Aislado; separando los restos, no me puedo concentrar.

Buscando un mensaje en este miedo y sufrimiento,

destrozada y esperando una oportunidad para sentirme viva.

4

Corazón contra razón.

—Se te ve preocupado—murmuró ella, sonriendo de lado y entrecerrando los ojos en un gesto de burla por demás cruel—Nunca te he visto preocupado. Quizás este sea verdaderamente el fin del mundo.

—Cierra la boca y vuelve a ...tu piedra en medio del Pacífico a peinarte o algo así.

Thetis frunció el ceño y su gesto burlón se deshizo, formando una fea mueca que dejaba en evidencia a la bruja que ocultaba en el interior de su corazón. Kanon miró en dirección de los doce templos y suspiró. Tenía que volver y verificar que Milo estuviera bien, pero esa loca medio pez estaba jugueteando con su paciencia, negándose a decirle por qué Poseidón estaba pensando en enviar una invitación a Athena que la diosa no podría rechazar.

Hacia dos horas que estaba atascado ahí, con sus piernas cansadas de estar en una misma posición y con los brazos entumidos por mantenerlos cruzados. Kanon había estado de lo más campante, esperando a quien sea que viniera cuando él y su hermano sintieron un cosmos amistoso acercándose desde mar adentro. Pero entonces las cosas se pusieron divertidas cuando Afrodita y DeathMask se mearon en sus pantalones y pidieron la presencia de Saga y algunos de los otros para ser asistidos en un mega incendio que se desató en el pueblo, y él tuvo que quedarse esperando a que alguien apareciera mientras su hermano se divertía a lo grande en Rodorio.

Kanon no sabía por qué llamaron a Saga. Él no tenía habilidades para apagar incendios. Hasta donde recordaba, era él quien los iniciaba y luego había que traer a alguien más para apagarlo. Pero, en fin, cuando la persona enviada desde la Atlántida llegó, Kanon quiso morirse ahí mismo. No es que Thetis le cayera mal… o demasiado mal. Pero odiaba a las mujeres burlonas que creían que se veían bonitas siendo altivas, y eso era exactamente lo que Thetis era. Una arrogante de mierda que se arrastraba a los pies del divertido tío Poseidón que para variar posaba su boquita de pez en pececitos más grandes.

Pececitos azules como Milo.

—Me iré de aquí y tendrás que contarle tu secreto a la primera barracuda que encuentres—advirtió.

La fea mueca en su rostro se intensificó y una cruel y sombría sonrisa se formó en los labios de Kanon. Había permanecido a la espera y con tanta paciencia como pudo para recolectar datos que pudieran servirle para advertir a su hermano, que a la vez advertiría al Patriarca y a Athena, que a la vez protegerían a Milo. Bueno, los santos dorados lo harían mientras él probablemente se haría a un lado hasta que la mitad de ellos mueran debido a su gran estupidez y entonces Kanon se quitaría las telarañas y les enseñaría una o dos cosas sobre cómo defender a una diosa.

Aunque no sabía si defendería a Milo o a Athena. O en todo caso, a Caos o a Athena.

Caos tenía su propio ejército y si ellos iban contra el Santuario, no habría armadura divina que resistiera el embate de alguno de los Pilares de la Creación, mucho menos el de Caos.

Aunque según Athena, Caos no deseaba la destrucción de la humanidad, sino la de todos los dioses.

—Supongo que sabes que el sol no saldrá en un buen tiempo—murmuró la sirena rubia y presumida que yacía sentada en la arena como una dama en su fiesta de té—Y… supongo que también sabes que la luna no alumbrará las noches por la misma cantidad de tiempo.

—Ajá.

—La tierra se volverá un lugar peligroso con todas las almas sueltas que no consiguen llegar a la única entrada abierta del Inframundo que está en Asia.

—Ajá.

—Apolo y Artemisa se han lucido esta vez. No solo planean controlar al recipiente de Caos a su gusto, sino que también desean destruir a esos Pilares de la Creación, ¡como si eso fuera posible!

