Capítulo 10: Una lucha forzada

En First Parallel Gales e Irlanda luchaban sin cesar. La casa prácticamente estaba hecha trizas, igual que las ropas y parte de la piel de los presentes. Muchas quemaduras, manchas de sangre y agujeros en muebles, paredes y suelo oscurecían el ambiente completándolo con el olor a carne y madera quemada. Los de la otra dimensión, con ese cuerpo ajeno haciéndolo suyo, mantenían su semblante de superioridad.

Feliciano, intuyendo que el frasquito que tenía Irlanda era importante gracias a la enorme protección que el británico le prestaba, se concentró en tratar de arrebatárselo.

—Oye, Irlanda —dijo Feliciano, aún disparando— ¿por qué no desocupas tu otra mano? ¿No sería más fácil si dejas de cuidar un estúpido frasco?

—¿Y por qué no mejor tú te callas, sueltas las armas y te largas? —Irlanda no perdió el tiempo y alzó su mano libre, gritando—: Ponket moir!

De inmediato, a gran velocidad en dirección al usurpador italiano, unas esferas rojizas casi como fuego salieron de la palma de la mano de Irlanda. Feliciano no las pudo esquivar todas y recibió un golpe en su pierna derecha, lo cual le produjo una fea quemadura. Pero eso no le impidió agacharse y tirarse hacia un lado para inmediatamente disparar sin cuidado a Irlanda quien sólo tuvo chance para crear un escudo de magia que lo protegiera del peligro.

Maldición, ahora que se dio cuenta de la pócima se empeñará en eso… —Pensaba el pelirrojo, molesto, al mismo tiempo que bloqueaba las balas con escudos de magia.

Gales no encontraba forma de regresar a la ventaja. Ludwig, en el cuerpo perfectamente entrenado de Alemania, usaba toda su fuerza por impedirle llegar hasta el cuarto donde estaban Escocia e Irlanda del Norte. El problema es que cada vez se sentía más débil, aunque no sabía el porqué era tan rápidamente, tenía que esforzarse de más. Irlanda también tenía ese problema. No se daban cuenta de que Arthur, aún encerrado, se aprovechaba del uso de su magia.

Así que, dado a que los reflejos de Irlanda disminuyeron gracias al cansancio, este sucumbió ante otro ataque descontrolado de Feliciano y sus escudos se desvanecieron momentáneamente. Y el italiano, aprovechando la oportunidad, se acercó corriendo y lo golpeó con un rodillazo en la parte inferior de la quijada. Eso le sacó un grito de dolor al irlandés, botándolo al suelo y soltando el frasco con la preciada pócima. Gales trató de ir por él, pero fue derribado en el acto por un fuerte golpe en la espalda que le propinó Ludwig con una patada.

Feliciano sonrió al caminar con paso firme hasta el pequeño objeto. Sin más, lo rompió.

―¡No!

Exclamaron fuertemente, quien lo poseyera antes y Gales, ambos tirados en el suelo. Todo se convirtió en un asqueroso silencio. Ambos miraron con desesperación el frasquito vuelto pedazos, con el jugo mágico desperdigado sobre el suelo luego del pisotón de Feliciano. Sintieron un vacío en el interior, la cura para erradicar la maldición que tenía Escocia se había ido.

El vacío eco fue llenado por una risa familiarmente extravagante, primero lenta…luego estruendosa. Haciendo nada más que retumbar en los oídos de todos. Gales abrió los ojos de par en par, al reconocer aquella risa y sentir como su corazón parecía no decidirse entre latir rápido o lento. Irlanda se estremeció por completo y sus manos se volvieron puños al entender que aquello que escuchaba no era una alucinación. Ludwig y Feliciano apuntaron con sus armas a los dos británicos en la cabeza. Arthur, junto a Lovino, llegaron a la habitación donde sus compañeros parecían tener éxito, aunque pareciera imposible ensanchó más su sonrisa, y con burla preguntó sin esperar respuesta: ―¿Ya ven lo que pasa cuando los niños se portan mal?

Quienes estaban tendidos en el suelo se preguntaron lo que había pasado con Suecia, era claro que no pudo contra la fuerza de sus adversarios.

―Bien… ―Comenzó Feliciano― ¿Ahora podemos irnos y confiar en que esta mierda no te pasará otra vez, o mejor dejas que nosotros nos encarguemos?

