A/N: ¡Hola! No tengo excusa para mi atraso más que el clásico bloqueo. No es que no haya escrito, es que simplemente nunca quedaba como quería. Así que lo escribí y reescribí unas tres veces, hasta que decidí dejar estar un tiempo la historia para probar una vez más. El resultado es lo que se plasma en lo que sigue más abajo.
El capítulo que sigue (25) es el final, pero debo advertirles que me demoraré al menos dos semanas en subirlo. La razón, mi trabajo. Debo preparar un proyecto importante que me tendrá ocupada durante ese tiempo.
Siento que estos capítulos finales se hayan dilatado tanto, pero lamentablemente no puedo hacer nada al respecto.
Como siempre, gracias a quienes siguen leyendo y comentando esta historia.
Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.
XXIV. Nuevos retos
–¡No, por favor! –exclamó Maia sollozando–. ¡Mami, por favor! –imploró a Rachel.
El corazón de la morena se estrujó al escuchar la súplica de su hija y al apreciar las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Miró a su novia en búsqueda de ayuda, pidiéndole ceder. La fotógrafa simplemente negó.
–Ya lo hablamos, monito. Es tiempo de empezar las clases –expresó Quinn.
Pese a la excitación inicial de Maia, la pequeña hace unos días había comenzado a pedir no ir al colegio. Si bien, se había esforzado en los reforzamientos con los profesores particulares y la fonoaudióloga, todos habían concluido lo mismo, estaba retrasada y aquello se iba a notar. Lamentablemente, Maia había escuchado una de esas conclusiones y, tras ello, comenzó su negativa.
–Maia… –murmuró Rachel–. Sabemos que te da miedo, pero tenemos que enfrentar nuestros miedos. ¿Recuerdas que te conté que me asustaba trabajar con más personas, pero que tenía que hacerlo? –la pequeña asintió–. Y ahora estoy feliz y a punto de estrenar la obra. Quizás sea difícil al principio, pero luego ya verás cómo todo cambia. Además, siempre nos tendrás a nosotras. Beth te prometió que buscaría cada instancia para estar a tu lado.
–Pero no sirvo… yo no sé cosas… –se quejó la pequeña–. Se van a burlar…
–Si lo hacen, tú debes acercarte a tu profesor y reportarlo. Apenas llegues a la casa, debes comentarlo con nosotras. Si tu profesor no hace nada, nosotras lo haremos, monito. Te vamos a proteger –señaló Quinn.
–Para eso estamos las mamás –complementó Rachel con una sonrisa.
La pequeña asintió, pero sin demostrar convencimiento.
Para Rachel enfrentarse a aquella situación era como mirarse en un espejo. Ella entendía lo que Maia sentía, aquella angustia que provocaba saberte diferente. Rachel nunca había compredido cómo encajar en un mundo de adultos cuando tu mente te decía que eras una menor. Todo había sido increíblemente adverso para ella hasta que conoció a Kurt y a Tina, y ambos la acogieron, aceptándola con todas sus limitaciones y diferencias. Sin exigirle nada más de lo que ella se atrevía a dar o hacer. La morena rogaba para que Maia encontrase sus propios Kurt y Tina en el colegio.
–Sé que te estás cuestionando esto, Rach… pero no podemos tenerla en una burbuja. Eso sólo la retrasaría más –indicó Quinn aprovechando que Maia se había ido a cambiar.
–No pretendo hacer eso, Lucy. Simplemente entiendo lo que está sintiendo. Quizás no fue lo mismo, porque yo era mayor, pero mi primer día en TISCH fue aterrador. Soy la prueba de que nuestra decisión es la correcta, pero eso no impide que recuerde el miedo… no quiero que lo sienta, quiero protegerla de eso… Sé que no es posible, pero no me impide desearlo.
–Yo también quiero protegerla de sus miedos, ¿crees que no me aterra saber que hoy lo puede pasar fatal? ¿Que nos pueden llamar en cualquier momento diciendo que alguien la está molestando? Sé que son niños, pero temo mi reacción. Si alguien llega a molestarla…
–No te preocupes, yo me encargaré de que tenga su merecido, mamá –dijo Beth saliendo de su habitación.
