PENÚLTIMO CAPÍTULO


El sonido de tu voz está pintado en mis recuerdos.

Aunque no estés conmigo, yo estoy contigo.

19

La triste canción de Cam.

Se miraron por un largo rato, sin que alguno dijera o hiciera algo. La única fuente de sonido existente en aquel lugar era la del constante goteo que formaba pequeños charcos entre los huecos de las piedras y en los lugares donde el suelo se hundía unos centímetros. A pesar de la oscuridad casi absoluta que reinaba en el ambiente luego que tanto la luna como el sol se ocultaran de la vista, Camus todavía era capaz de distinguir el brillo en los ojos del santo dorado de Géminis. Su postura firme y noble y la manera casi absurda en que mantenía una expresión calma hacían que fuese imposible moverse o hablar, y de todas maneras, Camus no había ido a ese lugar a hablar con nadie, y mucho menos con él.

Ambos desviaron la vista al mismo tiempo, volteando sus rostros hacia la derecha, a la celda oscura y húmeda que contenía lo que Camus había ido a buscar. La oscuridad de ese hueco rectangular no dejaba ver a quien estaba dentro y por lo que sabía, una auténtica diosa asesina podía salir de ahí en cualquier momento y matarlos a los dos. El cosmos proveniente de allí era débil y errático, pero significaba que Milo estaba con vida y eso era suficiente para él.

—Te acusarán de traidor —murmuró Saga.

Camus no desvió la vista de su objetivo y sabía que su compañero tampoco lo haría. Sin embargo, sentía que ambos estaban esperando a que el otro se moviera. Si era para detenerlo o adelantársele, no tenía idea y tampoco le importaba. La imagen de ambos besándose a la vista de todo el mundo aún estaba fresca en su mente y cada vez que sus pensamientos lo traicionaban y lo instaban a recordar ese momento su garganta se cerraba por completo, impidiéndole respirar a la vez que auténtico y desconocido fuego lo consumía de los pies a la cabeza, nublando su juicio y haciendo que la ira lo recorriera por dentro.

Camus sabía que eran celos. No podía pensar en ninguna otra razón por la que quisiera asesinar de forma violenta al mayor de los Géminis.

—También a ti.—respondió finalmente.

—No siento que esté traicionando a alguien —replicó Saga.

Camus decidió que lo mejor era guardar silencio. Él se sentía igual pero no iba a ponerse a conversar sobre el honor y los sentimientos con ese hombre. Ya se encontraba lo suficientemente ansioso porque creía comprender algo sobre la profecía que Meagan le había revelado a Vasili y todavía le faltaban averiguar algunas cosas más sobre Caos y él mismo, y si no podía leer ese diario, entonces no tenía más opción que recurrir a Milo.

Milo, con quien no había llegado a un acuerdo de mutuo entendimiento debido en su totalidad a que ella no quería explicar todo aquello que nadie comprendía.

—Estamos en este lugar por la misma razón —dijo, sorprendiéndose a sí mismo y provocando que Saga finalmente desviara su atención de la celda y la trasladara a él—. Pero no quiero que te confundas. Aunque decida que cooperar es lo mejor en este caso, no dejaré que le pongas una mano encima.

—Lo haré simplemente por Milo.

Camus quiso congelarle la lengua pero dejó sus impulsos en un segundo plano, concentrándose en lo que tenía delante. Con un solo pensamiento la cerradura bajo llave de la celda se congeló al punto en que pudo partirla con facilidad, ejerciendo algo de presión con su mano. Apresurándose, fue el primero en entrar; pero fue Saga quien contuvo la desesperación por la oscuridad absoluta y formó en la palma de una de sus manos una esfera de luz que se asemejaba mucho a un cúmulo de galaxias girando en círculos. Las sombras retrocedieron algunos centímetros, no mucho, pero sí lo suficiente como para que, al inspeccionar el suelo, encontraran finalmente lo que fue a buscar.

Milo había estado sentada la última vez que la vio, con la espalda recargada contra la pared y las piernas dobladas, pero en aquella ocasión se encontraba tumbada sobre su estómago, con la cara vuelta hacia una esquina y los brazos rodeando su cabeza; las vendas que los cubrían estaban a un lado y lucían como pistas claves en una escena del crimen. Ella no se movía pero su cosmos indicaba claramente que seguía viva, lo cual, a los ojos de Camus, era francamente increíble. La volteó con cuidado, acomodando primero sus brazos a ambos lados de su cuerpo y luego dejándola descansar sobre su espalda. Ella temblaba imperceptiblemente y un leve sonido de castañeteo de dientes emergía de sus labios entreabiertos; el inferior estaba herido e hinchado y una pequeña costra de sangre seca se había formado justo en una esquina. Su mandíbula también estaba hinchada y algo amoratada en la línea de su rostro, su cuello tenía una línea de quemadura que podría ser consecuencia de los Plasma Relámpago de Aioria, y la sangre que caía de su cabeza aquel día en la estatua de Athena se había secado, cubriendo un lado de su rostro casi por completo. Su cabello corto era un desastre al igual que el resto de ella y Camus no podía evaluar el daño sólo con verla. Podría tener costillas o algún otro hueso roto, incluso algún órgano dañado, y la perspectiva no le gustaba para nada.

