Cuando la reina se sienta en su trono, el universo sonríe,
la luna y el sol vuelven juntos a casa y los corazones rotos
marchan a la guerra que no tendrá un vencedor.
17
El saludo del cielo.
Meagan acomodó los brazos de su esposo sobre su pecho, uniendo las manos una sobre la otra, alisó los mechones de cabello esparcidos por toda la cama y peinó suavemente su flequillo hasta dejarlo en su lugar. Con un pañuelo limpió los rastros de lágrimas y se permitió acariciar con ternura sus mejillas y su labio inferior.
Su piel aún estaba tibia pero su pecho ya no se movía.
Desde hacía unos cuantos años él sufría de fuertes ataques de tos que lo dejaban tembloroso y débil durante días e incluso durante semanas. Ella sabía que en varias ocasiones intentó ocultarle el hecho de que estaba enfermo, sobre todo debido al hijo de ambos, Kallie, quien dormía en la habitación de al lado. Pero con el paso del tiempo su situación se agravó hasta el punto que una mañana él le confesó que desde hacía meses escupía sangre al toser. Meagan sabía que se trataba de un defecto en sus pulmones pero no podía hacer nada por él. Según el destino marcado de Vasili, él tenía que morir una noche de invierno despejada y tranquila después de sobrevivir a la más grande guerra conocida desde el principio de la humanidad y el universo mismo y si se daba el lujo de salvarlo, el destino que había marcado para ambos se hubiese modificado de una forma negativa. Así que cuando Meagan supo de la enfermedad que aquejaba a su esposo, solo usó una finísima parte de su cosmos para retrasar el avance de la enfermedad y darle la oportunidad de ver a su hijo crecer.
Desde que ella le propuso tener un hijo, las noches divertidas y cálidas y los amaneceres interesantes abundaron en su vida y Kallie llegó en una primavera casi cinco años después de que se casaron. Vasili comenzó a enfermar cuando el niño tenía cinco años y Meagan sintió su corazón romperse al pensar en que podría morir antes de ver a su hijo convertido en un hombre pero incluso ella, que era Caos, no podía interferir en el curso del destino de los seres humanos. Técnicamente, podía. Lo había hecho al tomar para ella el alma de Acuario cuando no era más que un cúmulo de cosmos perdido en medio de la inmensidad del universo pero desde eso habían pasado milenios completos y ahora, él no era más que un cuerpo vacío y quieto.
Suspirando, hizo lo que había estado evitando hacer desde hacía un buen rato. Tomó los bordes de la manta y la alzó para cubrirlo por completo, pero su garganta se convirtió en un lío de nudos fuertemente apretados y no fue capaz de hacerlo. Maldiciéndose a sí misma por sentir la falta de su cosmos como una fuerte sensación de pérdida, dejó caer la manta hasta la línea de sus hombros, rehusándose a privarse de ver el rostro de Vasili. Él parecía dormir, su expresión serena y apacible podrían engañarla si no supiera que se encontraba sola en esa habitación, las cejas por las que lo había fastidiado una y mil veces parecían estar laxas, su frente no tenía arrugas y su mentón tenía algo de barba al igual que la parte baja de sus mejillas.
Meagan tomó la caja que había estado guardando con el diario de Vasili adentro junto a una pequeña caja oscura que contenía los anillos que él le llevó una vez, hacía demasiado tiempo cuando la guerra apenas había acabado y ella estaba tan débil que apenas y pudo asentir cuando él le explicó que a partir de ese momento estarían casados. Volviendo a suspirar, se levantó, pero el sonido de la puerta abriéndose la alertó y se volteó de inmediato para encontrar a su hijo.
Kallie estaba en el umbral, sin atreverse a entrar y comprendiendo la situación con una perfección envidiable. Esa tarde ella le había advertido que viera a su padre mientras todavía estuviese despierto y él prometió que se quedaría a su lado hasta que cerrara los ojos, cosa que sucedió cuatro horas más tarde. Entonces, le ordenó que se fuera a la cama y que no saliera sino hasta la mañana siguiente, cuando despertaría como el único habitante de su casa.
