Me acordé de cielo negro, la luz a mi alrededor.
Me acordé de cada uno de flash cuando el tiempo comenzó a desdibujarse,
como un signo alarmante de que el destino me había encontrado.
7
Los efectos del pasado.
—Eso sin dudas fue un espectáculo memorable.
— ¿Tú crees?
— ¿Estás preocupada, hermanita?
—Tú no lo estás incluso aunque esa niñata estúpida que tenías por Oráculo reveló tu plan a Athena. —Bueno… ¿qué hay de divertido en mantener el secreto?
Artemisa le lanzó una mirada fulminante a su hermano mayor.
Desde donde estaban, la vista a la Tierra y a Grecia era de primera calidad, como si estuvieran en primera fila, y podían apreciar con claridad cada suceso en cada lugar del mundo que quisieran pero la prioridad, por supuesto, era el Santuario de Athena. Una semana atrás la chica de Escorpio había bebido la sangre combinada de todos los dioses según lo acordado entre los olímpicos y aunque Athena presentó algo de resistencia, al final había decidido confiar en la buena voluntad y preocupación que su familia sentía por ella y por la humana. Por supuesto, algunos de ellos en realidad sí se sentían ansiosos por la situación que atravesaba la diosa de la guerra y la sabiduría, aunque si tuviera que hablar con sinceridad, Saori Kido no estaba actuando según lo que era. Tanto tiempo en compañía de los humanos había alterado emocionalmente a su hermana, llevándola al extremo de tomar medidas basadas en su estado de ánimo permanentemente desesperado, motivo por el cual erró en reiteradas ocasiones, incluso provocando contiendas entre ella y sus guerreros. Cuando su hermano Apolo le advirtió sobre el rumbo errático que llevaría a Athena a postrarse delante de una simple humana, Artemisa tuvo que tomar medidas propias para mantenerse a salvo. Francamente no confiaba en su gemelo, el pensamiento de controlar a la toda poderosa señora Caos sin dudas era como el mejor de los sueños, pero era solo eso, un sueño. Sin embargo, también debía admitir que el haber enfermado a la chica con la sangre divina fue una buena táctica. La que una vez fue la fuerte y peligrosa santa dorada de Escorpio en ese momento no era más que una muchacha débil y afiebrada que sufría constantes ataques proporcionados no solo por la sangre divina, sino también por el masivo cosmos que comenzaba a despertar en ella. Artemisa recordaba claramente la última vez que Caos abandonó el nido desde el que jugaba a ser la madre ausente de todos para limitar su grandeza a una simple representación mortal y efímera. Su recipiente anterior, Meagan de Escorpio, era la auténtica primera mujer que formaba parte de la élite dorada de Athena. Cada uno de los dioses en esa época ya tenía preparado su ejército para enfrentar a Caos cuando se profetizó que vendría pero claro, nadie supuso jamás que la señora de todos se manifestaría en la Tierra, como una simple humana. Artemisa todavía podía oír la voz de esa muchacha gritando a todo pulmón cuando su parte divina la poseyó junto al cosmos, tan grande que no era capaz de caber en un cuerpo humano, incluso aunque se tratara de un santo dorado. Recordaba también la primera vez que se presentó como lo que era, vistiendo su armadura divina como si estuviera lista para la guerra, con su largo cabello azul alzado en una cola de caballo y una corona en la cabeza anunciando su poderío, escoltada por esos monstruos que tenía por hijos. Recordaba la forma agónica y vergonzosa en la que, con sólo apoyar la punta de uno de sus pies descalzos en la tierra, envió a todo un país a los Campos Elíseos; recordaba la manera brutal en la que Argus, el Pilar de la Luz y la Oscuridad, masacró a su ejército de satélites como castigo por arremeter contra Caos cuando ésta aún no acababa de despertar. Recordaba el humillante primer castigo de Caos, el despojarlos de su lengua madre y obligarlos a comunicarse con el idioma de los griegos a los que gobernaban. Recordaba el estruendo que se oyó en toda la tierra cuando el Monte Olimpo cayó a la tierra tras el puntapié que Owen, el Pilar de la Creación y Destrucción, le dio a una de las columnas del templo de Zeus.
