¡Hola! Sin más demora, les dejo el capítulo Escorpio x Acuario.

Los personajes (excepto Eos, Honey y Hécate) no son míos, pertenecen a Masami Kuramada y Shiori Teshirogi.


Capítulo XXVIII

Llama eterna.

"Mira; lee esta nota cada vez que te sientas sola,

cada vez que sientas que el mundo entero

se te viene encima. Recuerda que aquí,

no muy lejos de ti, hay un ser que te adora

con cada poro de su ser..."- Blaster.

Milo permanecía sentado en la silla frente a Camus, dejando descansar sus antebrazos en sus muslos curvando su espalda de modo que su salvaje melena descendía desparramada por la caída cabeza. El de Acuario yacía sentado en el borde del colchón sin poder observar el rostro de su amante, pero podía percatarse de la pesada respiración que gobernaba el cuerpo de Antares, imaginaba cómo se encontraba e intuía todas las cosas que el otro tenía por decir, sólo esperaba el momento en que se atreviera a comenzar.

La ventana que le proporcionaba a la estancia de la cálida luz del ocaso quedaba justo detrás del Escorpio, inundando su cuerpo de un sin fin de sombras. Camus lo miró, el brillo que ese caballero siempre emanaba parecía haberse consumido de la noche a la mañana, lo veía tan frágil como otras pocas ocasiones en las que Milo lo había dejado ver en esa circunstancia. Necesitaba abrazarlo, besarlo, pero no era la mejor situación para hacerlo... Había cometido errores y era el momento de asumir las consecuencias.

─ No tienes idea de cómo me sentí cuando moriste a manos del Cisne. ¿Creíste que no sufriría?─ preguntó, iniciando un enfrentamiento de miradas─. Me culpé por tu muerte, porque si no hubiera dejado pasar a Hyoga por mi templo hubieses vivido... ¿Sabías que morirías?

─ Era una posibilidad.

─ ¿Y aún así me pediste que no lo asesinara?─ reprochó.

─ No quería que cargaras con la culpa de haber acabado con la vida de mi discípulo.

─ ¡Somos santos de Atenea!─ exclamó, incorporándose de su lugar para encaminarse a la entrada de su habitación─. Hemos terminado con la vida de enemigos sin que nos afecte.

─ Tú lo has dicho─ concordó, siguiendo con la mirada los movimientos del otro─. Dime, ¿cómo te hubieras sentido al saber que mataste a Hyoga siendo inocente?

─ Mejor a cómo me sentí cuando vi tu cuerpo congelado─ se apoyó del picaporte y bajó su mirar─. ¿Pensaste en mí?

Camus se controló para no sonreír ante el cuestionamiento, ¿cómo podía preguntar tal cosa? Dejó su asiento y se dirigió junto a Milo. Levantó su rostro sujetándolo por el mentón.

─ Hasta el último segundo─ soltó, reconociendo esa frase como una de las más cursis que le había dicho.

─ ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué no me lo dijiste?─ cuestionó el griego ahora por la batalla contra Hades.

─ Era una misión importante, nadie debía saberlo para no levantar sospechas. Ante todo, somos caballeros y tenemos nuestro deber para con Atenea.

─ Es por eso que─ retiró la mano con la que Camus lo sujetaba─, me dejaste creer que eras un traidor. ¿Tan poco confías en mí? Podía haberte ayudado, sin necesidad de que realizaras la técnica prohibida.

─ No podías hacer nada─ en cuanto pronunció las palabras supo que habían sido las incorrectas.

─ ¿Por qué?─ preguntó, levantando más su tono de voz─. ¿Por qué ya tenías a tus dos amiguitos contigo?

─ ¿Por eso viene todo esto? ¿De tus celos infundados?

─ ¿De mis celos?─ rió a causa de la desesperación, después de todo, no era el mejor controlando sus emociones─. ¡No entiendes nada!

─ ¡¿Qué quieres que entienda?!─ compitió con el tono de voz del otro─. ¡¿Que te comportas como un niño malcriado?!

