Realmente no te conozco
Puedes hablar, pero deja que te enseñe dónde puedes poner tu paranoia
¿Es una broma que no tenga algo para lanzarte?
5
La fragilidad de los corazones.
El silencio y el frescor que residían en las mazmorras del Santuario no parecían ser tan malas como la gente decía, la oscuridad era aplacada por la luz de su cosmos y el camastro en el que había pasado todo el día era incuso más cómodo que el montículo de paja y ramitas en el que solía dormir antes de que la armadura de Escorpio se le apareciera de la nada como una visión y se separara en piezas ante sus ojos para luego acoplarse a su cuerpo. Por supuesto, no podía negar que echaba de menos la cálida cama del octavo templo, mullida, suave, amplia.
Pero había algo que era incluso mejor que eso: el suelo sobre el cual estaba acostada.
La frescura de la roca perturbadoramente limpia hacía que su espalda no doliera tanto, que la fiebre fuera menos insoportable y que le escociera menos el orgullo.
Tras su revelación como traidora fue despojada de su armadura dorada y llevada por los guardias al centro de las actividades del Santuario, el coliseo, donde ante la presencia de todos los residentes de la tierra sagrada de Athena, ante la mirada atónita de las ordenes restantes de santos y amazonas, en medio de las protestas y las exclamaciones de incredulidad de algunos de sus compañeros, fue declarada oficialmente como una enemiga y posteriormente castigada. Doce azotes por cada uno de los signos del zodiaco que protegían a Athena, doce por la diosa y doce más por el Patriarca. Por regla general debía hacerlo alguno de los dorados pero todos se negaron, todavía incapaces de creer que fuera capaz de cometer algún tipo de acto que le faltara el respeto a la diosa que la había llamado.
Dos guardias se encargaron de repartirse en mitades el tiempo que la azotarían, el cual podría haber sido mucho más largo de lo que realmente fue. Encadenada de manos y pies no podía hacer nada para evitarlo y, de todas maneras, eso era parte de su plan.
Hubiese sido más fácil si estuviese muerta, pero por mucha sangre que perdió, no fue capaz de partir al otro mundo. Había esperado que la sentencia fuese la ejecución inmediata, quizás la horca o la lapidación, cualquier cosa hubiese sido suficiente pero tal vez el Patriarca esperaba una confesión o un pedido de perdón y redención por su parte y por eso decidió que fueran azotes y no la muerte. Y eso que se esforzó por morir aceptando el castigo firmemente sobre sus dos pies, exponiendo la espalda con la esperanza de que alguno de los duros látigos fuera lanzado con la suficiente fuerza como para quebrarle una costilla y que dicha costilla se incrustara en sus pulmones.
Pero la oportunidad pasó y Meagan tendría que hacerlo de la manera difícil. Descender su parte inmortal en vida era equivalente a ser quemada con el mismo fuego con el que creó el universo pero solo se le había presentado una oportunidad para morir y la había perdido. Ahora podía sentir la inmensidad de los cosmos descendiendo. Los cuatro que habían esperado pacientemente en las alturas, vigilando cada extremo del universo en expansión y guardando todos los conocimientos, emociones e historia de la humanidad. Estaban furiosos e impacientes y Meagan tuvo que rogarles que le dieran una oportunidad a la humanidad. Bajaban desde sus lugares con calma, centrados en ella y en aplacar su dolor, negándose completamente a dejarla pasar por aquello sola.
Los Pilares de la Creación estaban llevándose su dolor, compartiéndolo y sintiéndolo con ella mientras su cosmos inmortal descendía sin que nadie se diera cuenta de ello. Pero eso no quitaba que como humana sufriera por el maltrato previo y además, Meagan tenía su propia cuota de dolor que no podía dejar que los Pilares se llevaran, era el dolor que le correspondía sentir por lo que vendría a continuación. Tenía que ser justa consigo misma antes de aplicar justicia en alguien más. Como diosa no había hecho nada malo, pero como humana había quebrado el corazón de algunas personas y dañaría a una buena centena más adelante. Podría haberlo evitado, por supuesto, pero incluso aunque se sabía de su descenso antes de nacer como mortal, ni la humanidad ni los dioses hicieron algo al respecto de sí mismos y por eso habría consecuencias tanto en el cielo como en la tierra.
Suspirando, decidió que esa podría ser una de sus últimas noches de paz en muchísimo tiempo. Hubiese dado lo que sea por tener una buena vista de su hogar, o una manta para evitar que los insectos que deambulaban por aquel lugar se le acercaran demasiado. Pero apenas si tenía sus brazos para cubrirse el pecho y las caderas cubiertas por lo que le quedaba de ropa. Los guardias que la trajeron hasta las mazmorras y la abandonaron ahí la desnudaron con segundas intenciones, pero Meagan no permitió que llegaran más lejos. Debía permanecer pura e inocente hasta que su divinidad descendiera sobre ella y no había espacio para hombres en su corazón; mucho menos en su cuerpo. Así que solo un poco de su cosmos bastó para que todos ellos retrocedieran, aunque en venganza se llevaron el delgado colchón viejo, las mantas y la mayor parte de su ropa, y no solo eso, sino que con una espada mediana cortaron de tajo su largo cabello que ahora asomaba casi con vergüenza por la línea de sus hombros mientras que el resto de su melena ondulada y brillante fue olvidada a solo dos metros a su derecha, como una burla.
