Y cuando ella está enojada, se lleva toda la vida.

¿No lo has visto?

¿No has visto las ruinas de nuestro mundo?

21

El descenso de Caos.

Argus podía recordar el momento exacto en que nuevamente pudo estar delante de su señora, el instante en que la miró a los ojos y en el que, aunque Caos no estaba en ella, contaba con la certeza de que frente a él se encontraba la mujer que por tanto tiempo esperó. Milo les había dado una orden en esa ocasión, cuando indirectamente aceptó su rol como diosa primigenia, aunque también podía decir que esa orden sonaba más como una petición, como un favor.

Ayúdenme a salir del Santuario.

No lo hicieron de inmediato, por supuesto, y luego ella no volvió a repetir esa frase. Argus había llegado a creer que se trataba del fragor del momento, un deseo impulsivo de alejarse de los hombres en quienes confiaba y que le hicieron daño, y que una vez pasado ese momento, cambiaría de opinión. Pero no fue así, porque cinco horas y media después de su muerte, el cosmos de Milo inundó con su calidez y su resplandor dorado el templo de Caos y habló a cada uno de ellos, diciéndoles algo diferente. Para Argus, el mensaje había sido claro y conciso, una orden muy simple y fácil de cumplir.

Tenía que ayudarla a salir del Santuario de Athena.

El problema es que Milo no estaba en ese lugar, sino que había sido llevada a Star Hill por el santo dorado de Virgo. De todas maneras, por el momento no había nada de Caos en ese cuerpo sin vida que Milo había dejado atrás después de varias horas resistiendo una pena que ella misma se había impuesto. Pero por otro lado, había alguien más que tenía algo de Caos, y no solo algo, sino algo muy importante.

Su corazón, que era capaz de resistir el embate de la magnitud del cosmos y la inmortalidad de Caos. Y ese preciado órgano se encontraba dentro del medio hermano menor de Milo.

Sin saber exactamente cuánto tiempo le quedaba antes que Altair quitara el sello, se apresuró a la Tierra tan rápido como pudo y, una vez en el desolado Santuario, se entretuvo inesperadamente por la fuerte cacofonía de cosmos que expresaban distintos grados de desconcierto, dolor, frustración y resignación. El dios de los mares todavía estaba allí y aunque a Argus le desagradara la idea, tenía que admitir que de no ser por él y por la barrera que había construido sobre el Santuario a una velocidad increíble, Apolo hubiese llegado hasta Milo mientras ella estaba con vida en las mazmorras. En aquella ocasión Altair había destruido la masa de energía que el dios del sol había enviado para secuestrarla utilizando una masa de energía idéntica, pero los cuatro admitían que si Milo había logrado permanecer en el Santuario hasta el final, había sido gracias a esa pequeña intervención del emperador marino. Sin embargo, él se había debilitado mucho después de su hazaña y casi no podía decirse que su cosmos indicara que se trataba de un dios; lo mismo que Saori Kido, cuyo estado emocional era tan inestable que la diosa que albergaba comenzaba a resentirla, haciendo que una lucha interna se estuviera llevando a cabo en su interior. Había otra presencia dando vueltas, otro dios, pero Argus no estaba seguro de quién era y no le importaba.

Se materializó en la entrada del primer templo, Aries. Todo estaba a oscuras, tal como el mundo luego de la muerte de Milo, y el silencio imperante en el aire era estremecedor. Argus tuvo que reconocer que la pena de esos hombres era auténtica y conmovedora, y todas esas cosas que hacían que el estómago le doliera. Subió los escalones en calma, buscando el cosmos de Mika hasta que finalmente lo halló cerca de la entrada. Acercándose, comprobó que el joven estaba entre las columnas, tirando con fuerza del brazo de su pequeño amigo cuyo nombre no recordaba. Llevaba en su espalda una gran mochila negra que se veía como si pesara más que él y la ropa que vestía hacía que se distinguiera de las personas propias del Santuario. Una gorra negra con la insignia de Nike adornaba su cabeza y aplastaba los mechones ondulados de cabello que intentaban escapar por los bordes al silencioso grito de: ¡libertad!.

Argus se acercó un poco, procurando quedarse entre las columnas más lejanas que constituían casi el único maldito lugar en el que podía ocultarse, y escuchó el intercambio de palabras que ambos mantenían.

—Ella no quería que fuera un santo de Athena, por eso tenemos que irnos —decía el príncipe enano, todavía sosteniendo las manos de su amigo, aunque más bien parecía que estaban sosteniéndose el uno al otro, como si intentaran impedir que fueran en una dirección u otra.

—Esta no es la manera. Además, ¿a dónde irás? —recriminó su amigo. Sus gafas poseían un brillo francamente espantoso en las penumbras.

—Lejos de aquí, lejos del Santuario y de cualquier otro dios o diosa. Zeth, ¿por qué no quieres venir?

Así que se llamaba Zeth. Bien, el tal Zeth soltó el agarre que mantenía con Mika y bajó la cabeza, cerró las manos en puños y suspiró. Parecía un gesto cansino y agobiante, el tipo de cosas que los adultos trabajados expresaban, no los niños. Al alzar la cabeza nuevamente, Argus pudo atisbar un rastro casi imperceptible de lágrimas en el rostro del joven de cabello turquesa, el claro celeste que se ocultaba tras las lentes de sus gafas eran semejantes a espejos de agua poco profundos.

—No he tenido hambre desde que llegué —murmuró, tensando sus hombros cual confesor bajo presión por amenazas de tortura—, tampoco he tenido miedo o frío, o demasiado calor.

— ¡Pero ese hombre...! —comenzó Mika, gruñendo cada palabra. Sin embargo, una sola mirada de su amigo hizo que guardara silencio de inmediato.

—Ese hombre es mi maestro —replicó. Su voz generalmente baja y controlada estaba quebrada y sonaba un poco más fuerte—. Tus celos y odio hacia él te impiden ver el bien que ha hecho.

Argus frunció el ceño y quiso replicar. Él no veía ningún bien en la existencia de Camus de Acuario. Todo el sufrimiento por el que su señora había pasado se debía a él, a que había formado ese vínculo con su alma, que la había hecho reencarnar una y otra vez para morir en cada ocasión de manera triste, a veces siendo traicionada, otras veces sacrificándose, otras tantas; las peores, muriendo de tristeza porque le tocó a él morir antes.

— ¡Se cruzó de brazos mientras mi hermana moría! —estalló Mika, a la vez que golpeaba el suelo con un pie. Sus hombros eran como finas ramas siendo sacudidas por una ventisca, el temblor en ellos era tan fuerte que Argus temió que pudiera hacerse daño.

—Él no me odia —terció su amigo, volviendo a sonar como si todo estuviera bajo control—. Mi padre me odiaba, mi abuela también. Mi madre murió por mi culpa, incluso tú te marchaste del orfanato dejándome atrás. Pero él no. A él no le molesta que sea callado, o un sabelotodo, no le importa que me sirva un poco más de la cena. Ni siquiera se molestó conmigo cuando le dije que estaba aquí por ti.

— ¡¿Se lo dijiste?! — exclamó Mika, dando un paso al frente y empujando a su amigo con fuerza—. ¡¿Acaso enloqueciste?! ¡Era nuestro secreto!

—Lo único que le dije fue que estaba aquí por ti.

—Yo estaba aquí por mi hermana, pero ella ya no está y no me quedaré a ver la cara de sus asesinos todo lo que me reste de vida. ¿Vienes conmigo? —Mika extendió una mano y esperó. Argus no podía ver su rostro pero sospechaba que tenía una sonrisa confiada.

—No —respondió Zeth, al cabo de un momento. Su expresión neutra se vio ensombrecida cuando miró a su amigo—. Yo quiero un lugar al cual pertenecer, quiero un sitio al cual volver al final del día sabiendo que seré bien recibido. Quiero un hogar.

