Cuando las luces se vayan y abran los ojos

allá afuera en el silencio, me habré ido.

15

La traición de Milo.

Templo de Géminis, 02:00 a.m.

Nunca podría expresar con propiedad cómo se siente ser observado cuando se está durmiendo, pero si Kanon tuviese que explicarlo, probablemente diría que se parece bastante a tener un dios en tu habitación; pues al abrir los ojos y comprobar que aún estaba oscuro y silencioso afuera, volteó hacia la derecha y admitió con todo y orgullo el pequeño infarto que sufrió al ver a Milo de pie, justo delante de su cama. Sumida en un silencio sepulcral, lo miraba desde arriba, mientras se dedicaba a parecer melancólica y misteriosa, vistiendo aquella camisa de mangas cortas roja y aquellos pantalones oscuros, en cuyos bolsillos había enterrado sus manos. El cabello alborotado estaba suelto y caía sobre sus hombros en una cascada de bucles azules y, en general, se veía como la Milo que había conocido desde siempre.

Excepto por el ojo derecho.

—Supongo que el hecho de que estés aquí significa que viniste a disculparte con Saga y te equivocaste de habitación —comentó, sentándose y bajando los pies de la cama, que entraron en contacto con el suelo frío.

Porque sí, Saga no había presentado resistencia cuando Kanon le preguntó por qué de la nada dos cosmos se alzaron con agresividad y deseos de muerte en el octavo templo más temprano, esa misma noche. El gemelo mayor había respondido con total sinceridad que de alguna manera Milo había descubierto lo que sentía por ella y que lo había rechazado casi sin miramientos, pero que él mismo no había tenido una mejor idea que darle una probada a la manzana prohibida justo en las narices de Camus de Acuario, quien en un increíble despliegue de sentimientos humanos, demostró su descontento comenzando una batalla de los mil días que la propia Milo tuvo que detener. Kanon no dudaba de que, sin su intervención, Saga hubiese aceptado seguir adelante con esa locura sin tener en cuenta el momento de crisis por el que estaban atravesando todos en el Santuario y en el mundo en general.

Milo no desvió la vista pese a que Kanon sólo vestía unos pantalones cortos y holgados cuya cinturilla estaba un poco más abajo del lugar en el que técnicamente debía estar, y Kanon se preguntó si el hecho de vivir rodeada de hombres hacía que las amazonas en general no se vieran afectadas por la exposición de tanta piel en un espacio reducido y cerrado, o si sólo se trataba de Milo siendo indiferente al sexo opuesto de una manera que haría que incluso a Narciso le diera un ataque de histeria. Ella se acercó y se sentó a los pies de la cama, en el suelo.

—Escorpio me ha rechazado —susurró. Por lo general su voz adoptaba un tono que hacía que los demás voltearan a verla de inmediato, algo parecido a una pequeña campana repiqueteando con desesperación; de alguna manera, parecía que el timbre propio de la niñez no la había abandonado, sino que sólo se había suavizado un poco.

— ¿Qué quieres decir? —replicó, frunciendo el ceño.

—La armadura me hizo a un lado cuando intenté tocarla, hace como una hora —respondió ella a su vez, con ese timbre suyo que hacía que algunas partes de su cuerpo que no deberían reaccionar, reaccionaran de manera exagerada—, y cuando la llamé con mi cosmos…

— ¿No respondió?

—Me hizo esto. —Extendió su mano hacia adelante, abierta, y le enseñó la palma. Una pequeña línea cruzaba en forma perpendicular y algo curvada hacia abajo, por toda la extensión de la zona. Su muñeca estaba vendada hasta casi la mitad de su antebrazo con una gruesa capa de vendas, lo cual no tenía ningún sentido para él pues no había más signos de daño y, de hecho, se veía como un corte limpio y no muy profundo. Ni siquiera sangraba a pesar del intenso color rosa de la piel abierta.

—Generalmente las personas vendan la zona herida, no la piel sana —comentó con voz plana y una mirada seca que ella devolvió con esmero, como si silenciosamente se quejara porque Kanon no viera una obviedad que, desde luego, no veía.

—Cuando mi sangre entra en contacto con las líneas de mis brazos se desata el fuego oscuro. Por eso preferí vendar mi brazo antes que la herida. —Cruzó las piernas al estilo hindú y apoyó las manos en sus rodillas. Aunque su espalda estaba recta, se veía extrañamente derrotada.

—Interesante. Aunque no comprendo por qué estás aquí a las dos de la madrugada en lugar de en la habitación de alguno de tus mejores amigos —respondió él, llevándose una mano a la barbilla y rascando su mentón, decidiendo que no le molestaba en absoluto que ella se encontrara allí a pesar de lo absurdo de la situación.

—Ellos no entienden —susurró, para luego guardar silencio durante un momento antes de continuar con voz más firme—, lo que se siente arrepentirse por algo que hiciste llevada por un deseo personal.

Kanon guardó silencio.

Por supuesto que él sabía alguna que otra cosa sobre el arrepentimiento; dolía, por ejemplo. Y si estabas cerca de Milo para demostrarlo, dolía aún más. Pero ese no parecía el punto de todo aquel asunto y no sabía si debía preguntar o limitarse a ser un buen anfitrión y ofrecerle leche tibia y un cuento antes de dormir. La que estaba a su lado no era enteramente Milo, sino que había una parte de Caos mostrándose sin tapujos y eso lo ponía algo nervioso. ¿Qué había llevado a la diosa más poderosa del universo a invadir su espacio personal de esa manera? Y no es que le molestara, se trataba de simple curiosidad y, además, ¿de qué podría tener que arrepentirse ella? Se trataba de Caos, después de todo. Y como tal, podía darse el lujo de hacer lo que quisiera; aunque se había corrido algún que otro rumor sobre su alto sentido del deber y extrema moralidad que haría que cualquier otro ser mortal o inmortal quisiera golpearse la cabeza contra la pared más cercana. Kanon conocía el arrepentimiento gracias a las acciones titánicamente idiotas que había cometido en su pasado no tan reciente, conocía la inmoralidad de los dioses y su egoísmo y el libertinaje con el que actuaban, conocía la maldad y el rencor de los seres humanos y entendía por qué ciertas personas —entre las que se incluía— creían tener derecho a actuar como quisieran sin contemplar las consecuencias. Él mismo había caído en la cuenta luego de ver la destrucción y muerte que dejó a su paso la guerra entre Athena y Poseidón, los daños colaterales como Asgard e incluso el peso de las muertes acumuladas sobre los hombros de su hermano. Entre los seres humanos y los dioses el historial de extrema estupidez no podía medirse con claridad y pocos, como Athena, todavía tenían ciertos reparos al actuar. Pero incluso ella guardaba muertos en su placard.

Si había alguien que debía arrepentirse, esos eran los humanos y los dioses. No Caos, o Milo. O quizás sí, debido a que había sido el arma asesina favorita de su hermano por su absoluta y devota confianza hacia la figura del Patriarca.

—Ojalá nunca hubiese creado a los dioses —comentó ella, su voz susurrante era penosa y cansada. Sus hombros se desplomaron repentinamente y Kanon sintió la terrible urgencia de sostener su mano y asegurarle que todo estaría bien—. Quisiera no tener que hacer lo que haré.

—No comprendo de qué hablas —confesó, sonriendo un poco para Milo, aunque ella no lo notó; no estaba devolviéndole la mirada—. Pero no soy el único, para variar. Se puede decir que eres como una diosa incomprendida, la oveja negra del panteón, la que se queda en un rincón en las reuniones familiares y siempre sale con expresión molesta o aburrida en las fotos grupales…

La risa cantarina y fluida de Milo detuvo la sarta de tonterías que estaba diciendo. Ella dirigió su mirada bicolor hacia él y extendió su mano para acariciar su mejilla. El corazón de Kanon se detuvo por un momento y luego retomó su actividad andando como un automóvil fuera de control, cuando la tibia y suave piel de una de las manos, aquellas que lucían algo delicadas para tratarse de las de una guerrera, entraron momentáneamente en contacto con él. Una pequeña parte de su cerebro que nunca había funcionado con normalidad se preguntó si no tendría barba creciéndole que pudiera molestarle y de inmediato comenzó a planear una cita con su afeitadora.