–No necesitamos matones –clarificó Rachel–. De verdad debemos alejarla de Noah y San –agregó la cantante dirigiéndose a su novia.
–Te lo dije –respondió la rubia–. Y Rach tiene razón, no necesitamos violencia. Si algo llega a pasar con Maia nos encargaremos nosotras. Tú, como su hermana mayor, preocúpate de acompañarla si la ves sola. De brindarle cariño, nada más. No te debes pelear con nadie, Beth.
–¡No me quedaré de brazos cruzados si alguien le hace algo! –exclamó la niña.
–Claro que no debes quedarte de brazos cruzados, debes abrazarla, contenerla. ¿Qué crees que va a necesitar Maia: una pelea en su honor o la contención de su hermana? –expuso la morena.
–Ella te ve como una superheroína, pero no por eso debes pelearte con el mundo. Con estar a su lado basta –señaló Quinn.
Justo en ese momento, Maia salió de su habitación completamente vestida, cargando en su hombro derecho su nueva mochila.
–¿Estás lista? –preguntó Rachel y la pequeña asintió.
–Creo que es tiempo de partir entonces –indicó Quinn, yendo en busca de su bolso y las llaves de su coche.
El viaje rumbo al colegio estuvo lleno de música, pero cargado de un silencio de las cuatro pasajeras del vehículo (incluida Quinn, que conducía). Como primer día de clases, el colegio y sus alrededores estaba rodeado de coches, por lo que tardaron un poco en encontrar estacionamiento.
Caminaron hacia la entrada cruzándose con cientos de padres emocionados, experimentando aquella separación temporal que implicaba el comenzar las clases.
Todas podían sentir la reticencia de Maia, que arrastraba los pies y cuyo cuerpo parecía indicar que se acercaba a una condena mortal y no a un establecimiento educacional.
–Vas a pasarlo bien, ya verás cómo vas a hacer muchos amigos hoy –animó Rachel a la pequeña cuando fue el momento de las despedidas.
–Ya sabes, cualquier cosa se lo comentas a tu profesor, a Beth y a nosotras –recordó Quinn, depositando un beso en los cabellos rubios de su hija, mientras que Maia asentía–. Por favor, Beth, compórtate como siempre y mantente alejada de los problemas –la aludida le guiñó un ojo a su madre.
–Disfruten y aprendan mucho –exclamó Rachel mientras sus dos rubias se alejaban lentamente.
La morena rápidamente tomó la mano de su novia en busca de contención. Grande fue su asombro cuando el andar de sus hijas se incrementó y ambas corrieron hacia la entrada del colegio entre risas.
–Niños… –murmuró Rachel sonriendo, cuando escuchó un sollozo a su lado–. ¿Lucy?
–Ni siquiera pasaron dos segundos, Rach, y se alejaron corriendo. Todo pasa tan rápido y dejan de necesitarnos. Maia debía llorar y clamar por nosotras –dijo la rubia entre lágrimas.
–Quinn… –se quejó la cantante intentando contener una pequeña risa–. ¿De verdad querías que Maia llorara?
–Al menos así habría sabido que mi pequeña aún me necesita. Terminará siendo tan independiente como Beth, Rach… –señaló Quinn.
–Y eso es algo bueno. Siempre serán nuestras pequeñas y siempre nos van a necesitar… vas a ver cómo hoy Maia nos aburrirá contándonos todo lo que hizo hoy… –apostó la morena–. No puedo creer que quisieras que Maia llorase… ¡eres lo peor, Lucy!
–No buscaba que sufriese, pero unas lágrimas y un "¡mamá!" hubiesen bastado –dijo la fotógrafa comenzando su retorno hacia el vehículo.
Rachel sólo se limitó a negar y caminar junto a su novia. A veces, ella no era la infantil de la relación, su Lucy también podía serlo.
Y aquello le encantaba no podía negarlo.
Quinn no podía creer lo que veía.
Fue tanto su asombro que en un momento estuvo a punto de cerrar y volver a abrir la puerta de su hogar.
–¿Qué hacen aquí? –preguntó la rubia sin poder entender lo que sucedía.