Rodando los ojos y borrando su sonrisa oscura, Kanon decidió que tuvo suficiente de escuchar tonterías. La arrogante mujer medio pez podía irse a cuchichear con sus compañeros, pero él tenía la urgente necesidad de patear la puerta que llevaba a la residencia privada del octavo templo y pensaba hacerlo. No iba a quedarse con las ganas de verla después de una semana de mierda en la que tuvo que conformarse con prestar atención cuando alguien hablaba de ella en voz baja.

Cuando la rubia marina entendió que de hecho él estaba marchándose, se levantó haciendo un alboroto y pronto Kanon se vio detenido por manos que se aferraban a su brazo derecho. Volteándose con expresión molesta, la encontró viéndole con intensidad y algo parecido a la preocupación, lo cual no era propio de ella ya que no se preocupaba por ninguna otra cosa que no fueran las necesidades de su dios.

—Hay una manera de herir a Caos. Todos los dioses lo saben—murmuró ella, haciendo que Kanon prestara especial atención—son los seres más poderosos del universo entero pero no son infalibles. El señor Poseidón no quiere decirnos cuál es el método para matarlos.

—¿Cuál es el punto, entonces?

—Ninguno. El Oráculo de Apolo intentó llegar a Poseidón antes que con Athena. Esa niña dijo que la tierra no sería un lugar seguro para Milo de Escorpio, dijo también que ella estaría más segura en el fondo del océano, donde las musas de Apolo no pueden llegar.

—Ajá.

—Es por eso que nuestro señor quiere invitar a Athena y a Milo de Escorpio a la Atlántida. Ya que Athena quiere proteger a Milo para ganarse el favor de Caos…

—Te equivocas—interrumpió él, soltándose del agarre de la marina de Poseidón y viéndola desde su envidiable altura—Poseidón no es mi señor. Y Athena no está protegiendo a Milo porque quiera el favor de Caos, sino porque es lo correcto.

—¿Entonces Athena es tu señora? —preguntó ella, medio riendo.

Kanon no respondió. No estaba interesado en mantener este tipo de conversaciones sin sentido con alguien que no comprendía sus prioridades. Y por el momento su única prioridad era Milo. Así que emprendió la marcha de vuelta hacia el Santuario con la idea de mantener una pequeña charla con la diosa antes de presentarse en el octavo templo con su mejor sonrisa amistosa, quizás con unas cuantas manzanas o alguna bebida sin alcohol. No tenía ni idea de por qué Milo no bebía, pero eso hizo que su interés por ella creciera un poquito más.

Apuesto a que siendo ella, se vería graciosísima estando ebria.

Se mantuvo con ese pensamiento idiota pero divertido hasta que llegó. El templo de Aries estaba vacío, lo cual era extraño debido a la hora y a que a diferencia suya, Mu utilizaba las noches para dormir. No es que Kanon utilizara ese mismo lapso de tiempo para algo más entretenido. Lo haría si pudiera, pero debido al rumbo santo y puro que había tomado su vida…

—Vaya, al fin regresas—la voz del santo de Cáncer sonó alta tan pronto como estuvo frente a las escalinatas del templo tras haber pasado con el permiso de Aldebarán por su templo. Salió de las sombras que las columnas otorgaban y se dejó ver, vistiendo pantalones oscuros y con el torso descubierto. Sus pies descalzos sonaron sordos cuando caminó. Kanon pensó que si su hermano llegara verlo recibiendo así a alguien en su templo, lo patearía lo suficientemente fuerte como para hacerlo llegar a lo profundo de Cabo Sunión. La expresión molesta del cuarto guardián le hizo enarcar una ceja y poner los brazos en jarras.

—¿Ahora qué?

—Supongo que el terremoto fue divertido en la costa.

—Una buena parte de Cabo Sunión se derrumbó. Además de eso, nada bueno ocurrió.

