A través de mil océanos tendremos que ir.

Mil años oscuros cuando el tiempo esté muerto.

Mil estrellas están pasando.

18

Una batalla en la que nadie luchó.

Salieron de entre los árboles silenciosos como sombras, moviéndose, sus pasos laxos y el arrastre de sus pies no hacía que se vieran menos asquerosos. Todos vestían armaduras rojas cuyas superficies llameaban como si estuviesen ardiendo, llevaban espadas de finas hojas plateadas que reflejaban la luz del sol y, más allá de eso, iban en distintos grados de desnudez. La ropa hecha jirones que se dejaba ver entre los bordes de las armaduras estaba chamuscada, derretida o adherida a la piel, que de igual manera presentaba diferentes tipos de quemaduras. Las caras de aquellas personas no expresaban nada y sus ojos vacíos miraban al frente, arriba, abajo o incluso hacia un lado u otro mientras caminaban en línea recta, avanzando como si fuesen objetos sin vida atraídos por un centro gravitatorio inmenso. La tierra por la que pasaban se encendía al instante, los árboles del bosque se convertían en enormes piras y el humo negro iba cubriendo tanto el sol como la luna.

Lo que sea que Apolo les hubiera hecho, los había transformado en monstruos.

Aiacos levantó vuelo apenas el fuego comenzó a expandirse por todo el terreno. Estaban lejos del Santuario pero la mayor aglomeración de casas y edificios se encontraba cerca, lo cual suponía una horrible realidad sobre lo que se avecinaba mientras la horda de humanos avanzaba por las calles. Una ráfaga de viento proveniente desde el norte trajo consigo humo y hojas de árboles ardiendo que se posaron sobre los techos y los capó de los autos abandonados. Entonces, pequeños incendios localizados se unieron para comenzar a gestar lo que en pocos minutos se convertiría en un gran infierno.

—Ese hombre realmente odia a los humanos —murmuró Kagaho de Bennu. El espectro antiguamente había sido uno, así que supuso que de cierta manera le molestaba ver la escena que tenía adelante.

—Él está algo loco, sin dudas —comentó el juez, sonriendo—; incluso hay niños.

Bennu maldijo por lo bajo antes de lanzarse hacia la horda de guerreros ardientes que se acercaban desde el lado sur del pueblo, trayendo fuego y humo con ellos. Con un brusco movimiento de las grandes alas de su armadura los desafortunados soldados fueron lanzados por los aires, pero aunque unos cientos fueron derribados, éstos se levantaron como si nada malo hubiese pasado. Como si de hecho no estuviesen a medio consumir por el fuego, como si no estuviesen muertos.

Apolo había traspasado cualquier límite conocido por los dioses.

Mirando hacia el Santuario, donde la columna de fuego azul comenzaba a disiparse, pensó que no había nadie en ese mundo que mereciera el castigo de Caos como Apolo.

—Es imposible que los detengamos espantándolos o derribándolos —murmuró, muy a su pesar. Un suspiro de exasperación escapó de entre sus labios y comenzó a avanzar hacia adelante y luego en picada, hacia abajo. Las alas de su armadura barrieron con unos pocos y arrancaron extremidades en otros—. Tendremos que despedazarlos.

Sin perder tiempo y pensando únicamente en cumplir la orden que su señor Hades le había dado, la de defender el terreno en el que se encontraba Caos, se movió entre una fila y fila de guerreros, cortando cabezas y torsos y arrojando partes por las calles. El problema, se dio cuenta al cabo de pocos minutos, era que los brazos y piernas no se estaban quietos, sino que seguían moviéndose en dirección al Santuario. Asqueado, Aiacos decidió cortarlos en tantos pedazos como fuera posible para que no quedase nada que pudiera moverse; sin embargo, cuando estaba a punto de arrojarse desde una vieja pared, un cosmos inmenso y gentil lo embargó, envolviéndolo por completo y causándole escalofríos. Aiacos intentó sacudirse la sensación de ese cálido cosmos abrazándolo, pero era tan sobrecogedor y armonioso que tuvo dificultades para respirar. Maldita Athena destilando amor por todas partes, pensó. La diosa envió un mensaje claro y conciso que casi logra que el juez considerara cambiar de tácticas y despedazar a Saori Kido en lugar de al ejército de humanos (que, por cierto, no estaban vivos).

