Cuando estés triste y nadie lo sepa
te enviaré rosas negras.
Cuando tu corazón esté frío y oscuro
te enviaré rosas negras.
11
La niña con la corona de rosas.
Milo tendría que comerse su orgullo y admitir de vez en cuando permanecer en la ignorancia era mejor que soportar un escrutinio como el que pesaba sobre sus hombros en ese momento.
Al final, desistió de sus planes de perseguir a su hermanito cuando Aioros la convenció de que no se podía hacer otra cosa sino esperar a que se calmara, y como ella tampoco tenía ninguna otra cosa que hacer, decidió volver a su templo y recluirse lejos de la mirada ansiosa de todo el mundo sin tener realmente en cuenta que los santos dorados de Athena no eran las únicas personas cuyos ojos estaban puestos sobre ella. Cuando llegó a su templo andando prácticamente en el aire y con el lado derecho de su cara ardiendo se encontró con Altair y Cam en la sala de la armadura donde Escorpio descansaba lejos de todo el ajetreo en su caja de pandora. Al principio Milo no prestó demasiada atención al primero de ellos puesto que seguía un poquito enojada con él por haber puesto las manos en Mika pero eso no era una excusa para que los maltratara. Más allá de sus sentimientos como humana y sus problemas personales, sabía que Caos creó a esos cuatro no como las armas de destrucción masiva que en realidad eran, sino como una familia, como hijos a los que en el fondo solo quería abrazar.
Sobre todo a Cam.
La mirada que Cam le dedicaba en ese momento era sin dudas el arma más poderosa jamás creada y no estaba segura de que, como diosa, supiese lo que estaba haciendo cuando le dio esa forma física. Sus grandes y brillantes ojos azules que expresaban frío y calor al mismo tiempo estaban fijos en su rostro, las cejas tupidas se mantenían crispadas en una posición que a cualquiera le haría sentir dolor en la frente y sus labios finos formaban un puchero estremecedoramente tierno. Comprendía por qué Altair había ido a su presencia en compañía del pelirrojo y tuvo que admitir también que el primero de los Pilares era un gran estratega aunque la mayor parte del tiempo estuvo trabajando a ciegas. Pero volviendo a la situación de la que no sabía cómo salir, soportaba lo mejor que podía el interrogatorio al que esos dos la sometían sin descanso desde hacía como veinticinco minutos.
Altair, el gran y primero de los Pilares de la Creación se veía como un simple joven preocupado y ansioso por no saber cómo resolver el problema en el que se había metido sin querer. Sus ojos grises expresando paz y destrucción suplicaban por respuestas claras que Milo no tenía ganas de dejar salir, su postura tensa seguramente no era un problema para él. Ambos habían estado agazapados desde que los encontró con una rodilla en el suelo y las manos vueltas en puños a los lados de sus cuerpos, con la cabeza gacha y sus ojos escrutándola a través de sus vistosos cabellos. Viéndolos en retrospectiva, eran idénticos físicamente, exceptuando por supuesto sus colores de ojos y cabellos. Cinco minutos antes, Argus, el Pilar de la Luz y la Oscuridad se había unido a ellos copiando su postura pero mostrándose confiado y hasta quizás un poquito más relajado de lo que debería, sonriendo sin preocupaciones y dejando vagar los ojos negros por todo el lugar, como si cada cosa ahí presente le llamara sumamente la atención. Milo por su lado se había puesto también al ras del suelo, sentada en pose india y con los brazos cruzados. Su cabello caía libre desde lo alto de su cabeza donde lo mantenía controlado con una pequeña liga elástica que hacía que su cuero cabelludo se sintiera algo tirante. No sabía exactamente por qué de pronto se le daba por alzarse el cabello, pero supuso que tendría algo que ver con alguna característica que la hiciera ver como Caos y no como ella.
—Te pido que me lo digas— insistió el primero de ellos. Su voz suplicante en conjunto con su mirada y la postura tensa que hacía que Milo quisiera invitarlo a relajarse.
Desgraciadamente para todos, esa situación no era de las que uno sale fácilmente.
