PRIMERA PARTE

CARGAS

1. CALLOSIDADES

En primer lugar, hay que atraer a un spren.

Resulta relevante el tipo de gema: por su propia naturaleza, algunos spren se ven más intrigados por unas gemas que por otras. Además, es esencial tranquilizar al spren con algo que conozca y le guste. Por ejemplo, una buena hoguera es imprescindible para atraer a un llamaspren.

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Echo Griffin a la coaliciónde monarcas, Urithiru, jesevan de 1175

Lirin se sorprendió por lo relajado que se sentía mientras comprobaba las encías del niño en busca de síntomas de escorbuto. Sus años de formación como cirujano le estaban resultando útiles ese día. Los ejercicios de respiración, cuyo propósito era mantener firmes sus manos, funcionaban igual de bien para el espionaje que para practicar operaciones.

—Toma —dijo a la madre del niño, sacando del bolsillo una plaquita de caparazón tallado—. Enséñasela a la mujer del pabellón comedor y traerá zumo para tu hijo. Asegúrate de que se lo bebe todo, cada mañana.

Muchos grasias —respondió la mujer con un marcado acento herdaziano. Se abrazó a su hijo y miró a Lirin con ojos afligidos—. Si… si niño… encuentran…

—Me encargaré de que te avisen si llega alguna noticia sobre tus otros hijos —le aseguró Lirin—. Lamento tu pérdida.

La mujer asintió, se secó las mejillas y echó a andar con el niño en brazos hacia la garita de guardia que había a la entrada del pueblo. Allí un grupo de parshmenios armados le levantó la capucha y comparó su rostro con los retratos que les habían hecho llegar los Fusionados. Hesina, la esposa de Lirin, estaba por allí cerca para leerles las descripciones cuando se lo pedían. Tras ellos, la niebla matutina ocultaba Piedralar, que se veía como un grupo de oscuros bultos ensombrecidos. Como tumores. Lirin apenas alcanzaba a distinguir unas lonas extendidas entre los edificios que ofrecían un exiguo cobijo a los numerosos refugiados que llegaban desde Herdaz. Había calles enteras cerradas y se alzaban sonidos fantasmagóricos —el tintineo de platos, las conversaciones de la gente— entre la niebla. Aquellas chabolas no resistirían una tormenta, claro, pero podían desmontarse y guardarse deprisa. Era la única manera de albergar a tantos. La gente podía apretujarse en los refugios para tormentas durante unas horas, pero no podía vivir así. Lirin se volvió y echó un vistazo a las personas que esperaban su turno. La cola se perdía de vista en la niebla, acompañada de hambrespren con forma de insectos y agotaspren que parecían chorros de polvo. Tormentas, ¿cuántos más podían caber en Piedralar? Las poblaciones más cercanas a la frontera debían de estar llenas a rebosar, si había tanta gente desplazándose tan al interior.

Había pasado más de un año desde la llegada de la tormenta eterna y la caída de Alezkar. Un año durante el que el país de Herdaz, el vecino más pequeño y noroccidental de Alezkar, se las había ingeniado para mantener la lucha. Dos meses antes, el enemigo por fin había decidido aplastar el reino de una vez por todas, y fue entonces cuando empezó a crecer la cifra de refugiados. Como siempre, los soldados combatían mientras la gente corriente veía sus campos pisoteados, pasaba hambre y se veía obligada a abandonar sus casas. Piedralar hacía lo que podía. Aric y los demás, que habían sido guardias en la mansión de Roshone pero tenían prohibido portar armas, organizaban la cola e impedían que entrase nadie en el pueblo antes de que Lirin los hubiera visto. Lirin había convencido a la brillante Abiajan de que era necesario examinarlos a todos. Ella temía las infecciones; él solo quería interceptar a quienes pudieran necesitar tratamiento. Los soldados de Abiajan recorrían la cola, atentos. Parshmenios armados con espadas. Aprendiendo a leer, insistiendo en que los llamaran «cantores». Un año después de su despertar, Lirin aún encontraba extraños tales conceptos. Pero, en realidad, ¿a él qué más le daba? En ciertos sentidos, apenas había cambiado nada.

