He estado observando, he estado esperando
en las sombras, a que llegue mi momento.
14
La noche de los rechazos.
la alfombra roja se había oscurecido donde la humedad de la sangre de Poseidón se quedó estampada como un recuerdo de la locura de Apolo. El dios de los mares fue puesto con cuidado sobre el suelo, cerca del trono y Athena sorteó a los dos generales marinos para infiltrarse al lado del joven señor. Ella no podía hacer nada sino mirar al igual que sus tres guardianes unidos y todo el resto de ellos en esa sala que estaba al otro lado de donde Milo miraba en silencio. La mano con la que sostenía el báculo estaba tensa y su otra mano apretaba disimuladamente la tela de su vestido mientras sentía la mandíbula encajada con tanta fuerza que podía saborear el sabor de la sangre de sus encías. El clima que se vivía era de total tensión y agotamiento, el cansancio se notaba en los rostros de la diosa y el Patriarca, en los santos de bronce, en Isaac de Kraken. No parecía haber señales de vida en el muchacho de cabello azul claro y piel bronceada cuya ropa blanca estaba completamente manchada de sangre y el silencio que dominaba el aire era tal que podría haber aplastado a cualquiera de ellos en cualquier momento.
— ¿Cómo sucedió? —preguntó Athena, volteándose ansiosa hacia Seiya— ¿En qué momento?
—Cuando pasamos el templo de Piscis—informó él, su postura era rígida y por la expresión de su rostro podía decir que estaba listo para saltar al ataque a la primera orden—No sentí el cosmos de Apolo ni tampoco alguna señal de peligro. El sol asomó por las nubes un momento y entonces un rayo de luz dorada atravesó el aire e impactó en el pecho de Poseidón.
Milo prestó atención a sus palabras, mirando distraídamente hacia los ventanales por los que se podía apreciar un constante estado de amanecer, cuando el cielo ya no es azul oscuro, sino una mezcla entre blanco, gris y celeste que se mantiene así hasta que el sol salga. Recordaba el momento exacto en que el Patriarca fue por ella y en silencio los escoltó a través de los templos cuyos santos dorados custodiaban por protocolo. Había sido uno de los momentos más incómodos en lo que recordaba de su vida y no podía quitarse de la cabeza las expresiones de sus compañeros, sus miradas, o en el caso de Shura, la falta de su mirada. Quizás ya no tenía derecho de pensar en ellos como sus compañeros.
—Hay que hacer algo o morirá—murmuró uno de los recién llegados generales. Un joven que no conocía que poseía una belleza suave y elegante, de cabello lila claro y grandes y expresivos ojos de color rosa.
— ¡Esto es imperdonable! —susurró su acompañante, un hombre alto y de aspecto fuerte cuya piel oscura contrastaba drásticamente con sus ojos azules y la larga cabellera blanca que caía libre en su espalda. Su cabeza estaba rapada a ambos lados y no tenía cejas—No debimos venir aquí.
—Usted puede sanarlo—murmuró Isaac de Kraken, echándole una mirada ligeramente ansiosa aunque más bien se veía más molesto que nervioso. Se acercó a ella a pasos apresurados pero su avance fue detenido por Altair, quien se interpuso en su camino. Sin embargo, él no quitó sus ojos severos de ella, mirándola sin el mismo gesto involuntariamente incómodo que tenían todos los demás—Usted tiene ese poder, ¿no es así?
Todas las miradas se centraron en ella y Milo, quien se había dedicado a morderse la lengua y actuar como sus Pilares le habían pedido, deseó que un agujero negro se la tragara. Actuar como se esperaba de ella no era de lejos lo más incómodo que le había pasado ese día y todavía tenía que hacer su camino de regreso al octavo templo. Hyoga, cuya mirada se había puesto en ella con esperanzas renovadas para salvar la situación antes que todo les estallara en las narices.
— ¡Eso es verdad! —exclamó el rubio, sus ojos celestes animados y la sonrisa que tiraba de sus labios hicieron que se le encogiera el corazón— ¡Milo, tú debes tener poderes como esos! Quizás podrías intentar…
—No deberías hablarle de esa manera—la voz de Altair sonó severa y estridente, sorprendiéndola por un momento y cortando la oración de Hyoga—Puedes dirigirte como te plazca a la diosa a la que sirves, pero no a Caos.
—Pero Milo… —murmuró Hyoga, perdiendo de inmediato su sonrisa y extendiendo una mano hacia ella.
— ¿Los santos de Athena poseen dificultades para acatar la ley? —dijo Owen, destilando burla y menos precio, algo que a Milo le tocó una fibra.
— ¡¿Cómo te atreves?! —replicó Seiya, volteándose hacia el Pilar con las manos fuertemente presionadas en puños— ¡¿Olvidas que Milo también es una santa de Athena?! ¡Milo, dícelo tú!