La levantó, pasando sus brazos por detrás de su cuello y por debajo de sus rodillas pero la manera en que se tensó hizo que se detuviera y la volviera a poner en el suelo. Milo abrió mucho los ojos, como si estuviese sorprendida y su boca formó una perfecta "o", como si gritara silenciosamente.

— ¡¿Milo?! —la llamó Saga, acercándose e iluminando su rostro más de cerca con su esfera de energía luminosa, una pequeña lámpara hecha de cosmos.

— ¿Puedes escuchar? ¿Cómo te sientes? —murmuró Camus, pero ella solo cerró los ojos con fuerza y presionó su mandíbula. Su pecho subía y bajaba rápidamente y su cuerpo temblaba con algo más de insistencia—. ¿Milo?, Milo…

—Debe tener frío —susurró Saga, quitándose de la espalda la capa blanca que llevaba y extendiéndola sobre Milo.

Camus no contestó, pero supo que tratar de llegar a ella era inútil. Lo más probable era que no estuviese en condiciones de hablar, así que la envolvió con la capa y la levantó a pesar de las quejas silenciosas que ella profería. No iban a llegar a nada bueno si se quedaban ahí por más tiempo y todavía tenía que llegar a su templo sin ser descubierto por medio mundo.

Muy a su pesar reconoció que era una buena cosa tener a Saga cerca.

—Llévanos a mi templo con tu técnica. Ella necesita atención médica —dijo, y el geminiano asintió de inmediato, encendiendo su cosmos.

Camus sabía que eso llamaría la atención, pero no le importaba en lo absoluto. En un parpadeo estuvieron justo delante de la puerta de entrada a la residencia privada de Acuario y Saga se adelantó para abrir la puerta, pero sin embargo, no entró. Camus lo interrogó con la mirada y al cabo de un momento, el mayor suspiró con algo parecido a la resignación y murmuró, en voz baja:

—Kanon me ha dicho que el fuego se inicia cuando la sangre de Milo entra en contacto con esas líneas invisibles en sus brazos. Tenlo presente.

Dicho aquello y sin darle tiempo a responder, se volvió hacia la salida y se fue, andando como si nada en el mundo le molestara y como si no acabara de ayudarlo a sacar a alguien de prisión. Decidiendo que no valía la pena molestarse en pensar demasiado sobre ello, Camus se apresuró al interior de su templo y, una vez cerrada la puerta, procuró ser silencioso para no despertar a los niños que dormían en una de las pocas habitaciones. Llevó a Milo directo a la suya y la soltó directamente en su bañera, y con ropa y todo dejó correr agua fría. Milo se tensó al instante y se removió como si deseara levantarse, y todo lo que Camus pudo hacer por fue sostenerla durante un rato para que no se moviera o hundiera, y cuando finalmente se quedó quieta, le arrancó la ropa deshecha y manchada de polvo, sangre y humedad y con un paño limpio, de textura lisa y suave, se dedicó a tallar su piel con cuidado de no tocar las heridas abiertas que tenía. Había un corte al costado de su muslo izquierdo que sangró apenas tocó la piel con la tela y que, por la cara que ella hizo, dolió cuando lo limpió con jabón desinfectante. Al cabo de unos veinte minutos decidió que Milo estaba limpia, y drenó el agua repleta de jabón, espuma y con una ligera coloración marrón. Esperaba que ninguna de las heridas se hubiera infectado pero no podía estar totalmente seguro, así que no perdió tiempo y tras un rápido enjuague, la sacó de la bañera y la envolvió en una gruesa manta antes de llevársela a su cama, donde la acostó con cuidado y buscó vendas, ropa y algunos antisépticos. La vistió con una simple camiseta blanca que una vez puesta le llegaba hasta los muslos y recurrió al uso de una de sus prendas interiores debido a que todo lo que Milo solía dejar en su templo eran zapatos, abrigos y camisetas delgadas que solía quitarse para cambiarla por algunas de las suyas que, según decía, eran más cómodas. Ya vestida, dedicó un buen rato a limpiar sus heridas y asegurarse que no tuviera más cortes; suturó el corte en su muslo y lo vendó; y cuando su trabajo estuvo terminado, la cubrió con las mantas hasta el cuello y apartó los cortos mechones de su cabello que caían sobre su rostro, enroscándose y deslizándose por sus mejillas.

A todo esto, Milo había estado aparentemente consciente todo el tiempo. Tenía el ceño fuertemente fruncido y sus cejas temblaban, sus ojos estaban cerrados con fuerza y una notoria coloración rosácea teñía sus mejillas y su cuello. Camus comprobó su temperatura y se sintió aliviado de saber que había bajado y aunque no era suficiente, al menos no ardía de la manera descontrolada que cuando la encontró.

