Porque soy solo una grieta en este castillo de cristal.

Casi nada como para que me puedas ver.

10

La naturaleza de Caos.

Ella podría haberse visto como si estuviera inconsciente pero no lo estaba. Sintió a la perfección el terremoto que anunció la llegada de los Pilares de la Creación, sintió cada alteración en los cosmos y almas de las personas de todo el mundo, sintió a los dioses enviando grandes catástrofes a todas partes a modo de barrera para impedir que sus guardianes llegaran trayendo con ellos el cosmos inmortal de Caos, sintió el miedo más profundo de los guardias que la arrastraron como si de una bolsa de basura se tratara hasta la salida de la prisión y la sacaron del Santuario por un camino que se alejaba de la vista de los demás y por sobre todo, de la vista de la diosa y los santos dorados. A Meagan no le importaba que la vieran en el estado penoso en el que se encontraban pero sí le molestaba que tuvieran miedo porque, ¿qué sentido tenía que estuvieran asustados después de la impunidad y el descaro con el que la maltrataron? Los hombres que la azotaron en el coliseo disfrutaron cada segundo, apenas disimulando su éxtasis en cada oportunidad en que ese látigo de cuero reforzado le abrió la piel de la espalda. Esos mismos dos sujetos, espantados hasta los huesos la arrastraron hasta Cabo Sunión, donde la dejaron encerrada antes de huir de la crecida de la marea que subía a una velocidad antinatural, una manera muy buena del rey de los siete mares de colaborar con la preservación del mundo y de sus habitantes al borrar del mapa al recipiente de Caos. El problema, por supuesto, era que Meagan tenía dificultades para morir. Ya lo había demostrado luego de agonizar horas en una cárcel, perdiendo sangre en cantidades preocupantes y con la carne, nervios, músculos y huesos hechos pedazos. Los dioses estaban enojados con la joven e inocente Athena. Se suponía que ella debía vigilar a la tierra y proteger a la humanidad pero ni siquiera fue capaz de levantar su báculo en contra de una humana en teoría inferior para asegurar la supervivencia del mundo y la continuidad de la raza humana. Meagan todavía no estaba segura de si esa niña no poseía la fuerza necesaria para comprender su papel como diosa, o si por el contrario, como diosa era totalmente incompetente.

La marea subió con furia desmedida, azotándola como millones de látigos helados y zarandeándola contra las paredes rocosas de su prisión temporal. Los Pilares, en su proceso de descenso temían que no resistiera un segundo embate ya que, después de todo, su cuerpo era el de una mortal y el corazón que albergaba también lo era. Meagan les había dicho también que tuvieran paciencia, les aseguró que no descendería al Inframundo pero sus seguridades se vieron rápidamente apabulladas por la violencia del mar en su crecida. Por algunos minutos fue capaz de tomar aire cada vez que las olas se retiraron pero luego, la prisión estuvo completamente sumergida y Meagan tuvo que apañárselas conteniendo el aire para no hacer uso del poco cosmos que le quedaba.

Ese era el motivo por el que la desecharon ahí. El hecho de que su energía vital fuera tan escasa ponía en duda su supuesto poder infinito y dejaba en claro que podrían vencerla con facilidad, no obstante, prefirieron ser precavidos metiéndola bajo el mar y esperando que muriera para luego deshacerse de su cuerpo. Lo que ellos no sabían era que Meagan podía volver a la vida cuando quisiera y aunque el corazón que latía con presura en su pecho dejara de hacerlo, el auténtico corazón de Caos estaba al cuidado de uno de sus Pilares y ese órgano vital no podía destruirse, estaba hecho para durar para siempre tal como su alma indestructible. Ella, a diferencia de los dioses, era infinita. Ellos eran inmortales, pero al ser creados a partir de algo que ya existía, podían ser destruidos.