—Se ha ido—susurró, su voz cortando el silencio como la fina hoja de una espada recién forjada—Mi padre se ha ido. Creí haberlo oído decir mi nombre…
Meagan resintió el hecho de que ese joven de diecisiete años no tuviera casi nada de su padre. Al ser una diosa y él un semidiós, había heredado casi todas sus características. Su cabello era un lío de ondas azules que caían sin control hasta la línea de su pecho, sus ojos turquesas eran faroles brillantes en la penumbra de la habitación y el dorado de su piel competía con las arenas de la playa cercana. Las únicas cosas que tenía de su padre, curiosamente, eran el tono de voz y su contextura física; alto y delgado, con músculos marcados sin llegar a la exageración.
—Te he dicho que no salieras hasta mañana—replicó ella.
— ¿Y eso qué? —atacó él. Su temperamento y la voz de Vasili hacían una combinación extraña. —No estarás aquí.
Meagan no pudo hacer otra cosa sino guardar silencio. Ella había indagado en el destino de su hijo y sabía que él tendría el tipo de vida que ella y sus antiguos compañeros, los santos de oro, solo podían idealizar como un sueño muy lejano.
—Entiendo que esto tiene que pasar—continuó el muchacho, bajando la cabeza y mirándola entre sus mechones revoltosos—No estaré solo, tampoco. Hay una chica… es una costurera. Hizo ese vestido que traes puesto. Mi padre me dijo algo una vez, cuando era pequeño—hizo una pausa, sonrojándose notoriamente, haciendo que Meagan sonriera—le pregunté por qué tenía por costumbre tomar tu mano todo el tiempo y él me dijo que cuando amas a alguien, quieres protegerlo, así que tomaba tu mano para asegurarse que todavía seguías ahí, a su lado donde estabas a salvo. Él me dijo que cuando encontrara a una chica a la que quisiera proteger, que me quedara a su lado para siempre.
—Ya veo—susurró Meagan, extraña y repentinamente molesta por no ser la única mujer en la vida de su hijo, pero sintiéndose feliz de saber que él no estaba solo—Tienes mi bendición, entonces.
Kallie asintió y tras darle una mirada rápida a su padre, cerró la puerta en silencio. Meagan esperó hasta que ya no se oyeron sus pasos en el pasillo y colocó una mano sobre las de Vasili.
Entonces, los dos desaparecieron.
*.*.*.*
La alerta había sido dada por el general marino y el dios guerrero pero eso no hizo ningún cambio. Esa noche, por ejemplo, nada sucedió a parte de que el nivel de tensión entre los santos de Athena creció. Todos sabían que una amenaza estaba yendo directo a su encuentro pero no sabían de qué se trataba ni qué tipo de peligro enfrentarían llegado el momento, así que siguieron las órdenes específicas de permanecer en sus templos a la espera de cualquier señal de que debían partir al campo de batalla.
La espera de horas se convirtió en un día y luego dos, y finalmente tres. Nadie tenía permitido ir a las mazmorras después que el Patriarca supo que, de uno en uno, los santos dorados se dieron secretamente a la tarea de intentar razonar con Milo, quien ya no era una santa de oro. Desde su posición en Sagitario, Aioros podía ver de primera mano cuán desolado y silencioso se veía el octavo templo, ahora vacío y con su armadura descansando en la caja de pandora hasta que algún nuevo portador apareciera. El silencio reinante en todo el Santuario parecía partir desde Escorpio como una invisible mano que acariciaba cada superficie y corazón, cubriendo todo en una bruma invisible de tristeza. El cosmos de la antigua dueña del lugar no podía sentirse desde donde estaba y cada tres horas Afrodita de Piscis informaba si había algún cambio en Milo. Esperaban que creciera lo suficiente como para creer que se recuperaría pero la espantosa verdad era que el único mensaje del doceavo guardián era que no había cambios.
Hasta hacía nada más que unos minutos.
No puedo sentir el cosmos de Milo.
La voz de Afrodita seguía haciendo eco en su cabeza, la frase repitiéndose una y otra vez.