Los parshmenios se dejaban consumir por los mismos antiguos conflictos y con la misma facilidad que los brillantes señores alezi. Quienes saboreaban el poder siempre querían más y se lo procuraban a base de espada. La gente corriente sangraba y entonces le tocaba a Lirin coserles las heridas. Volvió al trabajo. Lirin aún tenía más de cien refugiados a los que examinar ese día. Oculto entre ellos estaba un hombre que había provocado buena parte de tanto sufrimiento. Era el motivo de que Lirin estuviera tan nervioso. Pero el siguiente de la cola no era él, sino un harapiento alezi que había perdido un brazo en batalla. Lirin inspeccionó la herida del refugiado, pero ya tenía unos meses de antigüedad y no había nada que Lirin pudiera hacer con las extensas cicatrices. Lirin movió un dedo de un lado a otro delante de la cara del hombre mientras observaba cómo lo seguían sus ojos.

«Conmoción», pensó.

—¿Has sufrido alguna herida reciente de la que no sepa?

—Ninguna herida —susurró el hombre—. Pero los forajidos… se llevaron a mi esposa, buen cirujano. Se la llevaron… y me dejaron a mí atado a un árbol. Se marcharon sin más, riéndose…

Vaya, hombre. La conmoción mental no era algo que pudiera extirpar con un bisturí.

—Cuando llegues al pueblo —le dijo Lirin—, busca la tienda número catorce. Diles a las mujeres de allí que vienes de mi parte.

El hombre hizo un débil asentimiento, pero tenía la mirada vacía.

¿Habría interiorizado las palabras? Lirin memorizó la descripción del hombre (pelo entrecano con un remolino en la coronilla, tres grandes verrugas en el pómulo izquierdo y, por supuesto, un brazo de menos) y tomó nota mental de preguntar por él esa noche en la tienda. Allí los ayudantes observaban a los refugiados que pudieran mostrar tendencias suicidas. Habiendo tanta gente de la que ocuparse, era lo máximo que podía hacer Lirin.

—Venga, adelante —dijo, empujando al hombre con suavidad en dirección al pueblo—. Tienda catorce. No lo olvides. Lamento tu pérdida.

El hombre se marchó.

—Con qué facilidad lo dices, cirujano —dijo una voz desde detrás.

Lirin se volvió y al instante hizo una respetuosa inclinación. Abiajan, la nueva consistora, era una parshmenia con la piel muy blanca y unas finas vetas rojas en las mejillas.

—Brillante —saludó Lirin—. ¿Qué decíais?

—Acabas de asegurar a ese hombre que lamentas su pérdida —respondió Abiajan—. Se lo dices a todos con mucha facilidad, pero pareces tener la compasión de una piedra. ¿De verdad lo sientes por esa gente?

—Sí que lo siento, brillante —dijo Lirin—, pero debo tener cuidado para que no me abrume su desgracia. Es una de las primeras reglas cuando uno se hace cirujano.

—Qué curioso. —La parshmenia alzó la mano segura, envuelta en la manga de una havah—. ¿Te acuerdas de cuando me disloqué el brazo de niña y me lo colocaste en su sitio?

—Me acuerdo.

Abiajan había regresado, con un nombre nuevo y una misión encomendada por los Fusionados, después de huir con los demás parshmenios tras la tormenta eterna. Había traído consigo a muchos otros, todos ellos oriundos de la región, pero de los parshmenios de la propia Piedralar solo había vuelto Abiajan. Nunca hablaba de lo que había experimentado durante esos meses de ausencia.

—Qué recuerdo más curioso —dijo ella—. Ahora esa vida me parece un sueño. Recuerdo el dolor. La confusión. Una figura severa que me provocó más dolor… aunque ahora sé que pretendías curarme. Fueron muchas molestias las que te tomaste por una niña esclava.

—Nunca me ha preocupado a quién sano, brillante, ya sea un esclavo o un rey.

