. La vi cuando me trajeron a la habitación. Los vi a todos en realidad. Estaba con una niña –expuso Rachel con calma.

–Su hija –anunció Hiram.

–Me alegro –señaló la morena y todos los adultos presentes la miraron sorprendidos–. Me alegra saber que no está sola. Me alegra que haya podido ser la madre de alguien. Quiero avanzar y mirar hacia el futuro, estoy harta de que el pasado dictamine mi vida. Siempre le agradeceré por haberme dado la vida, pero eso es todo. Ella no forma parte de mi familia y está bien. Soy feliz así… de verdad. Sólo espero que mi cuerpo pare de reaccionar de esa forma cada vez que alguien del pasado se presenta nuevamente en mi vida.

–¿Quieres verla, hablar con ella? –preguntó Quinn mirando a su novia fijamente.

–Sí, creo que sería bueno… pero no quiero estar sola –respondió Rachel, para luego mirar a Beth y Maia–. Quizás sea mejor que vayan a la cafetería a comprar algo rico.

–No –dijo tajantemente Beth–. Yo no me muevo de aquí –agregó sentándose en la cama donde se encontraba recostada la morena.

–Yo tampoco –manifestó Maia e imitó los movimientos de Beth.

Quinn sonrió ante la escena. La pequeña Maia idolatraba a Beth y era adorable verla imitarla. Ver, además, ese instinto de protección que ambas tenían hacia Rachel le estrujaba el corazón, de una buena manera.

–Iré a llamarla, entonces –anunció la fotógrafa al ver que nadie pensaba moverse.

La rubia salió de la habitación intentando serenarse. Comprendía a Rachel, pero al igual que le sucedía con Finn, no podía evitar sentir rabia hacia la mujer que no había sido capaz de ver lo valiosa que era su novia. La persona que la había destrozado y que, de cierta manera, había forjado su cambio.

–Rachel desea hablar con usted –dijo Quinn cuando llegó a la sala de espera.

–¿De verdad? –preguntó sorprendida Shelby.

–No bromearía con algo así –respondió seria la rubia–. Por favor, intente que sea lo más breve posible. Mis suegros y nuestras hijas deben marcharse para descansar y no lo harán hasta que su charla se termine.

Shelby sólo asintió y tomó la mano de su hija, que respondía al nombre de Emily.

Quinn rogó para que todo marchase bien.


La puerta de la habitación se abrió y por ella entró Quinn seguida de Shelby y una pequeña de la edad de Beth.

A Rachel le angustió no sentir nada, pues al fin y al cabo, Shelby era su madre. Lamentablemente, la vida le había enseñado que no basta con llevar dentro de tu vientre a un bebé por nueve meses para ser madre. Maia y Beth eran sus hijas y no compartía ni siquiera un vínculo sanguíneo con ellas. No, para ser madre necesitas más cosas. Nada de eso había tenido Shelby. Su vínculo había terminado con su nacimiento.

Algo que a Rachel le había dolido tanto en la adolescencia, ahora no le provocaba nada. Realmente lamentaba la forma en que su cuerpo y su cerebro habían reaccionado al ver a Shelby, porque podía darle una imagen equivocada a aquella mujer.

No, Shelby ya no significaba nada en su vida, nada más que pasado.

–Hola Rachel –saludó Shelby–. ¿Cómo estás?

–Hola, bien… algo cansada porque hoy ha sido un día muy largo, pero bien –respondió Rachel.

–Ella es Emily, mi hija y tu herm… –expuso Shelby, pero Rachel la interrumpió antes de que terminara aquella oración.

–Hola Emily, yo soy Rachel. Conocí a tu mamá hace unos años, cuando yo iba en la secundaria –dijo la morena, causando dolor en Shelby sin quererlo–. Ellos son mis papás Leroy y Hiram, mis hijas, Maia y Beth y mi novia, Quinn.

Todos los aludidos saludaron.

–Rachel, yo lo siento –murmuró Shelby con la voz algo quebrada.

