"Un conflicto de colores
mientras las llamas suben hacia las nubes
quise arreglar esto pero
no podía dejar de derrumbarlo."

2

Hielo y fuego.

El cielo completamente nublado con sus tonos variantes entre el gris oscuro y un perturbador rosa pálido se extendía hacia todos los lados, siendo interrumpido únicamente por ese espacio suspendido sobre el octavo templo que permanecía impoluto y repleto de estrellas. Desde la entrada de su templo, Camus observaba cruzado de brazos mientras la fría brisa proveniente del mar azotaba con la fuerza suficiente para hacerse notar. Era probablemente un poco menos de media noche y aunque todo el Santuario estaba en completo silencio, sabía que no todos dormían. Los cosmos conscientes de los pocos residentes traicionaban la aparente sensación de tranquilidad y las sombras moviéndose entre las formas naturales del terreno incitaban a ser cuidadoso.

Sabía que en Cabo Sunión se encontraban Saga y Kanon de Géminis, había sentido sus cosmos desde ese lugar diciendo que en las costas todo estaba bien. Sabía también que en el pueblo se encontraban DeathMask de Cáncer y su amigo Afrodita de Piscis, que unos minutos atrás habían dado informes tras haber enfrentado un incendio en un edificio viejo del que pudieron sacar a todos los que lo habitaban antes que las llamas se llevaran una vida, sin embargo, desde donde estaba Camus podía ver una columna de humo lo suficientemente grande como para saber que el servicio de seguridad del poblado estaba teniendo problemas para controlar el fuego.

Más allá de los bosques los santos Leo y Sagitario, acompañados del dios guerreros proveniente de Asgard rondaban en busca de cualquier tipo de movimiento o presencia que fuera sospechosa y peligrosa, pero debido a su silencio parecía que no estaban encontrando nada. Las puertas del Santuario estaban siendo vigiladas por los espectros que Hades había enviado, lo cual le había parecido una absoluta falta de respeto a los santos dorados, pero la misma Athena había ordenado a los sirvientes del dios del Inframundo que guardaran la entrada y alejaran a cualquier tipo de desconocido que quisiera acercarse. Ambos guerreros se mostraron conformes con su tarea cuando la diosa los asignó dos días atrás, pero nada había ocurrido en realidad.

En su recámara, la diosa descansaba protegida por el Patriarca, el santo de Libra y tres de los cuatro santos de bronce presentes. Hyoga estaba en la entrada posterior del octavo templo con Isaac. Sin importar cuánto se pusiera a pensar en ello, no podía dar con el motivo por el cual su ex alumno estuviera interesado en ella y aunque sabía que él no estaba de acuerdo con la forma en que se estaban haciendo las cosas, no tenía derecho alguno de pretender estar tan cerca. Desde que llegó, no le había dirigido más palabras además de las primeras en la entrada de Escorpio, pero pasaba mucho tiempo con Hyoga, que a su vez pasaba mucho tiempo con ella.

Milo no había dejado que ningún santo dorado diera un paso más allá del pasillo principal de su templo, de hecho, se había recluido a tal punto que ni siquiera su pequeño medio hermano menor podía acercarse, no es que lo hubiese intentado o algo así, pero Camus esperaba un poco más de insistencia de parte del peliazul, que se había pasado la semana entera en la biblioteca, saliendo solo cuando fuera necesario. Había traducido a un ritmo increíblemente rápido una buena parte del diario de Vasili de Acuario, pero casi no había hablado con nadie y Zeth, su alumno y mejor amigo de Mika, comenzaba a mostrar leves signos de preocupación.

Camus dio un paso al frente, su mirada fija en el octavo templo. Se preguntó qué estaría haciendo Milo encerrada ahí. Ella solía tener una fijación muy fuerte por los espacios abiertos y enormes, rechazando por completo el pensamiento de estar siquiera encerrada por más de cuatro horas seguidas. No entendía cómo se las había arreglado para estar tanto tiempo ahí dentro sin enloquecer, aunque él no podría decir si efectivamente el cautiverio la había afectado o no, ya que no habían mantenido siquiera una mirada desde hacía una semana. Dando otro paso, se negó a reconocer que estaba preocupado, más su corazón dio un vuelco en protesta, pidiendo que lo que sentía aflorara y no fuera negado ni contenido.

