A/N: ¡Hola! Este es el antepenúltimo capítulo de esta historia (excluyendo el epílogo). Tengo algunas ideas para historias nuevas, pero quiero desarrollarlas bien en mi cabeza antes de prometer cualquier cosa.
Siento no haber respondido a los comentarios en el capítulo anterior, pero sepan que lo haré a la brevedad.
Como siempre, gracias a quienes siguen leyendo y comentando esta historia.
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.
XXIII. Un día como cualquier otro
Rachel se derrumbó sobre aquella cama de hospital, intentando ahogar aquel grito que se formó en su garganta tras alcanzar su segundo orgasmo. Sólo bastó que Quinn deslizase dos de sus dedos en su interior para llevarla casi a la gloria. Dos minutos después la alcanzó en su totalidad.
La morena aún no terminaba de asumir lo que habían hecho. Aquel acto tan íntimo en aquel lugar tan frecuentado. Si bien sabían que tenían tiempo antes de que la enfermera volviese a chequear los signos de Rachel, el riesgo de ser descubiertas las llenó de excitación.
Quinn abrazaba a la cantante intentando recuperar su respiración.
Rachel había estado insegura cuando comenzó a acariciarla. Todavía le costaba asumir el control y guiar su relación. Era mucho más fácil entregarse a su novia, pero ella sabía que –aunque Quinn disfrutaba–, se merecía más. Por eso, apenas logró descender del cielo al que había llegado con su primer orgasmo, decidió tomar las riendas y comenzar a brindarle placer a Quinn.
Pudo sentir la sorpresa en el cuerpo de la rubia apenas comenzó a acariciarla. Incluso una pequeña reticencia, que pronto quedó en el olvido cuando su Lucy comenzó a gemir.
Cuando Quinn alcanzó su orgasmo, ahogando el nombre de Rachel en un sentido beso, inmediatamente decidió que era el turno de su novia, nuevamente. Aquella actitud dominante de la actriz la había llevado a la máxima excitación y necesitaba de alguna manera hacer que Rachel sintiese lo mismo.
–Definitivamente voy a comenzar a ver los hospitales con otros ojos desde hoy –bromeó Quinn, depositado un beso en los cabellos de Rachel, mientras se acurrucaba aún más contra ella.
–Aun no puedo creer que lo hicimos –se sinceró la morena.
–¿Te arrepientes? –preguntó con algo de temor la fotógrafa.
–Claro que no. Fue increíble –respondió Rachel logrando alejar cualquier duda de la cabeza de su novia, la que inmediatamente sonrió.
–De verdad lo fue.
Rachel no dijo nada ante aquella afirmación, pues no había nada que decir. Prefirió simplemente disfrutar del contacto entre sus cuerpos, del calor que emanaba de ellos y del aroma propio de Quinn.
Cuando la enfermera entró a chequear a Rachel, ambas mujeres ya se encontraban vestidas y aparentado que nada había sucedido. Quinn le preguntó a la especialista de la salud a qué hora le darían el alta a su novia, pues sus signos seguían normales y nada indicaba la necesidad de continuar en observación. La enfermera respondió que a primera hora, el médico de turno la revisaría y podría otorgarle el alta.
Con esa información en mente, Rachel le comentó a Quinn que podrían ir a la casa de sus padres en busca de las niñas, para comenzar su día juntas. Obviamente, la fotógrafa accedió de inmediato. Además de sus momentos a solas con Rachel, los momentos como familia eran los que más atesoraba.
La morena no supo en qué momento se quedaron dormidas, pero de pronto estaba abrazada a Quinn dedicándose pequeñas declaraciones de amor y luego un médico ingresaba a la habitación, disculpándose por despertarlas.
–Me informaron que querían que le diera el alta a la señorita Berry lo antes posible, no era mi intención despertarlas –dijo el médico evidentemente avergonzado.
–No es problema. De verdad queremos esa orden de alta –señaló Rachel desperezándose.
–Y siempre es bueno comenzar un día temprano –agregó Quinn sin poder evitar dejar un beso en la mejilla de su novia.
–Siendo así las cosas, les alegrará saber que viendo sus recientes chequeos, sólo necesito comprobar los signos de Rachel una vez más para firmar esa alta –informó el médico.
