"Y te convertiste en una parte de mí, siempre estuviste ahí.
Te convertiste en una parte de mí, siempre fuiste mi miedo."
1
Milo vs Meagan.
No era común que los doce se reunieran formalmente en el gran salón del Patriarca, pero ahí estaban, todos de rodillas. El susodicho estaba al frente, con su gran casco de oro cubriendo parcialmente sus facciones y sus manos cerradas en puños a los costados. Todo en ese hombre designado por Athena como la máxima autoridad de su gente evocaba sabiduría, grandeza y poder. Athena se encontraba en el trono, vistiendo de blanco y ataviada con adornos de oro, llenando el lugar con su cosmos apacible y firme. Sus pies no tocaban el suelo y sus pequeñas manos sostenían con fuerza el báculo de Nike que anunciaba la victoria. Su rostro aniñado estaba crispado en una expresión de tristeza que puso a todos en alerta.
—Hay un traidor entre nosotros—la voz del Patriarca hizo retumbar las paredes y dio un paso al frente, casi acercándose a todos ellos—Uno de ustedes nos ha estado engañando durante todo este tiempo, haciéndonos creer que su lealtad está con Athena cuando en realidad no posee lealtad alguna. Ponte de pie, por favor.
Al principio nadie se movió, nadie habló, ni se oyó pregunta alguna pero luego de un momento cuando los tacos de su armadura sonaron contra el suelo, los que estaban a ambos lados elevaron la vista y se le quedaron viendo como si no pudieran creerlo. Desde su trono, la pequeña Athena de nueve años dejaba ir un torrente de lágrimas que podría haberla conmovido si en su corazón no estuviese segura de sus convicciones.
—Meagan de Escorpio—la voz de uno de sus compañeros, el onceavo santo llegó a sus oídos como un bajo susurro—¿Por qué?
Meagan cerró los ojos, acongojada por la situación y luego, cuando los abrió, toda sensación de malestar que podría haber sentido se esfumó. Miró a la pequeña diosa hecha carne, temblando en su gran trono como una hojita azotada por una tormenta, y le dijo:
—No llores. No tienes derecho a sentir pena por mí.
...*...
La pluma se quedó a un lado, completamente olvidada mientras Milo se envolvía en una gruesa capa de frustración y nervios que le impedía incluso distinguir las pocas letras de caligrafía horrenda que garabateó en la hoja. Apoyándose en el respaldo de su asiento, inspiró tan profundamente como pudo y decidió que no se daría por vencida, aunque tuviera que estar sentada ahí mismo otras tres horas. Tres horas atrás había despertado con una vorágine de recuerdos a los que intentaba darle sentido, orden e interpretación. No que fuera demasiado difícil o chocante, sino que estaba comenzando a tener dificultades para recordar lo que había hecho a los dieciocho años en esta vida, siendo Milo de Escorpio. Miró la hoja garabateada en griego y quizás algún otro idioma que no había visto nunca jamás, pero que podía leer y pronunciar sin problemas y gruñó bajito, intentando no hacer el menor de los ruidos.
El reloj indicaba que la media noche estaba llegando y el Santuario desierto era un vacío a un lado del mundo. Solo los santos dorados, Athena y algunos bronceados permanecieron, además de su hermano cuyo cosmos podía sentir desde Acuario donde probablemente estaba todavía bajo la tutela de su guardián. Le había dicho que lo quería de vuelta, pero en una situación como la que estaba pasando, lo mejor era permanecer lejos de Mika. Había otros cosmos en los alrededores, uno frío y semejante a los de los acuarianos, otros dos con tintes malignos pero que permanecían en calma y un cuarto que no era capaz de reconocer. Sabía que miembros de otros ejércitos divinos habían arribado al lugar, pero no sabía para qué ni por qué la diosa les permitió pisar el terreno sagrado.
Milo sintió sus mejillas arder y supo que tendría fiebre otra vez muy pronto. No había vuelto a arder de la manera en que ardió en la sala del trono, pero ocurriría de nuevo y quería estar lista para esos momentos, quería entender por qué sucedía, por qué bebió la sangre de los dioses sabiendo lo que ocasionaría, quería saber por qué sintió en ese momento que sería necesario. Pero por mucho que las palabras correctas, que las explicaciones estuvieran aglomerándose en su mente, cobrando forma y sentido no podía ponerlas sobre papel para alertar a los demás de no intentar detenerla o salvarla cuando sucediera.