Suspirando, volvió a su posición inicial y se cruzó de brazos, esperando. Todo ellos habían estado esperando cruzados de brazos a que algo o alguien atacara desde el exterior mientras Milo se apartaba de su lado y sufría a solas el efecto de la sangre de los dioses que Athena, engañada por Apolo, le dio de beber. Según Hyoga, cada noche la encontraba en su sofá, acurrucada y abrigada mientras su piel ardía. Su ex alumno había usado su cosmos para bajarle la temperatura, pero no siempre funcionaba y en dos ocasiones las únicas dos amazonas fueron requeridas para quitar del cuerpo de Milo ropa congelada.

Camus no se había acercado a ella, no porque temiera ser atacado o porque estuviera molesto por la manera en que agredió a todos verbalmente, sino porque aún seguía pensando en esas palabras que le dijo la última vez que se vieron, y porque comenzaba a creer que existía una buena posibilidad de que hubiera algo malo con él.

Me acabas de romper el corazón.

Podía escucharla prácticamente a cada instante, cada vez que cerraba los ojos, cada vez que respiraba en profundidad, cada vez que se preguntaba qué estaba haciendo ella.

Sabía que lo que sentía era culpa por haberse marchado en lugar de responderle, sabía que el remordimiento se debía más a las lágrimas que le ocasionó y no tanto a las palabras. Pero por alguna razón, Camus no se sentía capaz de hacer algo para compensarla, para hacerla sentir mejor. De tanto en tanto sentía el impulso de ir al octavo templo para hablar con ella, pero no podía.

Simplemente no podía.

Sabía que si iba con Milo no necesitaría decir nada, sabía que con solo mirarla ella perdonaría su falta de expresiones, pero…

¿Alguna vez vas a ser sincero conmigo? ¿Alguna vez vas a estar de mi lado?

Si de mí dependiera todo esto, pensó. Pero se detuvo al sentir cosmos latiendo en alerta desde el pueblo. Camus vio encenderse varias luces a lo lejos, en la misma dirección antes de recibir el llamado por parte de los cosmos de Afrodita y DeathMask. Apresurándose, cruzó los templos vacíos a excepción de Virgo, donde escuchó a Shaka diciéndole que debía tener cuidado. En menos de quince minutos estaba a la entrada de Rodorio, donde las calles que deberían estar repletas de curiosos se encontraban vacías y tranquilas. Las sirenas de los camiones de bomberos resonaron en sus oídos a medida que llegaba a una zona de la ciudad donde muchos edificios antiguos se aglomeraban uno contra otro sin dejar más espacio entre ellos que pequeños y oscuros callejones que se convirtieron en basureros improvisados que ardían, literalmente.

Frente a cuatro edificios viejos que ardían desde el suelo hasta el techo se amontonaban probablemente las personas que los habitaban y que eran detenidos con esfuerzo por las fuerzas policiales locales, que habían colocado un vallado que era forzado por el movimiento de las personas que intentaban pasar. Divisó a Saga de Géminis, que venía a toda prisa desde la costa.

—DeathMask me ha dicho que no pueden apagarlo sin importar cuánta agua utilicen—la voz del santo de Géminis vino desde la distancia, y Camus fue hacia él sorteando a la gente que a duras penas les daban paso libre—Cree que quizás alguien provocó esto.

—No siento ninguna presencia extraña—respondió.

El silencio de Saga le confirmó que él tampoco. Sin saber exactamente de qué manera ayudar sin entorpecer el trabajo de las fuerzas de seguridad, permaneció junto a su compañero observando a las personas. Al menos unos cien hombres se aglomeraban alrededor del vallado y todos empujaban contra los oficiales, tratando de pasar como si quisieran ir hacia los edificios en llamas. Mirando hacia el frente, Camus notó que el suelo a la vista en cada una de esas edificaciones estaba también en llamas, pero de una manera curiosa y extraña, creía distinguir una coloración azulina y violácea en la luz que despedía el fuego. Como si no fuera fuego normal. Las columnas de humo negro que se elevaban hacia las nubes tenían destellos de los mismos colores, como chispas estallando y dándole tonalidad a la negrura. Los destellos chocaban entre sí y algunos de ellos caían sobre el suelo con un sonido similar a la madera crepitando al ser encendida.

—¿Por qué las personas no se van? —se preguntó, mirando alrededor y notando la fuerza con que empujaban contra el vallado, algunos de ellos incluso con los brazos extendidos hacia el frente.