—Ya tuve suficiente de estas tonterías—gruñó ella, avanzando sin importancia hacia la salida.
Incluso antes que pudiera lidiar con su frustración, Hyoga se acercó a ella tan rápido que una ráfaga de viento hizo ondear la falda de su vestido y entonces él estaba bloqueando su camino con los brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo y una expresión de tristeza tallada en el rostro.
— ¿En verdad piensas irte así como así? ¿Vas a dejar que muera?
—¡Así es, Milo! ¡Responde! —Seiya se le unió casi al instante, deteniéndose a su lado y copiando su postura. Se veían algo tontos, para ser sincera pero la seriedad de sus miradas y la tristeza que expresaban no eran divertidas—Tú no eres así. Aunque seas Caos esto no es algo que harías.
Suspirando, se dio el lujo de cerrar los ojos y poner su mente en blanco un momento antes de voltearse a medias para ver la escena que dejó atrás. La diosa Athena, con sus grandes y tristes ojos la veía con cierto grado de esperanza que se esforzaba por reprimir. El Patriarca mantenía su vista fija en el suelo y el todo en él expresaba una profunda pena y decepción, todos los demás, santos, marinas y Pilares esperaban una respuesta que estuviera a la altura, una respuesta propia de una diosa pero también necesitaban un gesto humano, compasivo.
Miró el cuerpo tendido e indefenso del dios de los mares; el recipiente era el de un joven de quizás diecisiete años y ni siquiera se veía como un dios, sino como un simple chico. Athena se veía así cuando dormía o estaba inconsciente. No eran otra cosa sino niños y adolescentes puestos por sorteo en el despiadado camino de los dioses.
—Poseidón fue juzgado y hallado culpable de crímenes contra la humanidad y hasta contra su propio dominio—respondió, provocando que los tres generales se pusieran de pie y le obsequiaran miradas de desprecio y frustración—Pero ese que está ahí no es nada más que un pobre chico inconsciente—continuó, dándose la vuelta para retomar su camino pasando entre Hyoga y Seiya—Caos castigará al dios de los mares, no a Julián Solo. Altair, por favor, encárgate de él.
—Está hecho, mi señora—respondió el aludido, quien comenzó a seguirla de cerca junto a sus tres hermanos.
Lo último de esa sala que Milo oyó antes de alejarse demasiado fue las exclamaciones de algunos que seguramente estaban viendo despertar al muchacho en cuyo cuerpo el cosmos de Poseidón volvía a la actividad, y estaba enojado pero ese no era su problema. Caminó hasta donde comenzaba el primer tramo de escaleras y cayó sentada en un pequeño océano de tela levemente dorada que se acomodó a su alrededor cuando extendió las piernas al frente y dejó caer las manos sobre su regazo, dejando a un lado el largo báculo de oro que se alzaba más allá de su cabeza. Parecía demasiado pesado para que una mujer lo levantara pero era increíblemente ligero, como una delgada rama.
Los Pilares de la Creación con sus extravagantes armaduras brillantes en la tenue luz del atardecer sin sol se inclinaron hacia ella, Cam con las manos al frente quizás presintiendo de ante mano lo que ella iba a pedirle. Milo extendió hacia él su báculo y el objeto desapareció al instante en las manos del pelirrojo. Sin decir una palabra más, ellos se marcharon y la dejaron sola, lo cual era un alivio considerando que últimamente no tenía mucha privacidad. No sabía si eso le sucedía a todos los dioses o si era un caso especial aplicable únicamente a ella por no saber quién era sino hasta algunas semanas atrás y junto al descubrimiento de su verdadera identidad y el regreso de las consciencias de Meagan y Vasili. Pero había muchas cosas alrededor que estaban ocurriendo que antes no pasaban, sucesos silenciosos gestándose en los corazones y vidas personales de algunos de ellos. Milo no quería enfrentarlos y de ser por ella, dejaría todo en las manos de alguien con la suficiente autoridad para decidir qué hacer pero desafortunadamente la única que sabía qué hacer en todo ese asunto era ella.
Mirando hacia los templos apenas perceptibles bajo las sombras de la noche que comenzaban a alzarse, pensó en Saga de Géminis. Había tenido un sentimiento de admiración muy fuerte hacia él cuando era niña, una fuerte decepción cuando le fue asignado finalmente el puesto de santa de oro y descubrió que él había desaparecido algún tiempo atrás, luego de eso la manera sorda y dolorosa en que los conceptos que tuvo de él se destrozaron cuando lo vio en el papel de un traidor no una, sino dos veces hicieron que comenzara a preguntarse si estaba bien sentir respeto por los hombres. Los humanos fallaban una y otra vez a las personas que amaban, llevados por una cantidad de sentimientos engañosos o la falta de ellos. Milo había sufrido muchas decepciones a lo largo de esa vida. Camus estaba entre las razones por las que se había sentido más herida, su tío Aireen que además fue su maestro, su padre que intentó matarla, incluso Athena por tratar de protegerla al ocultarle algo que necesitaba saber. No podía contar cuántas veces había sentido sus hombros cayendo por distintas razones, razones que ahora sabía que tenían un motivo oculto y así como la habían decepcionado y lastimado a ella, ella los lastimaría. No porque quisiera, sino porque era necesario destruir lo que existía para construir algo nuevo y mejorado. No sabría decir en qué momento entendió ese concepto de Caos de crear algo completamente renovado de algo que está destruido por completo pero ella trabajaba de esa manera y esperaba poder comprenderlo mejor cuando su parte inmortal finalmente descendiera. Pero las cosas que sí sabía, las que tenían que ocurrir antes que todo comenzara, eran las que no quería hacer y sin embargo debía.
