Las estrellas de poder,
esperando estallar.
13
La reunión frustrada.
Una semana completa había transcurrido desde que intervinieron en la batalla de los santos dorados contra las musas de Apolo y acabaron con ellas en menos tiempo del que les hubiese llevado a ellos y desde entonces el Santuario se había reconstruido con el poder de Owen, quien por petición de su señora había hecho las reparaciones correspondientes de los templos que cayeron en el fuego cruzado. Los santos dorados no habían sufrido bajas y las lesiones a las que se vieron expuestos eran de menor consideración, la diosa Athena estaba a salvo con su guardia personal compuesta por esos enclenques de bronce que derrotaron a Poseidón y Hades y como pago por la ayuda extra en la reconstrucción de todos los materiales dañados de la biblioteca de Acuario, su hermano Altair había exigido amablemente la libre entrada y salida del lugar cada vez que quisieran. El Patriarca Shion, quien parecía ser el único con algo de cerebro en ese lugar aceptó de inmediato y dio las gracias humildemente por la ayuda prestada. Cam no comprendía por qué Altair había hecho eso, él no era de los que burlaban la ley por aburrimiento o diversión y su petición pareció una burla por donde se mirara. No obstante, Cam estaba feliz de no tener que andar apareciendo y desapareciendo cada vez que alguien llegaba y aunque el clima en el recinto de los doce templos era de recelo ante su constante presencia, ellos se habían dado el lujo de ignorarlos a todos y cuidar personalmente de Milo, quien soportó solo una hora más de pie antes de caer inconsciente debido del fuerte estado de fiebre del que era presa. Ella no había despertado en toda la semana que transcurrió y a pesar de sus intentos de alcanzarla en sueños, simplemente no pudo conseguirlo. Sabía que ella iba en sueños a su templo, desde el espacio podían verla pero no podían traspasar las puertas como solían hacerlo antes y ni siquiera Owen sabía por qué. Cam no confiaba en que su hermano realmente no supiera por qué no podían entrar al templo de Caos pero eso no cambiaba nada y de todas maneras podía estar en Escorpio cuanto quisiera e incluso algunos santos dorados les pedían permiso para acceder.
Todo el universo de Cam estaba en orden.
Al menos hasta que comenzaron las preguntas de Argus.
— ¿Por qué dejaste que entrara? —reclamó el rubio cuyos ojos negros y carentes de toda luminosidad se trabaron en un rostro con plena molestia.
Sentado en las escaleras de entrada, Cam se encogió de hombros. El santo de Leo se había presentado unas tres horas antes en lo que parecía ser una visita de carácter personal pues no llevaba su armadura puesta, sino solo su ropa de entrenamiento y con tranquilidad y amabilidad pidió ver a Milo alegando que estaba sumamente preocupado por la manera casi abrupta en la que cayó desmayada una semana atrás. Cam no podía olvidar la manera desinteresada y hasta protectora en que el leonino se interpuso entre una llamarada de la que ningún humano saldría vivo y su señora, sabiendo que incluso el más poderoso de ellos no soportaría de algo así y no es que le cayera mal, pero remontándose a algunos meses atrás cuando su trabajo consistía e desestabilizar emocionalmente a todos ellos y lo había hecho a través de sus sueños, recordaba que Aioria de Leo era el único que no tuvo ese tipo de sueños con su señora, por lo que podía confiar en que nada malo sucedería si lo dejaba a solas un rato con ella.
—Me lo pidió amablemente—respondió, encogiéndose de hombros y apartando la mirada.
—La última vez que alguien te pidió algo amablemente, lo asesinaste.
—Fue hace veinte mil años, supéralo—graznó, levantándose y sacudiéndose los pantalones. Había mucho polvo en esa época y Grecia era un lugar caluroso incluso aunque el verano aún no llegaba y ni siquiera había sol.
—Ha estado ahí tres horas—insistió Argus, bloqueando su camino cuando intentó ingresar al templo—Este tipo de visitas no dura tanto tiempo. Solo entras, le deseas que se mejore pronto y luego te borras.
—Aioria de Leo no se siente hacia nuestra señora como el resto de ellos—murmuró Cam, reconociéndolo muy a su pesar—No es como Saga de Géminis, quien solo se deja arrastrar por la depresión que su deseo le provoca, o como su hermano que se niega a reconocer que desea algo que no puede tener y lucha contra ello constantemente. Tampoco es como Acuario, que ni siquiera está seguro de la manera en que la desea—explicó, y aunque podía parecer que estaba defendiendo al santo de oro de Leo, en realidad solo estaba destacando una característica curiosa de la personalidad de ese hombre—. Aioria solo desea su amistad. Nada más.
