Te vi desmoronarte, perseguida hasta el final.
Y me quede con el vacío que las palabras no pueden defender
16
El aroma de la muerte.
La brisa proveniente desde el mar provocaba aullidos al ingresar a las mazmorras, gotas de humedad caían por las paredes y se colaban entre las grietas de las rocas viejas y mohosas de las que increíblemente crecían pequeñas enredaderas. Kanon avanzó hacia la salida, donde un taciturno santo de Piscis esperaba, cruzado de brazos y mirando hacia algún punto perdido en la lejanía. Al sentir su presencia cerca, el doceavo guardián se volteó y le dirigió una mirada que era mezcla entre cansancio y compasión, y Kanon no quiso preguntarse si eso se debía al lugar del que había salido, o si era una suma de todos los acontecimientos recientes.
— ¿Y bien? —preguntó el más hermoso de la orden dorada.
Kanon suspiró, inseguro sobre qué responder. Atrás había quedado Milo, encerrada en una celda que hacía que cualquiera pusiera mala cara de solo imaginarlo. Un rectángulo de pocos metros de alto y ancho con tanto moho, humedad y pequeñas enredaderas como el resto del lugar, y con apenas un camastro viejo y sin colchón cuya única protección era una tela sospechosamente parecida a la capa de una armadura que olía un poco a colonia italiana. La celda no contaba con luz ni ningún otro tipo de aditamento esencial para la vida así que no imaginaba cómo podía alguien sobrevivir ahí por demasiado tiempo sin enloquecer o reclamar a gritos que lo dejaran morir de una buena vez. La sensación de estar ahí, sin embargo y más allá de tan siquiera una llave de agua, le recordó bastante a Cabo Sunión.
—Ni siquiera me vio a los ojos—respondió, ignorando el nudo que se formó en su garganta.
Una semana había transcurrido con extrema y penosa lentitud desde que Milo de Escorpio cometió el peor acto de traición al intentar rebatar la vida a la diosa Athena. Kanon no había presenciado el momento en que todo se llevó a cabo, Saga no le preguntó cuando se quedó atrás tras recibir la alerta máxima del Patriarca de presentarse inmediatamente a los pies de la estatua donde una enloquecida Milo amenazaba a la diosa, y a su regreso, su hermano se encerró en su habitación y no salió de ahí sino hasta tres días después. Según el mayor de los géminis, Milo se había burlado de algunos de ellos utilizando palabras simples pero hirientes, provocó la ira del Patriarca Shion, entristeció a Athena incluso cuando ella trató de defenderla y se enfrascó en una lucha cuerpo a cuerpo con casi todos incluido su mejor amigo.
Para Kanon nada de eso tenía sentido. Milo corría grave peligro de salir herida ya que no era una novedad para nadie que su fuerte no fueran precisamente las luchas mano a mano. Pero él no se remontaba simplemente al ataque contra Athena o la manera en que trató a sus compañeros y amigos, a quienes atacó en puntos específicos que sabía que a ellos les dolería más que cualquier tipo de herida física.
—Supongo que eso significa que la perdimos por completo—susurró Afrodita.
Por lo que sabía, el santo de Piscis no era muy cercano a Milo que se dijera, pero yendo al caso la mitad de ellos no lo fue sino hasta lo que sucedió en Asgard, donde se solidarizaron con su sentimiento de traición debido a la idiotez de su mejor amigo. Kanon no había estado presente en ese momento más que acompañando a Saga en su lucha con el joven dios guerrero que deseaba vengar la muerte de su hermano mayor, pero sospechaba que de haber tenido una participación activa, las cosas habrían sido un poco diferentes, sobre todo porque el sentimiento de gratitud que tenía hacia ella desde la guerra contra Hades nunca desaparecería. Independientemente de cómo se sintiera por Milo, para él ella no era una traidora.
—La perdimos mucho antes de ahora—susurró a modo de respuesta, suspirando con pesadumbre pero teniendo en cuenta su último encuentro con la muchacha.