Aparentemente Owen, su guardador de secretos y Pilar de la Creación y la Destrucción; quien de paso era el más peligroso de los cuatro, abrió su bocaza lo suficiente para darle a entender a Altair que la estrategia que Caos ideó siglos antes de descender por primera vez y cada paso dado por Meagan y cada generación de santos de Escorpio hasta el momento incluyéndola a ella, no era más que una forma infinitamente cruel de proceder que no tenía sentido para nadie y con un objetivo final que podría ser aplicado de una forma menos horrenda.
—Los dioses y los humanos no deben estar juntos—respondió Milo, sosteniendo la mirada con Altair, quien abrió la boca para hablar pero ella se le adelantó, diciendo: —Yo misma decreté esa ley para evitar que humanos salieran lastimados por los caprichos de los dioses. Eso al final no dio resultado ya que incluso yo me permití desposar a uno.
Por primera vez desde que llegó, el despreocupado Argus frunció el ceño, clavando en ella su mirada completamente negra. Él, tanto como los demás, odiaban con fervor a Vasili de Acuario y por ende también a cada generación de Acuario que les siguió incluyendo a Camus pero el nombre de Vasili hacía que el cosmos de los cuatro se desbordara a niveles peligrosos. Desde sus puntos de vista, el causante de toda la miseria que le siguió a Meagan era culpa del primer santo dorado de Acuario pero el único capaz de ver más allá de su odio personal era Owen, quien comprendía mejor la situación. Y la situación se resumía en el hecho de que Caos, como buena diosa orgullosa y altiva, utilizó a un humano para sus propósitos.
— ¿La razón por la que te uniste a él fue simplemente porque te debilitaste luego de separarte de tu lado inmortal? —susurró Cam, cambiando la expresión de su rostro de la pura y desbordante lástima a la timidez.
—No.
—Entonces, ¿Cuál es la razón? —Altair aparentemente no tenía en su repertorio de palabras el vocablo: rendición.
—No se los diré— musitó ella, dándoles ese tipo de mirada que solía funcionar con los santos de rango inferior o cualquiera que no tuviera la autoridad suficiente para hacerla bajar la cabeza. Los tres se encogieron de hombros a la vez y desviaron la mirada de ella hacia cualquier otro punto, rompiendo la tensión de sus posturas rígidas—Todos lo sabrán a su debido momento. Pero no le debo explicación a nadie en particular.
— ¿Vasili de Acuario sabía de esto? —preguntó Argus.
—No. Él, al igual que su actual reencarnación creía que todo esto se debe a que me enamoré y le permití tenerme.
— ¿Por qué te disculpaste con él? —preguntó Altair, volviendo a ponerse muy tenso.
—Un dios o diosa que posee a un humano sabiendo las consecuencias que eso acarreará, técnicamente es culpable de un crimen y la única forma de redimirse es, obviamente, disculpándose—respondió Milo, encogiéndose de hombros por la simpleza de los hechos—sin embargo, un dios no puede ser castigado debido a que su voluntad es absoluta. Aunque reciba el perdón del damnificado, el humano todavía estará condenado a arder para siempre.
—Pero como tú eres una diosa, no serás castigada para siempre— Argus concluyó lo que le faltó por decir. —Pero, ¿por qué doce veces?
Milo suspiró, descruzando sus brazos y levantándose.
—Me gusta el número doce.
Tres suspiros profundos resonaron contra las paredes mientras ella hacía su camino hacia su cuarto pensando en darse una ducha de agua fría. La fiebre había vuelto debido a la sangre de los dioses y ya comenzaba a sentirse mareada, pronto no sería capaz de sostenerse en sus dos pies y antes de estar tambaleándose de un lado a otro prefería bañarse, abrigarse y luego dormir hasta que todo pase. De todas maneras, el fuego en su sangre reaccionaba ahora de manera diferente, ya no estallaba en llamas cuando sangraba repentinamente y aunque en ese momento prefería no saber la razón para no tener que lidiar con sus subordinados, estaba secretamente aliviada de saber la razón por la que sucedía.