Milo era una diosa, lo quiera o no. Y la verdad no estaba segura de querer… o no querer. Los recuerdos de su primera vida como Meagan de Escorpio también se amontonaban en su mente, mostrándole que ella sí había estado de acuerdo con ser una diosa, y no solo eso, sino que siempre supo quién era realmente mientras que Milo acaba de descubrirlo y todavía no comprendía lo que realmente significaba ser un dios.
Miró la pluma como si tuviera la culpa de sus problemas para decidir en qué idioma quería escribir o hablar y consideró las opciones de intentarlo de nuevo al día siguiente, aunque eso fue lo que dijo el día anterior, y el anterior a ese. Finalmente, dejó caer su cabeza en la mesa, inclinándose sobre la superficie de madera y un segundo después, el suelo tembló ligeramente. En silencio y sin respirar, miró a ambos lados en su escaso campo de visión y esperó por alguna reacción sin que hubiera ninguna. Ese pequeño inconveniente venía repitiéndose desde que supo quién era una semana atrás. Cada vez que pisaba el suelo muy fuerte, hablaba muy alto, o de plano cerraba alguna puerta dando un portazo, el suelo temblaba como si de un terremoto de una escala de ocho y medio se tratara, y eso sin contar el viento horriblemente fuerte que se levantaba de la nada cuando se ponía de mal humor. Tuvo que reprimirse un poco a sí misma desde la tercera vez que ocurrió.
—Veo que estás en un aprieto—la voz de Owen se oyó a su derecha y pronto él se materializó a su lado, de rodillas y con la cabeza gacha. No estaba hablando griego, pero tampoco algún idioma conocido por el hombre. Se trataba del idioma de Caos, uno que los dioses usaron mucho antes de la era del mito antes que la Fuerza Creadora les prohibiera hablar esa lengua. Sonaba como un susurro hablado en voz alta, algo muy suave, pero a la vez con una fuerza avasalladora— ¿Me permites que te ayude, por favor?
Milo le dedicó una larga mirada, esperando a que él insistiera o se sintiera incómodo, pero nada de eso pasó. Owen, el Pilar de la Creación y la Destrucción permaneció en su lugar como si pudiera estar ahí hasta el fin de los tiempos. Su cabello de color azul oscuro caía sobre su hombro derecho anudado con una cinta pequeña y los mechones sueltos alrededor de su rostro le daban un aspecto delicado y oscuro. Sus ojos violetas brillaban como gemas en contraste con el claro de su piel y la expresión que siempre llevaba era más bien de paciencia extrema. No sabía si había algo capaz de alterar o hacer que pusiera una expresión que demostrara que estaba vivo, hasta el momento todo lo que consiguió fue que sonriera para ella.
—Estoy bien— murmuró Milo, respondiendo en un susurro y hablando en griego. Por mucho que quisiera evitarlo, desde que volvió del templo de Caos había tenido problemas serios a la hora de hablar. Su mente respondía a todo en el idioma helénico pero su lengua pronunciaba en el idioma de Caos. —No necesitas preocuparte por mí.
—Entiendo que aun sientas que debes ser reservada con nosotros—respondió el Pilar, levantándose y tomando un lugar en la mesa, donde se sentó y cruzó sus piernas—pero estamos aquí para servirte, solo debes decirnos qué hacer y lo haremos de inmediato.
—Ustedes no son mis sirvientes—siseó ella, cerrando sus manos en puños y levantando una brisa cálida y suave que se arremolinó en el cuarto.
—Eso fue lo que dijiste la última vez—susurró él, uniendo sus manos al frente y presionando sus largos dedos juntos en lo que parecía una muestra de tristeza—y luego pasamos casi nueve mil años lejos de ti.
Milo sabía que él hablaba del momento en que Caos fue sellada por los dioses, cuando en lugar de pedirles protección a sus Pilares, los envió lejos de un peligro que realmente no corrían. Sin embargo, entendía por qué Meagan había decidido actuar sola y era la única cosa con la que estaba de acuerdo con ella. Milo no pondría en peligro a esos chicos, incluso aunque fueran cientos de veces más fuertes que los dioses, había una manera de hacerles frentes, tal como hubo una manera en que la enfrentaron a ella y no podía imaginárselos sufriendo ese tipo de dolor que sintió al ser separa en dos.
—Fue Meagan, no yo—replicó, insistiendo. Por mucho que entendiera la situación en la que estaban, ellos la veían como algo que perdieron y recuperaron y no la trataban como a Milo, sino como a ella.