— ¿Qué quieres decir? —inquirió el sueco, frunciendo el ceño, acto que no lo intimidó en lo absoluto—Dime lo que sepas. Quizás podamos convencer al Patriarca de sacarla de ahí.
Su corazón se contrajo a la vez que su mente recreaba delante de sus ojos el aspecto que tenía Milo.
Según los demás, ella había respondido alguna que otra cosa a los santos de los primeros templos cuando, uno por uno y por orden zodiacal, se propusieron por sí mismos tratar de convencerla de echarse atrás en su intención de darle la espalda al Santuario. Saga le había preguntado si tenía hambre o frío y ella había murmurado no como respuesta a todo. Pero desde Cáncer en adelante ella se limitó a asentir o negar con imperceptibles movimientos de cabeza, y para cuando fue el turno de Acuario, ella ya no se movió ni un solo milímetro. Así, uno tras otro fueron perdiendo las esperanzas de hacerla regresar a su puesto con la promesa de que su acto de traición sería dejado muy atrás en la memoria de todos y nadie le recriminaría nada. Incluso habían pensado seriamente en enviar a su hermano menor a hablar con ella, pero el santo de Acuario se puso firme en su decisión de no permitírselo, ya que según él, el niño no soportaría ver a su hermana en ese estado.
Y por ese estado se refería a que la muchacha estaba seriamente golpeada en varias partes del cuerpo, tenía heridas sangrantes y seguramente torceduras y alguna que otra costilla rota. Su rostro estaba cubierto de sangre del lado izquierdo, donde el líquido había caído desde una abertura en su cabeza y había hecho un recorrido por su mejilla, cuello y pecho. Tenía un corte en el otro lado de la mejilla y existía una buena posibilidad de que alguien le hubiese roto la mandíbula por error, porque no había otra manera de explicar por qué tras una semana su boca seguía sangrando.
Kanon se aferraba a la idea de un diente menos o de la mandíbula quebrada para no pensar en una posible herida interna con la gravedad suficiente para hacer que escupiera sangre. No iba a llegar a ese tipo de pensamientos. Ni en esa vida ni en la siguiente.
Ella estaba sentada a un lado del camastro, recostada contra la pared y con la cabeza vuelta hacia arriba, mirando al techo. Sus manos colgaba a los lados y sus piernas estaban dobladas. Según Mu, en ese estado la había encontrado cuando fue quien impulsó la idea de intentar convencerla entre todos, y según Afrodita y todos los demás, en esa posición permaneció.
No se había movido de su lugar en una semana, además, su cosmos se sentía muy débil. Una semana atrás eso hubiese sido lo normal tras una pelea como la que tuvo pero el nivel de su cosmos había caído gravemente hasta el punto en que más allá del templo de Piscis no podía percibirse.
—Milo visitó mi templo la noche anterior a que todo esto sucediera—dijo, pensando que no había razón para creer que eso era un secreto y que, de todos modos, Milo no le había pedido que se mantuviera en silencio—. Ella dijo que esa sería la última vez que la vería, dijo que al día siguiente ya no estaría aquí y que se iría a un lugar del que no lograrían hacerla regresar.
— ¿Un lugar del que no la haríamos regresar? —repitió el santo de Piscis, mirándolo perplejo. — ¿Qué significa?
Kanon pensó en lo evasiva que se había puesto tras su encarcelación y en su mutismo tras las visitas cada vez más frecuentes de los santos dorados, su reticencia a siquiera mirarlos, su inmovilidad, la manera en que prácticamente los insultó a todos incluyendo al Patriarca y a la propia diosa Athena. Finalmente, tras un momento de dura iluminación, miró al doceavo guardián y llevó una mano a la altura de su cabeza y dio tres secos golpecitos en su sien derecha con su dedo índice. El muchacho de cabello celeste le miró confundido por un momento; luego, parpadeó dos veces seguidas y tomó aire en una inhalación ahogada.
—Así que solo se trataba de ella advirtiéndote de lo obstinada que se pondría.