Arthur se rió antes de responder con sorna: ―¿No sería mejor eliminar de una vez a quienes tienen posibilidad de interferir en vez de mantenerlos como peones? ― Más que incógnita, era una afirmación que jugaba a ser una pregunta. Arthur comprendió que a veces mantener vivos a sus enemigos para jugar no siempre podía ser positivo.

La condena de muerte para quienes podían usar magia a su antojo era lo más seguro para los usurpadores. Entonces, sin decir nada y mientras sonreía, Feliciano preparó su arma para pronto jalar el gatillo en la cabeza de Irlanda. Ludwig hacía lo mismo para volarle la cabeza a Gales. El silencio era quebrado por las risillas del inglés, mientras miraba atento a los cuatro frente a él.

Feliciano abrió la boca sólo para burlarse: —¿Alguna cosa qué decir antes de morir, Irlan—?

La puerta fue derribada estrepitosamente para interrumpir las palabras del italiano, justo cuando Ludwig y Feliciano estaban a punto de jalar el gatillo. La distracción les dio tiempo a Irlanda y Gales de moverse lejos de sus enemigos. Ahí frente a ellos Kiku, inconsciente, estaba siendo agarrado por Noruega y Islandia, quien ya estaba sano. El arma del japonés fue arrebatada y su cuerpo atado. Tras éstos entró también Dinamarca, cojeando y con su rostro cansado, pero con una sonrisa orgullosa en su rostro.

Entonces, con un tono de voz socarrón, se escuchó decir de Irlanda: —¿No te dije que soltaras las armas y te largaras, copia barata italiana? ¿Ves por qué te lo advertí? —Justo detrás de Feliciano y apuntando a la sien de este con una pistola.

Feliciano curvó sus labios en una mueca de enojo. Gales se acercó un poco al cuarto donde estaban sus hermanos alzó una mano rápidamente y se dirigió donde estaba Ludwig, amenazándolo con una cuchilla de magia que formaba su mano; el alemán frunció el ceño… Arthur simplemente dejó de reír, su rostro conservaba una mueca extraña e indescifrable.

Mientras, el actual representante de Estados Unidos buscaba frenético a quienes habían escapado de él. Usando personas más o menos manipulables y bajo sus órdenes mandó agentes en cubierto para encontrarlos. Feliciano había tenido la precaución de llamarlo para advertirle la situación, a sabiendas de lo crucial que era Canadá. Las naciones americanas aún no salían, sin embargo sabían lo que deberían hacer. Si bien es cierto que arriesgarse en aquellas condiciones era como suicidio, bien podría decirse también que era una espada de doble filo. Sus compañeros, ahora ex naciones, hallarían la manera de volver en cualquier momento, y si no podían localizar a Canadá sus contrapartes estarían en el lugar que estaban ocupando permanentemente.

De todas formas, y si de igual manera salían, sabían que podría ser que sus compañeros no llegaran a tiempo, o incluso que no llegaran nunca, mientras ellos eran eliminados del mundo de una forma lenta, cruel y dolorosa por oponerse a las nuevas reglas. Aunque los latinos intentaban evitar pensar así, no podían negarse aquella posibilidad, el que sus compañeros nunca volvieran y de que su resistencia y esfuerzo fueran en vano.

La buena noticia por ahora vendría siendo el escape que realizó Finlandia de la casa antes de que el regreso de Noruega e Islandia hiciera que el alboroto volviera a agravarse. Fue algo tortuoso y complicado, pero logró salir por la ventana sin causar más escándalo del que ya había en la casa. Finlandia corría con Escocia, todavía retorciéndose de dolor, en uno de sus hombros e Irlanda del Norte sobre el otro hombro. Sostenía a cada uno agarrándolos de sus costados y con la parte superior de sus cuerpos en la parte de enfrente.

Ahora. Las ex naciones recién llegaban a su propia y amada dimensión junto con Adam, Matthew y Francis. Estaban en territorio inglés a tan sólo unas cuadras de la casa de Inglaterra…

Vee, al fin regresamos —expresó feliz Italia Veneciano. Su hermano a su lado asintió con Alemania.

Japón comentó casi susurrando: —Es bueno estar de regreso.

