Los personajes (excepto Honey y la diosa Eos) no son míos, pertenecen a Masami Kuramada y Shiori Teshirogi.

Muchas gracias a los que leen mi fanfic :)


Capítulo VII

Beso.

"Y debo decir que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. Que nunca intentaré olvidarte, y que si lo hiciera, no lo conseguiría. Que me encanta mirarte y que te hago mío con solo verte de lejos (…)."- Julio Cortázar

"Subo despacio las escaleras entre el templo de acuario y el tuyo, indeciso… no sé si continuar. No negaré que estoy ansioso por verte, pero soy conocedor de que tú no estás en las mejores condiciones para recibirme… bueno, nunca lo estás. Una sonrisa aparece en mi rostro ante ese pensamiento.

Me encuentro con la entrada de tu casa y dejo salir un suspiro, preparándome mentalmente para las condiciones en las que, probablemente, podría encontrarte… Esa mañana regresaste de tu misión, en la cual, te encontraste con el hermano de tu maestro. A pesar de que engañaste a los demás con tu tranquila actitud, sabes bien que no puedes hacerlo conmigo.

Te encontré apoyando tu espalda en una de las paredes laterales del templo dejando reposar tus piernas en el frío suelo, tu cabello azulado caía elegantemente por tu rostro ladeado y, aún portando tu armadura, yo… te veo tan frágil. Apreciando más tu figura, encontré en tu regazo un cubo de hielo, tan transparente que dejaba ver el contenido en su interior: una flor blanca con centro amarillo. Sonrío al reconocerla.

Me acerco siendo atraído hacia ti y tú pareces escuchar el sonido metálico que hace mi armadura con cada paso que doy, pues te alarmas por la aproximación, abres tus ojos y, al cerciorarte que era yo, veo a tus hombros relajarse. Me siento a tu lado dejando un pequeño espacio entre ambos, donde descansa tu mano derecha.

¿Recuerdas cuando te la regalé?─ pregunto señalando el objeto que tu zurda atesoraba.

Por supuesto─ me miraste mostrándome una tímida sonrisa. No estabas afectado como pensé ─. Creíste que era niña.

Suelto una carcajada al recordar el momento cuando te conocí en aquel río, en efecto, te había confundido con una niña. Pero, el descubrir la verdad no cambio absolutamente nada, seguí cautivo de tu ser.

¿Cómo es que está tan bien conservada?─ pregunté, pues esa flor era un recuerdo de nuestro primer encuentro.

Después de que me la regalaste, conocí al Patriarca… me dijo que sabía de alguien capaz de preservar la flor en perfecto estado. Al principio desconfié de él, pero me convenció de entregársela. Cuando volvió, ya estaba en este hielo que sólo puede ser creado por los santos de Acuario… supongo que fue el maestro de Dégel.

Ese viejo.

Manigoldo…─ comienzas a reprenderme.

¿Y ya sabes qué flor es?─ te interrumpo evitándome uno de tus regaños.

Sí, es un nenúfar blanco─ me respondes resignado─. Siendo más exacto, es una Nymphaea alba, crece en estanques, lagunas, lagos y ríos de Europa…

Continuaste hablando, yo me perdí en el inicio de la explicación, no tenía ni idea de lo que hablabas, me dejé perder en el brillo que inundaba tus ojos con cada palabra que emitías mientras observabas ese valioso tesoro… definitivamente, ese era tu mundo. Dejé reposar mi mano a lado de la tuya y cometí el atrevimiento de entrelazar nuestros meñiques. Sentí cómo te sobresaltaste por el contacto y tu mirada pasó rápidamente del objeto a mí… te noté confundido. ¡Por la misma Atenea! Hemos estado más cerca y aún te alteras por esto.

Definitivamente, eres la persona más hermosa que he conocido, sé que no te gusta el uso de ese adjetivo en ti pero no me refiero sólo a tu físico, sino a todos aquellos aspectos en los que una persona puede alcanzar tal pureza. Eres la persona por la que agradezco haber sobrevivido al inferno... lo que siento por ti es tan grande que no puedo expresarlo en palabras.