Cuando aproximadamente diez minutos pasaron, Meagan ya no fue capaz de soportar más tiempo la respiración y expulsó el oxígeno que mantenía a la fuerza en sus llameantes pulmones. Alzó su cosmos que brilló dorado en la penumbra de la prisión sumergida para luego tornarse gradualmente de color violeta, un fuerte y vibrante violeta que tenía destellos de azul y cuyo centro era completamente blanco. Así se mantuvo por al menos una hora, gastando su verdadero cosmos, sintiendo y escuchando los desastres que desolaban el mundo, sufriendo en silencio por su mala decisión de permitir que los dioses tomaran por ella el control del universo y la tierra. Y entonces, repentinamente, todo el mundo se quedó en silencio. Cada sonido, cada voz gritando, cada cosa en movimiento se detuvo por completo.

La calma antes de la tormenta.

Los Pilares de la Creación habían llegado a la tierra.

*.*.*.*.*

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—Entonces, ¿ya puedo quedarme aquí? —preguntó Mika, bajando su cuenco vacío a la mesa baja de la sala.

El día anterior se había amotinado en el templo, negándose a irse cuando la noche llegó y ofreciéndose en ayudar a preparar la cena. Milo no estaba segura de si su medio hermano sólo buscaba pasar tiempo de calidad con ella antes que las cosas verdaderamente malas comenzaran a suceder, o si en realidad no comprendía que estaban a punto de ir a la guerra que podría acabar muy mal. Milo lo comprendía finalmente, aquellas cosas a las que no le encontraba sentido, aquellas palabras que deseaba escribir y no conseguía hacerlo por no saber qué iba a escribir, aquellas dudas sobre sucesos ocurriendo, ocurridos y por ocurrir, todo tenía sentido ahora para ella, incluso el hecho de que su hermano llevara el corazón de Caos, y hasta el motivo por el cual Meagan y Vasili volvieron a la vida por un momento. Quien no comprendía todo eso era Camus. Por puro cansancio Milo le concedió el derecho de leer la profecía de Caos, no la que hablaba de su regreso pues en aquella antigua era eso ya se sabía que volvería, sino la que hablaba específicamente de Milo. No necesitaba preguntarle a sus guardianes acerca de nada pues estaba en pleno conocimiento de todo lo que concernía a su regreso en ese siglo; fingir demencia fue solo una manera de no tener que lidiar con las reacciones de sus compañeros al contarles todo aquello ‒cosa que no pensaba hacer‒ primeramente porque no quería llevarlos a un estado de alteración mayor que en el ya se encontraban y, más importante aún, porque técnicamente al ser santos de Athena, eran enemigos.

—No puedes—respondió Milo, estirando las piernas en el sillón. Cerrando los ojos, dejó a un lado la libreta cuya página garabateada en griego recitaba la misma profecía que le había dado a Camus. Era probable que él no comprendiera la mitad de lo que significaban los hechos que Meagan anunció pero lo poco que comprendía fue suficiente para que, esta vez, fuera él quien se enojara con ella.

Mika estuvo en silencio por lo que pareció una eternidad, así que cuando Milo abrió nuevamente los ojos, se sorprendió un poco por la expresión espantada de su hermano. Frunciendo el ceño, se dedicó a mirar de cerca los rasgos idénticos que compartían y los hacían ver casi idénticos. Aparentemente ambos sacaron todo de su madre y prácticamente nada de sus padres; cabello, ojos, piel, incluso la forma de la nariz y el largo de las pestañas eran los mismo en él y en ella. Eso le decía a Milo que su hermano al crecer tendría un aspecto más bien delicado o andrógino. Eso, o ella lucía como un adolescente.

Pero más allá de eso, Mika tenía una expresión de espanto digna de una fotografía. Sus ojos turquesas estaban extremadamente abiertos, sus labios entre abiertos y sus mejillas tensas. Sus hombros también estaban tiesos y por alguna razón que Milo no conocía, él tenía los brazos medio extendidos hacia el frente.

— ¿Qué? —una de sus manos fue disimuladamente a su cuello, un acto que se volvió involuntario con el paso de los días con el cual podía saber si tenía o no fiebre, y tenía un poco de temperatura.

La sangre de los dioses estaba causando estragos en su sistema. Casi no podía comer nada, sufría calambres constantemente y desde hacía tres días no lograba conciliar el sueño.

— ¿Por qué dices que no? —susurró él, su voz sonando como si se ahogara y su rostro contorsionándose en una mueca de perro mojado.

—No seas malcriado, sabes que no es un buen momento para estar constantemente en este templo, o en el Santuario—respondió ella, sentándose y encontrando positivo el hecho de no estar mareada.