—Ya, y seguro que el hecho de que Wistiow te pagara una buena suma por mí no tuvo nada que ver con ello. —Miró a Lirin entornando los ojos y, cuando siguió hablando, sus palabras adoptaron una cierta cadencia, como si estuviera recitando la letra de una canción—. ¿Lo sentiste por mí, por la pobre y confundida niña esclava cuya mente le habían robado? ¿Sollozabas por nosotros, cirujano, y por la vida que llevábamos?

—Un cirujano no debe sollozar —respondió Lirin en voz baja—. Un cirujano no puede permitirse el llanto.

—Como una piedra —repitió ella, y negó con la cabeza—. ¿Has visto plagaspren en alguno de estos refugiados? Si esos spren llegan al pueblo, podrían matar a todo el mundo.

—Las enfermedades no las provocan los spren —dijo Lirin—. Se extienden por culpa del agua contaminada, la ausencia de higiene o, a veces, por el aliento de quienes ya la sufren.

—Supersticiones —objetó ella.

—Sabiduría de los Heraldos —replicó Lirin—. Deberíamos ir con cuidado.

Existían fragmentos de antiguos manuscritos, traducciones de traducciones de traducciones, en los que se mencionaban enfermedades que se extendían muy deprisa. No había registros de nada parecido en ningún texto moderno que hubiera leído Lirin, pero sí le habían llegado rumores de algo extraño que sucedía en el oeste: lo llamaban una nueva plaga. Había muy pocos detalles. Abiajan siguió su camino sin decir más. Sus asistentes, un grupo de parshmenios y parshmenias de alta posición, la siguieron. Aunque el corte de sus ropajes seguía la moda alezi, los colores eran más claros, más apagados. Los Fusionados les habían explicado que los cantores de antaño evitaban los colores vivos para no desviar la atención de las pautas de su piel. Lirin percibía una búsqueda de identidad en la manera de actuar de Abiajan y los demás parshmenios. Su acento, su ropa, sus ademanes… todo eso era inequívocamente alezi. Pero se quedaban absortos cada vez que los Fusionados les hablaban de sus antepasados y buscaban maneras de emular a aquellos parshmenios muertos mucho tiempo atrás. Lirin se volvió hacia el siguiente grupo de refugiados, una familia al completo, para variar. Debería alegrarse de verlo, pero no pudo evitar preguntarse lo costoso que iba a ser alimentar a tres niños y sus padres que llegaban desfallecidos por la malnutrición. Mientras los enviaba hacia el pueblo, vio que una silueta conocida avanzaba junto a la fila de gente hacia él, ahuyentando a los hambrespren. Emory, como de costumbre en los últimos tiempos, llevaba un sencillo vestido de sirvienta y un guante en la mano en vez de manga, y cargaba con un cubo de agua para dar de beber a los refugiados que esperaban. Sin embargo, Emory no caminaba como lo haría un sirviente. En la mujer había… una cierta determinación que ninguna obediencia impuesta podía extinguir. El mismísimo fin del mundo parecía resultarle más o menos igual de molesto que una mala cosecha en otros tiempos. La joven se detuvo junto a Lirin y le ofreció agua de su odre en un vaso limpio, tal y como él insistía en que lo hiciera, en vez de tomada directamente con un cucharón del cubo.

—Está el tercero de la cola —susurró Emory mientras Lirin daba un sorbo.

Lirin gruñó.

—Es más bajito de lo que esperaba —comentó Emory—. Se supone que es un gran general, el líder de la resistencia herdaziana, pero se parece más a un mercader ambulante.

—La genialidad no sabe de tallas, Emory —repuso Lirin, y le pidió con un gesto que le rellenara el vaso como excusa para poder seguir hablando.

—Aun así… —dijo ella, pero dejó la frase a medias al ver que pasaba cerca Durnash, un parshmenio alto con la piel veteada en negro y rojo que llevaba una espada a la espalda. Cuando se hubo alejado lo suficiente, Emory siguió hablando en voz baja—. De verdad que me sorprendes, Lirin. No has propuesto ni una vez que entreguemos a este general clandestino.

—Lo ejecutarían —dijo Lirin.

—Pero de todos modos, lo consideras un criminal, ¿verdad?

—Carga con una responsabilidad terrible: ha perpetuado una guerra contra una fuerza enemiga avasalladora. Ha dilapidado las vidas de sus tropas en una batalla imposible.