—Lo que sea—rezongó DeathMask, cruzándose de brazos y suspirando—A ver si puedes hacer algo para calmar a tu hermano. Creo que enloqueció otra vez. Perdió la paciencia y noqueó a Camus de Acuario.

Nada en el mundo hubiera detenido la carcajada que escapó de lo profundo del alma de Kanon.

No podía imaginarse una situación como esa, pero su imaginación era amplia y colorida y podía idealizar una buena cantidad de escenarios del gran Saga extendiendo su puño cerrado y dirigiéndolo a la mandíbula del joven acuariano. Quizás le hubiese dado ese mismo derechazo que le desacomodó las ideas muchos años atrás, o quizás fue directo a su nariz perfecta y engreída. Esperaba poder ver el tinte violeta y la hinchazón en la mandíbula de Camus.

—Debiste verlo, le lanzó su Satán Imperial y Camus cayó como un costal de patatas.

Y con eso murió la imaginación de Kanon. Había algo muy malo cuando dos personas peleaban y la pelea acababa tan rápido.

—El pobre ya estaba mal herido y medio confundido, quería ir a ver a Milo cuando ni siquiera podía estar de pie por sí mismo.

—Quizás fue bueno, necesita descansar—encogiéndose de hombros, decidió, ardiendo repentinamente ante la idea de esos dos estando tan cerca.

—Luego entró al templo de Milo y al parecer Shaina y Marín le permitieron pasar.

Encogiéndose de hombros, DeathMask esperó por alguna reacción por parte de Kanon, pero él estaba demasiado ocupado para siquiera responderle con algo que pudiera asegurarle que obtendría más detalles. De solo imaginarse a Saga en el cuarto de Milo mientras ella estaba inconsciente le provocaba escalofríos. No porque pensara que le haría algo, él no era así y su comportamiento no dejaba lugar a la imaginación, pero por alguna razón que aunque sabía cuál era y no quería pensar en ello, no deseaba imaginárselo observando tan de cerca a Milo.

—DeathMask, permíteme pasar por tu templo—se limitó a decir, su voz sonando plana y extraña.

El cuarto guardián le miró extrañado un momento antes de asentir y hacerse a un lado para dejarlo pasar.

Kanon se movió, avanzando sin siquiera darse cuenta de ello.

Ya no intentó convencerse de que no estaba celoso. La manera en que todo ardía dentro de él le indicaba que podría despellejar a su hermano si descubría que siquiera pensó en hacerle algo a Milo. Lo esperaría en su templo, alegando al sentido del deber por la que se guiaba Saga para vivir, pero si descubría algo en su mirada, cualquier cosa que le indicara que hizo algo que no debió hacer, le asestaría un puñetazo en el centro de su cara.

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La mancha de sangre en su vestido permanecía, tiñendo con un violento tono de rojo el pulcro y puro blanco de la tela que se amoldaba a su abdomen. Milo había descubierto que permanecer en el suelo, en posición fetal era más sencillo que intentar levantarse. Sin embargo, también descubrió que tenía que llegar a lo alto de las escaleras, al trono que se elevaba a algunos metros ante ella. El espacio que la separaba de su objetivo no era tan amplio, pero se sentía como si estuviese a kilómetros. Utilizando sus brazos para impulsarse, decidió que aunque tuviera que dejar su orgullo olvidado en el camino de sangre que comenzaba a formarse, llegaría hasta ese lugar en lo alto. Meagan, quien fue ella miles de años atrás se había fundido en el material brillante del que estaba formado el trono, tiñéndolo de varios tonos de violeta y rojo.

De alguna manera sabía que la herida que le provocó, que se provocó a sí misma había sido completamente necesaria, sentía en cada célula de su cuerpo que el dolor que estaba sintiendo era correcto, que debía experimentarlo antes de llegar a algo que estaba más allá de su comprensión.

No se quejaba, limitándose a abrir la boca solo para respirar más profundamente y luego la volvía a cerrar para continuar. Sabía que no podía quejarse, de alguna manera también sabía, sentía, aseguraba que ese dolor que Meagan había impuesto sobre ella era justo.