–Rachel… ella nos invitó a cenar… –respondió su madre insegura.
–¿Rachel? –cuestionó Quinn sin terminar de creer aquella respuesta.
–Sí, Rachel… tu… novia –aseguró su padre evidentemente incómodo con aquel título.
La rubia se giró y le dio la espalda a los recién llegados.
–¡Rachel! –gritó Quinn sin preocuparse de que sus padres se encontrasen aún bajo el marco de la puerta de entrada.
La aludida apareció segundos después corriendo. Al ver a los padres de su novia en la puerta de entrada rápidamente se acercó, ignorando la mirada de odio que le lanzaba Quinn.
–Señores Fabray, qué gusto conocerlos. Por favor, pasen –dijo Rachel haciendo gala de sus mejores modales–. Permítanme sus abrigos.
Tanto Judy como Russel Fabray se deshicieron de sus abrigos y se los entregaron a la morena, todavía evidentemente incomodados.
–¿Me puedes explicar qué significa todo esto, Rach? ¿Qué hacen ellos aquí? –preguntó Quinn molesta.
–Sé que es una sorpresa para ti, pero creí que ya era tiempo de conocer a tus padres. Tú conoces a mi familia y ya eres parte de ella… así que la semana pasada con ayuda de Beth, telefoneé a tu madre para invitarlos a cenar hoy. Ellos muy cordialmente, aceptaron mi invitación.
–Sabes que no es lo mismo, Rach –se quejó la fotógrafa y miró a sus padres–. Ellos evidentemente vinieron porque son incapaces de rechazar una invitación, no porque quieran estar aquí.
–No digas eso, Quinn –contradijo Judy Fabray–. Quizás nuestra relación no sea la mejor, pero eso no implica que no queramos mejorarla. Y si tu novia está dispuesta a abrirnos las puertas de tu hogar, obviamente vamos a aceptar.
–¿Ves? –le recalcó Rachel a Quinn–. Éste puede ser un nuevo comienzo.
Quinn bufó, mientras Russel asentía no muy seguro.
–¡Mamáaaaaaaa! –exclamó Maia abrazándose a Quinn–. Beth quiere quitarme mi chocolate.
–No es cierto, mamá. Yo sólo le ofrecí intercambiar un poco –dijo la versión en miniatura de la fotógrafa–. ¡Abuelos! –gritó sorprendida al verlos.
–¿Nos podrías explicar quién es esta pequeña? –preguntó Russel Fabray a Quinn, tras saludar a su nieta.
–Esta pequeña es nuestra hija menor, Maia –señaló la rubia apretando a la pequeña contra ella.
Sus padres estaban equivocados si creían que podrían cuestionarla en su propio hogar o hacer sentir menos a su hija, pensó Quinn.
–Nunca nos comentaste nada respecto… –señaló Judy intentando mantener la compostura.
–Pensé que se habían enterado por TV. Salió en varios noticieros gracias a Puck y a la discriminación hacia Rachel –se justificó la rubia.
–¿Puckerman también forma parte de esto? –preguntó Russel impresionado.
–¿A qué te refieres con esto, papá? ¿A la adopción? ¿A nuestra familia? ¿A qué? Claramente no es parte de la adopción, pero es mi amigo, nuestro amigo y es el papá de Beth, así que sí, es parte de nuestra familia (en cierto modo). Estaba allí apoyándonos, como también estaban el resto de las personas que nos quieren…
–Nosotros también podríamos haber estado, de haber sabido –murmuró Judy.
–¿Así como estuvieron antes? –preguntó retóricamente la fotógrafa.
–Mamá… –susurró Beth pidiendo en silencio por una tregua.
–No te metas, Beth –exigió Quinn.
–Lucy, basta –pidió Rachel para luego mirar a sus suegros–. ¿Podrían esperarnos y cuidar a las niñas mientras nosotras hablamos un momento?
–Rach… –se quejó la rubia.
–Vamos, Lucy –sentenció la morena.
Sin esperar respuesta de nadie, Rachel tomó la mano de Quinn y la arrastró hacia su habitación. Una vez adentro, cerró la puerta y se sentó sobre la cama cruzándose de brazos.