Te sorprendes por lo que cabo de pronunciar. No era la primera vez que te decía algo así, pero jamás te lo había dicho con tanta seriedad, ni siquiera sabía que esas palabras podían salir de mi boca. Alejas tu mano de la mía… comprendo que he cometido un error, sé que no te gusta ser alagado por tu físico. Suspiro cansado, me dispongo a irme pero colocas tu mano en mi rostro, aquella que atesoraba el objeto de nuestra infancia, ese simple gesto me impide moverme, incluso me corta la respiración. Pones la flor a un costado y te acercas lo suficiente como para rozar nuestros labios, incluso puedo sentir una parte de tu cuerpo encima de mí… vuelvo a respirar ansioso de más.

No quiero que resultes herido, mi sangre…

He ido y venido del infierno, tu sangre no me asusta.

¿Cuánto más crees que durará tu paciencia?─ preguntas mientras ambos respiramos del aliento del otro.

Teniéndote así, no creo que mucho─ trató de sonar bromista pero mi respiración cortada y la dificultad que ya tengo para pasar saliva delatan que eso era verdad. Me siento un completo estúpido pues hemos estado aún más cerca en otras ocasiones. Pero esa es la reacción que sólo tú provocas en mí.

Eres una persona muy importante para mí, no quiero hacerte daño─ me confiesas alejándote de mis labios para colocar tu cabeza sobre mi hombro.

Tú nunca me harías daño─ apoyo mi rostro en ti─. Déjame demostrarte que el destino de Piscis no es la soledad─ no puedo verte pero te siento sonreir.

Manigoldo...

¿Huh?

Si vuelves a llamarme de esa manera terminarás con una rosa clavada en el pecho─ me adviertes, produciendo en mi una risita.

Ya tengo una clavada en el corazón".

La luz nocturna que se colaba por los orificios les proporcionaba una visibilidad limitada, aunque la suficiente para lograr reconocerse. En el centro de la tétrica habitación estaba Deuteros, sujeto por cadenas de las muñecas donde se notaban marcas rojas a causa de intentos fallidos por liberarse, observando a su nuevo compañero. Kardia se encontraba atado en uno de los laterales tratando de librarse de los agarres, sin importarle las heridas que comenzaban a surgir en los inicios de su mano ni el sudor que comenzaba a bañarlo a causa de su fiebre.

─ Deberías detenerte─ pronunció débilmente un joven castaño saliendo de las sombras. Presentaba ataduras en las muñecas, igual que el escorpión y el geminiano, y en los tobillos, aunque las de él eran más largas para permitirle auxiliar a los prisioneros.

─ ¡Cállate, mocoso!─ continuó el griego con sus esfuerzos haciendo caso omiso del consejo de Regulus.

─ Hazme caso, esas cadenas no son normales, aunque seas un santo no podrás romperlas─ comentó acercándose a Kardia con un trapo húmedo─. Además, sólo haces que tu temperatura aumente.

─ No pienso morir en este lugar─ soltó al tener lo suficientemente cerca al león como para notar las hinchazones y moretones que presentaba en su rostro y en otras partes del cuerpo─. ¿Qué te pasó, mocoso?─ preguntó evadiendo la ayuda que el castaño quería brindarle para refrescarlo.

─ El Cid─ pronunció mostrando una sonrisa traviesa─. Quería que le brindara información sobre los santos dorados que conocía.

─ ¿Cómo es que estamos con vida? ¿Cómo es que ninguno de ellos puede recordar? Ni siquiera yo lo hacía.

─ Les modificaron la memoria─ respondió Defteros, robándole las palabras a Regulus─. Ellos creen que sirven a alguien más y que Atenea es el enemigo. Esa persona fue quien nos revivió para ayudarla a cumplir con su objetivo.

─ Que tontería─ miró al geminiano y después al niño, que ya había logrado alcanzar el cuerpo de Kardia para colocarle el trapo─. ¿Cómo es que…?

─ De él querían algo─ respondió adivinando la pregunta del escorpión, señaló a Defteros, quien a penas lograba verlos por su cabello alborotado─. Y para eso era esencial que él conservara sus memorias, sólo así podrían conseguir lo que se proponían. De mí… la verdad, no sé─ rió─ supongo que me consideraban demasiado joven para ser un peligro.

─ Ellos ya han conseguido lo que buscaban─ informó el geminiano siendo visto por ambos─. Esa mujer ya se está recuperando y pronto ya no querrá prisioneros, por eso, si la situación lo demanda…─ dudó en continuar─. ¿Son capaces de matar a algunos de sus compañeros?

─ Por Atenea─ respondió Regulus.

─ Que así sea─ contestó Kardia mostrando sus dientes en una amplia sonrisa.