Creyó haber avanzado unos buenos dos metros y medio antes de sentir que algo la detenía, algo que la clavaba en su lugar y no le permitía seguir. Rápidamente frustrada, se volteó, descubriendo que una buena parte de su ropa estaba cubierta de sangre al igual que el suelo por el que se había arrastrado. Repentinamente ansiosa, intentó convencerse a sí misma de que no podía morirse en sueños, de que cuando volviera en sí y despertara no estaría bañada en sangre y adolorida.

Por un tiempo que no supo si fueron horas o minutos demasiado largos, permaneció mirando el cielo, o universo que cubría su templo sin techo y todas las estrellas, planetas, galaxias, todo lo que se veían como simples puntos brillantes en la tierra pero que en ese lugar se apreciaban de maneras que no podría describir aunque la vida se le fuera en ello. Casi no había notado lo frío que estaba el suelo o la humedad de su sangre, o la falda de su vestido pegándose de manera incómoda a su piel. Tampoco había sentido su piel ardiendo sino hasta que algo cálido y suave pareció amoldarse a su cuerpo y ligeros repiqueteos sonaron en el aire; tamborileos sordos parecidos a latidos de corazón que hicieron temblar todo lo que había dentro de ella. Extrañamente conmovida, Milo decidió que quería estar más cerca de eso que le resultaba cálido y suave, y solo con ese pensamiento se sintió despertar, volviendo desde su viaje en sueños al templo de Caos y de regreso en su habitación, a su cama donde estaba sobre su lado derecho y con un cuerpo algo pequeño contra el suyo.

Respiró directo sobre el cabello azulado y alborotado y sintió el perfume como de niño almidonado y fresco de su hermano menor. Él estaba de espaldas a ella, cruzado de brazos y con los hombros tensos y su rostro cubierto por los mechones de cabello que caían a todo su alrededor. Por un momento, pensó en lo malo y peligroso que resultaba que él estuviese cerca, ella aún tenía fiebre y se sentía mareada pero increíblemente, el malestar que la misma provocaba, la debilidad e indisposición menguaban, como si con la presencia de ese niño fuera suficiente para sanarla. Milo deshizo la posición cruzada de sus brazos y los extendió alrededor de él para luego abrazarlo y atraerlo más cerca. Sin querer despertarlo o moverlo, elevó su cosmos deliberadamente para no llamar la atención de nadie más que él y le susurró en la mente, prometiéndole que estaba seguro a su lado aunque no estaba muy segura de si era una verdad o una mentira. Él pareció relajar los hombros y pronto su respiración se volvió lenta y pausada, confirmando que estaba completamente dormido.

Milo no sabía cuánto tiempo pasó removiéndose cada vez que él se movía. No era tan inquieto como ella al dormir, pero cambiaba de posición con bastante frecuencia y murmuraba palabras incomprensibles, hacía gestos y una vez se carcajeó bajito. Ella resintió el no tener una cámara a la mano.

Cuando su ventana reflejó la luz del amanecer, hizo al menos cuatro movimientos antes de lograr salir del agarre de su hermanito. No había tenido fiebre en el tiempo que estuvo a su lado, pero eso no le aseguraba que la vana y nueva esperanza de no estar enferma cuando estaba cerca de él fuera posible o real. De todas maneras, decidió salir de su cuarto y dirigirse a la cocina, donde su bien abastecida despensa le ofrecía lo que deseara para comer. No hallando nada que le satisfaga a su estómago frágil como papel, pensó que podría prepararle algo a su hermano menor.

—Quizás yo podría ayudarte con lo que piensas hacer—la voz de Cam le advirtió de su presencia.