Por favor, no asesinen a los ciudadanos de Rodorio. Aún pueden ser salvados.

¡Esa niña estaba completamente loca!

A unos metros de él, Kagaho se puso a lanzar maldiciones a toda voz en dirección al Santuario, respondiendo a Athena dónde podía meterse sus por favor no los asesinen. Indignado, Aiacos decidió que prefería enfurecer a esa niña en lugar de a su señor Hades. Después de todo, su misión era defender el lugar en el que Caos moraba y eso quería decir que debía eliminar cualquier cosa que amenazara la vida de Milo de Escorpio. Así que le dio la espalda a la voz que lo instaba a ser misericordioso y un montón de cosas buenas más, y lanzando una técnica tras otra, se dedicó a detener el avance de esos restos de lo que alguna vez habían sido humanos. El fuego era una historia diferente; mientras cualquier parte o cuerpo entero volaba por aquí o por allá, el fuego se extendía como si ellos tuviesen la capacidad de provocarlo naturalmente. Sin embargo, su cometido se vio comprometido cuando un cosmos helado e increíblemente violento se desató y se expandió como una ola polar en medio de la Antártida. En menos de lo que tarda un parpadeo unas seis calles dejaron de arder y se congelaron por completo mientras el general marino Isaac de Kraken se acercaba, caminando a paso acompasado y con el aspecto de ser el rey del maldito mundo.

—El dios Poseidón me ha ordenado detenerlos hasta que Athena venga aquí —comentó el joven de cabello verde, deteniéndose en un cruce de calles, allí donde una llave de agua dejaba filtrar el líquido por la parte de abajo, inundando esa pequeña área.

—Es una locura, incluso para nosotros. No perderemos tiempo con esto —replicó Kagaho de Bennu, sobrevolando cerca del general marino y aterrizando a unos metros, donde el agua reflejaba el fuego, que se había iniciado muy cerca.

Volteando, corrió hacia las llamas, las dispersó y apagó con una explosión de su cosmos hasta que no quedó nada más que concreto con mal olor. Tomando el ejemplo del espectro, Aiacos hizo lo mismo con la intención de destrozar a un nuevo grupo que se acercaba, pero su ataque fue detenido por un joven de cabello azul con armadura blanca y espada. El dios guerrero de Asgard estaba allí también, a unos metros, de pie sobre el techo de una casa baja cuyas ventanas habían estallado, y de cuyo interior el fuego salía en forma de pequeñas explosiones. Volteándose, blandió su espada en el aire y las llamas se apagaron.

—La diosa Athena ha hecho una petición y te agradecería que no estropearas el trabajo que llevaremos a cabo —dijo, antes de saltar del techo y perderse entre las calles.

Aiacos suspiró y rodó los ojos. Ese iba a ser un día especialmente largo... o noche, o lo que fuera.

A lo lejos, una segunda llamarada de coloración oscura, con bordes azules, se inició en el Santuario.

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El patriarca Shion esperaba junto a la diosa, quien aguardaba de pie frente a la puerta, viendo la forma violenta en la que el fuego del bosque se extendía en dirección al pueblo de Rodorio, destruyendo lo poco que quedaba en pie. Junto a ella Kanon de Géminis estaba también de pie, portando un tridente que no le pertenecía pero que le había sido prestado por Poseidón... quien, a su vez, permanecía a la derecha de Athena, con su cosmos encendido y atrayendo viento y lluvia. El ataque de Apolo había debilitado en gran medida al rey de los mares pero aún prestaba ayuda, lo cual hacía pensar a Shion que no todo era tan malo, que quizás sí había algo bueno en cada dios y diosa del Olimpo y que Caos sería capaz de detenerse si veía eso.