Quinn inmediatamente se levantó, para dejar al especialista actuar, mientras ella aprovechaba de buscar en su bolso su cepillo de dientes –el que siempre llevaba con ella–, para luego entrar al baño a asearse un poco.
Por su lado, el médico le comunicó a Rachel que todo estaba bien y que dejaría el alta firmada, para que la enfermera pudiese entregarle las cosas personales que custodiaban, así ella podía marcharse.
–Asumo que todo está bien –dijo Quinn apenas salió del baño, al encontrarse a su novia sentada sobre la cama con una sonrisa.
–Todo perfecto. El alta ya está firmada o lo estará en unos minutos –expuso la morena–. Luego vendrá una enfermera con mis cosas... mis anillos y mi collar –explicó Rachel ante la mirada algo confusa de su novia–. Así que aprovecharé de asearme mientras la esperamos, de esa manera estaremos listas para marcharnos.
–Me parece una fantástica idea –concordó Quinn sonriendo.
Una vez en el baño, Rachel se miró en el espejo y le sonrió al reflejo de sí misma. Ella aunque no se lo hubiese dicho a nadie, también estaba agradecida de haber despertado bien, con todos sus recuerdos en orden. No quería perder ningún momento de su nueva vida, de su vida rodeada de la gente que amaba; de su vida junto a su nueva familia.
Esa nueva felicidad alcanzada, sus nuevos amores, le habían permitido cerrar aquel ciclo con Shelby. Todo el rencor, la tristeza y los anhelos habían quedado atrás. Ella no necesitaba a Shelby, nunca la necesitó. Ella sólo quiso lo que el resto tenía, sin entender que aquella normalidad que tanto anhelaba con las figuras de un papá y una mamá, eran sólo un tipo de familia y no necesariamente el ideal. Ella tenía dos padres maravillosos que lo habían dado todo por ella y por eso debía estar agradecida. Quizás aquel conocimiento llegaba tarde, pero al menos ahora lo podía comprender con facilidad y enfrentar la vida de una forma distinta.
El sonido de la televisión encendiéndose hizo que Rachel se percatase de que, quizás, llevaba más tiempo del que creía dentro del baño, pues su novia comenzaba a aburrirse. Por ello, se apresuró en concluir su aseo, para volver a reunirse con Quinn y por fin comenzar juntas su nueva vida.
La vida que siempre había soñado.
–¡Mamá! ¡Mami! –gritó Beth corriendo hacia ellas apenas Rachel abrió la puerta de la casa de sus padres.
–¡Mamá! ¡Mami! –exclamó Maia en un tono similar al de su hermana e imitando sus pasos.
Quinn sonrió y esperó a ser básicamente tacleada por un par de brazos pertenecientes a Maia, mientras que su novia recibía el mismo trato de parte de Beth.
–Es muy divertido que para Beth mi estrellita sea mami, mientras que tú eres mamá, Quinn; y que para Maia sea todo al revés –bromeó Hiram acercándose a ellas para saludarlas.
Si bien de la forma en que su suegro lo había expuesto sonaba algo enredado, Quinn entendió perfectamente a lo que se refería y sonrió.
–Creo que vamos a tener que llegar a algún conceso respecto a quién es mami y quién es mamá, porque, sino, no nos vamos a entender bien –respondió la rubia tomando en brazos a Maia–. ¿Y Leroy?
–En la oficina –dijo Hiram–. Pasen al comedor para que desayunen algo.
–Antes que te pongas en plan anfitrión, deja saludarte papá –señaló Rachel, tras abrazar a Maia y dejarle un pequeño beso sobre sus cabellos.
–Lo siento, hija. Ahora que estás pequeñas están en mi vida, ya nadie más me importa –bromeó el hombre, provocando risas en las aludidas, mientras que Rachel se cruzó de brazos enojada–. Era una broma, estrellita. Sabes que tú eres la reina de nuestros corazones, eso nunca va a cambiar. Sólo que me preocupaba que no hubiesen comido y las quiero a todas lejos de un hospital.
–Está bien, te perdono si me preparas tu famosas tortitas –sostuvo Rachel dejando atrás su reciente malestar.
–Eres una pequeña manipuladora –susurró Quinn en el oído de Rachel, logrando sacarle una sonrisa a su novia.
Mientras Hiram estaba en la cocina preparando las tortitas que tanto anhelaba Rachel, Maia y Beth hicieron que sus madres se sentaran para relatarles todo lo que habían hecho la noche anterior junto a sus abuelos.
