¡Hazlo sonar, esta es la llamada!
Ascenso y revolución.
Es nuestro turno de cambiarlo todo.

12

Las musas de Apolo.

La situación no era para nada parecida a aquella noche en que su padre los metió a él y a su madre en el invernadero para dejarlos morir entre las llamas antes de retirarse riendo como si disfrutara el pensamiento de su familia quemándose hasta la muerte. Pero de alguna manera Mika se sentía como si hubiese regresado a ese horrible momento.

Luego que la niña dejara caer esa corona en su cabeza, hubo un momento de mareo en el que el mundo se inclinó hacia un lado y hacia el otro antes que todo se pusiera oscuro, pero en medio de esa oscuridad un pequeño punto de luz se hizo notar, trayéndolo de nuevo a la consciencia y permitiendo que su corazón se viera sumido en el pánico de comprender que estuvo en contacto directo con las rosas venenosas de Afrodita de Piscis. Encontrándose a sí mismo en el suelo y con la corona de rosas a solo un centímetro de su cabeza luciendo inofensiva y hermosa con sus cintas, miró a la niña nueva y la halló todavía sonriendo a tan solo unos metros de distancia. Sin embargo, esta vez su sonrisa era oscura y totalmente aterradora y comprendía finalmente que su intención era matarlo.

Y Mika no podía morir. Él tenía el corazón real de su hermana, el corazón de Caos. Si moría…

intentó levantarse de su lugar pero las piernas no le respondieron, sus brazos tampoco y de hecho no podía hablar. Su lengua se sentía pesada y adormecida y el mundo aún continuaba dando vueltas ligeramente. E incapaz de moverse o hablar para pedir ayuda, solo pudo ver cómo ella se acercaba con paciencia, como si deseara disfrutar de cada momento de la posible tortura que seguramente quería impartir en él. La niña levantó la corona que se había salido en algún momento mientras caía y la sacudió un poco, algunos pétalos se desprendieron y cayeron sin prisa, acercándose antes de detenerse a tan solo un metro de distancia como si repentinamente hubiesen obtenido la capacidad de volar. Mika recordaba que aquella noche a pesar de estar en medio de un incendio, las llamas se acercaron a no más de tres metros de distancia, manteniéndose así de peligrosamente cerca pero lejos, como si no tuvieran permiso de tocarlo. Ese hecho particular no tuvo importancia en aquel momento lejano y doloroso por el cual de vez en cuando aun le costaba respirar pero cuando los pétalos de rosa evitaron caer sobre él como si no tuvieran permiso de herirlo, recordó que un tiempo atrás Altair había hablado de una barrera que lo protegía, una especie de campo de fuerza que evitaba que se hiciera daño, lo cual no tenía demasiado sentido pues cualquiera que deseara golpearlo podía hacerlo. Sin embargo, los pétalos no lo tocaron y la niña nueva no dejó pasar por alto ese detalle.

Mika intentó resistirse al contacto cuando ella extendió su mano y pretendió tocarlo acercando a su rostro una rosa que previamente arrancó de su corona, pero se detuvo a medio camino y frunció el ceño, y por alguna razón cuando fue por el segundo intento se echó atrás nuevamente. Mika no sabía si estar aliviado o preocuparse porque su repentina enemiga fuese por un método más rápido para hacerle daño como un puñal o una bala pero cuando insistentemente ella intentó acercarse por tercera vez, un silbido resonó en el aire cortando el silencio. Mika recordó que así sonaba un disparo cuando era lanzado desde una distancia larga. Un momento después, la corona que la niña tenía en una mano estaba clavada en el suelo, incrustada en una flecha dorada. Entonces, ella soltó con expresión de espanto la rosa que había tratado de acercarle por la fuerza y ésta cayó al suelo y se partió en miles de fragmentos congelados.

Mika se volteó un poco y pudo ver con alivio a los santos de Acuario y Sagitario acercarse lentamente pero con un gran aviso invisible que anunciaba peligro sobre sus cabezas. Más atrás, a unos metros, el santo de Capricornio también se acercaba y no muy lejos de él estaba Milo, avanzando con sus compañeros y vistiendo su armadura dorada. A Mika se le aceleró el corazón de solo pensar en ver a su hermana luchando y luciendo a Escorpio pero su ensoñación murió rápidamente cuando una risa aniñada y cantarina resonó a sus espaldas. Volteándose, se espantó un poco al ver a la niña riendo casi de manera psicótica mientras sostenía su estómago con ambas manos y temblaba de manera incontrolable y enfermiza, como si estuviese poseída por algo maligno y peligroso. Cuando entornó sus ojos hacia los santos de oro que se acercaban, éstos estaban completamente negros de un extremo al otro y sus labios habían perdido el poco color que tenían, tornándose de un tono morado que la hacía parecer muerta. Entonces, un aura de color rosa pálido la rodeó como si fuera cosmos encendiéndose y una especie de figura más grande se formó sobre su cabeza y se alzó hacia el cielo. El cuerpo de la niña cayó laxo e inerte pero todos los ojos estaban puestos en el firmamento cubierto por las gruesas nubes de Poseidón, donde la figura que había emergido del cuerpo de la niña junto con el cosmos comenzaban a tomar forma humana. La risa todavía podía escucharse pero como un eco misterioso que hizo que Mika se erizara de los pies a la cabeza.