—Hay quienes lo llamarían heroísmo.

—El heroísmo es un mito que se cuenta a los jóvenes idealistas, en concreto cuando uno quiere que vayan a sangrar por él. Fue lo que hizo que mataran a un hijo mío y que me arrebataran a otro. Puedes quedarte con tu heroísmo y devolverme a cambio las vidas que se desperdiciaron en conflictos absurdos.

Por lo menos, parecía que aquel conflicto ya estaba a punto de terminar. Con la resistencia de Herdaz derrotada por fin, era de esperar que el flujo de refugiados menguara. Emory lo miró con sus ojos de color verde claro. Era una mujer muy perspicaz. Cómo desearía Lirin que la vida hubiera tomado un derrotero distinto, que el viejo Wistiow hubiera aguantado con vida unos pocos años más. De ser así, quizá Lirin podría llamar hija a aquella mujer y tener a Tien y a Raven junto a él, trabajando como cirujanos.

—No entregaré al general herdaziano —aseguró Lirin—. Deja de mirarme así. Odio la guerra, pero no voy a condenar a tu héroe.

—¿Y tu hija vendrá a recogerlo pronto?

—Hemos enviado un aviso a Rav. Debería ser suficiente. Asegúrate de que tu marido tiene preparada su maniobra de distracción.

Emory asintió y se marchó a ofrecer agua a los guardias parshmenios apostados a la entrada del pueblo. Lirin atendió a los siguientes refugiados con presteza hasta que llegó el turno a un grupo de figuras envueltas en capas. Se tranquilizó haciendo un breve ejercicio de respiración que había aprendido de su maestro hacía muchos años, en el quirófano. Aunque su interior era una tempestad, a Lirin no le temblaron las manos cuando indicó a los encapuchados que se acercaran.

—Tendré que examinaros —dijo Lirin en voz baja—, para que no llame tanto la atención que luego os saque de la cola.

—Empieza por mí —dijo el hombre más bajito del grupo. Los otros cuatro cambiaron de posición para situarse a su alrededor.

—Que no se note tanto que estáis protegiéndolo, estúpidos —siseó Lirin—. Venga, sentaos en el suelo. A lo mejor así tendréis menos pinta de ser una panda de matones.

Los hombres obedecieron y Lirin acercó su taburete al que parecía el líder. El hombre llevaba un fino bigote entrecano y tendría cincuenta y tantos años. Su piel, curtida por el sol, era más oscura que la de la mayoría de los herdazianos; casi podría haber pasado por azishiano. Tenía los ojos de un tono castaño oscuro y profundo.

—¿Eres él? —susurró Lirin mientras acercaba la oreja al pecho del hombre para comprobarle el pulso.

—Lo soy —respondió el hombre.

Dieno enne Calah. Dieno el Visón en herdaziano antiguo. Hesina había explicado a Lirin que «enne» era un título honorífico que implicaba grandeza. Habría cabido esperar, como por lo visto era el caso de Emory, que el Visón fuese un guerrero brutal, fraguado en el mismo yunque que hombres como Bellamy Griffin o Meridas Amaram. Sin embargo, Lirin sabía que los asesinos podían adoptar todo tipo de formas. Al Visón tal vez le faltase estatura, y tal vez le faltase un diente, pero había potencia en su complexión esbelta y Lirin descubrió un buen número de cicatrices durante su examen. Las que tenía en las muñecas, de hecho… eran las cicatrices que dejaban los grilletes en la piel de los esclavos.

—Gracias —dijo Dieno— por ofrecernos refugio.

—No fue decisión mía —repuso Lirin.

—Aun así, ayudas a que la resistencia escape para seguir con vida. Que los Heraldos te bendigan, cirujano.

Lirin sacó una venda y empezó a envolver una herida del brazo del hombre que no estaba bien tratada.

—Que los Heraldos nos bendigan a todos con un final rápido para este conflicto.

—Sí, uno que envíe a los invasores corriendo de vuelta a la Condenación, donde se engendraron.

Lirin siguió trabajando.

—¿No estás de acuerdo, cirujano?

