Hola! Hago acto de presencia otra vez. Amanecí con muchas ganas de escribir, pero antes de avanzar con otro fanfic tenía que actualizar aquí. Les dejo el siguiente capítulo, que lo disfruten.
Los personajes (excepto Honey) no son míos, pertenecen a Masami Kuramada y Shiori Teshirogi.
Capítulo XVIII
Despertar.
"No me tientes, que si nos tentamos no nos podremos olvidar."- Mario Benedetti
Mu descendió hasta el primer piso dispuesto a dejar de lado lo ocurrido con Saga, aunque él no quisiese, recordaba ese beso haciendo latir su corazón de una manera tan fuerte que comenzaba a temer el verdadero motivo. Inhaló profundamente para tranquilizarse y entró a la sala donde yacían sus otros compañeros sosteniendo un interrogatorio contra Camus. El susodicho se encontraba sentado en uno de los sillones individuales, Regulus permanecía a su lado con sus brazos cruzados como si quisiera intimidarlo; Albafica y Dégel estaban vigilando por el ventanal, alertas, por si veían algún enemigo; Sísifo y Aldebarán descansaban en el sillón más grande ubicado a la derecha de Camus; Milo, por su parte, resguardaba la entrada de la estancia, el de Aries pudo notar su rostro invadido por la decepción.
─ ¿Tú lo sabías?─ preguntó Dégel, mirando al acusado de una forma fría y penetrante, digno del santo de Acuario.
─ Como su compañero de Leo afirmó, yo era conocedor de su ubicación─ confesó contrarrestando la vista de su predecesor, percatándose de cómo el santo de Piscis había colocado una mano sobre el hombro del de Acuario.
─ Por callarlo, perdimos a un camarada─ dijo Milo por la espalda del galo. Si la intención del griego al escupir esas palabras era hacerle sentir mal, lo había conseguido.
─ También sabe donde se encuentra Shion─ aseguró Regulus.
─ ¿Eso tampoco lo dirás?─ cuestionó el escorpión, reprochándole.
─ Milo─ reprendió Mu, al notar cómo el octavo guardián era arrastrado por sus emociones.
─ Su Patriarca se encuentra en el sótano del Le Sanctuaire─ confesó sintiéndose herido con las palabras de su amante.
─ Entonces hay que ir─ comentó Aldebarán incorporándose.
─ No es tan sencillo─ murmuró Regulus.
─ ¿A qué te refieres, Regulus?─ preguntó Sísifo al menor.
─ Ese lugar no existe─ informó, tomando de sorpresa a todos, incluyendo a Camus─. Sólo es una ilusión creada por esa diosa, para poder reunir a los Santos de Atenea que revivió en un solo lugar, necesario para crearles una nueva vida en esa memoria falsa─ trató de darse a entender─. Nuestras técnicas no tendrían el mismo poder en un mundo controlado por ella, no podemos ir sin haber hecho un plan.
─ Concuerdo contigo, Regulus─ secundó el pez.
─ Yo puedo llevarlos hacia el Patriarca─ se ofreció Saga llegando al punto donde se concentraban sus compañeros. Camus miró sobre su hombro para observar desconcertado al geminiano, mientras el resto lo miraba con duda.
─ De acuerdo─ aceptó Sísifo al ser su única opción─. ¿Te haces cargo del asunto, Albafica?─ preguntó dirigiéndose hacia su camarada, quien se limitó a asentir.
─ ¿Por dónde entrarán, muchacho?
─ Por la parte trasera─ respondió a pesar de no agradarle la forma en la que Aldebarán se había referido hacia él─. Ahí se encuentra una puerta que conduce tanto a la habitación de Patriarca como a la prisión donde permanecían ustedes─ dijo lo último mirando a Regulus.
─ Quiero acompañarlos─ pronunció Dégel casi con urgencia.
─ Yo igual─ comentó el otro acuariano.
─ No─ negó el arquero mirando severo a Camus─. Milo y tú estarán a cargo del cuidado de Atenea.