—Pocos humanos me han hecho reír a lo largo de la historia —comentó, retirando su mano y dejando a su paso una sensación parecida al roce de una pluma en la mejilla de Kanon. Los vestigios de aquella calidez provocaron que sintiera frío en el resto del cuerpo.

Cuando se levantó de su lugar creyó que la visita había terminado pero ella, en lugar de irse, tomó algo del bolsillo de sus pantalones y se lo tendió. Kanon pensó que las cosas iban a ponerse feas cuando el brillo de una pequeña cuchilla destacó en la penumbra de su habitación pero, sin cuestionar nada, recibió el pequeño objeto. Entonces, ella sacó otra cosa de su bolsillo y, acto seguido, llevó ambas manos hacia su cabello y utilizó sus dedos para reunir la larga y salvaje melena en la parte baja de su cuello, amarrándola con una pequeña liga de goma. Reclamó la pequeña daga y Kanon dudó, pero, finalmente, cedió poniendo mala cara. Algo en él reaccionó con desagrado cuando ella utilizó el filo para cortar de tajo su cabello, dejando el largo suficiente para que cubriera la base de sus hombros. Todavía en silencio, observó el resto de la maraña de bucles amarrados en la liga y tras sostenerla un momento, la extendió hacia Kanon.

—Yo… no necesito extensiones, gracias —dijo, poniendo las manos al frente en un gesto de rechazo. Milo con el cabello corto se veía mucho mejor de lo que debería, los bucles se habían convertido en tirabuzones medianos que se encrespaban alrededor de sus orejas y se curvaban hacia afuera en sus hombros—. De hecho, lo que necesito es un corte de cabello parecido. Y una explicación de por qué cometiste el tipo de atrocidad que te convertiría en la mayor enemiga de Afrodita de Piscis.

—Se puede decir que es una disculpa por adelantado —contestó, revolviendo lo que le quedaba de cabello en un gesto que pareció demasiado sensual. O quizás sólo era él rindiéndose a sus bajos instintos que le hacían creer que si ella se ponía a interpretar a un mimo justo ahí le provocaría un orgasmo, lo cual era ridículo.

— ¿Disculpa por adelantado? —cuestionó, preguntándose repentinamente si ella no habría ido hasta el tercer templo a romperle el corazón y así descartar por completo a los Géminis de su lista de pretendientes.

—Es que ésta es la última vez que me verás —dijo, aunque lo que ella seguramente creía que era una explicación, para él no era algo más que un enorme misterio de esos que le quitan el sueño a generaciones completas—. Mañana ya no estaré aquí.

— ¿Adónde irás? —preguntó, levantándose y pensando en qué tanto se acortaría su expectativa de vida si amarraba a Caos con una camisa de mangas largas a falta de una soga y la encerraba en su sótano.

—A un lugar del que no lograrán hacerme volver —respondió, seria y con una mirada cortante e inquietante.

—Ya veo —murmuró, acercándose y revolviendo entre sus dedos el poco cabello le quedaba a ella, provocando una pequeña revolución de bucles que saltaron por todas partes—. Así que al fin y al cabo también viniste a romper mi corazón. Por desgracia para ti, soy un hueso duro de roer.

Milo se alejó, sonriendo y sacudiéndose la cabeza para acomodar su escasa melena. Se veía linda, pensó Kanon, y también deseó que ese momento se extendiera un poco más; pero era obvio que no sería así. Dándole un último vistazo, ella avanzó hacia la puerta y desapareció como si de una ilusión se hubiese tratado, dejándolo viendo el espacio vacío donde las sombras jugaban a recrear su forma. Intentó convencerse durante varios minutos que el sordo dolor en su pecho ante la perspectiva de no verla de nuevo en la mañana no era tan malo, pero por alguna razón no pudo con ello. Supo desde el inicio de esa nueva vida que existía una probabilidad enorme de que la perdiera en el fuego cruzado, pero no esperaba que sucediera tan pronto.

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Templo de Escorpio, 02:45 a.m.

A pesar del silencio Milo estaba ligeramente aturdida, y el embotamiento en sus oídos le hacía doler la cabeza. Eso, sumado a la ducha previa de agua helada y la humedad del ambiente —cortesía del resentimiento de Poseidón— conseguían que su mente se concentrara más en la idea de acurrucarse en su cama que en prepararse para lo que vendría.

El baño había ayudado a relajar sus músculos tensos y débiles, había despejado un poco su mente y refrescado sus ideas, pero ni su perfume ni la ropa limpia hicieron que se sintiera mejor. La camisa había sido reemplazada por una camiseta suelta del mismo color rojo, sus pantalones oscuros tenían bolsillos a los costados de sus piernas y las botas marrones no presionaban sus dedos juntos, lo cual era un alivio. Podía parecer que se había tomado su tiempo eligiendo ropa cómoda, pero la realidad era que seguramente al amanecer tendría entre dos y quince motivos para necesitar el tipo de prendas que no incordian a la hora de moverse. No es como si planeara correr una larga distancia o pelear, pero prefería estar lista para todo. El cabello a medio secar comenzaba a encresparse en las puntas, que acariciaban sus hombros, y las vendas en sus antebrazos provocaban que los latidos de su corazón se intensificaran allí por donde pasaban sus venas. Había contado ciento setenta y dos latidos conforme intentaba olvidarse de la imagen que ella misma había recreado de su cama y sus esponjosas almohadas. Por lo menos, desde afuera se veía como si estuviera meditando intensamente sobre un asunto muy importante.

Suspirando, encendió una última vez su cosmos para reprimir el de Caos, llamando a su armadura, pero Escorpio ni siquiera se inmutó; ni hablar de apartarla como había hecho antes, porque de hecho, sólo permaneció metida en su caja de pandora, ocultándose de su vista e ignorándola como jamás se imaginó que sucedería. Milo recordó la primera vez que la había portado, el calor que despidió, la sensación de inmenso poder que la envolvió y que le había hecho creer, por un momento, que estaba en la cima del mundo; evocó la manera en que se ajustó a su cuerpo como si tuviera vida propia, pensó en la silenciosa voz del oro saludándola como uno saludaría a un amigo al que no ha visto por muchos años. Se había prometido a sí misma que aquella sería la última vez que intentaría llamar a Escorpio, pero a pesar de su orgullo herido —que ardía como una herida a la que alguien le había echado sal—, quiso tratar una vez más.

Había tres cosas que tenía que hacer antes de que Caos pudiera descender sobre ella. La primera de ellas era dejar ir todo el dolor que su alma cargaba; la segunda, cortar todos los lazos emocionales que tenía con los santos del ejército de Athena; y la tercera, abandonar su lugar como guerrera de Athena. Había conseguido a medias dos de esos objetivos pero todavía faltaba el tercero y con Altair preparándose en alguna parte del universo para quebrar los sellos de todos los dioses, sabía que no podía fallar de ninguna manera. No sería fácil, por supuesto. Sus ex compañeros de orden podrían ser quizás los más famosos rencorosos de todas las armadas de aquella era, pero ninguno de ellos dejaba paso libre a emociones tan negativas como el odio... a menos que los hirieran demasiado. Con Saga y Camus había sido fácil, incluso con Kanon, pero todavía faltaban diez santos dorados, uno de bronce, la diosa y el Patriarca.

