ANTE ÚLTIMO CAPÍTULO.


En el parpadeo de un ojo

puedo ver a través de tu mirada

Mientras descanso despierta,

aún estoy oyendo sus llantos.

20

El guardián de los recuerdos.

Milo falleció a las once en punto.

Mu estaba preparándose para ponerse en vigilia en la entrada de su templo cuando el cosmos de Camus dio aviso inmediato de que lo inevitable finalmente había ocurrido y la santa guardiana del octavo templo había perdido la vida. Tras apenas unos segundos, Mu, que se había ofrecido a cuidar del joven Mika y su amigo Zeth, decidió que lo mejor era no ocultarle esa información al niño y se encaminó hacia el cuarto que Kiki amablemente había accedido a compartir con ellos. Apenas entró, el jovencito se sentó y le dio una mirada significativa, como si comprendiera el motivo por el que había interrumpido su sueño y el de sus amigos. Y cuando Mu se acercó a la cama y se sentó al borde, el niño agachó la cabeza y escuchó en silencio mientras él le daba la triste noticia. Media hora más tarde, el llanto ameno e infantil del hermano menor de Milo llenaba los pasillos y rompía la fría calma que había reinado durante todo el día. Pensó que en verdad era un jovencito fuerte y resistente, ya que en lugar de hacer un escándalo parecido al que había tenido lugar unos templos más arriba, se mantenía en calma, expresando su dolor tímidamente y aceptando el consuelo que los otros niños le daban.

Dejó a cargo a Kiki a cargo del templo y de los niños y se marchó, luciendo la capa que por regla utilizaban en las reuniones y en ocasiones especiales, e hizo su paso muy rápido por los templos de sus compañeros. Aldebarán había decidido que permanecería en su puesto hasta nuevo aviso y le echaría un ojo a los niños, Géminis estaba vacío y en Cáncer, DeathMask no salió a recibirlo cuando le avisó con su cosmos que pasaría. Cuando llegó a la entrada de Leo escuchó primero la voz demandante y afónica de Aioria, quien se había puesto a gritar apenas recibió la noticia. La segunda voz que escuchó le pertenecía a su hermano mayor, Aioros, quien trataba aparentemente en vano de calmar el palabrerío sin sentido del menor. Mu decidió pasar en silencio, apenado por el sufrimiento de su compañero pero también con la firme intención de llegar hasta Acuario, sin embargo, la curiosidad pudo más cuando llegó hasta Virgo y atravesó el pasillo principal, donde vio a Shaka cerca de la entrada posterior. Él también llevaba su capa y el casco de su armadura puesto, su cabello rubio cayendo con gracia en su espalda y sus pasos casi silenciosos haciendo que pasara desapercibido. Cuando sintió su presencia, el rubio se volteó y lo esperó, y Mu apuró el paso hasta darle alcance.

— ¿Vas al templo de Acuario? —preguntó, sonriendo hacia él a modo de saludo.

—Así es. Tengo una misión importante que debo cumplir —respondió Shaka. Sus ojos cerrados no parecían ser una limitación para hacer que sintiera que era atravesado por su mirada. Shaka estaba muy serio, casi tenso y con aires de tener prisa—. Mu, ¿puedo pedirte un favor? Teletranspórtanos hasta Acuario.

Sin preguntar o perder tiempo, asintió. Puso una mano en el hombro de su compañero y tras acumular la cantidad suficiente de cosmos e imaginarse la entrada de la Casa de Acuario, parpadeó; y allí estaban, frente a las puertas del onceavo templo. Una fina capa de hielo cubría el suelo y parte de las paredes y el viento que emergía desde el interior hizo que algo dentro de Mu temblara. El aire de tristeza que se sentía en ese lugar era tan profundo que se sintió como si su propio dolor retrocediera para dar lugar al que reinaba ahí. Había sentido lo mismo en el templo de Leo, pero había pasado por allí tan rápido que no había tenido tiempo de pensar realmente en ello. Aioria y Camus eran más cercanos a Milo que él o Shaka, o que cualquiera de la orden y estaba seguro de que ellos estaban sufriendo la pérdida de una manera más intensa.

Shaka avanzó en silencio y Mu lo siguió. El hielo crujió bajo sus pies y la temperatura baja hizo que nubes de vapor salieran de su nariz cuando respiraba. A mitad del pasillo Shaka se detuvo y debido a la poca iluminación, Mu tardó unos segundos en notar a la persona que estaba de rodillas en el suelo. Pero cuando lo hizo, se acercó a prisa, sintiendo una extraña sensación de déjà vu que le partió el corazón en dos. Shaka se detuvo junto a Camus, quien permanecía de rodillas y sosteniendo un cuerpo delgado envuelto en una capa blanca que estaba cubierta de escarcha. Llegando a su lado, pensó en decirle algo a su amigo pero las palabras se atoraron en su boca cuando vio el rostro del acuariano, vacío más allá de todo entendimiento, desolado y con ojos vidriosos y perdidos. Él tenía la vista fija en el cuerpo que sostenía, pero la capa que lo cubría no dejaba mucho a la vista y Mu se alegraba inmensamente por ello. Apenas un brazo escapaba del abrazo estrangulador que Camus mantenía alrededor de ella y unos mechones cortos de cabello azul ondulado se dejaban ver donde la tela se unía para envolverla.

—Lamento mucho tu pérdida, compañero —dijo Shaka, su voz alta y clara rompiendo abruptamente con el silencio reinante. Se ubicó delante de Camus y extendió las manos hacia afuera, como si estuviese preparándose para atrapar algo—. Pero necesito que me entregues el cuerpo.