─ Dégel, Géminis─ el de Piscis se dirigió al gemelo─. Tenemos que planear el rescate de Shion─ se levantó y posteriormente salió de la estancia en compañía de sus dos compañeros.
─ Aldebarán, Regulus y Camus, permítanme un momento a solas con Milo, por favor─ pidió el de Sagitario.
Los aludidos asintieron y se marcharon en silencio. El francés, al pasar cerca del escorpión, le dirigió una mirada que éste no correspondió, evidentemente se sentía defraudado y no podía reprochárselo.
Al quedarse los dos a solas, Sísifo se incorporó acercándose a su joven compañero, que permanecía de pie en la entrada como momentos antes. Se miraron unos instantes, sabiendo ya cuál era el tema a discutir, no paso mucho tiempo para que se rompiera el silencio.
─ El enemigo se ha dejado al descubierto y no sabemos cuál es su verdadero plan... Haz lo que consideres mejor para preservar la paz─ caminó al no esperar una contestación, colocó su mano izquierda en el hombro del otro por unos segundos y se retiró.
Milo no dejó su posición, veía al frente encontrándose con su tenue reflejo en el reparado ventanal... ¿Acaso Sísifo le había sugerido indirectamente ponerle fin a la vida de Camus? Cerró sus ojos ante este pensamiento, dio media vuelta ondulando su blanca capa y siguió la misma dirección por donde habían desaparecido sus compañeros. Si eso era lo que tenía que hacer por el bienestar de todos, lo haría. Porque más allá de todo, el seguía siendo un santo de Atenea... el seguía siendo Milo de Escorpio.
...
Los santos dedicaron el resto del día a estudiar a su enemigo gracias a la información que les brindaron Saga y Camus, así como elaborar estrategias para la batalla. Ahora la noche los acogía, siendo abrigados por la luz proveniente de la bóveda celeste, los nueve caballeros permanecían agrupados en la entrada de la mansión luciendo sus corazas de oro, con excepción de Camus que vestía sólo ropa casual.
─ Dejamos a Atenea en tus manos─ le dijo Sísifo al escorpión a modo de despedida.
Milo hizo una reverencia con su cabeza aceptando el peso y el honor de esa tarea. Sin más, vio partir a sus compañeros hacia el campo de batalla.
─ Camus─ nombró Milo, captando la atención del aludido, quien se hallaba con la vista pérdida─. Acompáñame, hay un lugar que quiero mostrarte─
El de Acuario seguía de cerca al griego sin atreverse a hablar, pues no encontraba las palabras para comenzar a disculparse. Era conducido por pasillos que no se había atrevido a aventurar durante su estancia, tal vez... ¿la habitación de Atenea?
─ Es aquí─ la voz del escorpión lo devolvió a la realidad.
Abrió la puerta y se adentraron a la habitación. Algunos pares de libreros se ubicaban en el fondo, cada uno lleno de diversos ejemplares. En cada pared colgaba una lámpara que iluminaba débilmente el lugar, por lo que el onceavo custodio no pudo apreciar del todo los detalles de la habitación. Sin embargo, algo logró enfocar su atención... Frente al ventanal, iluminado por la brillante luz de luna, yacía un blanco piano.
Se encaminó hacia él atraído por una extraña sensación, Milo se limitaba a observarlo sin lograr impedir que la nostalgia lo inundara, el escenario era parecido al que tuvieron en su último encuentro juntos, antes de que el acuariano muriera a manos del Cisne. Su aguja escarlata se asomó, primero haría que Camus se arrepintiera de los actos cometidos y de las cosas calladas, porque si las hubiera compartido tal vez Kardia y los otros estarían con vida. Dio unos pasos hacia el francés.
─ ¿Ya he estado aquí?─ preguntó el acuariano recorriendo con sus yemas el teclado bicolor... "No mueras", podía escuchar esas palabras, pronunciadas por la voz del octavo guardián, resonando con fuerza en su cabeza─. Tú y yo... ¿estuvimos aquí?