Athena avanzó, sosteniendo su báculo en la mano derecha y su escudo en la izquierda. No llevaba su armadura, sino que se había limitado a ataviarse con un vestido blanco simple, sin siquiera tirantes. El viento caliente que alimentaba el incendio agitó el cabello lila, haciendo que bailoteara alrededor de los hombros de la diosa, los mechones largos yendo y viniendo desde la alta cola de caballo que se había hecho, en la cima de su cabeza. Dio un paso al frente y luego otro, avanzando con decisión y sin cautela, casi deteniéndose a sí misma de correr a la batalla y plantarse en medio de lo que, desde la distancia, se asemejaba al infierno. Shion la siguió de cerca hasta el templo de Piscis, donde todos los santos de oro excepto una estaban esperando, todos portando sus armaduras, con una rodilla en el suelo y la cabeza baja. Con un asentimiento de cabeza hacia él, Athena indicó que debían ponerse en acción, todos. Incluso ella.

Shion elevó su cosmos tanto como pudo, cuidando de que se extendiera hasta cubrir a todos los santos dorados, y los teletransportó a la entrada de la ciudad, lejos de donde el ejército de Apolo y del fuego se encontraban. Las columnas de humo tapaban el sol que se había levantado después de la medianoche y el viento caliente hacía que el vaho gris se precipitara sobre ellos. Shion sintió su nariz y boca ardiendo y reprimió el impulso de toser.

—Vayan y creen un perímetro de seguridad para que la diosa pueda acercarse —ordenó, y Mu, Aldebarán y Camus respondieron de inmediato, haciendo una reverencia y luego corriendo lejos, hacia la multitud de humanos subyugados que se acercaban desde los bosques—. Afrodita, DeathMask, Shura, asegúrense de no dejar que sigan avanzando —indicó a los tres santos, quienes partieron tras reverenciar brevemente—. Saga, ayuda a Kanon. Aioros y Aioria se quedarán con la señorita Athena y Shaka, tú vendrás conmigo y con Dohko a ayudar a nuestros aliados a detener el fuego.

Dicho aquello, todos se apresuraron a cumplir con las tareas que les habían sido encomendadas. Shion corrió a la par de Dohko, quien se rehusaba a hablarle desde hacía una semana. El santo de Libra se separó cuando llegaron a la mitad del pueblo, donde los edificios estaban unidos unos a otros y las casas que asomaban entre ellos se encontraban vacías. En tan poco tiempo el fuego había consumido la parte más lejana, sin apagarse y permaneciendo encendido incluso después de que algunas construcciones se derrumbaran. A lo lejos vio un gran grupo de personas acercándose, y su corazón se rompió al ver el estado deplorable en el que el dios del sol los había dejado.

Extendiendo ambos brazos hacia adelante, dejó ir su cosmos otra vez pero en esta ocasión con la firme intención de crear un muro de cristal que los encerrara a todos. Desde la lejanía, podía ver un muro de hielo levantándose y sentir los cosmos helados de Camus y del general marino Isaac. Hacia el Norte, otro muro de cristal de alzó hacia el cielo, encapsulando las llamas provenientes desde el bosque, dejando el incendio enjaulado en aquel lugar. De inmediato las llamas que consumían al pueblo se concentraron en una sola y gran área, donde los soldados estaban reuniéndose y donde, a pesar de la breve matanza que el juez Aiacos y el espectro Kagaho habían llevado a cabo, el número de personas no había bajado para nada. Concentrándose en su tarea, mantuvo firme su muro incluso cuando los soldados se toparon con él, intentando avanzar sin darse cuenta que se veían impedidos por su barrera. A los pocos minutos los primeros estaban bajo los pies de los demás, que comenzaron a utilizarlos como una especie de escalera o montaña humana que crecía a medida que iban llegando y pisaban a los que estaban delante, escalando hacia el cielo a una velocidad asombrosa. Pronto, cuerpos caían a un lado y a otro y se levantaban para seguir su camino. El muro que Shion había creado fue destruido por el intenso calor. En ese momento, una fuerte lluvia comenzó a caer y relámpagos y truenos la acompañaron. El sol seguía brillando entre las densas nubes que Poseidón había atraído y el viento frío que Camus estaba creando con su cosmos llevó algo de alivio con respecto a las altas temperaturas. Sin embargo, con la llegada del agua y el viento el humo y el vapor crecieron considerablemente y algo nuevo comenzó.