Meagan no estaba resentida con ellos, pero sí consigo misma.
Si tan solo no hubiese puesto a cargo del universo a los seres divinos que creó…
Pasos rompieron con su tranquilidad y el corazón le dio un vuelco cuando reconoció el cosmos que se acercaba lentamente, sin temor pero con precaución.
Meagan se volteó hacia las rejas que en teoría le impedían salir y vio la figura de oro al otro lado.
—Pequeña diosa, no deberías estar aquí —susurró, su voz fluida y amigable traicionando su maltrecho aspecto—. Eres muy joven para ver cosas como estas.
La niña al otro lado de las rejas, que iba adornada con oro y sosteniendo un báculo que parecía que pesaba mucho para sus delgados brazos la vio con horror, como si fuera incapaz de creer que los hombres que luchaban por ella fueran capaces de torturar a alguien de maneras semejantes a la que lo habían hecho con ella. Ese par de ojos celestes se inundaron con lágrimas gruesas y Meagan se levantó, irguiendo su adolorida espalda para luego ponerse de pie.
—Esto es lo que ustedes causaron —continuó, extendiendo los brazos y exhibiendo ante Athena las obras que los humanos crearon en ella llevados por las pasiones desbordadas que los dioses alentaban y practicaban, y sabiendo que eran capaces de atrocidades mucho peores—. Es por esto que deben pagar.
—Lo siento —susurró la pequeña, elevando su cosmos y extendiendo su diminuta mano hacia el frente, más allá de los barrotes con intenciones de llegar a ella y darle sanidad.
Meagan sonrió más para sí misma que para la niña. Los dioses estaban nerviosos y temerosos, podía sentirlos a todos desde cual sea la distancia a la que estuviera cada uno de ellos, todos preparando a sus ejércitos para ir en contra de Caos.
Ella todo lo que les había pedido fue que gobernaran el universo con bondad y con justicia y su respuesta fue esa, la guerra.
—Es muy tarde para sentirlo —contestó a la vez que la tierra comenzaba a temblar violentamente.
La niña se tambaleó en su lugar y gritó cuando todo comenzó a sacudirse.
Meagan cerró los ojos y se dejó ir.
Caos estaba llegando.
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No podía decir exactamente cuántas veces en toda su vida había girado la cabeza a la derecha para encontrarse con que su mejor amigo estaba acercándose a la parte delantera de Escorpio, buscándola en silencio y con una mirada controlada pero que a la vez le preguntaba si tenía tiempo para acompañarlo a hacer algo aburrido que Milo se encargaría más tarde de convertir en algo divertido. Pero esta vez, cuando salió al pasillo ya vestida con el cálido y poderoso oro de Escorpio, sintió que su estómago se le caía a los pies al verlo.
Ataviado con la armadura de Acuario pero sin la tiara, Camus avanzaba a paso lento y pausado, como si midiera el espacio o como si intentara confirmar que el terreno era seguro para andar. Su cabeza gacha con el cabello cayéndole sin control alrededor del rostro y sobre sus hombros hacía que fuera difícil saber exactamente en qué estaba pensando, o qué tan mal estaba. La palidez anormal en su tez clara, la falta de color en sus labios y las profundas ojeras le daban un buen indicio acerca de lo incorrecto que era el hecho de que estuviese de pie, pero Milo en realidad no podía hacer nada. Y al fin y al cabo no sabía qué hacer además de esperar. Camus continuó con su avance hasta que estuvo tan cerca que podía percibir su aroma y aun así él continuó, haciendo que Milo retrocediera algunos pasos para alejarse y preguntándose qué tan mal se vería si empujaba a alguien que en teoría estaba herido. Él no dijo una sola palabra y el flequillo le cubría los ojos, por lo que no podía verlo con claridad.
Negándose a seguir retrocediendo, Milo se plantó sobre sus dos pies y tensó los hombros esperando a ver qué haría su compañero a continuación. Él avanzó hasta que literalmente chocó con ella y luego la rodeó con ambos brazos y se deslizó hacia abajo, hasta que estuvo de rodillas y agarrándose con cierta fuerza a su cintura. Sin saber muy bien qué hacer o qué decir, Milo lo miró desde su escasa altura enarcando una ceja para luego desviar la mirada viendo hacia la entrada y la salida, preguntándose cómo llegó hasta allí sin llamar la atención o si de plano había alguien que cuidara de él. Probablemente no, o probablemente sí, pero era un inútil.