— ¿Milo? —intentó llamarla, susurrando su nombre. Esperó un momento pero ella se veía demasiado ensimismada en la tarea de fruncir sus cejas. Llevó una mano a la de ella y presionó sus dedos, estaban tibios y las uñas se veían algo largas, lo cual era extraño pues ella siempre las llevaba cortas—. Milo, sé que puedes…

Un pequeño estallido de cosmos hizo un sonido parecido a un click en su mente, como una ventana siendo abierta con algo de esfuerzo. Al instante, la habitación se tiñó de un tenue color dorado que emergió directamente desde la cama, de Milo, de donde ella se encontraba recostada. Su cosmos se alzó un poco y se extendió hacia él, buscándolo.

¿Milo? —intentó otra vez, hablando con ella a través de su cosmos.

Me pica la nariz —fue lo primero que dijo, sonando molesta.

Camus suspiró. De todas las cosas que podía decir en una situación así…

¿Por qué no respondes?

Perdí dos o tres sentidos —contestó. Su cosmos comenzó a sentirse débil y ella frunció un poco más el ceño—. No puedo ver ni hablar, y tampoco oigo nada.

¿Sientes dolor? —preguntó, pensando en asegurarse que estaba bien.

No —respondió ella. Una pausa se produjo entonces y su cosmos volvió a sentirse tan débil como en la celda; la comunicación se cortó entre ambos y Camus sintió que estaba a punto de sacudirla cuando ella volvió a extender su cosmos hacia él—. Dormiré ahora.

Aguarda un poco. Debo hablar contigo sobre Caos y…

Quédate cerca.

Y eso fue todo. Milo volvió a alejar su cosmos, retrayéndolo, casi como si lo ocultara. Camus se quedó viéndola un momento, ella estaba anormalmente quieta pero el color había vuelto a su piel, antes maltratada, y, tras haberla limpiado del desastre en que se había convertido tras la pelea con los santos dorados, casi se veía como si fuera su Milo. Pensando en lo último que le había dicho, se deshizo de sus zapatos y se recostó a su lado. Seguramente Saga había informado a los demás de lo que había hecho porque todos y cada uno de los cosmos de sus compañeros buscó el suyo.

Camus se acomodó sobre su costado y se dedicó a ignorar a todo el mundo.

Despertó un largo rato después cuando sintió el cosmos de Milo llamándolo, incorporándose de un solo movimiento al darse cuenta de que se había quedado dormido; la miró, y ella estaba en la misma posición y con un lado de su cara teñido de color rosa pálido. Camus sentía su propia frente caliente y expuesta. Se había dormido sobre ella, algo extraño pues no solía moverse mucho.

Era Milo quien siempre se le subía encima o lo arrojaba de la cama.

Huelo manzanas —dijo ella, invadiendo su mente con su voz. Se alivió a saber que tenía la fuerza suficiente para comunicarse sin problemas, pero le preocupaba haberla lastimado mientras dormía. Y hacía mucho que no dormía bien—. Huelo manzanas, Acuario.

Por supuesto que olía a manzanas. No sabía cómo era capaz de hacer semejante cosa pero de todas maneras él siempre tenía ese tipo de frutas en su cocina.

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—Sabía que ella estaba aquí. Ese desabrido no puede engañarme —refunfuñó Mika, aprovechando el tiempo en el que Camus de Acuario salió de su habitación para deslizarse por el pasillo cual sombra siguiendo un objetivo de lejos.

—No creo que esto sea una buena idea —murmuró Zeth, deslizándose como una segunda sombra, de menor tamaño.

— ¡Shh…! —exclamó Mika, volteándose hacia su amigo y fulminándolo con la mirada antes de continuar su camino. Sonidos llegaron desde la cocina que había estado vacía por una semana completa, indicando que finalmente el guardián de ese templo había vuelto a la vida. O algo así—. Voy a entrar, tú vigila que no venga.

Sin esperar una respuesta, se adentró en el cuarto que estaba al final del pasillo y cerró la puerta, quedándose un momento totalmente quieto, admirando los pocos muebles que había y lo aburrido y estirado que parecía todo. Lo único interesante estaba en la cama y se trataba de su hermana, que con su horrendo cabello corto dormía como si ignorara totalmente que él estaba ahí. Se acercó, andando a paso calculado y silencioso y procurando ocultar su cosmos, y se sentó en la silla que estaba junto a la cama. Le habían dicho que su hermana tenía fama de ser una tipeja peligrosa pero el hecho de que no hubiera saltado de su lugar o abierto los ojos cuando él se le acercó, lo ofendió un poco.

¿Dónde estaban los gritos y las Agujas Escarlatas? Frunciendo el ceño, se le acercó un poquito más y sopló directo en su rostro pero no hubo reacción. Entonces, tomó su mano entre las suyas y sacudió un poco, tratando de llamar su atención, pero nuevamente nada ocurrió.

— ¡Pst! ¡Milo! —susurró bajito, llamándola con ahínco—. Hermana. ¿Milo? Oye…

Algo pareció estallar en su mente, alguna cosa que hizo un sonido parecido al click de una cerradura antes de que, espantado, retrocediera al oír la voz de su hermana directo en su cabeza.

Oye, respeta a tus mayores.