Dicho aquello, se volteó y se encaminó hacia el interior del templo, sin permitirse ver la manera triste y deprimente en la que su amigo retrocedía como si le hubiesen dado un buen golpe.

Argus aprovechó para acercarse utilizando la tan conocida y desgastada velocidad de la luz, apareciéndose prácticamente de la nada junto al niño, quien dio un salto a la izquierda cuando lo notó.

—Tu amigo ha hecho su elección así como tú también hiciste la tuya. Debes respetarlo.

— ¡Tú! —exclamó entonces, volviéndose contra él como un perrito traidor y rabioso—. ¡Ustedes no hicieron nada para ayudar a mi hermana! ¡La dejaron morir! —reclamó, su voz sonando algo aguda y quebrada. Llevó un pie hacia atrás y se preparó para darle un puntapié, pero Argus desapareció en el momento indicado y el niño acabó pateando aire.

—Nosotros seguíamos órdenes. A diferencia de los santos dorados, si nuestra señora nos pide que nos toquemos la nariz con el dedo pequeño del pie, obedeceremos sin rechistar —contestó, procurando no sonreír o hacer algo que pudiera sacar un poco más de sus cabales al muchachito. Aunque él poseía el corazón de Caos, no ejercía ninguno de los poderes de la diosa y Argus dio gracias por ello, porque tener a un dios tan quisquilloso y emocional como él habría ocasionado muchos problemas—. Tú también estás siguiendo órdenes al irte de aquí, ¿no es así? Milo te dijo que te fueras. Por suerte para ti, soy tu boleto de salida.

— ¿Qué quieres decir? —murmuró él, repentinamente serio y tranquilo. Tan tranquilo que de hecho le dio a Argus un poquito de miedo.

—Milo me ha pedido que te ayude a salir del Santuario— respondió, colocando una mano en el hombro del niño y atrayéndolo cerca—. No quedará un solo metro cuadrado en pie cuando Caos descienda.

—Pero mi hermana está… — susurró, dándole una mirada perpleja y triste, sus ojos turquesa se llenaron de agua y sus mejillas se tensaron.

—Milo tenía algo que hacer en el Inframundo, pero no te preocupes —lo alentó, sonriendo ampliamente—. Ella estará de regreso en pocas horas.

Mika abrió mucho los ojos y las lágrimas que diluían el turquesa profundo en sus ojos dieron un paso atrás, desapareciendo. La tensión en sus hombros, el temblor, todo desapareció. Argus iba a decirle que tenían que darse prisa pero unos pocos pasos llamaron su atención, y cuando el oro de una armadura destelló en la penumbra, supo que estaba de suerte. El santo de Aries no se inmutó por su presencia, sino que, contrariamente, su rostro se iluminó como un maldito día de campo.

—El hecho de que estés aquí me trae algo de esperanza —murmuró el ariano.

—Soy la aniquilación personificada, ¿lo entiendes, verdad? —preguntó alzando una ceja.

—Soy consciente —respondió él, todavía con su rostro repleto de luz y amor, y todas esas cosas que hacían que las chicas se enamoraran—. Mika, deberías estar en el interior del templo.

—El príncipe se irá conmigo —dijo Argus, presionando un poco el hombro de Mika, quien se limitó a asentir fervientemente—. No quedará nada de este lugar después del mediodía y no podemos dejar a alguien tan importante como él a la deriva.

— ¿Es una advertencia?

—Llámalo como quieras. De todas maneras, es posible que mueran. La última vez Caos fue misericordiosa y mató a los once sin dolor, e incluso fueron a parar a los Campos Elíseos; nueve de ellos, al menos.

— ¿Qué? ¿Nueve? —espetó el ariano. Argus decidió que ese era su nombre aunque sabía que tenía uno, pero no lo recordaba—. Espera, ¿qué quieres decir con que Caos mató a sus compañeros?

—Pues eso, ¿qué más? Los asesinó. Fue una muestra de afecto ya que de lo contrario, los habría hecho sufrir como a los demás ejércitos divinos. ¡Y hasta los envió al paraíso donde descansarán en paz por toda la eternidad! Bueno, uno de ellos fue condenado a reencarnar y el otro escapó como un gran tonto.

Argus rodó los ojos, pensando en el guardián del tercer templo. Lo triste de ese asunto es que el infeliz no solo salió de los Campos Elíseos, sino que su alma buscó lo que Caos había arrancado de él, ese amor irracional y enfermo sumados al deseo egoísta de tenerla, del cual ella lo liberó, pero no sólo buscó lo que en teoría le faltaba, sino que cuando lo encontró, esa parte suya había sido corrompida por el dolor de no poder tener lo que deseaba y aún así se volvió a unir, creando una interminable batalla entre un lado y otro. Argus no podía pensar pasarse la eternidad discutiendo consigo mismo, pero cada loco con su tema. Tomó con firmeza la mano de Mika y levantó la otra mano, a modo de saludo.

—Realmente les aconsejo que se vayan del Santuario... no. Mejor aún, váyanse de Grecia si quieren vivir otro día más. No quedará suficiente de este país para caminar en línea recta. Lo siento mucho, pero no lo siento.

— ¡Espera! —exclamó el santo de Aries, extendiendo hacia él las manos. Argus no quería, pero de todas maneras lo hizo. Ese tipo como que era agradable, le caía bien—. Si dices que no hay lugar seguro aquí entonces al menos haz el favor de llevarte a los dos niños que están en el interior del templo.

Argus levantó una ceja y luego de pensarlo por uno o dos segundos, suspiró y asintió, pensando en que el templo de Caos era lo suficientemente grande como para que cupieran tres niños ruidosos. El santo de Aries le dio una mirada al interior del lugar y a Argus no se le pasó por alto la manera casi tímida en que usó su cosmos para llamar a los críos en cuestión, que se aparecieron prácticamente de la nada, cada uno cargando una pequeña mochila. Uno de ellos era pelirrojo y menudo, delgado, y semejante a un enano irlandés, solo que en lugar de cejas tenía dos puntos en su frente parecidos a los del santo dorado de Aries. Un músculo en la frente de Argus vibró con insistencia cuando se dijo a sí mismo que no debía rendirse al impulso de tocar esos puntitos y ver qué sucedía. El otro niño era Zeth, cuya dignidad se removía a sus pies como un animal moribundo.

—Maestro Mu, ¿nos volveremos a ver? —preguntó el pequeño pelirrojo, trabando su brillante e ingenua mirada en el santo dorado.

—Pórtate bien, Kiki. Y ten cuidado —contestó el mayor, llevando una mano a la cabeza rizada del niño para remover el cabello con los dedos.

El niño asintió sin decir nada más pero la expresión en su rostro y la manera en que veía a su maestro indicaban que creía que estaba viéndolo por última vez y que procuraba con ahínco memorizar cada centímetro de su rostro. Impaciente por apartarse de toda la dulzura de ese momento, Argus extendió la mano hacia el niño y éste la tomó con toda confianza, como si lo conociera de toda la vida; y entonces, Zeth tomó la mano de Mika, quien en un gesto insoportablemente dulce la extendió hacia él.

Argus le dio una mirada al santo de Aries que esperaba que no fuera cómplice, y desapareció llevándose a los tres niños.