Kanon asintió aunque no estaba seguro de que fuera simplemente el hecho de que Milo se había puesto en plan más dura que una piedra, sino que había algo que se les estaba escapando de las manos. Un pensamiento llevó al otro y esta vez fue su turno de ahogarse con su respiración.
— ¡La sangre! —exclamó, mirando con abierto pánico a Afrodita de Piscis— ¡La sangre en su boca no se seca, sigue cayendo como si tuviera una herida fresca!
— ¿Y eso qué? —replicó el joven, juntando sus delicadas cejas en un ceño fruncido— su cabeza también sangra, y creo que su pierna también tiene un corte ya que la tela de sus pantalones estaba húmeda en la rodilla…
—No es eso— se apresuró a decir, mirando al interior de las mazmorras como si un monstruo de pesadillas fuera a emerger de ese lugar en cualquier momento— Cuando la sangre entra en contacto con las líneas de sus brazos se desata el fuego. Milo tenía vendas en sus brazos pero si se las quitara y de alguna manera una sola gota de sangre fuera a parar allí…
El santo de Piscis tragó como si hubiese comido piedras y le lanzó una mirada nerviosa al interior del lugar. Con lo débil que estaba Milo era posible que con sólo un incendio más bastara para fulminarla.
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— ¿No crees que tu decisión fue precipitada?
Dohko esperó una respuesta por parte de su mejor amigo. Pero su mejor amigo era el Patriarca y eso a veces dificultaba las cosas. No lo había notado antes pero entre estar de rodillas ante la máxima autoridad del Santuario y querer aconsejar a una de las personas que más apreciaba, hacía que las cosas se le complicaran un poco al viejo maestro de Rozan. Shion no dio señales de que fuera a responder pronto y Dohko suspiró.
Él, al igual que el joven Hyoga de Cisne habían intentado razonar con Milo para convencerla de disculparse con Athena y el Patriarca y así poder regresar a su antiguo puesto de santa, del cual fue despojada en medio de su confuso ataque a la diosa pero los intentos de todos fracasaron uno tras otro y al notar que no llegarían a nada hablando con una roca, pensaron que era una mejor idea tratar de despertar algo de compasión en el Patriarca.
Parecía que ese intento también fallaría, pues inamovible como una roca, Shion se negaba a hablar sobre lo que había sucedido una semana atrás. Dohko sospechaba que se sentía culpable por haberle dado una sentencia tan dura a alguien que aparentemente no estaba en sus cavales pero todavía no era tarde para arrepentirse por ello, estaba firmemente convencido de que si hacía que una de las dos partes escuchara, conseguirían volver a estabilizar el terreno en el que pisaban.
Con ese nuevo aliento, Dohko se puso de pie olvidando las formalidades que los separaban por rangos y se acercó a su viejo amigo, cuya mirada estaba perdida en algún punto más allá de la línea que separaba a la tierra del cielo nublado y oscuro. Shion se volteó a verlo, dejando a la vista su semblante apenado y taciturno, cubierto por las sombras naturales de la noche sus ojeras se volvían oscuros valles en su rostro y sus ojos violetas se tornaban de un intenso tono vino que lo hacía ver tan viejo como en realidad era.
—El cosmos de la señorita Athena está sumido en la tristeza—susurró él, so voz baja perdiéndose rápidamente con el fuerte viento—El cosmos de Milo es perceptible a duras penas y el de todos los santos dorados expresan diferentes grados de dolor y frustración.
—Shion…
—He fallado. —continuó, sin prestarle atención. Dohko se dio cuenta que él también estaba lidiando con sus frustraciones personales además de llevar el peso de esa sentencia en sus hombro y lidiar con las consecuencias—Le he fallado a la señorita, a los santos dorados, incluso al mundo. Quizás no debería haber revivido. No he sido útil para nada en todo este tiempo.
—No digas eso, querido Shion—pidió, colocando una mano en el hombro de su amigo, provocando una sonrisa en éste—Has sabido mantener el control y un ritmo de vida que hizo que nadie en absoluto supiera qué estaba sucediendo sino hasta el último minuto. Eso hubiese sido imposible solo para ellos y sin tu guía.