Mika abrió mucho la boca y los ojos, sorprendiéndose. No había tenido conversaciones vía cosmos con ella nunca, pero la sensación era asombrosa. Se sentía un poco como si invadiera su mente, pero el calorcito electrizante que parecía rodear su cabeza era agradable y reconfortante. Inmediatamente, olvidó que tenía que ocultarse y elevó su cosmos, pensando en llegar hasta ella.

Me dijeron que estabas en prisión por haber tratado de matar a Athena —respondió, y aunque se sintió un poco tonto al pensar que estaba simplemente formando una frase en su cabeza que no iría a ninguna parte, continuó—. No podía sentir tu cosmos. ¡Creí que estabas muerta!

No —respondió ella, otra vez hablando en su cabeza. Mika sintió deseos de retorcerse en su lugar, o saltar—. Aún no.

— ¿Aún no? ¿Eso qué significa? —exclamó en voz alta, frunciendo nuevamente el ceño y sintiendo que su corazón daba un vuelco.

Ella no respondió y se preguntó si no podía escucharlo o si simplemente no quería. La puerta se abrió en ese instante y Camus de Acuario entró sosteniendo una taza de cuyo borde una fina vara de color blanco asomaba. Detrás de él se encontraba Zeth, con pinta de haber ido corriendo a delatarlo en el momento en que lo dejó en el pasillo. A Mika no le importaba, no iba a irse de esa habitación aunque…

—Cuídala por mí, tengo algo que hacer —dijo el santo dorado de Acuario, dejando la taza en la mesa de luz.

Mika parpadeó confundido, frunció otra vez el ceño y luego asintió. El frío guardián asintió hacia él y tras darle una breve y firme mirada a la cama, se volteó y se marchó, y Mika comprendió tarde que habían mantenido un cruce de palabras detrás de esa mirada silenciosa así que otra vez elevó su cosmos y lo dejó fluir hacia su hermana.

¿Qué fue lo que te dijo?

Que tú me cuidarías por una hora —respondió ella, sonando como si estuviera divirtiéndose.

¿Y qué le dijiste tú?

Que se ahorrara el trabajo y me asesinara.

Mika sintió sus mejillas calentarse a la vez que la comisura de su ojo izquierdo hacía un movimiento involuntario. El sonido de la risa burlona de Milo permaneció en su mente.

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Athena estaba sentada en su trono, la espalda recta y los hombros tensos, las manos unidas al frente y descansando sobre su regazo, el vestido blanco que usaba tenía mangas que cubrían sus hombros y la falda abultada caía hasta el suelo como una nube blanca y rosa. Desde su posición en lo alto sólo era capaz de ver la cabeza gacha de su santo de oro, de rodillas en el suelo y con una mano en su corazón. La noche anterior había sentido que el alma se le salía del cuerpo al no percibir el cosmos de Milo, que por sí solo podía sentirse desde el templo principal, y debido al susto envió a Seiya y Shun hasta las mazmorras, temerosa de ver por sí misma algo parecido a lo que había visto la última vez. Ellos le dijeron que Milo no estaba en la celda y cuando creyó que los Pilares se la habían llevado, recibió la noticia por parte de Hyoga de que Camus de Acuario la había sacado de su encierro y se la había llevado hasta el onceavo templo.

—Entiendo que estés preocupado por ella —murmuró, procurando hablar con amabilidad. Estaba molesta con él por no haber confiado en ella para decirle lo que haría pero no era la primera vez que Athena se enfrentaba de cerca con la desobediencia de sus guerreros. Toda la semana anterior ellos habían estado yendo y viniendo de las mazmorras—. Pero aunque me duele decirlo, Milo ya no pertenece a los santos dorados ni al Santuario. Ella ha elegido convertirse en Caos y tomar su lugar como una diosa.

—Lo comprendo —dijo el guardián, todavía con la cabeza hacia abajo y mirando al suelo.

Suspirando, intentó de nuevo; no razonar, sino explicarle que las primeras cabezas que rodarían cuando Caos tomara el control de todo serían las de los ejércitos divinos, justo como la última vez, cuando ella en persona había blandido su báculo contra los santos dorados, asesinándolos a todos excepto a Vasili. Sabía que el vínculo que tenían esas dos almas hacía que fuera irremediable el que quisieran estar cerca y se atrajeran, pero Athena ya había visto morir a esa generación demasiadas veces. Si no podía salvar a Milo, entonces al menos intentaría salvar a los demás.

—Ella despertará en cualquier momento como nuestra enemiga. No le importará asesinarnos a todos, y eso si es que no muere primero y los Pilares de la Creación nos atacan buscando venganza.

—Aún así —contestó él, levantando la cabeza y clavando en ella su fría y penetrante mirada—, Milo estaba mal herida y enferma. Está ciega y ha perdido el habla y la capacidad de escuchar —continuó, hablando sin presura y con firmeza, haciendo que las palabras se encajaran en el alma de Athena como filosas cuchillas—. Y Milo morirá. Apenas puede alzar su cosmos por un momento antes de caer inconsciente.

— ¡¿Qué…?!