La primera de ellas era desligarse emocionalmente de aquellos que tenían influencia en su corazón, aquellos que se veían afectados por su sufrimiento, todos los que sentían algo por ella.
No quería hacerles daño a sus compañeros y amigos, personas como Aioria que buscaban nada más que su amistad, hombres como Mu y Shaka que se preocupaban silenciosamente por su bienestar. Ninguno de todos ellos se merecía lo que iba a hacerles y no lo comprenderían, al menos no hasta que el momento llegara, y ese momento iba a tardar. En verdad no quería hacer lo que iba a hacerle a Saga de Géminis, pero él albergaba un sentimiento que no debería, un tipo de amor que se supone que murió milenios atrás había despertado en su corazón y Milo tenía que deshacerlo antes que causara más daño al santo del tercer templo. Tenía que desligarse de todos los tipos de amor que sus compañeros sintieran hacia ella; hermandad, confianza, amistad, igualdad, romanticismo, todas las bases que hacía que la vieran como una humana y les provocara compasión tenían que irse o ninguno de ellos resistiría el tormento que les sobrevendría cuando Caos finalmente llegara. La última vez fue muy fácil, solo tuvo que reconocer que era una traidora y sus antiguos compañeros le creyeron muy rápido y ninguno de ellos sintió pena por su sufrimiento cuando pasaron las horas y no pidió perdón y clemencia por haberlos traicionado. Ni siquiera Vasili se mostró compasivo.
Esta vez sería más difícil.
—Estás demasiado cerca de las rosas—la voz de Afrodita la tomó desprevenida. El santo de Piscis subía lentamente las escaleras pasando entre las enredaderas que retrocedían a su paso para luego volverse a acomodar en su lugar—Me pone nervioso.
Milo le dedicó una mirada seca que él devolvió con esmero, quedándose a pocos metros de brazos cruzados, viéndose demasiado bueno para este mundo con su porte elegante y sus delicados y perfectos rasgos. Nadie quizás salvo DeathMask sabía cómo se sentía Afrodita con respecto a la musa de Apolo que controlaba la tierra. Esa bruja mitológica había tomado posesión del cuerpo de una niña cuyo nombre era Rose que murió la noche en que el pueblo se incendió y la utilizó como medio para moverse libremente por el Santuario. Luego de la manifestación de la musa y de la batalla en el que algunos templos sufrieron graves daños, no se encontró nada más que un trozo de tela con encaje que pertenecía al vestido que la chiquilla estaba usando en aquel momento. Podría atreverse a decir que no valía la pena lamentarse por alguien que al fin y al cabo no era quien decía ser y por la muerte de un niño que sucedió mucho antes de lo creído pero temía herir de alguna manera a su compañero.
—Estoy tratando de suicidarme—respondió Milo y lo espantó lejos con un gesto de su mano que levantó una brisa increíblemente agradable—Ve a ponerte nervioso a otra parte.
Afrodita no se mostró impresionado por su despliegue de poder que sirvió únicamente para alborotar algunos de los bucles de su envidiable cabellera.
—Quizás Poseidón tenga razón en querer llevarte bajo el mar. Apolo no podrá alcanzarte allá—comentó él, acercándose y quedándose de pie a su lado—Ese divino desgraciado ni siquiera utilizó su cosmos para atacar a su tío. Solo fue… ocurrió en un parpadeo. Seiya dijo que era mejor dejarlo descansar en mi templo pero antes de desmayarse Poseidón insistió en llegar hasta la sala del trono.
—Lo siento mucho por Poseidón pero en realidad no me interesa su propuesta. Y de todas maneras Apolo no puede llegar hasta mí.
—Tú no escuchaste lo que dijo el Oráculo de Apolo. La sangre divina te hará enfermar hasta perder la razón. Sufrirás innecesariamente por su capricho.