— ¿Dices que es ella? —la voz de su hermana sonó muy cerca y cuando volteó, Mika se encontró con que estaba a su lado, mirando al cielo como todos los demás.

Pero ninguno de sus compañeros respondió, sino que se limitaron a continuar vigilando las alturas. En cambio, detrás de ella se formó una entidad grande y oscura que brilló con un cosmos tenebroso y agresivo. Alas enormes flaquearon a la entidad y un par de ojos violetas se dejaron ver en la sombra que apenas permitía visualizar el contorno del rostro de uno de los espectros de Hades.

—Pensé que no te gustaría tener que negociar con mi señor Hades por el alma de tu hermano—respondió el espectro.

—Gracias por la información—murmuró Milo, entrecerrando los ojos y presionando sus manos en puños. Su cosmos dorado la envolvió pero a diferencia de las veces anteriores, no había rastros del cosmos de Caos.

—Mis órdenes son mantener a salvo estos dominios pero no voy a colaborar abiertamente con los santos dorados en una batalla—continuó el espectro y Mika creyó ver que se cruzaba de brazos en actitud altanera—No a menos que estés en verdadero peligro.

—Agradecemos tus intenciones pero nosotros nos haremos cargo de ahora en adelante—quien respondió fue el santo de Capricornio, que estaba más alejado del resto.

Cuando el espectro se perdió entre las sombras, más luces doradas brillaron desde el interior del templo de Acuario, desde donde llegaron el resto de los santos que ocupaban los primeros templos pero no todos se acercaron, sino que se quedaron en el otro extremo del pasillo principal, como si vigilaran las puertas. Arriba en el cielo la figura que se formó era la de una mujer. Extrañamente su piel tenía un tono tan claro que resultaba inconcebiblemente blanco. Sus ojos negros parecían acaparar la vista de todo el lugar y una larga melena lila y ondulada bailoteaba con la brisa. Ataviada con un simple vestido blanco sin adornos o siquiera algo que lo sostuviera, ella parecía toda una visión envuelta en su cosmos rosa brillante. A Mika le pareció que estaba viendo un hada pero su apariencia también le recordó a la señorita Saori.

— ¿Estás segura, Milo? —muy cerca de ella se encontraba Camus de Acuario. Tan tranquilo como parecía, él también se veía como un resorte tensado al extremo y a punto de soltarse.

—Cam me lo dijo—respondió ella, murmurando —Son las musas de Apolo. Una de ellas es la que provocó el incendio en Rodorio.

— ¿Estás segura de que puedes pelear? — el santo de Sagitario se acercó a Milo y puso una mano en su hombro. En la mano libre sostenía su arco.

—Claro que sí. Esa hija de put… —respondió ella pero se detuvo abruptamente a media oración y le echó un vistazo antes de continuar—esa mujer horrible se metió con la persona equivocada.

La respuesta a la voz de su hermana vino en forma de un rayo de luz blanca y cegadora desde el cielo, emergiendo desde la mano extendida de esa mujer, la musa de Apolo. Pero la luz se detuvo nuevamente a medio camino cuando algo parecido a una pared invisible la detuvo. Mika sabía que no era su extraña barrera protegiéndolo, sino algo más grande y estable que mantuvo a salvo a todos de ese ataque. Entonces, el santo de Aries se materializó delante de Mika trayendo consigo al santo de Leo, quien devolvió el ataque lanzando rayos que emergían de su mano derecho. Mika no pudo evitar sorprenderse por el espectáculo de luces y sonidos pero la realidad fue que ese ataque no le hizo daño a la musa, quien lo rechazó con un solo movimiento de su mano.

— ¡Mi ataque no le afectó! — exclamó Aioria de Leo, mostrándose abiertamente sorprendido ante la inutilidad de su técnica.

— ¿A tu orgullo le duele? —aunque no parecía el momento, su hermana se dio el lujo de bromear, atrayendo hacia ella la atención del quinto guardián, quien no perdió tiempo en acercándose de modo que Mika se quedó entre ambos, casi sin poder moverse e incapaz de creer que estaban a punto de olvidar la presencia enemiga para enfrascarse en una discusión personal.

—Quizás sea mejor que vuelvas a tu templo y te tomes una siesta. La fiebre podría hacerte desvariar. —fue la mordaz respuesta del santo del quinto templo, cuyos ojos verdes eran atentos y filosos. Como los de un gato.