— ¿Qué? —susurró Mu, abriendo mucho los ojos y dando un paso al frente, inseguro de qué hacer. Recordando las palabras del sexto guardián, había dicho algo sobre tener una importante misión—. ¿Por qué? —preguntó, incapaz de comprender.

Camus no se movió de su lugar pero levantó la cabeza, trabando su mirada con la de Shaka. Las comisuras de los ojos del onceavo guardián estaban enrojecidas e irritadas, la piel pálida de sus mejillas habían adoptado un tono rosa tenue, enfermizo, y había un camino de lágrimas que se había cristalizado sobre la piel, haciendo un recorrido hasta su barbilla. Shaka se acuclilló y extendió los brazos, esperando, pero Camus no reaccionó. Volviendo a bajar la vista, abrió la boca pero no dijo nada.

—Shaka, quizás podrías darle algo de tiempo para despedirse… —murmuró Mu, quedándose en medio de ambos.

—No —respondió el aludido, sin desviar su atención ni romper su postura—. Ninguno de nosotros tiene tiempo para esto. Si es que hubo uno, lo hemos dejado pasar como unos grandísimos tontos.

—Pero… —comenzó a replicar, pero fue interrumpido por Shaka, que suspiró cansinamente antes de voltearse a verlo un momento.

—Nosotros la dejamos morir en manos de los dioses. No tenemos derecho alguno de llorar su pérdida y despedirnos.

—Tenía hambre en la mañana —susurró Camus, haciendo que la discusión se viera interrumpida. Él seguía mirando hacia donde la capa cubría el rostro de Milo—. Me despertó diciendo que podía sentir el aroma de las manzanas. Siempre tengo manzanas en mi despensa… por si ella quiere una.

—Camus… si quieres un momento a solas podemos dártelo. No tienes que entregarla ahora —dijo Mu, tan autoritario como fue capaz sin ofender a nadie.

—Intentó sonreír al final —continuó él, sin prestar atención—. Igual que en el Muro de los Lamentos y en Asgard. Milo siempre sonríe antes de irse.

Mu sintió una lágrima recorrer su mejilla y no se molestó en limpiarla. Lo cierto es que él se había sentido devastado en Asgard, cuando llegó tarde para ayudarla a destruir las raíces del Yggdrasil, que la devoraron como un animal hambriento a un trozo de carne. Había visto un atisbo de su sonrisa en aquella ocasión, y también en el Muro de los Lamentos, cuando todos dieron sus vidas para destruirlo. Tras haber perdido a todos ellos por lo menos una vez, Mu creía que debía haberse acostumbrado al dolor de la muerte de un ser querido, pero ahora que nuevamente los golpeaba a todos, se sentía como la primera vez. Se sentía como si hubiese perdido su propia vida.

Pasos apresurados rompieron nuevamente el ambiente tenso en que se encontraban, acompañados de sollozos finos y lastimeros que se detuvieron cuando la dueña de ellos resbaló en el suelo cubierto de hielo y aterrizó sobre sus rodillas en un mar de seda blanca. Athena se quedó donde estaba en el suelo, mirando hacia ellos con los ojos repletos de lágrimas, su pecho subía y bajaba apresuradamente y sus labios entre abiertos se notaban secos. Su cabello estaba esparcido por todas partes de forma desordenada y el báculo que siempre llevaba se encontraba ausente. De conocerla mejor, Mu hubiese apostado a que incluso estaba descalza.

—Milo… —susurró, levantándose y dando algunos pasos al frente, insegura. Su mirada era más de miedo que de tristeza y la piel erizada de sus brazos más el temblor imperceptible en sus hombros daban buena fe de cuán indefensa debía sentirse en ese momento.

Ella extendió una mano al frente y se acercó un poco más, pero Shaka se puso de pie rápidamente, le dio la espalda a Camus y adoptó una postura defensiva. Athena vio insegura al santo de Virgo y él no se movió.

—Creo que es mejor que te mantengas al margen de esto, Athena —dijo él, utilizando un tono de voz realmente duro con ella.

—Pero… —comenzó la diosa, intentando acercarse otro poco. Shaka negó con la cabeza y ella retrocedió, llevando su mano extendida a su pecho, donde la cerró en un puño—. Esto es por mi culpa. ¡No debí dejar que esto pasara! ¡Ahora es mi deber disculparme y proteger a todos de Caos! Además… su cuerpo…

—No lo entiendes, Athena —replicó Shaka, cerrando ambas manos en puños y frunciendo un poco el ceño—. En ese cuerpo no queda nada de Milo. Puede que se haya tratado de nuestra amiga pero ella ya no está y Caos no puede ser detenida. Ella vendrá de todas maneras.

—Hay que darle un entierro apropiado a Milo —dijo la diosa, frunciendo sus cejas y hablando también con voz dura, demandante—. Debo estar de rodillas delante de ella, aunque eso no sea suficiente para disculparme por el sufrimiento que le permití atravesar.

—Escúchense a ustedes mismos, hablando de ella como si fuera un objeto —replicó Camus, levantando el rostro y mirando alternativamente a Shaka y Athena. La temperatura bajó a tal punto que Mu sintió cómo el hielo escalaba por su botas, cubriendo el oro de la armadura—. Ninguno de ustedes le pondrá una mano encima.