—Pero aún así —replicó, bajando la cabeza y negando, haciendo que su cabello se moviera como pequeños hilos verdes a todo el rededor de su hombros—no logré hacer nada para evitar que todo esto ocurriera.
—Nadie iba a saber que Milo…
— ¡Él lo sabía! —la voz del santo de Piscis sonó a sus espaldas y Dohko se volteó, encontrando a quien había hablado trayendo de su mano al menor de los Géminis. Ambos se detuvieron a unos metros y el pisciano dejó paso al mayor, instándolo con una mirada acusadora—Díselo.
Kanon guardó silencio por tanto tiempo que fue Shion quien finalmente le pidió que dijera lo que tenía que decir y aclarara de qué hablaba Afrodita de Piscis. Entonces, el menor de los Géminis se enfrascó en un corto relato sobre cómo la noche anterior al ataque de Milo, dicha joven se había presentado en su templo a altas horas de la madrugada explicándole que la armadura de Escorpio la había rechazado cuando trató de tocarla y luego de eso, tras decirle que esa sería la última vez que sería ella, se marchó sin dar más explicaciones.
— ¿Qué piensa hacer con esta información, excelencia? —preguntó Dohko, recobrando el sentido de la autoridad de su superior.
—Necesito pensar en ello—respondió, avanzando sin más entre ellos, como si no hubiesen hablado de un posible plan verdaderamente malo que funcionó de las mil maravillas.
—Pero, ¿qué hay de Milo? —insistió el santo de Piscis, interponiéndose en el camino del Patriarca—Es obvio que ella planeó esto no para asesinar a Athena realmente, sino para que acabáramos encerrándola ahí abajo.
—Eso podría ser verdad—comentó el Patriarca, uniendo sus manos al frente y entornando los ojos de tal manera que se vieron afilados y duros—Pero el hecho de que alzó un arma en contra de nuestra diosa justo delante de nosotros es irrefutable. Ella debe estar ahí abajo hasta que Athena la perdone.
— ¡¿Qué?! —exclamó el doceavo guardián a la vez que Kanon de Géminis, quien había estado mirando al suelo todo el tiempo, elevara la vista rápidamente— ¿Quiere decir que la señorita Athena está de acuerdo con todo esto?
—Según sus palabras, no falta mucho para que Caos despierte— respondió Shion, mirando hacia el cielo que se mantenía despejado sobre el templo de Escorpio. Ahí, algunas nubes comenzaban a moverse en forma circular como si tímidamente tanteasen el terreno hasta ese momento limpio, manchándolo en los bordes y cubriendo parte de las estrellas que brillaban como si fueran un regalo del universo solo para quien habitara el octavo templo. —Cuando eso pase, no importará si Milo está en prisión o en una habitación cómoda y tibia. Los Pilares de la Creación seguramente no han hecho ningún movimiento por órdenes suyas pero llegado el momento, ellos vendrán a buscarla y no la volveremos a ver sino hasta que regrese como la mayor amenaza contra Athena.
Dohko no se atrevió a decir nada en respuesta, tampoco Afrodita o Kanon, quien se marchó a toda prisa sin decir adiós de la manera apropiada.
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—Tal parece que tu plan no dio resultado—Artemisa increpó a su hermano mayor, dando vueltas a su alrededor cual serpiente instigadora tentando a la suerte—Milo de Escorpio ha traicionado a Athena y ahora está muriendo en prisión.
Apolo, dios del sol y del fuego ignoró completamente a su hermana mientras se llevaba a los labios una fina copa de oro que contenía una generosa cantidad del delicioso vino proveniente de las hábiles manos cosechadoras de Dionisio. Lo que la diosa de la luna y la caza decía era verdad. Efectivamente, la octava santa de oro de Athena había cometido el mayor acto de traición al intentar quitarle la vida y debido a ello fue sentenciada a agonizar en una cárcel, lejos de los lujos y comodidades que la élite de la diosa de la guerra y la sabiduría gozaba en lo alto de la montaña donde se alzaba el Santuario. Él no esperaba que las cosas se desarrollaran de esa manera, había estado casi seguro que la sangre de los dioses enfermaría lo suficiente a esa chiquilla como para hacerla perder la razón y que huyera a los brazos de la primera persona que le ofreciera ayuda.