El cuestionamiento descolocó a Milo, bajó su mano con la que tenía pensado realizar su ataque y se aproximó hacia su amante. Sus sombras se proyectaban sobre el blanco objeto y, sólo a esa distancia tan corta, el griego pudo notar una lágrima resbalando por la mejilla gala.
"Te amo", su propia voz resonó con fuerza en su cabeza, ese par de palabras dedicado a Milo hizo que su corazón latiera con el doble de fuerza, al igual que en aquella ocasión. El francés se llevó una mano a la sien, sólo la caricia otorgada por la mano del escorpión, que limpiaba el recorrido de la gota salada, lo logró sacar de su agobio.
Lo miró mientras otras lágrimas abandonaban sus ojos, sus manos se colocaron en el cuello de Milo quien lo miraba sin entender. Acortó la distancia que se interponía entre sus labios, intercambiando alientos hasta que Milo le permitió la tan ansiada entrada a su cavidad, que degustó como si fuera la primera vez que lo hacía.
El de Escorpio abrazó la cintura del acuariano, arrimándolo a su cuerpo, queriendo sentir esa piel tan fría que hacía un contraste increíble con la suya. Las lagrimas seguían cayendo, humedeciendo el tan esperado contacto; a ninguno le importó, ambos siguieron robándose el aliento, hasta que no quedase ninguna gota. No había necesidad de palabras, Milo podía sentirlo… podía sentir que aquel a quien tanto amaba había regresado a él.
Un estruendo los hizo separarse precipitadamente, ambos dirigieron sus ojos hacia la entrada del lugar. El escorpión corrió apresuradamente saliendo del cuarto, si no se equivocaba, el ruido provenía de la recámara de Atenea.
Los cristales del ventanal junto a Camus se rompieron en miles de pedazos, impactados por una fuerza invisible. El acuariano se cubrió de las partes filosas y, después de que todo terminó de caer, se descubrió mirando hacia los restos del ventanal, ahí se encontraba Honey haciendo alarde de su verdadera cabellera, larga y oscura, así como de las marcas negras en forma de serpiente que tenía en cada brazo. A pesar de mostrar su verdadero ser, las heridas en todo su cuerpo eran evidentes, como lo era la rabia en sus ojos.
Los copos de nieve comenzaron a invadir el lugar, el santo de Acuario estaba consciente de su desventaja pero no por eso se rendiría, eso jamás sería un impedimento para un santo de Atenea. Alzó sus brazos uniéndolos en el aire pensando en ejecutar su técnica más poderosa, aquella que le había privado de la vida y que, posiblemente, lo haría de nuevo.
...
Se concentraron en las afueras del "Le Sanctuaire", con un solo pensamiento en mente: acabar con el enemigo aún sacrificando sus vidas. Albafica, Dégel y Saga fueron los primeros en moverse, dirigiéndose hacia la parte trasera del lugar como estaba planeado desde el comienzo. Sísifo era el encargado de guiar al resto, abrió la puerta del local, escuchando el característico sonido de la diminuta campana, y se adentró siendo seguido por sus compañeros. La puerta se cerró violentamente tras de ellos, las luces dejaron de iluminar su sendero…
Fue el de Piscis quien pateó la puerta, derribándola, permitiéndoles el paso a las prisiones. El griego dio unos pasos hacia el interior, el cual se dividía en dos pasillos ligeramente iluminados por antorchas que decoraban todo su largo, con un movimiento manual les indicó a sus acompañantes que tomaran el camino de la derecha, mientras él seguiría hacia el frente, los dos asintieron y se dirigieron hacia la dirección indicada.
Anduvo por el corto pasillo hasta topar con una puerta metálica, colocó su mano en el picaporte percatándose de que no estaba bajo llave como debería, la abrió y no tuvo que introducirse en la habitación para notar lo que había ocurrido; el cuerpo del Patriarca estaba a un par de metros de distancia rodeado de sangre, procedió a darse vuelta… evidentemente ya no había nada que hacer. Caminó para dirigirse hacia el verdadero motivo por el cual se encontraba en ese sitio: el cinturón con las almas de la Orden Dorada.