Camus levantó uno de sus brazos y un gran torbellino de hielo y viento emergió de él y se arremolinó a su alrededor. Las piernas de Shaka se congelaron al instante y él retrocedió, instando a Athena a hacer lo mismo y protegiéndola del frío al usar su cuerpo como escudo. Mu tuvo que alejarse también, quedándose detrás de Camus y de la pared de hielo que levantó entre Shaka, la diosa y él. Pero una intensa luz dorada se dejó ver a través de la gruesa pared y de pronto, el hielo se agrietó antes que la pared estallara justo delante de ellos. Grandes fragmentos y nieve volaron por todas partes mientras Shaka retraía su cosmos y bajaba su mano derecha, donde el cosmos se acumulaba con más intensidad. Avanzó hasta situarse justo frente al onceavo guardián y sin miramientos, tomó lo que Camus había intentado proteger, quitándoselo de los brazos, y él no se resistió.

— ¡Shaka, por favor, déjala con él! —pidió Mu, incapaz de resistir por más tiempo ante lo que estaba sucediendo. Ellos no tenían autoridad para decidir qué hacer con Milo, pero Camus había sido su mejor amigo y tenía derecho de llorar su pérdida.

—No —respondió Shaka, comenzando a marchar hacia la salida posterior de Acuario, pasando a un lado de Athena sin mirarla siquiera. Llevaba una expresión calmada en su rostro—. Milo me pidió que le hiciera el favor de cuidar su cuerpo antes que alguno de ustedes hiciera algo estúpido como encerrarla en un ataúd de hielo o enterrarla en este Santuario. Me la llevaré a Star Hill, será lo más seguro.

Athena pareció querer replicar, Camus se tensó y llevó ambas manos a su rostro, Mu no fue capaz de seguir a su compañero o hacer algo en absoluto. Se preguntó cuánto más empeorarían las cosas antes que todo finalmente estallara.

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Artemisa se paseaba por el balcón de un lado a otro, haciendo el mismo camino una y otra vez, andando en círculos. Sus brazos cruzados con fuerza sobre su pecho y el cabello cayendo sobre sus hombros tensos podrían indicar que tenía frío, pero no era así. Artemisa había visto la silenciosa estrella cruzar la constelación de Escorpio y un extraño sobrecogimiento la había embargado desde entonces, haciendo que se sintiera pequeña en su propio cuerpo, indefensa y sola como una niña. Su hermano Apolo se encontraba en su trono, sentado a sus anchas y con una sonrisa gatuna y perezosa. No había dicho una sola palabra desde el momento en que el mundo entero, junto al mismísimo universo se habían detenido y esperado antes de volver a retomar su curso de movimiento, y ella sabía que se debía al fallecimiento de aquella molesta chica que servía como recipiente para Caos, quien ahora no tenía un cuerpo para poseer y por lo tanto no podía despertar.

No podía decir que se encontrara completamente aliviada. Aunque Milo de Escorpio estaba muerta, los Pilares de la Creación seguían vivos y seguramente buscarían venganza contra los responsables de la muerte de la chica. No los había visto ni sentido en alguna parte desde hacía un buen rato y la falta de sus molestas y amenazantes presencias solo hacía que se pusiera cada vez más nerviosa. Sentía que en cualquier momento aparecerían prácticamente de la nada y acabarían con ellos haciéndoles sufrir tanto como fuera posible antes de matarlos, pero también creía que el hecho de que no estuvieran destruyendo todo a su paso significaba algo más, algo peor.

A esas alturas ya no le importaba. Habían hecho cuanto habían podido para evitar que Caos despertara pero ella ni siquiera era la mayor amenaza, sino esos cuatro seres horribles que tenía por hijos. Ellos no necesitaban a Caos para destruir a los dioses; por sí mismos podían hacerlo, podían controlarlos o destruirlos y luego alzarse sobre todo lo que existía para gobernar a voluntad.

Artemisa no podía creer que existieran hombres tan poderosos y que no tuvieran una sola pizca de avaricia, y quizás esa era la razón por la que ellos habían sido los únicos cuatro que nunca habían sufrido la ira o el rechazo de la poderosa deidad. Pero sea como fuere, el silencio y la relativa paz no iban a durar demasiado.

Fue con su hermano, dispuesta a hablar con él. Los demás dioses estaban preocupados y enojados con Apolo por su impertinencia no sólo por tratar de matar al recipiente de Caos, sino por sus actos atroces en contra de la humanidad. Por supuesto, a él le importaban tres campos de trigo que todos estuvieran enojados, se dedicaba a regodearse en su victoria sin tener en cuenta que todavía quedaban los Pilares de la Creación, y por si eso no fuera suficiente, Athena y su docena de semidioses revividos estaban furiosos. Y si los cuatro Pilares no buscaban venganza, estaba segura de que su hermana menor sí lo haría.

Athena en sí misma no era peligrosa, pero sus santos dorados eran otra historia completamente diferente.

Apolo tenía los ojos cerrados y una copa de vino vacía en su mano derecha, su blanca vestimenta y los adornos de oro lo hacían ver como un rey engreído e ignorante, y en cierta medida ella creía que eso era su hermano en realidad.

Un mocoso engreído.

—No te ves preocupado —dijo, deteniéndose a unos metros del trono puesto sobre una plataforma alta y ovalada.

—No lo estoy —respondió él, dejando caer la copa de vino al suelo, donde se destrozó al impactar contra la superficie pulcra y brillante. Apolo se levantó y comenzó a andar más allá de ella, hacia el balcón desde el que se podía ver todo el universo.

—Ellos vendrán por ti —dijo, siguiendo a su hermano hasta el balcón. Él se reclinó sobre la barandilla de plata y oro y observó hacia abajo, como si buscara algo—. Los Pilares de la Creación vengarán a esa niña.