—Oye —murmuró, negándose a tocarlo. Al menos con las manos—. Oye, ¿qué se supone que estás haciendo?
No hubo respuesta alguna por parte del acuariano, como si para variar él decidiera actuar como siempre lo hacía ignorándola por completo. La frustración comenzó a quemar la cara de Milo, aunque bien podría tratarse de la fiebre otra vez y su…
Camus no se movía, no hablaba, probablemente no pestañeaba. Suspirando, estiró los brazos hacia él para pasarlos por debajo de los suyos. El plan era levantarlo, erguirlo lo suficiente y luego llevárselo a de vuelta quien sea que estuviese atendiéndolo, o dejarlo en Sagitario o Capricornio. Con suerte sus guardianes estarían ahí, aunque dudaba que así fuera.
Últimamente Milo no estaba teniendo mucha suerte.
Se detuvo de su tarea al sentir lo frío que estaba Camus. No refiriéndose a su personalidad o a la armadura, sino a su piel que estaba literalmente gélida. Frunciendo el ceño, se inclinó un poco hacia él para ver su rostro pero los pasos apresurados de Mu de Aries la interrumpieron. El ariano llegó a toda velocidad y puso una expresión de espanto en su rostro habitualmente sereno que se intensificó al ver lo que probablemente se veía desde afuera como Milo sujetando a un tipo de rodillas y sin profesarle ninguna clase de amabilidad o tacto. Pero bueno, no era su culpa.
—Así que aquí estaba —susurró Mu, deteniéndose a unos metros y cambiando su expresión de espanto a una sonrisa amable y suspirando con alivio—. Se me escapó dos veces antes y cuando finalmente creí que estaba dormido, fui en busca de Athena. Creo que aprovechó ese interludio para escabullirse otra vez.
—Obviamente —se limitó a decir Milo. Sabía que no había una razón real para estar molesta con Mu o cualquiera de sus compañeros, sabía que estaban siguiendo órdenes de la diosa pero el hecho de haberle ocultado algo como aquello sabiendo que era peligroso para Athena… y por si no fuera suficiente, estaba el hecho de que se suponía que eran amigos, y los amigos no se guardan secretos.
Milo odiaba los secretos.
—Déjame que… —comenzó él, pero se detuvo cuando ella le dio una mirada de muerte que no solía darle a la gente en un día normal—. ¿Milo?
—Ya que estás aquí, llévalo de regreso a su templo —respondió, evitando mirar directamente a los ojos consternados de Mu.
—Pero…
Milo tomó a Camus de sus antebrazos y deshizo el agarre silencioso que él mantenía alrededor de su cintura para luego alejarlo empujándolo y retrocediendo sobre sus pasos. Camus ya no opuso resistencia pero por un momento él pareció elevar el rostro hacia ella y verla entre los mechones de cabello que cubrían casi todo su rostro. La expresión cristalizada de dolor en el zafiro de sus ojos hizo que ella se congelara una fracción de segundo antes que finalmente él se dejara caer sin fuerzas hacia atrás. El sonido que su espalda y cabeza hicieron cuando chocaron sin reparos contra el suelo reverberó en los huesos de Milo y le provocó estremecimientos pero lo disimuló lo mejor que pudo, apartando la vista del acuariano y respirando con tanta normalidad como pudo. Mu la vio con los ojos como platos y la boca abierta y luego, frunciendo el ceño y apretando las manos en puños caminó con furia graciosa hacia Camus para levantarlo y acomodarlo en sus brazos como si quisiera protegerlo.
Pensándolo de ese modo, podría haberle dado una o dos patadas pero dudó que eso le trajera algún beneficio y desechada esa idea, comenzó a andar de regreso al área privada de su templo cuando Mu elevó su voz y dijo en tono de demanda:
— ¿Piensas dejarlo aquí?
Milo pensó seriamente que si se volteaba en ese momento comenzaría a gritar y a comportarse exactamente como no debía hacerlo pero el impulso fue más fuerte que ella y se volteó tan rápido que el mareo que había olvidado que tenía atacó con furia su mente, haciendo que todo le diera vueltas y se tambaleara dos pasos a la izquierda como una ebria malhumorada. Mu le interrogó con la mirada y esperó pacientemente emanando algo muy parecido a la esperanza. Suspirando, Milo respondió:
— ¿Y qué si lo hago?
—No puedo creer que tú realmente seas capaz de algo así —replicó el primer guardián, dejando ir una lágrima que más que tristeza se asemejaba a la frustración.