Muchos milenios atrás, antes que su señora descendiera, los Pilares de la Creación se habían puesto en su contra, rechazando de plano la idea de ella poniéndose en el lugar de seres tan inferiores, simples y efímeros como los humanos pero ella en lugar de enojarse o exigirles que siguiera sus órdenes todo lo que hizo fue una petición. Pidió que fueran pacientes con la raza humana y que no vieran únicamente sus defectos, sino también aquello que los hacía permanecer incluso aunque sus vidas eran demasiado cortas e imperfectas. Cam y Argus habían tenido serios problemas para cumplir con ese pedido ya que ellos podían ver sin problemas las almas y los corazones de todos los seres vivos pero tras tantos siglos de estar observando creía que finalmente debía darle la razón a su señora y admitir que los humanos no eran tan malos.
—Además, hay cosas más importantes de las que debemos preocuparnos—continuó, finalmente pasando al lado de su hermano—como esa mierda de Poseidón ofreciéndose a darle asilo a nuestra señora.
Argus no dijo nada en respuesta, por lo que supuso que se había quedado estancado en la idea de que al menos un ser humano en todo el transcurso de la historia no albergaba deseos egoístas hacia Caos. Comenzó a andar hacia el interior dispuesto a vigilar que todo estuviese yendo como debería en la habitación en la que se recuperaba su señora cuando una risa baja lo sorprendió, deteniéndolo y volteándose ceñudo para observar a Argus, quien era el que se reía con lo que parecía burla y sorpresa.
— ¿Cuándo te volviste tan sabio y maduro? —preguntó el rubio, desapareciendo y reapareciendo justo frente a él. Extendió una mano y le revolvió el cabello con fuerza—Tantos siglos de espera finalmente rinden frutos. Estoy orgulloso de ti, hermanito.
— ¡Cierra la boca, estúpido! —casi gritó, sintiendo sus mejillas arder y alzando su cosmos. Empujó a su hermano y una llamarada que emergió de sus manos lo espantó lejos, haciendo que volviera a desaparecer.
Aunque no volvió, su risa molesta persistió.
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De verdad no podía creerlo cuando le dijeron que ella estaba recuperándose de la batalla pero ahora que la veía no podía evitar sentirse un poquito ultrajado.
Suspirando, volvió a tomar el pie derecho de Milo para levantarlo y posteriormente volverlo a poner dentro de las mantas, de donde se había salido unas seis veces. En el pasado existieron rumores no confirmados de que ella algunas veces amanecía en el suelo o con la cabeza hacia los pies de la cama, él nunca les prestó atención pero parecía que esos rumores eran ciertos. Y aunque tampoco recordaba dónde y de quién los oyó, estaba seguro de que esa persona se había quedado sin empleo por el resto de su vida. Milo solía ser un poquito vengativa antes, cosa que parecía haber cambiado. De todas maneras no podía dejar de preocuparse por ella. Una semana atrás, luego de la batalla contra las tres musas de Apolo Milo resistió consciente y de pie por al menos una hora antes de desplomarse como un tronco en medio de todos ellos y desde entonces no había dado señales de que despertaría pronto y aunque no tenía fiebre le llenaba de ansiedad la idea de que ella no volviera a despertar.
Uno de sus brazos se movió hacia el borde de la cama y Aioria lo tomó con cuidado para acomodarlo, pero la mano de Milo se aferró a la suya y sus dedos se enroscaron en el dedo índice de Aioria, que estuvo seguro de que si intentaba alejarla comenzaría una pequeña guerra por librarse de su agarre que no tendría vencedor y perdedor. Se había imaginado que luciría como alguien que está recuperándose de una batalla, con dolor y gemidos y respiraciones forzadas que tendría a los Pilares de la Creación corriendo nerviosos por todos los rincones. Esos cuatro no dejaban de darle mala espina sobre todo desde que el Patriarca les hizo saber que ellos habían obtenido el permiso de la diosa para ir y venir libremente en el Santuario cuando resultaba obvio que estaban haciendo lo que querían desde hacía mucho tiempo atrás. Sin embargo, desde entonces se tomaban incluso la libertad de decidir si alguien podía o no entrar a ver a Milo. Personalmente no podía creer que habían llegado al extremo de convivir con enemigos de todo tipo, con seres a los que se habían enfrentado a muerte, con los Pilares de quienes procuraron proteger a Milo a toda costa. Pero el Patriarca dijo que había buenas razones para permitirles formalmente estar presentes en el Santuario. Según él, evitar el descenso de Caos era cosa del pasado. La propia niña moribunda que sirvió como oráculo para Apolo lo había confirmado; nadie podía detener a Caos. Así que el hecho de que tuvieran a su recipiente nada más y nada menos que en la fila de rango superior de guerreros de Athena no solo significaba un extraño honor para la diosa, sino que el rechazo de la petición del Pilar del Orden y el Caos de tener estadía libre significaría un tratamiento hostil hacia la diosa a la que protegían.