—Eso está bien por mí.

Artemisa frunció el ceño y observó mejor a su hermano. Él volteó para verla y ella pudo notar por primera vez la espantosa mirada fría y carente de vida que tenía en sus ojos. El azul parecía deslucido y el brillo cristalino lo inundaba casi por completo, haciendo que se viera enfermo y viejo, cansado. El vacío de su sonrisa le hizo preguntarse en qué momento comenzó a verse así, cuando anteriormente había lucido como si tuviera el futuro del mundo en sus manos.

— ¿A qué te refieres con que está bien? Aunque solo sea un recipiente ellos te buscarán y te harán pagar por lo que hiciste con esa chica.

—Nos buscarán a todos —replicó él, perdiendo su extraña y vacía sonrisa—. Pueden buscarme cuando quieran. Ya he tomado venganza de Caos.

Artemisa estuvo a punto de replicar pero su hermano, literalmente, desapareció, y una vez sola, se preguntó de qué rayos estaba hablando al decir que se había vengado de Caos al matar a su recipiente. Sin embargo y sabiendo que nada lograría quedándose allí y meditando sobre la repentina locura de su hermano, decidió abandonar el lugar e ir en busca de su padre, Zeus.

Los Pilares de la Creación no aparecían, era como si se hubiesen esfumado en la nada; pero estaba segura de que aparecerían en cualquier momento y no deseaba estar presente.

Se arrepentía de haber escuchado a su hermano.

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Si había alguien que sabía cómo permanecer en silencio, ese era Owen.

Recordaba el momento de su nacimiento como el más importante de su vida, el momento en que cobró consciencia y se vio rodeado de una completa oscuridad con destellos de luces a lo lejos, estallando y provocando ondas de sonido que lo sacudían; recordaba la incertidumbre y el miedo de saber que estaba vivo, que existía, pero que también que estaba a la deriva. Recordaba sobre todo el sentimiento de sobrecogimiento y emoción cuando vislumbró por primera vez el rostro de su señora, los ojos brillantes y amables que lo veían desde su altura, el amor que ella le hacía llegar como un cálido abrazo y la belleza absoluta que ella representaba. Entonces, llegó hasta él el sonido de su voz, cálida, suave y cantarina, y no pudo compararlo con nada porque no conocía nada, ni siquiera sabía qué era la belleza o el amor, pero eran cosas tan agradables que le parecieron buenas, y las clasificó en su memoria como tales. La voz le dio un nombre y también se nombró a sí misma. Owen. Caos.

Él era Owen, ella era Caos.

Ella estaba por encima, viéndolo desde las alturas y él estaba abajo, perdido en esa sucesión de calidez, amor y suavidad de la que comenzaba a creer que estaba hecho el universo. Pero no lo era en realidad, la oscuridad que envolvía todo alrededor era el universo, y las explosiones y las ondas de sonido, las luces, eran parte de él. Sólo una pequeña parte.

Owen había estado todo ese tiempo en los brazos de Caos y en una ocasión, ella lo soltó. Lo dejó ir y Owen se precipitó lentamente sobre algo sólido y firme, pero frío. La sensación no le gustó para nada, y había intentado volver a los brazos que lo sostenían desde el instante en que comprendió que ella se había alejado, pero de inmediato su voz le aseguró que todo estaba bien, que no debía preocuparse, y Owen le creyó. Creyó cada palabra de lo que le dijo. Una mano fue extendida desde lo alto y él la tomó con firmeza, y entonces comenzó a caminar de un lado a otro, sin mirar su camino sino a ella, que era delgada, alta y siempre andaba vestida de blanco y oro. El cabello azul que caía desde la cima de su cabeza hasta rozar sus rodillas era ondulado y azul, un desastre. El cabello de Owen no era un desastre, pero era del mismo color azul que el de Caos.

¿Qué era Caos, de todas maneras? Se lo preguntó. Ella le dijo que era la creadora, la primera que había estado ahí cuando no había nada más y que en ella comenzaron las primeras cosas. Owen era una de esas primeras cosas, y había otras, como el destino, que eran grandes y aterradoras; pero Caos no les temía y ellos parecían respetarla, así que decidió que no les temería y respetaría a Caos. Ella le dijo también que él era un Pilar, un pequeño amigo suyo que ella estaba encargada de cuidar.

Así que eran amigos. Owen estuvo feliz de escuchar eso.

Por largos siglos él la vio desde su posición, abajo, siempre elevando la vista para encontrarse con ese rostro. El suelo por el que siempre andaba descalzo al igual que ella era algo llamado palacio, había un salón enorme, muchas habitaciones, balcones desde los que podía ver el universo, había torres y plataformas expuestas, había una cascada, una montaña que lo contenía todo, incluso una cama en la que él dormía por períodos indefinidos. Caos siempre estaba ahí, mirando hacia todas partes, a veces sonriendo y otras veces con expresión seria. Ella era una gran conversadora, le gustaba hablar. Le dijo muchas cosas, todas las cosas y Owen almacenó la información con cuidado.

Pero un día Caos extendió hacia él sus manos y lo atrajo muy cerca. Owen creyó que iba a abrazarlo, creyó que podía volver a esos brazos cálidos y suaves que lo habían contenido al principio, pero no fue así. Lo que sucedió en realidad fue que ella hizo a un lado los mechones de su cabello que cubrían su frente y depositó en la piel expuesta un ligero beso. Con ese beso vino su consciencia completa, llegó hasta él la noción de lo que en realidad eran Caos y el universo, y las primeras cosas. Comprendió qué significaba ser un Pilar y también vio cosas, cosas que parecían hechos que sucedían en algún lado, en varias partes al mismo tiempo, y sintió pánico. Pero Caos de inmediato le aseguró que no había nada que temer porque él era el dueño de todos esos hechos que sucedían, que él sería el encargado de vigilar que se desarrollaran como debían sin desviarse del camino que se había marcado.