—Tu resistencia ha fracasado, general —dijo Lirin mientras apretaba el vendaje—. Tu reino ha caído, igual que el mío. Seguir combatiendo solo servirá para que haya más muertos.

—No pretenderás obedecer a estos monstruos, ¿verdad?

—Obedezco a quien tiene la espada contra mi cuello, general —respondió Lirin—. Igual que he hecho siempre.

Concluyó su examen y luego echó un somero vistazo a los cuatro acompañantes del general. No había mujeres. ¿Cómo iba a leer el Visón los mensajes que le enviaran?

Lirin fingió encontrar una lesión en la pierna de un hombre y, después de darle unas instrucciones, el supuesto paciente empezó a cojear como correspondía y soltó un aullido de dolor. El pinchazo de una aguja hizo que salieran reptando dolorspren del suelo, con forma de pequeñas manos de color naranja.

—Esto requiere cirugía —dijo Lirin en voz alta—, o es posible que pierdas la pierna. No, no quiero oír quejas. Vamos a ocuparnos de ello ahora mismo.

Envió a Aric a traer una camilla. Situar a los otros cuatro soldados, general incluido, como portadores de la camilla proporcionó a Lirin la excusa perfecta para sacarlos a todos de la cola. Lo único que faltaba era la distracción, que llegó en forma de Toralin Roshone, marido de Emory y exconsistor de Piedralar. El hombre salió trastabillando del pueblo envuelto en niebla, tambaleándose inestable. Lirin hizo una seña al Visón y a sus soldados y empezó a guiarlos con paso lento hacia la garita de inspección.

—No vais armados, ¿verdad? —siseó entre dientes.

—Hemos dejado atrás las armas más evidentes —respondió el Visón—, pero será mi cara y no nuestras armas lo que nos delate.

—Ya lo hemos tenido en cuenta.

«Recemos al Todopoderoso para que funcione.»

Al ir acercándose, Lirin empezó a distinguir mejor a Roshone entre la niebla. Las mejillas del antiguo consistor colgaban en carrillos desinflados, acusando todavía el peso que había perdido tras la muerte de su hijo, siete años antes. Le habían ordenado afeitarse la barba, quizá por lo mucho que le gustaba llevarla, y ya no vestía con su takama de orgulloso guerrero. En lugar de ella, llevaba las rodilleras y los pantalones cortos de un raspador de crem. Cargaba con un taburete bajo un brazo, murmuraba farfullando para sí mismo y su pata de palo raspaba la piedra al andar. Lirin no habría podido asegurar si Roshone se había puesto como una cuba para el espectáculo o si estaba fingiendo. En cualquier caso, llamaba la atención. Los parshmenios de la garita de guardia se dieron codazos entre ellos y uno tarareó a un ritmo animado, como solían hacer cuando algo los divertía. Roshone escogió un edificio cercano y dejó su taburete en el suelo. Luego, para gran deleite de sus espectadores parshmenios, intentó subirse a él, pero erró, tropezó, se balanceó sobre el pie de madera y estuvo a punto de caer. Les encantaba observarlo. Hasta el último de aquellos nuevos cantores había tenido algún dueño ojos claros adinerado. Ver a un antiguo consistor reducido a borrachuzo torpón que se pasaba el día haciendo el trabajo más miserable de todos era, para ellos, más cautivador que la actuación de cualquier juglar. Lirin se aproximó al puesto de guardia.

—Este de aquí necesita cirugía inmediata —dijo, señalando al hombre de la camilla—. Si no actúo ya, podría perder una extremidad. Mi esposa pedirá a los demás refugiados que se sienten y esperen a que yo vuelva.

De los tres parshmenios asignados como inspectores, solo Dor se molestó en comprobar la cara del herido contra los retratos. El Visón estaba en los primeros puestos de la lista de refugiados peligrosos, pero Dor ni siquiera se molestó en mirar a los portadores de la camilla. Lirin había reparado unos días antes en aquella peculiaridad: cuando ponía a trabajar a los refugiados de la cola, los inspectores tendían a fijarse únicamente en la persona que iba en la camilla. Confiaba en que, con Roshone dando espectáculo, los parshmenios se relajarían incluso más. Pero aun así, Lirin se descubrió sudando cuando Dor vaciló al mirar un retrato. Lirin había enviado al Visón una carta, devuelta con el explorador que había llegado pidiendo asilo, advirtiéndole que trajera consigo solo a guardias de bajo nivel, que no figurarían en las listas. ¿Podría ser que…?