Mika se le quedó viendo un momento más con esa expresión de pena y luego, lentamente, sus cejas bajaron y su ceño se frunció, su boca formó una línea fina y dura y sus ojos se volvieron rendijas. Levantándose en medio de una precipitada exhalación, rodeó el pequeño living y se dirigió a la puerta que llevaba al pasillo principal. Intrigada y repentinamente ansiosa, Milo lo siguió como si él se llevara su vida.

— ¡Oye tú! —llamó, casi alcanzándolo cuando salía hacia el pasillo.

Él se detuvo en su lugar pero a duras penas volteó el rostro, mostrándole su furioso perfil y la expresión de ira que llevaba escrita en la cara. Su único ojo visible a través de su alborotado cabello azul destilaba decepción e indignación a raudales y su postura rígida era propia de un gato que se siente amenazado.

—No me hables—gruñó bajito y le volteó el rostro, mostrándole simplemente su espalda delgada—estoy enojado contigo.

Milo miró boquiabierta a su hermanito marchar hacia la salida, pisando fuerte y demostrando su malestar en cada paso.

De alguna manera, se sintió como si hubiese sufrido la más grande de las derrotas de toda su vida. Pero decidida a recuperar a esa sabandija, se dispuso a seguirlo hasta su guarida temporal en Acuario donde un enojado Camus esperaba a que ella le explicara las cosas que no acababa de comprender sobre Vasili perdonando a Meagan por algo que él había hecho. Esperaba que el hecho de que los dos estuviesen enojados no significara que se unirían en su contra pero conociéndolos…

Llegó a Sagitario y apenas pudo ver la figura indignada de su hermanito continuando su camino antes de ser interceptada por Aioros, que salió como por casualidad vistiendo su armadura y siendo flaqueado por esas alas de oro que lo hacían ver superior a todos los demás. Sonriendo con amabilidad y una calidez tremenda en los ojos verdes, pareció que iba a recibirla de buena manera hasta que vio lo que Milo conocía como el signo en su rostro que indicaba que todo estaba a punto de irse a la mierda. Su ojo comenzó a picar tan rápido que no fue capaz de identificar el momento exacto en que lo hizo y seguramente ya estaba de color rojo. De manera inconsciente, también, ya no estaba pisando tierra firme sino que sus pies se mantenían a escasos tres centímetros del suelo. Una brisa no demasiado fuerte pero sí insistente comenzó a soplar cuando se detuvo frente al noveno guardián.

— ¿Está todo bien? —preguntó él.

—Mi hermano se enojó conmigo—respondió Milo y en un acto impulsivo y despreocupadamente desesperado, extendió los brazos hacia Aioros y se sostuvo de sus hombros con fuerza— ¡¿Qué hago para que me perdone?!

Aioros la observó con los ojos muy abiertos un momento que pareció eterno. Luego, rompió a reír a carcajadas.

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Había tanta calma en el Santuario que resultaba frustrante y para estar de cara a la posibilidad de que se desatara una guerra, el aburrimiento que sentía ponía de malas a Aiacos. Como juez del Inframundo era casi insultante que se le hubiese asignado una misión que implicaba mantenerse fuera de su entorno y sumergirse de lleno en uno diferente e incomodo, donde sucesos aislados de los que nadie tenía control eran las únicas cosas interesantes que pasaban. Pero ahí estaba él, oculto en las sombras de la noche nublada y relampagueante, vigilando sin miramientos el doceavo templo cuyo jardín de rosas se hallaba ocupado a pesar del mal clima que había hecho que los santos se recluyeran en sus templos y no salieran. Personalmente no sabía si el problema es que no les gustaba que el agua se meta por los bordes de sus armaduras pero los santos dorados de Athena eran demasiado relajados para sus propias seguridades, eso, o probablemente la confianza que se tenían a sí mismos era digna de admiración puesto que ni siquiera se encontraban en las puertas a la espera de una amenaza, sino que estaban en sus camas o habitaciones privadas, descansando.