Milo no respondió. Ella ya sabía lo que la sangre de los dioses causaría en su sistema, algunos síntomas ya comenzaban a mostrarse de manera silenciosa, no comía, no podía mantenerse activa físicamente por demasiado tiempo, se cansaba con facilidad, no podía dormir a menos que trasladara su consciencia hacia el templo de Caos, en donde de todas maneras también estaba despierta, la fiebre era más alta y por períodos más largos. La única parte buena de todo eso era que por la debilidad de su cuerpo el cosmos de Caos no se manifestaba con tanta fuerza como antes. La peor parte era que dependía casi completamente de sus Pilares. Ni siquiera fue capas de resistir diez minutos en un combate ayudada por sus compañeros, y aún tenía que dejar algo de fuerza para la sarta de transgresiones que cometería contra ellos, comenzando con Saga.
Suspirando, se quitó los zapatos bajos y arrojó uno al precipicio junto a las escaleras. Dejó pasar un momento y luego arrojó el otro. Afrodita la vio en silencio por un momento eterno, quizás tratando de encontrarle una explicación a la idiotez que acababa de hacer pero al final pareció rendirse pues se limitó a moverse hasta estar frente a ella, todavía con los brazos cruzados. Sus ojos evitaron mirarla y parecía que estaba resistiendo el impulso de presionar los labios juntos.
—Ellos… tienen dificultades para verte de esta manera. Pero eso se debe a que siempre has estado del lado de Athena. —murmuró con cierta dificultad. Afrodita no era conocido por su tacto con las personas. Podría ser encantador pero no amable—Se acostumbrarán si les das tiempo.
—Ya no hay tiempo—susurró ella, atrayendo la mirada del santo de Piscis hacia su rostro. Indicó con una mano al cielo que se alzaba libre de nubes sobre el octavo templo. El negro de la noche ya había hecho su trabajo tiñendo la bóveda celestial y blancas y luminosas estrellas formaban un camino que parecía descender—Se supone que tendríamos un lapso de al menos cuatro meses pero eso cambió cuando decidí no morir.
—Athena se sorprendió también. Le confesó a Saga que esperaba que ese fuera el camino que tomaras—comentó él, cerrando los ojos en un gesto que parecía de frustración—Se supone que todo debería haber sido más fácil si te mantenías con vida pero…
—Se esperaban muchas cosas de mí. Lamento no haber cumplido con las expectativas de todos pero también tengo cosas importantes que hacer—contestó, dejando ir cierto grado de irritación en su voz.
—Aioria dijo que algunas criaturas mitológicas de rangos menores a los dioses no pueden dirigirte la palabra. ¿Eso es verdad?
— ¿Existe algún secreto que no se haya convertido en un chisme?
Afrodita dejó escapar una breve risa que casi se pareció a una carcajada de pura alegría y extendió una mano hacia ella en un ofrecimiento claro de ayuda y compañerismo.
—Realmente te ves como una diosa—dijo él, todavía sonriendo—incluso si estás sentada en el suelo y acabas de lanzar tus zapatos por el borde. Ven, déjame acompañarte hasta la entrada de mi templo.
—Te ves tan amable como un encantador joven que planea asesinarme con un té envenenado.
—Ah, me conoces bien.
Milo sonrió y tomó la mano de su compañero y lo dejó guiarla hasta la entrada del templo de Piscis, donde se despidió de ella con un casual saludo agitando su mano antes de voltearse y entrar. Cuando pasó por Acuario, su guardián no salió a recibirla y Milo sospechó que Camus no deseaba verla vestida como una diosa, lo cual no debería ser su problema pero eso no evitaba que lo sintiera como algo personal. Ella le había dado la profecía que Meagan le reveló a Vasili y por lo tanto era uno de las dos únicas personas que sabían con exactitud qué sucedería más adelante, se suponía que eso serviría para calmar su absurda ansiedad y para explicar algunas cosas que antes no habían tenido sentido pero tuvo el efecto contrario pues Camus se negaba a hablarle.
En completo silencio atravesó los templos de Capricornio y Sagitario cuyos dueños no se encontraban y Milo dio gracias por ello. Aioros la había dejado pasar con una sonrisa amable y sincera, expresando el claro hecho de que no le importaba que estuviese disfrazada de algo que no creían que fuera y diciéndole en silencio que nada había cambiado para él. Shura no le dirigió una sola mirada y tras limitarse a darle una reverencia al Patriarca, se marchó al interior de su templo. No es como si le hubiese expresado odio o algo así, pero se atrevería a decir que Shura había exagerado.
La entrada posterior de su templo estaba vacía al igual que el interior pero la entrada principal estaba ocupada por una alta figura de pie en medio, cubierto por las sombras de la noche sin luna y cubierta de gruesas nubes que expresaban el mal humor de Poseidón. Milo sintió cómo su estómago se revolvía al reconocer a Saga y cuando sintió un segundo cosmos acercándose, la sangre se le fue a los pies, dejando hielo y aire en todo el resto de su cuerpo. Sabía que iba a tener que desligarse de los santos de Athena y esa tarea era algo que solo podía conseguirse de una manera: haciendo que la odien. Por suerte para Milo, conocía fibras sensibles en cada uno de sus compañeros y sabía exactamente dónde tocarlos para que reaccionaran como quería.