—En el pasado la dejé caer muchas veces, pero no será así en esta oportunidad. Si puedo darle algo de alivio, aunque esté muriendo, lo haré.

Dicho aquello, y contra todo protocolo, el santo de Acuario se puso de pie y tras dedicarle una reverencia, abandonó la sala del trono. Athena no lo detuvo y tampoco pensó en castigarlo, porque si había alguien que merecía ser castigado entre todos ellos, esa era ella misma.

Tras un minuto de estar sentada allí decidió que no iba a conseguir nada así que pensó en retirarse a su recámara privada; sin embargo, en medio del pasillo se encontró frente a frente con el emperador del océano, Poseidón. El joven dios iba ataviado con una túnica blanca que dejaba al descubierto su hombro izquierdo y en una mano sostenía una copa de vino. Al verla de cerca, sonrió.

—Él tiene razón —dijo mirando más allá de ella, al salón del trono vacío—. La muchacha va a morir. Al menos Apolo estará contento aunque sea por un segundo antes de que alguno de esos fenómenos de la creación lo asesine de la forma más violenta que se les ocurra.

Saori no pudo hacer otra cosa sino presionar sus manos en puños y refunfuñar. No solo se trataba de Milo muriendo, sino que también significaba que la diosa más poderosa del universo descendería al Inframundo y mientras eso sucediera, sus Pilares seguramente destruirían todo tratando de traerla de vuelta. Athena no sabía qué tan poderosos eran esos seres en realidad pero sospechaba que, tras la victoria rápida y certera que tuvieron contra las musas de Apolo, revivir a alguien no sería difícil. Para Caos, morir tampoco representaría nada grave, pero las consecuencias que el acto de morir implicaban eran más de lo que cualquiera de los dioses podría soportar.

Y ellos serían los responsables directos.

—Deberemos estar listos para lo que sea que vaya a suceder —respondió, suspirando. Se sentía agotada y expuesta, débil.

— ¿Prepararnos para qué, exactamente? —respondió Poseidón, riendo.

—Pelear, morir… —susurró, más para sí que para el joven.

Poseidón no respondió y el silencio cubrió aquel recinto.

Ya no sabía si era de día o de noche, el sol y la luna se habían ocultado de la vista, el cielo desprovisto del satélite y la estrella causaban revuelo en todo el mundo y grandes catástrofes comenzaban a gestarse a lo largo de las costas de los continentes y tierra adentro, pero nada de eso se debía al accionar de los dioses, como la primera vez, sino que se debía más bien a la ausencia de ellos.

Todos estaban en el Olimpo, según creía. Excepto ella y Poseidón, y Hades. Y estaba segura que no habría lugar en el cielo o la tierra, o debajo de ella donde pudieran ocultarse de Caos.

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Camus regresó al templo de Acuario tras la breve charla que había mantenido con la diosa. Ella no había hablado de algún tipo de castigo por su desobediencia pero, siendo sincero, tampoco le importaba. Aceptaría cual fuera la penitencia que le impusieran si con ello conseguía mantener a Milo lejos de esa celda asquerosa y oscura.

Mika se mantuvo, según Zeth, al lado de su hermana incluso cuando los demás santos dorados aprovecharon su ausencia para hacer una rápida visita a su dormitorio, donde ella estuvo dormida todo el tiempo. Mika había intentado hacerla hablar cada vez que alguien entraba pero nadie consiguió una sola palabra de su parte. Camus había pensado todo ese tiempo que Milo había fingido su traición, engañándolos a todos y haciéndoles creer que los consideraba sus enemigos, pero tras haberla sacado de la celda ella no había dicho nada al respecto, y ni siquiera se había molestado en preguntar por sus compañeros o por Athena. No había preguntado cómo estaba él. A Camus le extrañaba la falta de preguntas, le provocaba dudas.

¿Y qué tal si ella en verdad los había traicionado a todos?

Cuando el reloj indicó que la noche técnicamente ya había llegado, envió a sus alumnos a prepararse algo de comer y luego a dormir. Mika se resistió tanto como pudo, alegando que no necesitaba dormir o comer y que cuidar de su hermana era más importante que su propio descanso. Camus pensó en insistir pero prefirió dejarlo estar, así que el niño permaneció a su lado hasta entrada la madrugada, cuando finalmente cabeceó unas cuantas veces antes de dormirse. Zeth se ofreció a llevárselo a su cuarto y así lo hizo, cargando al pequeño peliazul sobre sus hombros y saliendo en silencio. Así, se quedó en silencio y se dedicó a tratar de alcanzarla con su cosmos. El de ella se sentía muy débil y evitaba no pensar en la posibilidad de que se apagara, pero tenía que ser realista y asumir que desde esa mañana, cuando ella había aparentado estar relativamente bien, había decaído muy rápido. Había ojeras bajo sus ojos que no estaban ahí una hora antes, su piel estaba algo pálida y sus manos se habían enfriado. Trató y trató, pero cuando el reloj dio las cinco de la mañana, se rindió. No tenía deseos de dormir pero tampoco quería dar vueltas de un lado al otro así que se sentó en el suelo junto a su cama, apoyó su mentón en el borde de la cama y la miró fijo.