Se hallaron con la puerta, que Dégel había visto con anterioridad, deshecha; ahora, nada lo separaba de ir hacia el interior pero algo en él lo hizo detenerse, tal vez en su interior sabía lo que encontraría si continuaba. Albafica al dirigirle una mirada a su compañero, pudo imaginarse la difícil situación en la que se encontraba: el hecho de perder a alguien al que amas. Se adelantó unos pasos, antes de que el acuariano lo tomara por la muñeca frenando su avance. El pez se zafó sutilmente de aquel agarre y dejó que el onceavo custodio lo rebasara, entendiendo que quisiera ser el primero en ver lo que fuese que se encontrasen dentro.
Al adentrarse, se toparon con la prisión absolutamente vacía… el cuerpo de Kardia no estaba. Dégel bajó su rostro ante el descubrimiento, esas situaciones simplemente lo superaban, le había perdido por segunda ocasión.
─ Eres tan egoísta─ murmuró en voz baja, aunque no pasó desapercibido por el peliazul─. Siempre lo serás─ continuó levantando su rostro hacia el techo, imaginándose a la constelación de Escorpio en todo su esplendor, restregándole a Acuario la maravillosa muerte que había tenido uno de sus representantes─. Vamos, Albafica.
El aludido siguió a su compañero con el fin de reunirse con los demás, permanecía callado y desconcertado por la actitud del otro, creyó que el otro se desmoronaría como él lo hizo al perder a Manigoldo. Fue entonces que comprendió, tal vez no tardarían en reencontrarse otra vez en el Inframundo.
...
La oscuridad en la que fueron sumergidos duro un corto periodo de tiempo, por sí mismas, las velas del lugar se encendieron, iluminando aquel lugar; la tienda de trajes había desaparecido por completo, tomando su lugar estaba un salón el cual, gracias a las ventanas recién aparecidas en el lado izquierdo, era un poco más visible por la luz que atravesaba los cristales; las piezas que conformaban la loseta, brillaban ligeramente de un tono púrpura, mezclándose con el color negruzco de las sombras producidas por la flama de los objetos de cera, los cuales descansaban en los hocicos de los largos candelabros con forma de un par de serpientes que se torcían mientras ascendían; a sus espaldas, la puerta sencilla del "Le Sanctuaire" había sido suplantada por una enorme puerta de color verde oscuro adornada por grandes serpientes que devoraban a humanos; al frente descansaba la persona que buscaban… en la cima de unos cuantos escalones, permanecía la Diosa, sentada en un trono contemplando a los Santos de oro, mientras su cabeza caía hacia su derecha dejando desparramada su larga melena que parecía deslavarse, al combinar un color rubio y negro. Su vestido característico lucía en malas condiciones, permitiendo ver las heridas que presentaba su cuerpo y, en sus brazos, las marcas de los reptiles brillaban. Al ponerle atención a éstos, los caballeros notaron la presencia del Santo de Acuario, permanecía inconsciente con el cuerpo apoyado en sus piernas y su cabeza reposando en los muslos de Hécate, que la sujetaba con la mano izquierda.
─ Bienvenidos a su muerte, caballeros de Atenea─ saludó con una sonrisa torcida─. ¿Les gusta?─ preguntó, señalando el cuerpo del francés.
─ Suéltalo─ pidió Sísifo, alistando una de sus flechas doradas en el arco, apuntando a la Diosa.
─ ¿Y si no lo hago? ¿Qué harás?─ el de Sagitario disparó el arma como respuesta, pero el objeto puntiagudo murió al estrellarse contra un repentino campo de protección─. Aquí es donde se dan cuenta de que todo será en vano─ levantó su mano libre arrojando contra los santos rayos de energía oscura.
