Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, sólo aquellos fuera de la Saga y la trama son de mi completa autoría.
CHAPTER 33 OUTTAKE: UNA ESTRELLA QUE SE APAGA
TIA POV.
Solté un pesado suspiro, era tan triste que hasta aquí llegara mi sueño de convertirme en la mejor gimnasta del mundo; mi sueño llegaba a su final pues ya no podía pagar el próximo curso, tenía ahorrado el dinero para hacerlo pero tuve que usarlo en mi mamá. No me arrepentía de haberlo hecho, aunque ella no fuera la mejor madre, era mi mamá y la quería; por eso no dudé ni un segundo en gastar hasta el último centavo para pagar la consulta del doctor después de que mi padre la golpeara hasta dejarla sin sentido.
A mis cortos trece años había vivido cosas que ningún niño debería de haber pasado, la vida me obligó a madurar a una temprana edad y de manera dura. Desde que tenía uso de razón fui testigo de los malos tratos de mi padre para con mi mamá, a los cuatro años mi padre me puso por primera vez una mano encima y desde entonces los golpes se convirtieron en una constante en mi vida; mi mamá nunca pudo hacer nada para evitarlo, o tal vez no intentó lo suficiente para defenderme. Pero para Maggie sería diferente, yo me encargaría de que ella no tuviera que crecer con miedo, ella tendría una infancia feliz como la que todos los niños deberían tener.
Estaba terminando de guardar mis cosas dentro de mi mochila cuando el sonido de unos pasos acercarse me sacaron de mis pensamientos, alcé la mirada y no pude evitar abrir los ojos como platos y mis mejillas comenzaron a arder al ver de quien se trataba.
—Tia, necesito hablar contigo —asentí y sin apartar la mirada de ella me senté en la banca.
—¿He hecho algo malo? —pregunté sin poder evitar que mi voz sonara baja y temblorosa. No es que ella me diera miedo, todo lo contrario, ella para mí era mi modelo a seguir, la persona que más admiraba en todo el mundo entero.
—No, pero Ángela me ha dicho que dejarás el curso. ¿Puedes decirme el por qué?
—Mis padres —murmuré apartando la mirada y clavándola en mis manos, las cuales retorcía con nerviosismo esperando que no quisiera saber más sobre el tema.
—¿Ellos no quieren que continúes? De ser así, yo podría ir a hablar con...
—Ellos no saben que asisto al curso, yo falsifiqué la firma de mi madre cuando me inscribí —levanté la mirada avergonzada, no quería que ella pensara mal de mí y me apresuré a aclararle el por qué lo había hecho—: Tenía seis años cuando supe que la gimnasia sería lo más importante para mí, estaba viendo una competencia en la televisión y entonces la vi, para mí, la mejor gimnasta del mundo: Isabella Swan.
Pude notar como sus ojos se llenaron de lágrimas al escuchar mis palabras y me pateé mentalmente por haberle causado tristeza, pero al ver que no había rastro de tristeza en su rostro me relajé un poco. Se sentó a mi lado y casi sin darme cuenta, en medio de palabras torpes y atropelladas, le conté que mis padres se negaron a apoyarme a buscar mi sueño y cómo había tenido que apañármelas yo sola, haciendo las tareas de mis compañeros de la escuela, cortando el césped del jardín de mis vecinos y sacando a pasear sus mascotas para ganar dinero.
Tuve especial cuidado en no decir más de lo que debía, como la forma en que mi padre se había reído cuando le dije que quería ser gimnasta, y los golpes que llegaron después para "ayudarme" a entrar en razón y dejar de pensar en tonterías que no me llevarían a ninguna parte.
—Tenía el dinero para pagar el próximo curso, pero tuve que usarlo para... para... otra cosa —¡chispas! Había estado a punto de cometer un error y hablar más de la cuenta, por fortuna recapacité a tiempo y no dije nada de lo que pudiera arrepentirme.
—Bueno, a partir de hoy no tendrás que preocuparte por pagar los cursos, ese no será un impedimento para que llegues tan alto como tú lo desees. Yo me haré cargo de todo, ¿de acuerdo? —mis labios se estiraron en una pequeña sonrisa y una lágrima rodó por mi mejilla, si esto era un sueño no quería despertar... No, no pensaría en ello como un sueño que terminaría tan pronto abriera los ojos, mejor pensaría en que era un milagro de Navidad, aunque aún faltaran unos cuantos meses para que Navidad llegara.
—¿Lo dice en serio? —asintió y sin poderme contener me lancé sobre ella, abrazándola con fuerza—. Muchas gracias señorita Swan —murmuré y sonreí ante el sentimiento de calidez que se extendió por mi cuerpo, cuando me devolvió el abrazo—. Es tarde y debo apurarme o perderé el autobús.
Tomé mi mochila y juntas salimos de los vestuarios, durante el trayecto no perdí oportunidad de preguntarle sobre sus años como gimnasta, preguntas que la señorita Swan me respondió con amabilidad. No me pasó desapercibido el brillo en su mirada, sus ojos brillaban con una emoción única al hablar sobre la gimnasia y mi corazón se comprimió de manera dolorosa, ella había tenido que abandonar su sueño después de aquel accidente pero... no entendía por qué lo hacía hecho.
—Señorita Swan, ¿por qué no volvió a competir? —tan pronto como hice la pregunta me arrepentí de haberlo hecho, ¡Dios, era tan tonta!