–No voy a disculparme, si eso es lo que esperas –expuso Quinn.
–No espero eso, al menos no conmigo. A mí no me trataste mal. Son tus padres, Quinn. Vinieron hasta aquí para compartir con nosotras y ni siquiera les das una oportunidad. Desde que llegaron estás en pie de guerra.
–Los conozco, Rach. Crecí con ellos… Sé que tenías buenas intenciones, pero no debiste invitarlos. La relación que mantengo con ellos se resume en el amor que le tienen a Beth. Jamás me han perdonado lo que sucedió y menos que sea lesbiana, soy lo peor que pudo pasarles –explicó Quinn con tristeza.
–Lucy… –susurró Rachel abrazando a su novia.
–No quiero exponer a Maia o a ti a esas miradas y esos reproches. Conmigo basta.
–Yo creo que tus papás están sorprendidos, pero que poco a poco aceptarán a Maia. Lucy, si ellos no estuviesen dispuestos a aceptar nuestra relación, ¿por qué tomarse el tiempo de venir a cenar? –cuestionó la cantante y actriz.
–Para recordarme todas mis fallas, para dedicarme una de esas miradas, para hacerte sentir mal… No sé, Rach… ni siquiera me pregunto eso. Sé que tu creciste en un hogar lleno de tolerancia y que eso esperas de los demás. Amo tu inocencia y no quiero que la pierdas, pero mis padres no son ese tipo de personas –enfatizó Quinn con amargura.
–¡No me trates como si fuese una tonta, Lucy!
–No te trato como una tonta, no pienses eso, Rach. Sólo que hay muchas cosas que tú no has vivido y que por eso no entiendes. Pasaste muchos años pensando que tenías otra edad, que eras una niña. Eso te blindó del mundo, hay muchas cosas que desconoces y me alegra que así sea. No quiero que sufras las cosas que yo he sufrido, por eso no quiero a mis padres aquí.
–¿Sabes lo que yo creo? –preguntó Rachel–. Que tú no te has perdonado lo que sucedió y proyectas eso en tus padres –Quinn intentó interrumpir–. Yo sé que amas a Beth, que jamás la verías como un error, pero sí te culpas por no cumplir los cánones que tus padres querían para ti. Tú sigues pensando en aquella decepción de tus padres y como no te perdonas, no crees que ellos puedan hacerlo. Ves tu orientación sexual como otra falla y crees que ellos también lo ven así.
–No lo creo, Rach. ¡Lo sé!
–Lo primero que me dijo tu mamá antes de aceptar venir fue una pregunta. Ella me preguntó si eras feliz. Tu mamá, la que te cuestiona, la que no te perdona, la que no ve más allá de tus errores, lo primero que quiso saber fue respecto de tu felicidad –sentenció Rachel.
–¿Eso es verdad? –la voz de la rubia se quebró y la morena se limitó a asentir–. ¿Tú crees que debería darle una oportunidad?
–Yo creo que deben hablar y sincerarse. No puedo prometerte nada, pero al menos te quedarás sin esa carga –aseguró Rachel.
Quinn soltó unas lágrimas, que fueron atrapadas rápidamente por la mano de Rachel. Se quedaron en silencio abrazadas hasta que la rubia logró serenarse y estuvo lista para volver a enfrentar a sus padres.
Al entrar al salón, la sorpresa de la fotógrafa fue inmensa. Sus hijas, ambas, jugaban con sus abuelos, sus padres. Russel y Judy habían dejado atrás sus rectas posturas y reían por algo que Maia había mencionado. Si Quinn no lo hubiese visto con sus propios ojos, jamás lo hubiese creído.
–¡Mamá! –gritó Maia al ver a la rubia aparecer y corrió hasta ella.
–¡Monito! ¿Lo estás pasando bien? –preguntó Quinn.
–¡Sí! El abuelito es muy divertido y la abuelita dijo que me preparará tortitas –festejó la niña.
–Tus favoritas –comentó Rachel–. ¿Por qué no vas a lavarte las manos para que podamos cenar?
Maia rápidamente se dirigió hacia el baño, acatando las instrucciones de su madre.