— ¿Tu lado inmortal realmente está sellado? — preguntó Altair.
El silencio que le siguió a su voz hubiese enloquecido un poco a cualquiera y aunque Milo no se volteó a verlo sintió el peso de las miradas de esos tres como montañas sobres sus hombros.
—Sí.
— ¿Realmente estás sellada por los dioses del Olimpo? —continuó el Pilar.
Milo volvió a suspirar y quiso patearse mentalmente por haber accedido a responderles algunas preguntas.
—Los sellos están ahí. Tú mismo quitaste algunos—replicó ella, volteándose y comenzando una pequeña guerra de miradas con él— ¿Qué te sugiere eso?
— ¿Qué hay de tu línea de sangre? —esta vez, quien la interrogó Cam. Y por supuesto que él estaría interesado en esa parte del problema y no en todo lo demás— ¿Realmente tuviste un hijo? Tu sangre es mucho más poderosa que la de los demás dioses de cualquier generación, así que un niño nacido de ti no sería solo un simple semidiós.
—Su nombre era Kallie —susurró Milo. El nombre se había deslizado en su mente en algún momento durante la estadía transitoria de Meagan en su cuerpo. Tenía imágenes mentales de ese niño pero no se había molestado en pensar en él y no lo haría en el futuro próximo.
— ¿Qué sucedió con él? — Cam suplicaba con sus ojos, aunque no estaba segura de si la súplica incluía un pedido desesperado de conocer a la persona de la que hablaban, o si estaba un poco desesperado por saber que no era el menor.
—Tuvo una vida normal y larga, y una muerte tranquila a una edad muy avanzada—dijo, con fuertes intensiones de sanjar el tema.
— ¿Y eso es todo? —espetó Altair, acercándose a ella y poniendo las manos en sus hombros — ¿Hiciste todo eso solo para… para arder por un humano?
— ¿Tú lo harías? —preguntó ella, aguzando la vista y sonriendo levemente.
—Lo haría por ti— susurró Altair, presionando sus hombros con algo de fuerza.
— ¿Y por todos los demás? —continuó ella, presionando a su guardián— Así sean buenos o malos, ¿lo harías? —Él se limitó a quitarle las manos de encima, bajando los hombros en actitud de derrota y desviando la vista hacia el suelo. Entonces, fue Milo quien puso sus manos en los hombros del joven y presionó con cuidado, logrando que él frunciera el ceño con desgano— Confía en mí.
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Sentada en su lugar con las manos descansando delicadamente en su regazo, Athena procuraba con ahínco mantener todas sus emociones bajo control y expresar nada más que tranquilidad y seguridad en su rostro y postura. Sospechaba que no estaba teniendo éxito en su empresa ya que incluso su cabello parecía resentir la estática causada por la presencia de esos hombres en el Santuario. Cada vez que los Pilares de la Creación se presentaban el aire alrededor se tornaba pesado y tirante, como si el ambiente no fuera capa de resistir esos cosmos masivos y se esforzara por hacerlo con más fuerza de la debida. Sobre ella, grandes nubes se alzaban y cubrían todo el cielo tiñéndolo por completo de diferentes tonos de un desagradable rosa con sombras lilas y negras. A los lejos el sonido del romper de las olas contra la costa formaba una cacofonía triste y desesperante que se combinaba a la perfección con el aullido del viento.
Suspirando, estiró sus piernas sobre los viejos escalones que llevaban a la plataforma donde se alzaba la estatua que la representaba. Ese pequeño lugar había sido testigo mudo de algunos sucesos especialmente desagradables que no quería recordar pero había otros recuerdos que hacían que sus huesos temblaran.