—Me gustabas más cuando te ponías petulante y habladora —susurró, suspirando.

Camus cerró sus ojos y por alguna extraña razón, cuando los abrió, se sintió como que solo había pasado un minuto, a lo sumo dos o tres. Pero el reloj marcaba que técnicamente era mediodía y eso más el hecho de que Milo no lo había despertado intentando llegar a él con su cosmos hizo que un silencioso estado de pánico lo invadiera. Elevó su cosmos y lo dirigió hacia ella, llamándola, pero Milo no respondió. Seguía respirando y sus ojos se movían tras sus párpados cerrados, pero no respondía. Entonces, comenzó a preocuparse de que el repentino buen estado en el que estuvo antes fueran sus últimas fuerzas antes de debilitarse por completo.

Durante el trascurso del día, Camus decidió que era mejor decirles a sus compañeros lo que estaba sucediendo y no pasó un solo minuto antes que Shura y Afrodita se aparecieran, seguidos de Aioros y Aioria, que llegaron en compañía de Dohko de Libra. Los siguientes fueron Aldebarán, DeathMask y Mu. Cada uno de ellos le escuchó atento y en silencio cuando les explicó la extraña y repentina mejoría de Milo el día anterior, cuando la sacó de las mazmorras con ayuda de Saga, quien al igual que su gemelo y Shaka, no estaban presentes.

Hacia el final del día, Aioria, su hermano, Mu y DeathMask habían intentado llegar hasta Milo con sus cosmos, pero ninguno de ellos lo consiguió. Mika, el hermano menor de Milo, había estado observándolos a todos en silencio, acomodado en una esquina de su cuarto, donde permaneció luciendo como un celoso y pequeño guardián. Se tensaba y destensaba constantemente y Camus no sabía qué hacer con él. Entonces, cuando el último en rendirse fue Aioria, Mu se le acercó y se ofreció a llevarse a Mika y a Zeth a su templo, donde Kiki podría distraerlos. Camus aceptó de inmediato y cuando llegaron las nueve de la noche, el silencio reemplazó los bajos susurros y de alguna manera, todos decidieron que era mejor permanecer a la espera en sus propios templos.

Camus los despidió en la entrada. Cada uno se marchó tras darle un apretón de manos y una significativa mirada de disculpa. Él no quiso entrar a su templo cuando no quedó nadie, no quería encontrarse con el silencio en lugar de la voz de Milo. Cada vez en su vida que ella había invadido Acuario, el silencio se quebraba de manera abrupta y hasta el perpetuo frío reinante entre las paredes parecía retroceder ante su presencia. Sin embargo, tampoco quería pensar que ella estaba allá adentro sola, quizás esperando a que él se le acercara. Tal vez no tenía la fuerza suficiente para llamarlo pero lo necesitaba. Ese pensamiento lo convenció de entrar, y al abrir la puerta del cuarto, el resplandor dorado de su cosmos lo sorprendió.

¡Milo! —exclamó, usando su cosmos para hablar con ella.

Tengo que irme. —La voz en su mente sonó dispersa y lejana, como si estuviera susurrando—. Lo lamento.

¿Irte? ¿A dónde?

Oye, no soy buena para estas cosas... —continuó, sin prestarle atención a la pregunta—. ¿Quieres acercarte? Tengo algo de frío.

Como si actuara por inercia, se sentó a su lado en la cama. La armadura le impedía moverse libremente así que la rodeó con las mantas y la acunó entre sus brazos, sin usar su cosmos. Ella no temblaba y no había signos de fiebre. Milo pareció estirar las comisuras de sus labios en algún intento de sonrisa que no llegó muy lejos. Su ceño no estaba fruncido y sus ojos estaban relajados. Se veía como si estuviese a punto de tomar una larga siesta.

Camus comprendió el por qué del frío que afirmaba sentir y no pudo evitar que una lágrima escapara sin permiso. La diminuta gota cayó sobre la mejilla de Milo pero ella no pareció darse cuenta.

¿Milo? —susurró, y al no recibir respuesta alzó su cosmos un poco más, lo suficiente para rodearla por completo con él.

Es divertido tenerte cerca —contestó, nuevamente sin prestarle atención—. Eres un tipo más divertido de lo que crees.

Milo, necesito hablar contigo, no puedes irte a ninguna parte.

Una vez mi maestro me amenazó diciendo que si no dejaba de escribirte cada semana, me haría hacer flexiones de brazos en la playa y con la marea alta —dijo. Su voz casi no se oía y el resplandor dorado comenzaba a verse cada vez más pálido—. Así aprendí a resistir la respiración durante diez minutos bajo el agua.

Camus no fue capaz de responderle. De alguna manera, no sentía cómo sus propias lágrimas se deslizaban lentamente por su rostro y acababan en las mejillas de su amiga. La apretó con fuerza entre sus brazos y ella no se quejó. Entonces supo que Milo ya no podía sentirlo, lo que también significaba que había perdido el sentido del tacto. Una fría sensación se instaló en su espalda y se extendió lentamente hacia el resto de su cuerpo, y fue consciente de que se trataba del irremediable miedo a la pérdida, lo cual era extraño, pues ya la había visto morir antes.