Pero había cometido un error al no tener en cuenta qué tan obstinados pueden llegar a ser los seres humanos, y más aún, los seres humanos que vivieron más de una vez en la misma era.
Los santos de Athena sin dudas eran un grupo que se destacaba entre todos los demás, ellos habían dado sus vidas más veces que cualquier otro millar de personas por la justicia, la paz y todas esas cosas que incluían finales felices y cosas hermosas y cálidas, y a pesar de la obvia decepción que estaban sufriendo en ese momento como consecuencia de la supuesta traición de su compañera, todavía mantenían esperanzas de recuperarla antes que fuera tarde. Lo que ellos no sabían y Apolo sí, es que no podían recuperar algo que no les pertenecía, algo que nunca tuvieron. Milo no sería Milo por demasiado tiempo más, ella comenzaba a desvanecerse en el silencio y todos en el universo que supieran lo que significaba la existencia de Caos lo sentían.
A los dioses les quedaba poco tiempo.
—Ella no necesita decir que está de acuerdo en venir—murmuró Apolo, levantándose del trono de oro en el que había estado reposando desde la noche anterior, vigilando el estado de salud deplorable de la muchacha en cuestión.
A través del espacioso salón de blanco mármol y columnas de oro avanzó hacia una puerta disimulada en la pulcra pared sin decorar, seguido de cerca por su hermana. Pasaron por un pasillo angosto que descendía unos metros hasta otra puerta, desde donde accedió a un edificio completamente nuevo y diferente conectado a su palacio gracias a su magnífico poder, el interior era de piedra gris al igual que el suelo al que Artemisa le puso mala cara y elevó la falda de su vestido para que no se ensuciara. El recibidor no era más que un rectángulo con una puerta de madera que se abrió sin que tuviera que tocarla y pasaron por ella a prisa para adentrarse en un área amplia y cerrada que contenía una sucesión de celdas apiladas una sobre otras a lo largo y alto de todo el lugar. En ellas, familias enteras, ciudadanos del pueblo colindante al Santuario descansaban en un coma pacífico mientras en sus subconscientes eran atacados por horrendas pesadillas. Habían estado encerrados ahí, durmiendo bajo el peso de sueños terribles que lavarían sus mentes y corromperían sus corazones para que Apolo pudiera utilizarlos como armas contra el Santuario.
Y el momento de usarlos había llegado finalmente.
Con un solo pensamiento suyo, las celdas desaparecieron, dejando a las personas suspendidas en el aire, levitando a distintas alturas. Todos ellos abrieron los ojos a la vez y miraron a la nada, con expresiones vacías y sus almas interiormente destrozadas. El único pensamiento que había implantado en ellos era la idea de la destrucción.
— ¿Humanos? Apolo, ¿hablas en serio? —soltó Artemisa, riendo con una expresión de incredulidad.
— ¿Qué? En unas cuántas décadas se habrán reproducido lo suficiente como para reemplazar estas pérdidas. —respondió, encogiéndose de hombros.
Su hermana soltó una exclamación ahogada antes de retirarse y Apolo se quedó viendo a sus nuevas creaciones a partir de otras anteriores No faltaba mucho para que Caos descendiera y tenía que asegurarse de destruir ese recipiente antes que sucediera.
Con un movimiento de su mano una gran llamarada bajó desde el techo como una cascada, quemando en odio los cuerpos y almas de sus nuevos soldados, cuyos gritos llenaron el aire.
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—No deberías sentirte mal por las decisiones que tomas, Saori.