Podía sentir los diferentes estados de ánimo de los santos de los templos inferiores, la frustración de Aioria, el sentimiento de pérdida enorme de Saga y el odio creciente en su hermano menor Kanon, la dura aceptación del viejo maestro Dohko, la triste resignación en Mu y Aldebarán, la negación en DeathMask, el desasosiego de Shura, el nerviosismo de Afrodita. Frunciendo el ceño, miró hacia atrás, al contorno del onceavo templo. No podía sentir nada proveniente desde ahí, lo cual quería decir que Camus había ocultado su cosmos de los demás para guardar sus sentimientos.
Aioros podía recordar uno de los últimos momentos de paz del Santuario, cuando apenas había obtenido su armadura. Estaba de guardia con Saga en el pueblo cuando repentinamente se vieron involucrados en una misión secreta llevada adelante por una Milo de seis años que involucraba al pequeño Camus, quien por aquel entonces se preparaba para un largo viaje a Siberia, donde seguiría su entrenamiento lejos de todos. Lo que se había grabado en su memoria más que la simpleza de la situación, fue la sensación de intimidad y confianza absoluta que había entre esos dos y no pudo evitar preguntarse si el paso del tiempo, la distancia, la muerte y guerra habían hecho que esas confianza e intimidad se perdiera. Milo ya no portaba la máscara reglamentaria desde lo sucedido en Asgard y había una buena razón para que no lo hiciera.
Milo era una diosa.
Un cosmos frío pero curiosamente amistoso y con bordes de nerviosismo viajó a través del aire, buscando y encontrándose con cada uno de los santos dorados.
¡Aún está con vida! Su cosmos es débil pero no ha muerto.
Hyoga de Cisne dio la noticia que cambió de un momento a otro con el clima lúgubre y pesado que estaban viviendo desde hacía casi nueve días. Apenas Afrodita había hablado, alguno de ellos seguramente debió pedirle que verificara que lo que creían era verdad.
Aioros suspiró profundamente, liberando el aire acumulado en sus pulmones. Como guerrero que era, su deber era estar firme en su posición en el campo de batalla sin importar qué tan dura fuera la situación. Pero una pequeña parte de él se había preguntado por un breve instante qué habría pasado con su hermano Aioria si ella realmente moría.
Milo fue cercana a su hermano menor en su infancia hasta donde supo antes de morir. Pero antes que ella se marchara a Milos tuvo una pelea algo violenta con Aioria, quien en aquel entonces era un crío ingenuo y celoso, y pensaba que la niña quería alejarlo de él y convertirse en su hermana y protegida. Su hermano llegó a esa conclusión cuando Milo, tras ser separada de su mejor amigo y estando sola por algunos días en los que su maestro se ausentó por una misión, buscó refugio y un amigo en ellos por ser el templo que más cerca se encontraba del suyo. Cuando logró detener la pelea entre ella y Aioria, Milo huyó inmediatamente a buscar lo que quería en otro lugar.
Sabía por boca del propio Aioria que con el paso de los años había intentado reparar su relación amistosa con Milo pero ella no se lo hizo tan fácil. No fue sino hasta después que Athena regresara al Santuario que habían aprendido a llevarse bien.
Si bien significa hacerse bromas mordaces y crueles, y pelear en cada ocasión que se presentara.
—Ya puedes estar tranquilo, ella está bien.
—Quisiera solo sacarla de ese lugar.
La breve conversación entre él y Saga se vio interrumpida cuando la media noche oscura y fría a pesar de la pronta llegada del verano se volvió clara y luminosa, plateada. Aioros alzó la vista y vio asombrado la manera en que las nubes de Poseidón eran esparcidas, retirándose como si hubiesen sido arrojadas lejos por un onda expansiva que salió desde el cielo sobre el octavo templo. Una ráfaga de viento frío sopló desde la costa y otra, caliente y seca llegó desde tierra adentro trayendo consigo el aroma ligero de la carne quemada y humo.
Arrugando la nariz, Aioros observó la luna llena, alta y resplandeciente en medio del firmamento.
Presionando con fuerza el arco dorado en su mano izquierda, se reafirmó en su determinación de querer proteger a Athena y a sus seres queridos.
La luna comenzó a moverse hacia el Oeste y aunque apenas habían pasado minutos desde la media noche, el Este se iluminó con un tenue color rosáceo.