Según el Patriarca, Athena no estaba en posición de decidir nada con respecto a Milo.
No estaba seguro de cómo le hacía sentir eso pero Milo seguía siendo su amiga. Y su pie seguía escapando de las mantas. Aioria se planteó quitarle el grueso edredón que la cubría creyendo que quizás tendría calor. Tendida ahí con su cabello azul hecho un desastre, con la boca entre abierta y con una pierna asomando fuera de la cama no parecía una diosa en lo absoluto pero la realidad era que ella estaba muy por encima de cualquiera de ellos. Intentó librarse del agarre de su mano pero ella se resistió, presionando con fuerza y haciendo un ruido que parecía una queja. Murmurando sobre lo infantil que se veía, usó su mano libre para quitar el grueso edredón de un tirón que lo mandó a volar al centro de la habitación. Debajo solo quedó la sábana blanca y arrugada y un ligero vistazo de la ropa de cama de su amiga y compañera. Procuró por todos los medios no mirar hasta dónde le cubría las piernas esos pequeños pantalones o por qué había tres botones desprendidos en su camisa. Comenzó a preguntarse si dormir con camisas era cómodo.
Milo hizo un sonido que se pareció sospechosamente a un castañeo de dientes y Aioria volvió a suspirar. No había remedio, no podían hacer ni decir nada, ni siquiera podía entender si ella tenía frío o calor. Resignándose, decidió que quizás su visita ya había durado demasiado y se levantó de su silla dispuesto a marcharse cuando ella inesperadamente abrió los ojos. Mirando al frente, probablemente no lo vio pero Aioria vio con detenimiento sus ojos dispares; el izquierdo de color turquesa y el derecho de un inquietante y abrumador rojo. Su expresión también era diferente, ya no altanera aunque sí altiva, se veía más madura, más…
— ¿Qué hora es? —preguntó ella. Su voz rasposa y grave sonando como cualquier ser humano que acababa de despertar, algo muy lejano a una diosa.
—Las nueve de la mañana—contestó, echando un rápido vistazo al reloj en la pared junto a la ventana.
Milo soltó su mano sin prestarle demasiada atención y se acurrucó sobre su costado derecho, probablemente decidiendo que podía dormir un poco más. Sin embargo sus ojos se quedaron fijos en él y entonces, frunció un poco el ceño.
— ¿Y qué haces aquí? —preguntó, como si de pronto se le ocurriera que era extraño que él esté ahí.
— ¡Estaba preocupado por ti! —exclamó, algo cansado aunque no sabría decir de qué. Quizás pesaba más el hecho de haberse pasado casi una semana sin dormir por estar preocupado por ella—Creí que ya no despertarías o algo así.
—No seas tonto. Si ese fuera el caso, todos ustedes estarían seriamente perdidos.
No supo exactamente a qué se refería con lo de todos ustedes y prefirió pensar que se refería a sus amigos, a la diosa y el Patriarca.
—Fue impresionante… —continuó, hablando por hablar y sintiéndose incómodo de que ella no tuviera intenciones de salir de la cama para hacerles saber a todos que estaba bien—el poder que desplegaron los Pilares de la Creación.
—Eso no fue nada—comentó ella, parpadeando repetidas veces y luego bostezando— ni siquiera utilizaron el uno por ciento de sus cosmos. —explicó, sonriendo un poco y luego sentándose y estirando los brazos al frente, desperezándose mientras Aioria procuraba no sentirse pequeño e insignificante—No puedes comparar a Los Pilares de la Creación con criaturas mitológicas. Ellos estaban conmigo cuando los dioses crearon a los humanos. Owen impactó el monte Olimpo a la tierra de una sola patada. Antes estaba en el cielo, lejos de la vista de los humanos.
Aioria sintió su corazón protestando ante las palabras de su amiga. Ella no estaba hablando como Milo y de hecho tampoco estaba comportándose como ella ya que de ser así lo hubiese corrido de su habitación inmediatamente mientras le gritaba y amenazaba. Pero en lugar de todo eso, solo estaba ahí sentada con las manos entrelazadas sobre sus piernas estiradas y juntas, con la espalda recta y el cabello en mejor estado del que había creído que estaba.
— ¿Milo? —susurró. Ella volteó el rostro tras un momento y parpadeó dos veces, y entonces el rojo se desvaneció de su ojo derecho, tornándose del turquesa que la caracterizaba—Me alegra ver que estás bien.