Milo pensó que tanta frustración en un mismo lugar no podía ser buena, así que volvió a voltearse con intenciones de marcharse y lo hubiese hecho si Camus no se hubiese puesto a murmurar en voz baja. Esperando para comprender las palabras que decía, esperó, mirando hacia él sin disimular y con la esperanza que dijera una idiotez lo suficientemente buena como para merecer a cambio una patada. El ojo derecho comenzó sentirse raro a la vez que el mismo lado de su rostro ardió y picó, y supo que el turquesa estaba tornándose rojo sin tener que ver un espejo. Milo pensó que podría haber mantenido el control hasta estar a solas.
Si tan solo Camus no estuviese formando su nombre con el movimiento de sus labios y repitiéndolo una y otra vez.
El suelo tembló bajo sus pies cuando se acercó a él y extendió su brazo hacia atrás para atacarlo, el Muro de Cristal de Mu fue levantado frente a ella pero no le importó, su cosmos se encendió y se acumuló en su mano derecha donde la Aguja Escarlata cobró forma antes de golpear el escudo invisible de Mu y atravesarlo para llegar a Camus, que estaba tendido en el suelo, sin moverse. Como si fuera una víctima.
Él no gritó cuando la Aguja Escarlata le dio en el costado derecho. Su boca se abrió como si fuera a hacerlo, pero solo soltó una exclamación ahogada y se llevó las manos a la zona afectada, de donde comenzó a salir sangre.
Sangre que se tornó negra en cuestión de segundos.
Esa visión la dejó totalmente helada y confundida, provocando que el suelo detuviera su movimientos constante, y Milo podría haberse preguntado qué rayos estaba pasando con Camus si a ella no hubiese comenzado a dolerle el mismo lugar en el que Meagan la golpeó en sus sueños, como si hubiese sido atacada de nuevo. Gimiendo bajo por el dolor ardiente y punzante y afectada por el mareo, cayó de rodillas agarrándose la herida con ambas manos y sintiendo la humedad filtrarse a través de la armadura. Su sangre goteó por entre sus dedos y manchó el suelo y ella pensó que esto estaba definitivamente fuera de su alcance.
—No quería creerlo pero… fuiste tú. Tú le hiciste esto a Camus.
— ¿De qué se supone que estás hablando? —graznó entre dientes, forzando a sus pulmones a trabajar con normalidad. Quieta en su lugar y sabiendo que si se movía la cosa se pondría peor, se dedicó a asesinar a Mu con la mirada.
—Camus tiene una herida semejante a las Agujas Escarlatas en su abdomen, justo donde acabas de atacarlo —respondió, acercándose otra vez al acuariano y quitándole las manos del lugar donde estaba herido—. Sin embargo, la herida se tornó de color negro y lila, como si hubiese tinta oscura o veneno bajo su piel.
— ¡¿Acaso eres idiota?! —exclamó con la voz ahogada, como si le faltara el aire. Las Agujas Escarlatas podían ser una mierda realmente jodida cuando la sentía en su propia carne. Apuntando con un dedo acusador hacia Camus, dijo—: ¡No le he dado a ese infeliz lo que merece en muchísimo tiempo!
—Pero entonces… ¿Quién…?
— ¡No lo sé y no me importa! ¡Lárgate de aquí y llévate a ese bastardo traidor! —exclamó. El suelo volvió a temblar bajo sus pies cuando se puso de pie, todavía cubriendo la herida con una mano comenzó a caminar hacia el interior de su templo.
— ¿Realmente vas a dejar a tu amigo en estas condiciones? Ni siquiera sabes qué tan grave está —exigió Mu, dejando a Camus en el suelo e interponiéndose en su camino.
— ¿Y qué quieres que haga? —gruñó. Parecía que ni su nuevo juego de ojos bicolores impresionaba a Mu.
—Quédate junto a él y dile que todo estará bien —gruñó él a su vez. Su expresión de pena hizo eco en Milo, quien no pudo evitar contraer sus cejas hacia arriba y que sus ojos se humedecieran. Mu le sonrió entonces, extendiendo una mano hacia ella como si quisiera invitarla a acercarse a quien estaba en el suelo ahora totalmente inconsciente—. Milo… si tan solo permanecieras a su lado…
—Sí… —murmuró ella en respuesta, apartando nuevamente la vista de Mu—. Porque eso es exactamente lo que él hizo por mí.
La sonrisa de Mu se apagó tan rápido que casi dolió. Milo se hizo a un lado, rodeándolo y yendo más lejos de él para ingresar en su residencia. El sonido de la puerta cerrándose detrás de ella se sintió distante y aplacada y sus propios pasos la dirigieron por mero instinto al cuarto de baño, donde se deshizo de Escorpio y se dedicó a quitar la sangre de su piel. Ya no sentía dolor y la herida que se supone que debería tener no estaba, su armadura tampoco tenía ningún daño aparente pero por alguna razón tenía muchas ganas de llorar.
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—Eso sin dudas cubrió mi cuota de drama para este siglo —comentó Argus, cruzado de brazos y frunciendo la boca hacia un lado. Delante de él, Mika se sobresaltó y se volteó tan rápido que pareció una pequeña figura difuminada—.Y no me gusta el drama.