— ¿Acabas de llamarme inútil? —gruñó su hermana, golpeando el suelo con su pie.

— ¿Acabas de insinuar que no soy tan fuerte? —reclamó él, haciendo el mismo gesto que ella con los pies.

Mika no pudo hacer otra cosa sino rodar los ojos. En verdad los santos dorados se alimentaban de sus orgullos.

—Compañeros, este no es el momento de discutir entre nosotros— replicó Mu de Aries, mirando a ambos como lo que parecía su versión más aterradora de un ceño fruncido, que siendo sincero no daba ni un poco de miedo. —Solo miren hacia allá.

Ambos, Leo y Escorpio se olvidaron por un momento de su conflicto personal y alzaron la vista a tiempo de ver a la figura haciendo algo que a Mika le pareció que era el acto de una bruja al invocar a un demonio. Palabras incomprensible e inaudibles salían de sus pálidos labios mientras sus manos finas y de largos dedos se movían como si estuviera acariciando una bola de cristal. Una luz de coloración verde se formó en las yemas de sus dedos y pronto un sonido como de algo arrastrándose hizo que la atención fuera desde el cielo hacia la puerta de entrada del doceavo templo, desde el cual venían algunas cosas que parecían grandes cuerpos largos y lánguidos de color oscuro. Reprimiendo su asco, Mika se obligó a prestar atención a esas cosas moviéndose para darse cuenta que en realidad eran ramas repletas de rosas venenosas. Las grandes ramas se movieron hacia el cielo, levantándose en un ángulo imposible y con un grosor que podría ser mil veces superado por el que deberían tener y comenzaron a girar, formando espirales y enroscándose en lo que parecía ser un enorme árbol del que polen y pétalos rojos eran lanzados en forma de lluvia. La musa descendió hasta quedarse de pie en lo alto del improvisado árbol, desde donde con un movimiento de sus manos hizo que algunas ramas se desprendieran y fueran directo hacia ellos como oscuras serpientes venenosas que se abalanzaron tan rápido que Mika apenas tuvo tiempo de reaccionar con pánico antes de ser levantado y propulsado hacia arriba por brazos fuertes y grandes, y desde lo alto de una columna que tembló violentamente pudo ver la estruendosa manera en que las ramas hicieron que el templo de Acuario se viniera abajo en medio de una tormenta de pétalos, polen y polvo.

Conteniendo un grito mudo, sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas al saber que su amigo Zeth estaba dentro del templo, eso y que además no veía a su hermana por ninguna parte. Sus brazos se extendieron hacia adelante inconscientemente, como si deseara con todas sus fuerzas rebuscar entre los escombros que eran removidos con violencia por las ramas que retrocedían y se elevaban otra vez como tentáculos en busca de presas que devorar.

—Tranquilo, no hay nadie ahí dentro—respondió quien sea que lo sostenía. El frío de la armadura contra su cuerpo debió haberle dado algún indicio a Mika, pero se sorprendió al verse protegido por Camus de Acuario—Mi biblioteca… —susurró bajito.

— ¡¿Dónde está Zeth?! —exclamó, incapaz de contener su deseo de allá abajo y buscarlo.

—En el templo principal, a salvo junto a Athena y el Patriarca—contestó Camus, sorprendiéndolo todavía más y haciendo que como respuesta el santo rodara los ojos—Todo esto fue planeado por Milo, así que si vas a molestarte con alguien, que sea con ella.

—¿Qué quieres decir?

—Que te usé como carnada—la voz de su hermana sonó muy cerca pero Mika tuvo que alzar la vista para verla luego de buscarla diestra y siniestra. Ella flotaba a una distancia corta abrazada a la cintura del santo de Aries—Y ahí es adonde irás ahora.

Acto seguido, ella soltó al santo de Aries a la vez que Camus lo lanzaba hacia arriba. Mika nuevamente no tuvo tiempo de reaccionar antes de ser envuelto por los brazos de Mu y sentir que era arrancado de un lugar para ser llevado a otro mucho más rápido de lo que su mente podía trabajar. Cuando tocaron el piso, estaban en la terraza del segundo piso del templo principal, donde Zeth estaba junto a Athena, ambos asomándose por el grueso barandal para mirar lo que sucedía. Cuando estuvo libre del agarre de Mu, Mika se acercó a su amigo por detrás y le realizó una llave tan fuerte como pudo con sus temblorosos brazos.

—Infeliz, creí que estabas muerto—gruñó, estrangulando al peliturquesa tanto como podía.

—Lo siento, sólo seguía órdenes de la señorita Milo y el maestro Camus—contestó él, tan tranquilo y controlado como siempre. Sus ojos ocultos tras el brillo de sus gafas brillaron divertidos a pesar de la inexpresividad de su rostro.