Y no podía olvidar, por sobre todas las cosas, la forma terriblemente violenta y degradante en la que Altair, quien ordenó la exterminación de su ejército llevada a cabo por su hermano, la acorraló contra una roca saliente en medio del océano Atlántico y le juró que la destruiría personalmente si osaba atacar a traición nuevamente a su señora. Como si Caos alguna vez necesitara protección. Pero por alguna razón que resultaba inexplicable incluso para los dioses, Caos desistió de sus planes la última vez, dejando que uno de los santos de Athena usara en su contra un arma creada a base de todas las armas que poseían los olímpicos. Decir que ganaron aquella guerra era cosa de tontos, pero como dioses, no podrían jamás admitir que la gran señora que creó el universo les concedió una segunda oportunidad, haciendo una limpieza total de toda la maldad esparcida en el mundo a causa de los caprichos de los dioses, que fueron dejados en una montaña divina anclada a una tierra casi vacía para comenzar de nuevo. Los pocos sobrevivientes eran comunidades pequeñas que se expandieron hasta cubrir de nuevo las grandes extensiones de los continentes. Caos le dio a la Tierra una nueva oportunidad, y tanto dioses como humanos echaron todo a perder otra vez. Era por eso que los dioses deseaban la destrucción de la humanidad, para que cuando Caos regresara —cosa que se sabía sin que fuese necesaria la existencia de una profecía— no existiese maldad que juzgar y por lo tanto, los dioses recibieran otra oportunidad más para volver a comenzar, esta vez sin humanos ni tentaciones, porque ellos definitivamente eran el peor de los males creados en el universo. Si tan sólo Athena no hubiese interferido en cada oportunidad… Ahora solo les restaba esperar a que la sangre divina ingerida por la chica la enfermara lo suficiente para que su voluntad fuera subyugada bajo el dolor que degeneraría su cuerpo hasta el borde de la muerte, a la cual no llegaría debido al don de la inmortalidad que yacía en su sangre.
También esperaba que de alguna manera pudiera morir, ya que de esa forma Hades podría hacerse con su alma y destruirla antes de que esos monstruos primigenios la tomaran directo desde el Inframundo. Pero si el absurdo plan de su hermano daba resultado y finalmente la voluntad de hierro de la santa dorada era aplastada, podría también tomar una oportunidad y controlarla para utilizar su poder a su antojo. Un sueño, pero un buen sueño al fin y al cabo.
—Estás algo callada el día de hoy —comentó su hermano. Sentado en un sillón reclinable forjado en oro y marfil, concentraba su cosmos en mantener a raya el brillo del sol para que este no iluminara el planeta tierra, que a esas alturas del día se sumía en una sensación colectiva de desconcierto.
—Solo pensaba —respondió. Evitando voltearse a ver a su hermano, se limitó a ver el mundo desde su balcón. Actualmente solo Poseidón y Hades permanecían en la tierra además de Athena, pero el constante silencio de sus tíos le preocupaba en sobre manera. Ellos habían dado algo de su sangre aunque en menor cantidad y Hades, especialmente, fue convencido a la fuerza por su hermano mayor para colaborar con la causa común. El rey del Inframundo, todavía debilitado por la guerra contra Athena, no tuvo opción, y presentándose ante ellos con su verdadero cuerpo, dejó en claro que a pesar de su colaboración, estaba absolutamente fuera de cuestión que en algún futuro cercano participase junto a ellos en un ataque en conjunto contra Caos si es que ella despertaba antes de que su recipiente muriera. Poseidón, en cambio, declaró desde el principio que se pondría a disposición de la diosa primigenia de buena gana, esperando poder socializar con ella lo suficiente como para forjar una alianza. La última y única persona que pudo socializar con Caos fue Vasili de Acuario, y su interacción con ella duró lo mismo que el tiempo que les tomó a él y a su recipiente divino matarse mutuamente.
—Confía en mí, hermanita —terció su gemelo, sonando seguro y hasta algo perezoso.