Desde la puerta trasera del octavo templo, una pequeña bolita de luz blanca salió y se paseó entre las brisas fría y caliente como un diente de león buscando tierra para posarse. Al principio creyó que se trataba de una luciérnaga pero debido al color y al tamaño, se dio cuenta que no era así. Además, era cosmos. El rescoldo de un cosmos infantil y tierno, algo que, cuando pasó a su lado y siguió hasta perderse en el templo principal, le recordó a un niño buscando a su madre.
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Usó sus brazos para impulsarse hacia arriba, despegando lenta y cuidadosamente su cuerpo del suelo. Después, probó sus rodillas antes de alzarlas y apoyarse en sus pies. Así, se irguió en su altura y se estuvo quieta por un momento, encontrando equilibrio y estabilidad. Las paredes a su alrededor, el suelo, las columnas, el trono que se alzaba frente a ella y ese extraño gravado que se alzaba hacia el cielo como galaxias entrelazadas eran de color rojo.
Todo estaba teñido del rojo de su sangre, incluso su vestido y su capa.
Milo dio un paso al frente y luego otro, y otro más, y atravesó el salón, subió las escaleras y finalmente se volteó a ver el enorme salón vacío delante de ella. El lugar en el que había caído y permanecido era de un impoluto y brillante blanco, tanto que la superficie cristalina lo hacía ver como un espejo. Las ramificaciones de blanco se extendían y perdían entre el rojo como finas venas, creando la sensación de una gran mancha en el centro del lugar. Le había costado trabajo deshacerse de todo lo que llevaba encima desde hacía tanto tiempo pero tras una semana más de confinamiento en su templo finalmente logró limpiar la memoria de Caos de tanto sufrimiento.
La coloración rojiza de todo el lugar daban fe de ello, que en su sangre había dejado ir cada una de su vidas junto a las pasiones y temores de cada uno. Ahora el templo estaba cubierto de cada momento de dolor y angustia, de cada recuerdo de momentos felices, de cada nacimiento y muerte. Nueve mil años de existencias puestas ahí que se habían separado de sí misma.
Retrocedió algunos pasos y se detuvo solo al sentir que chocaba contra su trono. Extendió la mano derecha y en ésta una luz se encendió y cobró la forma de un fino y largo bastón con un acabado simbólico en la parte superior. El báculo que Cam había guardado para ella se materializó entre sus dedos y Milo lo sostuvo con fuerza antes de finalmente sentarse en su trono, apoyando la espalda contra el respaldo y dejando las manos en su regazo, donde apoyó el báculo que comenzó a brillar con cada vez más intensidad. El rojo de las paredes se tornó de un fuerte tono lila en el suelo y las partes bajas de las paredes, y se aclaró hasta volverse de un intenso dorado y blanco en la parte superior. Arriba, el cielo se movió, realizando un sonido semejante al arrullo de un bebé, las lejanas estrellas parecieron acercarse, volviendo sus rostros hacia ella, observándola y dándole la bienvenida. El sonido lejano del saludo de dioses que dormían en paz ajenos al desastre llegó a sus oídos, también las repercusiones que el momento particular en que tomó su trono provocó en la tierra. En diferentes lugares galaxias completas que eran destruidas volvían a la vida y agujeros negros se cerraban y consumían en sí mismos, las constelaciones titilaron como faroles en medio de una tormenta, la vida se alegró y la muerte retrocedió un paso. Incluso el destino se mantuvo quieto y callado; su hijo más cruel la reconocía como autoridad.
Todavía no estaba despierta pero estaba en casa, nuevamente en el lugar que le correspondía; reina y señora de todo, pero también responsable de todo. Faltaba solo un paso para que Caos se despertara totalmente, por lo que en ese momento Milo solo era una humana con la consciencia abarrotada de millones de años de existencia de una diosa primigenia, la más grande de los cuatro primeros. Mirando hacia el cielo despejado que cubría el templo como si el mismo universo fuera el techo, tomó aire y cerró los ojos, y cuando los volvió a abrir no estaba en un salón brillante y espacioso sentada en un gran trono hecho de estrellas y vistiendo un elegante traje. Estaba en las mazmorras del Santuario, donde era una traidora.