El día anterior todos observaron con impotencia cómo los muros de hielo que el santo de Acuario había formado se deshicieron en pedazos desde el interior luego que lanzaran ataques tras ataques desde el exterior para lograr derribarlo. Por supuesto, quien había ejecutado esa técnica no era el desabrido de Camus de Acuario, sino su primera existencia a la que todos en el universo conocían como Vasili. No se podía esperar que una generación de santos dorados juntos pudieran contra uno solo de ellos nacido de la primera generación. Era el equivalente de enfrentar a un niño sin poderes contra un dios, lo cual también era una muestra clara de la diferencia de fuerza entre los cosmos de los santos de la primera generación de la diosa Athena. Esos doce presumidos mitológicos lograron hacerle frente a los Pilares de la Creación por al menos unos pocos segundos, tiempo suficiente para que uno de ellos llegara hasta Caos y la hiera de muerte tras enfrentarla por cinco minutos que fueron los más largos de toda la historia.

Podría parecer poco y nada pero teniendo en cuenta quiénes fueron sus enemigos, era toda una hazaña y también un golpe bajo para los demás dioses, cuyos ejércitos pasaron de ser millones a solo unos pocos cientos, o fueron borrados en su totalidad como fue el caso de Artemisa, cuya armada completa desapareció en el océano Atlántico.

Pero actualmente los santos de Athena lo único que presumían era su capacidad para no hacer nada y hasta el general marino enviado por Poseidón demostró ser mucho más útil al enfrentar casi sin problemas a la criatura enviada de Apolo que destruyó por completo el pueblo de Rodorio cuya población fue dejada de lado y abandonada a su suerte por el Santuario y con una gran parte de su población desaparecida, caso particular que, para variar, no estaba siendo investigado por nadie.

Eso demostraba también que los santos de Athena solo se preocupaban por ella y por nadie más.

Pero sea como fuere, Aiacos se aburría en grande y ya que la condición para estar en el Santuario era mantener un aire de paz y convivencia con sus antiguos enemigos, el juez del Inframundo se veía obligado a buscar métodos poco convencionales para entretenerse. Por ejemplo, desde el día anterior se había dedicado a acomodarse en lo alto del templo de Piscis y vigilar todo desde ahí. No es como si hubiera mucho que vigilar, de todas maneras pero el ataque de esa criatura que vino de parte de Apolo ya había caído indudablemente en el olvido y por lo visto, los santos no esperaban más amenazas desde el exterior; eso, o estaban demasiado ocupados resolviendo sus problemas internos como para que les importaran las amenazas de afuera.

Pensándolo bien, quizás esa era la razón por la que los doce murieron en la guerra santa contra su señor Hades. Aunque seis de ellos fueron resucitados para asesinar a los que estaban con vida.

Pero de nuevo, sea como fuere, Aiacos había pensado que Apolo estaba demasiado tranquilo pero ese pensamiento acabó cuando, el día anterior gracias al gran lío que Meagan y Vasili formaron, fue capaz de identificar a lo que la mayoría de la gente consideraba como un no-muerto. Desde hacía varios días creyó que podría haber sentido una presencia extraña, presencia que por cierto pasó desapercibida a esa bola de presumidos. Finalmente identificó el epicentro de su malestar en esa niña con aspecto escuálido que habitaba el doceavo templo. Comprendía por qué no pudo verla antes, por supuesto, el fuerte aroma venenoso y empalagoso de las rosas de Afrodita cubrían a la perfección el aroma a muerte pero la ventisca producida por la manifestación de la primera encarnación de Caos borró cualquier otro aroma del aire y la no-muerta quedó expuesta. No tenía alma, al menos no una propia y también una total carencia de cosmos. Pero debía existir una fuerza exterior que la moviera y la hiciera incluso moverse con total normalidad y el problema era averiguar de qué tipo de fuerza se trataba, si era enemiga o amiga y dudaba mucho que se tratara de lo segundo. Sus sospechas de que podría ser un enviado de Apolo eran semejantes a aguijones en su mente. El dios del sol era un gran hijo de perra engreído y nadie sabía si esa noche ya olvidada por todos la única cosa a la que tuvieron que enfrentarse los dorados fue esa figura llameante que incendió todo. ¿Y qué tal si había más pero no lo notaron? ¿Y qué tal si ese algo que no vieron estaba entre ellos, pasando desapercibido justo en sus narices?