Esa era también su mala suerte.
Saga iba vestido de civil. Con un traje de entrenamiento igual al de su hermano que por un segundo escaso hizo que dudara en si era él o Kanon pero el cosmos no mentía y los ansiosos y amables ojos verdes carentes del descaro del segundo de los géminis confirmaron quién era. Cuando Milo se acercó, él sonrió un poco pero esa sonrisa se vio congelada junto con el resto de su cuerpo cuando le echó un vistazo de los pies a la cabeza. Ella no sabía qué tan bien o mal se veía metida en ese vestido pero aparentemente se veía lo suficientemente bien como para llamarle la atención.
— ¿Cómo está Poseidón? —preguntó él, su voz fuerte sonando como un arrullo.
El brillo en sus ojos dejaba en evidencia el hambre que tenía por ella, algo a lo que Milo no estaba acostumbrada a prestarle atención. No era tan tonta como para desentenderse de su cuerpo y apariencia, sabía que era hermosa y que en el pasado varias veces cautivó la atención de algún que otro joven. En una ocasión eso casi le cuesta la vida a ella y a su mejor amigo y no era de ninguna manera una historia de esas que con el tiempo se vuelven graciosas al recordarlas. El deseo que expresaba Saga era igual a aquellos otros, estaba profundizado por el carácter y el pasado que tenían juntos y alimentado por su apariencia. Vagamente se preguntó si no estaba mostrando demasiado el pecho y llevándose casualmente una mano al tirante derecho, comprobó que sí, porque la vista de águila del mayor de los Géminis no perdió detalle aunque inmediatamente se dirigió a su rostro. Por lo menos tuvo el descaro de sonrojarse, lo cual no cambiaba para nada el malestar que Milo tenía en la boca del estómago. Saga siempre había sido y se había comportado como un hermano mayor, en la guerra contra Hades quitándola del camino de una pelea a muerte cuando trató de enfrentarse a los tres a la vez y en Asgard cuando la salvó después de haber caído en la trampa que le tendieron los dos dioses guerreros que estaban en la base junto a Camus.
Ese pelirrojo de verdad que la odiaba.
—Al parecer ya está mejor aunque no tuvimos oportunidad de hablar mucho—respondió, obligándose a sonar normal. No consiguió sonreír pero eso no pareció molestar o alertar al mayor.
— ¿Y eso por qué?
—Porque estaba inconsciente—respondió Milo, desviando la vista hacia la salida y luego mirando otra vez a Saga—él, no yo.
Saga sonrió y puso una mano en la cima de su cabeza. Sus dedos largos y cálidos le revolvieron el cabello ligeramente y la expresión de ternura de su rostro debería haber hecho que su gesto pareciera normal y acostumbrado. Él siempre le había prestado mucha atención y sabía que eso se debía a que secretamente su maestro Aireen se lo pedía, una vez los pilló hablando en la entrada del templo y se juró que haría el tipo de travesuras que pondrían los pelos en punta a los dos aunque nunca llegó a hacerlo realmente. Ese tipo de cosas que sucedieron en la infancia por las cuales fue famosa en su adolescencia ocurrían por accidente. Pero si había un accidente más grande que cualquier idiotez que podría haber hecho, era el amor increíblemente fuerte que Saga sentía, no sabía exactamente en qué momento él cayó bajo ese terrible peso, pero desde que se dio cuenta de ello, Milo supo que tenía que cortarlo de tajo.
El problema es que no sabía cómo.
—No va a suceder—su voz salió tan rápido que no supo en realidad lo que estaba diciendo hasta que se escuchó a sí misma.
Quizás sí sabía lo que hacía, pues la mano de Saga se congeló en su cabeza, pasando de ser un tierno contacto a algo parecido a una piedra.
— ¿Qué? —susurró él. Su voz sonó ahogada y lejana. Entonces, dio un paso atrás y por la mirada que le dio, supo que él sabía de lo que ella estaba hablando.
—Lo que quieres de mí—continuó Milo, presionando sus manos en puños y pensando que en cualquier momento vomitaría—no puedes tenerlo. No puedes tenerme.
— ...cómo es que...—farfulló, perdiendo algo de color en el rostro. Sus ojos se crisparon en una expresión en blanco, perdiendo su brillo cálido en menos de lo que tarda un parpadeo— ¿Quién te… dijo?
—Puedo sentirlo desde aquí. Está matándote de dolor, está llevándose incluso tu lealtad por Athena—murmuró lo último con impresión, lo cual provocó la misma emoción en él, que se alejó otro paso—Eso que estás sintiendo… no te pertenece, no realmente.
— ¿Qué quieres decir con que no es real? ¿Crees que no lo sabría si fuera una ilusión?