Owen comprendió eso y estuvo de acuerdo, así que milenio tras milenio vio con asombro los sucesos antes de que tuvieran lugar y luego tuvo cuidado de ellos, fijándose que nada se saliera de su sitio. La formación de los dioses, sus disputas, el mundo, los humanos, las guerras entre ambas razas y la supremacía de unos sobre otros solo eran detalles en el gran mar de recuerdos que formaban parte de la vida de Owen. Él conocía el pasado y futuro de todo el mundo, de todo el universo y todo eso se lo debía a Caos.

Caos, cuya alma estaba sellada en un lugar remoto del universo.

Así que silenciosamente, como Caos le había enseñado a actuar, entró al templo de Acuario. Sus pies no crujieron contra el hielo que cubría el suelo y el guardián del lugar no lo notó.

Owen comprendía que la vida de ese hombre tenía una relevancia especial. Él había visto el momento en que Caos veía su alma formarse en medio de la inmensidad del universo y lo tomaba para ella, mostrándose abiertamente impresionada por la belleza inusual que ostentaba, luciendo como una estrella blanca y brillante, como hielo y fuego al mismo tiempo. Lo vio antes que sucediera y cuando sucedió, no dijo una sola palabra.

Él solo estaba ahí para vigilar. Era un guardián más que cualquier cosa, incluso más que un Pilar.

Pero tras tantos milenios sentía que podía tener su propio camino, sentía que tenía derecho de decir lo que pensaba y demostrar sus sentimientos.

Y todo lo que Owen sentía era dolor.

Durante toda su vida había estado viendo a Caos desde abajo, incluso cuando se hizo más alto que ella; le gustaba sentarse a su lado cuando ella descansaba en su trono que se alzaba hacia el cielo, le gustaba verla. Era culpa del encantamiento que Caos tuvo con el alma de ese hombre, Vasili, el que estuvieran tanto tiempo separados, y no sólo eso, sino que su cuerpo mortal estaba muerto otra vez.

Él estaba de rodillas en el suelo; había estado así por una hora desde que Shaka de Virgo se había llevado el cuerpo de Milo a Star Hill. Se veía patético y triste, con la cara vuelta hacia el suelo, con los hombros caídos y esa expresión devastadora en su rostro. Owen se detuvo frente a él, pero el hombre no alzó la vista.

Ya no era Vasili. Una sucesión de nombres que recordaba a la perfección se aglomeraban en su cabeza, pero en esa ocasión, se hacía llamar Camus.

Camus de Acuario.

—Te ves realmente patético visto desde arriba —murmuró, su voz perfectamente controlada no dejaba ver la tormenta que ocultaba en su corazón, en su alma, en cada partícula que componía su ser—. Pero eso está bien. Así es como siempre deberías estar, de rodillas, pidiendo perdón por haber arruinado a Caos.

— ¿Has venido a matarme? —preguntó él, sin elevar el rostro o cambiar su postura.

—No —respondió Owen, permitiéndose sonreír. No lo hacía muy a menudo, no tenía suficientes motivos, pero la perspectiva de lo que venía le gustaba tanto que sintió que podía hacerlo—. He venido a decirte cuál es tu lugar.

Tomando impulso, llevó su pierna hacia adelante y dejó que su pie impactara con fuerza contra el estómago del santo dorado, que salió despedido varios metros antes de chocar contra una columna. Él se quedó ahí, quieto y sin responder a la agresión. Pero a Owen le daba lo mismo si intentaba hacerle frente o no. Él había visto el transcurso del tiempo, había sido espectador de cada momento de existencia del universo y de los seres vivientes que lo habitaban, había visto a Caos nacer como humana una y mil veces, siempre siendo abandonada por alguien y muchas veces sin que ningún otro ser humano estuviese cerca para darle el calor de un abrazo. Pero eso se había terminado, finalmente las cosas estaban llegando a su fin y también el ciclo vicioso que teóricamente los dioses les habían impuesto; aunque el vínculo que ella había formado con él estaba ahí desde mucho tiempo antes que nacieran.

—No morirás esta noche —dijo Owen, acercándose a él con una mano en alto. El santo de Acuario se despegó del suelo y flotó a algunos metros de altura, todavía pegado a la pared—. Vivirás y verás el esplendor de Caos. Pero antes de eso conocerás tu lugar.

Acto seguido, bajó su brazo con fuerza y al mismo tiempo el cuerpo del acuariano impactó en el suelo congelado, creando un pequeño cráter a su alrededor, haciendo que hielo y piedras volaran por todas partes. Hizo un intento de levantarse pero no llegó a ponerse de rodillas antes de que Owen se acercara y pusiera un pie sobre su espalda y lo aplastara. Un quejido bajo escapó de sus labios y supo que por mucho que intentara ocultarlo, lo estaba pasando verdaderamente mal.

—Eres el ser más afortunado del universo entero —dijo, ejerciendo presión en la columna vertebral del santo dorado, sintiendo la leve resistencia que hacía para evitar un daño grave—. Caos te eligió a ti para que seas su compañero. Pero no hiciste nada más que provocarle dolor. Ella incluso ardió por ti —continuó, frunciendo el ceño y notando como una especie de fuego abrasador le quemaba el rostro.