Quinn sabía que quizás exageraba, pero le parecía que Maia había mejorado muchísimo en su forma de hablar y de relacionarse. Quizás, como Rachel decía, todo lo que necesitaba era amor.
–Mami, yo ahora voy al colegio con Beth –dijo Maia mirando ansiosamente a Quinn.
–Eso se suponía que era algo que debíamos decirte nosotras, monito –expresó la rubia mirando de reojo a su hija mayor que se refugiaba en Rachel.
–Beth no dijo. Yo lo adiviné –mintió la pequeña de ojos azules claros.
–Ese dúo nos hará sufrir, Rach… Ya lo estoy viendo –bromeó la fotógrafa haciendo que su novia riese.
–No, mami. Yo lo prometo, no sufrir. No más –aseguró Maia abrazando con fuerza a Quinn, quien se derritió con aquellas palabras.
Rachel no pudo contenerse y junto a Beth, se sumaron al abrazo. A veces las palabras entre ellas sobraban, pues el lazo que las unía era mayor.
–Ya están listas las tortitas –anunció Hiram e inmediatamente todas se levantaron en dirección al comedor.
Una vez allí un silencio se produjo debido a que todas estaban comiendo con energía. Evidentemente, aquellas tortitas eran una maravilla.
Cuando ya había comido bastante, Rachel le comentó a su papá lo que el médico le había dicho y algunas de las indicaciones que había recibido. Hiram a su vez le comunicó que Leroy había prometido pasar al hogar a recoger el resto de las cosas de Maia, y que se las llevaría a su departamento.
La menor de los presentes sonrió encantada al oír aquello, al parecer no tenía ninguna intención de regresar al lugar donde había vivido durante la mayoría de su corta vida.
Hiram comenzó a limpiar tan pronto terminaron de comer, limpieza a la que rápidamente se sumó Quinn. La rubia disfrutaba de aquellos momentos domésticos. Junto a sus suegros, en aquella casa que tenía ese calor tan familiar, podía apreciar aquellas instancias que había perdido con sus padres. Tras su embarazo nunca volvió a conectar con ellos. Si bien tenía comunicación gracias al amor que sus progenitores le tenían a Beth, algo se había roto años atrás y nunca pudo repararse. Rachel no sólo le había devuelto la esperanza, le había brindado un amor que no creía posible y le había permitido enamorarse y soñar, sino que también le había brindado un hogar, dos padres amorosos, una hermosa familia.
No tardaron mucho en terminar de limpiar, mientras Rachel y las niñas repasaban su guion. Una vez que todos terminaron lo que hacían, Quinn propuso que se marcharan a su hogar, pues aun debían acomodar algunas cosas en la que sería la habitación de Maia. Apenas escucharon esa sugerencia tanto Beth como Maia brincaron de alegría y comenzaron a despedirse de su abuelo. Hiram les hizo prometer que lo visitarían pronto o él se vería obligado a ir a buscarlas.
Tanto Quinn como Rachel sabían que Leroy y Hiram se convertirían en visitantes asiduos de su hogar.
El viaje hacia el departamento estuvo lleno de música y risas, situación que continuó de manera similar una vez que se adentraron en su hogar y comenzaron a mover las cosas de un lado a otro.
Maia sonreía a más no poder, ubicando sus pocas cosas de forma ordenada en la mesita de noche que estaba al lado de la que ahora era su cama, en la que ahora era su habitación.
Quinn había ampliado algunas fotos y las había colocado encuadradas en una de las paredes de la habitación de la más pequeña. Las otras tres estaban vacías esperando por la decoración de la que ahora era su dueña. Maia la abrazó con fuerza cuando se percató de las imágenes. La pequeña parecía apreciar cada uno de los detalles y gestos que tenían con ella.
–Me sorprende ese vínculo que han formado –comentó Rachel una vez que terminaron, observando a Maia y a Beth que estaban recostadas en el sofá mirando una película en la computadora de Quinn.
–A mí también, pero me encanta. Hasta antes de volver a encontrarte, estaba haciéndome la idea de que Beth sería hija única –confesó Quinn abrazando a su novia.
–Y ahora tienes otra hija… y quizás vengan más en el futuro.