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No podía recordar cuándo había sido la última vez que había visto a Hermes. Sentado en las escaleras frente al trono, el dios de aspecto joven y arcaico esperaba su decisión para marcharse; el problema era que Athena no quería marcharse al Olimpo, tal como había sido el pedido de su padre. Por eso, el dios mensajero se mantenía a la espera, paciente y silencioso mientras sus ojos verdes vagaban curiosos por todo el salón y las alas de sus sandalias repiqueteaban contra sus talones, produciendo un sonido que a Athena comenzaba a sacarle de quicio. Sentada en su lugar, todavía podía sentir el frío del templo de Acuario calando sus huesos, sus pies no habían entrado en calor aunque sus zapatos eran cerrados, los bordes de la falda de su vestido estaban húmedos y su cabello todavía tenía cristales de hielo diminutos. De haberlo sabido mejor, Athena no hubiese interrumpido ese momento pero su propio corazón humano tembló ante la trágica pérdida, y en un acto totalmente ingenuo, pensó que podría reparar el daño que había causado.

Pero no podía.

Había visto el dolor en el semblante de Camus, había visto la falta de reconocimiento hacia ella en el cosmos de Shaka. Podía oír el dolor en los cosmos de los santos dorados, que golpeaban su mente como sordos tambores. Pero no podía hacer nada, desde el principio no hubo nada que ella pudiera hacer.

—He estado aquí alrededor de cinco horas. Pero tengo mis límites —terció Hermes, llevando una mano a su pecho semi desnudo. Vestía una túnica corta que cubría solo uno de sus hombros y caía libre hacia atrás como una capa. Su cabello castaño oscuro tenía destellos de dorado en algunos mechones que se rizaban, cubriendo los lados de su rostro anguloso y aniñado. Una corona de laureles dorados adornaba la cima de su cabeza y el báculo con las serpientes dobles repiqueteaba contra el piso a medida que él lo movía entre sus dedos—. Padre ha dado la orden de que todos vayamos hacia el Olimpo ahora. El recipiente de Caos ha sido finalmente destruido y el alma de la chica está en el Inframundo, pero todavía quedan los Pilares de la Creación. ¿Qué los detiene?

—Oh, no lo sé. Quizás nuestros ejércitos —replicó Poseidón, quien había estado a su derecha, tan silencioso como el Patriarca Shion a su izquierda.

—Pueden reemplazarlos por otros, ya saben —respondió Hermes, frunciendo el ceño, como si fuera algo totalmente normal.

—No. Ninguna persona es prescindible —dijo Athena, levantándose de su trono a la vez que Hermes se ponía de pie y alzaba un vuelo bajo, sin dejar que sus pies tocaran el suelo—. Dile a mi padre que me quedaré aquí para recibir cual sea el castigo que Caos me imponga.

—Ingenua. ¿Crees que ella verá tu buena voluntad y te premiará perdonándote la vida? La justicia de Caos es implacable, incorruptible —contestó el dios alado, sonriendo hacia ella con burla—. ¿Y crees que a ti te perdonará por ver que cambiaste unos pocos días antes de su llegada? Confías demasiado en ti mismo. Ambos lo hacen, incluso Hades, quien se ha arriesgado a recibirla en persona en el Inframundo. Ya no queda nada de esa niña que pueda salvarlos. Caos los destruirá a ustedes primeros.

— ¿Quién dice que cambié? Mis guerreros son fuertes y elegir sucesores competentes y con las mismas capacidades me tomaría décadas.

— ¿Quién dice que espero clemencia? Sé muy bien que no queda nada de Milo que pueda utilizar a mi favor.

Hermes rió, incrédulo y burlón. Entonces, alzó su cosmos y levantó vuelo, para luego desaparecer en una pequeña explosión de luz, fuego y plumas.

Athena volvió a sentarse en su trono y llevó ambas manos a sus sienes, masajeó la zona con los dedos, y suspiró.

El Patriarca, quien había estado a su izquierda y en completo silencio, se enervó por completo cuando el cosmos de Mu de Aries se hizo presente. Habiendo utilizado su técnica para teletransportarse directo hasta allí desde donde fuera que hubiera estado antes, se apareció prácticamente de la nada y dio unos pasos al frente, antes de postrarse frente a ella y bajar la cabeza. La expresión serena de su rostro dejaba que se filtrara algo del dolor que sentía; sabía que otros estaban en peor estado que él y solo podía orar para que la pena pronto pasara. Mu elevó la mirada hacia el antiguo santo de Aries y asintió.

—Uno de los Pilares de la Creación se hizo presente no hace mucho tiempo en mi templo —dijo Mu, mirando hacia ella con severidad pero con respeto, una mezcla extraña de expresiones—. Se llevó a Mika argumentando que el deseo de Milo era que su hermano menor estuviese a salvo de lo que se avecina.

— ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Athena, presintiendo algo malo.

—Que Caos vendrá aunque su recipiente esté muerto —aclaró Poseidón, con un tono extremadamente irrespetuoso.

— ¿Qué te dijo el Pilar? —preguntó el Patriarca, adelantándose algunos pasos.

—Que si queríamos permanecer con vida para ver otro día, debíamos irnos de inmediato de aquí.

— ¡¿Irnos del Santuario?! —exclamó Athena, levantándose otra vez y acercándose a Mu.

—No del Santuario, sino del país —respondió Mu, desviando la mirada de la de ella—. Dijo que no quedará suficiente de Grecia para que se pueda caminar en línea recta.

— ¡Eso quiere decir que matará a todas las personas! —exclamó el Patriarca, aunque con voz ahogada, como si no pudiera creerlo.

—Tiene sentido, ya que hizo lo mismo la última vez —murmuró Athena, cerrando las manos en puños y recordando sus propias palabras; no quedaba nada de Milo que pudiera usar a su favor.

— ¿Qué harás? —preguntó Poseidón, acercándose a ella—. No tengo suficiente poder para pelear. De haber sabido que esto sucedería, no la hubiese protegido cuando Apolo atacó el Santuario.

A Athena no se le pasó por alto la tensión en el cuerpo de Mu y el silencio aplastante en el que se sumió el Patriarca. Ambos habían vivido con Milo desde temprana edad y debía ser difícil para ellos pensar en ella no solo como una enemiga, sino como una asesina de masas.

—Si Caos desea tomar mi vida, puede hacerlo en el momento en que considere correcto —dijo, presionando sus manos en puños y alzando la cabeza—, pero no dejaré que dañe a ninguna persona que no merezca este castigo.

— ¿Planeas enfrentarte a ella? —preguntó Poseidón, medio riendo.

Athena sabía que no tenía ninguna posibilidad de luchar mano a mano con Caos, mucho menos sus santos dorados, a quienes no pensaba exponer a la ira de la diosa. Athena confiaba más bien en que, quizás, si le mostraba a Caos lo mucho que la humanidad valía, no dañaría a nadie. La última vez ella había enviado al Inframundo a las almas de las personas que habitaban el Santuario, dejando con vida solo a los santos dorados, a quienes asesinó después. En aquella ocasión, no había matado al resto de la población del territorio helénico, sino que los había sumido en un sueño profundo, del que despertaron cuando todo el conflicto acabó. Pensándolo detenidamente, nadie sabía por qué habían despertado; es decir, sólo Caos podría haberlo hecho y ella ya había sido sellada.

—No voy a pelear contra ella, sino a proteger este país. Mu, por favor, avísale a tus compañeros que se preparen para salir de aquí en media hora.

—A la orden —musitó el santo dorado, desapareciendo con el uso de su técnica.

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Le había tomado como una hora llegar hasta allí, desde que Milo le había ordenado que quitara el sello que mantenía presa a Caos. Durante milenios había pensado que su señora dormía porque los dioses del Olimpo habían decidido que así debía ser, que se habían asegurado de mantener su poder a raya y su alma dormida para gobernar el universo a voluntad, pero jamás se imaginó que Caos se había sellado a sí misma. Nunca había oído en toda la historia desde el inicio del universo a alguien capaz de refrenarse a sí mismo, capaz de ponerse a dormir y despertarse a voluntad tras un descanso tan prolongado como ese. Pero teniendo en cuenta el historial de acciones sin sentido de su señora, Altair podía encontrar el sentido común a todo ese asunto en el hecho de que ella había separado su existencia en dos; dos almas y dos cosmos, dos de ellos mortales y efímeros, y los otros dos, inmortales y eternos.