Estuvo a punto de pensar que podría haber muerto y haberse ahorrado todo lo que vendría, pero unos pasos resonaron en la inmensidad del templo, cortando de cuajo el silencio, y al voltear y reconocer la figura desgarbada de su hermano menor, se convenció de que permanecer con vida valía la pena a pesar de todo. Mika caminaba con algo de pereza, sin mover los brazos al andar y con una terrible y devastadora expresión de sueño. Él levantó la vista cuando la reconoció y de inmediato entornó los ojos, cerrándolos hasta que fueron nada más que rendijas a través de las cuales un brillo como de gatito asesino destelló en la oscuridad. Apresurando el paso, se acercó y dio una vuelta completa a su alrededor como queriendo evaluar su postura y vestimenta, lanzó un murmullo incomprensible y finalmente se detuvo frente a ella.

—Ahora te pareces a mí —sentenció, cruzándose de brazos y componiendo una expresión molesta.

Milo sintió que una carcajada se le atoró en la garganta.

—Claro que no —respondió.

—Claro que sí —replicó él, extendiendo una mano hacia ella y tirando suavemente de su cabello ahora corto, ligero. Pareció considerar la idea de aquel nuevo parecido físico recientemente descubierto y, tras un momento, negó con la cabeza.

Pues qué se le iba a hacer, no podía contentarlo siempre.

— ¿Qué haces aquí?, deberías estar durmiendo.

Mika torció el gesto y bajó la cabeza. Tras los mechones desprolijos y desordenados cubriendo sus párpados y colándose por sus mejillas, pudo apreciar un fuerte rubor que tiñó su piel bronceada. Sus hombros delgados se tensaron un poco y comenzó a hacer un movimiento involuntario con su pie izquierdo.

—Es que… Zeth se durmió a mitad de un libro y Camus de Acuario no ha salido de su habitación desde el atardecer y yo no tengo sueño —comentó. Su rostro se puso todavía más rojo y tragó con fuerza antes de continuar—, así que pensé en venir hacia aquí. No creí que también estuvieses despierta.

—Pues ya ves, sí lo estoy.

—No eres tan graciosa como crees.

—Y tú no te ves tan adorable como piensas.

— ¿Ah, no? —replicó, sonriendo de lado en una mueca de pura malicia y burla. Sus ojos generalmente dulces se tornaron furtivos y ardientes y usó su mano para tocar la cima de su cabeza y luego hacer una línea recta que acabó en la clavícula de Milo, desde donde volvió a hacer su camino hasta su cabeza—. En poco tiempo seré tan alto como tú. Quizás en un año sea más alto.

Milo sonrió, pero no respondió. Ella no iba a estar en ese mundo lo suficiente para ver a Mika crecer hasta darle alcance y ser tan alto como se imaginaba que sería. Ya no era tan menudo como lo era cuando llegó, tampoco era tan delgado, y las líneas que marcaban un crecimiento medianamente sano comenzaban a mostrarse. Incluso podía predecir su altura definitiva junto a la forma física que adoptaría al llegar a los quince o dieciséis. Los primeros signos del tirón de estatura por el que los chicos pasaban al llegar a los trece estaban ahí, pero todavía no acababa el proceso. Milo esperaba que su hermano tuviera una vida en la que pudiera pasar de los veinte años, llegar a los treinta y tal vez morir a los setenta u ochenta después de haber vivido haciendo lo que más quisiera. Quería asegurarse de que él nunca se entregara a la vida de un guerrero. No quería que vistiera una armadura como deseó al principio, cuando secretamente se imaginó que, con lo rápido que había aprendido a manejar su cosmos, podría llegar a vestir una armadura de plata como la de Altar, y con un poco más de esfuerzo incluso, una de oro.

Como Escorpio.

Milo estiró ambos brazos y atrajo a su medio hermano en un abrazo estrangulador. Él no hizo nada por un momento, viéndose incapaz de reaccionar ante el gesto tierno que estaba recibiendo. Sin embargo, no pasó demasiado tiempo antes que sus todavía escuálidos brazos le rodearan la cintura y presionaran con fuerza sus órganos vitales. La calidez del cuerpecito y el aroma almizclado y ligeramente infantil llenaron sus fosas nasales y procuró memorizarlo, identificándolos y archivándolos en su mente como ese conjunto de aromas especiales que le recordaban a cosas buenas y cálidas, cosas que traían felicidad a su alma.

—No te conviertas en un santo de Athena —susurró, su voz sonando extrañamente como la de una nana. Recordó la fotografía de la mujer sosteniendo a un bebé; su madre, y se preguntó cómo se sentiría estar en sus brazos. Se preguntó si ella también habría memorizado el aroma de Mika, o el suyo—. Vete del Santuario y ten una vida normal.

— ¿Qué quieres decir con eso? —murmuró Mika a su vez, el lado derecho de su rostro aplastado contra su pecho. Levantó la vista y en sus ojos encontró los ingredientes que formaban el miedo, mezclándose para comenzar a atormentarlo—. ¿Por qué me pides que me vaya? ¿Por qué lo haces sonar como si no fueras a venir conmigo si decido irme?

—Porque no iré —respondió, viéndolo directo a los ojos, turquesa contra turquesa pero no en una guerra de miradas, sino en un simple acto de concentración realmente profundo—. Por eso necesito tener la seguridad de que no estarás en el ejército de ningún dios o diosa, ni siquiera en una armada humana. Vete tan lejos como puedas, busca un lugar pacífico, asiste a una escuela, encuentra un empleo, ten una novia, ve a la universidad, ten algunas aventuras pero mantente a salvo —continuó, hablando bajo y provocando que el rostro de su hermano se contorsionara en una mueca de tristeza.

— ¿Por qué no haces tú lo mismo? —preguntó. Su voz se quebró un poco hacia el final de la frase, lo que provocó que Milo frunciera un poco el ceño—. ¿No quieres estar ahí para ahuyentar a mis novias o para decirme que no regrese tarde a casa?

— ¡¿Mis?! —exclamó abriendo mucho los ojos, fingiendo espanto—. ¡¿Cuántas piensas tener?!

— ¡Eso no es lo importante! —replicó él, presionando con un poquito más de fuerza su cintura—. ¿Por qué tienes que hacerlo sonar como si supieras que no vivirás para sacarme de una fiesta arrastrándome desde los pies y avergonzándome frente a mis amigos? ¿Por qué no buscas tú también una vida normal?

Milo se lo pensó antes de responder, aunque técnicamente no tenía por qué. Muchos aprendices tenían problemas para adaptarse a sus nuevas realidades porque estaban atrapados en el recuerdo de la vida que habían dejado, algunos llegando desde orfanatos, otros tantos con el peso reciente de las muertes de sus padres. Pero Milo no había pasado por todo eso, no realmente. Ella había despertado en la pequeña habitación de un hospital sin saber su propio nombre o edad. La primera persona con la que había interactuado resultó ser el santo de plata Aireen de Altar, quien le había contado que sus padres habían muerto en un terrible accidente al ser atacados por violentos asaltantes que acabaron con sus vidas e intentaron, sin éxito, hacer lo mismo con ella; le había dicho que a partir de ese momento ella estaba bajo su tutela y que era propiedad nueva del Santuario de la diosa Athena. Milo no había comprendido casi nada en aquel entonces, pero eso no le preocupó demasiado. No sabía el nombre de sus padres, no tenía fotografías de ellos, no recordaba el camino a su casa para tomar sus pertenencias y a duras penas supo responder preguntas básicas del tipo: ¿Estás de acuerdo con esto? ¿Prefieres quedarte en la isla? ¿Necesitas ir al baño? ¿Tienes hambre?

No había tenido el mismo problema que los otros niños, que se pasaban el tiempo lloriqueando porque echaban de menos a sus amigos, a sus escuelas y sus casas, los postres deliciosos que ciertas abuelas o tías preparaban o los ratos libres jugando en los parques cercanos a sus viviendas.