Se humedeció los labios, encontrando que uno de los embates del Plasma Relámpago de Aioria le había dado en la mejilla, provocando que se mordiera por error. Tras una semana habría esperado que la herida se cerrara pero supuso que era una buena cosa que la sangre todavía se sintiera fresca en su lengua. Otras partes del cuerpo le dolían. La espalda, las piernas, las costillas del lado derecho, la cabeza. Si no se conociera mejor diría que probablemente se había roto una costilla y la mandíbula pero de ser así el dolor sería insoportable. Los santos de Athena no habían escatimado en fuerza para detenerla. Ellos se habían creído seriamente que traicionó a Athena por un momento, pero sus corazones habían aprendido a perdonar a duras penas y por las malas, por lo que en ese momento podía sentirlos lamentando su pérdida desde sus templos. Seguramente ellos no la sentían, su cosmos era muy débil. A esas alturas seguramente se lamentaban porque pensaban que estaba muerta. Milo se sorprendía a sí misma por lo mucho que había durado.
Una pequeña bolita de luz atravesó la penumbra de la cárcel y revoloteó delante de ella como una mariposa histérica. Dio vueltas en círculos, arriba y abajo y de derecha a izquierda, revotó contra su nariz una vez antes de irse lejos y regresar para acabar quedándose quieta junto a su mano derecha, en el suelo. Le recordó a un copo de nieve aunque también a un colibrí enloquecido. No reconoció el cosmos que despedía ese trocito de alma pero sin dudas era el de un niño o niña, su aire infantil y cálido daban cuenta de ello, y también su desesperación por acercársele.
Milo de alguna manera no había tenido buena suerte con los niños. Si no se asustaban, se le pegaban como lapas.
Extendió la mano derecha, alzándola hasta la altura de su pecho y la bolita de luz siguió el movimiento como un cachorrito entrenado. Ella sonrió antes de cerrar sus dedos sobre la forma luminosa, que se intensificó y se deformó para dar forma a algo más.
Una mano pequeña y morena, traslúcida y pura se formó, luego un fino brazo y finalmente el resto del cuerpo de una niña menuda y delgada de grandes y gruesos rizos oscuros y ojos celestes, brillantes y expresivos. Milo no la conocía pero sabía que se trataba del Oráculo de Apolo, una tierna enana que había huido de las garras del idiota más grande del Olimpo para advertirle a Athena sobre los feos planes de su señor. Podía sentir a través de su tacto fantasmal el anhelo que sentía por estar con su madre pero también su fuerte deseo de conocer a Caos.
—No deberías tener miedo de ir al Inframundo— susurró, detectando también el nerviosismo en el rescoldo de cosmos que dio forma a su cuerpo. Ella abrió mucho los ojos y su forma se deshizo, volviendo a ser una bolita de luz. —Ya he estado ahí. Te enseñaré el camino—continuó. La luz revotó contra su palma y fue hasta el techo antes de regresar, alegría y alivio llegaron hasta ella como un suspiro—No te preocupes, yo te guiaré.
La luz traspasó su mano, perdiéndose en su piel tras iluminar brevemente las líneas de su palma. Milo sonrió, suspiró con algo de nerviosismo y finalmente quitó las vendas gruesas de sus brazos.
Lo que iba a hacer la catalogaría de loca bajo cualquier circunstancia, pero por suerte, ella era Milo.
Llevó su brazo a su boca y apoyó sus labios contra la piel.
Cuando la sangre entró en contacto con las líneas, el fuego oscuro se desató.
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Las calles estaban completamente vacías, las casas abandonadas y el lejano y desagradable aroma de cosas en estado de descomposición llegó a sus fosas nasales. Había apenas un rato el cosmos de Milo de Escorpio, según supo, no podía sentirse desde el templo de Piscis cuyo guardián era el encargado de advertirles a todos en caso de que algo sucediera. Y ese algo había sucedido. El cosmos de la muchacha que servía como recipiente a Caos había muerto. Miró en dirección al Santuario, cuya máxima autoridad, el Patriarca Shion le pidió que rondara el pueblo abandonado de Rodorio para verificar que nada extraño estuviese sucediendo, como si además del hecho de que tenía a una diosa y ex subordinada en prisión, al sol y la luna alzándose cada uno por los extremos Este y Oeste y esa extraña sensación de la muerte rondando el lugar fuera suficiente y no quisiera agregar otro suceso extraño a su lista.