Altair se detuvo en el punto exacto en que había estado antes, a cientos de años luz de distancia del nido donde Caos dormía, una distancia inofensiva que podía acortar en menos de un parpadeo; sin embargo, sabía que la misma distancia no impediría que todo el poder desatado lo hiciera pedazos y era por eso que aquella vez se presentaba con su armadura, la cual era capaz de resistir la presión del núcleo en una supernova, o un viaje de ida y vuelta al interior de un agujero negro sin ningún rasguño.

Sin perder más tiempo, Altair buscó entre el juego de luces y sombras e identificó el sello, de forma circular y en centro del nido, semejante a una pequeña burbuja, en cuyo interior un cúmulo de luz danzaba sin parar y parecía ajeno a todo lo que sucedía en el exterior. Si se lo pensaba, despertarla era como interrumpir el sueño de un niño que se arrullaba a sí mismo. Ondas de energía emergían desde el centro de la pequeña aglomeración de luz, como un corazón latente que golpeaba con insistencia las paredes de una gran caja torácica, y sin embargo, ese centro apenas visible se encontraba vacío; pues el corazón de Caos estaba en el interior de Mika, el hermano menor de Milo, y sin él, el niño moriría. El problema con ese razonamiento era que ellos creían que podían usar ese órgano inmortal para reemplazar el corazón mortal de Milo en caso que ella muriera y así traerla de vuelta a la vida, pero Milo había muerto y antes de eso había dejado en claro lo que les sucedería si le ponían una mano encima al niño. Y no sólo eso, sino que ella había dado la orden desde el Inframundo para que quitara su sello, lo cual quería decir que Caos descendería sobre su cadáver.

Altair no estaba seguro de qué tan poderosa era realmente Caos; lo suficiente para separar su existencia en dos más, independientes la una de la otra, eso podía ser. Pero ser lo suficientemente poderosa como para sellarse a sí misma y revivir a voluntad una vez muerta…

Eso le parecía demasiado.

La voz de Owen diciéndole que no debía limitar tanto a Caos sonaba como una canción repetitiva en su cabeza mientras extendía ambas manos al frente y sentía que podía palpar el poder del sello con las yemas de sus dedos. Antes, al quitar los sellos divinos de los demás dioses, se había sentido como arrancar un papel pegado a una superficie, pero en esa ocasión se sentía como si estuviese destapando un recipiente cerrado a presión. A ambos lados de su cuerpo y detrás de él, podía ver de refilón y sentir a las galaxias moviéndose lejos, abriendo una especie de camino para dejar pasar a alguien mientras que el círculo que era el sello se expandía como una goma y la luz que contenía comenzaba a moverse en círculos sobre sí misma, con movimientos frenéticos pero perfectos, el latido aumentando su ritmo hasta que Altair pudo sentir cómo cada onda expansiva lo golpeaba como un latigazo sordo; la presión en sus manos fue tanta que tuvo que alzar más su cosmos para mantener su forma física mientras el círculo crecía y crecía, y las ondas lo traspasaban. La luz creció y comenzó a enviar destellos a todas partes, cambiando el color negro inmutable del universo en un intenso tono lila con sombras azules y blancas. Todo pasó de la completa oscuridad a la luz, las propias y brillantes galaxias que contrastaban con el espacio vacío se vieron opacadas mientras parecían huir lejos de Caos. Y varias horas después, que para él se sintieron como minutos, hubo un sonido.

Al principio no fue más que la insinuación de un lejano eco, pero con el paso del tiempo y con el crecimiento del círculo y de la luz que contenía, el sonido se acrecentó hasta que cubrió por completo el silencio, volviéndose atronador y doloroso. Era como una mezcla terrible entre los grandes casquetes polares despedazándose, todos los volcanes estallando en una sucesión de erupciones y una lluvia inmensa de rayos. Y pronto, había tanta luz y el sonido era tan fuerte que Altair perdió el control de sí mismo y fue lanzado lejos por las ondas expansivas del centro latente, que a su vez eran semejantes a miles de huracanes juntos.

Atravesando el espacio a la velocidad de la luz y siendo llevado lejos por la propia fuerza de Caos, cuyo cosmos auténtico podía sentirse en cada lugar remoto del universo, Altair vio el sello fracturarse de la misma manera en que una estrella estallaba, expandiéndose, lanzando fragmentos inmensos de algún tipo de material parecido al cristal pero también al diamante que, a medida que viajaba a toda velocidad, se diluía en miles y miles de puntos brillantes de color rojo.

Tras la explosión inicial, un rugido sordo y feroz se oyó en todas partes, contradiciendo la teoría que afirmaba que no existía ruido en el espacio; la luz se arremolinó en sí misma y titiló como una gran lámpara al ser encendida y luego, una gran masa de cosmos emergió de en medio del resplandor y viajó por el espacio vacío que las galaxias habían formado, las cuales volvían a sus lugares una vez que el cosmos pasaba, con la velocidad con la que un niño corre tras su madre. El propio Altair la vio pasar. Al frente de la gran masa iba la figura definida de una mujer hecha de luz y fuego, y cuando estuvieron a la misma altura, él se arrodilló en su lugar y ella le dio una mirada antes de seguir, sus ojos refulgiendo como intensos rayos.

Caos había sido liberada y se dirigía a la tierra.

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— ¿Y tú le creíste cuando te dijo aquello? —preguntó Kanon, mirando a su hermano de refilón.

Saga negó con la cabeza, sin dejar de observar el mar. Cabo Sunión estaba desolado y silencioso al igual que el pueblo de Rodorio y los alrededores. No había luces encendidas, las estrellas se veían opacas y lejanas, la falta de sonido y movimiento en las aguas le resultaba desconcertante. Habían estado ahí desde hacía una buena cantidad de horas. Kanon no tenía reloj así que no habría podido decir si era medianoche o el atardecer, pero desde que Camus de Acuario les había hecho saber que era posible que Milo muriera pronto, él y su hermano se habían mirado el uno al otro por un momento, y silenciosamente, habían acordado abandonar el Santuario en ese mismo instante. Varias horas más tarde, el terrible mensaje finalmente había llegado por parte de Camus, quien se había tomado la molestia de hacerles saber que Milo estaba muerta.

Kanon no sabía qué pensar de todo eso. Él no había visto morir a Milo antes y la sensación era nueva y extraña, avasalladora y a la vez tranquilizante. La tranquilidad se debía en su mayoría a que sabía que una vez muerta, Milo ya no volvería a padecer el dolor por la sangre de los dioses que Athena ingenuamente le dio de beber pensando que eso la mantendría alejada de Caos. Erróneamente creyeron que podían sellar a Milo dentro de su propio cuerpo y evitar que Caos descendiera sobre ella, y todo lo que habían conseguido fue sentenciarla a una muerte lenta y dolorosa. Pero, nuevamente, todos esos actos injustos se veían opacados por el alivio de saber que donde fuera que estuviere, ella no estaba sufriendo. Imaginaba que quizás había ido a parar a los Campos Elíseos, y que estaría sentada en un prado deshojando arbustos, o cazando alguna criaturita indefensa para matar el tiempo. Quizás incluso estaba tomando una merecida siesta, ajena de todo el sufrimiento que había dejado atrás.

El problema era Caos. Kanon no estaba seguro de lo que sucedería con la diosa asesina, puesto que el cuerpo sin vida de Milo estaba en el Santuario pero pasadas tantas horas y a menos que Camus hubiese decidido congelarla, estaría comenzando a descomponerse como cualquier otro cuerpo normal. Kanon no deseaba pensar que Caos descendería sobre un cadáver.