—Tus heridas sanaron con rapidez—observó ella, entornando la mirada como si fuera un ave de caza.
—No estaba tan herido, solo tenía algunos cuantos golpes—contestó, sintiendo que sus mejillas se ponían rojas, lo cual provocó una sonrisa en el rostro de su amiga.
—Las musas de Apolo fueron un verdadero fastidio—susurró en respuesta, un suspiro escapó de sus labios y sus hombros se desplomaron—me hubiese gustado acabarlas en ese momento pero…
—Me sorprende que no dijeran una sola palabra. DeathMask comento que la musa de fuego fue altanera en el pueblo al dirigirse a ellos.
—No pueden hablarme—contestó Milo, alzando sus hombros, tomando mucho aire y dejándolo ir lentamente—ninguna criatura mitológica de rango inferior a los dioses puede dirigirme la palabra.
—Vaya, no lo sabía.
—Tampoco yo. Al menos, no hasta hace algunas horas. Comienzo a recordar cosas que al parecer se me olvidaron, recuerdos o sucesos que están ligados directamente a Caos y no a Milo como ente separado—respondió, haciendo que él se enervara ante en hecho de que estuviese refiriéndose a si misma como si no fuera ella.
Podría haber intentado llevar la conversación a terrenos más seguros pero la presencia del Patriarca en el templo los sacó a ambos del extraño transe en el que se encontraban. Milo se levantó a prisa y sin cuidado, pasando de largo a su lado para enfundarse en unos pantalones que sacó a ciegas de su armario y luego quitándose la camisa, desechándola como si estuviese sola en la habitación. Aioria estuvo a punto de regañarla por su imprudencia pero notó que debajo llevaba una cosa rectangular de color negro sin mangas ni tirantes que no estaba seguro de si se llamaba blusa o era algún otro tipo de prenda femenina con un nombre complicado. Saliendo de su estupor, se apresuró a salir del cuarto cuando ella abrió la puerta y se fue al mismo tiempo que encendía su cosmos para llamar a su armadura. Él hizo lo propio y tan solo un segundo después Leo estaba envolviéndolo en oro y cálido poder que se sentía como rayos de sol.
Cuando la siguió al pasillo principal se detuvo abruptamente al ver al Patriarca con su expresión de calma acostumbrada y con las manos unidas al frente, haciendo una leve reverencia a Milo, que estaba de pie frente a él con cara de espanto y flaqueada a ambos lados por sus Pilares. Ellos estaban vistiendo sus armaduras cuyas brillaban de distintas maneras aunque su color era oscuro, pero no como las sapuris de los espectros de Hades, era un tono oscuro más allá de todo lo que podía imaginarse, tan negro como el vacío del espacio y a la vez muy luminoso. El más sobresaliente de los cuatro era Altair, con su cabello negro suelto y cayendo alrededor de sus hombros y sus ojos plateados expresando calma y peligro a la vez. Portaba una espada que descansaba en un cinturón que sobresalía de su armadura y llevaba un escudo ovalado en su brazo izquierdo.
— ¿Eso es lo que Athena quiere? —preguntó Milo, quitando la expresión espantada de su rostro y cambiándola por una más tranquila y controlada.
—Ese fue su pedido— confirmó el Patriarca, sonriendo levemente hacia ella— Desea una audiencia con la diosa Caos y sus Pilares de la Creación hoy al atardecer.
— ¿Por qué...—comenzó Milo, pero su voz murió y su mirada se paseó por todo el suelo antes que cerrara los ojos.
—Es por Poseidón—susurró Owen, el Pilar de la Creación y la Destrucción—El dios de los mares vendrá, ¿no es así?
—Efectivamente—contestó el Patriarca, asintiendo con calma y con una expresión amable que le salía tan naturalmente que resultaba antinatural—Athena planeaba decírtelo al atardecer pero veo que estás al tanto de todo.
—Nosotros no mantenemos en la ignorancia a nuestra señora—replicó Altair. Aunque su voz sonó suave Aioria lo sintió como un grito directamente en los huesos y supo que el Patriarca se sentía de la misma manera por la forma en que sus hombros se tensaron.
—Tú también deberías prepararte, Aioria—dijo él, dirigiéndole una mirada firme—informa a tus compañeros y diles que hagan guardia permanente en sus templos.
—Sí, señor—respondió de inmediato, dándole una mirada significativa a Milo que ella correspondió con una sonrisa ladeada antes de ponerse seria una vez más.
Cuando salió del templo de Escorpio estaba convencido de que una vez que Milo se presentara ante Athena como Caos y no como una santa de oro, ya no podría volver a verla como una amiga o una compañera.