No recordaba haber estado físicamente en el octavo templo nunca antes y la sensación de familiaridad y el aroma de su señora inundando cada rincón hicieron que algo se encogiera en el pecho de Argus. Su corazón enamorado contrayéndose de felicidad como una hormiga en un pote de azúcar. Miró al hermano menor de Milo y sonrió, deshaciendo la posición de sus brazos para revolverle el cabello al enano.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó él, mirando hacia el lugar por el que había salido su señora algunos minutos antes.
—Hola. Es bueno verte—contestó a la vez que el chiquillo ponía una expresión molesta y se acomodaba el cabello a base de pequeñas sacudidas de su cabeza—Eres afortunado, no ves todo lo que pasa a tu alrededor.
— ¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué estás aquí?
—Yo estoy bien, gracias. Me alegra saber que sigues con vida —replicó, disfrutando de la inmensidad del sonrojo que invadió las mejillas del pequeño príncipe—. He venido para llevarte a un lugar divertido. ¿Quieres venir?
— ¿Por qué debería? —respondió de inmediato, poniendo los brazos en jarras y frunciendo el ceño—. Nunca te he visto en el mismo lugar que mi hermana y por lo que sé, podrías mentir acerca de estar protegiéndola.
Argus sintió un músculo temblando en alguna parte de su cara. Así que el chiquillo era desconfiado y ponía todo en tela de juicio. Argus era el señor de los juicios, él decidía hacia qué lugar iba todo lo que existía dependiendo de si fue bueno o malo exceptuando a las almas de los humanos y sólo debido a que esa tarea le correspondía al rey del Inframundo, pero antes de que ese mequetrefe naciera todo pasaba frente a sus ojos antes de llegar a un destino final. Por otra parte, pensaba que Mika estaba siendo precavido al dudar de él, ya que después de todo los santos de Enhenar, quienes se suponía eran los buenos de la película, estaban comenzando a tener disputas entre ellos otra vez.
Y eso que ni siquiera habían llegado a la mejor parte.
Sonriendo ampliamente y conteniendo la maldad en su interior, Argus caminó más allá de Mika en dirección al baño, donde su señora se hallaba sumida en un estado de miseria del cual pensó que podría sacarla (¿del cual consideró arrancarla, sacarla?) a base de sacudidas, es decir… ni que fuera tan malo. Sólo se trataba de una discusión con sus compañeros. Al abrir la puerta que la separaba de ella y verla de espaldas, con el cabello cayéndole con gracia hasta la línea de las caderas y con la piel de su torso expuesta, sintió que sus mejillas comenzaban a arder; pero también vio las manchas de sangre en la camisa olvidada a un lado en el suelo y en la toalla que colgaba del borde de la bañera, donde estaba sentada. El sonrojo y la creciente vergüenza fueron superados olímpicamente por una terrible y devastadora sensación de querer destruir a alguien o a algo. Suspiró profundamente y cerró los ojos tras recordar lo mal que le había ido a una buena parte del Olimpo la última vez que se enojó y lo triste que había estado luego su señora por los daños ocasionados a la Tierra.
Y su señora estaba mirándole, por cierto.
— ¿Te gusta lo que ves?
—Le juro que no es lo que cree —graznó, volviendo a sonrojarse y desviando la mirada de esa piel increíblemente dorada y de aspecto suave y terso. Tal vez comprendía demasiado tarde la fascinación que algunos de esos hombres tenían por ella, pero de todas maneras ese no era el punto—. ¿Necesita ayuda?
—No. Pero mi hermano está aquí y si me descubre en esta situación es probable que vomite. Cuida de él.
—Sí señora —respondió, volviendo a sonreír a pesar del sonrojo en sus mejillas. Cuando Cam supiera que la vio medio desnuda las cosas se iban a descontrolar y Argus comenzó a pensar que quizás la galaxia vecina sería un buen lugar para decírselo. Su señora seguía mirándole a través del cabello que cubría medianamente sus ojos y Argus se puso serio—¿Señora?
—Cuida de él —repitió. Había algo deslizándose en su voz pero Argus no podía identificar qué era—. Esta es una misión, Argus. Protege a mi hermano.
Por un momento increíblemente largo, Argus no realizó movimiento alguno, ni siquiera un pestañeo. A duras penas recordaba la última misión que Meagan le había dado, la cual sin dudas fue la más difícil de todas; tan difícil que no pudo cumplirla. Ella se volteó un poco más buscando una respuesta o algo que le dijera que su Pilar favorito seguía con vida, y como tal, el trabajo de Argus era tranquilizarla. Con una mano en el pecho y con la cabeza gacha, demostró que había comprendido la orden y que pensaba cumplir al pie de la letra.