–Disculpen por la tardanza –se excusó Rachel ante sus suegros–. Lamento que hayan tenido que soportar a estos dos monstruos –añadió en tono de broma.
–¡Mami! –se quejó Beth de inmediato–. Sabes que no somos monstruos, incluso la monito se comportó bien. Yo siempre lo hago, así que eso no es una sorpresa.
–Claro, claro… tu hermana te imita todo el tiempo, así que si se porta mal ya sabemos a quién culpar –bromeó Rachel guiñándole un ojo a Beth–. Anda a lavarte las manos y así puedes asegurarte que tu seguidora no provoque ningún destrozo.
–Si quieren hablar cosas de adultos, sólo tienes que pedirlo, mami –indicó Beth alzando su ceja derecha en perfecta imitación al gesto característico de su madre.
Entre las risas de los adultos, Beth se alejó en busca de su hermana.
Una vez que quedaron solos, Quinn decidió hablar.
–Yo… siento como reaccioné hace unos minutos. Estuvo fuera de lugar –dijo la rubia algo incómoda–. Nuestra relación no ha sido la mejor y sé que eso es en parte mi culpa, pero no debí ponerme tan a la defensiva.
–Sé que jamás nos ganaremos el premio a padres del año, pero jamás le haríamos daño a una niña, Quinn –señaló Russel y su hija inmediatamente intentó negarlo–. Lo vi en tus ojos, hija. Ese fiero instinto maternal se plasmó en tu mirada apenas Maia entró en la habitación. Era obvia la opinión que tenías de nosotros.
–Quizás nunca nos perdonarás lo que pasó cuando nos enteremos de tu embarazo. Eso es algo que siempre pesará en nuestras consciencias, pero creía que te habíamos demostrado que aquello había quedado atrás. Pensé que habías notado nuestro cambio… –expuso Judy con lamento.
–Lo veo, sé que aman a Beth, veo como la tratan, la adoración con la que la miran –explicó Quinn, tomando la mano de Rachel–. Pero también sé que no aprueban muchas cosas y hay muchas cosas que yo no he podido sanar, dejar atrás. Cosas que debí hablar con ustedes, pero que era más fácil ocultar. Ahora estoy dispuesta a hablarlas. No ahora, ahora, claro está, sino en otra ocasión que podamos coordinar.
–Tú nos dices cuándo y nosotros estaremos, Quinn –afirmó Judy, mientras Russel asentía en apoyo a las palabras de su esposa.
–Yo también quiero disculparme con ustedes. Sé que recuerdan quién soy. Bueno, Judy me lo dijo cuando los llamé –dijo Rachel, sorprendiendo a su novia–. En esa época estaba perdida y culpaba a Quinn de cosas que no le correspondían. La envidiaba. Cuando me enteré de su embarazo ni siquiera pensé en las consecuencias, ni en el daño que le haría. Sentía que esa era mi venganza. Es algo que me avergüenza y no sé si pueda perdonarme completamente por eso.
–Rach…
–No, Lucy –interrumpió Rachel a su novia–. Nada de lo que me pasó justifica mi actuar. Estuve mal, te hice daño, le hice daño a tu familia. Entiendo que quizás las cosas no habrían cambiado tanto, pero no era algo que me correspondía revelar. Cuando uno se equivoca, tiene que admitir su error y pedir disculpas, eso me enseñaron…
–Tus papás –terminó Quinn por Rachel–. Hiram y Leroy te han enseñado muchas cosas valiosas.
Rachel asintió sonriendo, mientras que Judy y Russel Fabray por primera vez veían a su hija tan feliz, tan calmada, tan completa. La complicidad que ambas mujeres tenían era evidente para cualquiera.
Los Fabray eran una familia conservadora y todo aquello era aún extraño, pero Quinn era su hija. Si bien habían cometido errores en el pasado, lo único que deseaban era su felicidad, incluso si ella venía de la mano de aquella morena que irrigaba una inocencia inusitada.
