Disclaimer: Pokémon no me pertenece.

Advertencia: Puede que en este capítulo haya un leve, pero muy leve OoC, pero solo un poco, para acomodar la historia a donde yo quiero que vaya, nada que destruya la personalidad del personaje, ni que se note demasiado, a fin de cuentas.

Dedicatoria: Este capítulo va dedicado a Misty Sunflower, quien ha sido maravillosa, y que está pasando por momentos difíciles. ¡Ánimo bonita, todo irá a pedir de boca!


A pesar de sus arrepentimientos

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Misty se despertó de golpe, ansiosa, sudorosa y jadeante. Tragó pesado antes de seguir respirando hasta lograr hacerlo con normalidad. Se echó para atrás en la cama, apoyando su cabeza en la almohada nuevamente y se llevó las manos a la cara para ocultar su rostro. Sólo entonces se permitió sollozar en paz.

Ese sueño…

Ese horrible sueño otra vez, ese que parecía tan real, que la hacía gritar de noche y que no la dejaba dormir en paz. Lo había tenido durante las últimas noches y no le agradaba en lo más mínimo. ¿Qué se suponía que significaba eso en primer lugar?

Su sueño no variaba en lo absoluto, noche por noche éste era el mismo; una vez que caía a la piscina y se hundía en las profundidades de lo que parecía ser un foso sin fondo, ella decidía dejar de luchar y confiar en que todo saldría bien. Sólo entonces veía la silueta de alguien arrojarse al agua tras ella y jalarla a la superficie con inusitada facilidad. Sin embargo, cada vez que se volteaba a ver quién era su salvador, su visión se volvía borrosa y era incapaz de reconocer al sujeto frente a ella. Misty lo llamaba, desesperaba, sin respuesta.

Llevaba tanto tiempo así que ya le daba miedo dormir. Parecía como si estuviera tratando de huir de Freddy Krueger en sus propias pesadillas. Y claramente no estaba funcionando, porque por más que luchara contra el sueño, sus párpados siempre terminaban por cerrarse contra su completa voluntad, y esas horribles imágenes volvían a desfilar frente a ella sin piedad.

Y lo peor de todo era que dormir mal la estaba afectando en su vida diaria. Se sentía demasiado cansada como para asear completamente la arena. Sus hermanas la habían sorprendido media dormida en las situaciones más inverosímiles, como apoyada sobre el mango de la escoba mientras barría o sobre el escritorio, o a veces mientras charlaban con ella durante el almuerzo.

Daba gracias a Arceus porque no hubiese demasiados retadores esa semana, pero de seguir así, iban a tener que reemplazarla por un tiempo o suspender las actividades del gimnasio de manera temporal.

Había llegado al punto de agarrarle cierta aversión a la piscina. Ya casi ni se acercaba. Se limitaba a pasearse a varios metros del borde de ésta, precaviendo caer en ella y revivir las imágenes de su sueño.

Por lo mismo, su celular se mantuvo apagado desde la primera noche en que tuvo ese sueño. Así por lo menos no tendría que vivir con el remordimiento de ignorarlas. Aunque si lo pensaba bien, eso no detendría a Ash de visitarla en el gimnasio o de llamar por el video teléfono si así él lo deseaba. En ese caso, sólo le quedaba confiar en que sus hermanas sabrían qué hacer.

Sin embargo, esa noche despertó de madrugada, la claridad del cielo le indicaba que ya pronto amanecería por completo, por lo que le pareció inútil tratar de dormir otra vez si dentro de poco tendría que levantarse de nuevo. No le daría tiempo ni de conciliar el sueño antes de que la hora le obligara a comenzar el día. Se levantó, resignada. Pateó las sábanas lejos de ella y se deslizó fuera de la cama.

Quizás si salía a dar una vuelta, ella podría despertar adecuadamente con el frescor de la mañana. Sí, de todos modos aún era demasiado temprano para comenzar el día. Si daba un paseo lo suficientemente lago, lo más probable era que estuviera de vuelta en casa a tiempo para desayunar con sus hermanas y comenzar con sus obligaciones.

Se asomó por la ventana de su habitación sólo para cerciorarse de que la lluvia de la noche anterior hubiera amainado para convertirse en una ligera llovizna matutina. Se armó de unas botas gruesas para protegerse del frío de la madrugada y del suelo enlodado que rodeaba la entrada de su casa.

Sólo cuando se disponía a salir a hurtadillas, se detuvo a ver una chaqueta de tela gruesa colgada en el perchero junto a la puerta. La miró por un largo minuto, y luego la sonrió resignada antes de volver sobre sus pasos y cogerla.

Le quedaba grande y seguía siendo tan suave como el primer día. Tuvo que doblar las mangas para poder usarla con comodidad, y le llegaba por debajo de las caderas. Pero ciertamente era lo suficientemente gruesa como para evitar que la llovizna y el frío la afectaran. Se guardó las manos en los bolsillos, haciendo que se le abultaran las mangas, y salió de casa.