—Entonces… —farfulló él, dejando de lado cualquier intento de contrarrestar la presión. La armadura se agrietó donde Owen tenía su pie—. Entonces… merezco esto.

— ¿Sabes? Por milenios he visto lo que sucede en todo el universo y he tenido cuidado de vigilar que nada se saliera de control —comentó, ayudándose de su pie para voltear al muchacho. Había sangre saliendo de su nariz y la hombrera derecha se había soltado, dejando al descubierto el hombro en una extraña posición—. También vi el momento exacto en que recibirías tu merecido. El problema es que estabas muerto al final.

Camus de Acuario abrió mucho los ojos; el izquierdo estaba comenzando a hincharse en la esquina externa y había un corte en su ceja. El dolor que había deformado su rostro dio un paso atrás cuando el alivio inundó sus facciones, haciendo que incluso sonriera un poco.

—Es el ciclo de Acuario y Escorpio —susurró, su voz quebrada hacía eco entre las paredes—. Puedo seguir a Milo al Inframundo.

—No. No puedes —terció Owen, sonriendo. La sonrisa del rostro del acuariano vaciló por un momento, haciendo que algo dentro de Owen se retorciera de satisfacción—. Porque ese momento es relativo y no está atado a ningún futuro. Por lo tanto, si vives o mueres no importará porque ya no estás sujeto al destino. Y yo he decidido que no morirás. Pero sufrirás un montón.

Owen volvió a pisar al acuariano, poniendo la fuerza suficiente para quebrar sus costillas. Varios sonidos cortantes y estremecedores sonaron antes que Camus comenzara a emitir un sonido de gorgoteo y se agarrara el cuello. Probablemente una de sus costillas se había incrustado en sus pulmones, pero eso no era problema. No podía extenderse tanto como deseaba pero podía disfrutar la justicia por mano propia que estaba llevando a cabo. Pateó con fuerza una de las piernas del acuariano y otro sonido de quiebre llenó el aire; un grave grito emergió de su garganta, mezcla de ahogo y aullido, y algunas lágrimas escaparon de sus ojos. Owen volvió a levantarlo del suelo y tras eso, usó su cosmos para envolverlo por completo. Él tenía la curiosa capacidad de drenar el aire, y la usó para dejar si aliento al acuariano, quien intentó desesperadamente intentar respirar, agravado de antemano por las probables lesiones internas que tenía a causa de sus costillas rotas. Entonces, simplemente movió su mano de derecha a izquierda y el cuerpo maltratado impactó una y otra vez contra las paredes laterales antes de que, finalmente, lo dejara caer al suelo. No se movió, pero sus ojos seguían abiertos y él todavía trataba de respirar. Quizás no tenía tantos deseos de seguir a Milo al Inframundo.

Ese pensamiento lo hizo enfadar y avanzó hacia él formando en su mano el arma que una vez Caos le había obsequiado. Se trataba de una vara larga de oro y diamante, en un extremo tenía incrustada la luz de una estrella y en la otra, una punta afilada que estaba hecha con un fragmento de un cometa. Owen volvió a elevar en el aire al santo de Acuario y lo impulsó lejos, y antes que chocara contra alguna superficie, se trasportó hasta su encuentro y utilizó su vara para golpearlo y enviarlo hacia otra dirección. No tenía margen de movimiento en el reducido espacio del templo así que tenía que moverse rápido; lo hizo con prisa y hasta sentir que se hartaba. Entonces, el cuerpo maltrecho de Camus de Acuario estaba en el suelo, boca abajo y nadando en su propia sangre, uno de sus pies estaba vuelto hacia el lado contrario del que debería, la armadura estaba hecha pedazos.

Era la imagen que él y sus hermanos se habían imaginado durante milenios.

La vara de oro desapareció de su mano y Owen llevó su dedo meñique a sus labios. Mordió la yema del dedo hasta que sintió el sabor de su sangre y luego agitó una vez su mano en dirección al santo caído. La pequeña y única gota de sangre que despidió aterrizó entre el rojo de la propia sangre del santo y se perdió en la inmensidad del rojo.

Mientras salía del templo, Owen podía ver los reflejos de la luz de color amatista que salía del lugar donde Camus de Acuario estaba tendido. Su sangre tenía el efecto de dar vida y sanación, al igual que la de sus hermanos, pero eran contadas las ocasiones en que la utilizaron. Incluso la armadura de Acuario sería reparada.

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El cielo que acostumbraba tener un tono de rojo enfermizo se volvió blanco, las llanuras desoladas y áridas adoptaron un tenue tono marrón claro, el tráfico de las almas que caían desde la columna de Yumotsu se detuvo y cada alma se puso tiesa, a la espera. Cada ser del Inframundo procuró verse pequeño o hacerse invisible, los oscuros valles donde castigos inimaginables se llevaban a cabo vieron la luz por primera vez en toda la eternidad, el tormento dio un paso atrás, los verdugos ocultaron sus armas de tortura, los juicios justos se detuvieron. Cada pequeña cosa sucediendo en el amplio espacio del reino de los muertos se vio sorprendido por la luz que bajó del cielo. Hades estaba en su trono, esperando también. Las cortinas que lo ocultaban se habían ido al igual que su túnica oscura, la cual fue reemplazada por su armadura; pero él sabía que no importaba el tipo de protección que utilizara. Si tenía que morir, moriría. No obstante, cuando la sintió llegar, tuvo a buen recaudo ponerse de pie y quitarse el casco que cubría su cabeza. La luz inundó cada rincón del salón, aclarando el paisaje hasta que todo se vio como si fuera pleno mediodía, como si el propio sol hubiese dejado el cielo para visitar su reino.