Milo se volteó tan rápido que su cabeza dio vueltas y cuando pudo enfocar la vista en él, el muchacho ya tenía los brazos extendidos al frente para sostenerla en caso de caerse. Aparentaba ser un joven de unos dieciocho años, quizás un adolescente recién llegado a la adultez. Su cabello tenía mechones cortos del rojo más intenso que había visto, saliéndose de su larga trenza que descansaba en su hombro derecho. Vistiendo nada más que una camisa blanca y pantalones oscuros, daba la sensación de haber acabado un largo día en la universidad. Sus ojos azules e inmensamente brillantes la escrutaban con cuidado y ansiedad, con una urgencia muda de estar a su lado que Milo no acababa de comprender. Los Pilares de la Creación la tenían por diosa, pero ese chico la veía como si la necesitara en verdad.

—¿Cómo sabías…?

—Owen me lo dijo— respondió de inmediato. Milo le lanzó una mirada molesta y él se tensó, su cabello erizándose en las puntas como un gato en alerta—Pero si quieres… puedo marcharme.

Suspirando, ella indicó con un gesto de su mano un refrigerador disimulado en la pared con una puerta del mismo color al que el muchacho inspeccionó un momento antes de poner en su rostro una sonrisa brillante y confiada. Milo observó el paso por paso que Cam, el gran Pilar del Odio y el Amor hizo para poner en un cuenco de cerámica blanca una porción de yogur y en otro, un surtido de frutas cortadas pulcramente en cubitos. Cuando su gran tarea estuvo completa, el joven pelirrojo hinchó el pecho y miró hacia ella con una brillante y expectante sonrisa, esperando aprobación.

Milo le observó un momento, cruzada de brazos antes de levantar su pulgar en alto, aprobando el trabajo hecho.

—Mi señora… en realidad he venido a advertirte sobre lo que ocurrió anoche en el pueblo cercano a este lugar—la expresión aniñada de Cam se tornó precavida y seria de repente. Sus ojos azules se entornaron y sus hombros se tensaron.

Ya no parecía un joven adulto, sino un hombre.

—¿De qué hablas?

—Mientras estuviste inconsciente y visitando en sueños tu templo…hubieron algunos sucesos complicados aquí, en este lugar—comenzó, y ante el silencio de Milo, continuó—Verás, tu despertar como diosa sucederá pronto y ya sabes que anteriormente los dioses intentaron evitarlo a toda costa, su último acto desesperado fue combinar su sangre y formar un elixir que bebiste y que ahora está enfermándote.

—Lo sé, Cam. Ve al grano—replicó, sintiéndose algo mareada, lo cual era extraño pues no tenía fiebre ni algún tipo de malestar. Se reclinó contra la mesada de mármol y descruzó sus brazos para apoyarlos en la fría superficie.

—Sí, mi diosa—respondió de inmediato, tensándose de tal manera que Milo podía ver las venas resaltando en sus manos por lo fuerte que presionaba sus dedos—Los dioses Apolo y Artemisa fueron los conspiradores de todo eso, ellos convencieron a los dioses con el ridículo argumento de que la sangre de todos evitaría que despertaras; luego, presionaron a Athena para que te diera esa sangre de beber.

—Por alguna razón… ella tiende a apelar con demasiada confianza a la buena voluntad de los demás… —murmuró, más para sí misma pero sin pasar por alto el suspiro de resignación del Pilar. Rascándose la barbilla, dijo—continúa.

—Apolo, el principal autor de todo esto, sabía que es imposible que la sangre de los dioses evite que seas poseída por tu cosmos y tu parte inmortal. Lo que él busca es hacerte llegar a extremos en que estarás tan enferma, débil y adolorida que tomarás la primera oportunidad de deshacerte de todos tus malestares. Cuando llegues a ese extremo él te ofrecerá una salida que no existe con el fin de controlarte.

—En serio, mi amigo…

—Ese es su plan—una vez más, el Pilar pelirrojo volvió a suspirar. Sus ojos azules se entornaron como los de un gato y su expresión seria se tornó peligrosa—Ese infeliz realmente cree que puede mancillar tu voluntad y someter tu alma al punto en que te venderás por nada. Me pregunto si es solo muy ingenuo o un gran estúpido.