Gritos.

Gritos agudos y desgarradores llenaron la mente de Shion, casi ahogándolo por completo. Las personas, o lo que quedaba de ellos en esos cuerpos torturados, comenzaron a gritar y a retorcerse como si acabasen de darse cuenta que estaban quemándose y las armaduras que llevaban puestas se derritieron, convirtiéndose en metal fundido e hirviente que los cubrió como una segunda piel.

— ¡Shion! —el grito provino de Dohko y tras buscarlo en las cercanías, lo vio en lo alto de un edificio, apuntándole con un dedo y haciendo gestos de que se fuera de donde estaba—. ¡El material de las armaduras está esparciéndose por todas partes, sal de ahí!

Shion miró hacia el frente, donde se ceoncentraba la mayor cantidad de personas, y gruñó, frustrado por no poder hacer nada por ellos. El metal de la armadura consumía la carne y los huesos sin dejar nada y se extendía como una marea de lava blanca y brillante, el resplandor del metal cegaba sus ojos y producía un brillo que hacía que todo se tornara blanco. Incapaz de hacer nada más, saltó lo suficientemente alto como para llegar a la cima de una casa de dos pisos que estaba cerca de donde se encontraba Dohko. No muy lejos de su amigo podía ver a Shaka en las mismas condiciones; incapaz de actuar de alguna manera u otra.

No había nada que hacer en una situación así, lo cual quería decir que había llevado a Athena a un lugar peligroso, y todo, para nada.

Desde el Santuario, la llamarada de fuego oscuro de Caos se apagó y otra aún más alta se elevó.

Era la tercera que comenzaba y Shion sintió su corazón retorcerse de remordimiento, pensando en lo que seguramente debía estar pasando Milo en el centro de todo eso.

Un estruendo hizo temblar la tierra y llamó la atención de Shion, quien miró en dirección al puerto, que era donde se encontraba Kanon. Desde su posición era capaz de ver a uno de los gemelos, pero debido a la mezcla desordenada de luces y sombras, no fue capaz de distinguir de quién se trataba sino hasta que la luz del tridente de Poseidón atrajo una fuerte ventisca que hizo que todo el humo y el vapor se dispersaran, limpiando el aire y dejando a la vista la gran ola de varios metros de alto que se formaba detrás de Kanon, amenazando con ir sobre el pueblo en cualquier momento. Shion estuvo a punto de alzar su cosmos para detenerlo cuando Dohko se apresuró a llegar a su lado desde donde estaba, negando con la cabeza. Él dijo algo, pero el estruendo del agua y los gritos de las personas en las calles hacían que resultara imposible escuchar cualquier cosa. Entonces, la gran ola se precipitó sobre la tierra tras un movimiento del tridente y el agua cubrió todo lo que se encontraba al ras del suelo hasta la altura de los techos de las casas bajas.

Shion pensó que quizás había sido un error darle el tridente de Poseidón a Kanon, pero tuvo que reconocer que había sido una buena manera de acabar con todo de una forma rápida e indolora. El agua se tornó rápidamente de color marrón, acallando los gritos y arrastrando consigo cuerpos y partes desmembradas, espadas y escombros. En ese momento el cosmos de la diosa se encendió en alto, ardiendo como nunca lo había visto pero derramando una increíble y cálida sensación de bienestar. Los cuerpos fueron levantados y flotaron a unos cuantos metros por encima de la superficie del agua, y como si fueran lavados por una corriente ligera, las quemaduras comenzaron a desaparecer junto al material de las armaduras que los cubrían. Comprendió entonces que, seguramente, el agua que Kanon había llevado hasta allí más el cosmos regenerador de Athena estaban cumpliendo la misión de recuperar a las personas que Apolo había echado a perder. Pero también comprendió que el plan del dios del sol no era atacar el Santuario, sino alejarlos de él, porque en el momento en que todo se quedó en silencio, una enorme masa de luz semejante al sol bajó desde el cielo y se posó justo sobre el templo principal, que no era más que una sombra a lo lejos. Una barrera en forma de cúpula detuvo la luz enviada desde el cielo y el choque entre ambas provocó fuertes explosiones de poder, semejantes a rayos y a estática que inundó el aire e hizo que todo oliera a ozono.