—Fue diferente en Asgard —murmuró Saga, todavía con la vista perdida en las tranquilas aguas—. De alguna manera todos sabíamos que, fuera cual fuera el motivo por el que estábamos vivos, acabaríamos muertos al final. Milo fue la segunda en caer. Afrodita fue primero, incluso creímos que Aioros fue antes que él y nos habló con lo que quedaba de su cosmos.

—Lo entiendo —respondió Kanon, deseando que su gemelo guardara silencio.

—No, no lo entiendes. Cuando supe que estaba en peligro y que Camus y esos dos dioses guerreros estaban enfrentándose contra ella, pensé que tenía que hacer algo para ayudarla y fui de inmediato a su encuentro.

—Es increíble la cantidad de secuelas que Asgard dejó en las personas —terció Kanon, suspirando. Muy a su pesar, tenía que admitir que haber estado ahí hubiera sido genial. Estuvo; por supuesto, pero solo apoyando a su hermano desde su lugarcito cómodo y oscuro en el monolito en el que los dioses los habían metido.

—Ella estaba en medio de un torbellino de fuego. Y él… él solo estaba a unos metros viéndola gritar. —repentinamente, el rostro sereno y drenado de emociones de Saga mutó en un semblante lleno de diferentes emociones, todas negativas y dañinas, sus manos se cerraron en puños y la tensión de sus músculos hizo que las venas en sus brazos sobresalieran.

—Supéralo, es su mejor amigo. Es como cuando me das golpizas en los entrenamientos y todos los demás te dicen que te detengas antes de matarme, pero tú sólo los ignoras. Funciona así también con ellos.

—Fue divertido verla golpeándolo en la reunión que tuvimos cuando ella resucitó.

Kanon sabía que no era el momento, pero rió de todos modos. Después de que ella resucitara algunos meses atrás, todos habían sido llamados a una reunión formal ante Athena y el Patriarca. Era la oportunidad para que todos se vieran las caras una vez más y también para saludar a Milo, quien fue la última de todos en volver a la vida. Todos le dieron sendos y afectuosos abrazos; incluyéndolo a él, pero cuando llegó el turno de Camus, Milo levantó su puño sin miramientos delante de toda la orden, la diosa y el Patriarca, y asestó un derechazo en la nariz de su proclamado mejor amigo al grito de: ¡Eso fue por Asgard!

Milo podía llegar a ser un poquito rencorosa a veces.

—El cosmos de Shaka se alzó hace rato. ¿Qué crees que sucedió?

—Ahora que lo dices, el cosmos de Camus también —murmuró Kanon, repentinamente curioso por ese hecho particular. Dudaba que alguien se atreviera a tratar de acercase al onceavo guardián cuando era obvio que el muchacho estaba algo desequilibrado emocionalmente. Tampoco podía decir qué lo llevaba a creer que no todo dentro de ese muchacho estaba bien, quizás era solo intuición. De todas maneras, era tarde para alterarse por las cosas por las que nadie se había alterado antes y solo había que ver a Saga para darse cuenta de ello. En lugar de estallar y ponerse histérico, había elegido comportarse como un hombre y expresar su dolor en silencio, lejos del centro de los acontecimientos.

—Quizás ella tenía razón —murmuró su hermano, volviendo el rostro hacia él y luego bajándolo, como avergonzado. Un extraño tono rosado pintó sus mejillas y sus ojos evasivos se trabaron en las rocas más abajo—. Haberla perdido es duro, sin embargo, no siento como si hubiese perdido a la mujer que amo…

—Ese argumento de que el amor que sientes no es auténtico no tiene sentido, de lo contrario se aplicaría a mí también.

—Bueno, somos gemelos.

Kanon prefirió guardar silencio. No porque temiera que ese sentimiento fuera falso tal como Milo le había dicho a Saga, sino porque la perspectiva de no estar realmente enamorado de ella le aliviaba tanto, que deshacía toda la carga emocional que venía arrastrando desde que había resucitado junto a su hermano. Siguió en silencio un buen rato y Saga optó por la misma cosa, y en esos preciosos momentos no pensó en nada, no recordó nada, no le preocupó nada.

Entonces, cuando las estrellas comenzaron a cambiar de posición y el cielo completamente oscuro cambió lentamente a un intenso lila en cuestión de media hora, Kanon comenzó a creer que había algo espectacularmente malo pasando. Se levantó, impresionado por el movimiento casi frenético de las estrellas que se movían en línea recta partiendo desde un punto particular y extendiéndose hacia los extremos, alejándose. Pronto se dio cuenta que lo que en realidad sucedía es que los cuerpos celestes estaban formando una especie de perímetro o zona cero en la que no había nada brillando. Era como ver la superficie de una copa de vino.

—Star Hill —murmuró Saga, poniéndose de pie.

Kanon quería comentar la obviedad del terrible presentimiento que causó ese repentino espectáculo, pero el cosmos de Shaka de Virgo buscó el suyo, y por ende, también el de su hermano. Increíblemente, el sexto santo de oro se encontraba en Star Hill, y tenía con él el cuerpo de Milo.

Kanon y Saga intercambiaron miradas y ambos desaparecieron a la vez, utilizando la Otra Dimensión para llegar hasta allá.

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Intentar definir si era de día o de noche le resultó una tarea imposible, intentar averiguar qué pasaba con las estrellas y el cielo era algo que no podría haber hecho aunque intentara con todas sus fuerzas. El azul intenso, casi negro, había sido reemplazado por un color lila que, a medida que los minutos transcurrían, se hacía cada vez más intenso y brillante. La línea del horizonte se había vuelto blanca y las sombras de la tierra eran azules, todo un contraste extraño de colores que, increíblemente, iban bien juntos. Las estrellas se habían alejado, parecía que se amontonaban en los cuatro extremos del cielo para dejar un espacio vacío sobre su cabeza. Saga sabía que algo estaba ocurriendo en el universo, algo malo y enorme, dada la manera extraña en que el cielo y el mundo en general estaban actuando. El cosmos de Shaka llegó como una llamada inesperada, fue como un sobresalto en medio de la calma absoluta. El santo de Virgo requería de las presencias de Saga y Kanon de Géminis en Star Hill, lugar que estaba mejor iluminado que el resto del mundo. Cuando llegaron, Saga y su gemelo lo hicieron en las afueras, a la entrada del camino que los guiaría hasta donde Shaka estaba. No sabía para qué los había llamado o qué hacía allí cuando se suponía que debía estar en el Santuario al igual que él y permanecer de guardia en las puertas de su respectivo templo, aunque las cosas se habían doblado desde que todo el asunto de Caos amenazando a los dioses se había intensificado.

Siguieron en silencio el camino cuesta arriba por el borde de un gran risco. Saga conocía muy bien el lugar y casi podía ir y venir con los ojos cerrados, pero Kanon nunca había estado ahí, y caminaba mirando en todas las direcciones, con una expresión de concentración tan intensa que podría parecer que intentaba memorizar el camino de regreso. Unos meses antes nunca hubiera imaginado que estaría caminando a la par de su hermano, ambos en buenos términos, casi como buenos amigos, y pensaba que si morían en una hora o diez años, se alegraría siempre por tener la oportunidad de saber que podía llevarse bien con ese hombre. Todo se lo debía a Athena, por supuesto. Ella lo había perdonado. Pero así mismo, había sido Milo quien redimió sus pecados y lo convirtió en parte de la orden dorada, siendo la primera de todos ellos en aceptarlo como un compañero, como un igual.