─ ¡Muro de Cristal!─ invocó el de Aries, colocándose al frente del grupo de caballeros.
La mayoría del ataque rebotó hacia su dueña antes de que la defensa ariana se rompiera y el resto de las descargas, tomó una sola dirección: Mu de Aries. Un escudo dorado impidió que el ataque llegara hasta su objetivo; la armadura de Libra había hecho su aparición y, de esta forma, su portador pudo proteger al alumno del difunto Patriarca. La diosa se limitó a levantarse por la revelación.
─ No permitiré que le hagas daño a nadie más─ pronunció Dohko, dejando su posición de defensa.
─ ¿No me permitirás?─ repitió con evidente molestia en su voz─ ¡Yo soy la que no les permitiré ni un minuto más con vida!─ de nuevo, lanzó su ataque contra la Orden pero, esta vez, un muro de hielo sólido se interpuso entre ella y su objetivo.
─ ¡Explosión de Galaxias!─ el ataque puso fin a la defensa de Acuario y se estrelló contra la protección de Hécate.
─ Así que recobraste tus recuerdos─ observó la Diosa, al encontrar a Saga entre los recién llegados.
─ El control de la mente no es tú fuerte─ respondió engreído. Ante el comentario, Hécate apartó el cuerpo de Camus arrojándolo hacia un lado para poder levantarse.
─ Me alegra que estén reunidos─ unió sus manos a la altura de su pecho formando un triángulo con ellas, las marcas en sus brazos comenzaron a brillar─. ¡Así podrán morir todos juntos!
Las dos serpientes en sus extremidades cobraron gran intensidad, emanando del triángulo formado una potente energía dirigida hacia los Caballeros dorados… Un gran rayo dorado, proveniente de la parte superior, se obstaculizó en su trayecto ocasionando un estruendo y que la habitación se iluminara, de tal manera, que impedía la visibilidad. Cuando todo estuvo despejado, los presentes deslumbraron a la causante de aquello… Atenea hacía su aparición junto con el Santo de Escorpio.
─ ¡Detén todo esto, Hécate!─ exigió, sosteniendo su báculo en lo alto, nombrando al enemigo por su verdadero nombre. Hace mucho tiempo que ambas diosas se habían conocido.
─ ¡¿Acaso no lo ves, Atenea?! ¡Por fin podrás ser libre de tus obligaciones!─ comenzó a descender por los escalones─. Si te unes a mí, terminaremos con todos tus enemigos, con todos esos Dioses, ya no tendrás preocupaciones… Podrás hacer lo que te plazca.
─ No soy la misma que conociste en el pasado… No quiero huir más─ miró con tristeza a la otra diosa, que ya había quedado a su altura, mientras apoyaba a Niké en el suelo─. Ellos…─ vio a sus protectores─ Son personas a las que quiero y aprecio… ¡No permitiré que los lastimes!
─ Tienes razón, Atenea─ observó desilusionada─. Ya no eres la misma… ni siquiera tu reencarnación lo es. La verdad, creí que conservarías el mismo pensamiento que la joven Sasha… Ella fue la única persona que me hizo sentir que mi existencia valía la pena… Sólo quería librarla de ese sentimiento que la agobiaba cuando nos conocimos... ¡Quería librarla de todos sus enemigos y de aquellos que la mantenían prisionera en ese Santuario!
Bueno, Camus ya recuperó sus recuerdos y por fin despertó Atenea. Según un libro de mitología que tengo, Hécate es la diosa de la oscuridad y representaba sus terrores. También se le considera diosa de la muerte, de la hechicería y de las encrucijadas. Se le suele representar con dos cabezas, con serpientes o con perros, es por eso que a mi personaje le puse una marca de serpiente en cada muñeca para simbolizar cada una de las cabezas.
Como sehabrán dado cuenta, desde el capítulo 15 ya no hay recuerdo al comienzo de cada episodio y ya no habrá en los futuros.
Muchas gracias a todos los que leen.