— ¡Señorita Athena, niños, será mejor que retrocedan! —una voz que no estaba medianamente cerca exclamó, atrayendo la atención de la diosa hacia abajo, inclinándose para ver mejor.

—¡Afrodita!—exclamó la diosa, báculo en mano, extendió su brazo y un as de luz blanca y dorada emergió del objeto, impactando en las escaleras.

Abajo, el santo de Piscis alzaba una pared de rosas diferente de las que usaba la musa, cuya torre improvisada comenzaba a moverse hacia arriba, aumentando su tamaño y su grosor. Él, con su cosmos ardiendo impedía que las gruesas ramas avanzaran hacia el templo principal. El as de luz que la diosa lanzó impactó de lleno en las gruesas ramas y éstas se despedazaron al instante, dándole al doceavo guardián un momento de respiro que utilizó para voltearse y verlos con expresión de reproche.

— ¡Se supone que yo la defienda a usted! —exclamó él, volviendo a poner atención a su trabajo, refunfuñando por lo bajo sobre que esa hija de perra estaba usando sus preciosas rosas con fines bajos y sucios.

Pero su perorata de improperios se detuvo cuando una nueva ola de ramas gigantes y repletas de espinas se precipitó por las escaleras como una marea negra. El santo de Piscis no tenía posibilidades ante eso, pensó Mika. Pero entonces una figura más alta se detuvo justo al lado del frustrado guardián y extendió un brazo hacia arriba, y las ramas que venían hacia ellos de repente se perdieron en algún punto en el aire, siendo lanzadas hacia cualquier otra parte en medio de una voz gruesa que gritó: ¡Otra Dimensión!. Mika nunca había visto a los santos dorados en acción pero tuvo que admitir que eran impresionantes. Mucho más allá, en el terreno destruido del templo de Acuario, varias luces doradas brillaban y rayos de luces verdes y dorados eran dirigidos hacia las ramas. Mika los reconocía como los ataques de los guardianes de Capricornio y Leo. Finas líneas de luz dorada indicaban que el santo de Sagitario estaba enviando una lluvia de flechas y otras explosiones dejaban en claro que todos estaban empeñados en echar abajo esa planta asesina. Sin embargo, desde el cielo nublado otras dos luces de diferente naturaleza se encendieron; la primera, como una llama con bordes rojizos y la segunda semejante a la luz blanquecina y azulada que tenía el Polvo de Diamantes cuando lo había visto hacer al santos de Acuario al enseñarle a Zeth los fundamentos básicos de esa técnica. Ambas luces tomaron formas femeninas, una de ellas se mantuvo flameando como si estuviese quemándose viva pero no fuera consciente de ello y la segunda se tornó en una menuda mujer de larga y alisada cabellera larga que iba más allá de la longitud de su cuerpo, brillando en un tono plateado. Su vestido negro semejante a la musa que estaba en el árbol hacía que pareciera formar una sola entidad con las nubes y su piel nívea se le antojó tan suave como la seda. Ella, con ojos vacíos y completamente blancos, extendió una mano hacia donde estaban mirando y chispas se acumularon en su palma abierta que pronto se convirtieron en látigos de luz destellantes que dejó ir en su dirección. Mika pudo constatar que eran rayos y que si los tocaban, los mataría. Pudo haberse movido si un par de brazos delicados no hubiesen hecho que tanto él como Zeth fueran impulsados hacia el suelo. La cacofonía destructora de los rayos inundó el aire junto a un aroma parecido al ozono pero los rayos impactaron contra una pared invisible. Mika observó los impactos a través del cabello de Athena, que se había desparramado a su alrededor cuando ella se les lanzó encima para protegerlos. El Patriarca y Mu de Aries estaban directamente delante de Athena con las manos a ambos lados, como si se utilizaran a sí mismos para detener el ataque pero la luminosidad del Muro de Cristal dejaba en claro que ambos estaban a salvo. No así las columnas y parte del techo que comenzó a despedazarse en grandes fragmentos que fueron a parar en el camino de entrada. Nuevos pares de manos hicieron que Athena los soltara y luego alguien tomó a Mika desde su cintura. Resistiéndose un poco, se volteó al tiempo de ver la mirada amistosa de un muchacho alto vestido con una armadura blanca con detalles dorados, que lo veía con una sonrisa a través de la mata de cabello azul oscuro. Era el dios guerrero de Asgard, Frodi. A su lado estaba el general marino Isaac vistiendo su armadura del mismo color dorado que los santos.

—Tranquilo, todo está bien—murmuró él, con voz amable y suave. Mika asintió, notando lo mucho que temblaba.

—¡Llévenselos hacia las catacumbas! —ordenó el Patriarca. Su voz era firme pero amable y su mirada no iba más allá de su objetivo de mantener en lo alto el Muro de Cristal que los estaba protegiendo.