—La misma persona—respondió Owen. Su tono paciente y apacible hicieron que Milo sintiera temblar la comisura de su ojo izquierdo—Sin embargo, ya estás aquí, junto a nosotros. Solo hace falta que tomes el lugar que te corresponde.
—Aún no he decidido qué haré.
—Tendrás que hacerlo pronto, querida princesa— continuó, pronunciando las últimas palabras como una caricia que hizo estremecer sus huesos—no te veré sufrir en vano otra vez.
Podría haber replicado, podría haberle dicho que por mucho que alegaran, esa era una decisión que ella debía tomar y que no les correspondía a ellos opinar. Sin embargo, tampoco quería ser así de autoritaria y tirana, no quería obligarlos a hacer cosas que no querían, no deseaba ser Meagan. Pero parecía que cada cosa que había hecho hasta ese momento la identificaban con quien fue milenios atrás. Se enderezó, dispuesta a tomar otra vez la pluma, pero descubrió que ya no estaba ahí, sino en el suelo, sin embargo, antes que pudiera siquiera formar el pensamiento sobre lo mucho que necesitaba esa pequeña cosa para escribir, Owen la tenía en su mano, girándola entre sus dedos largos y delicados y viendo hacia ella como si meditara en los beneficios y las consecuencias de dársela. Milo extendió su mano y esperó mientras se distraía por el temblor de sus dedos e intentaba recordar cuándo fue la última vez que su pulso le falló de esa manera tan vergonzosamente evidente.
—No deseo que sufran por mis decisiones—murmuró guardando su mano para sí misma y desviando la mirada de él, que no parecía ver otra cosa en todo el mundo más que a su señora. El amor que transmitían sus ojos semejantes a estrellas le calaba el corazón, pero fue firme al continuar—Pero no les corresponde padecer este dolor. Cometí un error hace milenios que modificó mis planes, y yo misma me haré cargo de arreglarlo y seguir adelante.
—¿Siquiera sabes de lo que estás hablando? —reclamó, tomando lugar a su lado una vez más al ras del suelo, desde donde la vio con algo parecido a súplica en su mirada tranquila y dulce—¿Por qué deseas sufrir así, por qué te sometes a ti misma a todo esto? Eres Caos, la diosa de la creación, el destino y las causas primeras. Eres capaz de reformular el universo entero con solo un pensamiento.
—¿Puedes ser justo con tus iguales, superiores e inferiores sin antes evaluarte a ti mismo? —preguntó Milo, devolviéndole la mirada y sonriendo con pesar— ¿Cómo podrías ser compasivo y bondadoso con todos los demás si no te has dado a ti mismo una segunda oportunidad?
—Pero mi señora… tú…
—Creo que es la primera vez que te escucho hablar tanto.
Owen se vio dispuesto a replicar, pero se vio interrumpido por una presencia ajena. Milo lo reconoció como el cosmos de Hyoga de Cisne, el único de todas las ordenes que se había atrevido a dar un paso en su dirección desde que se enfrentó a sus compañeros tras descubrir quién era. Tensándose en su lugar, ordenó al Pilar que desapareciera con solo una mirada y, bajando la cabeza en un gesto de obediencia, el muchacho se esfumó en el aire, borrando su figura como si se deshiciera en miles de partículas. Para cuando Hyoga apareció en el umbral de su estudio privado, Milo estaba garabateando el símbolo de Escorpio en el papel tras haber tachado las palabras de aspecto irreconocible que había escrito.
—Buenas…
—No es la hora del almuerzo.
Incluso aunque no estaba viéndolo, Milo podía imaginarse la expresión vacilante y la mirada insegura de Hyoga. A diferencia de otros Acuarios, él era totalmente sentimental y expresivo, también algo parlanchín y amigable. Su mirada celeste siempre denotaba amistad y buena predisposición para lo que viniera, y el trato que solía darle a los demás distaba mucho del que solían dar sus predecesores.
—Lo sé, es solo que…
—Y la hora de la cena ya pasó—continuó interrumpiéndolo. Se volteó a verlo y lo encontró hecho un manojo de nervios mal disimulado revestido con la armadura de bronce. Su cabello rubio estaba bastante largo y su único ojo visible y funcional vagaba nervioso por toda la habitación.
—Sí, también lo sé, pero…
—Si sabes todo eso, ¿qué haces aquí entonces?