Aiacos observó a la niña que Afrodita de Piscis sacó del pueblo esa noche. No debía tener más de diez años y su complexión menuda y delgada la hacían ver como una víctima en toda regla. Pero el hecho de que no estuviese haciendo uso de su cosmos para soportar el aroma de las rosas y que se paseara entre ellas como si fuesen flores del campo la hacía lucir más que simplemente sospechosa. No comprendía cómo es que el doceavo guardián podía pasar semejantes cosas por alto. O cómo podía hacerlo el resto de ellos, también.

Podría hacérselo saber el dueño del templo, advertirle sobre lo malo que era mantener a un no-muerto en su jardín confeccionando coronas con rosas venenosas que generalmente le obsequiarías a tu enemigo…

sin poder evitarlo, una risa se le escapó al juez del Inframundo. Definitivamente ese dorados eran una bola de inútiles. Y definitivamente esa niña albergaba algo muy malo en su interior, el problema ahora estaba en qué haría a continuación; podría advertirles a todos que había un enemigo donde menos se lo imaginaban, o podía observarlos caer de sus pedestales como los perfectos idiotas que eran.

La segunda opción se veía más divertida y de todas maneras no estaba en ese lugar para defender a la diosa o a los dorados salvo por uno.

El señor Hades le había dicho específicamente que eliminase cualquier tipo de amenaza que pudiera poner en peligro al recipiente que albergaría el cosmos y alma de la diosa Caos y por el momento Milo de Escorpio estaba a salvo.

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—Tú lo sabías— acusó Altair, cruzado de brazos.

A su lado, Owen se limitó a guardar silencio, como siempre. El día anterior las consciencias de las primeras encarnaciones de Caos y Vasili se manifestaron por un breve momento y como si todo el universo se hubiese vuelto loco, la diosa se disculpó con ese humano. Caos literalmente pidió perdón, y no solo eso, sino que con total descaro ese hombre horrible la excusó de sus culpas con una sonrisa pintada en su horrible cara. Altair no pudo creerlo cuando sucedió y se dedicó cada instante a tratar de comprender qué estaba pasando. Por una parte, se sentía como si Caos hubiese descendido finalmente, lo cual no podía ser pues se encontraba sellada en el espacio exterior pero el hecho de que las esencias de Caos, Milo y Meagan fueron una a la vez era indiscutible.

—Era necesario que ocurriera—dijo Owen. Sus ojos violetas se cerraron y su tez se vio cansada por un momento.

Él era el Pilar de la Creación y la Destrucción y parte de las potestades que Caos le heredó incluía el control de los tiempos. Según él, esa no era en realidad su función, afirmaba que no controlaba nada y que en realidad todo lo que hacia era vigilar que todo sucediera tal y como debía ya que una mínima alteración cambiaría por completo el curso de la historia. A través de los siglos Altair había visto a Owen observar de brazos cruzados, manteniendo su expresión en blanco y su cosmos en calma. Tendía a creer que tantos sucesos podrían afectarlo y que debido a ellos siempre procuraba parecer tranquilo. Sin embargo, el hecho de que supiera que Meagan se manifestaría como una entidad separada de la de Milo y que traería consigo a Vasili, y no se los dijera, eso era imperdonable.

—Siempre dices lo mismo—replicó Altair—Sabías que el corazón de Caos estaba en el cuerpo de Mika, sabías que Milo bebería la sangre de los dioses cuando se suponía que no lo hiciera, sabías que enfermaría gravemente debido a ello, sabías que Cam implantó esos sueños en Athena advirtiéndole de lo que sucedería si permitía que Milo consumiera ese elixir. ¿No creíste que en algún momento necesitaríamos saber estas cosas?

—Siempre quieres tener el control sobre todas las cosas, Altair. Pero ese no es tu trabajo—respondió su hermano, fijando finalmente la vista en él—Eres el Pilar del Orden y el Caos y por ende, tu poder se asemeja mucho al de nuestra señora. Pero, ¿qué hubieras hecho si tuvieras mi capacidad de ver lo que sucederá?

—Trataría de impedir que sucedieran.