—Bueno, eso es muy fácil —respondió—. Nunca he conocido otra vida que no sea ésta. Darme en sacrificio o luchar hasta que la última llama de mi cosmos se apague es todo lo que sé.

—Eso es triste y espantoso —refunfuñó el menor, volviendo a acomodar el lado derecho de su cara contra su pecho—. No es justo que deba irme y dejarte aquí para que sufras. El deber de un hermano es proteger a su hermana. Además…

—... ¿Qué? —preguntó luego de un momento. Él se había quedado en silencio cuando una única lágrima escapó de su ojo.

—Le prometí a nuestra madre que cuando te encontrara finalmente, te llevaría de regreso a casa para que viviéramos allí, juntos —susurró. Sintió el leve temblor de sus hombros, pero no pudo verlo llorar debido a que se ocultó entre los mechones más largos de su cabello.

Milo no supo qué responder a eso y no se molestó en intentar encontrar una buena respuesta. Finalmente decidió que no podía alargar más el momento. Así que se separó de él y se encargó de quitar de su rostro las lágrimas, utilizando sus dedos para barrerlas por completo; se aseguró de que la viera a los ojos. Los de él estaban brillantes y nimias gotitas pendían de las puntas de sus pestañas.

—Prométeme que serás tan feliz como puedas y que te mantendrás a salvo —O haber permanecido con vida habrá sido completamente en vano, agregó en su mente.

—Te lo prometo —respondió de inmediato, imitando la rapidez de un pequeño soldado bien entrenado. Por lo menos había logrado inculcarle algo de disciplina.

—El mismo día que llegaste al Santuario me encontré pensando en cuánto me alegraba no tener hermanos con los que lidiar, viendo que mis compañeros, aquellos que tienen familiares cercanos, siempre están en problemas. Por supuesto, luego apareciste tú.

—Pero no supiste la verdad en ese momento.

—No. Pero ahora que lo pienso, me doy cuenta que ese es el momento más feliz de mi vida.

Eso fue suficiente para hacerlo llorar. Y Mika lloraba como un niño. Milo, por su lado, esperó pacientemente a que se calmara, cosa que no pasó de inmediato; pero no lo alentó a detenerse ni le dijo que estaba mal hacerlo. Ella tenía un poquito de ganas de quejarse por la suerte que le daba la estrella debajo de la cual había nacido, pero no tenía sentido renegar de un destino que había decidido por sí misma, uno que ella misma había encaminado de tal forma que se diera tal como se daba en ese momento, muchísimo antes de llegar al mundo por primera vez. Mika detuvo su caudal de llanto e intentó parecer serio y estoico a pesar de las gruesas lágrimas que todavía caían por su rostro, pero solo consiguió verse triste.

Ella se odiaba a sí misma por ser la causa, pero sabía que Mika era más fuerte de lo que le hacía creer a todo el mundo. Sabía que estaría bien con el tiempo y que llegaría un día en que la recordaría con alegría y no con tristeza por la pérdida. Así que sonriendo con total libertad y fanfarronería, haciéndole creer que todo estaba momentáneamente bien, llevó un brazo hacia atrás, cerró su mano en un puño y luego se impulsó con la fuerza suficiente para hacer que su mano se encajara en el estómago del niño, que soltó aire en un jadeo ahogado a la vez que se inclinaba hacia adelante, entre sorprendido y confundido. La instantánea pérdida de aire lo noqueó y se desmayó, desplomándose sobre su brazo. Milo lo sostuvo con cuidado y utilizó su cosmos para llamar a Argus, quien apareció frente a ella de inmediato, con una rodilla en el suelo y la mano derecha justo sobre su corazón.

—Llévalo de regreso al onceavo templo —murmuró, volteándolo con cuidado y alzándolo tras pasar su brazo libre por detrás de las rodillas, entregándoselo al Pilar de la Luz y la Oscuridad.

— ¿No debería sacarlo del Santuario? —preguntó Argus, tomando al niño con más cuidado que ella y acunándolo contra su pecho. Milo pensó que no había para Mika un lugar más seguro en el universo que los brazos de un Pilar de la Creación.

—No. Él se enfadaría si lo sacáramos de aquí dejando atrás a su mejor amigo.

Argus asintió y tras una breve reverencia, desapareció de la misma manera repentina que había aparecido unos segundos atrás.

Milo suspiró, mirando a su alrededor. Nuevamente estaba sola y no le gustaba la soledad. Descubrió que si había algo que a Caos le molestaba era precisamente eso y pensaba que, después de todo, la razón por la cual había creado el universo y dado lugar a los dioses era que no le gustaba estar sola. Pero al fin y al cabo ellos le habían dado la espalda y reformado todo para que fuera como quisieran, creando a los humanos para hacerse servir por ellos de una manera puramente egoísta. Les había dado una oportunidad para reparar sus errores advirtiéndoles que vendría a la Tierra a juzgar su desempeño y con todo y eso los halló culpables; luego les había brindado una secreta y nueva oportunidad para encaminarse y ellos simplemente se encargaron de hacerlo todo incluso peor que antes.

No quería pensar que Caos estaba arrepentida de haberlos creado y darles libertad. Ella deseaba compañía, no convertirse en una mano ejecutora.

Llevó la mano a uno de los bolsillos de su pantalón negro y sacó de él aquella daga maldita con la que una vez Saga le había quitado la vida a Athena, y se quedó observándola por un momento. Desde Asgard, cuando le exigió a Mu que la teletransportara para así poder cambiar su armadura a su versión divina, había quedado en su poder y nunca recordó que estaba en su templo para devolvérsela a Athena; y, de hecho, ni la diosa ni el Patriarca preguntaron por ella. Nunca pensó que la necesitaría y mucho menos para lo que planeaba hacer, pero supuso que era una buena cosa que todo el mundo se hubiese olvidado de ella. Por lo menos esperaba no tener que utilizarla, pues tenía la esperanza de que con solo ser vista portándola fuese suficiente para que todo marchara como debía, pero, teniendo en cuenta la suerte que estaba teniendo en su empresa de molestar lo suficiente a los santos de Athena, dudaba que le fuera bien. Y aún le faltaban algunas horas de espera. Los sellos se romperían al amanecer y entonces tendría poco tiempo antes que el poder aplastante de la inmortalidad de Caos la sumiera en un mar de dolor que no duraría más que unas pocas horas pero que seguramente serían las peores de su vida.

Esa era la última noche en que sería Milo de Escorpio, se dio cuenta a la vez que un nudo fuerte y doloroso se formaba en su garganta. La última noche como Milo, la última noche como hermana y amiga de alguien, la última vez antes de ser Caos para siempre.

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Algún punto de la galaxia, tiempo terrestre: 5:50 a.m.

En la Tierra Milo dormía pacíficamente, disfrutando de sus últimos minutos como humana al servicio de una diosa antes de que todo comenzara y ahí, en el lugar donde la luz y la oscuridad colisionaban para crear vida, Altair se preparaba, vigilando los sellos de los dioses que todavía resistían, a duras penas conteniendo el inmenso y abrumador poder de Caos.

Por una parte no podía dejar de sentirse como un gran idiota mientras miraba el campo de fuerza que supuestamente albergaba el alma inmortal y el cosmos de su señora. Quería golpearse mentalmente por ello y reconocer con vergüenza y humillación que había estado algo equivocado durante algo así como nueve mil años. Podía incluso imaginarse la sonrisa altiva y descarada de Owen junto a esa expresión de yo tengo razón y tú no que seguramente tenía en ese momento. Él le había dicho que debía dejar de limitar tanto a su señora, pero Altair simplemente no había comprendido a qué se refería cuando se lo dijo y prefirió hacer de cuenta que su silencio significaba que había entrado en razón... cuando en realidad no era así. Pero viéndolo en ese momento, podía decir con total seguridad que entendía las palabras de su hermano menor.