No podía evitar pensar en Milo y en todo lo que había sucedido en los últimos meses. Fue una sorpresa para él saberse vivo junto a su hermano y el resto de sus compañeros, los que resucitaron primero y los que le siguieron. Fue una sorpresa ver a todos los chiquillos a los que Aioros y él cuidaban años atrás, verlos como jóvenes fuertes y competentes, y no sólo como guerreros poderosos. Porque incluso a través de los trece años en los que ocupó el lugar del Patriarca, nunca los había visto realmente, no sabía cómo se llevaban más allá de las formalidades, no sabía qué tan intensos, molestos o divertidos podían ser, no sabía cuánta paciencia se requería para separar a Milo de Aioria cuando se ponían a pelear en los entrenamientos, o cuán fácil era sacar a Shaka de su templo, no sabía que Aioria era un coleccionista de baratijas o que Milo sabía cocinar, no hubiera imaginado que a Shura le gustaba tomar grandes cantidades de té y que en realidad, Afrodita detestaba ir de compras. No sabía que a DeathMask le gustaran las películas de romance y que Camus pasaba su vida entera tratando de inculcar algo de amor por la literatura en Milo. No sabía que Mu tenía grandes y confiables conocimientos en arquitectura, o que Aldebarán tenía familiares en el pueblo de Rodorio que trabajaban en una carnicería.

O que Kanon recortaba imágenes de animales de las revistas o periódicos de los domingos, aunque no supiera por qué.

Saga nunca supo nada de sus iguales o superiores, ni siquiera de Aioros, que se pasaba el día cantando canciones infantiles que solía cantarle a su hermano cuando era niño.

Incluso en ese momento, Saga creía que no sabía todo lo que necesitaba saber acerca de la vida y de sus compañeros. Habían intentado por primera vez trabajar como una unidad por un tiempo prolongado pero no lo habían conseguido; hubo momentos de tensión y de desconfianza, momentos de miedo e inseguridad en los que parecía que todo se caía a pedazos a su alrededor, pero también existieron momentos divertidos; días a la semana en que se comunicaban a través de sus cosmos para decidir quién de ellos incordiaría a Milo hasta convencerla de hacerle de cenar a los doce, hubieron días especiales e inolvidables, como aquel en el que jugaron a las escondidas dejando ciega a Milo en el proceso, o como los días que le siguieron, cuando ella empezó a hacerle favores a todo el mundo y se apareció en medio del coliseo haciendo chistes sobre tiempos verbales.

Todo había girado alrededor de ella en esa nueva oportunidad que tuvieron de volver a la vida, y aunque Saga había sido rechazado, estaba tranquilo sabiendo que Milo conocía sus sentimientos.

Quizás los conocía mejor que él mismo.

—Allá está —murmuró Kanon, mirando hacia arriba.

Saga miró en la misma dirección y solo pudo ver un atisbo de la cabellera dorada de su compañero. Una fuerte pero tibia brisa comenzó a soplar y le revolvió el cabello, olas de polvo se levantaron y su hermano gruñó con molestia, cubriéndose los ojos.

—Apresurémonos —contestó Saga, a lo que Kanon asintió mientras se limpiaba los ojos con el dorso de sus manos.

Apuraron el paso en una subida empinada y llegaron a la cima de una plataforma de piedra circular en la que Shaka estaba sentado en su típica posición del Loto, con las manos unidas al frente y la cabeza baja. Delante de él había algo con la preocupante figura de una persona envuelta de un extremo a otro con una capa húmeda, que tenía cristales de hielo adheridos. Cuando se acercaron, Saga desvió la vista tras comprobar que de una de las puntas escapaban pequeños y rebeldes mechones de cabello azul.

—Imagino que tienes un excelente motivo para haber huido con el cadáver de Milo —dijo en voz baja, tratando de ver únicamente al santo de Virgo y no al cuerpo tendido delante de él.

A su lado, Kanon pareció reparar con más atención a lo que estaba en el suelo, y su semblante se puso pálido. Shaka pareció sonreír aunque fue un gesto perceptible a medias, casi como si se lo hubiese imaginado. Asintiendo, se puso de pie.

—El alma de Milo estuvo unos pocos segundos en mi templo antes de partir al Inframundo, y habló conmigo un momento —respondió Shaka, llevando su rostro hacia el suelo, como si a través de sus párpados cerrados fuera capaz de ver el cuerpo sin inmutarse por la falta de vida en éste—. Ella me pidió que trajera hasta aquí su cadáver, sabiendo que los demás no serían capaces de hacerlo o se negarían.

— ¿Por qué? —preguntó Kanon, frunciendo el ceño, todavía algo pálido.

—Por Caos, naturalmente.

Shaka elevó su rostro hacia el cielo, como si mirara fijamente la bóveda celestial vacía. El lila se había desteñido justo sobre ellos, tornándose poco a poco más y más claro, casi blanco. Se veía como el lugar en el que el sol debería estar. El viento fuerte que levantaba polvo sopló en la dirección contraria a la que había llegado, y de inmediato pareció hacer el mismo camino a la inversa, como si iniciara un zigzagueo interminable. Entonces, Saga notó que el punto desteñido del cielo se tornaba cada vez más blanco y no solo eso, sino que comenzaba a brillar como un sol blanco. El brillo se hizo tan intenso que parecía que el mediodía había decidido presentarse a último minuto. Shaka puso una mano en su hombro y otra en el hombro de su hermano y realizó un movimiento con los labios que formó la frase: hay que salir de aquí.

Fue entonces cuando Saga notó que no podía escuchar nada y que el viento era tan fuerte, que su silbido cortaba cualquier tipo de sonido.

Inmediatamente aferró los brazos de Shaka y Kanon y utilizó su Otra Dimensión para alejarlos, y cuando pisaron la entrada de Star Hill, mucho más abajo, la tierra comenzó a moverse violentamente, de tal manera que todas las formaciones rocosas se agrietaron y comenzaron a caerse, levantando nubes de polvo que eran llevadas lejos y de regreso por el viento. Incapaz de pensar en qué estaba sucediendo, Saga sólo pudo instar a su compañero y a su hermano a permanecer al ras del suelo y a resistir mientras el terremoto se hacía cada vez más y más fuerte. Pensó que se acabaría al cabo de unos minutos, pero cuando las grietas cortaron la superficie sobre la que estaban ubicados y se abrieron, separándolo de su hermano, supo que solo se pondría peor y que debían irse. Aferrándose otra vez al brazo de Shaka, lo transportó hacia donde Kanon estaba y desde allí los llevó de vuelta hacia la zona apartada, hacia el Sur de la entrada del Santuario, lugar desde el que Star Hill era una montaña sombreada en el horizonte y la estatua de la diosa les mostraba su perfil derecho. Increíblemente, se encontró con que toda la zona había sido destruida y una parte de la tierra se había ido cuesta abajo en una de las tantas grietas que se habían formado, dejando sólo una alta planicie desértica en la que se encontró cara a cara con los demás santos dorados, que veían estupefactos hacia el Santuario, donde el risco en el que se alzaban los doce templos y todas las arenas de entrenamiento puestas al borde de los acantilados se rompían, dejando a las doce Casas en precarias bases de piedra que las sostenían mientras todo continuaba sacudiéndose. Incapaz de comunicarse con sus compañeros, miró, sorprendiéndose y aterrándose ante lo que estaba ocurriendo.