Caos llegó en medio de una explosión de resplandor blanco e incandescente, y una onda que llevaba más luz se desató cuando sus pies descalzos tocaron la alfombra; un susurro como de un terremoto en medio del espacio hizo que todos los sonidos propios del Inframundo se callaran. Ella no era alta en lo absoluto pero se veía como si midiera dos metros, su vestido blanco se mezclaba con la luz y danzaba con una brisa ligera pero insistente que se arremolinaba a su alrededor, el cabello azul caía en cascada alrededor de sus hombros y acariciaba la falda abultada del vestido, la piel expuesta de sus hombros y brazos era semejante a los cálidos rayos de luz del sol. Sus ojos abiertos eran turquesas, cristalinos y lacerantes, y el poder que emergía de su sola presencia era sobrecogedor y aplastante. La gravedad había viajado con ella desde el mundo de los humanos e hizo que la estructura del castillo se viera afectada.

Hades sintió la perturbación y el horror en cada uno de sus espectros pero no hizo caso de ello cuando dio unos pasos al frente y se acercó al borde de las escaleras que llevaba al suelo más abajo, un trozo de éste que había pasado del gris de la roca y el rojo de la alfombra a ser completamente traslúcido y puro.

Así que el alma de Caos, ese supuesto cúmulo de cosmos sin consciencia era en realidad solo luz blanca, y no la oscuridad y el fuego que los dioses imaginaban. Distaba mucho de su propia alma y la de sus hermanos y sobrinos. En cierta forma se alegraba, la oscuridad no podía ser vencida por más oscuridad sin consumirse, sino que debía ser puesta a un lado por algo más grande y luminoso, y esa debía ser Caos.

Caos era incorruptible.

—Bienvenida al Inframundo, gran señora —dijo, extendiendo ambas manos a los lados en un saludo casi despectivo. Sabía que ella no había venido por él pero eso no impedía que dejara en claro que esos eran sus dominios—. Veo que trajiste una invitada.

Caos sostenía en su mano izquierda el alma de una niña. Hades la conocía bien al igual que el resto de sus hermanos y sonrió hacia ella con burla, pero la pequeña que alguna vez había servido como Oráculo de Apolo no se vio afectada en lo absoluto. Pero por supuesto, nada podía asustar a alguien que iba de la mano con la diosa más poderosa del universo. Caos pareció darle una mirada a la pequeña, el movimiento hacia un lado y hacia abajo de su rostro provocó que destellos de luz se soltaran y viajaran por el aire puro y ligero como las más pequeñas gotas de agua de una gran ola en el océano. Después, Caos volvió la vista hacia él y elevó su mano derecha hacia el frente, haciendo su petición. Hades no tuvo dificultades en comprender lo que la diosa deseaba y asintió de manera renuente, sabedor de que era mejor darle lo que quisiera antes que enfrentarla en su territorio.

Eso suponiendo que tuviera oportunidades contra ella.

Asintiendo, cerró sus ojos y buscó entre el inmenso mar de almas que componían el Inframundo y, tras un momento, encontró lo que buscaba y lo mandó a traer de inmediato. Caos no se movió de su lugar en lo que eso tardó, sino que se dedicó a parecer una visita modelo, esperando pacientemente y con toda la seguridad de que aunque fuese amable al hacer su petición, podía tomar por sí misma lo que buscaba en el momento que quisiera. Una tímida y silenciosa Pandora hizo su camino desde un lado, andando con cuidado y la mirada gacha, trayendo de la mano a una chica vestida en harapos y descalza, con el cabello hecho un desastre y signos de tortura en cada sección de piel expuesta. Hades extendió su mano y Pandora colocó la de la muchacha en la suya, y entonces, se retiró, dejándolos solos. Caos miro hacia la recién llegada y asintió una vez, como si declarara que era justo lo que necesitaba, y volteó a mirar a la niña que traía con ella. La niña le dio una mirada significativa y soltó su mano, aventurándose a andar sola hacia adelante al mismo tiempo que Hades dejaba ir la mano de la chica que Caos buscaba. Ambas, que hacían de intercambio, se cruzaron en el centro del salón y se miraron una vez antes de seguir sus caminos. La muchacha fue con Caos, quien había extendido su mano para recibirla y al momento en que la tomó, la luz blanca la bañó por completo, borrando las marcas de tortura y transformando los harapos en un fino y discreto vestido que se parecía al que ella llevaba. El Oráculo de Apolo, en cambio, pasó de largo a un lado de Hades y atravesó el espacio que llevaba directamente a los Campos Elíseos, donde Hades sabía que había otra alma esperándola.

La luz se intensificó en el salón y todo lo que estaba al alcance de la vista se perdió, fundiéndose con el brillo blanco y puro del alma de Caos. La tierra comenzó a sacudirse y gritos sonaron a lo lejos. El Inframundo entró en pánico. La diosa primigenia se volteó, despidiendo halos de luz y chispas que rebotaron contra las paredes y el techo y se perdieron entre las grietas.

—Caos —llamó Hades, descendiendo los escalones para llegar más cerca de ella; la luz atravesó su armadura y se fundió en su cuerpo, dándole la sensación de respirar por primera vez. La aludida se volteó un poco y lo miró a través de los mechones de su cabello—. Te ofrezco un trato.