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— ¿Es una broma? —preguntó, cruzándose de brazos y mirando con sospecha al muchacho frente a ella. —No es una broma, ¿verdad?
—No puedes presentarte como Caos vistiendo una armadura perteneciente al ejército de otra diosa—la explicación de Owen tenía mucho sentido desde todos los ángulos por los que Milo lo consideró, pero eso no explicaba por qué estaba extendiendo hacia ella ese vestido—Tienes que verte como una diosa, no solo actuar como una.
— ¿Qué sucedió con eso de que lo que importa es lo de adentro?
—Milo… —el gruñido bajo la convenció de que no iba a dar vuelta atrás con todo ese circo y su mirada firme e insistente lo confirmó.
Owen no era en general un tipo hablador y risueño pero comenzaba a creer que su expresión fría solo era una tapadera para cubrir lo que realmente estaba en su interior, lo cual reforzaba la idea de Milo de que lo que estaba adentro era más importante. No obstante, ese no era el caso con su guardián, quien se había empeñado en la idea de que Milo debería utilizar una ropa adecuada y formal para asistir a su audiencia con Athena ya que ellos irían luciendo sus armaduras.
—Lo usaré—decidió al final, sabiendo de ante malo que no tenía sentido discutir con un Pilar de la Creación. Ellos podían ser sus guardianes pero también eran unos grandes insistentes.
Marchándose con el montón de tela hacia su cuarto, estuvo segura de que su pequeño plan tendría que esperar al menos otro día. Todos habían pensando que estaba recuperándose, durmiendo o en coma desde la batalla en la que los Pilares derrotaron a las musas de Apolo pero la realidad era otra.
Milo había estado todo ese tiempo en su templo, con su consciencia separada de su cuerpo y encerrada entre las paredes de ese impoluto y brillante blanco que lentamente se teñía de rojo a medida que su blanca vestimenta se tornaba del mismo tono debido a la sangre que emergía de la herida que Meagan le había causado; o mejor dicho, de la herida que se había hecho a sí misma. Al principio no lo había comprendido y de hecho se había sentido ansiosa y asustada pero eso se había quedado muy atrás y una vez que comprendió el por qué de todas las cosas, simplemente se dedicó a aceptar lo que pasaba sin razón aparente.
Su sangre tiñendo las paredes del templo de Caos, por ejemplo. Una vida tras otra Milo había servido a Athena con su alma reencarnando junto al alma de Camus, atados el uno al otro por un hipotético lazo establecido por Hera, Afrodita y con una expectativa de vida de unos veinte años dispuesta así por orden del mismísimo Zeus. En cada una de esas vidas había sido nada más que un humano, hombre a partir de su segundo nacimiento y muerto como consecuencia del lazo que mantenía con el que fue su compañero desde antes de la era del mito. Sin embargo, cada una de esas vidas no fueron más que la repetición de los mismos sucesos que se daban cada vez que Athena volvía a la tierra y en los corazones de todos sus predecesores había cientos y cientos de pesares, penas y recuerdos dolorosos que Milo tenía que dejar ir para poder seguir adelante. Con el derramamiento de su sangre en ese estado de inconsciencia estaba soltando todo el dolor que había sentido en sus vidas anteriores, liberándolos y olvidándose de cada gramo de sufrimiento que había sentido. Quien tuvo la mayor carga desde Meagan fue Kardia y algunos de los momentos más tristes en su historia fueron incluso antes de convertirse en santo de oro. Él había vivido hasta los veintidós como una clara señal de que el renacimiento de Caos en el mundo estaba cerca pero a pesar que los dioses descifraron el sentido de esa señal, la ignoraron por completo e hicieron que los dos años de más que Kardia soportó estando gravemente enfermo fueran totalmente en vano.
Milo sabía que había ciertas cosas que tenían que suceder antes que las palabras en forma de profecía que le había dicho a Vasili comenzaran a cumplirse. Estar limpia de rencores y dolor era una de ellas y aunque sonara horrendo pensar en dejarse desangrar para librarse de todo eso, lo que las otras dos cosas que sucederían le provocaban más ansiedad de lo que quisiera admitir. Sin embargo, por mucho que Milo esperó en su inconsciencia, no logró acabar con todo. Desde Meagan en adelante había mucho que tenía que dejar ir y con una semana no era suficiente para drenarse del sufrimiento de nueve mil años así que al final no le quedó otro remedio más que despertar.
Por mucho que fuera una diosa, todavía era humana y tenía algunas necesidades básicas como la urgencia de una ducha, o comer.
Milo no recordaba cuándo fue la última vez que tomó una comida decente.