Supuso que la pérdida de un ser querido dolía siempre de la misma manera, aunque la perdiera mil veces.

¿Camus? —susurró Milo, con su cosmos parpadeando, la luz dorada intensificándose y luego decayendo—. ¿Estás ahí?

Justo aquí, a tu lado —respondió de inmediato.

Tengo sueño —dijo entonces, y su cosmos ya no titiló como una lámpara, sino que tomó la forma de un halo de luz pálida a su alrededor.

Duerme, yo estaré aquí —contestó, sin perder tiempo alguno. Nuevamente ella pareció querer estirar las comisuras de sus labios para sonreír, y falló.

Buenas noches, Camus — susurró. Su voz sonó como un lejano eco.

Buenas noches, Milo —dijo con su cosmos y a la vez en voz alta.

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El cielo desprovisto de luz de luna o de sol se extendía hasta más allá de donde podía ver. No había viento y el silencio reinante hacía que incluso las respiraciones de los seres más pequeños se hicieran sordas. Las olas del mar no chocaban violentamente contra las costas en ninguna parte del mundo, las aves no cantaban, incluso las estrellas parecían renuentes a brillar. Faltaba poco para el amanecer pero las almas no parecían conscientes de ello, los minutos que los relojes marcaban ya no significaban nada, la jornada por venir estaba suspendida hasta nuevo aviso. La única que parecía seguir su rumbo constante sin detenerse por ninguna razón era la muerte. Cam podía sentirla muy cerca, rondando como un animal carroñero a un animal muerto en medio de una pradera.

Sentado en la cima de una vieja columna, veía el mundo detenerse y contener el aliento mientras él también esperaba. Sus hermanos estaban en las cercanías, también a la espera de lo que estaba por venir. El clima carente de frío y calor no le afectaba, pero la tensión en el aire, sí. Podía ver el Santuario con sus pocas luces encendidas, podía ver el acantilado donde se ocultaba Cabo Sunión, podía ver los restos del pueblo de Rodorio y el bosque quemado más allá. No había nada que pudiera darle ánimos a Cam, ni sus hermanos mayores, ni el nuevo día que no quería alzarse.

El silencio de la noche se rompió cuando él, suavemente, moduló su voz en un canto que era apenas un susurro, algo menos que un eco. La melodía era lenta, baja pero fuerte, perfecta para ese momento.

Una vez que comenzó a cantar, no pensó en detenerse. No pensó en nada más que la letra que rondaba su cabeza, esa que se le había venido a la mente una vez hacía muchos milenios y que además, le había provocado una tristeza sin igual. No había vuelto a entonar esa melodía ni a pensar en esas palabras por tanto tiempo, que se sentía como material nuevo, algo fresco y con sentimiento, pero también se sentía como un peso aplastante que debe ser soportado por primera vez.

Altair estaba dejándose flotar en el cielo, a varios metros de altura; Argus se había sentado en el césped y mantenía la cabeza oculta entre el hueco de sus piernas y brazos; Owen estaba reclinado contra la columna en la que Cam se sentaba. Y Cam sabía que ellos eran conscientes que el inicio de esa melodía marcaba el final de algo. Más bien, el final de la canción que se negaba a interpretar representaba el final de todo lo que habían pasado a través de los nueve mil años de separación de Caos.

Nueve mil años que llegaban a su fin.

Estando cerca del momento, ahí te conocí. Miro tu rostro y tu silencio; sabré aprender de ti. —Tras varios minutos susurrando una nana, Cam finalmente puso letra a su canción y la cuenta regresiva inició con la primera palabra. Sus hermanos se tensaron y aceptaron los hechos en silencio, ocupándose de obedecer y ser pacientes. La voz de Cam no denotaba tristeza o enojo, no inspiraba un sentimiento real, sino que más bien representaba la falta de todo.

Representaba la nada, que era justo como se sentía en ese momento.

Tu cuerpo lento y maltratado, el mundo te golpeó —continuó, su voz no era suave, sino firme, pero seguía sin transmitir algo. Las palabras no tenían sabor en su boca, su corazón no se estremecía—. Sangre y lágrimas mezcladas, fue tu sueño de morir. Fue tu sueño de morir…

Las pocas luces que permanecían encendidas en el Santuario se apagaron, no por una repentina ráfaga de viento o por la mano de algún hombre, sino por la falta de oxígeno. El mismo aire había dado un paso atrás. La muerte que andaba en su ritmo inmutable se retrasó para ir al compás vacío de su voz mientras incluso los corazones se detenían.

El cielo anuncia el momento que marcará ya el fin. La lluvia moja el sufrimiento, el cielo oirá el gemir. —Sin poder evitar el curso de los hechos, Cam cantó la canción más triste que jamás volvería a entonar, con las palabras sin vida revoloteando a través del espacio vacío y sonando como un eco lejano en las mentes de los que estaban más cerca.