Creyó que ella lo mataría ahí mismo pero, en lugar de eso, se volteó otro poco, lo cual le pareció por demás curioso. La reina de todo el universo quizás no era tan mezquina y autoritaria, o por lo menos no se había comportado así en aquella ocasión. Ella esperó en silencio, pacientemente y como si lo que tuviera que hacer al marcharse fuera algo que podía dilatarse otro poco.

—Te daré esa alma a cambio de que dejes al Inframundo y a todos sus habitantes en paz —dijo finalmente y sin darle demasiadas vueltas al asunto.

Ella se entretuvo mirándole por un momento, sus ojos turquesa atravesando su misma alma y evaluando cuánta maldad y cuánta bondad convivían ahí, y luego asintió una vez antes de voltearse. La brisa ligera que se arremolinaba alrededor de ella se convirtió en un tornado de luz llameante que lo consumió todo cuando, al alzarse hacia el cielo, tomó la forma de una estrella fugaz.

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Habían decidido esperar en el templo de Caos. Las paredes ya no eran rojas y lilas, el blanco impoluto y brillante dominaba nuevamente cada centímetro del lugar que parecía ser más alto y más grande, había espacios que antes no estaban y todo se sentía como si hubiese sido renovado. Altair estaba en las escalinatas de la entrada, observando absorto la nebulosa que tenían como patio trasero; Argus se había puesto a vigilar el mundo humano desde uno de los nuevos balcones que habían emergido de la nada en un segundo piso y después en un tercero; Cam estaba en la sala del trono, sentado junto al lugar donde Caos debería estar; y Owen, quien se había ausentado por un momento, estaba a su lado, de pie y en completo silencio. Los cuatro sabían lo que él había hecho en su pequeña ausencia y estaban alegres por ello. Sabían que era probable que Caos los reprendiera, pero cualquier castigo valía la pena por la paliza que Camus de Acuario había, finalmente, recibido.

Seis horas y media habían pasado desde que el corazón humano de Milo de Escorpio se había detenido y desde entonces estaban allí, sólo esperando, preguntándose si estaba bien traerla a la vida con el corazón que Mika guardaba o si debían continuar con su vigilia un poco más. En la Tierra, los seres humanos y los dioses que habitaban el Santuario de la diosa Athena se encontraban sumidos en un estado de depresión que no tenía igual. Algunos de los santos dorados lloraban, otros dormían, dos de ellos se habían marchado y habían permanecido todo ese tiempo en la costa de Cabo Sunión. Los sentimientos de tristeza, ira, desconcierto, confusión y frustración dominaban el ambiente y según Owen, respirar ahí era un trabajo realmente difícil. La diosa Athena tenía visitas inesperadas y se encontraba atareada con la idea de comprender por qué de repente Zeus había ordenado que todos los dioses se reunieran en el Olimpo y abandonaran el mundo; los jóvenes santos de bronce estaban sumidos en la misma tristeza que los demás y el resto de Grecia y el mundo se encontraba tan agotado después todos los embates que habían sufrido por la estupidez de Apolo y Artemisa —que se habían llamado a silencio—, simplemente estaban esperando a que lo que fuera que estuviese ocurriendo terminara.

Pero no estaban ni cerca de terminar.

Altair había estado sentado, pero se levantó de un salto al sentirlo.

Seguramente en la Tierra no lo habían hecho, pero el universo exterior era algo diferente, y el cosmos que inundó el templo y le otorgó luz y calidez no podía ser otro que el de Milo. Las paredes puramente blancas adquirieron cierto brillo dorado y una cálida brisa se arremolinó alrededor de su cuerpo, como un abrazo ligero. Altair miró a todas partes, pero ella no estaba ahí. Entonces entró y fue directo a la sala del trono donde Cam esperaba sentado en las escaleras; él se volteó de inmediato al oírlo entrar y retrocedió hasta estar a mitad del salón, donde Owen y Argus también se reunieron. No la vieron por ninguna parte pero la presencia estaba allí, lo que quería decir que Caos, Milo, había ido al Inframundo y luego salido de él como si nada, sin que tuviesen que intervenir. El susurro de una voz llegó a los oídos de los cuatro y tras un latido de corazón, Altair salió del templo junto a sus hermanos. Cada uno tenía una misión especial, como la vez anterior. La suya era simple, concisa, una pequeña cosa que no le tomaría más que unos segundos. Se separaron en la entrada del templo; Owen se retrasaría un poco ahí mismo antes de ir a la Tierra, Cam y Argus tenían que estar en el Santuario de inmediato y Altair debía ir al nido de estrellas donde el cosmos de Caos estaba contenido por un sello que la propia Caos había puesto.

Altair se dio prisa, con la voz de Milo todavía clara en sus oídos.

Libera el sello.


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Nota al margen: seré breve y tan rápida como pueda. Ya estamos ahí, la semana que viene llega el último capítulo. Casi entré en pánico esta tarde pensando que me subestimé y que no entraba todo en un sólo capítulo más pero gracias a Dios pude ordenar los hechos de tal manera que todo quepa en su lugar y tenga coherencia. No sé si habrá epílogo, lo sabrán el mismo día que publique porque la temporada anterior dije que era posible que sí hubiera uno y al final no fue así.

Así que nada más me queda agradecerles por leer, agradecer inmensamente a Ana por corregir los capítulos y desearles bendiciones en abundancia y pedirles que se cuiden mucho, que sin ustedes Milo del Caos no existe.

¡Saludos!

*Las estrofas utilizadas corresponden a la canción Shot in the dark de Within Temptation.

Publicación de último capítulo: 08/08/16.