—Primero deja de decirme señorita Swan y hablarme de usted, dime sólo Bella ¿de acuerdo? —asentí con una sonrisa, Bella respiró profundo un par de veces antes de responder a mi pregunta, una sombra de tristeza cubrió su rostro pero tan pronto como había llegado se marchó—. Tia, aunque ahora puedo caminar, las cosas no son igual que antes. Me hubiese encantado volver a una competencia, sentir la adrenalina correr por mis venas con cada salto y movimiento, pero no pude hacerlo.
—¿Al menos lo intentaste? —abrió la boca con la intensión de responderme pero no pudo hacerlo, una voz llamándola lo impidió.
En menos de lo que dura un parpadeó un chico alto, moreno y guapo la abrazaba dando vueltas con ella; no quería interrumpir la charla de Bella con su novio pero tampoco quería ser descortés e irme sin despedirme, así que me aclaré la garganta haciendo notar mi presencia.
Me despedí y Bella me presentó a Jacob, remarcando la palabra amigo cuando lo hizo, aclarándome que no era su novio como yo había pensado. Caminé un par de cuadras hasta llegar a la parada de autobuses, busqué mi monedero dentro de mi mochila pero no lo encontraba. Saqué todo de la mochila pero nada; no podía haberlo perdido, porque si lo había hecho tendría que regresar a casa caminando y eso me llevaría mucho tiempo, lo cual significaba que no estaría en casa a tiempo y mi padre... ¡No! Tenía que encontrar ese monedero a como diera lugar.
De pronto recordé que lo había metido en mi casillero en la academia, rezando para no perder el último autobús, corrí tanto como mis piernas me permitieron para regresar a la academia y buscarlo. Por fortuna encontré mi monedero al fondo del casillero, lo tomé y al salir de los vestuarios algo llamó mi atención, eran las suaves y tristes notas de una melodía que provenían del área de practicas. Por más que traté de simplemente ignorarlas y marcharme no pude, y antes de que si quiera me diera cuenta, mis pies se movían como si tuvieran vida propia llevándome al lugar de donde la música provenía.
Sin hacer ruido me acerqué lo suficiente como para ver a la persona que se encontraba parada a mitad del área de doce por doce metros, la cual era usada para las rutinas de suelo. Sonreí cuando Bella comenzó a moverse, haciendo una rutina sencilla con un par de simples saltos; de pronto, se detuvo en una de las esquinas del área, tomó una profunda respiración y comenzó a correr. La emoción provocó que los vellos de mi cuerpo se erizaran y que mi corazón latiera con fuerza, pero la emoción desapareció al verla saltar y no alcanzar la altura necesaria como para llevar a cabo los giros que conformaban ese mortal, lo cual la hizo caer al suelo y cubrí mi boca con ambas manos para ahogar un sollozo.
Apenas unos segundos después Bella se puso en pie y lo intentó de nuevo, una y otra vez, obteniendo el mismo resultado en cada intento. Las lágrimas rodaban por mis mejillas y mordí mi lengua para acallar los sollozos, en más de una ocasión traté de acercarme a ella y pedirle que parara, pues si seguía así terminaría por lastimarse y no quería que eso le pasara; pero parecía que mis pies se habían adherido al suelo y no podía moverme. La música hacía rato que se había parado pero Bella parecía no notarlo, ella seguía tratando de lograr completar el salto y fallando en cada nuevo intento.
Di un paso hacia adelante con la intensión de ayudarla al verla tratar de ponerse en pie y caer de rodillas, sin embargo, no fui capaz de dar un paso más antes de que Bella gritara y comenzara a estrellar con rabia sus puños contra el suelo. Pasaron varios minutos antes de se tranquilizara, se puso en pie y recorrió el lugar con la mirada, deteniéndose pequeños instantes en las barras asimétricas al fondo del lugar, después en la barra de equilibrio a su izquierda y por ultimo en el potro a su derecha; esta era su despedida, una triste despedida que rompería el corazón de cualquier persona que pudiera verla. Con un movimiento brusco de su mano secó sus lágrimas, hizo una mueca de dolor al comenzar a caminar con dirección a donde me encontraba y cuidando de no ser descubierta, me apresuré a salir del lugar.
Mientras caminaba de regreso a mi casa no podía dejar de pensar en lo que había visto, la rabia y tristeza de Bella me habían destrozado y me lamentaba por haber sido tan cobarde, por no haberme acercado a ella y tratar de confortarla; retribuirle de alguna manera un poco de la alegría que me había dado al decirme que no tendría que abandonar mi sueño.
Esa noche, en la penumbra de mi habitación, no lloré por el dolor de los golpes que mi padre me dio como castigo por haber llegado tarde a casa. No, esa noche lloré por el dolor de haber visto la parpadeante luz de una estrella bajar hasta extinguirse por completo, una estrella que me había dado una razón para seguir adelante, una razón para levantarme cada día a pesar de lo miserable que era mi vida. Esa noche entre lágrimas me hice una promesa, lucharía con todas mis fuerzas para llegar a convertirme en la mejor, lo haría por mí, pero sobre todo lo haría por ella; esa sería mi forma de agradecerle, agradecerle por darle a aquella niñita de seis años una razón para sonreír y soñar, aun en medio de las tinieblas que cubrían su mundo.
¡Hola! Me puse a revisar los archivos en mi ordenador para ordenarlos (soy un tanto desordenada y tengo un archivo por aquí y otro por allá) y me encontré con este Outtake, lo leí y tras hacerle algunos pequeños arreglitos me decidí a publicarlo, espero que sea de su agrado.