Quinn aprovechó la instancia para explicarles a sus padres sobre el accidente de Rachel y sus consecuencias. Beth y Maia, que ya habían regresado listas para cenar, aportaron relatando lo genial que era la morena y cómo sabía muchas cosas que el resto de los adultos ignoraba. Rachel algo intimidada con tanta atención, prefirió ir a calentar la cena, invitando a todos a que se acomodasen en la mesa.
La cena pasó sin inconvenientes. La fotógrafa con agrado pudo ser testigo del esfuerzo de sus padres por incluir a Maia y Rachel, por intentar hacerlas sentir integradas.
Al momento de la despedida, los padres de Quinn prometieron a sus nietas una pronta visita, pero Beth quiso asegurarse y los invitó al estreno de la obra de Rachel. Ni Russel ni Judy fueron capaz de negarse. Rachel les informó que ella se encargaría de hacerles llegar dos invitaciones.
Quinn acordó un día para juntarse con sus padres en Filadelfia, su nueva ciudad de residencia debido a que querían estar más cerca de sus nietos. Su hermana y sus hijos vivían en esa ciudad y Beth estaba a sólo dos horas y media en coche. La rubia sabía que aún le quedaba un largo camino por recorrer junto a sus padres y que nunca alcanzaría el nivel de relación que Rachel tenía con Leroy y Hiram, pero un punto intermedio no estaría nada de mal y sería mucho mejor a su actual situación.
–Gracias por lo de hoy, Rach –dijo Quinn a su novia una vez que estaban acostadas en su cama tras aquel largo día.
–Sé que quizás debí preguntarte antes, pero quería sorprenderte –se excusó Rachel apegándose a la rubia.
–Si me lo hubieses preguntado, probablemente me hubiese negado. Fue mejor así. No sabía cuánto necesitaba dar vuelta aquella página de mi vida. Según yo, estaba totalmente superada. Me hace bien saber que todo está de alguna manera encausado. Y todo eso es gracias a ti –Quinn terminó sus palabras con un dulce beso en los labios de la morena.
–Creo que les agrado –comentó la actriz orgullosa.
–Es imposible que no lo hagas. Lograste un imposible y les diste una nueva nieta para consentir. ¿Viste como babeaban por Maia? Esa niña tiene un don para derretir hasta al corazón más duro –señaló la fotógrafa con alegría.
–Me gusta esta nueva etapa –dijo Rachel de la nada–. Tenemos nuevos retos, pero todo parece encajar siempre…
–No sé si siempre es algo correcto, pero concuerdo. Todo a tu lado es mejor, Rach. Sé que suena cursi y probablemente lo sea, pero nuestra vida, la de Beth y la mía, es mucho mejor desde que estás en ella.
–Creo que Maia y yo podemos decir lo mismo de ti, y de Beth, por supuesto. Me gusta creer que nos teníamos que encontrar, que sólo así nuestras vidas estarían completas –expuso la morena.
–Me gusta creer lo mismo… –afirmó Quinn–. ¿Estás nerviosa por el estreno? –preguntó la rubia tras unos segundos de silencio.
Rachel pensó unos momentos su respuesta. Quinn supo de inmediato que estaba a punto de sincerarse con ella.
–No sé si son nervios, creo que es miedo. Es primera vez que me enfrentaré a un público y tengo miedo de paralizarme, de fallar. Quiero demostrar que puedo hacerlo, que ya dejé de ser esa Rachel de diez años, pero a la vez sigo siendo de cierta forma aquella niña… los miedos siguen ahí y no quiero decepcionar a nadie… menos a ti –admitió Rachel.
–A mí no me vas a decepcionar, Rach. Sé lo difícil que es esto para ti. Pero todos dicen que lo haces increíble y yo confío en su opinión. Jamás me has dejado ver un ensayo completo, pero por lo poco que he visto y escuchado, sé que tienes lo necesario. Ese día estaremos junto a ti, como te lo prometimos, sólo céntrate en nosotros y en tu amor por la música, por el teatro, por Broadway –aconsejó Quinn.
Rachel no dio una respuesta verbal, sino que asintió contra el cuello de Quinn, que la abrazó con fuerza, intentado alejar todos esos miedos.
Quinn sabía que los nuevos retos no serían fáciles, pero que juntas podrían superarlos. Confiaba totalmente en ello.