Examinando el montón de tela que no podía describir como otra cosa más que eso, le dio vueltas por ambos lados para decidir si debía realmente llevarlo o si presentarse con pantalones y una camisa era lo mejor. No tenía ni idea de dónde provino esa cosa, Owen podría haberlo comprado o crearlo con sus pensamientos pero esa idea no le gustaba demasiado.
El escote griego era de la medida exacta de su pecho.
Suspirando, comenzó a quitarse la ropa con molestia. En toda su vida había usado un vestido largo solamente para ser enterrada y ni siquiera había un cuerpo para enterrar, por lo que todo lo que había en su tumba era un vestido que su maestro y tío Aireen le había obsequiado cuando cumplió trece años. Por supuesto, le quedaba algo grande y no tenía idea de quién lo había encontrado o dónde pues no recordaba haberlo guardado. Viendo el reloj de su pared, notó que no le quedaba mucho tiempo antes de que tuviera que ponerse realmente en marcha. Pensar en pasar a través de los templos de sus compañeros la ponía algo nerviosa y aunque intentaba no pensar demasiado en ello el pensamiento estuvo deslizándose en su mente toda la tarde, llenándola de dudas y expectativas sobre el posible comportamiento de los dorados. Imaginaba que se sentirían decepcionados de ella, imaginaba que tendría que pedirles permiso para pasar por sus templos y que tal vez se negarían.
Se enfundó el montón de tela que se ajustó a su busto con aterradora precisión. El corpiño era abultado y estaba sujeto a dos tirantes semejantes a cuerdas de oro que además llevaban ligados dos capas de tela que caían a los lados como mangas que comenzaban en su medio brazo y caían más allá de sus manos; la capa superior estaba unida atrás y le llegaba a la línea de su cadera y la inferior llegaba quizás hasta sus rodillas. La tela se amoldaba perfectamente a la cintura, sin que le quedara demasiado floja o ajustada y la falda casi abultada tenía dos capas; la primera un poco más arriba que la segunda, que caía hasta cubrir por completo sus pies. El color dorado pálido de la tela la hacía sentirse algo consolada al no poder usar su armadura pero de alguna manera se sentía también desprotegida, indefensa.
Desnuda.
Se enfundó un par de zapatos bajos y simples de color blanco. No pensaba que fueran adecuados pero era lo más cómodo que podía llevar sin contar botas o zapatillas y estaba segura que nadie en el mundo aprobaría bajo ninguna circunstancia sus botas negras. No tenía adornos como los que Athena solía llevar, tampoco armas o cosas extrañas como un báculo o una lanza. Caos en sí misma era un arma así que no necesitaba una.
Estaba peinando su cabello con los dedos, levantándolo hasta la cima de su cabeza cuando tocaron a la puerta y antes de que pudiera decir que quien sea que estuviera del otro lado podía pasar, la puerta se abrió y su hermanito Mika dio dos pasos hacia adentro, se le quedó viendo con una expresión neutra y luego dio dos pasos hacia afuera y cerró la puerta. Milo se quedó viendo el lugar vacío sin comprender lo que estaba pasando, y entonces él volvió a entrar y cerró dando un portazo para luego avanzar hacia ella con algo parecido a autoridad y cuando se plantó a solo un escaso metro de distancia, levantó su brazo derecho, la apuntó con su dedo índice y con voz seria dijo:
—No saldrás vestida así.
—¿Sabes que yo soy mayor que tú?
—Ese no es el punto—gruñó él, tan bajito y suave que parecía un dragón bebé intentando verse peligroso en la ausencia de su madre—Yo… soy el hombre de esta familia y como tal mi deber es cuidar de ti aunque seas mayor.
—Creo que te amo un poquito—contestó ella, decidiendo que ese enclenque era la cosa más valiosa que tendría jamás.
El cabello de Mika se erizó como el de un gato al mismo tiempo que se sonrojaba tan intensamente que perdió la capacidad de hablar. Temblando como si estuviese recibiendo una descarga eléctrica, se volteó y salió del cuarto echando humo. Milo no pudo hacer otra cosa sino dejar escapar una carcajada y luego se puso inmediatamente seria.
Podía sentir el cosmos de Poseidón.
Salió de su cuarto intentando caminar dando pasos estratégicos para que su falda doble no se le enredara en las piernas y en el umbral de la puerta se encontró con sus Pilares. Los cuatro estaban en fila comenzando desde la derecha con Altair y siguiendo con Owen, Argus y Cam, todos vistiendo sus refinadas e impresionantes armaduras oscuras y con la particularidad de que ninguno llevaba el cabello recogido, ni siquiera Cam quien solía lucir una larga trenza ahora dejaba su ondulado cabello caer libre sobre sus hombros.