Artemisa no respondió. Comenzaba a preguntarse si el exceso de confianza de Apolo no sería la causa que los destruiría a todos.
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La pálida luz que se colaba por la ventana de su cuarto no era suficiente prueba de que ya hubiera amanecido, y sin embargo, el reloj en su mesa de luz indicaba que ya había pasado el mediodía. Incorporándose y apoyando los pies descalzos en el frío suelo, respiró profundamente y luego dejó ir el aire acumulado en sus pulmones en un largo e incómodo suspiro. Frunciendo levemente el ceño, Camus llevó una mano a su costado derecho y palpó sus costillas como buscando algo, pero en su piel expuesta no había nada que le indicara por qué respirar comenzaba a suponerle una experiencia extraña y angustiante. Volviendo a suspirar, decidió que se sentía como si algo le faltara, aunque no sabía qué cosa era. Podía confundir esa sensación con haber perdido algo importante pero tampoco sabía de qué se trataba así que concentró su atención en descubrir qué había sucedido al acabar su encuentro con esa aparición llameante en el pueblo, y qué había sucedido con las personas que desaparecieron, y también tenía que averiguar si Milo se encontraba bien. Volvió a fruncir el ceño. Su corazón dio una vuelta completa y un nudo se formó en su garganta, cortándole momentáneamente la respiración. Movió sus hombros un poco y enderezó su espalda, pero la sensación de haber extraviado algo importante sumado a la imagen de Milo en su cabeza hizo que todo se intensificara. Sabiendo que necesitaba saber qué había pasado a partir de lo ocurrido en el pueblo, tomó las primeras prendas decentes que encontró a la mano, se calzó unos zapatos que no solía usar debido a lo incómodos que le resultaban, y salió de su cuarto midiéndose a sí mismo para corroborar que no fuese a caer de repente. Y en general no se sentía cansado, ni somnoliento, ni hambriento, ni adolorido en ninguna forma, pero ese algo que le faltaba persistía y le molestaba. Y según Milo, Camus molesto equivalía a darse de bruces contra un témpano.
Saliendo al pasillo principal, primeramente comprobó que su pequeño alumno y Mika estuviesen dentro de las paredes de Acuario; últimamente había descuidado en gran manera a esos niños y de no ser por Hyoga, estarían prácticamente a su suerte. Pudo sentir los cosmos de ambos en la biblioteca, donde Mika seguramente seguía traduciendo el diario del supuesto primer santo de Acuario. Camus no acababa de creer en la teoría de una generación completa de santos borrados de la historia para… ¿Por qué los habían desaparecido, en primer lugar? ¿No bastaba con borrar su nombre y el de su esposa? El nombre de esa mujer era también el verdadero nombre de Milo, el que sus padres le pusieron antes de que su padre biológico intentara matarla a ella y a su madre. Frunciendo nuevamente el ceño, se preguntó por qué Aideen de Copa intentó matar a su hija. Absorto en sus preguntas, no notó que tenía compañía sino hasta que Mu de Aries hizo sonar las suelas de las botas de su armadura contra el suelo. El guardián del primer templo se apresuró a llegar a su lado apenas lo vio y con una sonrisa un tanto ansiosa, preguntó:
— ¿Cómo te encuentras? ¿El alboroto te despertó?
Camus le vio sin comprender durante un momento que seguramente a su compañero le resultó eterno. Negó con la cabeza a consciencia y miró hacia el frente. Todo estaba en calma, no había sonidos que llamasen demasiado la atención y una gruesa capa de nubes se acercaba desde el sur. El cielo tenía un extraño tono celeste grisáceo, y el sol, aunque presente en lo alto, no brillaba sino que permanecía ahí como una bombilla que a punto de caducar.
— ¿Qué alboroto? — preguntó al final, volviendo a mirar a su compañero. Mu perdió un poco la firmeza de su sonrisa, sus ojos vagando nerviosos y su postura tensa.