/

Llevaban caminando por los alrededores de la casa por algún tiempo, por sus oídos pasó el quedo sonido de varias melodías que se producían en el interior, donde la reunión continuaba y, con ella, la noche. La plática que había entablado con el acuariano no era amena como él lo hubiese deseado, el galo respondía las preguntas del griego con respuestas breves y cortantes, como si deseara no tener su compañía… como si hubiese preferido estar con Aioria.

Pero, a pesar de que pensar en eso le dolía al escorpión, no podía dejar pasar la oportunidad de hacer recordar a Camus… "Un momento donde hayan formado lazos" eso les habían dicho, la cuestión era ¿qué momento?

Llegaron en completo silencio a un kiosco de color marfil, estaba rodeado por el área verde pero no se encontraba tan alejado de la mansión, por lo que aun se podía contemplar. Subieron las pequeñas escaleras para adentrase en éste, el acuariano, indiferente a la presencia del otro, comenzó a examinar los detalles del interior que la luz de los astros nocturnos permitían contemplar; verdes enredaderas subían por los pilares hasta llegar al techo donde se debatían entre continuar por fuera o si adornaban el interior, las que se colocaban en el interior, llegaban a tapar parte de los detalles del contorno superior que se encontraba grabado por figuras de tritones y sirenas, por lo que el galo tuvo que acercarse para despejar la zona y admira por completo la obra.

Milo lo observaba con atención, aunque su mente aún se hallaba perdida, divagando entre sus memorias buscando algo que lo ayudara en su misión. Se acercó despacio a su compañero, evitando que el otro notara su cercanía pues le daba la espalda… el escorpión había encontrado algo en su mente.

─ Camus─ lo llamó.

El aludido viró, sorprendiéndose al verse preso por los labios de Milo. Se quedó petrificado ante la acción… ese beso estaba cargado de tantas cosas. Cerró sus ojos dejándose invadir por la lengua juguetona del otro que ya ansiaba probar su boca mientras el escorpión lo pegaba más a sí colocando una mano en la espalda baja de Camus, quien tenía las suyas detrás de la nuca del griego para profundizar el contacto.

─ Milo─ jadeó el galo al separarse─. ¿Dónde estamos?

─ Recuerdas─ soltó.

El octavo custodio lo miró con un brillo en sus ojos y poco le importó responderle. Lo abrazó, pasmando a Camus con la emoción que el gesto transmitía… Definitivamente Milo era puro sentimiento… era fuego, un fuego que podía quemarlo… vencerlo, tal y como se le había advertido. Pero él no se lo iba a permitir, él acabaría con el fuego de Antares porque así se le había ordenado.

...

La noche continuaba con su transcurso, las canciones que no paraban de tocarse y las invitaciones para bailar lo tenían harto. Salió a caminar por los alrededores del lugar, tratando de hallar algo o alguien que sustituyera a Afrodita en su diversión personal, el pez ya había logrado atrapar a DM con tanta facilidad que le costó trabajo no burlarse del cangrejo. Prosiguió su andar terminando con la bebida que le había hecho compañía, examinó la copa desanimado por ya no tener que tomar, le dio vueltas al objeto de cristal como si fuese aparecer un poco más de vino, pero en su lugar la copa había reflejado unos destellos azules. Observó hacia la dirección del origen de ese color, encontrándose con un joven de largos cabellos azulados que portaba una armadura dorada y quien, además, resguardaba un ventanal por afuera de una habitación.

─ ¿Qué se te ofrece?─ preguntó mirándolo de reojo sin dejar su puesto, teniendo el conocimiento de que, su amante era un enemigo.

Manigoldo lo contempló como si fuera una ilusión, un oasis en medio del desierto. Dejó que la copa resbalara por su mano hasta caer al piso cuando un dolor en la cabeza lo invadió, se llevó los dedos a la frente tratando de soportar el calvario mientras doblaba su cuerpo hacia el frente a causa de la sensación.

─ ¿Te encuentras bien?─ cuestionó Albafica, alarmándose por la situación mientras, inconscientemente, se aproximaba un poco hacia él.

"Eres la persona más hermosa que he conocido" se escuchaba decir en su cabeza mientras una última convulsión lo invadió. Sonrió después de que el dolor desapareció… definitivamente era él.

─ ¿Creíste que te librarías de mí tan fácil?─ dijo, enderezándose consciente de cómo el Santo de Piscis había reducido la distancia entre ambos─. No olvidaría todos los años que tardé para que por fin me dieras un sí.