— ¡Pero, Shion…! —exclamó la diosa a modo de protesta.

—Señorita Athena, será mejor que se vaya ahora—dijo el santo de Aries, a diferencia del Patriarca, él no fue amable sino únicamente firme.

Sin más, ella guardó silencio y se dedicó a lucir frustrada y perpleja mientras el general marino los llevaba a través de pasillos del Templo que Mika no conocía y los hizo descender por escaleras que olían a humedad y goteaban por doquier. Atravesaron un umbral y descendieron a una sola que no tenía aroma añejo y que era iluminada por velas colgadas en la pared. En la puerta Seiya, el santo de bronce de Pegaso esperaba luciendo preocupado y ansioso pero sus ojos se iluminaron cuando visualizó a la diosa, que corrió hacia él y se sostuvo de sus hombros. Detrás de él y sentados en el suelo, estaban Hyoga de Cisne y Shun de Andrómeda en compañía de un joven de largo cabello oscuro y armadura de color verde.

— ¡¿Dónde se supone que estabas?! —exclamó Seiya, sosteniéndola de la cintura. — ¡¿Acaso no ves que es peligroso?!

— ¡Ellos están allá afuera luchando! —exclamó ella a su vez y abruptamente se soltó del agarre del santo de bronce y comenzó a andar hacia la salida— ¡Tengo que ir!

—Eh… no.

Seiya la siguió y de un solo tirón de su mano la acercó y la escoltó hasta el interior de la sala. Mika y Zeth entraron en compañía del dios guerrero Frodi y el santo de Cisne cerró la puerta y la congeló.

Mika bloqueó la discusión de Athena con sus santos y se dedicó a rezar por la seguridad de su hermana. Sabía que él era inútil en una situación así y finalmente comprendía que estar cerca de ella era peligroso pero eso no lo detuvo de desear poder ayudar en algo.

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Una hora y media atrás Milo estaba tranquilamente durmiendo en su cama, cubierta hasta la nariz con gruesas mantas que solía utilizar cuando dormía en el templo de Acuario. Todo estaba tan calmado y silencioso que no se sorprendió cuando el Juez del Inframundo Aiacos de Garuda se presentó en la puerta de su templo advirtiéndole acerca de una niña que habitaba desde hacía poco tiempo en el templo de Piscis a la que catalogó como una muerta en vida que se pasaba las horas jugando a confeccionar coronas con rosas venenosas. Milo escuchó pacientemente la historia del juez, pensando que hubiese sido mejor que le diera esa información a Athena en lugar de a ella pero justo en el instante en que Aiacos acababa de informarle, Owen se dejó ver entre las columnas del templo, anunciando que en menos de una hora las musas de Apolo atacarían el Santuario comenzando por Mika, a quien la sospechosa niña atacaría con las rosas de Afrodita sin que él se diera cuenta. Constatando que planeaban utilizar a su hermano como un medio para llegar a ella, Milo pensó que sería una buena idea utilizarlo para llegar hasta ellas, sabiendo que la barrera que protegía el corazón de Caos lo protegería también a él. Podría ser un plan frío y cruel pero no podía pensar en una mejor ocasión para deshacerse de esas tres aparentes plagas. Convocó a sus tres Pilares restantes y les explicó lo que haría, pidiéndoles que se mantuvieran al margen hasta que ella les ordenara entrar en acción. Seguido de ello, llamó a sus compañeros pidiéndoles que se reunieran en su templo donde los recibió y les explicó el mismo plan simple que les dijo a los Pilares de la Creación. Ellos aceptaron participar inmediatamente y se pusieron en marcha. Mu se llevó de la zona de peligro a Zeth como prevención para un posible desastre de proporciones insospechadas y advirtió al Patriarca y a Athena de lo que sucedería. Afrodita no se mostró contento cuando Milo le pidió que se mantuviera al margen y protegiera el templo principal, y Kanon de Géminis le puso mala cara cuando le informó que ayudaría al santo de Piscis en ese cometido. A decir verdad, Milo necesitaba a la mayoría de los santos dorados en la zona cero para atraer al enemigo y el plan había funcionado a la perfección, lo cual la llenaba un poquito de orgullo al saberse una buena estratega. Quizás el templo de Acuario acabó siendo una pila de escombros y un árbol asesino se había instalado frente al templo de Piscis pero su plan estaba funcionando, las dos musas restantes acababan de presentarse y aunque una de ellas trató de atacar a Athena, se mantenía tranquila y a la espera sabiendo que el Patriarca y Mu defenderían a la diosa y al Patriarca.

