Hola a todos! Estoy actualizando puntualmente, así que iniciemos. Este capítulo lleva el nombre de "Seres marinos" por el cangrejo y el pez (Cáncer x Piscis).
Los personajes (excepto Eos, Honey y Hécate) no son míos, pertenecen a Masami Kuramada y Shiori Teshirogi.
*No encontré al autor de la frase pero todos los créditos correspondientes.
Capítulo XXIV
Seres marinos.
"Es fácil quitarse la ropa y tener relaciones, la gente lo hace todo el tiempo. Pero abrirle tu alma a alguien, dejarlo entrar en tu espíritu, pensamientos, miedos, futuro, esperanzas, sueños… Eso, eso es estar desnudo".- *
Salió del baño frotándose el cuero cabelludo con la toalla, revolvió un poco para asegurarse de eliminar la mayor cantidad de restos acuosos. No llevaba mucho tiempo despierto, pero sí el suficiente como para asearse y así recibir al caballero que aún dormía, envuelto por las blancas sábanas que cubrían su cama.
Desde que recuperó la consciencia había reconocido la habitación como la suya y, por ende, se encontraban en el cuarto templo. Dejó su labor con su cabello colocando la húmeda prenda en una silla cercana al ropero, echó un vistazo hacia el interior de éste para evaluar su presentación, dobló unas cuantas telas y lo cerró, con la esperanza de que su compañero no quisiera aproximarse a ese desordenado mueble.
Examinó el resto de la decoración agradeciendo que las sirvientas de su casa llevaran a cabo su tarea con tanto esfuerzo; la basura había desaparecido y la ropa sucia también, aunque supuso que eso ocurrió desde hace mucho, incluso poco después de su muerte a manos del Dragón.
¿Habrá sufrido, ése que yacía en sus aposentos, por su muerte? Si cerraba los ojos, le parecía escuchar a Afrodita gritar su nombre después de que Saga lo atacara con la daga plateada. Deseaba creer en ese recuerdo porque eso significaba que, a pesar de comportarse como un patán, aún tenía la esperanza de ser alguien mejor para él. Unos ligeros golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos, abrió sin demora sabiendo quien lo interrumpía.
─ Disculpe las molestias, señor DM─ dijo temerosa una de las jóvenes encargadas de mantener esa casa en las mejores condiciones, lo que no era una tarea sencilla. Lucía un vestido blanco a la rodilla, como todas las demás; su cabello castaño estaba recogido en una coleta para evitar que le estorbara en su trabajo; el calzado se limitaba a unas antiguas sandalias griegas, a pesar de que en esas fechas se vendían de otros estilos─. He traído lo que me pidió─ extendió una mano, exhibiendo una rosa blanca en todo su esplendor─. El señor Albafica ha sido amable al darla.
DM arrugó el entrecejo... tal vez, en un futuro muy pero muy lejano, se disculparía con ese caballero. La joven hizo una reverencia para mancharse a continuar con sus labores. El santo entró cerrando, con el mayor cuidado posible, la entrada para evitar cortar el sueño del otro; inhaló el perfume del objeto notándolo similar al de Afrodita, la colocó en la cajonera junto a la cama y clavó sus ojos en el bello rostro que tenía la dicha de volver a admirar.
Acarició la mejilla que era adornada por aquel lunar con perfecta circunferencia. ¿Cuántas veces atrás lo había tenido así, en su cama? Muchas. Sin embargo, esta vez se sentía tan diferente... Ahora comprendía que podía dejarse ver como era por esa persona... que podía dejarse amar por esa persona y no tendría nada de malo, nada que temer. Porque ahora, aún sabiendo que debía ir con Atenea, sólo esperaba a que Afrodita abriera sus orbes para confesarle todo lo que antes había callado.
...
Una sofocante sensación lo acompañaba desde el inicio de su recorrido, impidiéndole respirar con toda libertad como estaba acostumbrado. Sin embargo, con cada paso sentía que eso disminuía gracias a que su cosmos recobraba la vitalidad de antes. No era su templo, lo sabía. Aún así, esos muros y pasillos le resultaban familiares, no iguales a los que recordaba pero sí similares. Gracias al aroma que iba impregnado en el aire pudo conocer su paradero: el templo de Piscis.
Siguió caminando en busca de alcanzar el cosmos de su parabatai, era capaz de sentir su ubicación pese a su condición; en su opinión, el guardián de esa casa lo quería hacer sufrir colocándose tan lejos de él... ¿Qué le costaba esperar a su lado como cualquier otra persona lo hace cuando anhela el despertar de un ser amado? Ese era el punto, Albafica de Piscis no era cualquiera, y lo supo desde el primer día que se encontró con él. El simple recuerdo le provocó una risita.
Se apoyó en una de las columnas cercanas a la salida aunque ya se sentía mejor o, al menos, eso le provocaba la imagen frente a él... El doceavo custodio le daba la espalda pero, a pesar de eso, su armadura lo hacía ver glorioso como un oasis en pleno desierto... nadie más podría verse mejor en esa coraza. La cabellera se meneaba al compás que el viento marcaba, llevándole el perfume que siempre había acompañado a ese santo. Permanecía recargado en el marco de la entrada sin notar su presencia, sumergido en admirar el jardín de las rosas. Se acercó sigiloso, al acortar la distancia se percató de los ojos cerrados de su amado, parecía inmerso en un placentero sueño, de aquellos de los que uno simplemente no quiere despertar.