—Tengo algo para usted—anunció él, extendiendo sus manos al frente con las palmas hacia arriba. El aire crepitó con energía y chispas de luz estallaron, dando forma a un largo y delgado bastón con un extremo en forma de óvalo. Cuando la luz desapareció, solo quedó un báculo de color dorado. Poniéndose de rodillas, Cam lo extendió hacia ella—Hace milenios me pediste que cuidara esto y así lo hice. Ahora te lo devuelvo.
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Aplanando la carta sobre la mesa e intentando ver las líneas escritas más allá de las arrugas gruesas del papel delicado, Saori intentaba ignorar el sonrojo de sus mejillas y la mirada casi apenada del Patriarca. Había recibido esa carta tres días atrás por parte del general marino Isaac de Kraken, quien avisó formalmente de la pronta visita del dios Poseidón, quien vendría a tierra firme a pesar de las duras circunstancias para expresar su propuesta en persona. Athena ya sabía cuál era esa propuesta pero no podía creer que en verdad ese hombre presumido se atrevería a moverse desde la comodidad de su palacio sumergido para buscar a Milo. Ni siquiera Hades o algún otro dios o diosa había intentado algo parecido aunque el rey del Inframundo todavía seguía esperando con ansias el momento del despertar definitivo de Caos. Todos sabían que él se aliaría con ella debido a su deseo de ver caer a los olímpicos pero ese no era el caso con Poseidón.
Julián Solo era un hombre joven y a pesar de ser unos años más joven que Milo, estaba segura de que le propondría algún tipo de pacto o alianza que involucrara un anillo. Por lo menos le consolaba saber que era casi seguro que la escorpiana se reiría en la cara del dios si eso que pensaba llegara a ocurrir, aunque también esperaba que no fuera el caso.
Podrían desatar fácilmente una guerra en el salón del trono.
—Ya es hora, señorita—anunció el Patriarca.
Volteándose a verlo, asintió y sonrió para él, quien devolvió la sonrisa con calma y ternura. Shion tenía la misma edad que Dohko pero el aire que lo rodeaba dejaba en evidencia los años que transcurrió de pie, soportando cargas que ignoraba mientras llevaba a cabo la tarea que le dejó hacía más de docientos años. Sin embargo, su rostro joven y lleno de vida a veces hacía que olvidara que era más viejo que cualquiera de ellos, por lo que en lugar de reprimirse y actuar como debería, se dio el lujo de dejar caer en el suelo la carta de Poseidón y estirar sus brazos, desperezándose. Shion hizo un sonido parecido a una tos ahogada y cuando Saori lo miró, estaba algo sonrojado.
—Iré en busca de Mi...—continuó él, deteniéndose a medio camino de su frase. Carraspeó y luego continuó, con la voz algo rasposa—Iré en busca de la diosa Caos y la escoltaré personalmente hasta aquí.
Asintiendo una vez más, dejó que el se marchara antes de cubrirse el rostro con ambas manos y reprimir unas cuantas lágrimas que deseaba fervientemente dejar ir. Frustrada consigo misma por no poder otorgar la protección a sus santos que les había prometido, ahora tenía que dejarlos ponerse nuevamente en la línea de fuego y esta vez contra nada más y nada menos que Milo convertida en Caos. Estaba segura que la tregua se acabaría cuando su consciencia completa regresara y arrodillarse u ofrecerse como aliados no serviría de nada.
Caos había juzgado a los dioses y su castigo sería igual de justo.
Tomando su báculo con fuerza en su mano derecha, atravesó el oscuro pasillo que separaba la sala del trono de su recámara, andando con firmeza y toda la serenidad que pudo plasmar en su rostro. El salón espacioso que había sido testigo de la primera manifestación de Caos estaba iluminado y tranquilo, tres de los cuatro santos de bronce esperaban a un lado mientras Seiya se encontraba en el templo de Aries junto a Mu para escoltar a Poseidón y asegurarse que todo estuviera en orden. El general marino Isaac estaba también en el salón, silencioso y serio. Su cosmos era casi idéntico al de su maestro en niveles de poder pero su mirada severa y su expresión hosca iban más allá de cualquiera de los acuarianos que había conocido jamás. Sentándose en su lugar, le ofreció un saludo silencioso al general que él devolvió con una ligera inclinación de su cabeza y algo parecido a una ligera sonrisa que de pronto desapareció cuando se puso totalmente tenso y se volteó hacia la puerta. A su lado, sus tres amigos y guardianes más cercanos se tensaron también y Athena volteó hacia ellos, cuestionándolos con la mirada. El clima que se vivía cambió de un segundo a otro, afuera, la poca luz del día se apagó bajo el peso de pesadas nubes negras que se apreciaban por los ventanales y la brisa fría que sopló le puso los pelos de punta.