Hyoga guardó completo silencio y Milo sonrió. Era divertido molestarlo cuando podía, sobre todo porque eventualmente el muchacho le daba casi el mismo respeto que a su maestro. Cuadrando los hombros con forzada valentía, el jovencito se acercó hasta el lado opuesto de su escritorio y apoyó las manos en la superficie de caoba oscura. Milo puso una mano sobre la otra en la mesa y esperó pacientemente para interrumpirlo de nuevo.
—Mi compañero Isaac quiere conocerte—dijo. Sus cejas se elevaron con expectación y una especie de sonrisa encantadora comenzó a formarse en su rostro luminoso.
Por un momento, Hyoga le recordó a Mika cuando intentaba ser valiente.
—Isaac—repitió Milo, parpadeando reiteradas veces preguntándose cómo es que estaba metiéndose en algo que ya comenzaba a antojársele como un buen lío.
—Isaac de Kraken es un general marino. Él y yo entrenamos juntos en Siberia y…
—Sé quién es— interrumpió de nuevo, haciendo que él inflara las mejillas conteniendo el aire que iba a utilizar para hablar.
—Entonces puedo decirle que venga, ¿Verdad?
—No.
Hyoga volvió a guardar silencio, más esta vez su boca permaneció abierta, mostrándose incapaz de creer la negativa que estaba recibiendo por su parte. No es que Milo alguna vez haya gozado de los beneficios de poder decidir y que su decisión fuera tomada en cuenta, pero el poco tiempo que pasó a cargo de Hyoga antes que la guerra contra Hades les estallara en las narices, se había dado el lujo de tomar ciertas medidas en lo que a él le concernía y había demostrado a grandes rasgos lo diferente que era de su maestro. Ella nunca le dijo que no, ni siquiera cuando él le pidió ir a Siberia a visitar la tumba de su madre.
—Pero él… es decir. Milo, él realmente tiene deseos de conocerte—replicó de inmediato, frunciendo el ceño y cerrando las manos en puños.
—Si él realmente quisiera conocerme no te habría enviado como emisario, pero en cambio es lo que hizo, ¿verdad? Usarte para verificar que no le asestaré una Aguja Escarlata apenas ingrese en el área privada. —Hyoga guardó silencio, aunque en realidad se veía como si quisiera replicar. Sin darle tiempo, Milo continuó—Athena le ha dado permiso para transitar el pasillo principal de todos los templos y las áreas de entrenamiento. Pero tiene prohibido poner un pie en estas habitaciones. Si la diosa le ha impuesto esta regla para poder permanecer en el Santuario pacíficamente, ¿quién soy yo para darle permiso de venir aquí?
—Perdóname por molestarte—concluyó él, alejándose tan rápido que por un momento pareció un borrón en movimiento. Se detuvo en la puerta, y tras abrirla, le echó un vistazo y murmuró—él está preocupado por ti.
—Vete a dormir, Hyoga. Ya pasó el horario de protección al menor.
El jovencito atravesó el umbral, cerrando de un portazo y dejando tras de sí un vacío increíblemente insoportable. Milo suspiró y se llevó una mano a la garganta, donde sintió el calor de su piel subiendo rápidamente de temperatura. Se dirigió a su cuarto y tras deshacerse de su ropa, ingresó a la ducha de agua helada que hizo que su piel se erizara por completo y que sus músculos se tensaran en protesta. A pesar de la inminente llegada del verano, la fiebre ya la había obligado dos veces a cubrir su cuerpo con abrigos invernales y revestir sus pies con botas rellenas de lana. No que le avergonzara ese hecho, ni mucho menos. Se había hecho amiga rápidamente de las olvidadas camisetas de mangas largas en vista de que su propio cosmos no servía para mantener estable la temperatura.
La sangre de los dioses que bebió además de provocarle serios estados de fiebre, la debilitaba físicamente, y su mala condición física impedía que hiciera un buen uso de su cosmos. Milo todavía no comprendía por qué había aceptado beber esa mezcla asesina, pero sentía con cada fibra de su ser que había hecho lo correcto al obrar de esa manera. La solución aleatoria era morir y dejar que Hades desapareciera su alma, lo cual en realidad no le importaba demasiado, no cuando no se encontraba atada a su existencia y sabía muy bien que su vida no era otra cosa sino una pieza reutilizable en las manos de los dioses, pero morir en esta ocasión significaría que estaría abandonando a Mika. Y no quería dejar solo al chiquillo.
Vagamente, se preguntó qué haría su maestro si estuviera ahí, se preguntó si alegaría por ella ante Athena o si acataría todas las órdenes sean cuales fueran. Suspirando, decidió que Aireen de Altar probablemente guardaría silencio hasta la muerte tal como habían hecho sus compañeros, probablemente la reprendería por arreglárselas para acabar metida en un lío como ese sin siquiera esforzarse.