—Supongo que no lo escuchaste, después de todo. Fue algo impresionante, para ser honesto. Todo estaba bien hasta que sentimos el cosmos de Milo sufriendo una grave alteración. Todos fuimos a su templo, pero al llegar ahí, fuimos trasportados directo al frente del templo principal. —Mu habló con tanto entusiasmo que al final de su diatriba, tomó un largo suspiro antes de continuar—. No teníamos idea de lo que sucedía. Entonces, Milo salió disparada a través de la pared de su templo llevándose a cuestas a uno de los cuatro Pilares.
— ¿Qué quieres decir con que salió disparada?
—Quiero decir que… Milo volaba. Literalmente lo hacía, como si tuviera alas invisibles. Por alguna razón que no comprendemos ella atacó a su Pilar, creo que se trataba de Altair… el muchacho de cabello negro. Barrió el suelo con él, nuevamente en el sentido literal de la palabra. Camus no supo qué decir a eso. Se limitó a preguntarse a sí mismo por qué no había oído nada del supuesto estruendo causado por su compañera, lo mismo que la grave alteración de su cosmos. ¿Por qué no lo había sentido? ¿Es que había caído en un estado comatoso o algo así?
— ¿Realmente no escuchaste nada? —La urgencia en la voz de Mu hizo que Camus se erizara. Estaba perdiéndose algo y no le gustaba sentirse así. Negando con la cabeza, esperó a que el santo de Aries continuara, pero no lo hizo.
—Lo último que sé es que algo me hirió en el pueblo —respondió con reticencia. La mirada sorprendida en el semblante del carnero le acomplejó por un instante—. No sé nada más a partir de ahí. No escuché ni sentí algo de todo lo que dices.
Mu guardó completo silencio y Camus creyó que incluso el lemuriano había palidecido un poco. Al final, Mu se excusó diciendo que bajaría hasta Escorpio para intentar averiguar por parte de Milo qué había ocurrido realmente tan sólo minutos atrás. Tras rechazar su invitación a acompañarlo, Camus subió las escaleras que separaba su templo del templo patriarcal. En el camino se cruzó con sus otros compañeros, y todos ellos mostraron alivio al verlo despierto excepto Saga de Géminis, quien a duras penas le dedicó una mirada al tiempo que murmuraba algo sobre estar alegre por saber que sus heridas no fueron graves. Camus no recordaba tener otras heridas además de ese punto de dolor en sus costillas que ahora sentía en falta.
Dejando a todos atrás, se dispuso a pedir una audiencia inmediata con la diosa Athena. No tenía una pregunta real para ella y de hecho, las intenciones con las que realmente iba a su encuentro no tenían nada que ver con Milo, sino consigo mismo. Ya estaba al tanto de lo ocurrido mientras dormía, así que investigar sobre el santo de Acuario de antaño era todo lo que podía hacer y si había alguien que podía responderle sobre Vasili, era la diosa. Cuando se acercó a las grandes puertas dobles, éstas se abrieron con un ligero chirrido de protesta, dejando a la vista el interior de la sala donde el gran trono se alzaba en lo alto de la plataforma. Athena estaba de pie a un lado de dicho trono, sosteniendo a Niké en su diestra y su escudo en la mano izquierda. Aunque no vestía su armadura completa, su porte y semblante indicaban que estaba lista para cualquier tipo de circunstancia en la que tuviera que lanzarse al ataque. Sí, como si Seiya fuera a permitirlo. Hincando una rodilla en el suelo y llevando una mano a su pecho presentó sus respetos a la diosa, quien, sonriendo, dejó a un lado sus armas para indicarle con un gesto de las manos que podía ponerse de pie.
—Camus de Acuario, ¿qué asuntos te traen hasta aquí? —preguntó. Sus ojos tiernos y brillantes lo recorrieron en busca de algún indicio de algo que solo ella conocía.
—Vasili de Acuario —respondió, y tras eso pudo apreciar el rápido cambio en la expresión en el rostro de la muchacha. La sonrisa amigable y benevolente se deslizó lejos, dejando atrás el más puro desconcierto cuando continuó—: y Meagan de Escorpio. ¿Quiénes son?