—Arrogante—replicó Milo, concordando con su Pilar, pero sintiéndose ofendida en gran manera por la ingenuidad del dios del sol. Creer que ella elegiría una salida fácil a una situación difícil, creer que se entregaría a la voluntad de cualquier dios o diosa que no fuera a la que le juró lealtad, creer que podía controlar a Caos

—Pero eso no ocurrirá. Él no puede simplemente controlarte. Están confundidos, creen que eres un recipiente, un mero cuerpo humano en el que Caos ha decidido descender. Pero no es así, eres la representación física de tu divinidad. Caos se ve en su forma inmortal exactamente igual a ti.

Milo guardó silencio por un segundo de más, procesando la información que Cam acababa de soltar. No sabía que hubieran dos partes de sí misma, una mortal y otra divina e inmortal y se preguntaba ahora si Meagan, con quien se encontró en su templo cuando huyó al mundo de los sueños, no sería solo su parte inmortal batallando con su mortalidad. Sea como fuere, decidió que no diría nada. Cam no parecía ser consciente de lo que había ocurrido tan solo unas horas atrás en el templo de Caos, tampoco los otros Pilares. Ninguno de ellos fue a su encuentro cuando fue atacada y estuvo herida. Una parte suya pensó por un momento que tal vez ellos sabían lo que le había sucedido, que lo planearon y por eso ninguno intervino. Pero también tenía la fuerte impresión de que ellos no eran conscientes.

—¿Qué fue lo que sucedió en el pueblo? —preguntó al final.

—Apolo tiene tres musas a su servicio. Una de ellas atacó anoche el pueblo y quemó una amplia zona de viviendas y comercios. Tus compañeros, los santos dorados estuvieron implicados en el ataque, fueron los que la detuvieron. Sin embargo, fueron necesarios cuatro de ellos y un general marino para hacerle frente a la musa.

—¿Tres musas? ¿No son las que, según el mito, lo criaron y le enseñaron el arte de las predicciones?

Cam asintió de manera renuente, manteniéndose serio y tan distinto del muchacho que había llegado a su cocina hacía poco más de diez minutos.

Milo nunca se había molestado demasiado en estudiar los mitos de los demás dioses en profundidad, limitándose a saber lo básico y necesario y prestando especial atención únicamente al mito referente a Athena. Esa era la razón por la que quizás tampoco sabía casi nada de Caos.

Eso y que era un dios olvidado. O diosa, lo que sea.

—Uno de tus compañeros salió herido.

El corazón de Milo latió tan rápido por un instante, que se sintió como si alguien le hubiese dado un puñetazo en el pecho. Guardó silencio por un tiempo tan largo que Cam acabó por sentarse al otro lado de la mesada, sobre la superficie pulcra. Su expresión seria y su postura tensa se deshicieron mientras ella procuraba quitarse la helada sensación de preocupación de encima, convenciéndose a la fuerza de que no estaba interesada en saber quién de ellos acabó herido, qué tan gravemente herido estaba y si habían derrotado a la musa de Apolo. Tras un minuto, copió el alto de su Pilar, sentándose al borde de la mesada, de espaldas a él.

Podría haberle preguntado y hacerlo parecer que necesitaba la información para fines prácticos, pero eso solo le traería más problemas de los necesarios. Sin embargo, se dio cuenta, podía preguntarle quién de las musas fue para luego cobrarse venganza en el nombre de sus compañeros y fingir que solo lo hacía para derrotar a su enemigo.

Miró a Cam y se arrepintió de sus conspiraciones. Él la veía como si pudiera descifrar sus emociones con solo prestarle un poquito más de atención, y también se veía como si eso le molestara. Ella sabía que por definición, él era celoso y posesivo y se preguntó si eso le traería problemas más adelante, o si en alguna ocasión tendría que detenerlo de cometer una locura.

Esperaba que ese no fuera el caso.

—El onceavo santo de Athena fue herido de gravedad. La musa que atacó el pueblo se llama Yelena. Pero, mi señora… no fue la musa de Apolo quien lo hirió.

—¿Entonces quién fue?