Para cuando salió de la ducha, con una toalla en la cabeza y otra cubriendo su cuerpo, estaba temblando tan violentamente que sus dientes castañeaban incluso aunque estuviera apretando la mandíbula con fuerza y prácticamente los restos de agua en su piel se secaron al instante. Viéndole el lado bueno a eso, se vistió a prisa con una camiseta blanca de mangas largas y pantalones negros que no hicieron nada para detener el frío provocado por la fiebre. Sin siquiera intentar ponerle orden al desastre de bucles de su cabello húmedo, se reclinó en el sofá más largo de su sala privada y decidió que era tiempo de irse a casa.
Casa. Milo nunca había tenido una casa real. Escorpio era un lugar transitorio desde el cual partía a la guerra y al cual en algunas pocas ocasiones había regresado después de una batalla. En Milos vivió en una cabaña en lo profundo del paisaje donde los demás isleños casi no iban, y antes de su inicio en la vida de los santos guerreros de Athena no podía recordar ni cuál era su nombre.
No antes de saberlo, de todos modos. Y casa era una manera extraña de llamar al templo gigantesco que tenía un gran parecido con Escorpio, pero así se sentía cada vez que iba a ese lugar. Con vista a los reinos de los dioses que tenían dominio sobre el mundo de los humanos, la edificación de pulcra y lisa piedra blanca se alzaba en medio de lo que parecía un mar de estrellas naciendo y siendo expulsadas a las áreas del universo que todavía estaban vacías. Milo había sentido fascinación la primera vez que estuvo ahí, seguida de una gran sensación de paz que hasta ese momento no se comparaba con nada. Acostumbrada ya a esa vestimenta de diosa, se encontró a sí misma en medio de la sala donde debería estar su armadura, pero en cambio había un trono en lo alto de una plataforma. Solo que esta vez, el trono no se encontraba vacío.
Confundida, Milo se observó a sí misma de pie en lo alto, con su cabello alzado en una alta cola de caballo y la capa blanca y brillante esparcida a un lado, cayendo sobre las escaleras como una catarata de estrellas. Extrañada y precavida, levantó una mano con la palma extendida hacia adelante y su reflejo en lo alto hizo lo mismo. Luego, volteó el rostro hacia la derecha y su reflejo la copió, realizando la misma inclinación de cabeza y cuando frunció el ceño y se echó para atrás, la imagen allá arriba hizo exactamente lo mismo. Pero había algo que no se sentía bien en todo eso. Había venido a este lugar en las noches cada día desde hacía una semana y nunca se había visto reflejada en ninguna superficie por muy cristalina que fuera. Además, los Pilares de la Creación no estaban por ninguna parte y no podía sentir sus cosmos. Avanzando un pasó, vio a su reflejo hacer lo mismo, y hubiese seguido en ese plan si algo parecido a una pared invisible no la hubiese detenido. Hizo un gesto de dolor involuntario cuando la primera parte de su cuerpo en chocar con esa pared fue su frente, y se llevó la mano a la zona dañada por instinto.
Una risa baja reverberó en el silencioso templo y Milo sintió que se le erizaba el cabello de la nuca. Miró hacia el frente y hacia arriba para ver a su reflejo sonriendo con burla y de brazos cruzados. Entonces, prestando algo de atención se dio cuenta que lo que sea que estuviera ahí, no era un reflejo suyo, sino alguien más.
Observó las formas angulosas y clásicas de su rostro, sus pómulos marcados y su nariz fina y altiva que le otorgaban una madurez indiscutible. Milo nunca había sido capaz de deshacerse de los contornos suaves de la niñez y su nariz pequeña no tenía nada que hacer en contra de esa mujer. Su figura estilizada y realzada por la adhesión de la tela blanca hacía resaltar sus buenos y abundantes atributos, mientras que Milo a veces no se molestaba en utilizar un sostén ya que en realidad no había mucho que sostener. El cabello que ella lucía era más oscuro y menos ondulado, también era a simple vista más largo y el color turquesa en sus ojos era más claro, casi cristalino y enmarcados por cejas que a Milo se le ocurrió que tal vez necesitaría para parecer más una mujer y no tanto una recién salida de la adolescencia.
En cualquier caso, esa presencia ahí se le antojaba como una broma contra sí misma y tenía que buscar la manera de hacerla desaparecer. El problema es que no sabía cómo.