El fuego oscuro que emergía desde las mazmorras se apagó y de inmediato otra todavía más alta se encendió.

Era la cuarta.

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—Hemos salvado los cuerpos de estas personas pero, ¿qué hay de sus mentes y almas? ¿No están muertos?

—Francamente no lo sé, quizás Athena habló en privado con Hades para traerlos de vuelta.

Kanon resistió el impulso de suspirar. El tridente de Poseidón había desaparecido de su mano en cuanto esa enorme masa de luz bajó desde el cielo y el cosmos del dios de los mares se encendió como una enorme señal de alerta de tsunami. Desde sus lugares en el pueblo, los santos de Athena no podían hacer otra cosa sino lidiar con el desastre que el agua dejaba a su paso mientras ésta se retiraba a toda velocidad y los cuerpos flotantes se aglomeraban en los altos techos de las casas y los edificios más altos. Toda esa gente había sido perjudicada por las disputas entre los dioses y Kanon no pudo hacer otra cosa sino sentir que los odiaba a todos con toda su fuerza. La llamarada oscura que se alzaba hacia el cielo desde el templo principal permanecía ajena a todo lo que sucedía alrededor, ganando cada vez más altura y luego extinguiéndose por completo para volver a encenderse. Seguramente Milo estaba creándolas, haciendo que su sangre entrara en contacto con las líneas de sus brazos y la preocupación que sentía por ella nublaba incluso el odio que sentía por los dioses.

Una nueva columna de fuego se encendió tras apagarse la anterior, cortando momentáneamente la actividad entre Poseidón y lo que fuera que Apolo había enviado. Kanon miró a Saga, quien veía absorto el espectáculo, y tuvo serios problemas para entender cómo se sentía con respecto a su hermano mayor. Por una parte, sentía pena por el doloroso rechazo que había sufrido, pero también creía que se lo merecía por intentar jugar un juego demasiado peligroso. Caos no sólo era una diosa, sino que era la más poderosa y estaba demostrándolo alzando ese fuego a pesar de que el cosmos de Milo apenas podía sentirse desde el templo principal.

Temía que ella muriera en ese momento pero también temía que siguiera con vida y sufriendo. Entre una cosa y la otra, Kanon prefería que Milo muriera. El pensamiento sabía amargo en su boca y hacía que su corazón doliera, pero era mejor eso a imaginarla viva y consciente en el centro de ese infierno que por razones que iban más allá de su comprensión, se había auto impuesto. No podía imaginar la razón detrás de la atrocidad que estaba llevando a cabo pero debía ser muy buena para que lo hiciera una y otra vez.

La sexta columna de fuego oscuro se alzó mientras la luz blanca que Apolo había enviado envolvía por completo la barrera que Poseidón había creado. Athena no había dado ninguna señal de ataque y el Patriarca tampoco, por lo que ninguno de los santos dorados se movía de sus lugares. Desde su posición Kanon podía verlos observar en silencio lo que estaba pasando justo en sus narices y aunque quería quejarse por eso, él mismo no estaba haciendo nada.

No había nada que nadie pudiera hacer.

—Sé lo que piensas —susurró Saga, mirándolo. Sus ojos verde esmeralda no brillaban y una capa de tristeza silenciosa cubría su rostro—. También prefiero que ella muera.

—Eso es francamente horrible —dijo en respuesta, evitando mirar a su hermano a la cara.

—Y no soy el único.

Kanon guardó silencio.