Un sonido como de miles de volcanes estallando a la vez se unió al terrible silbido de las corrientes de viento y sus oídos casi no fueron capaces de resistirlo. El temblor de la tierra no amainó y la luz blanca se hizo tan intensa que mirar hacia adelante requería que cubriera parcialmente su frente con las manos. Arriba, el cielo pareció abrirse en dos y una gran masa de luz y fuego crepitante se asomó hasta la mitad como una gota de agua a medio caer de la llave de un grifo. Una onda expansiva barrió con todo lo que seguía de pie, árboles, columnas, paredes; la gran estatua de Athena en la cima del Santuario se partió al medio y cayó sobre sí misma, desmoronándose en una nube de polvo y grava, y la figura de Nike en la mano derecha se hizo pedazos, al igual que el techo y el piso superior del templo principal, que fueron arrancados de sus cimientos y llevados lejos. Otra onda expansiva le siguió y el templo de Piscis y Acuario fueron los siguientes en caer, provocando que las rosas del jardín de Afrodita se perdieran entre tantos escombros volando; cientos de papeles parecieron formar un torbellino que se elevó hacia el cielo y se perdió en la inmensidad de la catástrofe. La luz pareció intensificarse todavía más antes de convertirse en una columna que bajó hacia el suelo como la trompa de un tornado de categoría cinco. Un remolino igual se levantó desde el suelo y se unió con el resplandor a medio camino, creando una especie de ojo de huracán a través del cual sólo podía adivinar formas gracias a los destellos de luz que lo atravesaban y cegaban al mundo. El viento sumado a las ondas expansivas y el terremoto que estaba despedazando la tierra hicieron que cada uno de ellos, incluyendo a la diosa que se hallaba entre Aioros y Seiya, se mantuvieran tan quietos como podían, mientras el torbellino de luz, viento y fuego se volvía cada vez más grande. Saga podía ver a través de las capas de polvo, podía adivinar con facilidad el lugar en el que había ido a parar la masa de luz, podía ver las formas tenues de lo que quedaba de Star Hill y también la diminuta figura de Milo, que se había alzado del suelo y se mantenía flotando impertérrita en medio de la tormenta, como si para ella eso significaba un nivel diferente de ser arrullada por una brisa. No había movimientos aparentes en su cuerpo y desde su distancia, Saga no podía estar seguro de si estaba viva o muerta, sus brazos estaban abiertos y extendidos, sus piernas colgaban laxas y la prenda que cubría su pecho era zarandeada con fuerza por las corrientes. Se veía como una pequeña sombra entre tanta luz, como un punto negro y fijo en su lugar pero de un momento a otro todo el polvo y los escombros levantaron una pared. Al mismo tiempo, a su lado, Shura, Mu y Aioria adoptaron la infame formación de la Exclamación de Athena, y Saga no pudo hacer nada más que horrorizarse ante el pensamiento de que esos tres pensaran atacar a Caos mientras descendía. Sus cosmos se alzaron y ellos resistieron lo mejor que pudieron en sus lugares mientras eran azotados por el viento. Y en Star Hill, la pared de escombros, rocas y polvo dejó entrever de manera parcial el momento en que la figura de Milo cambió ligeramente, pasando de ser un punto ensombrecido a una figura totalmente luminosa. De pronto, ella había suplantado al sol blanco, iluminando el cielo gracias a que la luz emergía de ella como inmensos rayos, fracturando el espacio vacío. El remolino formó a su alrededor un área impoluta, carente de cualquier cosa que pudiera ensuciar esa pureza que destilaba, pero también el fuego que abrasaba cada superficie cercana; desde el cielo una segunda figura bajó, una semejante a una mujer que caía en picada, que traía consigo más fuego y un cosmos tan grande y abrumador, que Saga sintió que deseaba postrarse y llorar por toda la eternidad. Sus compañeros se sintieron igual. Shura y Aioria, quienes estaban a los lados, cayeron sobre sus rodillas y allá, en la distancia, la figura luminosa de Milo fue invadida por la segunda, que bajó del cielo y pareció posarse sobre ella como un alma que regresa al cuerpo. Una onda expansiva diferente los arrastró a todos. Era una onda hecha de la misma luz y del mismo fuego, pero no quemó.

Antes que la pared de escombros, tierra y polvo volviera a levantarse, una armadura se materializó alrededor de Milo y se acopló a ella de manera violenta, como si en lugar de cubrirla la consumiera, y destellos ligeros de un profundo azul eléctrico se vieron alrededor de sus hombros. Ese fue también el momento exacto en que Shura y Aioria se levantaron, volviéndose a posicionar para realizar la técnica prohibida, y aunque no pudo escucharlos, vio la inmensa masa de energía inestable, la concentración de los tres cosmos que estallaron y fue catapultada hacia adelante, barriendo con los templos de Libra, Escorpio, Sagitario y Capricornio que estaban en su camino, y siguió hasta perderse detrás de la inmensa pared que se había levantado entre Caos y ellos.

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Las ondas expansivas se detuvieron en el momento exacto en que la Exclamación de Athena cruzó el muro improvisado. El viento no amainó pero de alguna manera todos ellos, Camus incluido, habían conseguido ponerse de pie. La luz era todavía extremadamente intensa y el cielo antes lila no era más que una fina bóveda de un pálido color que no se sabía si era rosa o, simplemente, sangre diluida. Sin embargo, escasos segundos pasaron hasta que un tipo de sonido atronador diferente cortó el aire, llenando el espacio por completo. Era algo parecido a un rugido pero también se sentía como una tormenta que se acercaba. Camus no había escuchado nada parecido jamás; sus huesos se estremecieron y su cuerpo cedió, yendo hacia el suelo una vez más. Una hora atrás había despertado después de su encuentro con uno de los Pilares, y descubierto que había estado inconsciente en una laguna de su propia sangre. Sin embargo, no tenía ningún tipo de dolencia o herida. Mu llegó cuando él se levantaba, advirtiéndole que el Patriarca había ordenado que todos se fueran del Santuario pero que no se alejaran mucho.

Allá arriba, en Star Hill, la nube de humo se movió, avanzando como una gran muralla empujada por miles de soldados, y una nueva amenaza reemplazó a las aplastantes ondas expansivas. Al principio, no era más que luz iluminando el camino. Pero se dio cuenta que no era solo luz, sino una terrible marejada de fuego que bajó, atravesando la muralla y barriendo con el risco en el que lo poco que quedaba del Santuario se mantenía precariamente en pie. El fuego casi blanco destruyó todo a su paso, siguiendo el camino de los templos de Virgo, Leo, Cáncer, Géminis, Tauro y finalmente Aries. La nube de polvo y escombros, fuego y explosiones menores que se sucedieron tras su paso fueron atravesados por algo distinto; alguien, más bien. A la vez que los Pilares de la Creación se materializaban en lo que quedaba del templo de Aries, la figura que atravesaba lentamente la nube de escombros se dejó ver finalmente, y algo muy dentro de Camus se rompió en pedazos al reconocerla. Los Pilares se postraron ante ella, quien emergía de la catástrofe como una especie de ángel salvador; tenía alas hechas de luz en su espalda, tan grandes que superaban por mucho su altura, y su cabello azul era largo otra vez, se ondulaba y se mecía con gracia perfecta alrededor de sus hombros y caía libre en su espalda, hasta la altura de sus caderas. Llevaba una armadura que cubría por completo su pecho, torso, hombros y cuello y dejaba expuesta sus caderas, que eran cubiertas por las faldas dobles de un vestido de color dorado claro que se abría adelante y se alborotaba como grandes y finas nubes de oro en polvo en torno a sus piernas, envueltas en parte por la armadura, que a su vez, dejaba sus pies, manos y antebrazos al descubierto. Camus no podía decidir de qué color era la armadura. Le parecía ver destellos de violeta y oro, pero también de negro y blanco, miles de filamentos de luz se arremolinaban en su superficie como estrellas danzando con el objetivo de confundirlo, las formas angulosas y suaves de los bordes eran como pequeños y finos arcoíris. En su mano izquierda llevaba su propio báculo, la piel dorada se veía aclarada por tanta exposición a la luz y aunque el gesto de su rostro le parecía el mismo, los grandes ojos de mirada intensa no tenían atisbos de turquesa o rojo, sino que eran cuencas luminosas que refulgían como fuego.