—Por supuesto que sí, porque siempre te preocupas demasiado—Altair no quiso creerlo pero había burla en la voz de su hermano menor—Piénsalo, ¿qué hubiesen hecho cualquiera de ustedes? Argus hubiese entrado en pánico, Cam hubiese hecho estallar todo, tú, tratarías de cambiarlo. Pero todo eso no serviría para nada y si acaso, solo conseguirían modificar los hechos de la peor manera—continuó, haciendo uso del razonamiento que había hecho que, de los cuatro, fuera el que más veces sufrió renacimientos en el pasado—. Nuestra señora está en control de todo y sabe que cada paso por errático o sinsentido que parezca, es necesario. Ella lo dictó para que fuera de esta manera.

Si era así, Altair no tenía nada que hacer. Sabía que Caos tenía sus propios planes, así había sido la última vez y ellos cuatro tuvieron que hacerse a un lado para que al final ella acabase moribunda y agonizante en los brazos de su asesino para ser unida a él en la eternidad. Pero ellos no sabían que Caos dejó descendencia en la tierra y no estaba seguro de cómo le hacía sentir eso. Un niño nacido de Caos, más que un semidiós, era un Pilar en toda regla y si ese niño también tuvo su propia familia entonces quería decir que existía en el mundo una línea de sangre directa de Caos.

Altair no sabía actualmente cómo acabarían las cosas. Aunque sabía que su señora necesitaba el perdón del humano al que, según tecnicismos de su ley había utilizado sin miramientos, no comprendía por qué era tan dura en su castigo. Él había leído esa profecía cuando Milo finalmente fue capaz de escribirla pero no comprendía por qué eran necesarias las atrocidades ahí escritas para que finalmente Caos pudiera descender y hasta que eso ocurriera, nadie podía hacer nada; ni siquiera ellos. Altair podría haber liberado más sellos pero el hacerlo tan rápido podría significar que toda la inmensidad del cosmos infinito de su señora caería directamente sobre Milo y ella no sería capaz de soportarlo, no estando enferma. Y aunque tenían como recurso el corazón de Caos, para hacer uso de él necesitaban quitárselo de Mika.

Y Milo ya había demostrado que su hermanito era intocable.

Sentía que estaban en una especie de punto muerto.

Tan solo esperaba que Milo fuera capaz de resistir como la ultima vez para que no fueran necesarios sacrificios que nadie tenía ganas de hacer. De alguna manera sentía que Mika era el tipo de persona que se sacrificaría por su hermana pero ese no era el problema, el problema era que Milo se lo tomaría a mal.

Se lo tomaría muy mal.

—Tienes que dejar de limitar a nuestra señora— murmuró, sorprendiéndolo por un instante— ¿Acaso crees que ella se dejaría vencer por un puñado de dioses, o por un simple humano?

— ¿Qué quieres decir? —preguntó, sintiéndose repentinamente ansioso.

—Caos ya estaba ahí antes que todo comenzara así que ella no está atada al destino ni a las estrellas que marcan las existencias de los seres vivos. Ella está incluso sobre eso así que, ¿por qué piensas que todo esto ocurre sin que ella haga nada para evitarse tanto dolor? ¿por qué no simplemente acabar con los dioses, tomar el control y encaminar a la humanidad?

—Ese era su plan original antes que los dioses…

—No. —interrumpió su hermano, mostrando una sonrisa auténtica, sin sarcasmo o malicia, totalmente natural—Ese es, hasta este momento, el plan de nuestra señora. Altair, eres el más parecido a ella ya que te creó primero a ti, ¿por qué no lo entiendes? Todo lo que sucede es porque ella ha ordenado que sea así.

—Pero… —insistió Altair, con su mente hecha un lío y sin lograr comprender lo que su hermano quería decir, que sin importar qué dijera o como lo hiciera no respondía a sus inquietudes.

—Piénsalo. —insistió Owen a su vez, y tras eso, se evaporó en el aire, dejándolo solo.

Altair se quedó con la mente en blanco, sin pensar en nada. No podría aunque lo intentara ya que la única cosa que llenó su mente luego de un momento indefinido, fue una pregunta que lo aterrorizó.

¿Y qué si Caos lo planeó todo para que sucediera tal y como lo hacía?