Athena guardó completo silencio, situada en su puesto de pronto se vio como si necesitara estar sentada. Solo eso le bastó a Camus para saber que esos dos personajes cuestionables realmente habían existido pero, ¿qué tan cierto era que él y Milo fueran sus reencarnaciones?
— ¿Cómo es que…? —murmuró ella. Sus ojos se perdieron en el rojo de la alfombra que cubría el suelo en el que pisaba. Sus manos estaban juntas al frente y sus dedos se retorcían unos contra otros en un gesto nervioso.
— Mi señora, ¿puedo pedirle un favor? —continuó él, sabiendo que no obtendría una verdad más sincera que esa por parte de Athena. Ella asintió y él hizo su petición sin vacilar—. ¿Podría ver la armadura de plata de la Copa?
Desconcertada por su pedido, Athena asintió y le indicó con un gesto de su mano que podía pasar a su lado. Camus conocía el camino hacia la sala donde se guardaban por orden las armaduras que no tenían portador, había estado allí en una ocasión junto a Milo luego de que ella se encargara de convencerlo de echarle un vistazo a las armaduras doradas que no permanecían en sus respectivos templos, como era el caso de Acuario y algunas otras tantas. De hecho, solo Escorpio, Virgo y Leo habían esperado en sus templos a que sus candidatos a santos llegaran a tener el nivel suficiente para portarlas. La sala de las armaduras tenía tres cámaras internas, siendo la de las armaduras de plata la más grande. Algunas conocidas y otras no tanto estaban ahí, entre ellas, la de Copa y la de Altar. Una al lado de la otra probablemente en honor a los hombres que las utilizaron por última vez. Camus se sintió extraño sabiendo que de hecho, al revivir a los santos caídos en la guerra contra Hades, podrían también haber revivido a Aireen y Aideen. Le provocaba curiosidad saber cómo era el padre de Milo, aunque el maestro de ella lo había descrito como alguien alterado mentalmente.
Acercándose a la armadura de la Copa, solo bastó con un toque de su mano para que la caja de Pandora se desarmara frente a sus ojos dejando al descubierto el ropaje sagrado. Al instante, una tenue y casi cristalina luz emergió del interior de la copa hasta que agua abundante y transparente se derramó por los bordes. Algo parecido a un cosmos cálido y viejo emergió de ella junto al agua y desapareció al instante, y cuando el flujo se detuvo, Camus se acercó lo suficiente como para verse reflejado en la superficie. Por un instante nada ocurrió, pero luego, el agua se agitó y formó pequeñas olas que acariciaron los bordes, sin ir más allá. Como si se tomaran su tiempo, las olas se desarmaron una a una, dejando una suave y perfecta superficie vidriosa en la que un rostro comenzó a formarse.
La forma de la cara era igual, los labios y la nariz también, pero había rasgos que los diferenciaban claramente. El color de la piel, por ejemplo, era más bronceada, quizás con un toque del efecto dorado del sol que a Camus nunca le había afectado. Los ojos, tanto en expresión como en color también diferían. Eran más duros y entornados, expresaban alguna mezcla triste de desconsuelo y fortaleza que no podía comprender; eran de color violeta, un intenso y brillante violeta que dejaba en vergüenza la palidez de sus zafiros, las cejas estaban vueltas en una mueca entre furia y resignación y le otorgaban, como resultado, un aire de experiencia y madurez que no tenía ni punto de comparación con el suyo. El color del cabello no era exactamente turquesa pero tampoco era enteramente azul o verde, no encajaba en ninguno de esos grupos de colores. Resultaba más bien una dura mezcla entre los los tonos más oscuros del verde y el azul, y los mechones más largos que se colaban alrededor del rostro se contorneaban en ligeras ondas. El resto estaba amarrado atrás en una coleta en la parte alta de la cabeza y el flequillo que le cubría la frente ensombrecía un poco su rostro.
Ese que se reflejaba en el agua no era él. No era Camus.
Era Vasili de Acuario.