─ ¿Malcriado?─ bufó exasperado─. Veamos, me pediste que dejara pasar a tu discípulo por mi templo sin compartir tu "brillante" idea conmigo, vi tu cadáver congelado por conceder tu petición, te lloré tantas noches que perdí la cuenta, rehice mi vida como pude; revives como aliado de Hades, matas a Shaka, utilizas la Exclamación de Atenea contra Aioria, Mu y contra mí, me dejas creerte el peor de los traidores, mueres sin contarme otrar vez de tu plan; revives sin recordar absolutamente nada, matas a Aioria, te acuestas conmigo y no recuperas tu memoria, ¡sólo lograste hacerlo cuando viste el estúpido piano! Perdona, tienes razón, no tengo razones para quejarme─ concluyó sarcástico.

─ No soy un traidor y lo sabes, sólo parece que no quieres entenderlo... Tampoco quiero que dudes de esto...─ colocó su mano en la mejilla de Milo, quien lo sujetó por la muñeca impidiendo que se atreviera a más─. Te amo.

─ Raras formas de demostrarlo─ apartó la mano de Camus.

Los zafiros y las turquesas se analizaban, unos heridos, los otros anhelantes. El de Acuario cometió errores, lo sabía, pero si Milo no quería continuar con lo suyo no le rogaría, al contrario, lo entendería. El griego sentía a su mente y a su corazón sostener un duelo dentro de él, después de todo cada uno se regía por un sentimiento distinto, orgullo y amor.

─ Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites para recuperarte.

Dicho eso, Milo abandonó sus aposentos, dejando a Camus con el corazón doliéndole y hecho pedazos, como si fuera una nuez recién pisada. No podía hacer nada, sólo esperar si con el tiempo Milo lograría entender el por qué de sus acciones.

Respiró hondo al salir de su habitación, ¿acaso lo que dijo era para ponerle fin a su relación con Camus? Caminó por su casa sin rumbo fijo, tal vez se prendería en el marco de alguna ventana para ver a las estrellas asomarse, posiblemente Antares le diera la respuesta a su situación. La otra opción era visitar a Aioria pero no quería interrumpir en su reencuentro con Shaka, si fuera una circunstancia diferente lo hubiera hecho con tal de joder a su amigo, pero no le negaría al gato lo que él mismo se estaba privando.

─ Hay que ser un completo idiota si no puedes ver a través de los ojos de un Acuario─ se escuchó la burla de una voz oculta en el templo.

─ ¡¿Quién eres?! ¡Muéstrate!─ exigió, colocándose en posición de defensa y a todos sus sentidos en alerta.

No portaba la octava armadura, pero siendo un santo de oro no la necesitaba para dar una pelea digna de su rango. Frente a él, un cuerpo cayó con la gracia de un felino, alborotando un poco la salvaje melena, incluso más salvaje que la de Milo; lo observó desde abajo, con la rodilla derecha recargada en el duro piso, mientras le mostraba sus colmillos a través de la amplia sonrisa.

La primera reacción de Milo fue mostrar su uña color escarlata, pero en el preciso momento en que el intruso lo imitó cayó en cuenta de quién se trataba. Además, debía admitir, se parecían.

─ Kardia de Escorpio─ murmuró, relajando su postura y bajando su dedo índice.

─ Veo que conoces mi nombre─ comentó sin ninguna pizca de humildad en su voz.

─ Dégel está en Acuario─ informó.

En su estancia junto al nombrado acuariano, le había comentado de la personalidad de su predecesor y presentía que tomaría esa oportunidad para querer comparar fuerzas. No le temía, de hecho sus átomos chispeaban ante la idea de la pelea pero no era el mejor momento para sostener un encuentro de esa magnitud con ese caballero. Kardia chasqueó la lengua, llevando sus manos a la cintura, giró su cabeza para contemplar el templo de la vasija preciosa.