—Quizás sea el aroma—respondió su compañero de armas, respirando profundamente.

Frunciendo el ceño, respiró de igual manera, llenando sus fosas nasales del humo tóxico y desagradable. Tosió una vez y cuando volvió a tomar aire, éste tenía un rescoldo dulzón y ácido, como manzanas verdes. Un segundo aroma se le unía, algo más fuerte y empalagoso que se antojó como canela o vainilla.

—Huele como a Milo—susurró Saga a su lado. Con los ojos casi en trance y los labios entre abiertos, dio un paso adelante y frunció el ceño—¿Es por esto que toda esta gente está aquí en lugar de alejarse?

Camus hizo un gesto involuntario ante la perspectiva de tantas personas alteradas por el perfume de su compañera, desagradándole totalmente esa idea. Del otro lado del vallado, los bomberos intentaban apagar las llamas y el sonido lejano de una avioneta llegaba a sus oídos a la vez que una especie de bruma rosácea caía sobre los edificios. Gruñendo por lo bajo, pensó que nunca lograrían terminar si seguían así, y las llamas estaban extendiéndose hacia las casas cercanas.

—Estas personas tienen que irse… —susurró Saga justo cuando un oficial era lanzado al suelo y pisado por dos hombres que corrieron directo al edificio más cercano, cuya entrada estaba destruida por completo.

Camus actuó por instinto, congelando las piernas de ambos hombres que se tambalearon en sus lugares antes de mirar, horrorizados, el hielo que los cubría casi hasta los muslos.

—Hay algo muy malo ocurriendo aquí, ¿dónde rayos están esos dos? — murmuró Saga, haciendo a un lado a la gente. Camus estuvo a punto de seguirlo, pero el fuerte sonido de una explosión a la derecha detuvo su andar.

Camus se volteó a ver cómo el fuego se iniciaba en la siguiente calle, comenzando desde el suelo en un lío de colores azules y violetas que se tornaban en rojo y dorado a medida que las llamas trepaban por las paredes y escalaban hacia el techo. En cuestión de segundos los pequeños locales se volvieron solo figuras oscurecidas en contra posición a las llamas brillantes que los envolvían. Volteándose otra vez hacia el santo de Géminis, cruzó miradas con el susodicho antes de concentrar su cosmos en la tierra y levantar una pared de hielo que separaba a la gente del fuego. Sin embargo, lo que no esperaba era que los pueblerinos atacasen con sus propios puños su muro, intentando derribarlo como si en verdad estuviesen desesperados por correr hacia el fuego. Consternado por ese extraño comportamiento, se cubrió la nariz cuando sintió el aroma de las rosas de Afrodita invadir el aire y mezclarse con el humo. Casi al instante, las personas se tambalearon en sus lugares y cayeron inconscientes.

—Es el humo el que está haciendo esto—comentó, apareciendo a su lado con una rosa roja en la mano derecha y un niño pequeño en su brazo izquierdo que tenía un importante golpe en el costado de la cabeza, donde la sangre oscurecía su corto cabello rubio—Estaba intentando entrar a su casa, donde su madre yacía muerta. Dijo que la escuchó llamándolo.

—Eso quiere decir que el humo crea ilusiones—respondió, mientras su compañero caminaba hacia Saga—Tendremos que sacarlos de aquí, ¿Adónde fue el resto de la gente?

—¿Qué quieres decir con que adónde fueron? — preguntó el geminiano, frunciendo el ceño como si acabara de notar que a excepción de las personas reunidas ahí, no había nadie más.

—Desaparecieron. —contestó Afrodita, y ante la perpleja mirada de su superior, rodó los ojos y continuó—Pregúntale a DeathMask, te dirá que desaparecieron. Sucedió hace algunos minutos, cuando el incendio se desató en ese edificio de allá—indicó hacia el lado opuesto, a la izquierda, donde una vieja casa de la que solo quedaban ladrillos ardía como si el fuego estuviese siendo alimentado.

—Ahora que lo dices… —murmuró Saga, mirando hacia el gentío—son solo hombres.

—¡Oigan ustedes! —la voz de DeathMask llegó desde alguna parte más arriba, y Camus lo divisó en un muro a medio caer como a doscientos metros—¡¿Qué rayos hacen ahí parados?! ¡Ayúdenme a sacar a estos babosos de aquí!