—No lo sé.

Su respuesta fue tan rápida que él podría haber estado mintiendo, pero Milo sabía que no era así y si alguno de ellos no tenía información sobre cualquier cosa, entonces significaba que todo estaba a punto de irse a la mierda. Un sonido como de una puerta siendo abierta y luego cerrada, muy tenue y casi tímido, hizo que Milo rodara los ojos y para cuando se bajó de su lugar en la mesada, el Pilar del Odio y el Amor ya se había ido. Mika apareció por el umbral luciendo muy dormido y desorientado, algo que Milo no notó cuánto había echado de menos. Había intentado no pensar demasiado en su medio hermano o en su todavía confusa y deplorable historia familiar pero el tenerlo en su templo, llegando para saludar como si nada sucediera hizo que algo se contraiga en lo más profundo de su ser.

Por un breve momento se preguntó cómo hubiese sido su vida si lo hubiese visto crecer a su lado tal como había sido el caso de Aioria y Kanon, que crecieron con sus hermanos mayores.

Luego, Mika le miró muy serio y decidido, extendió los brazos hacia los lados y levantando la barbilla con algo parecido a la valentía, dijo:

—Ya puedes atacarme por meterme a tu templo sin permiso.

Rodando los ojos, Milo fue hasta él y tomándolo del cuello de su camiseta, tiró de él hacia la mesada. Aparentemente comprendiendo, Mika se sentó y tras agradecer por la comida con un murmullo bajo, se dedicó a deleitarse con la pequeña porción de manjares que su Pilar le había servido.

—No deberías estar aquí—dijo cuando él hubo terminado y se dispuso a juntar sus cuencos.

Mika se detuvo en su quehacer y la miró. Sus ojos tremendamente expresivos y serios parecieron absorberla a la vez que un fuerte sonrojo teñía sus mejillas y sus labios comenzaban a temblar. Milo enarcó una ceja dándole una mirada interrogante y él tensó sus hombros.

—Me prometiste que volverías a Acuario una vez que acabaras de hablar con Athena, pero cuando regresaste, estabas inconsciente en los brazos de tu amigo y él no me permitió verte—se encogió de hombros y le dio la espalda, encontrando el camino hacia el fregadero que a ella se le antojó chistosamente forzado— antes de que me digas que es peligroso porque eres una diosa y podrías hacerme daño cuando estallas en llamas o algo así…

—¿Quién te dio esa información? —exigió, tensándose de tal forma que su espalda y estómago dolieron—¿Mika?

El niño guardó completo silencio por un momento antes de voltearse y verla con una expresión de disculpa que no tenía precio. Podría haberlo dejado pasar si no fuera algo tan importante, quizás estaba exagerando otra vez y él podría haberlo descubierto oyendo una conversación que no debía, pero el hecho de que estuviera en su templo sabiendo que era peligroso

—Rayos, ellos no me aclararon si podía contártelo… — murmuró agarrándose la cara.

Milo estuvo a punto de insistir en el tema si no hubiese reconocido el cosmos de Camus de Acuario al otro lado de la pared que separaba el área privada del templo del pasillo principal. E incluso aunque su mente le gritó que no estaba preocupada por él y no le importaba verlo o no, sus pies se movieron por inercia hacia la puerta.

Aparentemente a su corazón poco le importaba lo que le dijera su cerebro.

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Nota al margen: Sé que se me pasó el arroz y debí publicar hace como 24 horas xD pero la verdad es que tenía el cerebro y la vista fija en otras cosas y no llegué con la fecha. Si se sienten insatisfechos con el capítulo, los entenderé. Nunca odié tanto un capítulo como lo odié a este, y ni siquiera pude adelantarles algo. Se los juro por Dios, no es apropósito.

En fin, no tengo mucho que decir además de agradecerles por leer. Esta historia no sería nada sin alguien que la disfrute.

*Las estrofas utilizadas corresponden a la canción In my remains de Linkin Park.

Adelanto del próximo capítulo: 04/05/16.