Las gruesas nubes de lluvia comenzaron a retirarse y la sexta columna de fuego se apagó. Tras un breve instante, la séptima se encendió y se alzó hasta que pareció alcanzar el cielo, entonces, el cosmos del Patriarca llamó a todos a reunirse frente a la entrada del Santuario para auxiliar a Poseidón, quien increíblemente, era el único que estaba siendo útil al frenar esa enorme masa de luz que parecía querer aplastar el templo principal. Kanon utilizó la Otra Dimensión para llegar donde su superior esperaba y junto a Saga fueron los primeros en llegar. Athena se encontraba de pie sobre una columna, con Aioros sosteniéndola de la cintura y Aioria en una columna cercana. El santo de Leo tenía un rastro bien marcado de lágrimas surcando sus mejillas y no quitaba la vista del templo principal, debajo de cuyo techo estaba su mejor amiga. Muchos de ellos creyeron que el fuego significaba que Milo estaba lo suficientemente fuerte como para crearlo por sí misma pero cuando una tras otra las columnas de fuego comenzaron a emerger sin aparente control, todos ellos contemplaron la posibilidad de que Milo estuviera muriendo allá abajo.

Probablemente ya estaba muerta y el fuego se debía a la sangre derramada de alguna herida.

Quizás ella se había suicidado.

La garganta de Kanon se cerró y por un momento no pudo respirar, pero cualquier tipo de movimiento, acción o pensamiento tanto suya como de sus compañeros se detuvo cuando una sombra se formó en el aire, justo frente a él.

Sus compañeros llegaron junto al general marino, los espectros y el dios guerrero en el momento exacto en que uno de los Pilares de la Creación, el pelirrojo, se materializaba delante de ellos.

—Mi señora me ha pedido que los proteja —anunció el muchacho de fríos y chispeantes ojos azules que examinaban, atentos, cada rostro presente—. Por mí pueden irse todos al infierno, pero cumpliré su voluntad.

Dicho aquello, alzó vuelo dejando atrás una estela de lo que parecía ser escarcha, que cristalizó el suelo y todo lo que estaba cerca. Kanon notó la manera abrupta en la que la temperatura bajó de un momento a otro, pero ni él ni sus compañeros dijeron una sola palabra. La diosa fue puesta en el suelo en medio de todos ellos y el Pilar de la Creación encendió su cosmos de una manera que hizo que Kanon sintiera el impulso de ponerse de rodillas; ese cosmos se sentía como un peso aplastante, y comprendió que no era el único que se sentía así pues algunos de ellos, como Afrodita, DeathMask y Mu tenían la cabeza dolorosamente vuelta hacia abajo, como si estuviesen resistiendo a duras penas el acuciante impulso. Quien primero perdió estabilidad fue Aioria, seguido de Dohko y la propia diosa, quien no aguantó más tiempo. Finalmente Kanon cayó sobre sus rodillas al mismo tiempo que el resto de los que estaban allí, incluyendo a los espectros, al general marino y al dios guerrero. Una que otra maldición fue lanzada pero nuevamente el silencio reinó cuando una línea de luz azulada cortó el aire, llegando desde algún punto perdido hacia el lado Norte del cielo e impactando de lleno sobre la luz que Apolo había enviado, destruyéndola como si se tratase de una esfera de cristal frágil y delicada. El Pilar de la Creación extendió ambas manos hacia los lados de su cuerpo y el hielo que cubría el suelo y todo lo que estaba cerca se extendió hacia el Santuario, cubriéndolo por completo en lo que Kanon tardó en parpadear tres veces. A pesar del frío se sentía bien, pero el cambio del panorama le causó problemas. La árida tierra mezclada con los bosques recientemente quemados y la blancura de las construcciones se tornó de un tono blanco azulado que hizo que los rayos del sol y la tenue luz de la luna provocaran en conjunto un brillo intenso casi tan molesto como el del metal derretido de las armaduras de Apolo.

—Manténganse abajo y no se muevan —ordenó el Pilar, a la vez que llevaba una de sus manos al frente, en su palma vuelta hacia arriba una esfera se formó y se deshizo en miles de diminutos puntos de luz pálida que se esparcieron frente a ellos como una pantalla doblándose hacia atrás, como una cúpula parecida a la que Poseidón había creado—. Esto es por su seguridad.

— ¡Aún hay personas en el Santuario! —exclamó la diosa, intentando ponerse de pie en vano.

—Fueron puestos a salvo. Nadie sufrirá lo que merece sino hasta que el momento llegue —contestó el muchacho, dándole una rápida y lacerante mirada a Athena.