─ Tengo cosas mejores que hacer─ comentó para sí mismo, o al menos eso creyó Milo. Sin más, se encaminó con la persona que quería ver desde que llegó al Santuario, pero la discusión entre Milo y Camus le habían distraído por un momento. Ahora podía regresar de nuevo a su objetivo principal.

Milo siguió los pasos del otro escorpión hasta la salida, lo vio subir las escalera a velocidad de la luz, lo que le hizo mucha gracia griego. "Idiota" así lo había llamado Kardia, por supuesto que no lo era. Era conocedor del amor de Camus, podía sentirlo en cada uno de los besos que los hacía agradecer seguir respirando. Pero todo lo que había realizado le dolía y su orgullo no le dejaría perdonarlo tan fácil.

...

Algunas de las velas habían sido encendidas por las doncellas del templo, a excepción de las que iluminaban la guarida de todos los sagrados libros de Acuario, el mismo Dégel se había encargado de prenderlas, preguntándose por qué, después de tanto tiempo, aún seguían usando esas cosas. No le molestaba la luz que brindaban, de hecho, le agradaba el exquisito reflejo que proyectaba el cristal azul en el que estaba resguardada cada una de ellas; pero la posibilidad de un accidente en la que se expusiera esos preciados objetos al fuego le ponía los nervios al límite.

Ahí estaba él, acomodando otra vez los libros en los estantes. Ya lo había hecho por tamaño y grosor, por color, ahora lo hacía por orden alfabético. Después de la llegada de Kardia, tendría tiempo de leer las nuevas adquisiciones de esa biblioteca, que la sentía tan suya como antes. ¿Por qué tardaba tanto? Hace un par de horas logró percibir su cosmos, lejos del Santuario claro, ¡pero él es un caballero de Atenea! ¿Acaso su velocidad de la luz no funcionaba en este tiempo? El acuariano respiró hondo, esperando que así, las incoherencias que rondaban su mente lo abandonaran. Colocó el último ejemplar en una pequeña mesa, donde también dejó descansar los lentes de aumento que la diosa le había obsequiado. Definitivamente iba a matarlo, después de tener sexo con él, obvio. Pasó su mano por el rostro y el largo de su cabello, ya estaba en su límite; se había bañado, arreglado, aunque después optó por un pantalón de pijama y una camiseta porque, conociéndose, al final acabaría sin ropa, incluso había acomodado todos esos libros en tres ocasiones y el escorpión no daba señales de volver. Incluso, estaba por creer que Kardia se tardaba a propósito para hacerle enloquecer...

─ ¡Hey, cuatro ojos! ¿Me extrañaste?─ escuchó detrás suyo.

El corazón le dio un salto, la sangre parecía fluirle con más prisa para tratar de llevar a cada rincón de su cuerpo el oxígeno del que sus pulmones lo privaban. Su cuerpo tembló al sentir la vista del otro recorrerlo, desnudarlo y tomarlo, todo en ese mismo segundo; Kardia sonrió al ocasionar esa reacción en el acuariano, comprobó por millonésima vez que Dégel jamás podría controlarse en esas situaciones. Se dirigió hacia él, el de Acuario al escuchar a su amante acercarse giró comprobando que, en efecto, era Kardia. Su cuerpo parecía añorar cercanía del otro, ordenando a sus pies apresurar el encuentro.

Lo rodeó por el cuello, uniendo ambas mejillas ante la cercanía, colocó su mano en el cuero cabelludo justo en la zona del hueso occipital, quería tenerlo lo más cerca que las leyes de la física lo permitieran. Kardia correspondió el caluroso encuentro, abrazándolo por la cintura para después recargar su barbilla en el hombro del otro.

─ Te amo─ susurró Dégel, tratando de encontrar las mejores palabras para describir lo que sentía en esos momentos.

─ También te amo, Dégel─ una cálida curva se apoderó de sus comisuras, era cursi, lo sabía, pero poco le importaba. Lo único que tenía valor en ese instante es estar con el acuariano. Pasaron unos segundos, tal vez minutos, así, hasta que el contacto fue sofocante e insuficiente para los dos─. ¿Te vestiste?─ preguntó acariciando con su pulgar una de las suaves mejillas, Dégel se apartó suavemente del contacto y se aproximó al oído griego.