Afrodita nuevamente rodó los ojos, pero no perdió tiempo en levantar con su mano libre a dos hombres mientras continuaba sosteniendo al niño inconsciente en su brazo. Saga fue el siguiente en ponerse manos a la obra y Camus ayudó, creando una barrera de hielo que cercaba la zona que continuaba quemándose. Llevaron a los hombres a un parque cercano, donde los dejaron junto a una fuente de agua, todos boca abajo por recomendación de DeathMask que dijo algo sobre que podría ser peligroso que se ahogaran con sus propias lenguas. Mientras estaban en eso, escaneaban la zona en busca de algún cosmos maligno o desconocido, pero en lo personal, Camus no logró dar con nada que le hiciera sentir incómodo o preocupado y sus compañeros tampoco, y como una hora después decidieron que derribar los edificios y congelarlos era mejor que dejarlos arder.

En total, dos calles con seis edificaciones angostas pero altas se quemaban. Saga y DeathMask se encargarían de echarlos abajo para que Camus pudiera congelar todo. Los camiones de bomberos que quedaron olvidados cuando sus operadores cayeron reducidos por el aroma de las rosas de Afrodita, continuaba lanzando agua y el santo de Piscis destruyó las bombas a base de patadas. El resultado fue una pequeña inundación que Camus planeaba utilizar a su favor, creando una superficie lo suficientemente fría para reducir el calor del ambiente, que debido a las llamas era peor que cualquier día del verano. Con solo una explosión de poder, Saga derrumbó los edificios que se quemaban, dejando solo pilas y pilas de escombros ardientes y una calle más abajo, DeathMask hizo lo mismo. Camus se posicionó lo más cerca que pudo de las llamas sin que le resultara molesto y encendió su cosmos, pero cuando preparaba su Polvo de Diamantes, un movimiento en medio del fuego le llamó la atención.

Una figura algo pequeña parecía moverse entre las llamas con algo de dificultad, como si se tambaleara buscando un terreno firme para caminar. Horrorizado, Camus observó junto a sus compañeros la melena azul contrastando con el dorado y naranja de las llamas mientras las luces y sombras del incendio jugaban con la imagen de Milo. Ella andaba a pasos calculados, mirando más hacia el suelo que hacia el frente y en un mal movimiento, cayó de rodillas entre los ladrillos al rojo vivo. Sin pensarlo siquiera un segundo, Camus se lanzó hacia adelante, pero dos pares de brazos lo sostuvieron con fuerza.

—¡¿El hielo redujo a la mitad tu capacidad de razonamiento?!— exclamó DeathMask a su derecha, sosteniendo su brazo entre los suyos con tanta fuerza que Camus lo empujó. —¡¿O acaso tienes una espectacular habilidad para no quemarte de la que quieras contarnos?!

—¡Es Milo! —gruñó por lo bajo, viendo al frente, pero encontrando vacío el lugar donde un momento atrás estaba su mejor amiga.

—Es verdad, también creí verla—murmuró Saga, su voz algo distante mientras sus ojos escaneaban el lugar con insistencia, como si pudiera hacerla aparecer si se concentraba lo suficiente.

—Si esto no confirma nuestras sospechas de que alguien está haciendo esto, entonces no sé qué lo hará—resopló Afrodita, soltando de su agarre el brazo izquierdo de Camus.

Frustrado por haber sido engañado y puesto en evidencia delante de sus compañeros, Camus se apresuró a poner su máscara de fría indiferencia antes de lanzar su Polvo de Diamantes al frente y congelar la calle completa y las fachadas de las casas al otro lado. Por un momento, todo estuvo en completo silencio y una brisa fría le revolvió el cabello, y entonces, la brisa se detuvo y por un momento sintió que el aire escaseaba antes que, literalmente, todo estallara alrededor de ellos.

Como si de una tormenta se tratase, grandes llamas se arremolinaron en derredor de los viejos edificios de madera y ladrillo hasta que ni uno solo quedó indemne. El sonido de las llamas crepitando era tan fuerte que no podía distinguir lo que sus compañeros trataban de decirle sino hasta que Saga tiró de él hacia el parque donde dejaron a las personas inconscientes, lugar al que se dirigían las llamas como una gran ola en un mar. Por encima del humo y los raros colores de los que se tornaba, Camus creyó ver una figura diferente aparecer y desaparecer, y en vista de que su propia voz no se oía y sus compañeros iban delante de él, se retrasó un poco y cuando la figura apareció otra vez, atacó con el Polvo de Diamantes, pero falló por algunos pocos centímetros. No obstante, eso llamó la atención de sus compañeros que se detuvieron al instante.