Una gran pared de hielo traslúcido se formó en el momento exacto en que una nueva columna de fuego oscuro se alzaba, solo que en lugar de ir hacia el cielo, se expandió por toda la tierra, envolviendo los templos, la estatua y toda la tierra a la vista. El suelo tembló pero nada se movió de su lugar y pronto, la llamarada se precipitó hacia ellos como una ola que impactó con fuerza la barrera creada por el Pilar.

Si Milo en verdad les había pedido a esos tipos que los protegieran quería decir que ese fuego tenía la fuerza suficiente para matarla.

Un duro momento en total silencio pasó, extendiéndose como neblina y haciendo que todos se sumergieran en pensamientos demasiado tristes para suponerlos, el Pilar permaneció en su lugar y con su mano hacia el frente donde una nueva esfera de luz se formó y se partió, los puntos de luz pálida se fusionaron con su barrera de hielo y la engrosaron justo antes de que una nueva llamarada oscura se extendiera como un tsunami de fuego que consumió todo a su paso.

— ¡¿Cuánto más?! —exclamó su hermano a su lado. Sus cerradas en puños se incrustaron en el suelo, pero no quebraron el hielo.

—Solo una más —susurró el Pilar, respondiendo. Kanon creyó escuchar su voz algo quebrada hacia el final pero el muchacho había hablado en un tono tan bajo que bien podría haber sido su imaginación.

Cuando el fuego se retiró, el cielo desprovisto del sol y la luna se mostró como un enorme manto oscuro salpicado de estrellas que brillaban intensamente. Un nuevo y agonizante momento de silencio pasó antes que el fuego comenzara por décima vez y avanzara hacia ellos, cubriendo el cielo y tornando todo en un absoluto negro. Kanon contó trecientos veinte segundos antes que el fuego finalmente se apagara, dejándolo todo sumido en un tipo de ambiente que no supo identificar.

El Pilar se volteó hacia ellos y los vio como un rey soberbio y burlón mira a sus súbditos más despreciables. No sonreía pero Kanon podía imaginarse las atrocidades que él estaba pensando de ellos y también las formas agónicas que seguramente se le ocurrían para torturarlos.

—Poseidón y sus dos generales, los santos de bronce y los dos niños que están en el onceavo templo se encuentran a salvo —dijo él. Su voz plana se sintió como un nuevo peso—. Están inconscientes pero el fuego no les hizo nada. Me iré ahora y la próxima vez que me vean a mí o alguno de mis hermanos seremos enteramente enemigos y disfrutaré asesinando a cualquiera de ustedes si intentan levantar un solo dedo contra Caos.

Dicho aquello se esfumó, convirtiéndose en nada más que polvo.

El silencio que reinó por los siguientes minutos estaba rebosante de vergüenza.

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Cuando finalmente volvió a su templo, Camus encontró a Mika y a Zeth en el cuarto del primero de ellos, totalmente inconscientes, y aunque trató de despertarlos, al cabo de algunos minutos comprendió que era una tarea imposible y desistió. Prefirió marcharse a la biblioteca, donde sobre uno de los tantos escritorios todavía estaba el diario de Vasili de Acuario, abierto en una página al azar. Se había dedicado a repasar los apuntes que Mika había hecho antes que Milo le prohibiera al niño seguir leyéndolo, pero no había encontrado nada más que fragmentos de una vida matrimonial pacífica, lo cual quería decir que si ese hombre había dejado pistas o detalles de lo que había ocurrido y lo que ocurriría más adelante, se encontraban más allá de la mitad del libro y Camus no podía leerlo.

Acercándose, lo levantó e intentó, en vano, comprender los símbolos; pero de entre las páginas un papel blanco y con marcas de dobleces se escapó y acabó en el suelo. Camus lo levantó y por milésima vez leyó las palabras que Milo había escrito. No había que ser un genio para saber que esa era la profecía que Vasili había recibido por parte de Meagan, pero creyó que después de la sucesión de llamaradas podía encontrarle sentido a algunas de las líneas puestas ahí. Acarició el papel sobre las letras de aspecto infantil y desestabilizado que tenía Milo y por una vez en una semana no evitó pensar en ella y en cómo debería estar. Había bloqueado el pensamiento pero la última vez que la vio ella ni siquiera reaccionó cuando la llamó con su cosmos y desde ese momento en adelante, él se había a hacer cualquier cosa que no tuviera que ver con ella, lo cual era casi imposible.