—Meagan—susurró Milo.
Meagan acentuó su sonrisa, estrechando la mirada y bajando un poco el rostro, como un gato al acecho. Sus brazos antes cruzados cayeron con gracia a cada lado de su cuerpo y ella avanzó dos pasos más en las escaleras, todavía estando muy por encima y haciendo que Milo odiara con cada gramo de su ser su sola apariencia igual a la suya.
—Meagan—murmuró ella, haciendo que Milo frunciera más el ceño. Su nombre antes de ese, era el mismo que el de la mujer que tenía frente a ella y se preguntaba si de verdad la había llamado así para molestarla.
Milo odiaba ese nombre. Era el nombre que su padre le había dado.
—Estás asustada—continuó su antecesora, acercándose todavía más y deteniéndose al final de las escaleras. Detrás de ella, el material del que estaba hecho el trono y las paredes a ambos lados comenzaba a cambiar gradualmente de color, con atisbos de rojo y dorado y lila en algunas partes.
—No sé qué hablas—decidió Milo, totalmente segura de que no estaba asustada y no lo había estado antes.
—Aún no. Aún no comprendes lo que estás haciendo—respondió ella, cambiando su expresión altiva por una que se acercaba mucho a la tristeza—Nunca dudes de que todos los pasos que seguirás a ciegas antes que finalmente comiences a entender son correctos y necesarios.
—Sigo sin saber de qué hablas.
Ella sonrió entonces, extendiendo su mano derecha y apuntándola con su dedo. Milo comprendió lo que hacía cuando su uña brilló con el rojo más intenso y trató de hacerse a un lado, pero se vio inmovilizada por una fuerza invisible que la detuvo el tiempo suficiente para que Meagan la atacara con una Aguja Escarlata que se incrustó en el costado derecho de Milo, entre sus costillas. El pinchazo inicial no fue más que una molestia, pero la sensación de ardor y entumecimiento que le siguieron hiciera que se doblara en su lugar y posteriormente cayera sobre sus rodillas. Llevando una mano a la zona herida, hizo presión cuando un grueso hilo de sangre comenzó a salir y a manchar el pulcro blanco de su ropa. Miró al frente, a Meagan y la encontró volviendo a subir los escalones hasta llegar al trono, donde se sentó cruzando una pierna sobre la otra.
—Estás tan asustada como él—murmuró, su imagen desapareciendo, fundiéndose con el trono que se teñía de rojo.
Milo intentó alcanzarla antes que desapareciera por completo pero el dolor en su costado la detuvo. Recordaba lo que solo una de las Agujas Escarlatas podía hacerle a una persona, pero no recordaba que con solo una pudiera paralizar por completo el cuerpo de un adulto, más aún, el de un santo dorado.
Gimiendo por el efecto del veneno, ignoró el rápido ritmo al que iba su corazón, más no pudo evitar preguntarse si era normal que doliera tanto.
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Adelanto del próximo capítulo:
—Huele como a Milo—susurró Saga a su lado. Con los ojos casi en trance y los labios entre abiertos, dio un paso adelante y frunció el ceño—¿Es por esto que toda esta gente está aquí en lugar de alejarse?
Camus hizo un gesto involuntario ante la perspectiva de tantas personas alteradas por el perfume de su compañera, desagradándole totalmente esa idea.
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Nota al margen: Al principio no estaba muy segura de cómo iba a escribir el primer capítulo. Pensé en pasar directo a la acción, el drama y las lágrimas, pero también pensé en darle un comienzo tranquilo, una base estable de la que pudiera partir con seguridad a las situaciones a las que quiero llegar, así que ahí está el capítulo uno, el verdadero comienzo. Me pareció divertido ver un MiloVsMilo, aunque no fue tan sangriento como me lo imaginé; lo que sí imaginé fue que ella perdía contra sí misma, demostrando que aunque trate de no ser "ella" sigue siéndolo, porque son la misma persona pero en diferentes épocas. En fin, ni sé por qué por qué profundicé en eso pero espero que lo hayan podido disfrutar. Y no se preocupen, ya aparecerán en el siguiente capítulo lo que algunas de ustedes denominaron como una banda de INÚTILES xD (los aman, admítanlo)
Tengan un buen fin de semana y un excelente inicio de semana, y se me cuidan mucho en nombre de Dios, que guardará sus caminos.
*Las dos estrofas utilizadas para el capítulo, que está sobre el título, corresponde a la canción: Figure 09 de Linkin Park.
Publicación del próximo capítulo: 20/04/16