–¿Quién sabe? –cuestionó la rubia–. Ahora dejaré que la vida me sorprenda. Creo que hasta ahora me ha ido bien…
Rachel sonrió y se paró en puntitas para besarla. La fotógrafa inmediatamente respondió aquel contacto. Quinn podía besar aquellos labios toda su vida y eso era lo que pretendía hacer.
–¡Paren de besarse! –gritó Beth logrando que amabas mujeres se separaran–. ¡Tenemos hambre!
–¡Hambreeee! –exclamó Maia remarcando y extendiendo la última letra de aquella palabra.
–Ahora se interesan en nosotras, sólo cuando nos necesitan –dijo Quinn cruzándose de brazos.
–Eso no es verdad –respondió Beth igualando la postura de su madre.
–No es verdad –repitió Maia imitando corporalmente a ambas rubias.
–Son tan adorables –comentó Rachel sin poder evitarlo y las tres presentes restantes la miraron arqueando una ceja, bueno, Maia al menos lo intentó.
–Arruinaste nuestra batalla, Rach –se quejó la rubia fotógrafa sin poder contener su sonrisa, rompiendo la fachada que intentaba mantener.
–Sí, mami –concordó Maia.
–¿Así que ahora Rach es mami? –preguntó Quinn.
–Sí, tú eres mamá y mami es mami –respondió Beth con seguridad–. Lo decidimos mientras veíamos la película.
–Al menos ahora no nos confundiremos cuando nos llamen –mencionó Rachel acariciando el cabello rubio de Beth, mientras Quinn hacía algo similar con Maia.
–¿Y la comida? –cuestionó Maia sacando una carcajada de sus dos madres.
Ante tanta insistencia de las niñas, Quinn se rindió y aceptó que era hora de comenzar a preparar la cena. Preparación a la que se unieron su novia y sus hijas.
La cena tardó en cocinarse más de lo normal, porque la cocina se convirtió en un campo de batalla y en el lugar más divertido del mundo: una uva voló desde un extremo a otro desatando el caos, que terminó con las cuatro sucias y riendo a carcajadas.
Quinn sabía que no todos los días serían iguales, que se vendrían peleas y enojos, pero también estaba segura que aquellas tres personas que sonreían a su lado eran lo mejor de su vida y que incluso las peleas y enojos valían la pena.
Maia sabía que aquello era de verdad, pero aún se sentía como un sueño. Por eso cuando se despertó en mitad de la noche, salió de su habitación en busca de alguna señal que le dijese que estaba equivocada. Pero no la encontró. Aquel era su hogar. Su nuevo hogar junto a su familia.
Quiso ir a dormir junto a sus mamás, porque no quería volver a despertarse sola en aquella habitación, pensando que todo era un sueño. Pero cuando abrió la puerta de su habitación, las vio durmiendo abrazadas y se detuvo. No quería interrumpirlas.
Como nunca antes en su vida, ahora no sólo tenía dos mamás a quienes recurrir, sino que también tenía una hermana. La mejor hermana mayor del mundo.
Despacio y lo más silenciosamente posible abrió la puerta de la habitación de Beth y se adentró en la oscuridad que la recibía.
Su hermana dormía plácidamente e inclusive se veía algo menor de lo que aparentaba despierta. Dudó antes de acercarse. Pensó en no despertarla, pues de verdad no quería molestarla, pero no pudo contenerse. Su nueva habitación aún se sentía extraña.
–Beth... –susurró Maia mientras con sus manos movía el cuerpo de la rubia mayor, sin ningún resultado–. Beth –repitió más alto consiguiendo su objetivo.
La niña de ojos avellana frunció el ceño antes de mover sus párpados y mirar con extrañeza al pequeño cuerpo que se distinguía en medio de las sombras.
–¿Maia? – preguntó la hermana mayor aún algo adormilada y confusa.
–¿Estás durmiendo? –contra preguntó la más pequeña.
Beth quiso rodar los ojos ante aquella pregunta. Pero el tono en la voz de Maia lo evitó.
–Sí, monito, estoy despierta -respondió finalmente Beth.
–Eh… yo… no puedo… dormir… no quiero –balbuceó Maia con ojos cristalinos y agachando su rostro para ocultarlo.
–¿Quieres que despierte a mami o a mamá? –interrogó la rubia mayor sin comprender demasiado lo que sucedía.
–No –la negación fue clara y rotunda por parte de la menor.