Tomó gentilmente la muñeca del peliazul haciéndole reaccionar abruptamente; por el hecho de que alguien estuviera tan cerca de su persona, retiró el brazo con fuerza. Manigoldo pudo notar cómo los hombros de su compañero se relajaban al saber que se trataba de él... Una sonrisa iluminó el rostro de ambos.
Albafica palpó el rostro de su parabatai para comprobar que no era una jugarreta de su mente cansada. Los ojos, escasamente rojos, se humedecieron, sólo una gota logró escapar escurriéndose por la parte inferior donde la piel lucía ligeramente más oscura que el resto. Manigoldo lo supo, supo por el rostro del otro cuántas veces le había llorado en secreto. Dio unos pasos hacia él y aguardo la clásica reacción de retroceso del pez pero no llegó, al contrario, terminó con la separación envolviendo su cuello entre los brazos. El beso que Albafica comenzó le tomó desprevenido, igual que otra cosa inesperada, pero no tardó en corresponderle con la misma vivacidad. Ese contacto quemaba de la misma manera que en el pasado, con la misma intensidad... Ambos se robaron el aliento, así como hace años se habían robado el corazón.
─ Albafica─ susurró cuando el aludido le dio tregua a sus labios. Le llamó por su nombre completo buscando algo mejor que decir que su diminutivo en su primer encuentro.
Compartieron miradas, aprovechó para limpiar el par de lágrimas que Albafica había derramado durante el beso, notando algo que lo desconcertaba cada vez más... ¡No retrocedía! ¡No pronunciaba ningún discurso sobre su sangre! Bueno, no podía quejarse porque eso le agradaba. Pero no lo podía evitar... la curiosidad lo comía vivo.
─ Alba-chan, ¿qué ocurre?─ el aludido hizo caso omiso del diminutivo. Bajó su rostro, evitando la mirada de su amante; Manigoldo sonrió, sabía que para el otro no era sencillo expresar sus sentimientos con facilidad, le tomó delicadamente el mentón como si temiera que se deshiciera. Besó su frente animándolo a hablar sin miedo.
─ Te perdí y no pude hacer nada─ soltó después de unos instantes de silencio, sintiendo como se le quebraba la voz.
─ No había nada que pudieras hacer─ acarició su mejilla con una mano, con la otra media el largo de los cabellos azulados. Recordó haber experimentado esa sensación siglos atrás.
─ Me di cuenta de que tenías razón, la vida es efímera─ colocó sus manos tras la nuca de Manigoldo, acurrucándose cerca del cuello─. Te tuve y un minuto después te perdí... Quiero protegerte, pero más que nada, quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Todo en esa confesión descolocó al de Cáncer, sus músculos ni siquiera podían corresponder al abrazo tan afectuoso del peliazul. Ese Albafica no era el mismo que conocía, algo había cambiado. Sin embargo, este Albafica se le estaba entregando como nunca antes creyó que lo haría.
─ ¿Manigoldo?─ lo nombró al no recibir respuesta, alejándose un poco para observar al aludido. Era evidente su estado de shock, por lo que el pez tuvo que esperar unos segundos por su reacción.
─ Puede que tú solo quieras pasar el resto de esta vida conmigo, pero yo... Si algo te ocurriera, te seguiría hasta el mismo Inframundo y allí permanecería, a tu lado, hasta el momento en que ambos tengamos que reencarnar en este mundo de los vivos... y aún así te encontraría, te seguiría hasta donde fueras con tal de enamorarte otra vez─ logró tomar posesión de su cuerpo, pudiendo acariciar la larga cabellera celeste─. Y así hasta el final de los tiempos, hasta el punto en que nuestras almas ni el mismo Hades las pueda separar.
Un beso fue la respuesta por parte de Albafica, iniciando lento, con el único objetivo de reconocer sólo la suavidad de sus labios, para después tornarse demandante y encender en ambos una llama que ya ardía con intensidad, queriendo darle a conocer que él también quería permanecer a su lado, aún más allá de esta vida.
─ Tienes que ir con Atenea─ murmuró, aún prendado de la cavidad de Manigoldo.
─ Puede esperar─ comentó, queriendo robar otro beso de los labios posicionados a escasos centímetros de los suyos. Albafica fingió molestia ante el comentario.
─ Vamos ahora─ se separó de él, adelantándose a la salida de su templo y lo miró sobre el hombro─. Te prometo que cuando volvamos, si tú fuerza lo permite, no te vas a arrepentir.
Le sonrió como sólo el podía, con aquel gesto que hacía doblegar a cualquiera. Manigoldo le alcanzó, convencido de que al regreso ya no habría nada que los interrumpiera, le mostró una amplia sonrisa a Albafica consciente de lo próximo que estaba el encuentro que tanto anhelaba.
Tengo que confesarlo, con Manigoldo x Albafica me brota lo cursi, no puedo evitarlo, y es que a pesar de cómo es Manigoldo con los demás siento que con Albafica es así. Además, me encanta esta pareja.
Eso ha sido todo, muchas gracias por leer.