Podría ser que en aquella lejana época fuera tan solo una niña de casi diez años, tenía dificultades para sostener en alto su báculo y ni que se diga sobre andar con el escudo de la justicia a cuestas. Incluso los adornos de oro con los que se ataviaba le resultaban pesados y molestos pero cualquier peso que le hubiesen impuesto en su primera encarnación o en cualquiera de sus reencarnaciones palidecía casi de forma ridícula con el peso que Meagan había llevado sobre sus hombros; el mismo peso que Milo cargaba en esos momentos. La última vez, Meagan fue capaz de resistirlo muy a su incluso tras un intento de homicidio pero ella no había consumido sangre divina que la enfermara gravemente, no había permanecido en la ignorancia sobre su condición divina y sus Pilares actuaron rápidamente, dejando caer todo el peso de la inmortalidad en el maltrecho cuerpo humano. Milo en cambio estaba pasando por demasiadas cosas a la vez. No la culparía si descubría que la odiaba por no haberle dicho la verdad desde el principio y por haberla convencido de beber la sangre de los dioses. De ninguna manera pondría como excusa el haber sido engañada por sus hermanos y demás familiares y aunque en ese momento estaba desesperada por cualquier tipo de recurso que pudiera asegurar el bienestar de la octava custodia, aceptaba finalmente que era totalmente incapaz de protegerla de cualquier tipo de peligro que le sobreviniera. Solo había que notar el hecho de que los Pilares de la Creación iban y venían del Santuario a su antojo y aunque Milo no había aceptado del todo su estatus como diosa primigenia, seguramente pronto lo haría y ni Athena ni nadie sería capaz de detenerla. Todo lo que le quedaba por hacer desde el momento en que descubrió la jugarreta cruel de Apolo era protegerla de posibles amenazas externas y era debido a eso que se alió con Hades y Poseidón, quienes a su vez tenían sus propios motivos para defender a Milo.
Si tan solo no necesitara la ayuda de otros ejércitos para su cometido…
suspirando, cerró sus ojos y retrajo las piernas, doblándolas para apoyar su frente en las rodillas. La suavidad de la falda de su largo vestido blanco acarició su piel con ternura pero el viento a sus espaldas sopló con tanta fuerza que empujó su cabello hacia un lado y luego hacia el otro de tal manera que no pudo controlarlo y simplemente lo dejó ser.
Poseidón, según cierta información de confianza que llegó a sus oídos de mano de Kanon de Géminis, quería llevarse a Milo a la Atlántida con la excusa de que la tierra no era un lugar seguro para ella ya que las fuerzas armadas de Apolo y Artemisa podían atacar y barrer con todo en cuestión de segundos. El dios del Sol ya había demostrado que deseaba tener a la santa de Escorpio bajo su dominio privando al mundo de la luz del sol y Artemisa había hecho lo propio con la luna, manteniéndola en su fase nueva, creando como consecuencia desastres a todo lo largo de las costas de los continentes. La falta del satélite y la estrella habían enloquecido a gran parte de la población mundial y muchos otros dioses estaban tan tensos que comenzaban a enviar desastres de diferentes tipos como amenaza silenciosa contra Caos, totalmente ignorantes o sin que les importe en lo absoluto las consecuencias nefastas que obtendrían como resultado de sus actos imprudentes.
— ¿Saori? ¡Te vas a congelar! ¿Qué haces aquí afuera?
Sonriendo, alzó la vista para encontrarse a Seiya de Pegaso, su amigo Seiya.
Su querido Seiya.
—Solo pensaba—musitó como respuesta, encogiéndose de hombros.
— ¿En lo que sucedió en Escorpio cuando ese tipo se apoderó del cuerpo de Camus de Acuario?
Asintiendo a medias, volvió a bajar la cabeza. No tenía muchos datos de lo ocurrido en el octavo templo pero pudo estar segura al cien por ciento de que los cosmos que acostumbraba a sentir por parte de Milo y Camus se modificaron y crecieron, se tornaron diferentes a lo que eran en esta era para volverse al estado original que tenían cuando existían siendo Meagan y Vasili. Por un momento, había creído que Caos estaba descendiendo sobre Milo y por eso se sentía como si fuera Meagan pero todo terminó tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse qué estaba pasando realmente y Camus no se había presentado a informarle de lo ocurrido y cuando intentó reunirse con él, Mu de Aries la convenció de dejarlo pasar por el momento, alegando que su compañero necesitaba un momento de tranquilidad.