─ Desnúdame─ provocó.

Compartió una mirada con Kardia, viéndolo deseoso hasta que se decidió a apoderarse de esas carnosidades que tanto le habían invitado, borrando la sonrisa de satisfacción del rostro del Escorpio. Se degustaron con todo en su arsenal, sin dejar espacio de esas cavidades sin probar, recorrieron con su lengua lo que mucho tiempo atrás había marcado con su nombre. Dégel, entre el beso, lograba morder los labios de Kardia llevándose, en una ocasión, el sabor ferroso de la sangre del escorpión. Antares no se quejaba, al contrario, le excitaba la habilidad que poseía ese hombre para robarle el aliento y se lo demostraba en el par de gemidos que el acuariano logró arrancar de su garganta.

La ropa se fue convirtiendo en un estorbo que debía ser eliminado a como diera lugar... La uña escarlata del griego, descendió por toda la espalda del acuariano desgarrando la oscura camiseta, ocasionando una línea rojiza que marcaba el recorrido seguido. Dégel se quejó en su oído, aunque gracias a la experiencia adquirida a lo largo de los años, Kardia sabía cuanta presión aplicar sobre la firme piel sin dejarle una marca de por vida.

El octavo santo se entretuvo coloreando la curva del cuello acuariano, estaba seguro que si Dégel no estuviera abrumado hasta el último sentido por su reencuentro, ya se encontraría de vuelta en el Inframundo. El penúltimo caballero fue el primero en bajar la ropa inferior del otro, aprovechando un momento de torpeza de su compañero para derribarlo. Los quejidos de Kardia fueron asesinados por los labios del acuariano, quien ya se había posicionado entre sus desprotegidas extremidades.

Una de las blancas manos fue a colocarse en la nuca griega, mientras dejaba a su lengua combatir con su similar, aprovechando cada oportunidad para otorgarle a Kardia del aliento fresco que apaciguaria sus pulmones. La otra mano descendió hasta localizar el miembro ya despierto de su amante.

─ Dé...

El peliazul trató de nombrarlo, en un esfuerzo por hacerle conocer al otro lo mucho que le excitaban sus atenciones, pero la lengua de Dégel se coló hasta casi tocar su garganta haciendo inútil cualquier intento por pronunciar palabra. Entre el desgaste de labios, el de Acuario se las ingenió para despojarlo de la playera, arrojandola fuera de su vista como si fuera un objeto al que nunca quisiera volver a ver. Dejó los labios hinchados de Kardia, colocándose a gatas, aproximándose al cuello del escorpión acechándolo como un felino. Lo devoró, dejando sutiles marcas de su dentadura por la extensión de la bronceada piel, la cual temblaba como respuesta a los toques, los mismos que le dificultaban la respiración y que no tardarían en disparar su temperatura hasta el Olimpo.

En el momento que los labios de Dégel lo hicieros respingar al tocar su glande, el acuariano recordó algo de vital importancia, colocó sus manos en la cadera de Kardia y mandó una corriente de aire frío por toda la epidermis. El griego rasguñó la espalda de su amante a modo de respuesta, ocasionando un leve quejido por parte de la boca que tanto se entretenía jugando con su miembro. Lo apartó de su magnífica labor y lo besó, aprovechando esa oportunidad para eliminar el estorbos pantalón que aún lo separaba de la exquista sensación que le proporcionaba la piel de Dégel, porque simplemente era un frío que le incendiaba, un frío del que siempre quisiera estar prendado.