No necesitaba ser un genio para saberlo, pero reconocerlo hizo que algo en su interior se removiera de forma violenta. Saliendo apresurado de la sala y abandonando a toda prisa el templo principal, llegó a Acuario pisando fuerte y respirando con algo de dificultad. Vasili de Acuario realmente había existido. Alguien había decidido que tanto él como sus compañeros de orden, Meagan incluida, debían desaparecer de la faz de la Tierra junto con toda la evidencia de su existencia. Entrando a la biblioteca luego de hallar la puerta entreabierta, descubrió a Mika y a Zeth enfrascados en lo que parecía un almuerzo tardío. Ambos niños se pusieron de pie, tiesos como rocas al sentirlo llegar, y realizaron una reverencia respetuosa al mismo tiempo.
— ¿Cuánto de esos textos tradujiste? —preguntó al hermano menor de Milo. El niño palideció ante la pregunta y le echó una mirada preocupada al cuaderno de notas junto al gran libro. No se le pasó por alto el extraño hecho de que solo él pudiera leer ese diario, sumando así una cosa más en su lista de hechos desconocidos que le molestaban.
—Sólo una pequeña cantidad… —contestó él, estirando las manos hacia la libreta a la vez que Camus lo imitaba, frunciendo el ceño y maldiciendo por lo bajo al no alcanzarla antes que él.
—Todo está tranquilo fuera, tómense este día para jugar en el Coliseo y los alrededores pero no vayan muy lejos.
Ignorando la mirada atónita de Mika y la forma forzada en que Zeth tiró de él para sacarlo de la biblioteca, Camus se sentó en la silla ocupada antes por su alumno y comenzó a leer lo último que el niño escribió.
"La propia Caos me lo ha dicho, y es lo único que me da algo de consuelo además del hecho de que una vez muerta, seguiré a Meagan al Inframundo casi de inmediato. Pero hasta que el círculo se rompa, hasta que el universo que conocemos llegue a su fin, hasta que Caos regrese… hasta ese entonces no seré más un testigo mudo del sufrimiento de Meagan. Ella me ha hablado de una segunda profecía, una que no me será revelada aún, que no tiene que ver con su regreso y es todo lo que ha soltado con seguridad. Tampoco sé cuándo me lo dirá, pero Meagan prometió que antes del último aliento me rebelará su profecía. Ella también me ha dicho que no tema a ese momento, porque quien muera primero en esta ocasión seré yo. De esa manera le causaré dolor aunque no puedo imaginar por qué, ya que ella no me ama de la misma manera en que yo la amo a ella.
Le he preguntado cómo se siente con respecto a esta relación. Nos casamos tres años antes de que comenzara a escribir este diario, y en ese tiempo hemos construido la casa en la que vivimos, hemos labrado la tierra de la que comemos y algunos días a la semana ella lleva al pueblo los cultivos que nos sobran para comercializarlos y ganar algo de dinero para aquello que no podemos hacer con nuestras propias manos, como la ropa o ciertos muebles. Meagan me dice que estoy atrapado con ella para toda la eternidad, siempre utilizando un tono de sorna que sabe que me desagrada, sonriendo de esa manera delincuente e inocente a la vez que sólo ella puede lograr, y evitando profundizar en el tema. Se lo he preguntado muchas veces, pero anteayer, cuando volví a insistir, ella me ha confesado que en el pueblo sospechan que es estéril y que yo debería conseguirme otra esposa. Incluso me preguntó si me gustaría acabar con esto y tener la vida que realmente merezco. Le respondí que estar a su lado hasta el día de mi muerte es mucho más de lo que merezco y ella frunció el ceño.
Odia que exhiba mi sentimientos de una manera tan despreocupada. Hay un motivo obvio para ello, uno que los dioses no saben pero yo sí. Meagan no es un recipiente cualquiera como lo fueron los de Hades y Poseidón, quienes al igual que Athena descendieron sobre humanos comunes y corrientes. A diferencia de ellos, la mujer que veo todos los días es realmente Caos, la representación física y mortal de su divinidad; me ha dicho que en su forma inmortal se ve exactamente igual, y que por lo tanto, para mi desgracia, una verdadera relación marital es imposible. Un humano no puede poseer a una diosa, ella misma decretó esta ley varios siglos antes de descender para limitar las atrocidades que los dioses le hacían a los mortales. Sin embargo, estas dos últimas noches Meagan ha compartido mi cama. Generalmente dormimos en habitaciones separadas, pero es invierno y ella odia el frío y las bajas temperaturas, así que ha decidido acurrucarse a mi lado y hacerse un ovillo en el centro de la cama, obligándome a hacer equilibrio para no caerme por el borde. No puedo decir que eso me moleste, mi corazón late tan rápido que a cada instante tiene que pedirme que me calme.