Inquieto por ese pensamiento, siguió a su hermano y compañero y lo halló delante del templo de Caos, sentado en una columna y mirando hacia el interior desde el que podía apreciarse la manera en que gradualmente el blanco impoluto de la edificación se tornaba de color rojo y lila que cuyos tonos se extendían como venas sangrantes.

—Ella planeó todo esto, ¿verdad? ¿Planeó también morir? —preguntó pero su hermano se limitó a guardar silencio— ¿Por qué hace esto? Causarse tanto daño a sí misma y a nosotros…

—Porque es lo justo—respondió Owen, evitando encontrar su mirada.

—No. No es justo, no es justo que pague por algo que no fue su culpa, aunque sea Caos ella no elige de quién enamorarse. Vasili de Acuario fue débil y cayó en la tentación de poseerla y eso demuestra que fue su culpa. Los condenó a los dos, se atrevió a condenar a una diosa primigenia a quemarse con el fuego de la creación, con su propia arma.

—Tu odio por ese hombre limita tu visión de los planes de nuestra señora—replicó Owen, mirándolo finalmente—Te aferras al hecho de que ella tuvo un instante de vida con él pero ella vino hace nueve mil años a juzgar a los dioses y a borrar la maldad del mundo, y lo hizo. Les dio una oportunidad de redimirse antes de regresar a impartir su castigo.

—Y ellos no lo hicieron y debido a eso ahora…

—Caos sabia que no lo harían. Prefirieron engañarse creyendo que lograron sellarla—continuó Owen, esta vez, la burla en su voz era indiscutible—Ella sabía que los dioses no se redimirían y es por eso que se preparó para volver.

— ¿Eso quiere decir que no está sellada? Eso es imposible, los sellos están ahí, yo mismo estoy a cargo de quitarlos gradualmente.

—Piénsalo, Altair—volvió a insistir, desviando la vista y suspirando— Conocemos a Caos por ser muchas cosas, pero hay definiciones que realmente le quedan bien. Se dice que es como una hendidura o una herida abierta, se dice también que es la grieta entre el cielo y la tierra, que es lo que estaba antes que todo comenzara pero piénsalo, ¿cuál es la definición de su nombre?

—Desorden y confusión… —contestó Altair, utilizando las primeras palabras que se le vinieron a la mente, cuyo era un desorden tan catastrófico como el nombre de su señora.

— Así que, piénsalo… —Owen continuó insistiendo, volviendo a usar esa palabra por la que ya deseaba golpearlo— ¿Por qué está haciendo todo esto de una manera tan confusa que no tiene sentido para nadie y que además causa dolor?

Altair no respondió pero supo que Owen estaba consciente de que había llegado a la respuesta a sus inquietudes.

Caos era el estado de alteración que existía antes que todo tomara forma y eso quería decir que la manera en que lo hacía todo simplemente era su forma característica de actuar.

Caos era la grieta entre el cielo y la tierra, era una hendidura en el vacío, era el comienzo de todo a partir del cual las primeras cosas se formaron y tomaron un orden que se mantenía hasta la actualidad, era la causa primera de todas las cosas, era tantas cosas a la vez que definirla resultaba una tarea trabajosa y tediosa. Pero yendo a lo básico, Caos era confusa.

Antes que nada, ella creaba confusión pues antes del orden, estaba el caos.

—Pero eso quiere decir que… —susurró Altair.

—Caos sabe lo que hace aunque nosotros no. Confía en ella. Le pondrá orden a todo este desastre.

Altair suspiró.

Le dolía la cabeza.


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Nota al margen: me identifico con Altair. También me duele la cabeza. Pero bueno, yendo a lo primordial, habemus capítulo. Sé que esto seguramente volverá a causar confusión pero sigan el ejemplo de Owen: confíen en Caos. (? La verdad es que no tengo mucho para decir, salvo que sigo preparando un especial que seguramente publicaré entre mañana y pasado si Dios me lo permite. Tendría que haberlo publicado antes del capítulo diez pero contenía spoilers así que... xD en fin, disfrútenlo y GRACIAS por leer.

*Las estrofas utilizadas corresponden a la canción Castle of glass de Linkin Park.

Publicación del próximo capítulo: 05/06/16.