—Te dejaré a solas. Por favor, hazme saber si necesitas ayuda —murmuró, echándole un vistazo breve y fugaz para luego apartar la mirada.
Milo asintió de manera ausente y volvió a voltearse, esta vez tomando la toalla que estaba a un lado y sumergiéndola en la bañera, cuya agua estaba teñida de un rojo muy pálido, casi como una sucia mezcla entre el naranja, marrón y amarillo. Como el óxido de la sangre.
Cuando volvió a la cocina donde Mika aguardaba con el cuello estirado hacia un lado y el cabello acomodado detrás de sus orejas, Argus volvía a mostrar su brillante sonrisa de confianza, de comercial de pasta dental súper poderosa. Extendió la mano hacia adelante e inclinándola ligeramente hacia abajo y tras un momento de duda, el niño extendió la propia y sus finos y largos dedos lo rodearon con fuerza.
— ¿A dónde vamos? —preguntó con cierta renuencia.
—A la visita mensual con el pediatra —respondió Argus, tras lo cual llevó su mano libre a la cima de la cabeza de Mika, que le miró desconcertado mientras elevaba su cosmos y lo envolvía en destellos de luz blanca y dorada—. Nos convertiremos en luz y viajaremos. No te asustes, nada te pasará.
El niño asintió un segundo antes de que cada célula de su cuerpo brillara como si fuera una figura navideña, y luego ambos se esfumaron. Para Argus era como parpadear. Viajar en la luz era tan rápido que se le antojaba un parpadeo humano y tras ese inexistente lapso de tiempo, ambos estaban en medio de una sala amplia y adornada por viejas figuras de ídolos antiguos y olvidados que los veían con ojos vacíos mientras eran bañados por los tímidos destellos de luz de sol oculto por Apolo que penetraban a través de los grandes ventanales ofreciendo a duras penas la sensación del día. El templo que usaban como refugio, solo por el simple antojo de tener un techo sobre sus cabezas, se alzaba sobre un risco en las islas Meteora. El romper de las olas contra la base del risco se oía como música de fondo y Altair, Cam y Owen se materializaron tan sólo un segundo después que él.
Mika lució desconcertado por un momento, parpadeando una y otra vez y aferrándose con ambas manos al antebrazo de Argus. Sus ojos inmensos y brillantes vagaban nerviosos y curiosos por todo el lugar y su boca formaba una perfecta "o".
Era simplemente adorable.
—Hola otra vez, príncipe —dijo Altair, sonriendo con calidez al chiquillo.
Argus tuvo que poner una mano en su hombro y enfrentarlo a su compañero para que comprendiera que estaba dirigiéndose hacia él.
—¿Príncipe? —susurró él, frunciendo el ceño y retrocediendo dos pasos tan sólo para chocar contra Argus—. ¿Qué es este lugar? ¿Por qué estoy aquí?
—Ya te lo dije, hemos venido a visitar al pedíatra. —Argus apuntó con una de sus manos a Altair, quien permanecía a la espera.
— ¿Por qué me llamas príncipe?
—Eres el hermano menor de nuestra señora. Eso te convierte en una figura de autoridad. —Esta vez, quien habló fue Cam, lo cual resultaba extraño porque él no había resultado muy conversador la primera vez que visitaron al mocoso real.
—Que no se te suba a la cabeza —advirtió Argus, dándole una mirada de cuidado al chiquillo, que volvió a sonrojarse y desvió la mirada hacia el mayor de los cuatro.
— ¿Qué vas a hacerme? —exigió saber. Sin tener un lugar al cual huir, tensó los hombros y apretó las manos en puños.
— ¿Sabías que hay algo malo con tu corazón? —preguntó Altair, acercándose cuidadosamente, intentando no parecer tan alto o tan devastadoramente poderoso. Con un poco más de músculos podría llegar a verse aterrador. Mika asintió, llevando una mano a su pecho y presionando la tela de su camiseta—. ¿Sabes que tienes dos cosmos?
El niño frunció el ceño y luego negó con la cabeza, interrogando al Pilar de la Orden y el Caos con una mirada entre acuosa y apagada. Argus ya sospechaba que él sabía de su condición física deplorable, lo que no sabía es por qué a expensas de ese conocimiento decidió aventurarse a la vida de los santos de Athena. Era verdad que por sí solo su cosmos lo hacía un excelente candidato a una armadura de plata u oro, pero su corazón estaba tan dañado y su cuerpo tan debilitado que le costaba trabajo comprender qué hacía ahí de pie.
Debería estar muerto, eso fue lo que Altair había dicho.
—Verás… la última vez que nos reunimos eché un vistazo a tu interior y descubrí que además de tu enfermedad, tienes dos cosmos que coexisten en tu cuerpo. Uno, por supuesto, es el tuyo; y el otro es una parte del cosmos de nuestra señora.
— ¿Estás diciendo que tengo parásitos? —gruñó con voz molesta y mirada seca.