Athena se volteó para encontrar su invitado de honor, Julián Solo, detrás de ella. Hubiese deseado que fuera Seiya, pero tanto él como Hyoga de Cisne se encontraban enfrascados en la ardua e imposible tarea de acompañar en su dolor al hermano menor de Milo. Suspirando, se acercó al joven dios de los mares y se sentó frente a él en la mesa circular en la que bebían té tardíamente. Era bien entrada la noche y el fuerte viento que soplaba desde el mar servía como barrera contra cualquier tipo de amenaza y estaba reforzada con el cosmos de Athena, quien había elevado su propio campo de fuerza aunque no veía el sentido en hacer algo así.
Julián le dio una mirada tranquila y amistosa a la que no pudo responder del todo. Desde hacía una semana las cosas se habían puesto deprimentes en todo el Santuario, casi no había movimiento por parte de la orden dorada y los santos de bronce corrían de un lado a otro con nerviosismo buscando una manera de ayudar a sus superiores, cosa que no había funcionado puesto que ellos estaban encerrados en sus dolores personales. Ella misma no era capaz de continuar del todo, no después de verse en serio peligro de morir a manos de una de las personas que más la había amado durante toda su vida. Aún podía oír la risa cantarina y gélida de Milo, aún era capaz de recrear lo despiadados y ardientes que se vieron sus ojos cuando expresaba palabras de odio que no creyeron que fueran ciertas, pero que de alguna manera cortaron los huesos de todos los que presenciaron ese momento. Athena ya no se resistía al paso de los acontecimientos, nunca estuvo en sus manos decidir algo con respecto a Milo y veía su terrible error al intentar tomar las riendas de todo aquello pensando que podría poner a salvo a Milo y al resto de su orden del destino cruel que parecía perseguirlos con esmero, condenándolos siempre al sufrimiento antes de la muerte.
Ahora veía que su falla fue creer que tenía derecho de proteger a Milo, cuando en realidad lo que debió hacer fue negociar la paz del Santuario y el mundo con ella, limitándose a dejarla marchar para que cumpliera con el destino que se había auto impuesto a sí misma.
Pero incluso para eso ya era muy tarde. Milo estaba encerrada en las mazmorras, el nivel más bajo de la prisión que yacía en el subsuelo del Santuario y allí permanecería hasta que Caos descendiera sobre ella.
Sin embargo, por muy dura y firme que sonase cuando dijo esa final sentencia, sus palabras no hicieron más que romper su corazón en pedazos. Si tan solo hubiese existido una forma de hacer que ella no tuviera que pasar por todo eso, si hubiese podido tomar todo el dolor de Milo, todas sus penas y preocupaciones y borrarlas…
—De todas maneras, Poseidón—murmuró, borrando de su mente pensamientos que a esas alturas no tenían sentido. La mención del nombre del dios hizo que los ojos cristalinos del muchacho frente a ella cobraran un borde filoso—tu propuesta ya no tendrá sentido ahora que Milo que está indispuesta.
—Esa joven está indispuesta debido a nuestra ingenuidad y descaro —respondió él, llevando a sus labios la taza de té para darle un sorbo antes de suspirar y mirar hacia su izquierda, en dirección al océano—Solo basta con ver a mi querido sobrino Apolo tratando de hacerse con un botín de guerra que no cabría en su sala de tesoros.
—Aún así, el hecho de que permanezcas aquí a pesar del obvio fracaso de tu misión es admirable—dijo, no pudiendo evitar el sarcasmo en su voz y su deseo de expresar cuán desagradable le parecía aquello. Sabía que Poseidón era un hombre fácil de encantar pero nunca pensó que iría a por Milo.
—Descubrirás que cuando la señorita Milo se convierta en Caos, será mejor para todos nosotros permanecer unidos.
—Hay mucho espacio para las dudas en tus palabras.
—La última vez fuimos capaces de enfrentarla el tiempo suficiente y herirla con la gravedad necesaria para separar su divinidad de su parte mortal, y gracias a la ayuda posterior de los dioses, la chica que sirvió de recipiente sobrevivió.
—Lo hizo gracias a que su compañero se postró y se dejó condenar por todos los dioses. De otra manera, se hubiesen olvidado que fue él quien nos salvó a todos.