–¿Quieres dormir aquí? –intentó otra alternativa Beth.
–¿Puedo?
–Claro que sí, monito. Ven, sube y acuéstate –indicó Beth y Maia la obedeció de inmediato.
Ambas rubias se acomodaron y acurrucaron en aquella cama que no estaba diseñada para dos ocupantes, pero que, dado sus pequeños tamaños, las acogía muy bien.
No bastó mucho tiempo para que ambas respiraciones se escucharan acompasadas; el sueño las había vencido y la seguridad de estar una al lado de la otra, las ayudaba a dormir plácidamente.
Rachel se despertó abrazada a su novia, habiendo tenido uno de los mejores sueños en el último tiempo. Quinn parecía no tener ganas de dejar los brazos de Morfeo, por lo que la morena disfrutó del contacto y del aroma de su novia durante minutos. Sólo sus necesidades fisiológicas lograron que se separara de la rubia.
Aprovechando que estaba en el baño, Rachel decidió asearse, para luego ir a preparar el desayuno y así sorprender a su Lucy.
Antes de llegar a la cocina, pasó por la habitación de Beth para comprobar si aun dormía. Luego pretendía hacer lo mismo con Maia. La sorpresa con la que se encontró hizo que una sonrisa se instalara en su rostro y un calor en su corazón.
Maia y Beth dormía acurrucadas como si de dos angelitos se tratase.
Intentando hacer el menor ruido posible, Rachel cerró la puerta y se encaminó a la cocina.
La morena comenzó a abrir y cerrar gavetas de la cocina en busca de implementos y comida. Después, pasó al menos dos minutos frente al refrigerador decidiendo qué preparar. Finalmente se decidió por fruta y tostadas francesas.
Primero trozó la fruta y la mezcló. Luego, comenzó la preparación de las tostadas. Si bien no era una experta con aquella receta, Rachel creía que le salía bastante bien.
Cuando estaba poniendo a freír la cuarta tostada, dos brazos la rodearon con cuidado y un par de labios se plantaron en su cuello.
–Esto huele muy bien –señaló Quinn, sin separarse de su novia.
–Y su sabor será aún mejor –indicó Rachel.
–Estoy segura que así será –comentó la rubia ayudando a la morena con la comida.
Unas tostadas más tarde, el desayuno ya estaba listo, por lo que Quinn decidió ir a despertar a sus hijas mientras Rachel terminaba de poner la mesa.
Con sus rostros evidenciando el sueño que aun sentían, pero llenas de energía aparecieron Beth y Maia. Tras saludar a Rachel, se sentaron en la mesa listas para desayunar.
–¡Esto está delicioso, Rach! –exclamó Quinn tras probar su primer bocado.
–Te lo dije –expuso Rachel con orgullo.
–Ico –murmuró Maia con la boca llena de comida.
–Maia termina de comer antes de hablar –pidió la morena.
–Rico, mami –reiteró la pequeña luego de seguir las instrucciones de su madre.
–Gracias –dijo sonriendo Rachel.
–Está delicioso, deberías prepararlas siempre –sugirió Beth emocionada.
–Siempre me parece algo exagerado, pero intentaré cocinarlas seguido –señaló Rachel, guiñándole un ojo a su hija mayor, quien pareció conformarse con aquello.
–Pasando a otro tema –comenzó a hablar Quinn–. Hoy debemos ir a comprar cosas para la habitación de Maia y a que conozca su nuevo colegio.
–Y necesitamos que se comporten mientras estamos en el colegio. Nada de gritos o de andar corriendo por todos lados –advirtió Rachel.
–Nos portaremos bien. Ya quiero que Maia ingrese –se emocionó Beth.
–¿Y si no les gusto? –preguntó tímidamente la menor.
–¿Cómo podrías no gustarles, monito? –contra preguntó Quinn–. Aunque aquello me parece imposible, si llegase a pasar, siempre nos tendrás a nosotras y encontraremos una solución.
Maia sonrió y se consoló con aquella respuesta.
Rachel sabía que el proceso para la pequeña sería difícil. Estaba atrasada y tenía problemas de lenguaje, pero al igual que Quinn confiaba en que todo saldría bien.
Beth abrazó a Maia y Rachel suspiró relajada. Pasase lo que pasase, al final del día, sus hijas siempre se tendrían a una a la otra para apoyarse. Al igual que ella y Quinn.