Sé que ella no duerme por las noches, puedo oír sus susurros a través de la pared que separa nuestras habitaciones, pero desde hace dos días puedo escucharla claramente. Las palabras que salieron de sus labios adormecidos la primera noche no tuvieron sentido, pero hoy he comenzado a sospechar que su decisión de dormir conmigo no se debe a que quiera hacerse cercana a mí o molestarme provocándome sentimientos que no debería desarrollar hacia una diosa, sino que el verdadero motivo está oculto, creo que ella trata de decirme algo que no quiere que nadie más escuche. Tan solo ha soltado una frase sin sentido aparente, pero procuré recordarla y anotarla cuando no está cerca. Estas son algunas esas palabras: 'cuando mil estrellas estén pasando.'
No sé qué significa, pero quizás éste sea una especie de rompecabezas que debo descifrar."
—Cuando mil estrellas estén pasando… —susurró Camus, dejando a un lado la libreta. El trabajo de traducción acababa ahí, lo cual quería decir que habían interrumpido la tarea en la mejor parte. Maldiciéndose a sí mismo, tomó nuevamente la libreta y se encaminó hacia el templo de Escorpio llevándose también el diario de Vasili.
No sabía con seguridad cómo lo recibiría Milo o si de hecho aceptaría verlo, pero aunque las cosas no estaban bien entre ambos, tendrían que hacer a un lado el conflicto que mantenían y esclarecer las palabras de Vasili.
Quizás y con algo de suerte, ella también podría leer esa lengua incomprensible.
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No comprendía cómo había llegado a enterarse de Vasili y Meagan, pero Camus lo sabía y de alguna manera Athena se sentía traicionada. Un poco más de nueve mil años atrás, las vivencias de los reconocidos primeros santos en su orden fueron quitadas para siempre de las memorias del mundo que comenzaba a reconstruirse luego de que Caos barriera la maldad antes de ser sellada por los dioses, quienes fueron dejados libres en el universo para volver a gobernar en Cielo y la Tierra. Como medida de prevención, todos acordaron que ella se encargaría de cuidar de los próximos Escorpio y Acuario y de asegurar sus muertes al cumplir los veinte años de edad. En la era anterior, Kardia había muerto los veintidós, con dos años de más y con tiempo suficiente para que Caos pudiese poseerlo; sin embargo no lo hizo y el no saberlo nunca se sintió tan frustrante como en ese momento. Quizás se debía a que era hombre, o a su enfermedad cardíaca. No podía estar segura. Sin embargo, ya había pasado el tiempo para preocuparse por el pasado. Era momento de esperar, momento de orar y tener fe.
Caos se había manifestado por primera vez en aquel milenio, haciéndose sentir tan apabullante, tan avasalladora, tan poderosa y peligrosa como la última vez, y aunque sus pies ni siquiera habían tocado el suelo, Athena no pudo evitar contener el aliento al saber que el contacto directo de esa divinidad con el mundo frágil y enfermo acabaría en un desastre. No porque Caos así lo quisiera, sino que ese era el efecto irremediable de su cosmos en la Tierra: destruía lo que existía y daba lugar a algo nuevo y mejorado. La última vez casi todo lo que tenía vida en Grecia cayó muerto cuando pisó el Santuario y el paisaje completo se modificó cuando uno de sus Pilares derrumbó el Olimpo.