Los otros dos parshmenios se echaron a reír mirando a Roshone, que, a pesar de la embriaguez, intentaba llegar al techo del edificio para raspar el crem acumulado allí arriba. Dor se volvió para imitarlos e hizo un gesto distraído a Lirin para indicarle que siguiera adelante. Lirin cruzó una mirada fugaz con su esposa, que esperaba cerca. Menos mal que no había ningún parshmenio encarado hacia ella, porque estaba pálida como una shin. Lo más probable era que Lirin no tuviera mucho mejor aspecto, pero contuvo un suspiro de alivio mientras hacía avanzar al Visón y sus soldados. El plan era recluirlos en el quirófano, fuera de vista, hasta que…

—¡Que todo el mundo deje lo que está haciendo! —gritó una voz femenina desde atrás—. ¡Preparaos para mostrar respeto!

Lirin sintió una acuciante necesidad de correr. Estuvo a punto de hacerlo, pero los soldados siguieron caminando al mismo ritmo. Sí. Mejor fingir que no lo habían oído.

—¡Eh, cirujano! —le gritó la voz. Era la de Abiajan.

A regañadientes, Lirin se detuvo y empezó a practicar excusas en su mente. ¿Abiajan se creería que Lirin no había identificado al Visón? La consistora ya le tenía bastante ojeriza desde que Lirin había insistido en tratar las heridas de Jeber, después de que el muy idiota se hubiera ganado que lo ataran y lo azotaran.

Dio media vuelta, poniendo todo su empeño en calmar los nervios. Abiajan se acercó a toda prisa y, aunque los cantores no se sonrojaban, saltaba a la vista que estaba aturullada. Cuando habló, sus sílabas salieron rítmicas y marcadas.

—Acompáñame. Tenemos visita.

A Lirin le costó un momento comprenderlo. Abiajan no estaba exigiéndole explicaciones. Aquello era… ¿otra cosa?

—¿Hay algún problema, brillante? —le preguntó.

El Visón y sus soldados se detuvieron también, pero Lirin vio con el rabillo del ojo que movían los brazos bajo sus capas. El Visón le había dicho que no llevaban sus armas «más evidentes». Que el Todopoderoso lo asistiera, porque si aquello terminaba en sangre…

—Ningún problema —respondió Abiajan, hablando con rapidez—. Hemos sido bendecidos. Acompáñame. —Miró a Dor y los otros inspectores—. Haced correr la voz. Que nadie entre ni salga del pueblo hasta nueva orden mía.

—Brillante —dijo Lirin, señalando al hombre de la camilla—. Quizá la herida no parezca grave, pero estoy seguro de que si no lo llevo al quirófano ahora mismo…

—Tendrá que esperar. —Abiajan hizo un gesto al Visón y sus hombres—. Vosotros cinco, esperad. Que todo el mundo espere y punto. Muy bien. Esperad y… tú, cirujano, ven conmigo.

Abiajan echó a andar a zancadas, confiando en que Lirin la seguiría. Él cruzó la mirada con el Visón, le indicó con un movimiento de cabeza que esperara y se apresuró tras la consistora. ¿Qué sería lo que le hacía perder así la compostura?