—Estará bien—dijo Seiya, sorprendiéndola con la sonrisa extensa y brillante que iluminaba su rostro—Todo estará bien, ya lo verás.
Athena no estaba segura de eso pero Saori no pudo evitar devolverle la sonrisa sin embargo, una extraña sensación desagradable la embargó de un momento a otro y se levantó de su lugar, totalmente enervada. A su lado, Seiya se puso tenso y se acercó lo suficiente para rodear sus hombros con su brazo. El viento despiadado volvió a golpearlo, arremolinándose y levantando los pétalos de las rosas del jardín de Afrodita.
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Sentado en el pórtico trasero de Acuario, se dedicó a distinguir los tonos horribles de las nubes de tormenta. Pronto llovería y la estática en el aire sugería una tormenta de aquellas que hacían que algunos años atrás Mika temiera estar junto a la ventana de su cuarto. Tenía en su regazo el diario que había robado de la biblioteca y junto a él un pequeño plato tenía restos del segundo durazno que no se comió.
Ojeando las historias sentimentales y aburridas que Vasili de Acuario narraba sobre su vida con Meagan de Escorpio, dejaba pasar el tiempo preguntándose de vez en cuándo a qué hora su hermana finalmente iría a reclamar su pellejo por enojarse con ella. Pensaba que quizás exageró al molestarse con Milo y decirle que no le hablara pero en el momento en que ella le negó la posibilidad de permanecer en Escorpio donde podía hacerle compañía y evitarse el disgusto de pedirle permiso a los demás el permiso para verla, se sintió como si fuera una carga que no tenía deseos de llevar.
Sabía de sobra que su hermana tenía muchos problemas con todo ese asunto de Caos y los Pilares de la Creación. Todavía no se creía del todo que Milo fuera una diosa, siempre la había idealizado como alguien superior y poderosa pero no hasta los extremos a los que la realidad lo había llevado. Ella no solo era una diosa, sino que era una deidad primigenia, la primera de los que le siguieron, quien dio vida a la oscuridad y la noche y desató el poder que les permitió a los primeros dioses darle forma al universo. Era como una especie de gran majestad. Mika no comprendía qué implicaba ser un dios o diosa más allá de representar las figuras por las que los ejércitos humanos iban a las guerras en busca de conquista o justicia, no sabía qué hacía exactamente Caos en ese papel. En los textos que buscó a tiendas con Zeth en la biblioteca del onceavo tempo no había mucha información que pudiera dar indicios de su género y todo lo que pudo recaudar fueron descripciones vagas que la representaban como algo que estaba antes que todo lo demás, algo sin forma, sin género.
Tampoco sabía qué pasaría cuando ella despertara finalmente. Según Hyoga de Cisne, los dioses que descendían como humanos tenían un despertar, una especie de epifanía que les concedía en determinado momento toda la verdad acumulada del universo y el mundo, y entonces pasaban a ser los seres superiores que en realidad eran. Debido al pasado de la historia de los dioses, se imaginaba que ella trataría de hacerse con el control del mundo derrotando a sus adversarios y tomando su lugar como dueña de todo lo que existe puesto que si estaba ahí antes que todos los demás, seguramente tendría derecho de piso por haber llegado primero. Aunque no podía imaginarse a su hermana yendo a la guerra con planes de dominación, era una posibilidad a considerar y aunque no le gustaba del todo, estaba seguro que la apoyaría sin importar qué decidiera hacer. Y un dios primigenio podía hacer lo que se le viniera en gana. Él no sabría qué hacer si tuviera todo el poder que Caos parecía tener. Quizás se aseguraría de hacer que nadie volviera a pelear en vano, quizás resucitaría a su madre y uniría a su familia.
Podría tener a su disposición todo el helado del mundo.
Frunciendo el ceño, decidió que seguramente los planes que Caos tenía para cuando finalmente despertara eran mucho más grandes e iban mucho más lejos que las ambiciones de un niño.