— ¿Qué sucede? —preguntó, levantándose y extendiendo su cosmos hacia los santos de oro, de los cuales ninguno respondió. Ni siquiera Seiya.
En ese momento las pesadas puertas se abrieron y el Patriarca Shion ingresó con paso apresurado y una tensa expresión en su rostro. Sin darse tiempo a nada, se hizo a un lado para dejar pasar a sus invitados. Athena se tensó cuando el primero en entrar fue Altair, el Pilar del Orden y el Caos que caminó tranquilamente pero a la vez como si estuviese yendo a un sangriento campo de batalla. Detrás de él y a sus laterales iban Cam y Argus, uno a cada lado y en el centro estaba Milo, a quien no podía ver debido a la altura del primero de los Pilares, quien se hizo a un lado para dejarla a la vista.
Milo iba ataviada con un vestido de color dorado algo pálido, su cabello alzado y cayendo en cascada sobre sus hombros y espalda y el báculo que alguna vez la había visto blandir contra el mundo estaba en su mano derecha. La expresión seria de su rostro y el rojo en su ojo derecho le indicaron que de hecho ella no solo era Milo, sino Caos.
Tendría que comenzar a pensar en ella como una diosa y no como su querida Milo de Escorpio.
Sintiendo que su corazón se rompía un poco ante esa perspectiva, dio unos pasos al frente y se inclinó ante ella poniendo sus rodillas en el suelo y bajando la mirada. A unos metros a su derecha, el Patriarca y el tenso general marino copiaron su gesto y estaba segura de que los santos de bronce detrás de ella hicieron lo mismo. Por muy tensa que se mostrara Milo ante gestos como esos, era lo que merecía por su posición tan alta. Cuando se puso de pie, Milo, o mejor dicho Caos, tenía una expresión neutra en su rostro, como si intentara por todos los medios pasar por alto o ignorar a todos los que estaban de rodillas delante de ella así que sonrió intentando transmitirle algo de tranquilidad, sin embargo su sonrisa no fue correspondida.
—Me pediste que viniera—murmuró ella, llevando su mirada hacia su rostro. La mano con la que sostenía su báculo de oro se tensó sobre el agarre y se notó en su delicados músculos—Ya estoy aquí.
—Así es—respondió Athena, algo insegura sobre cómo debería proseguir. Intentándolo una vez más, volvió a sonreír y volvió a fracasar. —Me alegra ver que estés bien— dijo al final.
— ¿Por qué me llamaste? —preguntó, ignorando sus palabras.
Pareció indiferente en su andar cuando avanzó unos metros más cerca y luego se colocó a su izquierda, siendo flaqueada inmediatamente por sus guardianes. Athena sabía que no era así de indiferente y podía verlo en su postura rígida. Milo podría tener el rango más alto en su orden de santos pero aunque fuera vista como una autoridad por miembros de rangos inferiores, no estaba acostumbrada a una posición superior a la de un dios y seguramente pasaría un tiempo hasta que se sintiera cómoda. Su postura rígida y la fuerza con la que presionaba su mandíbula daban fe de ello.
Estuvo a punto de dar comienzo a su discurso cuando el cosmos de Seiya y el de Poseidón más otros dos que le resultaban desconocido se acercaron con rapidez. Había algo extraño en Seiya, su cosmos se sentía alterado pero no sabía por qué. En cambio, el del dios de los mares y sus posibles acompañantes estaban tranquilos.
—Ya está aquí—susurró Athena, dirigiéndole una mirada a Milo; a Caos de pie y flaqueada en su espalda por sus cuatro Pilares.
—¡El dios Poseidón está en el Santuario! —informó Seiya, atravesando con prisas el espacio entre la puerta principal y el trono—pero hay un problema.
— ¿Qué quieres decir? —murmuró, repentinamente ansiosa.
Varios pasos apresurados sonaron afuera y pronto dos hombres vestidos de dorado ingresaron cargando el cuerpo de Julián Solo, quien estaba inconsciente y con su vestidura blanca manchada de sangre.
—Fue herido por el propio Apolo—susurró Seiya.
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Nota al margen: estoy atrasada un día y LES PIDO DISCULPAS pero ayer tenía un congreso en la iglesia y bueno, me fue imposible terminar el capítulo a tiempo. Lo hice un poquito más largo de lo que en realidad era para compensarlo. Ahora pasaré rápidamente a dejarles leer y una vez más me disculpo por la tardanza.
Posdata: este documento no pasó por la revisión de Ana así que si encuentran algún error, es por eso xD
*La estrofa utilizada corresponde a una de las muchas versiones de Soldier Dream que escuché.
Publicación de próximo capítulo: 24/06/2016.
