Los personajes (excepto Honey) no son míos, pertenecen a Masami Kuramada y Shiori Teshirogi.
Capítulo XIV
Enemigo.
"Nada nos hiere tanto como una flor sepultada en las páginas de un libro. La lectura calla; y en nuestros ojos, lo triste del amor humedece la flor de una antigua ternura."- Carlos Pellicer
"Corría a toda la potencia que podía alcanzar con mis delgadas piernas. Mi frente comenzaba a humedecerse un poco debido al sol de mediodía, no me importa si termino perdiendo por completo el agua de mi cuerpo después de esta carrera desde el Rodorio, yo sólo quiero verle y comprobar por mi misma si los chismes que circulaban por el pueblo son ciertos. Según estos la Orden Dorada de Atenea había resucitado después de su pelea contra el ejército de Hades. Si eso era cierto, entonces Aldebarán… Perdón, el señor Aldebarán se encontraría con vida y sentía en mi interior algo que me indicaba dónde encontrarlo.
No sé cómo explicarlo, muchas veces lo había visto en el pueblo y, aunque nunca lo hablé, pude notar lo buena persona que es. Tampoco sé desde cuando comencé a sentir ese salto en mi corazón cada vez que le observaba, convirtiendo mi rostro a rojo. Suena algo tonto si lo pienso porque nunca le había hablado, hasta aquel día que por fin me atreví a hablarle y regalarle una flor.
Llegué agitada al mismo campo de flores, ahora estaba un poco desolado por la estación en la que nos encontrábamos. Mi corazón se aceleró al notar que mi presentimiento era correcto… estaba ahí, de pie frente a mí, brillando como el mismo sol gracias a su armadura. Se acerca extendiéndome una flor, de la misma especie que yo le regalé, como si me hubiese estado esperando.
─ Señor Aldebarán─ pronunció, tratando que las lágrimas, producto de la felicidad, no abandonaran mis ojos.
─ Aldebarán─ respondió, asentí ante su implícita petición.
─ Europa─ correspondo haciéndote conocer mi nombre.
Me abrazas ante mi inminente llanto y yo te correspondo. Aún no sé cómo explicarlo, pero me gusta creer que fue el destino, que ya estaba escrito en algún sitio que te encontraría en mi camino."
El ocaso había terminado llevándose la perfecta combinación de colores que éste producía, ahora la bóveda celeste se mostraba en completo esplendor siendo acompañada por una suave brisa nocturna. Aioros se encontraba fuera de la mansión en la que se hospedaban los santos de Atenea, él había aceptado ir a Grecia junto con ellos porque tenía que cumplir con una tarea... conseguir el báculo de Atenea: Niké.
Tocó el timbre para anunciar su llegada y, mientras aguardaba, aprovechó para acomodarse la chaqueta negra en la cual ocultaba perfectamente las dos dagas que llevaba. La aparición de Shura no tardó en llegar, lo hizo pasar encontrándose en el gran salón donde se había organizado la fiesta, miró con disimulo a su alrededor sin inmutarse por la presencia de los caballeros que lucían sus armaduras doradas. Por la información proporcionada por el Patriarca y el parecido que había con sus compañeros, pudo reconocer a los dos Aldebarán, que se encontraban con sus brazos cruzados pero sin perder detalle de lo que ocurría; Albafica permanecía un poco más apartado del resto; Asmita, a quien podía notar más pálido y decaído a diferencia de la primera vez que lo había visto; Aspros yacía a su lado; por último, enfocó su vista en Sísifo que sujetaba fuertemente a un atado El Cid.
─ Así que... ¿todos se reunieron por mí?─ preguntó con cierto aire de grandeza que jamás había mostrado.
─ Bueno, ya están todos─ evidenció el ariano mientras se reunía con el resto.
Aioros dirigió su mirada al recién llegado: Mu de Aries. Ese único momento de distracción le sirvió a Shura para esposarlo a él para evitar cualquier artimaña por parte del griego.
─ ¿Secuestro?─ observó al de Capricornio─. ¿No te conformas con lo que me hiciste en el pasado?