–Está todo bien. Veo que eres feliz y que tienes una hija que adoras. Yo también lo soy, inmensamente feliz y tremendamente afortunada –señaló Rachel–. Siento que hayas tenido que presenciar mi desvanecimiento, pero son secuelas de un accidente del pasado. Estoy bien, de verdad.

–Siento no haber podido…

–Lo sé… –interrumpió nuevamente la morena a Shelby–. Yo quiero dejar de fijarme en el pasado, quiero mirar hacia el futuro y me gustaría que tú también hicieses lo mismo. Que cada una siga con su vida.

–Deseo que seas muy feliz, de verdad –confesó Shelby.

–Lo soy –afirmó la cantante mirando a su familia.

–Creo que es tiempo de marcharnos –anunció Shelby–. Emily, despídete de tu… de Rachel –se corrigió.

–Adiós –dijo la niña algo avergonzada.

–Adiós Emily, me dio gusto conocerte. Hazle caso a tu mamá –dijo la morena, para luego dirigirse a Shelby–. Adiós Shelby.

–Adiós…

Luego de la marcha de Shelby y su hija se produjo un pequeño silencio, que no tardó en romperse debido a la curiosidad de Maia.

–¿Quién era?

–Una persona de mi pasado, de cuando yo era más pequeña –respondió Rachel.

–¿Aún más pequeña que ahora? –preguntó risueña Beth, aligerando el ambiente.

–Ja, ja, ja qué divertida. Sí, más pequeña. Pero esa es una historia para otro día –señaló la morena–. Ahora es mejor que se vayan antes que se haga más tarde. No me gusta que conduzcan de noche. Además estos monitos tienen que comer o se pondrán de mal humor.

–No es cierto –dijo Beth cruzándose de brazos–. Y yo le digo monito a Beth, no puedes decirme tú monito a mí.

–Puedo decirte como quiera –respondió Rachel sacándole la lengua.

–Okay, basta –interfirió Quinn–. Voy a vivir con tres niñas pequeñas, que alguien se apiade de mí –rogó y sus suegros rieron.

Rachel también se unió a las risas.

Definitivamente, estaba feliz.


Después de que sus pequeñas se marcharan junto a los Berry, y mientras Rachel era examinada nuevamente por una enfermera, Quinn se dedicó a atender y a devolver llamadas, principalmente de sus amigos y de los de Rachel. Todos estaban ansiosos por saber sobre la morena, incluso Puck se ofreció a abandonar el entrenamiento para ir a acompañarla. La verdad era que Quinn no deseaba a nadie más allí; quería estar a solas con su novia, abrazarla y saber que todo seguía igual, que nada había cambiado.

–Todos estaban preocupados por ti y te mandaron saludos –dijo Quinn a Rachel cuando volvió a entrar en la habitación–. Britt me pidió que te comunicara que la próxima vez que te desmayes así, te sacará de la lista de posibles madrinas de su futuro hijo.

–¿Estoy en la lista, de verdad? –preguntó la morena y la fotógrafa asintió–. Entonces intentaré que no se repita –agregó feliz.

–Por favor… no sé si puedo seguir soportando esos sustos, Rach… Hoy pensé que todo volvería a ser como antes… que olvidarías todo…

–Jamás podría olvidarte, Quinn. Sabes que mi Lucy es alguien a quien jamás he podido olvidar, por muchas crisis que haya sufrido –intentó consolar la cantante a su novia, tomando su mano para acariciarla.

–Pero yo no quiero que me recuerdes como esa Lucy de diez años, Rachel. No quiero que te olvides de nosotras, de nuestra familia, de lo que hemos vivido –explicó Quinn devolviendo la caricia que la morena le brindaba.

–Y no las olvidé… –expuso Rachel–. No pienses en lo que pudo pasar y no pasó… o en lo que desconocemos si pasará. Papá dice que hacer aquello es una pérdida de tiempo y yo estoy de acuerdo –prosiguió la actriz–. Estoy aquí, junto a ti, con mis recuerdos y mi amor por ti intactos.

–Me gusta cómo suena esa última frase, aunque en mi caso sería algo así como "mis recuerdos y mi amor por ti siguen creciendo" –dijo la rubia con una sonrisa en su rostro, antes de besar a su novia.