—Aún está con vida—susurró Kagaho de Bennu. Estaba de pie a unos metros, mirando también hacia el Santuario. Sus ojos siempre enojados y sus hombros tensos bajo su gruesa armadura. El santo de oro de Libra y él se habían conocido en la guerra santa del siglo dieciocho y desde que llegaron a la tierra por órdenes de Hades, el reconocido viejo maestro había mostrado una actitud amistosa hacia el espectro. Él era también quien les informaba acerca de todo lo que tuviera que ver con Milo de Escorpio para que ellos pudieran transmitir la información a su señor Hades, quien había tomado una extraña postura pasiva en ese conflicto.
Aiacos no respondió. No sabía qué pensar de todo lo que estaba sucediendo y al fin y al cabo su trabajo no era cuestionar, sino acatar órdenes. Asintió a las palabras de su compañero de misión y se volteó para seguir su recorrido pero una fuerte explosión rompió con el triste silencio. Volteándose rápidamente alcanzó a ver una enorme columna de fuego negro con bordes azules alzándose hacia el cielo desde lo alto del Santuario, como un dragón renegado volando hacia su libertad. Aiacos sabía que se trataba del fuego de la creación, el arma con que Caos había dado vida al universo y sabía que cada vez que se desataba significaba que Milo de Escorpio había sufrido una herida. Lo extraño es que ella estaba herida cuando fue encarcelada pero nada había pasado sino hasta ese momento.
Impresionado, el juez del Inframundo observó con detenimiento la expresión mínima del poder de Caos, rompiendo el paisaje extraño que Apolo y Artemisa habían creado al hacer que el sol y la luna estuviesen juntos en el cielo a pesar de ser más de medianoche.
—Impresionante—susurró Kagaho a sus espaldas.
—Tú no la has visto portando su armadura—murmuró, muy a su pesar y sorprendiendo al espectro, quien había nacido como un humano unos siglos atrás—Una vez que ves a Caos en batalla, nada puede volver a parecerte impresionante.
—Quizás eso explica por qué nuestro señor Hades no desea molestarla—respondió el joven pelinegro.
Aiacos se encogió de hombros y dejó a Milo, Caos y a los alterados santos de oro en sus asuntos. Comenzó a andar por las calles vacías una vez más, seguido por Kagaho, que volaba a una distancia corta. Entonces, sucedió algo peculiar. El lugar comenzó a ponerse frío y el aire se condensó, formando una bruma blanca que se mezclaba con el polvo de la noche convertida en día. Kagaho maldijo por lo bajo y Aiacos alzó vuelo, elevándose varios metros sobre el suelo y mirando a lo lejos. Entonces, el frío pasó a un intenso y molesto calor que fue intensificado por ráfagas de viento que barrieron con los techos de algunas casas y rompieron ventanas. La bruma se dispersó, dejando a la vista figuras oscuras cubiertas por extrañas vestimentas que llameaban en rojo y dorado. Copiando a su compañero, Aiacos maldijo por lo bajo.
Una multitud de miles llegaban desde la línea del bosque más allá del pueblo que comenzaba a incendiarse. Eran humanos, miles de humanos convertidos en quién sabe qué y con armaduras que llevaban el sello de Apolo.
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Nota al margen: Eh aquí el capítulo más corto del fic. Si no fuera porque me avisaron, me olvidaba que publicaba hoy. Lo triste es que esta mañana estaba feliz porque ya lo había terminado ayer xD Mis disculpas. Les agradezco por leer y les deseo todas las bendiciones de Dios para esta mitad de semana. Nos veremos en unos días :)
Postada: esas frases no son de ninguna canción xD
Posdata n° 2: hice un meme de cómo pienso que reaccionaría Milo de Escorpio si supiera lo que hice con él. ¿Cómo creen ustedes que reaccionaría si leyera este fic? xD
Publicación del próximo capítulo: 18/07/16