Antes el de Capricornio se habría sorprendido por lo dicho por el castaño pero ahora, gracias a Mu, sabían que el Gran Maestro permanecía con vida y sus enemigos podrían estar obligándolo a proporcionarles información.
─ No hay que perder tiempo, Mu─ sujetó con firmeza es brazo de Aioros. El ariano asintió.
─ Los llevaré y mañana regresaré─ esta vez los cinco que viajaban afirmaron. Poco a poco, los presentes apreciaban cómo el pelilila iba y regresaba del Santuario, transportando a los protegidos de Sagitario y de Capricornio, y a Aldebarán de tauro.
…
Mientras la mayoría vigilaba que todo estuviera en orden con Aioros y El Cid, a Aioria y Milo se les había encomendado resguardar a la diosa Atenea. Por otro lado, Camus tenía que permanecer en la cocina con alguien que, evidentemente, había sido asignado para mantenerlo alejado del asunto relacionado con sus compañeros: Dégel de Acuario. A quien lo pasaban por su predecesor, permanecía cómodamente sentado frente la mesa de mármol mientras disfrutaba de una manzana, al ver la fruta roja inconscientemente frunció el ceño.
Ese santo no le agradaba... Sus ojos se enfocaron en el mayor, quien no hacia más que ignorarlo. Esa persona había planeado la estrategia de que Milo le diera celos con él, haciendo que el escorpión fingiera indiferencia hacia Camus y preferencia por él, a pesar de que no duró mucho su juego había funcionado y tan bien que Camus había terminado en la cama con Milo. Simplemente el acuariano no se lo podía explicar, aún no encontraba el porqué de sus acciones.
─ ¿Algún problema?─ preguntó Dégel tras pasar un bocado.
─ No, ninguno. Pero... ¿te molesta lo ocurrido con Milo?
─ ¿Por qué debería?─ se encontró con la mirada de su sucesor─. Al contrario, me alegro por él.
Dirigió de nuevo su vista hacia la manzana terminada, Camus se percató de una fugaz sonrisa melancólica y algo distinto en sus ojos... ¿tristeza? Bajó su mirada hacia los restos de la fruta ahora depositados en la mesa, una extraña sensación lo invadió.
─ Me gustaría poder creerle─ soltó capturando la atención de Dégel.
─ ¿Y por qué no?─ cuestionó a quien compartía asiento con él.
─ ¿Por qué permitieron que me quedara?─ respondió con la pregunta que en su interior exigía ya una explicación, mientras contrarrestaba la mirada del otro─. Es evidente, saben que no creo en lo mismo que ustedes.
─ Por Milo─ respondió confundiendo al menor─. Milo me contó todo a mí, pero me convenció de no tomar medidas en tu contra. Por petición de él, me encargué de contarles y de convencer a los santos de mi generación de respetar tu presencia aquí, mientras Aioria hacía lo mismo con los caballeros más jóvenes... Milo sólo quería una oportunidad para hacerte creer en lo mismo que nosotros... en lo mismo que él.
Camus se quedó aturdido por la respuesta, a pesar de haber hecho la pregunta nunca se espero que Dégel la contestara.
─ Camus─ el aludido le presto de nuevo atención a quien le hablaba─. Aseguras no creer, pero algo en ti lo está haciendo... No te resistas, nunca sabes cuando será la última vez que verás a esa persona.
Camus notó por segunda ocasión ese amargo sentimiento en los ojos de Dégel y comprobó que, no importa que tan fría sea una persona, en algunas ocasiones necesita desahogarse de cierta manera, ambos necesitaban hacerlo sólo que Camus simplemente no podía.
…
El tiempo corría y él podía sentirlo perfectamente, con cada minuto su cosmos disminuía al igual que el de otros. Sabía de una manera de retrasar lo inevitable pero se rehusaba, necesitaba encontrar otro camino. Llegó a la puerta de su habitación, apoyó su mano en ésta recargando su peso mientras trataba de soportar la gran tarea que tenía encomendada.
─ Sabía que no te encontrabas bien pero nunca imaginé que era tan serio─ se enderezó al reconocer la voz de Aspros... Ahora se hallaba en la situación que tanto evitaba─. ¿Hay algo en que pueda ayudarte, Asmita?