–Sabes a lo que me refería. Mis recuerdos y mi amor también siguen creciendo –señaló la morena cruzándose de brazos y evitando que Quinn la volviese a besar.

Tras varias ocasiones en las que Rachel pudo esquivar a la rubia, la fotógrafa se cansó y agarró el rostro de su novia para besarla con pasión. Ante tal arremetida, la morena no pudo resistirse y cedió a la presión que los labios de Quinn ejercían sobre los suyos, permitiendo el ingreso de aquella lengua que ya no era tan extraña.

Quinn gimió apenas su lengua se encontró con la de Rachel y pudo sentir la sonrisa de su novia formándose en sus labios. La temperatura de la habitación comenzaba a aumentar y la rubia decidió que no quería que descendiera.

–¿Alguna vez lo has hecho en un hospital? –preguntó Quinn guiada por su excitación.

–¿Qué? ¡Claro que no! ¿Estás loca? ¡Sabes que mi primera vez fue contigo! –exclamó Rachel entre indignada y sorprendida, golpeando suavemente el pecho de su novia.

–Yo tampoco –dijo la rubia besando el cuello de la morena–. Pero siempre hay una primera vez, ¿no? Y como tú intentarás que lo de los desmayos no vuelva a pasar, esta quizás sea nuestra única oportunidad.

–¿Hablas en serio? –cuestionó asombrada la cantante.

–Por supuesto.

–Quinn no podemos. Es un hospital… Alguien puede entrar… no… no podemos

–Claro que podemos, Rach –contradijo la fotógrafa, continuando con su tarea de depositar besos por todo el cuello de su novia.

–Lucy –gimió la actriz cuando Quinn besó aquel punto sensible de su cuello, que habían descubierto hace poco.

–Sólo tenemos que ser algo silenciosas, Rach… la enfermera no vendrá hasta dentro de dos horas. Tenemos todo ese tiempo para nosotras –expuso la rubia.

–No es correcto –intentó argumentar Rachel.

–Cariño, desde el accidente que has actuado correctamente. Eso implica que toda tu época universitaria no hiciste ninguna locura… es hora de cambiar eso, ¿no crees?

Quizás fue aquella forma en que Quinn la llamó, o quizás fue el argumento utilizando por la rubia, pero algo pareció cambiar en Rachel.

–Podría intentarlo, quizás… –susurró la morena algo avergonzada. Si bien ya había dado aquel importante paso con Quinn, aún mantenía algunas reticencias al respecto, todavía no se sentía completamente a gusto hablándolo.

–No quiero presionarte, Rach –dijo la ex porrista cuando escuchó aquel tono en la voz de su novia–. Disculpa si te hice sentir como que era algo que debías hacer, no quiero que lo hagas por mí.

–No me presionas, Quinn. Jamás lo has hecho… es sólo que todo es tan reciente, que todavía siento algo de vergüenza respecto a ese aspecto de nuestra relación –explicó Rachel–. Yo no he experimentado esto con nadie. El deseo, la excitación, hasta las palabras son algo extraño para mí. Pero no me arrepiento de haber avanzado en nuestra relación. Fue una experiencia maravillosas que quiero repetir. Ahora, contigo.

–¿Estás segura? –preguntó la rubia necesitando aquella confirmación.

–Completamente segura, Lucy.

Quinn miró a Rachel antes de volver a besarla y en sus ojos encontró la misma respuesta que la morena le había brindado segundos atrás, por lo que la rubia pudo retomar su actuar y dejarse llevar por la pasión.

Pese al lugar, a la aventura que implicaba, al riesgo y a la excitación, tanto los besos como las caricias fueron extremadamente delicadas y amorosas, como si se encontraran en otra situación. Como si aquello fuese algo nuevo. Y de alguna forma lo era, porque las segundas veces pueden llegar a ser tan importantes como las primeras.

Quinn pensaba que con Rachel todas las veces serían importantes e inolvidables. Quizás en el futuro existiría menos vergüenza, más seguridad y más pasión. Quizás en algunos momentos sería sólo pasión, pero no por eso aquellas dos cualidades se perderían. Todo con Rachel era importante e inolvidable.