Dejó sus dedos vagar por el papel y notó la aspereza al final de la última línea, donde, tras colocar el papel a contra luz de una lámpara en el techo, descubrió que tenía marcas de escritura que fueron borradas. Rápidamente tomó un lápiz del cajón de ese escritorio y pintó ligeramente la superficie del renglón vacío, donde las letras de Milo formaron una palabra.

Egipto.

Frunciendo el ceño, volvió a leer la profecía completa y a medida que avanzaba, se sentía palidecer cada vez más.

Más de mil vidas serán, por el nudo que yo misma até,

Mi atadura será el castigo de los dioses y por ella sufriré,

moriré y seré dejada a un lado, y la muerte vendrá por mí

al cumplir veinte para pagar por aquella alma inocente.

Pero una vez serán veintidós años antes de regresar, para que

no se cieguen a la verdad y una vez más moriré antes de despertar.

Nueve mil años se habrán cumplido, mil estrellas habrán pasado,

doce veces arderé bajo el fuego oscuro de la creación.

Entonces, mi pecado se habrá pagado y Caos se alzará,

y el universo como lo conocemos habrá llegado a su fin.

Camus dejó el papel olvidado sobre la mesa mientras salía de su templo y se dirigía al último, por el cual pasó en silencio y sin llamar a su guardián. Un montón de recuerdos se mezclaban en su mente junto a las palabras de la profecía de Meagan, aquella que hablaba sobre su regreso y sobre lo que significaba. No estaba seguro de algunas líneas pero sí de otras y estaba seguro de que un ciclo se había cumplido para Milo. En la era anterior Kardia de Escorpio había muerto a los veintidós años y Milo tenía veinte, había muerto en la guerra contra Hades y tras ser revivida por Odin y finalmente otra vez por Athena, estaba lista para recibir a Caos. Recordaba la misión que había llevado a cabo en Egipto seis años atrás, cuando al cruzar el desierto en la noche Milo se había detenido para mirar hacia arriba y comentar sobre el aspecto curioso que tenía el cielo, como si contuviera un océano de estrellas, y él había lanzado casi la misma frase que estaba escrita en la profecía.

Mil estrellas habrán pasado, había anunciado Meagan.

Mil estrellas están pasando, había dicho él esa noche, en Egipto.

Esa había sido una señal sobre lo que vendría y nadie lo supo, ni siquiera Milo.

El templo principal estaba en silencio y Camus lo atravesó a paso firme pero cuidándose de ir en silencio, ocultando su cosmos. Los pasillos de mármol grabado se quedaron atrás cuando la roca de las mazmorras se quedó a la vista. Había dos formas de acceder a ellas; por el templo principal y desde una abertura en la roca desde el otro lado del risco que estaba detrás de la estatua de Athena. Camus se apresuró por las escaleras que llevaban directo a la celda donde se encontraba Milo pero en el largo pasillo húmedo y mohoso se encontró cara a cara con Saga de Géminis.

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Nota al margen: la sincera verdad es que odio tanto este capítulo que quiero tirar la computadora por la ventana, que está muy lejos porque estoy en la cocina pero bueno, es lo que salió. Y costó salir, es el capítulo que más me costó escribir y creo que puedo confesar que es como un resumen de lo que iba a ser en realidad. Hay algunas cosas que no me cierran, pero creo que ya está hecho.

Espero que lo disfruten y perdón por el retraso, estaba más feo que una blasfemia y necesitaba que Ana lo corrigiera. Dios te bendiga, Ana.

¡Feliz día del amigo para todos! No sé si se festeja en sus países pero acá en Argentina lo hacemos.

Posdata: les dejaría un adelanto pero eso sería muy cruel.

*Las estrofas utilizadas corresponden a la canción 1000 Oceans de Tokio Hotel. (no me hagan bullying)

Publicación del próximo capítulo: 26/07/16.