Un "no" quería salir de sus labios, pero era consciente de que si él se encontraba en ese estado posiblemente Defteros se hallase igual y eso no podía permitirlo. Abrió la puerta de su alcoba.
─ Por favor, pasa.
Después de dudar un momento el de Géminis entró siendo seguido por el de cabello rubio, quien pedía en su interior que el geminiano no arruinara todo lo que tenían.
…
Una noche tranquila en Grecia, tan serena como en Inglaterra. Habían dejado atrás el Rodorio, Aldebarán hubiera querido detenerse en ese pueblo y comprobar el bienestar de Europa, después de encontrarse esa noche en el club con la chica llamada Ed, se preocupaba cada día por ella pero la protección de Atenea es y será prioridad. Pronto avanzaron por los templos, que no les trajo otra cosa más que nostalgia, se encontraban en buen estado gracias a la reconstrucción; además, los encargados de su cuidado los mantenían así. Al llegar a Sagitario, Aioros y Shura se detuvieron en esa casa como estaba planeado. Posteriormente, Sísifo y El Cid se detendrían en la biblioteca de Acuario; el único que subiría hasta el recinto del Patriarca sería Aldebarán.
Los dos santos que permanecían en Sagitario, estaban envueltos en silencio. Shura tomó del brazo de Aioros y lo dirigió hasta cierta área del templo, el castaño se percató al instante que ellos dos se quedarían en ese sitio y, debido a que eso no estaba en su plan, sacó con rapidez una de las dagas que había llevado ocultas con el fin de apuñalar a su captor, pero éste haciendo uso de su agilidad logró evadir el ataque. El griego lo miró furioso y dirigió su próximo ataque hacia las esposas que lo ataban al español, el objeto metálico brilló unos segundos tras la agresión y, posteriormente, se destruyeron. Shura se impresionó debido a que las esposas no eran comunes, sino pertenecían al dios Poseidón y no podían ser destruidas con tanta facilidad. Reaccionó a tiempo y sujetó por la muñeca al castaño doblando su brazo por atrás de la espalda, después de todo Shura poseía cierta ventaja al portar su armadura. Lo acorraló contra la pared, mientras Aioros imponía resistencia el de Capricornio agarró con su otra mano su cabello.
─ ¡Lee!─ lo colocó frente a una parte desgastada de la pared donde había escrito algo, un mensaje que el mismo Aioros había escrito hace años... "A los jóvenes que vendrán les confío a Atenea". El caballero leyó con dificultad, debido a la escasez de luz, las últimas que había plasmados hace tiempo, recargó su frente en la pared soportando un fuerte dolor que lo acababa de invadir.
─ Shura...─ nombró con una pesada respiración─. Basta, estoy bien─ sintió duda en el soltar de su compañero, no le sorprendió después de todo no se podía confiar en que simplemente recuperara la memoria. Dejó caer la daga que sostenía provocando un sonoro ruido cuando ésta encontró el final de su camino.
Rodó quedando de cara con Shura, el dúo se contempló sin decir nada, a pesar de que ambos tenían tanto que decirse. Aioros tenía frente a él a su amigo en quien había confiado, mientras que Shura veía al amigo que había traicionado y a quien necesitaba pedirle perdón.
─ Aioros, yo...
─ En otra ocasión será, Shura─ interrumpió queriendo postergar la conversación para una mejor ocasión─. Tenemos trabajo que hacer─ recogió el arma que había tirado y la examinó, estaba elaborada a base de plata y poseía un grabado de color negro. Retiró la chaqueta que lucía ante la atenta mirada del santo que portaba la armadura de Capricornio, buscó el arma que era par de la suya y al analizarla observó el mismo grabado pero en color verde olivo. Algo se le había venido a la mente, una pista sobre el enemigo.
─ Vamos, Shura─ vio a su compañero y partió, dejando a su amigo con todas las palabras que quería decir.