Es decir, Caos era la diosa primigenia, aquella de la que habían descendido otros dioses, e incluso tenía su propia estirpe de deidades que llevaban su sangre y que tenían cosas mejores que hacer que intentar gobernar un mundo en decadencia; era por excelencia la más grande de todos ellos, la primera, la más poderosa, la diosa de los comienzos y las causas primeras. Nunca se le había ocurrido preguntárselo hasta ese momento pero finalmente cedió espacio al sentido común y se cuestionó por qué los dioses del Olimpo que descendieron de Zeus y éste de Cronos, que eran por definición inferiores en poder, fueron capaces de sellar la inmensidad y brutalidad de Caos. Se preguntó cómo pudieron uno o dos de ellos enlazar el lado mortal de su alma junto al alma de un simple humano efímero y frágil, se preguntó cómo fue posible que Caos en persona permitiera que Vasili de Acuario la hiriera de muerte con aquella arma inmortal creada a partir de la unión de las armas predilectas de los dioses. Era verdad que sin dudas esa espada que empuñó el primer santo dorado de Acuario era formidable, pero ni siquiera eso debería haber tenido ni la más mínima capacidad de rasguñar la mejilla de su señora; y, sin embargo, fue capaz de atravesar la armadura divina de Caos. Altair recordaba esos terribles momentos en que el ejército de Athena llegó hasta donde ellos estaban y los enfrentaron. Habían estado dispuestos a acabar con todos ahí mismo pero Caos se apiadó y les ordenó que se retiraran y les dejaran el camino libre a los humanos, advirtiendo que ella en persona lucharía.

Y entonces sobrevino la catástrofe cuando perdió contra Vasili.

Después de tantos milenios Altair tenía la cabeza lo suficientemente fría como para volver a analizar la secuencia de sucesos y entender algunas cosas que antes le resultaban incomprensibles. La primera y más importante la había escuchado de la lacayo de Apolo, esa chiquilla que le sirvió como Oráculo y que le dijo a Athena que Caos no podía ser sellada. Efectivamente, Caos era tan poderosa que resultaba imposible contenerla. La segunda cosa era que seguramente aquellos sellos no eran más que una pobre representación que habían montado para hacerse creer a sí mismos que habían ganado la guerra contra su señora. La tercera —que abarcaba casi todas sus dudas— era todavía más simple y aterradora, tanto que temía pensar en ello casi tanto como temía que todo se repitiera en la vida real.

Caos había planeado todo para que sucediera tal y como estaba sucediendo. Planeó dejarse ganar por Vasili, su separación humana de su lado inmortal, permitió que enlazaran su alma a la de ese humano, que los dioses le pusieran un sello, planeó tener un hijo con quien fue su esposo en su breve vida luego de la guerra.

Tenía sentido por donde se lo viera. Todo era una treta y un plan casi macabro si pensaba demasiado en ello. Se había burlado a lo grande de los dioses haciéndoles creer que habían logrado contener su cosmos y dominado su alma a su antojo para luego levantarse como si nada justo en sus narices. También tenía sentido que hubiese dejado una línea de sangre terrestre. No cualquiera podía albergar el corazón latente, capaz de contener sus dos partes, más su cosmos; sólo alguien que portara su sangre divina podría conseguirlo, lo cual también explicaba el hecho de que Mika lo tuviera como seguro de vida. El niño habría muerto de no ser por ese segundo corazón que llevaba dentro y era totalmente capaz de llevar una vida normal con él sin verse afectado por su divinidad porque, de hecho, él tenía la sangre de Caos igual que Milo, así que eso confirmaba que ambos eran descendientes directos de Meagan y Vasili, solo que los genes de ella eran más fuertes por ser una diosa, y gracias a ello, sus características físicas se habían ido sucediendo generación tras generación.

Y si pensaba que todo eso junto no era lo suficientemente malo, todavía le quedaba un último pensamiento, uno que aún no era capaz de aceptar como verídico: Milo le había pedido que quitara los sellos de todos los dioses y él se había espantado al pensar en la posibilidad de dejar caer sobre ella todo el peso del poderío de Caos, pero en cambio, Milo le había asegurado que aunque una parte de su poder escapara y fuera directo a su encuentro, el despertar todavía no sucedería debido a que existía un sello que él no podría quitar. Y si Altair no podía destruirlo quería decir que nadie en el universo podía.

A menos que nadie fuese la mismísima Caos.

Eso le llevaba a una línea de pensamientos totalmente alterna a todo lo que sucedió milenios atrás. Le llevaba a pensar específicamente en la manifestación de las personalidades de Vasili y Meagan en la actualidad. Algunos días atrás la inconfundible presencia de ambos se había sentido en el octavo templo por algunos minutos y luego ambos habían desaparecido. Tenía algo de sentido que Meagan se mostrara de manera parcial debido a que ella estaba ligada al lado inmortal de Caos, ese que debía unirse a Milo para que ya no fuera una u otra como personas diferentes, sino que fueran una sola, un alma, una consciencia. La suma de las dos tenía a Caos como resultado. Lo que no tenía motivo ni razón aparente fue la presencia repentina de Vasili. Camus de Acuario no contaba con un alma capaz de separarse e incluso a pesar del lazo que tenía con su señora, él sólo era una persona que había reencarnado demasiadas veces. Eso, y que cuando fue atacado en el pueblo y luego por Milo, la sangre que había brotado de él tenía un tinte oscuro y cristalino.

Lo cual, a su vez, le llevaba a creer que Caos había sellado la consciencia de Vasili de tal manera que el sello fuera roto en esa misma era, con cual fuese el retorcido motivo que la había movido a hacerlo. El problema con ese razonamiento es que en ambas ocasiones, cuando Camus sangraba al ser herido en el lado izquierdo de sus costillas, Milo inmediatamente era herida también.

Y eso sí que no tenía sentido para Altair.

Pero en fin, su trabajo ahí no era hacer preguntas o cuestionar las controversias ocultas en las acciones de su señora. En esa ocasión él estaba ahí para quitar los sellos. Se suponía que debía hacerlo como máximo de tres en tres pero en cambio, puntualmente en ese momento, debía quitarlos todos.

Extendió ambas manos hacia el frente, encendiendo su cosmos y quemando el cosmos residual en cada sello que llevaba grabado con sangre divina el nombre de cada dios y diosa del Olimpo. Los pergaminos brillaron en blanco, luego en dorado y finalmente, con un movimiento de su mano derecha, se hicieron pedazos, convirtiéndose en un fino polvo de estrellas que se perdió en la inmensidad del universo. Tuvo que transcurrir un instante hasta que pudo sentir parte de ese gran poder siendo liberado; no era mucho pero sí lo suficiente para hacer que las galaxias cercanas temblaran, provocando un sonido similar al de un terremoto en el océano. Algo sordo y profundo y estremecedor. El poder se sintió como una onda expansiva que lo envió lejos, con una fuerza imposible de describir pero que no le causó daño alguno, sino que lo envolvió y arropó como el abrazo de una madre o de una hermana mayor.

Altair pensó en Milo y en el poco tiempo que les quedaba.

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Estatua de Athena, 08:30 a.m.

El momento exacto del amanecer en el cual el sol tendría que alzarse había pasado, el día se mostraba tan gris y falto de vida como cada nueva jornada desde que Apolo los había privado de la calidez del astro rey en un acto de egoísmo y miseria tan grande, que no conseguía concebir la idea de que existiera alguien tan ruin como él. Sin embargo, no era eso lo que molestaba a Athena.