Sólo esperaba que ella no muriera al final de todo. Y si iba contra Athena, esa era una posibilidad ya que esa diosa en particular tenía fama de ser invencible en el campo de batalla. Sea como fuere, Milo contaba con los Pilares de la Creación y aunque de momento estuviesen a la espera, contaba con ellos para proteger a su hermana si algo malo pasaba.
Escuchó pasos y levantó la cabeza al distinguir la figura de una niña menuda bajando lentamente las escaleras que llevaban hacia el templo de Piscis. No podía ver mucho de su rostro ya que se encontraba sumida en las sombras de la noche sin luna pero un atisbo de dorado iluminaba los mechones del cabello corto que era esparcido sin piedad por el fuerte viento que soplaba desde la costa. Su vestido blanco ondeaba con gracia y le daba la sensación de estar flotando al ras del suelo, los brazos descubiertos estaban ocultos tras su espalda y los adornos en su blusa se veían como gravados sin vida debido a la falta de luz.
Mika pensó que ella era como un pequeño fantasma triste y solitario, y cuando ella llegó hasta su lado y le miró, estuvo casi completamente convencido de que no tenía alma. Es decir, sus ojos estaban como muertos, o apagados, asemejándose a una lámpara de luz eléctrica que está a punto de apagarse por baja tensión o algo así. La palidez de su piel no ayudaba y su mutismo lo puso nervioso de un momento para el otro.
—Nunca te he visto por aquí—murmuró, intentando sonreír y levantándose con el libro acunado cuidadosamente en sus brazos— ¿Eres nueva?
Qué pregunta tan tonta, pensó. Por supuesto que era nueva, o de lo contrario ya la habría visto antes. Incluso sabía los nombres de los dos espectros de Hades y el dios guerrero que vino desde Asgard.
Ella no respondió y Mika quiso que la tierra se lo tragara en ese instante. Era bueno poniendo a disposición su encanto con mujeres más grandes pero no con chicas de su edad o niñas pequeñas como esa. Estuvo a punto de preguntarle si necesitaba ir a alguna parte cuando ella descubrió sus manos y lo que sostenía en ellas. Una vistosa corona hecha con rosas y cintas de color rojo. Las espinas estaban cortadas al ras de los tallos y las cintas formaban pequeños moños que asomaban entre una rosa y otra. Era un trabajo bueno y delicado pero a Mika no le interesaban demasiado las flores.
—Es… bonita. —dijo, incómodo hasta la médula.
—Estás triste—susurró ella, su voz sonando tan apagada como sus ojos. —Las flores hacen felices a las personas.
Extrañado, Mika observó la forma en que ella alzaba las manos hacia él, ofreciéndole la corona que sostenía con parsimonia, como si quisiera coronarlo. Altair había dicho algo acerca de que él representaba la figura de un príncipe al ser hermano de Caos pero dudaba que esto tuviera algo que ver. De todas maneras, no podía negarlo algo tan simple a una niña solitaria que andaba por la vida con la filosofía de que una flor podía hacerlo feliz. Así que, bajando la cabeza, dejó que ella depositara el feliz obsequio en la cima de su cabeza.
Se sintió un poquito idiota al principio y pidió a todos los dioses que su hermana jamás lo viera con una corona de rosas en la cabeza.
Después, el sentimiento de idiotez y vergüenza se quedó en un plano muy alejado cuando un malestar parecido al mareo provocado le siguió, acaparando su atención.
Miró a la niña y frunció el ceño, ahora ella sonreía un poco y mantenía sus manos juntas contra su pecho en un gesto adorable.
Mika recordó brevemente que ella llegó desde Piscis cargando esas rosas antes de que todo su campo de visión se oscureciera.
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Nota al Margen: bueno, este es un capítulo corto y tranquilo. La vedad es que no sabía cómo seguir después del capítulo anterior, estaba como en un impás y esto fue lo mejor que pude hacer; les pido perdón xD Pero espero que lo disfruten antes que todo se vaya al carajo nuevamente xD
¡Gracias por leer y nos veremos la siguiente semana!
*Las estrofas utilizadas corresponden a la canción Ten Black Roses de The Rasmus.
Publicación del próximo capítulo: 11/06/16