El resto pensaba lo mismo, un poco más animados y felices de avanzar. Incluso Inglaterra, en la espalda de Estados Unidos, estaba despertando. Al notar un cambio en su alrededor, un con un cansancio que se notaba incluso en su voz, se atrevió a preguntar: —¿Logramos regresar?

Estados Unidos, feliz por escucharlo y porque la respuesta que daría era positiva, exclamó: —Sure! Finally we return!— Inglaterra sintió un alivio en su interior y se permitió reposar su cabeza en los hombros de su compañero.

Pero toda la alegría de ellos no duró demasiado. Los nervios los carcomían, sentir como se les acababa la vida era una gran desesperación. Se les vidriaron los ojos al ver su mundo sumido en un caos social, la gente se notaba rara y el desorden se notaba evidente, con casas arruinadas y el vandalismo e irresponsabilidad inconsciente por doquier. Una vez, cada uno, se había prometido hacer todo lo posible para no volver a ser heridos ni herir. Y ahora, aún cuando no estaban conectados con lo que sucediera en su respectivo país, sentían el dolor más grande que hubieran sentido en sus largas vidas al entender la dolorosa posibilidad de que aquello fuese perpetuo.

De pronto escucharon una voz, algo seca y cansada, exclamar: ―¡A-Al fin volvieron!

Finlandia se acercaba corriendo hacia el grupo con dos de los hermanos de Inglaterra en sus hombros. Las ex naciones los miraron con asombro y preocupación.

―¡Finlandia ¿qué haces aquí, qué pasó, por qué …?! ―Alemania detuvo sus preguntas al mirar el estado de Escocia e Irlanda del Norte.

Ni bien Finlandia acababa de llegar hasta ellos cuando Inglaterra ya se había bajado de la espalda de Estados Unido. Alterado, con enojo y preocupación se acercó a examinar a sus hermanos. Se tambaleó y casi calló dos veces pero poco le importó. Aún sobre el hombro de Finlandia Escocia seguía retorciéndose de dolor sin siquiera soltar un sonido de su boca.

Los demás no dejaron decir nada a Finlandia, simplemente lo bombardearon con preguntas tales como: ―¿Qué fue lo que les pasó, dónde están los demás, sabes algo de Canadá?—. Pero este negó con la cabeza y rápidamente les respondió otra cosa: ―Les digo eso luego. Ahora hay que ayudar a los demás nórdicos, ellos están adentro de la casa de Inglaterra y sobretodo a Escocia, Arthur le lanzó una maldición de muerte― los demás se estremecieron ante aquello. En especial el hermano de la nación mencionada.

—¿Qué dijiste? ¿Qué le lanzó Arthur? —Preguntó Inglaterra, volviendo a ver hacia la nada, con sus manos sobre el rostro de Escocia. Un remolino de emociones lo hizo sentir más débil y frustrado. Finlandia respondió simplemente: —Una maldición de magia prohibida.

Inglaterra se estremeció, sin creerlo por completo, sintiéndose impotente y frustrado por darse cuenta de tal situación. Escocia se sintió un poco mejor en el fondo, al reconocer el tacto de su hermano, creyó que su voz había sido su imagin

—No puede ser…—Se acachó un poco, abrazando a como pudo a Escocia y pasando una mano sobre el cabello de Irlanda del Norte—. Bloody hell… Bloody hell… Bloody hell… Bloody hell…

"Idiotas, no tenían que luchar…" Susurró Inglaterra para sus adentros, sabiendo que sus hermanos no lo escucharían. Luego sacudió su cabeza, suspirando y tragándose sus ganas de llorar de furia y tristeza, y regresó su mirada al grupo para que pudieran continuar con sus planes. Los demás asintieron sin decir nada al respecto, entendían parte del dolor que su compañero sentía. Adam miró a Francis y Matthew y asintió en aprobación, el francés decidió hablar:

―Estamos aquí para ayudarles, pero tal vez presentarse no sería adecuado, al menos no todavía.

―Necesitamos encontrar a Canadá lo más pronto posible… Pero primero debemos escondernos ―terminó de decir Matthew.

...


Sure! Finally we return!: ¡Seguro! ¡Finalmente regresamos! / ¡Por supuesto! ¡Por fin regresamos!

Bloody hell!: ¡Maldición! / ¡Maldita sea!