Desde que había despertado —como a las cinco y treinta— no había podido conciliar el sueño nuevamente, y nada tenía que ver con el hecho de que Poseidón estuviese de visitas en el Santuario o de que sus celosos generales marinos vieran con recelo y desconfianza tanto a ella como al Patriarca, sino más bien que se había despertado sintiéndose tan ansiosa que, de hecho, se había levantado de su cama y sólo para dedicarse a dar vueltas y vueltas en su recámara privada por veinte minutos antes de que el mismísimo aire le susurrara acerca de algo que estaba gestándose más allá de donde el cielo les permitía mirar. Así que, llevada por la ansiedad que ya se había acomodado a lo largo de todo su cuerpo y sumado al repentino nerviosismo del que fue presa, hizo su camino acostumbrado hasta la estatua de Athena y tragó con algo de dificultad al ver signos de lo que parecía un camino formado por lágrimas, que atravesaba las mejillas de la inmensa y solemne figura. Acunando a Niké contra su pecho para darse valor, resistió el peso que sobrevino hacia ella cuando en alguna parte del universo los sellos que mantenían sellada a Caos se rompían todos a la vez, provocando el lejano sonido de cristales finos rompiéndose y esparciéndose por todas partes. Se sintió como algo pesado y denso cayendo, como si el propio océano se le hubiese ido encima; le recordó, de cierta manera, a lo que experimentó al estar encerrada en el gran soporte principal de la Atlántida. Pero también le recordó el momento en que se desangraba en los Campos Elíseos.

Una horrible combinación entre ser despojada de su vida y verse comprimida en un espacio más reducido que el cuerpo que ocupaba.

El cielo tembló como si sufriera el embate de un mega terremoto y pudo apreciarse desde su lugar cuando todas las nubes de tormenta fueron barridas por una ola expansiva que Athena sintió como una brisa helada y ardiente por igual. Su piel se había erizado por completo, su cabello resintió la indisponibilidad del ambiente y su ligero vestido blanco confeccionado así para sobrevivir al clima por demás cálido de la primavera y el comienzo del verano comenzó a sentirse pesado e incómodo, como si llevara una gruesa gabardina en lugar de satén.

Desde ese momento dos horas y media atrás Athena no podía estarse quieta o tranquila. Se preguntó una y otra vez qué habría sucedido con Milo, debido a que no había escuchado o visto nada parecido a lo que ocurrió la última vez al otro lado de la Tierra, cuando Caos descendió sobre Meagan. Aquella primera vez la consecuencia del descenso de Caos fue la formación de un volcán y el resquebrajamiento de la placa del Pacífico que bordeaba el continente americano en la forma de una gran fisura que ponía en peligro constante ese lado del mundo.

Pero nada de eso pasó. El silencio reinante era denso e incómodo, nadie parecía querer mover un solo dedo ni decir nada en el más bajo de los susurros. Al igual que ella, todos en el Santuario habían sentido el momento en que los sellos se rompieron y el poder de Caos quedó en libertad, pero Athena estaba confundida. Milo se mantenía tranquila y por el estado pacífico de su cosmos sabía que estaba durmiendo.

De todas las cosas que podría estar haciendo cuando su poder se liberaba, Milo estaba durmiendo.

Suspirando y pensando que quizá estaba exagerando las cosas, decidió que tenia que calmarse. No sabía exactamente por qué había ido hasta los pies de la estatua en primer lugar, tal vez pensó que podría crear una barrera o algo así, pero todos los intentos anteriores por frenar los sucesos habían fracasado y estaba cansada.

No lo admitiría en voz alta, pero se encontraba tan agotada que quería dejar caer sus hombros.

Volteó para volver a su recámara y se dio el susto de su vida al ver de pie y frente a ella a Milo. Dudando un momento sobre el por qué ella estaba allí, se quedó viendo el cabello azul que una vez había sido una envidiable cascada de grandes y suaves bucles y que ahora no era más que una modesta melena que apenas acariciaba sus hombros. Su figura generalmente proporcionada había cambiado, su cintura era indudablemente más fina y sus caderas dejaban al descubierto la forma de sus huesos, manteniendo en su lugar los pantalones oscuros repletos de bolsillos que usaba. Incluso desde lejos podía apreciar lo holgados que le quedaban, lo cual evidenciaba el deterioro por el que había pasado. Los huesos de su clavícula y sus hombros sobresalían también debajo de la tela de su camiseta roja y sus brazos cubiertos hasta los codos con vendas blancas dejaban a la vista las venas más allá del bronceado natural de su piel.

— ¿Milo? —susurró, dando un inseguro paso al frente.

Ella alzó la vista y Athena sintió que el aire huía de sus pulmones cuando notó que uno de sus ojos se había vuelto rojo. Su mirada en definitiva le resultaba desconocida y aterradora, poseía un brillo filoso y helado, y a la vez la miraba como si pudiese hacerla arder con un solo pensamiento.

No era Milo, se dio cuenta cuando retrocedió al mismo tiempo que ella avanzaba un paso.

Era Caos.

Insegura sobre qué hacer o decir, Athena optó por darle a la diosa el respeto que merecía hincando ambas rodillas en el suelo y bajando la cabeza. Sabía que no podía hacer nada contra ella en un duelo frente a frente y no deseaba que alguno de sus santos y amigos de Milo se vieran involucrados en un enfrentamiento o ejecución. Milo continuó avanzando, andando cada vez más rápido y en silencio con su brazo derecho extendido y la Aguja Escarlata lista para ser lanzada. Athena recordaba lo mucho que dolía, la sensación de entumecimiento de sus músculos y de quemazón en las heridas que persistía y empeoraba, las nauseas por el desangramiento y el mareo por la pérdida lenta de la consciencia. Y todo eso había sucedido en un sueño, así que imaginaba que en la realidad era mucho peor.

Cuando Milo se lanzó sobre ella, tres cosmos dorados se encendieron repentinamente y cuando alzó la vista, Mu de Aries y el Patriarca estaban posicionados frente a ella; más allá se encontraba Shura de Capricornio, con su Excalibur dispuesta a ser lanzada directo a su compañera.

— ¡No! ¡No deben intervenir! —exclamó, poniéndose de pie y colocando una mano en el hombro de Shion.

Él no le prestó atención, sino que estaba concentrado en la nueva y sorpresiva amenaza que representaba la escorpiana para ella.

—Milo de Escorpio —gruñó, con voz plana pero firme y libre de todo reconocimiento y compasión hacia la aludida—. Prefiero pensar que mis ojos me engañan y no creer que acabas de lanzarte en contra de nuestra querida diosa Athena.

Athena quiso decirle que guardara silencio y permitiera que Caos hiciera lo que había ido a hacer, pero una parte suya la instó a permanecer callada y esperar. Milo no le respondió al Patriarca, tampoco le miró ni se movió de su lugar. Se mantenía tan quieta como cuando la encontró momentos atrás, con sus dispares ojos puestos en ella transmitiendo frialdad y desconocimiento. Athena se sintió desconsolada debido a ello.

Supuso que una parte suya en realidad no esperaba que Milo la viera con algo menos que adoración.