—Te excluyes cuando tú misma no estabas en la tierra—replicó el dios, sonriendo con sorna y volviendo a beber algo del té que ella no había probado todavía—De todos modos, es probable que incluso Hades se aparezca por aquí en poco tiempo. Si no mal recuerdo, él ofreció su espada para crear esa magnífica arma que fue capaz de atravesar la armadura divina de Caos.
Athena podía recordarlo a la perfección. Cuando se había llegado al acuerdo de que destruirían a Caos con el único ejército que quedaba en pie se propusieron crear un arma que fuera capaz de herirla lo suficiente para lograr vencerla. Para ello, varios dioses habían puesto sangre, cosmos y armas propias en las manos de Efestos, quien se dio a la tarea de trabajar en un objeto que tuviera el poder reunido de todos los dioses y que un humano pudiera empuñar. El tridente de Poseidón, su báculo de la victoria, la espada de Hades, el rayo de Zeus, el casco y el escudo de Ares, los arcos de Artemisa, Apolo y Eros fueron prestados para dicho propósito. El resultado de la fundición de todos esos objetos fue la Pluma Celeste, apodo que le había dado Zeus a la espada que Efestos creó debido a la coloración ligeramente azul brillante y pálida que tenía el filo. En su superficie los símbolos de los miembros del panteón estaban gravados con sangre y polvo de estrellas.
—No estamos seguros de que eso funcione otra vez—respondió Athena, bebiendo finalmente del té que ya estaba algo frío—Efestos se tomó un año completo para crear esa espada la última vez y Caos no nos dará tanto tiempo esta vez.
—Si es que nos da algo de tiempo—murmuró Poseidón.
Athena no creía que fuera así.
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Desde una de las tantas colinas forradas en suave césped, Frodi veía con asombro a los espectros de Hades. Al estar en el lejano Asgard todo lo que podía hacer era utilizar su imaginación para esforzarse en imaginar a esos bestiales y sangrientos guerreros salidos directamente del infierno. Ciertamente se veían humanos y actuaban como unos, más o menos. Sus vestiduras negras resplandecían en la oscuridad como diamantes corrompidos y sus ojos fríos y despiadados inspiraban temor y respeto. Ambos subordinados del rey del Inframundo se habían enfrascado en una discusión increíblemente civilizada para tratarse de seres de su naturaleza. Después de lo ocurrido con la señorita Milo, a quien ya no se le atribuía el título de santa de oro y no contaba con la protección de Athena, no estaban seguros de qué hacer. Según ellos, la misión que su dios les había encomendado era la de proteger el terreno en el que la muchacha se encontraba de cualquier cosa que pudiera poner en peligro su vida pero actualmente ella se encontraba encerrada en una celda subterránea, donde fue dejada por su propia gente. Frodi no podía sentir el cosmos chispeante, cálido y algo agresivo de la señorita Milo pero ella no había muerto aún, de ser así, Aioria se lo hubiese dicho de inmediato. Los santos de oro se encontraban sumidos en un ambiente tan tenso y deprimente que Frodi prefería estar lejos de ellos, limitándose a no meterse donde no debía pero eso le dejaba sin nada que hacer más que vigilar puntos diferentes del horizonte que no vislumbraban un peligro próximo.
Así fue como había acabado presenciando el cruce de palabras de los espectros. Se había dado a la tarea de rondar por los límites del Santuario en busca de la mínima señal de peligro cuando esos dos hombres semejantes a ángeles oscuros aterrizaron cerca y se pusieron a hablar sobre qué hacer; si retirarse de nuevo al Inframundo ya que no tenían nada que hacer y sabiendo que era probable que la señorita Milo muriera en uno o dos días más, o si era mejor esperar hasta ver el desenlace de los acontecimientos. Frodi había intentado darles su espacio pensando que deseaban privacidad pero lo detuvieron y de alguna u otra manera lo hicieron parte de la conversación. Él no tenía deseos de participar en aquello pero no le quedaban demasiadas opciones, así que cuando le preguntaron qué pensaba hacer, su respuesta simple fue:
—La señorita Hilda me ordenó ayudar a los santos de Athena en todo lo que pudiera.