Esquivando una bola de fuego que fue directo en su dirección, Milo esperaba el momento perfecto para llamar a sus Pilares. Solo necesitaría a uno de ellos para terminar con las musas en un minuto pero no planeaba matarlas, sino más bien deseaba enviarle un mensaje claro a Apolo como advertencia. Ella no se dejaría comprar por ninguna vana ilusión sobre una cura para las consecuencias que la sangre divina le traía a su cuerpo y no pensaba tolerar que tocaran el Santuario. Quizás tendría que revisar mejor la segunda parte de su mensaje silencioso pero ya que estaban en el baile, bailarían y un poco de adrenalina no les vendría mal.

Aterrizó en las escaleras en la parte trasera del templo de Capricornio y esperó por el siguiente ataque. Su misión en esa batalla era más bien defensiva. Temiendo que el cosmos de Caos emergiera y causara más daño, se limitaba a esperar en el lateral, dejando que sus compañeros causaran tanto daño como les fuera posible y asistiéndolos cuando algunas de las otras dos musas lanzaban ataques que les era imposible retener. El Muro de Cristal de Mu era evidentemente una de las ventajas más necesitadas pero él tenía su propia tarea protegiendo al Patriarca, y ni siquiera el Om de Shaka podía causar tanto daño como cualquiera de ellos esperaría. El santo de Virgo había abierto los ojos en el momento en que las dos musas restantes aparecieron pero incluso eso no fue suficiente. La Explosión de Galaxias de Saga había impactado contra un ataque de naturaleza eléctrica tan solo hacía un minuto y no le causó el menor daño a la musa de cabello plateado, que se limitó a sonreír como si le enterneciera el ataque más poderoso del santo de Géminis.

No habían transcurrido más de diez minutos desde que Mu se llevó a Mika a un lugar seguro pero no parecía que todo fuera a durar mucho más. La fiebre estaba haciendo que Milo quisiera doblarse sobre sí misma y dormir pero no podía darse ese lujo mientras sus compañeros estaban enfrascados seriamente en esa faena.

La musa de fuego no le quitaba la vista de encima a Camus y Milo francamente quería acercársele lo suficiente como para apagar sus llamitas a base de bofetadas pero mientras él repelía como podía los ataques de ella, la musa de las rosas asesinas enviaba una y otra vez sus enormes ramas directo hacia Milo. Había creído en un principio que tenía firme intención de matarla pero con el paso de los minutos comprendió que lo que en verdad quería era atraparla y por eso estaba ahora poniendo en peligro el templo de Shura, porque los constantes embates de las ramas no le permitía acercarse adonde Aioros, Saga, Aldebarán y DeathMask lanzaban ataque tras ataque hacia la musa de cabello plateado. Dohko, Shura y Shaka estaban empeñados en destruir las bases del árbol improvisado pero por mucho que lograran cortar las ramas, éstas volvían a unirse. Aioria había tenido la genial idea de incendiarlas pero el fuego no había logrado otra cosa sino obtener ramas venenosas ardientes que ahora iban de un lado al otro en el aire golpeando columnas. La parte delantera del doceavo templo estaba en llamas al igual que las escaleras y lo que que quedaba del templo de Acuario.

Camus le enviaba puñales con la mirada cada vez que podía.

— ¡Milo, a tu derecha! —la voz de Aioria la sacó de sus pensamientos al tiempo que una rama ardiente iba hacia ella como una serpiente de fuego.

Echándose a un lado y cayendo sobre sus rodillas, la vio congelarse desde un extremo a otro antes de hacerse pedazos. Camus se apareció a un lado y extendió una mano que Milo tomó con firmeza para se luego levantada por él.

— ¿Cuánto más? — preguntó él.

—Un poco más—susurró ella.

Las musas se veían altivas y poderosas en el cielo como si el cielo, la tierra y el fuego se hubiesen convertido en entidades físicas. Esas desgraciadas deberían ser ancianas arrugadas ocultas en una cueva mirando en un tazón con agua sucia pero en cambio estaban ahí, demostrando ser más fuertes que los doce dorados juntos. Camus puso su mano libre contra el costado de su cuello y Milo lo apartó tan rápido como pudo. No quería que se preocuparan por ella pero a pesar de estar activamente en una posición ofensiva, cada uno de ellos procuraba en lo posible no necesitar a alguien que los escudara, lo cual era el trabajo de Milo. Podía utilizar un poco del cosmos de Caos sin que se notara pero si se permitía ir más lejos podría llegar a destruir el Santuario completo.

—No deberías estar aquí—murmuró Camus.

Milo podría haberle respondido pero la musa de fuego que iba constantemente sobre su compañero volvió a lanzar una bola de fuego que cubrió por completo la salida de Capricornio y los obligó a separarse.

Shura seguramente también le lanzaría dagas con la mirada cuando notara que eso fue su culpa.

—¡Preocúpate por mantener a salvo tu pellejo!—gruñó a la vez que se mantenía estable sobre una roca que pendía peligrosamente contra el borde del acantilado.