El humo se dispersó con una fuerte ráfaga de viento proveniente desde el océano y una delgada y casi laxa figura quedó a la vista mientras se reposaba en un árbol cuyas ramas ardieron al contacto.

—¡¿Tú eres quien ha estado haciendo esto?! —exclamó DeathMask, apuntando a esa cosa con su dedo índice, donde una llama de fuego fatuo se formó.

La cosa, esa figura laxa y delgaducha de aspecto más bien femenino era envuelta por una luz anaranjada tan potente que no dejaba ver sus rasgos ni la expresión de su rostro contorneado por una cabellera larga que imitaba una gran flama que bailoteaba con la brisa a su alrededor. Sin vestimenta aparente y con algo en su espalda que se asemejaba a grandes alas, observaba en silencio. DeathMask lanzó sus Ondas Infernales hacia ella, pero el ataque se deshizo en el aire a tan solo unos metros de distancia. Una risa baja y cantarina se oyó por sobre los improperios de su compañero y seguido de eso, una voz suave habló.

No son tan impresionantes como me dijeron— la figura se cruzó de brazos, como si con ese único gesto se burlara de ellos. —Creí que los santos de Athena formaban el mejor de todos los ejércitos de los dioses, pero solo son hombres.

—¿Quién eres? ¿Por qué estás haciendo esto? — más allá de los bajos improperios que lanzaba el guardián del cuarto templo, Saga permanecía impertérrito y serio. Su voz era calmada pero sus puños estaban cerrados con fuerza.

Mi nombre no es importante para ustedes, ya que morirán aquí y ahora— contestó, y acto seguido, agitó un brazo en el aire y una ráfaga de fuego se levantó y avanzó hacia ellos a gran velocidad.

Camus apenas si tuvo tiempo de hacerse a un lado antes que el lugar en el que estaba parado se incendiara. La llamarada se extendió por todo el lugar haciendo que tuviera que impulsarse con la fuerza suficiente para llegar al techo de una casa que ardía como todo lo demás y cuyos cimientos se tambalearon cuando aterrizó ahí. Sus compañeros utilizaron techos al otro lado de la calle para escapar del fuego que trepó rápidamente hacia ellos, como buscándolos e iniciando lo que parecía una extraña persecución por sobre los tejados que los llevó demasiado lejos del parque en el que estaban las personas todavía inconscientes. Camus creó un camino de hielo, usando gran parte de su cosmos para volver por sobre sus pasos. El fuego había alcanzado el borde del parque y estaba muy cerca de las personas. Deteniéndose en medio del espacio cuyo suelo adoquinado ya comenzaba a librar vapores y a elevar su temperatura, se encargó de bajarla hasta que el hielo crujió bajo sus pies y se acentuó volviéndose blanco y denso.

Así que tú eres Vásili—la voz de esa cosa llegó hasta él en medio de una baja risa—Eres hermoso, después de todo. Comprendo por qué Caos desistió de su plan, tienes una cara bonita.

Sin comprender demasiado a qué se refería y sin que le importara realmente, alzó su cosmos preparándose para lanzar su ataque más poderoso, y lo hubiese hecho si en ese preciso instante no hubiese sentido un punzante y agudo dolor en el costado izquierdo que lo obligó a doblarse sobre sí mismo. Una fuerte sensación de ardor se acentuó en un punto exacto entre sus costillas y se expandió por todo su abdomen, mareándolo y adormeciendo sus músculos hasta que la sola idea de moverse le resultó extremadamente dolorosa. Distinguió el movimiento de la figura llameante en lo alto del árbol, pero no pudo hacer nada para defenderse cuando una nueva llamarada se dirigió directamente hacia él. Esperó el fuego y la horrible sensación de quemarse, pero ésta nunca llegó y alzar la vista, vio sobre al general marino Isaac de Kraken disparando la Ejecución Aurora directo hacia la figura en el árbol, que atacó por igual, haciendo que el fuego y el hielo chocaran en el aire enviando ondas expansivas que destrozaron todo lo que estaba demasiado cerca. Isaac alzó su cosmos de manera que incluso el fuego que continuaba ardiendo varios metros se extinguió. Desde su derecha, distinguió a su compañero Saga de Géminis, reuniendo el cosmos necesario para hacer su mejor técnica y detrás de él, Afrodita de Piscis y DeathMask de Cáncer hacían lo mismo. Un segundo después, la Explosión de Galaxias, el Sufrimiento Infernal y las Rosas Demoníacas Reales se unieron e impactaron a la vez contra la figura llameante, que no notó el contra ataque sino hasta que estuvo a punto de golpearla, he intentado protegerse, lanzó una bola de fuego que como resultado obtuvo un choque que provocó una explosión que hizo que todos ellos salieran despedidos a varios metros. Camus acabó golpeando su espalda contra un árbol a medio quemar que se agrietó y envió ondas de electricidad a todos sus músculos acalambrados por el extraño ardor que le provocaba el punto adolorido en su costado izquierdo.