Argus se mordió el labio inferior tan fuerte para no reír, que llegó a sentir brevemente el sabor de su sangre antes de que la piel se regenerara y su herida desapareciera. Altair soltó lo que parecía una risa ahogada y luego volvió a ponerse en modo serio y estrictamente aburrido, más allá de toda comprensión humana. Extendió una mano hacia Mika y esperó. El niño le devolvió la mirada y luego asintió, quitando su mano y alisando la tela de su ropa antes de darle vía libre al Pilar para que lo examinara. Sin titubear, Altair apoyó su mano sobre pecho del pequeño príncipe y elevó su cosmos con sumo cuidado hasta que toda la sala se iluminó como si el jodido sol hubiera decidido que abandonaría el espacio para habitar ese lugar lleno de polvo y estatuas perturbadoras. A través del cegador resplandor de Altair, Argus pudo distinguir con claridad las figuras de todos los presentes. Cam y Owen se acercaron para ver lo que el mayor de ellos hacía.
Altair mantenía una mano en el pecho de Mika mientras sus ojos permanecían cerrados y su ceño fruncido levemente. Mika por su parte tenía los ojos cerrados y las cejas puestas en una expresión de cansancio extremo, su tez dorada estaba algo pálida y sus labios entre abiertos carecían de color. La posición de su cuerpo, ida y como si fuese sostenido por la fuerza de su hermano mayor, hizo que Argus se preocupara y tratara de intervenir, pero Altair abrió los ojos y separó su mano del niño, extrayendo algo que parecía un círculo de luz de tantos colores juntos que resultaba indescriptible. Un haz de luz de aún mayor intensidad inundó el lugar y una fuerte sacudida de la tierra hizo gemir los cimientos de la antigua construcción. Argus sintió el océano a la distancia retirándose, sintió también el aire abandonando sus pulmones y luego las sombras, todas y cada una de ella huyó antes de que una chispa que emergió de la esfera que sostenía en su mano se convirtiera en una llama de color azul que salió disparada sin control. Preocupado por el niño ya que a él y a sus hermanos el fuego no los dañaba, se acercó para auxiliarlo pero se sorprendió al ver que las llamas tampoco lo tocaban. El fuego acabó tan rápido como comenzó y dejó en su lugar un rescoldo de luz azulina y blanca. El que se negaba a brillar por mandato de Apolo se tiñó de azul y todo pareció fantasmal y antiguo.
—Es tal y como lo sospeché —murmuró Altair.
El círculo de luz en su mano brillaba con menor intensidad, los colores variables y visibles de forma muy delicada a través de los destellos de luz parpadeaban… no, no parpadeaban. Latían. Latían como lo hacía un corazón.
— ¿Eso es lo que creo que es? —susurró. Su voz salió algo aguda y sus piernas temblaron con la urgente necesidad de estar doblabas. Finalmente cayó de rodillas a la vez que Cam y Owen hacían lo mismo.
— ¿Por qué estaba en él? —la voz demandante de Cam reclamó con asombro y duda, sus ojos azules viajando desde la mano de Altair al cuerpo de Mika.
— ¡¿Eso qué importa?! —exclamó Argus, mirando al niño tendido de espaldas en el suelo. No había movimiento de sube y baja en su pecho, no había latido de corazón ni cosmos—. ¡¿Altair, qué hiciste?!
—El corazón de Caos. Sabía que el cosmos que envolvía al suyo le pertenecía a nuestra señora, pero…
— ¡Altair! —llamó Argus, la urgencia teñía su voz y sus ojos miraban incrédulos la expresión adormilada de Mika—. ¡¿Por qué lo hiciste?!
—Pero no creí que se tratara de esto. La última vez nos lo dio a nosotros para que lo cuidemos en caso de que muriera en la Tierra antes de tiempo o durante el proceso, pero esta vez… Así que esto era lo que mantenía con vida al príncipe. Tiene sentido, no habría sido capaz de vivir más tiempo después de los ocho años si…
— ¡Altair! —Argus prácticamente gritó a su hermano, el terror helado subiendo por su espalda para instalarse entre sus pulmones, congelando su cuerpo y haciendo que su corazón y cosmos se salieran de control. El aire crepitó con energía sobrecargada y una fuerte ráfaga de viento se arremolinó a su alrededor—. ¡Lo mataste! ¡Ella va a destruirnos!
— ¡Cálmate, Argus! —respondió el aludido, elevando también su cosmos y obligándolo a controlarse. Pero Argus negó con la cabeza y se llevó una mano al corazón. Su señora le había ordenado que cuidara a su hermano menor, que lo protegiera. Quería desaparecer. Literalmente quería que lo hicieran polvo y lo lanzaran a un agujero negro—. Éste es el corazón de nuestra señora, el corazón inmortal hecho carne tal como su representación física. Así como se dividió en humana y divina, su mortalidad se dividió en dos para poder subsistir a pesar de todo. Con esto aseguramos que Milo no morirá durante el descenso completo de Caos. Así mismo, ésto mantuvo con vida a Mika y es normal que al quitárselo muera.