—No dije que se tratara de una ilusión. Dije que no te pertenece. —dijo, y notó que él se veía seriamente como si necesitara una explicación—Me conoces desde que era una niña, lidiaste conmigo de maneras que nadie más que tú y yo sabemos. Piénsalo de esta manera. ¿Por qué comenzaste a sentirte así justo ahora? ¿Por qué no antes?
Él guardó silencio, con la cabeza gacha y los ojos clavados en algún punto ciego del suelo. Sus pupilas se movían nerviosas de un lado a otra, como si no pudiera contener sus nervios y mantener la calma y una de sus manos fue directo a su pecho que subía y bajaba con algo de dificultad. Milo sintió pena por él y por lo que venía a continuación pero se dio ánimos convenciéndose de que era necesario lo que iba a hacer.
—Tengo los recuerdos de mi primera vida que comienzan a tomar forma en mi mente—continuó, forzándose a sonar algo cruel—El santo de Géminis de esa generación no tenía un hermano gemelo como todos los demás, sino que tenía dos personalidades. Una de ellas le era leal a Athena y la otra se había enamorado de mí. La segunda fue más fuerte que la primera, por lo que él acabó por abandonar el Santuario para tratar de llevarme de vuelta. Pero cuando me encontró otra vez, yo ya me había convertido en Caos. Lo rechacé cuando me confesó el motivo por el que me buscó. Entonces… él…
— ¿Qué? —preguntó. Sus ojos adoptaron un borde desesperado. No estaba prestándole real atención a lo que Milo decía, sino que estaba siendo apresado por el dolor que le provocaba ella. Sus emociones manaban de los poros de su piel como cascadas.
—Él me pidió que le quitara la vida—murmuró en respuesta, recordando ese particularmente triste momento en su primera vida—dijo que si no podía hacerme volver a su lado en el Santuario prefería morir.
— ¿Qué tiene que ver eso conmigo? —repentinamente Saga se tornó demasiado tranquilo y hasta completamente dominado, como si no le importara escuchar lo que decía, como si no tuviera el peso que en realidad tenía.
—Hay un número limitado de almas que reencarnan entre los seres humanos. Tú estás en ese grupo. Estuviste ahí hace nueve mil años y lo estás ahora, pero tu consciencia en aquel entonces se separó en dos. No asesiné al santo de Géminis como él me había pedido, sino que quité de él el lado de su consciencia que se había enamorado de mí. Ese sentimiento fue a parar a alguna parte en el universo y regresó en esta era cuando Caos comenzó a manifestarse.
— ¿Entonces estás diciéndome que este sentimiento no es otra cosa sino un eco de lo que sintió mi alma nueve milenios atrás? —reclamó, mostrándose incapaz de creerlo. — ¿Y se supone que eso debe consolarme?
—No… yo… aún no recupero toda mi consciencia pero una vez que lo haga podría quitártelo—contestó, algo insegura de lo que pensaba hacer. Por supuesto que podía sanar el malestar de su compañero pero ese no era el plan inmediato. Pasos sonaron desde la entrada posterior y Milo sintió que el cabello en la nuca se le erizaba.
— ¿Por qué querría que hicieras algo así? —preguntó él, tomando su mano de improviso. Su agarre era firme y sus dedos, cálidos. Tirando de ella, la acercó y se inclinó un poco, viéndola con ojos que repentinamente ardían—Puede no ser real para ti, pero lo es para mí. —continuó y luego, la besó.
El beso era nada más que un simple roce de labios, nada profundo ni firme, sin exigencia y realizado con tanto cuidado que Milo creyó que Saga la tenía por alguien más frágil de lo que en realidad era, sin embargo, la forma en que acariciaba su boca con la suya, presionando levemente para ganar más terreno le dieron una idea del tipo de amor devocional que sentía, el cariño y la calidez que expresaba con los ligeros movimientos y con la manera delicada en que sostenía sus manos. No obstante, cuando él intentó profundizar el beso, Milo sintió que su estómago daba una vuelta completa y su corazón fallaba. Se apartó de él y Saga no la retuvo, sino que soltó sus manos y también se alejó. Por alguna razón, él volteó primero hacia la derecha, al pasillo antes oscuro que se veía tenuemente iluminado por el cosmos dorado de Camus. Los pasos que Milo escuchó antes le pertenecían a él pero se habían detenido cuando Saga la besó. Ahora, el cosmos del acuariano ardía con indiscutible furia, y cuando ella finalmente se volteó para verlo, él no la veía a ella sino a Saga, quien sin darle mayor importancia a la presencia del santo de Acuario, pasó más allá con evidente intensión de marcharse pero no llegó demasiado lejos antes que el suelo debajo de ellos se congelara. Milo, que iba descalza, se conmocionó un poco al sentir el repentino cambio en la temperatura. Podría haber alertado a su compañero, pero a lo único que le dio tiempo cuando Camus se lanzó hacia adelante con el puño alzado fue a interponerse y detenerlo utilizando algo del cosmos de Caos, formando una pared para frenar el puñetazo que seguramente iba dirigido hacia Saga. Confundido, Camus se quedó crispado con su puño golpeando una pared invisible mientras Milo se ponía entre ambos con una mano hacia el frente.