Los dioses todavía recordaban la sensación de fragilidad y exposición que sintieron en aquella lejana época y estaban comenzando a sentirse así nuevamente. Pero a la vez, en esa ocasión todos estuvieron de acuerdo con que Caos debía ser derrotada, mientras que en la actualidad, se habían dividido en bandos. Athena no sabía si contaba con algo de suerte por tener el apoyo de Hades, Poseidón y Odín, pero quería sacarle el mayor provecho a esa extraña alianza. Estaba segura de que sus tíos intentarían sus propias maniobras individuales para ganarse el favor de la diosa Caos y esperaba que no fueran el tipo de propuesta que ofenderían a la señora de todos. Sin embargo, la prioridad de Athena no era asegurarse de mantener las manos de sus familiares para sí mismos, sino proteger a Milo cuanto pudiera. La guardiana del octavo templo ya había sufrido dos embates del fuego de Caos en el trascurso de una semana, según Hyoga sufría de fuertes ataques de fiebre casi todos los días, y no había encontrado ocasión de hablar con ella personalmente ya que se negaba a ver a cualquiera de los que estaban en el Santuario a excepción del santo de bronce del Cisne. El Patriarca se había mostrado ofendido y triste cuando Athena recibió por parte de los santos dorados la noticia de que Milo se había desligado sentimentalmente de ellos e insistió que como diosa tenía derecho de llamar a la portadora de la armadura dorada cuando deseara. Pero Athena sabía que no era tan sencillo como eso. Milo no solo era parte de su élite: ella era una diosa primigenia, la primera de los cuatro más poderosos, madre directa de Érebo y Nyx; incluso el destino se ponía a su disposición.
No sabía qué hacer por Milo además de asegurarse de que ningún enemigo le pusiera las manos encima mientras estuviese indefensa. Ya había errado como nunca antes al darle la sangre de los dioses confiando en que de esa manera su cosmos inmortal no descendería sobre su cuerpo. No pudo hacer nada para salvar a la niña que servía como Oráculo de Apolo luego de que le dijera la verdad, que Caos no podía ser sellada. Eso le hacía pensar a Athena que en realidad Caos nunca fue completamente sellada y que los dioses una vez más pecaron de confianza y vanidad. Y ahora, por si todos los males que tenían encima no alcanzasen, medio pueblo de Rodorio había desaparecido de la noche a la mañana y Camus había descubierto, de alguna manera, la existencia de la primera identidad que tuvo.
Saori sentía los cosmos de los santos de Athena en diferentes estados de ánimos. Desde su posición frente a la estatua oraba por la seguridad del mundo tal como Poseidón, Hilda, y Hades hacían desde sus dominios, pero la actividad espiritual de Saori se interrumpió cuando sintió el cosmos de Acuario acercándose al templo de Escorpio.
Tragando como si de rocas se tratase, Saori alzó su vista al cielo y pidió fuerzas a su abuelo.
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Adelanto del próximo capítulo:
"— ¡¿Y eso qué?! ¡Soy el amor de su vida y lo seré hasta el día en que muera! —gruñó Milo, notando vagamente el viento que comenzaba a arremolinarse a su alrededor, revolviendo su cabello y haciendo que algunas hojas en la mesa se esparcieran.
—Siempre supe que tenías un problema con los celos, pero esto es ridículo— murmuró Camus, cerrando los ojos en un gesto resignado.
Milo tuvo que recordarse que si no se calmaba, la mitad del templo se vendría abajo."
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Nota al margen: Hola (? he aquí un nuevo capítulo. En este momento me estoy preguntando si hay algo de coherencia en este capítulo, espero que sí pero no hay nadie mejor que ustedes para decirme si es así o no. Por mi parte, estoy algo presionada debido al orden cronológico de la historia. Hay hechos que trato de hacer que coincidan con otros pero no siempre se puede xD me pregunto también si Kurumada no ha tratado de romperse la cabeza contra una ventana cuando se da cuenta que algo no cierra. Pero bueno, los dejo que disfruten el capítulo y nos estaremos viendo la semana que viene. ¡Saludos y bendiciones para todos ustedes!
*Las estrofas utilizadas corresponden a la canción New Divide de Linkin Park.
Publicación del próximo capítulo: 19/05/16