Tras terminar una diatriba que en teoría Argus comprendía pero que en ese momento no le importaba, Altair elevó la mano que sostenía el verdadero órgano vital de su señora y el círculo de luz salió disparado hacia el cuerpo de Mika, haciendo que un nuevo y cegador haz de luz eliminara cualquier tipo de forma que pudiera resistírsele antes de sumergirse a través de la piel del niño, que cobró coloración inmediatamente. Los latidos desiguales llegaron a los oídos de Argus como campanadas que anunciaban la paz y un gemido bajo y lastimero escapó de sus labios cuando notó el movimiento de la respiración pausada de Mika.
—Realmente quiero matarte en este momento, hermano —murmuró tras un momento de silencio.
—Sólo estaba comprobando que mis sospechas fueran ciertas —se defendió Altair, cruzándose de brazos y procurando verse molesto y ofendido, cuando en realidad se veía más bien como si estuviese recuperándose de un buen susto—. Sabía que esto sucedería. El corazón de Caos estuvo tironeando de mi mano a cada segundo, pidiendo volver al lugar del que fue sacado.
— ¿Eso quiere decir que si algo le pasa a Milo…? —comenzó Cam. Sus ojos veían con asombro a Mika, como si hubiese descubierto en él algo maravilloso.
—Si por alguna razón el corazón de Milo se detiene y no hay manera de traerla de regreso, tendremos que recurrir a su hermano. —Owen habló por primera vez—. En la última ocasión, Meagan sabía lo que sucedería si perdía contra los dioses, por eso tomó su corazón humano y lo dividió, guardando una parte de su vida y dejando otra para ser usada antes de ir al mundo por primera vez. Cuando estaba a punto de desaparecer bajo la maldición de Hades, intenté darle lo que quedaba de su vida.
—Pero entonces Vasili de Acuario unió su vida a la de ella, enlazando sus almas y corazones y logró sobrevivir sin esto. —Altair suspiró, llevando sus manos a sus sienes y masajeando la zona con sus dedos, como si fuese víctima de un fuerte malestar. Argus iba a darle un motivo real para que se agarrara la cabeza pero primero tenía que poner a salvo al chiquillo.
—Si Milo muere tendremos que darle esta reserva —murmuró Cam—. Pero, ¿creen que estará de acuerdo sabiendo que eso acabará con la vida de su hermano?
Ninguno de ellos respondió. Los cuatro sabían que si Milo se ponía al corriente de esa situación preferiría mil veces la muerte antes que el sacrificio o asesinato de su hermano. Y aunque estaba vivo, Altair ya lo había asesinado.
—Lo llevaré de vuelta al Santuario —susurró Argus, tomando el cuerpo inconsciente pero vivo con sumo cuidado. Se deleitó con la calidez de la piel del príncipe y agradeció a su señora por darle vida nuevamente a su hermanito.
Le había tomado cariño a Mika pero, por otro lado, ¿quién no se encariñaría con esa cosita adorable?
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Adelanto del próximo capítulo:
"La estela de polvo y roca que dejó tras su paso hizo que Mika soltara un silbido de admiración. Pero por supuesto, no todos los días se daban el lujo de ver a una diosa suprema utilizando como tabla de surf a uno de los todo poderosos Pilares de la Creación. La remodelación del Santuario acabó cuando la figura de Milo, de pie directamente sobre el pecho de Altair mientras él yacía sumiso y entregado medio enterrado en la roca del coliseo, se visualizó como una clara demostración de lo que le sucedía a las personas que provocaban la ira de Caos. Altair había sido un idiota al actuar en la manera en que lo hizo, pero Argus también era culpable.
Milo se volteó y a pesar de la distancia entre el cielo y la tierra, pudo ver claramente sus ardientes ojos clavados en él.
—Ay, mierda—susurró Argus, sintiendo el gélido horror escalando nuevamente por su espalda antes de instalarse en medio de sus omóplatos."
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Nota al margen: seré sincera con ustedes. No tenía ni la más remota idea de que hoy era día de publicación. ¡Creí que era mañana! Pero bueno, más vale tarde que nunca XD
El capítulo anterior era tan pero tan horrible que pensé que tenía que reparar el daño de alguna manera, este es el resultado de este intento de reparación de daños. Se ve así de limpio y coherente porque Ana (Hola, Ana) me ayudó corrigiendo los HORRORES que ven más o menos cada cuatro o cinco días, así que este capítulo está dedicado a ella.
Espero que lo disfruten y nos estaremos viendo la semana que viene.
*Las estrofas utilizadas para este capítulo corresponden a la canción: All fot Nothing de Linkin Park.
Publicación del próximo capítulo: 09/05/16