El cosmos de Caos se manifestó provocando una fuerte ventisca que barrió con el polvo acumulado del día y provocó un fuerte y único temblor en la tierra. Los cimientos del templo se quejaron y tras un breve silencio en el que Milo creyó que tenía todo bajo control, bajó la mano y suspiró. Entonces, Camus aprovechó el momento de descuido y retomó su ataque, pasando a su lado a la velocidad de la luz y lanzando el Polvo de Diamantes directo hacia Saga. Volteándose, lo vio deteniendo el ataque con una sola mano antes de enviar una explosión de cosmos hacia el acuariano, que lo esquivó y se preparó con los brazos en alto para lanzar la Ejecución Aurora. Milo sintió su mandíbula caer y tras recuperarse de su estupor, fue hacia él, notando que Saga también preparaba un ataque.
Esos dos descerebrados iban a comenzar una batalla de los mil días. No lo podía creer.
— ¿Tienes idea de quién es Milo y de lo que acabas de hacer? —la voz de Camus la detuvo en su precipitado andar. Él no solo sonaba plano y vacío, sino que su tono helaba los huesos. El cosmos a su alrededor era cada vez más concentrado y continuaba elevándose. A ese ritmo, llamarían la atención de todos.
Eso no estaba en los planes de Milo.
—Milo es muchas cosas—contestó Saga, con su propio cosmos elevándose a niveles preocupantes—Pero hay algo que no es. No es de tu propiedad.
Milo no veía el rostro de Camus pero por la rigidez de su postura no parecía que estuviera de acuerdo con la declaración de Saga. Ella no estaba de acuerdo con esa pelea pero ninguno de los dos parecía notarla y cuando los cosmos de ambos ardieron con fuerza, ella se puso otra vez en medio de ambos, alzando su propio cosmos y sin que le importara esta vez que el cosmos de Caos se manifestara o se saliera de control. Su plan se había deshecho por completo, ella tenía que desligarse emocionalmente de los santos de Athena, razón por la cual había roto el corazón del geminiano y el acuariano a la vez pero nunca pensó que Camus reaccionaría de esa manera.
Ambos se detuvieron en seco, rompiendo su concentración. Milo miró a uno y luego a otro mientras sentía que sus pies se despegaban del suelo y el lado derecho de su rostro ardía. El aire crepitó por tanto cosmos acumulado y un rugido sordo provino de la tierra.
—Si tengo que enviarlos a puntos diferentes del planeta para detener esta estupidez, no duden de que lo haré—su voz salió en un susurro contenido. Incluso hablando podía demostrar su poder como Caos. El mismísimo aire tembló cuando habló.
—Él no tiene derecho a hacer lo que hizo—reclamó Camus. Era la segunda vez que le reclamaba algo, notó vagamente. Sus ojos vacíos y frío estaban fijos en ella, acusándola de traición.
—Tú no decides quién puede o no acercarse a mí—respondió, destilando indiferencia en su voz. Camus dio un paso atrás, mostrándose momentáneamente sorprendido— ¿Quién te crees que eres? Y tú—continuó, volteándose hacia Saga, quien no se mostró impresionado por su cosmos o el poder que emanaba—espero que lo hayas disfrutado porque he terminado contigo.
Saga apagó completamente su cosmos y sin decir nada más, se volteó y comenzó a hacer su camino hacia el templo de Libra. Podía ver a Dohko ahí, vestido con su armadura y acompañado de Aioria.
Suspirando, echó una mirada a Camus pero él también estaba marchándose, dándole la espalda con obvia intensión de hacerle saber que estaba enojado. Milo se sintió terriblemente derrotada aunque había conseguido su objetivo.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
—Suéltame, ya estoy calmado.
—No voy a soltarte hasta la semana que viene.
—De verdad, no voy a hacer nada malo. Lo juro.
Argus soltó una aguda carcajada que demostraba lo poco que le creía a su hermano menor. Cam yacía amarrado con su látigo de luz, una de sus armas favoritas que tenía como uso casi exclusivo retener al pelirrojo cuando se salía de control. Una hora atrás habían visto desde la distancia el momento exacto en que el santo del tercer templo cometió la peor de las injurias al besar a Milo. Cam había sufrido la misma reacción que tuvo cuando Camus de Acuario hizo lo mismo algún tiempo atrás y estando solo, Argus decidió ir a las armas sabiendo de antemano que no podría él solo con su hermano. Altair y Owen también habían visto todo pero no le prestaron mucha atención. Los mayores del grupo estaban ocupados reconstruyendo la armadura de Caos que desde hacía milenios estaba oculta en una remota parte del cosmos, incluso más lejos que el nido donde dormía el cosmos inmortal de su señora y aunque se trataba de la armadura de la diosa más poderosa del universo, querían asegurarse que fuera completamente irrompible.