—Estuve de acuerdo en seguir este plan porque dijiste que nada malo te pasaría, pero estás ardiendo en fiebre y claramente no puedes mantenerte en pie—fue la respuesta de Camus. Él estaba a unos metros, cerca de la que se suponía que era la entrada a Acuario.

— ¡Claro que puedo mantenerme en pie! —fue su respuesta. Las ramas de la musa de tierra vinieron por ella una vez más y se vio obligada a correr hacia los escombros, donde Aioria ayudaba a atacar junto a su hermano y los otros. —¡No es mi culpa que tengas la misma estabilidad emocional que un niño de seis años! —continuó, pero se detuvo a reflexionar sobre lo que dijo, y agregó— ¡O mejor dicho, la misma estabilidad emocional que Aioria a los seis años!

Acto seguido, levantó su brazo y evitó que un relámpago fuera directo a la espalda del aludido, que soltó una exclamación por el insulto y le lanzó una mirada asesina mientras ella repelía el ataque de la musa que vestía de negro.

— ¡Repite eso! — el gruñido de Aioria sonó a sus espaldas y Milo se volteó para encontrarlo frunciendo el ceño y casi haciendo un puchero.

—Dije que…

—¡Milo, Aioria!—Saga interrumpió la discusión llamándoles la atención.

Ambos lo miraron y notaron que apuntaba hacia el otro lado pero las palabras que dijo a continuación se perdieron cuando un concierto de relámpagos comenzó a sonar tan fuerte que cubrió todos los demás sonidos. Milo miró hacia el cielo al tiempo en que un pequeño sol iluminaba todo como si fuera pleno mediodía pero por supuesto, se trataba de la musa de fuego cuya figura se vislumbraba a duras penas debajo de una gran masa de fuego y relámpagos que eran aportados por su hermana. Aioria comprendió que planeaban lanzarles eso antes que ella, porque la cubrió con sus brazos y se puso delante antes que una ráfaga de viento caliente los echara al suelo.

Sin embargo, el fuego y los rayos se quedaron a medio camino cuando una figura de pie cubrió la espalda de Aioria.

Cam, el Pilar del Odio y el Amor levantó una mano en el aire y ese simple acto valió para que el ataque masivo de ambas musas se frenara en seco. Cuando él volteó a verlos, la mirada que tenía era de pura y desbordante ira. El azul de sus ojos se había ensombrecido y su rostro generalmente aniñado y dulce lucía líneas duras y peligrosas. El cabello flameaba alrededor de su rostro como hilos de fuego y la armadura oscura que vestía parecía contener el fuego de la creación y el hielo de los grandes cometas que surcaban el universo.

—Aioria de Leo—murmuró Cam. Su voz controlada a fuerza de voluntad contrastaba con la locura de sus ojos—Gracias por utilizarte a ti mismo para proteger a mi señora. No olvidaré esto.

Aioria no pudo hacer otra cosa sino mirar, al igual que Milo, la manera casi causal en que el Pilar les daba la espalda para controlar el fuego y los relámpagos que contenía con su mano, dándoles una forma lineal y extrañamente parecida a una espada que blandió en el aire a la vez que levantaba vuelo y daba alcance a las musas, que no tuvieron tiempo de huir o protegerse antes que Cam las golpeara a las dos con su espada improvisada cuyo fuego se tornó oscuro en el centro y azul en los bordes cuando las envolvió a ambas y las hizo gritar.

— ¡El fuego de la creación! —exclamó Milo, sorprendida por el perfecto control del joven pelirrojo sobre ese elemento natural destructivo.

— ¡Increíble! — Aioria gritó sin miramientos e hizo que Milo se preguntara si él comprendía que técnicamente Cam era su enemigo.

—Perdónanos por adelantarnos, mi señora —la voz de Argus sonó a su derecha y Milo lo vio, caminando entre los escombros y el fuego medio cargando a Camus—Pero ya no podíamos resistirlo más. Y tal como lo prometimos, protegimos a la escor… a tus compañeros.

Acto seguido, soltó a Camus a su lado y él cayó, dejando en evidencia el daño que el fuego le causó a su pierna derecha. El oro estaba chamuscado y seguramente ardiendo y él se veía incapaz de disimular el dolor que seguramente estaba sintiendo. Argus, por su parte, se unió a su hermano en el cielo y atrapó a las maltrechas musas que aún se encontraban presas por el fuego que Cam había utilizado para atacarlas. Atravesando las llamas como si nada, el Pilar de la luz y la Oscuridad, que vestía una armadura igual de oscura que literalmente brillaba, utilizó un látigo hecho de luz para atrapar a sus enemigas y amarrarlas como si fueran simples costales. Ellas ya no se resistieron, dejando únicamente a la musa que aún permanecía sobre las ramas que formaban su base de operaciones. Milo se levantó al ver ahí de pie a Altair, silenciosamente detrás de la musa que no parecía advertir su presencia. La armadura del primero de los pilares era plateada y oscura y brillaba como si estuviese hecha de diamantes, su cabello estaba suelto y la mirada doble de sus ojos, expresando una tremenda paz y a la vez deseos de muerte y destrucción estaba concentrada en la espalda de la ingenua musa que seguía en lo suyo reforzando su arma y dejando ir y venir las ramas en el aire como si las hiciera danzar por puro placer personal.