─ ¿Qué?─ preguntó desorientado, dando un paso hacia atrás.

Le sonrió aprovechando la confusión de Albafica para sujetarlo por la nuca y evitar que siguiera retrocediendo. Manigoldo unió sus bocas sin iniciar un beso, sólo quería respirar el aliento de ambos combinado, como lo había hecho en tantas ocasiones.

─ Tú no tuviste que esperarme tanto tiempo.

Manigoldo, sin darle tiempo de reaccionar al de Piscis, comenzó un tierno beso de movimientos lentos, aunque por dentro ambos se estaban consumiendo por el deseo de ese contacto.

Al separase, los dos se contemplaron mientras Manigoldo mantenía unidas sus frentes, observando esos hermosos ojos que tanto le gustaban y, recorriendo el largo del cabello azulado, lo acorraló entre su cuerpo y la pared.

─ Estoy cuidando de Atenea─ se justificó, mirando hacia la entrada de la habitación donde la señorita se encontraba.

─ Nadie se acercará a ella si estamos los dos cuidándola─ rozó la piel del cuello de Albafica con sus labios─. Además, el objetivo que tenía, y que ellos aún tienen, no es matarla─ el peliazul lo miró intrigado apartándolo de su cuello para que continuara sin distracciones─. Nosotros teníamos que…─ las palabras murieron en la boca del cangrejo al ser su pecho atravesado por un objeto.

Albafica abrió sus ojos ante el repentino ataque, sujetó el cuerpo de Manigoldo que amenazaba con caerse, lo abrazó contra sí alarmado por la sangre que comenzaba a salir por la herida en su pecho, si la persona que lo había atacado lo volvía a intentar y esta vez la víctima era él, su sangre se combinaría con la de Manigoldo… sería el fin del Caballero de Cáncer y eso no lo podía permitir, pero… ¿Cómo? Sus rosas tenían veneno, él también lo tenía… no podía atacar sin poner en peligro a su compañero.

─ ¡Muro de cristal!─ gritó el caballero de Aries, llegando rápidamente al lugar.

─ ¿¡Qué ha sucedido!?─ preguntó Milo, arribando junto con Camus, pues el galo había visto el ataque desde el kiosco.

─ ¡Vayan en busca de la persona que hizo esto! ¡Avisen a los demás!─ ordenó Mu antes de que los dos caballeros se acercaran por completo al muro.

El de Acuario permaneció quieto observando por fuera de la protección el cuerpo de Manigoldo, quien tenía el pecho atravesado por una flecha plateada.

─ ¡Camus!─ lo nombró Milo, haciéndolo reaccionar.

─ Les avisaré a los demás─ pronunció con dificultad, partiendo hacia el interior del lugar mientras Milo se dirigía hacia el bosque.

─ Necesitamos sacar la flecha─ comentó el ariano, mientras deshacía su muro.

─ Yo me haré cargo, Albafica─ dijo Asmita, aproximándose a toda prisa al lugar. El de Piscis asintió con dificultad al ver la sangre de Manigoldo entre sus manos.

─ Asmita─ nombró el peliazul, colocando el cuerpo del cangrejo entre los brazos del virginiano─. ¿Cómo has sabido del ataque?─ preguntó, tratando de analizar la situación.

─ No ha sido el único─ informó─. Me mandaron a recorrer la zona, cuando el santo de Acuario de esta generación me avisó de lo ocurrido.

─ ¿Atacaron a otro de nosotros?─ preguntó el de Piscis, mientras Mu sujetaba la flecha dispuesta a sacarla.

─ No─ contestó, haciéndole una seña al ariano para que procediera─. Fue a la diosa Eos, una flecha de Apolo la hirió.

Un grito se escuchó proveniente del cuerpo de Manigoldo, quien se aferraba de Asmita para no caer. Mu sacó el arma por completo dejando el cuerpo inerte del cangrejo.

─ Una flecha de Artemisa─ pronunció, sintiendo la esencia que emanaba el objeto. Desvió su atención hacia el de Cáncer encendiendo su cosmos cubriendo el cuerpo de ambos con él, en un intento por mantenerlo con vida.


En este capítulo la pareja protagonista del recuerdo es Albafica y Manigoldo, la cual es una de mis favoritas, me gusta mucho la química que hay entre ellos dos. Espero que les haya gustado.