El silencio que le siguió a esa explosión fue roto por pasos y voces vacilantes que se elevaban gradualmente. Pasos sonaron cerca y Camus observó a su ex alumno acercarse a paso rápido y decidido. Su mirada fiera y sus manos cerradas en puños hicieron que ese muchacho fuera casi desconocido para él, contrastaba con el Isaac serio pero amable que había entrenado en Siberia, le resultaba desconocido y casi desagradable.

—¿Qué está haciendo ahí tirado? —habló con tono de reproche, agitando una mano acusadora hacia él y gruñendo como si se sintiera frustrado—¡Vaya al Santuario ahora! ¡Hyoga me ha pedido que lo lleve de regreso porque la señorita Milo…

La voz de Isaac se perdió por completo en el aullido de una fuerte ráfaga de viento que provino desde el Santuario que casi se llevó al peli verde, que se agazapó para resistir. Cuando el viento pasó, por menos de un segundo todo fue silencio otra vez, y entonces, el sonido de la tierra resquebrajándose le siguió a una fuerte sacudida del suelo, que comenzó a temblar violentamente. El eco de un grito se mezcló en la desastrosa cacofonía, y Camus reconoció la voz de Milo y su cosmos, que se alzaba e invadía cada rincón.

Desde la vista que tenía del Santuario, solo pudo divisar una gran columna de fuego negro y azul que se alzaba hacia ese trozo del cielo que se mantenía despejado sobre el octavo templo.

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Adelanto del próximo capítulo:

"—Ellos no me dejarán verla—rezongó con un tono de voz que le hizo ver más joven de lo que realmente era, aunque eso también se debía a que era algo bajito para su edad—Ya he intentado de todo, pero ni siquiera me dejan ver a tu desabrido maestro.

Hyoga sintió que medio se ahogaba y medio reía a la vez al escuchar las polémicas declaraciones lanzadas sin el más mínimo respeto o recato, o valor por su propia vida. Un insulto hecho a un santo dorado de esa manera le hubiera valido una buena serie de azotes, pero creyó firmemente que ese niño no era para nada consciente. Acuclillándose para estar a su altura, puso una mirada cómplice y sonrió a la vez que decía, en voz muy baja:

—Yo puedo ayudarte."

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Nota al margen: bueno, bueno. Tenemos de vuelta a nuestro querido y simpático maestro de los hielos. Ya era hora de que diera la cara el infeliz. Pero tengo que ser sincera, iba a retrasar su entrada ya que cronológicamente, en la primera parte aparecía Mika antes que él, y quise respetar esa línea de tiempo, pero también quería hacerlo sufrir. Solo un poquito, de todas maneras, el pobre no sabe lo que le espera. Por otro lado, parece que tienen un nuevo enemigo (? ya veré más adelante cómo involucro a los personajes que faltan, que no son muchos pero suplantarán a los Pilares de la Creación en el papel de villanos. Y hablando de ellos, es probable que para el siguiente capítulo ya traiga también una imagen (hecha por mí, así que no esperen mucha calidad) de cómo se vería Owen, el Pilar de la Creación y la Destrucción que salió en el capítulo pasado. Ahora y sin más, los dejo para que disfruten el sufrimienkhsdsjkdn el capítulo :) tengan una excelente semana, cuidense y que Dios los bendiga y los guarde.

¡Nos vemos la próxima!

* Las estrofas utilizadas para el capítulo corresponden a la canción Burn it down de Linkin Park.

Publicación del próximo capítulo: 25/04/16.