Ella volvió a avanzar hacia adelante, desviando su atención hacia Shura, quien inmediatamente reaccionó lanzándose hacia ella, ambos en una clara postura ofensiva. Chocaron a mitad de camino con sus cosmos colisionando y sus manos unidas al frente, intentando hacer retroceder al otro. Shura estaba usando todo su cosmos, elevándolo tan alto que el aire alrededor de él creaba remolinos que enviaban ráfagas cortantes hacia afuera y, aunque Milo no estaba portando su armadura y su condición física estaba obviamente deteriorada, la igualdad de su fuerza con la de su compañero sorprendió a todos los presentes. En un despliegue impresionante de cosmos y fuerza, hizo retroceder a Shura lo suficiente como para despegarse de él y extender una pierna a la vez que volteaba sobre sí misma con fuerza para luego patear en el abdomen al santo de Capricornio. Según tenía entendido los combates cuerpo a cuerpo no eran el mayor fuerte de la escorpiana, pero ella envió a su oponente al suelo de un solo golpe. Seguido de eso, avanzó sin espera hacia Mu, quien de inmediato extendió sus brazos para formar el Muro de Cristal, algo que aparentemente no le importó a Milo pues fue con todo hacia él y con una mano al frente en la que un gran cúmulo de cosmos se agolpaba, golpeó con fuerza y el muro se derrumbó en un mar de finos y brillantes fragmentos. Sorprendido, Mu no pudo reaccionar a tiempo y Milo se lo llevó puesto tras aferrar el cuello del ariano con una mano, dejándolo, finalmente, incrustado en el suelo. Athena se preparó para interponerse entre ellos cuando Milo se alzó victoriosa y pisó fuerte sobre el pecho del santo de Aries, quien soltó una exclamación de dolor baja y ahogada. El Patriarca detuvo su accionar aferrando con firmeza su brazo derecho, donde sostenía a Nike con más fuerza de la que debía; en ese momento otro cosmos se alzó, y algo pequeño y rojo atravesó el aire y se incrustó en la espalda de Milo, sobre su lado izquierdo, provocando que ella soltara un gruñido y se volteara a medias para observarlos. Afrodita se adelantó y se encargó de servir de barrera mientras la rosa que había incrustado en la espalda de su compañera era quitada como una simple espinilla mientras ella encaraba al doceavo santo. Más cosmos se encendieron a sus espaldas; Athena volteó y vio al resto de su orden dorada, todos portando sus armaduras y listos para atacar de ser necesario, pero no había ninguno de ellos que no estuviera expresando pena y esperanza en sus intensos ojos.

— ¡¿Por qué estás haciendo esto?! —exclamó Aioria de Leo, adelantándose hasta colocarse justo al lado de Athena.

—No me dirijas la palabra —respondió Milo, destilando desprecio y asco en su voz, algo que, al parecer, a Aioria no le gustó; se tensó por completo, cerrando las manos en puños—, hermano del traidor.

Varias exclamaciones ahogadas sonaron y las miradas cambiaron de la esperanza y pena a la simple incredulidad. Aioria se adelantó al tiempo que su cosmos se alzaba con agresividad y, en lo que parecía una increíble capacidad de auto control, se plantó frente a ella y susurró:

— ¿Qué fue lo que dijiste?

—Dije —murmuró Milo, provocando que el santo de Leo se tensara todavía más y comenzara a temblar imperceptiblemente—, que no me hables, hermano del traid…

— ¡PLASMA RELÁMPAGO!

El grito de Aioria al lanzar su técnica directo a la cara de su compañera hizo que la voz de la misma muriera antes de terminar su frase. Las explosiones de luz incandescente y la estática cubrieron cualquier otra exclamación y cuando la técnica impactó contra ella y la arrojó contra la estatua, Aioria farfulló algo sobre no meterse con su hermano. Milo estuvo quieta en su lugar por un momento y luego salió de ahí como si fuera propulsada por una fuerza interior infinitamente más grande que la de todos ellos. Sin embargo, había sangre en su cabeza y deslizándose por su rostro, siguiendo su camino hasta su cuello y ropa. Con el puño alzado viajó a la velocidad de la luz y golpeó a Aioria en la mandíbula, enviándolo al primer tramo de escaleras tras un corto vuelo.

— ¡Suficiente, deténganse todos! —exclamó Athena, interponiéndose entre los santos dorados que habían comenzado a moverse, aún inseguros, hacia Milo, quien se quedó al amparo de su espalda. Athena podía sentir su mirada sobre ella como miles de puñales hiriéndola a la vez—. No quiero que peleen contra ella.

—Milo… —murmuró Saga, sus brillantes ojos verdes iban de un lado a otro de la figura de la muchacha, probablemente evaluando cuánto daño había recibido—. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué intentaste herir a Athena?

—Lo dice el hombre que asesinó a mi maestro y años después se atrevió a besarme —contestó ella.

Athena no estaba viéndola pero podía imaginarse claramente su expresión de burla. Saga se quedó totalmente paralizado y sus compañeros le lanzaron rápidas miradas de confusión y sorpresa, como si no pudieran creer lo que escuchaban de parte de ella y evidentemente creyéndolo de inmediato. Athena sabía del profundo amor que le profesaba el santo de Géminis, por lo que pudo imaginar el duro golpe que acababa de recibir, incluso peor que un rechazo: era la denigrante sensación de ser tomado como un chiste malo. Una baja risa sonó a sus espaldas y cuando volteó a verla, Milo sostenía en su mano derecha la daga con la que había muerto meses atrás. Brillando contra la poca luz del día, se veía como si estuviese lista para ser utilizada y Milo se veía igual de dispuesta a darle un uso.

— ¡No lo harás! —La voz de DeathMask se alzó en el silencio de la desastrosa mañana y se interpuso entre ambas, en su mano las Ondas Infernales se arremolinaban como una pequeña hoguera que se consumía a sí misma. El santo de Cáncer intentó razonar con ella igual que sus dos compañeros anteriores, hablando con desesperación—. ¿Tienes idea de lo que estás a punto de hacer? Tendremos que verte como una traidora y darte el mismo trato que a un enemigo.

—Me das asco —soltó ella, empuñando la peligrosa daga en una posición ofensiva—. Eres despreciable.

El cuarto guardián de oro permaneció quieto y en silencio por tanto tiempo que parecía que con sólo esas palabras había bastado para hacerlo sentir miserable. Pero entonces él comenzó a reír a carcajadas mientras su cosmos se elevaba cada vez más. Murmuró algo bajo e incomprensible y tras hacerse hacia atrás, lanzó hacia Milo las Ondas Infernales. Milo no se movió, sino que recibió el embate de la mortal técnica de lleno sobre su cuerpo. Athena cerró los ojos para no ver, pero al cabo de un segundo tuvo que abrirlos tras haber escuchado a DeathMask gruñendo y doblándose sobre sí mismo. Un grito ahogado emergió de su garganta cuando notó que Milo había utilizado la daga para apuñalar a su compañero en el hombro.

Ella lo hizo a un lado sin el menor reparo y se concentró en Athena. Sin saber qué hacer para detenerla, se quedó donde estaba pensando que si se dejaba matar en ese momento Caos le perdonaría la vida a su orden y los dejaría vivir apartados del peligro que supondría cuando otros dioses vinieran por ella y los asesinara también. Sin embargo, su idea quedó hecha a un lado cuando el Patriarca Shion la cubrió con su cuerpo.

—A partir de este momento quedas despojada de tu cargo como santa dorada de Escorpio —sentenció él, para sorpresa suya y de algunos de los demás—. Milo es nuestra enemiga y se ha alzado contra Athena.

— ¡Shion, no lo hagas! —exclamó con la voz algo quebradiza, aferrando la túnica del Patriarca con fuerza.

—Acaben con ella.

No todos se movieron de inmediato. Shura, quien había estado en el suelo, e incluso DeathMask y Afrodita fueron los tres primeros en atacarla. Rosas, Ondas Infernales y la Excalibur fueron directo hacia Milo, pero ella se impulsó hacia arriba en un impresionante salto con una voltereta final; sin embargo, antes que tocara el suelo Camus de Acuario la interceptó y puñetazos y patadas fueron y volvieron entre los dos previo a la separación, cuando cayeron: él sobre sus pies y ella en sus rodillas. Rápidamente volvió a impulsarse, esta vez hacia adelante y sólo para chocar de lleno contra Aioria, quien la lanzó a un lado con tanta fuerza que Athena creyó sentir el dolor cuando tocó el suelo y rodó varios metros sobre sí misma. Antes de que el santo de Leo pudiera ir otra vez contra ella, Milo se levantó, provocando jadeos colectivos de incredulidad, y lanzó hacia el leonino sus Agujas Escarlatas, de las cuales dos se incrustaron, una en su pierna y otra en su pecho, paralizándolo. Entonces, la temperatura bajó considerablemente y todo el suelo se tornó brillante y blanco. Cuando Milo intentó avanzar sus piernas se congelaron hasta las rodillas, y tras tambalearse una vez, usó su cosmos para quebrar el hielo.