Corriendo hacia sus compañeros, Milo apenas tuvo tiempo de decirles que se alejaran antes que Altair finalmente se moviera. Todos saltaron lejos a la vez que el Pilar del Orden y el Caos tomaba a la musa por su cabello y la elevaba en el aire antes de dejarla caer con una fuerza inexplicable, manteniendo su agarre mientras la utilizaba para derribar desde el centro las enredaderas que había formado. Las gruesas ramas se abrieron como los pétalos de una inmensa flor. Cam, que todavía mantenía encendida su espada de fuego, la blandió e incendió cada una de ellas hasta convertirlas en hilos de fuego que caían y Argus, quien estaba a su lado, blandió en el aire un báculo que formó una ráfaga de viento que los envió a todos al suelo y que también apagó las llamas y redujo las grandes ramas en meras cenizas que llovieron con lentitud sobre todo el santuario.

Un minuto y medio.

Un minuto y medio fue todo lo que les tomó a los Pilares de la Creación acabar con tres enemigos que a los santos dorados les costó daños materiales y el consumo de grandes cantidades de sus cosmos además de heridas de consideración.

—Cada cosa que hemos hecho se siente miserable ante lo que acabo de ver— dijo Dohko de Libra, dejando caer su mano en el hombro de Milo, quien solo pudo sonreír.

Los tres se reunieron en el cielo y junto a ellos se apareció Owen, luciendo también su armadura completamente negra con bordes y luminosidad de un pálido tono violáceo. Argus sostenía a dos de las musas y Altair todavía cargaba a la tercera desde su cabello. Ninguna de ellas se movía pero indudablemente estaban con vida. Los cuatro se movieron a la vez y descendieron hasta estar sobre sus rodillas directamente delante de Milo.

—Como lo prometimos—dijo Altair, poniéndose de pie pero obligando a la musa terrestre a permanecer inclinada—No las asesinamos.

—Gracias, chicos—murmuró Milo, sonriendo hacia ellos y haciéndoles un gesto a los tres para que se levantaran—nos salvaron hoy.

—Aunque fue difícil contenerse—murmuró Cam. Su rostro volvía a lucir adorable y sus ojos a ser tiernos y brillantes, totalmente drenados de la ira enloquecida que había mostrado tan solo escasos minutos antes.

—Proseguiré con lo que falta en cuanto envíe a estas parias mitológicas de vuelta con su señor—dijo Owen. Argus y Altair lanzaron a las tres mujeres sin cuidado al suelo frente a Owen, quien tras darles una mirada de asco extendió una mano hacia ellas y las aplastó contra el suelo con la fuerza invisible de la gravedad. —Esta es solo una pequeña advertencia de lo que les sucederá a los que vayan contra Caos. Háganselo saber a Apolo y envíenle también saludos de parte de los Pilares de la Creación.

Dicho eso, su mano se movió de derecha a izquierda y ellas se desvanecieron de la vista de todos. El silencio que le siguió a eso fue por completo llenado por el peso de las palabras de del segundo Pilar y por lo que acababan de hacer. Seguramente en sus mentes esos sucesos se quedarían gravados, pensó Milo al mirar de refilón a algunos de su compañeros, de los cuales ninguno hablaba.

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Adelanto del próximo capítulo:

"—Ya está aquí— susurró Athena, dirigiéndole una mirada a Milo; a Caos de pie y flaqueada en su espalda por sus cuatro Pilares.

—El dios Poseidón está en el Santuario—informó Seiya, atravesando con prisas el espacio entre la puerta principal y el trono."


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Nota al margen: Mi Dios, no tengo más ganas de escribir xD es que hice este capítulo comenzando a las una del mediodía de hoy y ya son las ocho de la noche y es tipo… quiero hacer algo que los haga comerse las uñas pero escribir nueve páginas de LibreOffice (quién te conoce, Word) fue como MUCHO para mi pobre cerebro de pájaro. Y de verdad espero que les guste este capítulo porque le puse todas las ganas del mundo xD así que como no doy más y mi cabeza se niega a seguir trabajando, las dejo para que disfruten y me digan lo que piensan.

Las estrofas utilizadas corresponden a la canción: Rise de Skillet.

Publicación del próximo capítulo: 17/06/2016.