…
La pacífica biblioteca de Acuario resguardaba, tras la pérdida del Patriarca, los documentos más importantes relacionados a las Guerras Santas. Dégel le había permitido entrar a esa área tan privada para todos los portadores de la onceava armadura. El Cid sólo se limitaba a observar cómo Sísifo analizaba varios papeles sobre una mesa de madera en busca de algo en específico, el de Capricornio se aproximó notando la antigüedad de las hojas. La caligrafía llamó su atención y fue entonces que examinó el lugar... Los estantes eran tenuemente iluminado por los rayos lunares que se colaban por la ventana, los libros perfectamente acomodados... no había grandes detalles que destacar. Concentró su vista en la llama de la vela que en ese momento iluminaba la investigación del griego, se dejó envolver por ese fuego danzante. A su mente vino aquel preciso momento... Podía ver a Sísifo sentado entre un par de libreros, el arquero estaba herido por una de sus propias flechas, haciéndoles compañía se encontraba una joven de largos cabellos lilas, a quien ahora podía recordar como Atenea. Se llevó una mano al rostro... el dolor que marcaba el regreso de sus recuerdos se hizo presente, aunque no tardó mucho en desaparecer. Al poder reconocer a su compañero, una sonrisa se dibujo en sus labios y presa de una atracción, como la que ejerce un imán sobre el metal, dio un par de pasos hacia el otro.
─ Te advertí lo que pasaría si haces algún movimiento en falso─ recordó notando la cercanía de su acompañante aunque sin distraerse de su labor.
El Cid amplió su sonrisa ante el comentario, lo ignoró por completo y, acercándose a Sísifo por detrás, arrimó su boca hasta el oído griego.
─ No busques más, Sisyphus─ susurró. Gracias a la cercanía pudo percibir la sorpresa de su amigo, deslizó los labios hasta su nuca y dedicó un beso mientras una de sus manos descendía hasta encontrarse con la de Sísifo, ahí se encargó de que el castaño soltara las hojas que momentos antes estaba analizando. El griego cerró sus ojos, como si se tratara de un sueño, dejándose hacer─. Me alegro de que estés a salvo─ murmuró recargando su faz en el cabello castaño.
En ese momento, Sísifo comprobó lo que su corazón ya le había indicado, abrió sus ojos y volteó para encontrarse con los ojos de El Cid que reflejaban lo mismo de hace siglos. Fue el décimo custodio quien redujo por completo la separación entre sus rostros, pues no estaba dispuesto a perder más tiempo. El beso se tornó más apasionado, ambos comenzaban a jugar con sus lenguas cuando el de Capricornio empujó a Sísifo a la mesa, ocasionando un estruendo al chocar la novena armadura con el mueble.
─ Estamos en la biblioteca de Acuario─ dijo el arquero con su respiración entrecortada, mientras trataba de tomar un poco de distancia entre su cuerpo y el de El Cid.
─ Como si Kardia y Dégel no lo hubieran hecho aquí─ respondió con evidente aire de reproche, ya que hace mucho tiempo no se encontraban.
─ Ellos están en todo su derecho─ el pelinegro bufó.
─ ¿Qué buscabas?─ cuestionó al prestarle de nuevo atención a las viejas hojas y, así, cambiaba también el tema.
─ Tus bitácoras─ respondió─. Cuando estuvimos aquí Dégel me mencionó que las había visto y creí que...─ los labios de El Cid sellaron los suyos.
─ ¿Bitácoras? ¿En serio?─ preguntó en tono burlón al separarse de su pareja.
─ Pensé que eso te haría recordar─ se defendió mientras acomodaba los papeles en su lugar─. Además, Atenea siempre ha sido primero.
─ Por supuesto─ concordó El Cid devolviendo una mirada cómplice a Sísifo, quien le correspondió con una sonrisa, porque ambos sabían que en el fondo no era del todo cierto. El arquero tomó la vela con cuidado y ambos se dirigieron hacia el recinto del Patriarca.
…
La luz de las velas complementaba la escasa que proporcionaba los astros de la noche. Podía verse acompañado de su sombra cuando llegó al salón del Patriarca. Al parecer alguien lo estaba esperando en aquel lugar, lograba distinguir una sombra sentada en la silla del Gran Maestro, caminó por la alfombra roja y con cada paso que daba una nueva vela comenzaba a alumbrar su camino. Llegando al final, se percató de que la persona que aguardaba su llegada él la conocía.