Esa era Caos, que surgía de en medio de la destrucción para crear algo nuevo, apareciendo ante ellos, mostrando su grandeza, llevando en su mano derecha el cúmulo de energía de la Exclamación de Athena.

Se precipitó hacia abajo desde su altura y cuando se posó sobre una roca en la que, al calcular la distancia entre donde estaban los Pilares y ella, se dio cuenta que era donde antes había estado ubicado el octavo templo. El fuego y la luz, la tormenta y la propia tierra se movieron con ella, siguiéndola como niños a su madre, pero se apartaron cuando ella movió su brazo derecho, convirtiendo la Exclamación de Athena en una masa de energía inestable que se estiró como una goma, y la lanzó lejos justo en el momento en que una quinta figura aparecía a varios metros frente a ella.

La Exclamación de Athena barrió con todo lo que estaba frente a Caos, incluido el dios Apolo, que desapareció entre la destrucción. La energía acumulada de los cosmos de los tres santos dorados se desperdigó por toda la tierra a la vista, destruyendo todo a su paso y perdiéndose finalmente de su vista. Y sin embargo, más allá, cerca de Caos, las cosas no habían terminado. La diosa miró hacia donde estaban por unos instantes y detrás de Camus, quien sintió que era consumido por esa mirada, sintió el cosmos de Athena titilando peligrosamente, casi como si estuviera a punto de apagarse; pero no fue capaz de quitar la mirada de ella y moverse, y solo sintió el cuerpo de la diosa de la guerra cayendo a su derecha. La deidad no volvió a moverse, pero nadie fue capaz de hacer algo al respecto además de mirar. Mu, Shura y Aioria estaban en el suelo, a medio caer. El inmenso cosmos de Caos los estaba hundiendo en la tierra. Sus alas aletearon una vez y fuego blanco y puro emergió de ellas, plumas incandescentes se unieron a la tormenta como estrellas fugaces.

Apolo volvió a presentarse frente a Caos, en medio de una columna de luz y fuego de menor tamaño que no le causó ningún tipo de impresión a la gran diosa. El dios del sol estaba hecho añicos, su cabello rojo era un desastre, la túnica blanca que lo cubría tenía agujeros y manchas de sangre en todas partes. Desde donde estaba, Camus no podía verle el rostro pero sí podía sentir su cosmos enloquecido y fuera de control, y podía oír su voz gritándole a Caos.

— ¡Disfruté ver morir a ese hombre! —decía el dios, con su voz solemne y autoritaria totalmente fuera de control—. ¡Te quité al amor de tu vida, tal como tú me quitaste a la mujer que amaba!

Camus no pudo comprender del todo a qué se refería Apolo con todo eso y una parte suya estaba seguro de que jamás encontraría una respuesta clara y convincente. Caos, por su parte, parecía ajena a la provocación del dios, como si quisiera que él perdiera completamente los estribos y se le fuera encima sin cuidado para luego asestarle un golpe mortal.

Igual que Milo hacía con sus enemigos.

— ¡Tomé mi venganza contra ti! ¡¿Por qué no vienes a matarme ahora?! —continuó el dios, gritando desesperadamente. Había dolor en su voz, pero también una increíble cantidad de odio y miedo. Su cosmos se alzó en pos de guerra y refulgió como el fuego en un bosque seco, pero cuando levantó su mano hacia Caos, el primero de los Pilares, Altair, se le fue encima, derribándolo a escasos metros de donde estaba Caos. Apolo se incorporó a medias y escupió a los pies de la diosa, que seguía en estado de aparente calma—. ¡No quieras imponer tu justicia ahora! ¡Nos culpas de cientos de calamidades pero tú nunca estuviste aquí! ¡Te sentaste en tu trono a miles de millones de años luz y holgazaneaste! ¡Eres solo una gran perra autoritaria!

Ese comentario en voz de grito fue el límite para los Pilares de la Creación, que se movieron a la vez para atacar a Apolo. Camus vio con espanto cómo Cam materializaba en sus manos una espada hecha de fuego negro y la dirigía hacia el dios a la vez que Argus blandía un báculo que despidió una enorme bola de luz que impactó en el pecho del dios y Owen utilizaba una especie de bastón de oro y plata para lanzarle rayos que lo apresaron, manteniéndolo quieto en un fragmento de tierra. Entonces fue el turno de Altair para atacar. El Pilar desenfundó una espada que brillaba tanto como la propia Caos y la alzó a la altura del cuello de Apolo. Iban a matarlo, de no ser porque la voz de Caos, la voz de Milo, se escuchó en todas partes. Su timbre hizo que todo, todo se detuviera. El temblor de la tierra, las fuertes ventiscas, el fuego, todo se detuvo.

—No lo mates todavía, aún no es el tiempo.

Altair no discutió, sino que enfundó su espada y asintió hacia ella, acatando la orden. Las amarras que mantenían quieto a Apolo se liberaron pero Caos avanzó hacia él y extendió su mano derecha. El dios maltratado pero todavía despierto se elevó en el aire unos cuantos metros, lo suficiente como para que ella pudiera aferrarlo de su cabello. Entonces, sin prestar atención a nada más, comenzó a voltearse y a andar hacia arriba como si pisara el aire. Los Pilares, en cambio, levantaron vuelo y se perdieron en la inmensidad, haciéndose completamente invisibles, aunque sus cosmos permanecieron. Sus alas hechas de luz y sin ningún tipo de ornamentos desperdigaron brillantes plumas que remolinearon a su alrededor antes de caer a la tierra. A su alrededor y a todo lo ancho y largo del mundo a la vista, cada cosa que había sido arrasada por su poder comenzó a moverse, elevándose en el aire y tomando forma. Era como si se estuviese levantando un nuevo Santuario frente a ellos. A pesar del temblor, Camus pudo levantarse, pero cuando trató de gritar el nombre de Milo, fue interrumpido por DeathMask, que en un acto totalmente inconsciente y peligroso, comenzó a gritarle a la diosa diciendo:

— ¡Hey, Milo! ¡Esa ropa se ve algo extravagante, deberías volver al dorado!

Caos, quien parecía escalar una ladera suave hacia el mismo cielo, arrastrando a Apolo —a quien sostenía en su mano derecha—, se volteó brevemente en su dirección y sus ojos llenos de luz se trabaron en DeathMask, quien pareció ser completamente paralizado por un momento. Entonces, la voz que invadía todo, la voz de Milo, se escuchó, hablándole directamente al santo de Cáncer.

—Ve al cuarto templo cuanto antes —dijo ella, antes de volverse y darles la espalda. Sus alas volvieron a repiquetear una vez, lanzando una brisa cálida a todas partes. Más plumas volaron y una aterrizó cerca de Camus, pero se desintegró en el césped maltratado antes que pudiera tomarla, sanando la tierra, haciendo que el verde del césped brillara como si fuera nuevo.

DeathMask farfulló algo incomprensible a lo que Camus no le prestó atención. Una escalera se formó hacia lo alto del cielo con los escombros que se alzaban, dirigiéndose a ese pozo del que todas las estrellas se habían drenado. Allí, una grieta se formó y pareció cortar el espacio vacío entre el cielo y la Tierra y a medida que ella subía, alejándose otra vez, el material de la escalera bajaba en forma de pequeños cristales de luz y adoptaban las formas del Santuario tal como estaba antes de su llegada. La forma de Milo, su cuerpo en el que ahora habitaba una diosa primigenia, se perdió entre los bordes de la grieta que se había formado en el cielo, y toda la luz y el color, el calor y la vida se fueron con ella.

En cuestión de segundos, todo estaba de nuevo en la total y más estremecedora oscuridad.


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Epílogo: 11/08/16