Fue el turno de Dohko y Aioros para atacar y cuando ambos optaron por usar sus puños y piernas para ir contra su compañera, Athena comprendió que ellos no estaban utilizando sus técnicas y que en general sus embates estaban destinados a neutralizarla, no a acabarla. Quizás sabían que no podrían razonar con ella sin detenerla primero, pero incluso aunque el viejo maestro y el legendario santo de Sagitario la enfrentaron a la vez, Milo fue capaz de presentar batalla, esquivando la mayoría de los golpes y tomando oportunidades para golpear por igual.

Finalmente Saga intervino, estrellando su pesada mano contra la parte posterior de su cuello, atacando por la espalda y usando algo de su cosmos. Milo se mostró sorprendida mientras caía al suelo nuevamente, esta vez sobre su pecho y siendo retenida allí por el santo de Géminis.

— ¡Camus, paralízala! —exclamó el santo de Aries, quien había logrado ponerse de pie gracias a la ayuda de Shaka de Virgo.

El aludido asintió y apuntó a su compañera con su dedo índice, desde el cual se formó y partió una brisa helada que viajó hasta Milo y se arremolinó a su alrededor, formando anillos de hielo que se cerraron alrededor de sus hombros, cintura, rodillas y pies. Ella no resintió el ataque y de hecho, solo se quedó ahí, con la frente apoyada en el suelo y el cabello cubriéndole el rostro.

— ¿Qué haremos con ella? —preguntó Shaka, acercándose a Athena.

Ella no sabía qué hacer consigo misma.

El Patriarca se acercó a Milo y le levantó la cabeza, haciendo que ella tuviese que mirarlo; pero se echó hacia atrás y lejos de ella cuando se encontró con la brutal expresión asesina en el rostro de la escorpiana.

—Te lo preguntaré una sola vez, Milo. ¿Por qué atacaste a Athena? —exigió Shion, quedándose de pie a unos metros frente a ella.

— ¿Por qué iba a contestarle algo a un hombre tan débil? —murmuró ella, manteniendo su mirada furibunda y agresiva y formando una sonrisa cruel y despiadada con sus labios manchados de la sangre que salía desde la comisura izquierda.

— ¡Milo, es al Patriarca a quien le hablas! —exclamó Aioria. Había un rastro casi extinto de lágrimas sobre su rostro.

Según tenía entendido Athena, él siempre había sufrido el rechazo de su compañera debido a la supuesta traición de Aioros, y tras haber despertado en esa nueva vida, le habían llegado rumores divertidos del santo de Leo tratando de profundizar su amistad con la guardiana del octavo templo. Seguramente esa situación le hacía daño al quinto guardián.

—Ese hombre no representa nada para mí —contestó Milo, todavía sonriendo de manera cruel.

— ¿Vas a traicionar a Athena? ¿En verdad le darás la espalda a nuestra diosa y a nosotros? —cuestionó Shura, acercándose.

Milo comenzó a reírse de una forma francamente inquietante. El sonido de su voz viajó a través del aire y caló en los huesos de Athena, que se sintió extrañamente abandonada en medio de aquella tormenta.

— ¿Por qué iba a quedarme al lado de una niña tonta e inútil que no sabe hacer otra cosa sino quedarse a un lado y llorar mientras cientos de hombres mueren en su nombre?

—Enciérrenla —susurró el Patriarca. Cuando levantó la vista, su mirada era fría y autoritaria, y no había nada en él más que una expresión vacía. Nuevamente nadie se movió y entonces repitió su orden con más énfasis—. ¡Enciérrenla en las mazmorras!

DeathMask y Afrodita se movieron al unísono y éste último alzó a Milo sobre su hombro y la acomodó de manera en que parecía que estaba cargando un costal. Ella ya no sonreía de manera cruel y su ojo derecho, antes rojo y aterrador, había vuelto a su color original, brillando en un intenso tono turquesa al igual que el izquierdo.

Athena no pudo verla bien, pero le pareció que una lágrima se deslizaba por su malherida mejilla y se perdía entre el polvo.

Cuando Afrodita —seguido de DeathMask— se perdió de vista, con Milo a cuestas, el silencio reinante no hizo nada a favor para ayudar a comprender lo que había sucedido. Durante un momento sólo estaba de pie viendo hacia el cielo y luego al segundo que le siguió tenía a una de sus guerreros intentando matarla y luchando contra casi todos sus compañeros a la vez.

— ¿Cómo te encuentras? —el susurro vino de Aioros, quien inspeccionaba a su hermano menor.

Aioria revisaba su pierna y su pecho con evidente y creciente confusión, sus ojos se abrieron tanto que Athena pensó que estaría sintiendo mucho dolor pero en cambio, él miró a su hermano mayor con asombro.

—No estoy herido. Las Agujas Escarlatas no me hicieron daño —respondió, palpando las zonas heridas. Ni siquiera había rastros de las perforaciones que deberían estar ahí como muestras del ataque—. ¿Qué fue lo que sucedió?

—Milo estaba actuando extraño, ¿se dan cuenta, compañeros? —dijo Shaka, su rostro estaba vuelto en la dirección en la que Afrodita y DeathMask se habían ido.

— ¿A qué te refieres? —preguntó Mu, frunciendo el ceño y siguiendo su mirada.

—Quiere decir que Milo no iba en serio —respondió Dohko, revisándose a sí mismo en distintas partes, seguramente en los lugares donde Milo lo había golpeado—. Sabemos que su fuerte no son las peleas cuerpo a cuerpo, pero sin embargo el daño que logró hacerme no duró más de un minuto. Seguramente se sienten igual, ¿verdad?

—Tiene razón, no me siento adolorido a pesar de haber recibido un buen golpe —murmuró.

—Tampoco me duele —dijo Shura, tocando su costado derecho, donde Milo lo había pateado con la fuerza suficiente para hacerlo volar algunos metros.

— ¿Entonces qué fue lo que acaba de pasar? —exigió saber Saga.

—Simple. —La respuesta provino de Camus de Acuario, quien se dedicaba a mirar el suelo manchado de sangre donde había estado Milo. Las gotas del rojo carmesí teñían las baldosas donde ella había apoyado su cabeza—. Nos desmereció e insultó diciendo cosas que sabía que nos dolerían. Su objetivo principal era hacernos enojar. Incluso aunque niegue, Milo es una mentirosa terrible. Quedó en evidencia debido a su actuación exagerada.

— ¿Sugieres que provocó todo esto para que la ataquemos? —replicó Aioria.

—Eso no tiene sentido. Intentó atacar a Athena por la espalda e incluso en nuestra presencia —gruñó Shura, frunciendo el ceño—. Nos traicionó.

—Después de todo, Milo ni siquiera es una humana del todo —comentó Shaka, suspirando y bajando la cabeza en un gesto que pareció de pena—. Ella es una diosa, así que es normal que no sienta lealtad hacia Athena y hacia nosotros.

Sus compañeros lo imitaron al quedarse cabizbajos, guardando completo silencio. Habían perdido a Milo.

Athena estaba triste y en su interior, Saori Kido lloraba sin consuelo.


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Nota final: con algo de retraso pero un retraso bien justificado. Seguramente notarán lo claro y coherente que está el texto y eso se debe a que Ana se tomó el tiempo necesario para pulir lo que antes era un texto verdaderamente horrible, y si piensan que exagero nada más compárenlo con el capítulo anterior y verán las diferencias xD

No voy a decir nada, pero NADA del capítulo así que… los dejo, sin adelantos porque incluso acá hay más adelantos que los spoilers de GoT en mi inicio de Facebook. Pasen un excelente fin de semana y sean bendecidos. ¡Y GRACIAS por leer!

*las estrofas utilizadas corresponden a la canción I´ll be gone de Linkin Park.

Publicación del próximo capítulo: 06/07/16