Sólo dos pensamientos más se oyeron a la distancia; un cosmos alzándose, no en pos de una batalla, sino liberándose de las ataduras del cuerpo humano, y otro más que se alzó en respuesta, triste y dispuesto a la vez mientras Cam unía sus labios y dejaba que las últimas líneas de esa canción se cantaran con su cosmos.

Un padre ve morir su hijo, vio a su niño allí partir. El día se convierte en luto, fue tu sueño de morir. Fue tu sueño de morir…

Cuando la voz de su cosmos se apagó y todo se quedó sumido en silencio, los Pilares de la Creación desaparecieron, abandonando el mundo como sombras que se pierden en la oscuridad, y tras un largo minuto de silencio, la muerte retomó su ritmo habitual y el primer sonido volvió a llenar el mundo.

Era el llanto de un niño.

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Shaka estaba sentado en la posición del Loto, pero no meditaba. Se encontraba a la espera. Esa tarde Camus los había puesto a todos al tanto de lo que estaba sucediendo con Milo y de inmediato los santos dorados habían reaccionado y se habían trasladado hasta el ante último templo. Habían ido insistiéndole, uno a uno, que él también fuera, pero Shaka sabía que lo mejor era permanecer en su lugar y prepararse para el momento adecuado. Cuando volvieron, quienes estaban en los templos inferiores solo se limitaron a pedirle permiso para pasar, en voz baja, como si no quisieran interrumpir el clima silencioso y taciturno que se había instalado. Hablar de noche o de día ya no era algo que le interesara a nadie y la hora le resultaba relativa y hasta algo vana, pero de alguna manera, cuando una brisa tibia y a la vez fría le acarició el rostro, supo que eran exactamente las once de la noche. Había estado con la cabeza gacha todo el tiempo y aunque no le molestaba el entumecimiento en su cuello, procuró elevar la cabeza con cuidado.

No estaba solo en su templo y Shaka lo sabía, y también sabía quién estaba frente a él.

Abriendo los ojos, apreció por un momento la figura que se formaba a un escaso metro frente a él. La baja estatura y los delgados hombros, la cintura marcada y el pecho discreto que le otorgaban una apariencia más bien como de doncella en lugar de guerrera. El cabello azul que antes estaba radicalmente corto volvía a ser largo y alborotado, con ondas bien marcadas que caían hasta la mitad de la espalda con la gracia de una cascada, tranquila pero peligrosa. El vestido que llevaba puesto era el mismo con el que la había visto resucitar, simple y blanco. Iba descalza y sus ojos turquesa miraban hacia él como si estuviese esperando con ansias a que notara que estaba ahí.

—Veo que has decidido darte un respiro —dijo, en voz baja y tranquila. No se molestó en sonreír pero la amplia sonrisa que ella le obsequió casi logró que su firmeza se quebrara—. Te echaré de menos, querida Milo.

Ella pareció rodar los ojos una vez al mismo tiempo que llevaba su cabeza hacia la izquierda, como si quisiera decirle que estaba exagerando. Extendió a un lado su mano izquierda y otra pequeña figura se formó. Shaka ya la había visto antes, la niña de piel morena y grandes ojos azules que había servido como Oráculo de Apolo y que había muerto en brazos de Athena tras informarle sobre los planes malvados de su señor. La pequeña se ocultó detrás de Milo, su traslúcida forma mezclándose con la de su querida amiga y compañera de forma curiosa.

Milo por su parte le dio una mirada insistente y firme, como si exigiera algo. Shaka no tuvo más remedio que sonreír y tras un suspiro, rompió su postura y se puso de pie para acercarse a ella. De cerca era más visible, pero también podía ver a través. Milo extendió su mano derecha, alzando su dedo índice y apuntando directo a su cabeza.

—Así que eso es lo que quieres. Bien, puedes hacerlo —dijo Shaka, llevando una mano a su frente y usando sus dedos para hacer a un lado los cortos mechones de su flequillo—. Ve con cuidado.

Milo asintió a modo de despedida con una sonrisa todavía más amplia y, acto seguido, tocó el tilak de Virgo con su dedo índice y una luz dorada parecida a su cosmos electrizante, agresivo y cálido lo envolvió, permaneciendo a su alrededor durante un breve momento; Shaka alzó el suyo y cerró los ojos cuando Milo desapareció.

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Nota al margen: Voy a tratar de ser seria un ratito porque sé que este capítulo no está bien. Pero tenía que pasar, agarrándome de la frase más usada de Caos: es necesario, ya sabrán por qué lo prometo. Por otro lado, ya había dicho que esta parte del fic no iba a durar mucho más. La cosa es que me di cuenta que entra todo lo que falta en dos capítulos más, así que en dos semanas ya estaríamos despidiéndonos de nuevo. Además de eso, creo que tengo decidido el final de la trama -en parte- y eso me tiene MUY nerviosa.

Así que, dentro de lo que se puede, espero que disfruten el capítulo; gracias a Ana por la corrección, gracias a todos por leer y nos vemos la semana que viene.

*Las estrofas utilizadas corresponden a la canción With You de Linkin Park.

*La canción que interpreta Cam se llama: Sueño de morir, de Alex Campo.

Publicación del ante último capítulo: 01/08/16.