— ¿De verdad no piensas soltarme?
— ¿Por qué haría algo tan…
la voz de Argus se extinguió cuando el cosmos de Milo llamó desde el Santuario, su voz sonando como una caricia cálida y como un abrazo abrumadoramente tibio, todo a la vez. Al instante sus dos hermanos mayores se materializaron a su lado y los cuatro se transportaron juntos hasta el octavo templo. Se presentaron en el pasillo principal por donde todo el mundo solía ir y venir tras pedir permiso a la dueña del lugar. El suelo y las paredes estaban congeladas como muestra del encontronazo que tuvieron Acuario y Géminis y con disgusto, Cam deshizo todo el hielo con un movimiento de su mano. A él en verdad le caían mal esos dos. Milo estaba de pie cerca de la puerta de su residencia privada, todavía ataviada con ese bonito vestido dorado que la hacía lucir como una diosa.
O como una diosa recién llegada de la guerra.
La falda estaba húmeda en los bordes que acariciaban el suelo, había escarcha en las mangas que caían más allá de la longitud de sus brazos y el cabello que llevaba suelto goteaba en el flequillo. Su mirada triste y seria hizo que algo en el interior de Argus se retorciera de disgusto y el poco aprecio que había desarrollado hacia algunos de sus compañeros se fue por la borda. Nuevamente quería matarlos a todos aunque sabía que lo había sucedido esa tarde había sido producto de alguna maquinación de su señora de la cual ninguno de ellos tenía idea.
—Es probable que mañana a esta hora esté en prisión—advirtió ella en un susurro. La manera en que sus ojos turquesas expresaban desencanto hicieron que Argus deseara abrazarla con fuerza.
— ¿Nos dirás por qué? —preguntó Cam, haciendo uso de su descaro para hablar sin que le dieran permiso.
—Digamos que mataré a dos o tres personas más—contestó ella, suspirando y mirando más allá de ellos, a los templos.
—No comprendo—confesó Argus, frunciendo el ceño y sintiendo un fuerte y repentino malestar acentuándose en su estómago.
—Es seguro que no. Pero pase lo que pase no deben intervenir, ¿han comprendido?
—Primero dinos qué sucederá para que tus propios amigos te envíen a prisión—exigió Altair, dando un paso en dirección a ella y viéndose como si fuese a tomarla en brazos en cualquier momento para luego huir con ella.
—Hagan lo que les digo—replicó, utilizando un tono de voz que hizo que Argus tuviera dificultad para respirar—No interfieran hasta que yo les diga que lo hagan. Altair, quiero que mañana al amanecer quites todos los sellos que faltan.
— ¡¿Qué?! ¡No! ¡Eso liberaría de una sola vez todo tu poder y… —se detuvo, esperando y tratando probablemente de comprender por qué su señora deseaba que hiciera algo así. Tras mirarla en silencio por un momento, susurró— ¿Qué?
—No será así pues aún queda un sello que no podrás quitar. Ese mantendrá a raya el avance completo de mi cosmos, aunque no todo. —dijo ella, sonriendo con algo que parecía maldad pura.
— ¿Otro sello… que no podré quitar? —murmuró el mayor de los Pilares, la duda fluyendo en su voz como una catarata y sus ojos grises paralizados de espanto. — ¿A quién le pertenece ese sello?
—Adivina—desafió ella, cruzando los brazos sobre su pecho.
Altair estuvo callado un momento más y entonces Argus lo vio palidecer completamente a la vez que una idea francamente increíble se formaba en su mente y en la de sus otros dos hermanos también.
—No puede ser cierto—susurró Altair.
Milo perdió su sonrisa entonces y compuso una expresión que indicaba cierto grado de culpa.
.
Nota al margen: Bueeeeno, ahí vamos otra vez con otro salto a quién sabe dónde. ¿Qué está tramando Milo? Veremos, veremos. Por ahora, esto es lo que hay. Pido disculpa por romper el corazoncito de Saga, en realidad él es mi caballero preferido y no sé por qué lo torturé primero en la lista. Pero bueno, como dice el nuevo lema de Milo: era necesario (?
Paso a dejarlas disfrutar del capítulo que está medio cortito pero no quería alargarlo tanto porque sino se me iba a poner muy pesado el tema.
Nos veremos en unos días y gracias mil veces por leer :´D
POSDATA: Si van allá arriba donde está el título, podrán ver una pequeña imagen de cómo se vería Milo usando su báculo y vistiendo como una diosa, aunque en realidad la que está dibujada ahí es Meagan con su cabello alzado y sosteniendo el diario de Vasili.
*las estrofas utilizadas corresponden a la canción In the Shadows de The Rasmus.
Publicación del próximo capítulo: 30/06/16.