Era evidente que la parshmenia había estado practicando un aire regio, pero en esos momentos lo había abandonado por completo. Lirin cruzó el campo que había fuera del pueblo, en paralelo a la cola de refugiados, y no tardó en hallar su respuesta. Una figura imponente, de bastante más de dos metros de altura, salió de entre la niebla acompañada de un pequeño pelotón de parshmenios armados. La espantosa criatura tenía barba y pelo largo del color de la sangre seca, que parecían fundirse con la simple franja de tela que la envolvía como si también utilizara el cabello para cubrirse. Su piel era de un negro casi puro, con líneas de veta roja bajo los ojos. Pero lo que más destacaba era su coraza natural dentada, que no se parecía a ninguna que Lirin hubiera visto antes, con un extraño par de aletas de caparazón, o cuernos, sobre las orejas. Los ojos del ser emitían un suave brillo rojo. Un Fusionado. Allí, en Piedralar. Lirin llevaba meses sin ver a ninguno, y había sido solo de pasada, cuando un grupo reducido había hecho un alto de camino hacia el frente de Herdaz. Ese grupo había volado por los aires en sus túnicas vaporosas, empuñando largas lanzas. Aquellos Fusionados habían evocado una belleza etérea, pero el caparazón de la criatura que Lirin tenía delante parecía mucho más letal, como algo que en efecto podría haber emergido de la Condenación. El Fusionado habló en un idioma rítmico a una figura más pequeña que estaba a su lado, una parshmenia en forma de guerra.

«Cantora, no parshmenia —se recordó Lirin a sí mismo—. Usa la palabra correcta hasta en tu cabeza, para no equivocarte cuando hables.»

La cantora en forma de guerra se adelantó para traducir las palabras del Fusionado. Por lo que había oído Lirin, hasta los Fusionados que hablaban alezi solían valerse de intérpretes, como si pronunciar un idioma humano fuese indigno de ellos.

—¿Eres el cirujano? —preguntó la intérprete a Lirin—. ¿Hoy has estado examinando a la gente?

—Sí —dijo Lirin.

El Fusionado habló y, de nuevo, la intérprete tradujo.

—Estamos buscando a una espía. Podría estar oculta entre estos refugiados.

Lirin notó que se le secaba la boca. Aquel ser que se alzaba sobre él parecía una pesadilla que debería haber permanecido como leyenda, como demonio del que susurrar en torno a una hoguera nocturna. Cuando Lirin intentó responder, no le salieron las palabras y tuvo que carraspear. A una orden ladrada por el Fusionado, los soldados que venían con él se desplegaron hacia la cola de refugiados. Los humanos retrocedieron y algunos intentaron huir corriendo, pero los parshmenios, aunque resultaban menudos en comparación con el Fusionado, llevaban la forma de guerra, que los dotaba de una poderosa energía y una velocidad aterradora. Algunos atraparon a los que escapaban mientras otros empezaban a recorrer la cola, quitar capuchas e inspeccionar rostros.

«No te vuelvas para mirar al Visón, Lirin. Que no se te note el nerviosismo.»

—Bueno —dijo Lirin—, observamos a todas las personas y las comparamos con los retratos que nos entregaron. Te lo prometo. ¡Hemos sido meticulosos! No hay necesidad de aterrorizar a esos pobres refugiados.

La intérprete no tradujo las palabras de Lirin al Fusionado, pero la criatura habló de inmediato en su propio idioma.

—La que nos interesa no figura en esas listas —dijo la intérprete—. Es una mujer joven, una espía de las más peligrosas. Estará en buena forma física y será fuerte comparada con estos refugiados, aunque es posible que finja debilidad.

—Eso… podría ser la descripción de casi cualquiera —repuso Lirin.

¿Era posible que estuviera de suerte? ¿Que todo aquello fuese solo una coincidencia? Tal vez aquel asunto no tuviera nada que ver con el Visón. Lirin sintió una esperanza momentánea, como un rayo de sol intuido entre nubes de tormenta.

—A esta mujer la recordarías —dijo la intérprete—. Es alta para ser humana, con el pelo negro y ondulado, largo hasta los hombros. Y tiene una marca de esclava en la frente que incluye el glifo shash.

Una marca de esclava.

Shash. Peligrosa.

«Oh, no.»

Cerca de allí, un subalterno del Fusionado echó hacia atrás la capucha de la capa de otro refugiado… y reveló una cara que a Lirin debería haberle resultado conocida, íntima. Sin embargo, la mujer endurecida en que se había convertido Raven parecía un tosco boceto de la joven sensible que Lirin recordaba. Al instante, Raven se iluminó con un fogonazo de energía. A pesar de todos los esfuerzos de Lirin, ese día la muerte había llegado de visita a Piedralar.