Los espectros le miraron en silencio, parpadearon a la vez dos veces y luego volvieron a lo suyo. El juez Aiacos deseaba retirarse pero el guerrero Kagaho no estaba convencido.
Frodi no estaba seguro de si alguno de los dos estaba convencido de sí mismo y del otro a la vez, de lo contrario, Kagaho de Bennu hubiese acatado la orden de retirarse.
Un cosmos ligeramente conocido se acercó y Frodi se volteó al tiempo de ver caminar en su dirección al general marino Isaac de Kraken. Ese joven era amigo de Hyoga de Cisne y alumno de Camus de Acuario. Su cosmos era tan duro y frío como su semblante y sus ojos no demostraban nada más que fiera determinación y poder, había cierto rastro de agresividad en su gesto adusto y en sus movimientos pero en lo general, solo se veía como un chico muy enojado.
— ¿Cómo se encuentra tu dios? —preguntó, más por cortesía que por interés propio.
Según Lyfia, las preguntas por cortesía denotaban una buena educación. Pero Lyfia decía un montón de cosas mientras tartamudeaba y se sonrojaba.
—Recuperándose favorablemente—respondió el general marino, su voz tan dura como el resto de su aspecto, y más seca que el desierto helado de Siberia.
Frodi asintió y decidió que lo mejor era no insistir. Los espectros notaron la presencia del recién llegado y se voltearon a verlo al mismo tiempo.
— ¿Qué planea hacer Poseidón? —preguntó el juez, cruzando sus brazos sobre su pecho— ¿Se quedará aquí o se pondrá a salvo antes que la señora Caos haga rodar su cabeza?
— ¿Señora Caos? —replicó Isaac, con algo que seguramente era su propia versión de una risa—Lo que haga o deje de hacer mi señor no es asunto tuyo.
El juez del Inframundo compuso una sonrisa macabra en su semblante y estuvo a punto de responder al frío general marino pero el viento cambió de dirección, tornándose algo cálido y seco, y llegando desde tierra adentro. Ambos espectros se pusieron tensos y sus rostros reflejaron algo parecido a la incredulidad y el asombro. Frodi no comprendió qué sucedía pero una sensación extrañamente mala se apoderó de él, aferrándose como el recuerdo de un mal sueño.
—Eso es… —susurró Kagaho de Bennu, volviendo la vista hacia el pueblo ahora vacío de Rodorio, cuyos pocos habitantes se marcharon hacia ciudades más grandes.
—Sí, es el aroma de la muerte—respondió el juez Aiacos, cerrando las manos en puños.
— ¿A qué se refieren? —preguntó Frodi, ansioso por esas palabras.
—Significa que algo terriblemente malo está llegando—quien respondió fue Isaac de Kraken, quien se volteó y comenzó a alejarse en dirección a los doce templos.
Frodi dejó a ambos espectros ensimismados en sus asuntos y siguió de cerca al general. El viento se volvía cada vez más cálido, como una brisa de verano en pleno mediodía y traía consigo el ligero aroma de la carne quemada.
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Nota al margen: bueno, esto es a lo que llamo simple y descarado relleno. Pero ya saben que soy lenta para la acción y que siempre pongo puentecitos nuevos entre una cosa y la otra. Por cieeeeeerto… es probable que este fic no pase de los 26 capítulos; quizás ni llegue a los 24. no esperaba que se terminara tan rápido pero siento que fue apenas la semana pasada que comencé a publicar. El tiempo se me está yendo de las manos y todavía no decidí muy bien en qué quedará hasta la tercera parte, que probablemente sea más confusa y corta que esta. En fin, los dejo para que disfruten lo poco que pasa acá y hasta la próxima. Tengan una bendecida mitad de semana y cuídense mucho.
*Las estrofas utilizadas para este capítulo corresponden a la canción Powerles de Linkin Park.
Publicación del próximo capitulo: 12/07/16.