─ ¿Ed?─ preguntó confundido. La joven sonrió al ser nombrada por el caballero, movió sus pies descalzos para que el brasileño notara la presencia del objeto debajo de ellos: Niké.
─ ¿Cómo estás, Aldebarán?─ pronunció la joven sacando al aludido del remolino de pensamientos en el que se encontraba su mente─. Te he traído algo─ informó sonriente, mientras descubría una flor morada de cinco pétalos con centro amarillo, el de Tauro rápidamente la reconoció.
─ ¿Europa?─ expresó con cierto temor... ¿Qué hacía ella ahí? ¿Acaso era la misma muchacha que había visto en el "Le Sanctuaire"?
─ Te extrañé─ se puso de pie sin tocar a Niké, tomó la mano de su pareja y colocó en ella el pequeño presente, ya que era evidente las emociones encontradas que tenía el Santo de Oro.
─ Tú estabas en Inglaterra, con el enemigo─ dijo Aldebarán volviendo un poco en sí.
─ Desde tu partida he permanecido en el pueblo y hoy quise ver que todo estuviera en orden aquí─ la chica se acercó al caballero, ya que no podía permitirse ser interrogada, dio un pequeño salto y se colgó del cuello del santo, quien no tardó en cargarla y en corresponder el beso que su amada había iniciado.
Fue en ese momento que se presentó la oportunidad perfecta para ella... Después de la partida de Aldebarán, una mujer se le había presentado y posteriormente secuestrado. Al despertar del letargo en el que fue sumergida, ya se encontraba en el club junto con todos los otros caballeros de Atenea y, al igual que ellos, se le había asignado a alguien a quien asesinar... ese "alguien" era la persona que más amaba. Pero ella no lograba resistirse, estaba siendo controlada y fue así, en contra de su voluntad, que acabo encajando una daga en la nuca de Aldebarán. Su cuerpo se desplomó en seguida y ella cayó junto a él, llorando por lo que acababa de cometer.
─ Bien hecho, Europa─ la aludida giró aterrada hacia el lugar de donde provenía la voz. La mujer encapuchada hizo su aparición y se aproximó a la desconsolada chica─. Ahora, ya estás fuera de mi control─ golpeó fuertemente el rostro de la castaña dejándola inconsciente.
─ ¡Alto!─ gritó Sísifo al arribar junto con El Cid.
─ Que decepcionante─ expresó la joven al notar que El Cid había recuperado sus recuerdos─. Esperaba que me fueras de utilidad un poco más─ alzó su mano a la altura de la cintura haciendo que los dos caballeros se pusieran en guardia, la mujer rió burlándose de los jóvenes, el movimiento que había realizado sólo hizo flotar la ensangrentada daga que le había privado de la vida al caballero de Tauro. El arma se posicionó en su palma, con la otra mano acarició el objeto de plata y, al romper el contacto, un brillo surgió de la daga como si fuese jalado con los dedos de la chica. Contuvo la esencia en su palma y dejó caer el arma para sacar de su capa una esfera azulada; ante la vista de los caballeros introdujo ese brillo en el redondo objeto. Posteriormente, la unió a su cinto plateado que ya era adornado por otras tres. Al escuchar los pasos apurados de los otros mostró una sonrisa.
─ ¡Aldebarán!─ exclamó Aioros inclinándose junto al cuerpo de su camarada, dejó su chaqueta a un lado para tomar el pulso del segundo custodio comprobando que, efectivamente, estaba muerto.
La joven hizo un ligero movimiento con sus dedos y el par de dagas que había llevado el arquero salieron levitando hacia ella, quien las tomó al estar al su alcance. En ese momento, Shura agitó su brazo produciendo esa ráfaga cortante con la que contaba gracias a Excálibur, abrió una grieta en el suelo pero la mujer hábilmente se libró del ataque, aunque después una flecha dorada lanzada por Sísifo le había quitado la capa.
─ ¿Tú?─ pronunció El Cid, había visto muchas veces ese rostro que ahora se encontraba al descubierto pero jamás pensó que ella fuera la diosa a la que le había estado sirviendo.