Las prendas acuarianas fueron hechas trizas, cortesía de Escorpio, dejando libre el cuerpo blanco, donde las extremidades decidieron por sí solas secuertrar la cadera griega. El beso le proporcionaba a Kardia del único aire que podía controlar la descontrolada temperatura que gobernaba su ser, misma que ya estaba siendo tranferida a la piel de Dégel, provocando en los dos la pegajosa sensación de sus cuerpos. Un dedo travieso de Antares fue a esconderse en la cavidad del dueño de ese templo, albergandose sin pena, recorriendo todo aquel territorio. Dégel hechó su cuello hacia atrás, dándole la oportunidad a los labios griegos de hospedarse en su curvatura.

─ Si me dejas marca... te asesino─ advirtió Acuario.

─ No puedes vivir sin mí─ susurró, después lamió su oreja y descendió dejando secuelas del camino seguido hasta llegar de nuevo al cuello.

Kardia continuó enrojeciendo esa zona mientras azotaba a Dégel con una sesión de movimientos febriles a su entrada. Las uñas de Acuario se encargaron de marcar lo largo de los brazos y el área de su espalda, el griego lo admitía, se volvía amicofilico con ese caballero. Cuando el onceavo santo consideró suficiente su preparación, empujó el cuerpo del otro contra el suelo y se apoyó de su mano para introducirse el miembro griego. Kardia colocó sus manos en las piernas de Dégel y éste las posicionó sobre el pecho caliente del escorpión, haciendo un incomparable cambio de temperaturas.

Los movimientos de Dégel era ágiles y expertos, de arriba a bajo, de abajo hacia arriba, girando... encontrado los puntos en los que ambos estallaban. Tomando el liderazgo, sujetó los brazos griego y los llevó a arriba de la cabeza de Kardia, inclinándose para quedar cara a cara y poder mirar cada excitante gesto en el rostro de su amante con los movimientos que realizaba, mientras ambas gargantas componían un dúo con sus gemidos. Kardia estaba en su límite, podía sentirlo, e intuía que Dégel se encontraba en la misma situación. Unos movimientos más y los dos culminaron.

Dégel se dejó caer sobre el exhausto cuerpo de Kardia, notando por primera vez los objetos que caían como si hubiera una ligera nevada. Miró hacia la puerta, percatandose del hielo que protegía la entrada, sus cansados párpados escasos de sueño fueron cerrándose, mientras en su mente ya se imaginaba la burla que recibiría por parte de Kardia al despertar por perder el control del que tanto se jactaba.

...

Se aproximó hasta su compañero con cautela, queriendo que su presencia pasara desapercibida por aquel que yacía recostado en la bañera. Sabía que Camus estaba consciente de su aparición, sin embargo, no se inmutó ni abandonó la cómoda posición en la que se encontraba. Se colocó detrás de la cabeza acuariana, que descansaba sobre la blanca superficie, echó un poco de jabón en la azulada melena y comenzó a masajearla.

─ Te enfermarás─ dijo, notando la baja temperatura del agua que cubría el cuerpo del penúltimo custodio.

─ Sabes que no─ pronunció, disfrutando de la grata sensación que lo invadía por las caricias en sus hebras.

─ ¿Por qué no me lo dijiste?─ preguntó, continuando con las caricias que tanto le agradaban a su compañero.

─ ¿Me hubieras dejado hacerlo?

Milo se enjuagó sus espumosas manos al entender que no obtendría respuesta, pero debía darle la razón a Camus, si él hubiera sabido los planes de Acuario no hubiera dejado avanzar más allá de la octava casa al cisne. La mano gala sujetó una de sus muñecas, impidiendo que el griego se alejara de su persona.

─ Perdona si mis decisiones te lastimaron.

Se enfretaron de nuevo con aquellas miradas que tantas veces se habían provocado. Milo delineó los labios del galo con delicadeza, igualandolos con un objeto sagrado y frágil. Se acercó hasta poder rozar con los suyos a esos que tanto le invitaban a tomarlos, fue un simple roce pero les quemó todo su ser, hirviendoles la sangre. El escorpión apretó sus puños juntando toda la fuerza que le quedaba, todavía quería castigar a Camus un poco más.


Espero les haya gustado, hasta el siguiente capítulo.