Afuera hacía frío y la llovizna únicamente servía para esponjarle el cabello y mojarle los hombros, pero llevaba tanto rato caminando que ya no sentía el frío del ambiente. Sin embargo, a ella le importaba más bien poco cuánto frío hiciera o qué tanto estuviera lloviendo o por dónde hubiese andado en su caminata. El sol ya había salido en su totalidad y de seguro sus hermanas estarían preocupadas por ella. Había dejado su teléfono sobre su cama, después de todo. Si algo sucedía en casa, no habría cómo encontrarla. Claro, eso poniéndose en el caso de que su teléfono móvil no llevara una semana entera apagado. Con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, caminó de vuelta a casa sin preocuparse de si pasaba por sobre los charcos de agua que se habían formado en el suelo, producto de la lluvia de esa noche.

Únicamente levantó la cabeza en un acto instintivo cuando se vio a pocos metros de la puerta de su casa y vio de soslayo la figura de alguien apoyado sobre la cerca blanca que rodeaba su antejardín. Lo miró de frente cuando éste se enderezó y se colocó ante ella en una expresión suave, como si se estuviera disculpando por el simple hecho de estar ahí.

Ella separó los labios, sorprendida.

—Gary−lo llamó ella, bajito.

—Hola, Misty—saludó él con precaución—, esa chaqueta te sienta bien.

Ella se le quedó mirando. Ambos se quedaron bajo la llovizna que ya pronto se detendría por completo, mirándose fijamente el uno al otro sin saber exactamente qué era lo próximo que deberían hacer. Gary también la miraba, pero con una expresión que dejaba relucir emociones confusas, casi arrepentido, como si para él estar ahí significara caminar por sí mismo al matadero.

—Aquí tienes−le dijo mientras le ofrecía una taza de café humeante al chico que aguardaba en el sofá de Daisy había dispuesto en la sala de su casa.

Cuando entró, sus hermanas no estaban. Lo más seguro es que hubiesen ido a desayunar a algún lugar al no verla por ahí. Típico de ellas. Pero por esta ocasión, lo agradecía desde lo profundo de su estómago; no habría sabido qué hacer si ellas hubieran estado ahí cuando Gary entrara con ella por esa puerta, y aunque estaba dispuesta a que eso fuera exactamente lo que ocurriría cuando le invitó a entrar, no podía dejar de admitir que así era mucho más fácil para ella.

—Te lo agradezco−le dijo con una sonrisa suave.

—Iré ver si tengo unas toallas para que puedas secarte−anunció.

Él asintió y ninguno de los dos pudo evitar recordar que fue en día lluvioso como ése, que Gary llegó por primera vez (en años) al gimnasio Celeste por encargo de su abuelo. De eso hace algunos meses atrás.

Se habían desprendido de sus abrigos y los habían colgado detrás de la puerta de entrada donde se secarían mientras estuvieran dentro. Misty buscaba algo en un armario que estaba ubicado a un extremo de la sala. Gary la vio estirarse para alcanzar algo que estaba muy alto para ella, que se paraba de puntitas y alzaba los brazos, y que el borde de su blusa dejaba ver una parte de la piel de su cintura.

Tuvo que respirar profundo para evitar sonrojarse aunque fuera levemente. Se levantó de su asiento en el sofá, dejando su taza de café sobra la mesa de centro. Misty sintió un par de gotas que cayeron sobre sus hombros, que cayeron desde el cabello castaño del chico. Sintió también la presión de su espalda ancha sobre la suya propia y unos brazos largos que se alzaban sobre los de ella y alcanzaban las toallas guardadas en el último compartimento del armario.

La pelirroja lo miró sobre su hombro, perdiéndose en sus ojos verdes, mientras que él intentaba controlar su respiración.

—L-lo siento− dijo de pronto, apartándose de ella e intentando ocultar un violento rubor que lo invadió hasta las orejas. Volvió hasta el sofá y se sentó ahí con la taza entre sus manos.

Misty tomó las toallas entre sus brazos, girándose a ver al chico desde su sitio, confusa. ¿Qué era esa sensación? Gary le causaba una sensación que no sabía exactamente cómo llamar. Pero sí sabía que era completamente distinta a la que Ash le producía.

Se acercó a él con calma y le ofreció una de las toallas que tenía entre los brazos. Él se la colocó sobre la cabeza y el cuello, secándose el cabello.

Ella se sentó a su lado con su propia taza de café para calentarse las manos y se soltó el cabello para que se le secara con mayor facilidad. Tenía la mirada perdida en el líquido oscuro y humeante, viendo las figuras que el vapor formaba en el aire. Ojeó a Gary sentado junto a ella, que estaba encogido sobre sí mismo en una actitud precavida, como si quisiera cuidar cada paso, cada palabra, cada parpadeo y evitar cualquier error.

De pronto lo vio, como si hubiese aparecido frente a sus ojos de un momento a otro. Se volteó hacia él con rapidez, dejando la taza en la mesa de centro y él se sorprendió cuando ella posó sus manos sobre su cara.

—¿Qué te sucedió?−ahí, en medio de su rostro, enormemente llamativo de pronto, una marca de color rosa en su pómulo izquierdo. Huella incuestionable de un golpe—. ¿Eso es un puñetazo?

—N-no es nada—negó él, tratando de quitar las manos de Misty de su rostro y ocultarlo en la suya propia—; fue un…error.

—Eso no es verdad—porfió ella, desafiante—: Te has peleado. ¿Con quién…?

En ese momento Gary la miró con tristeza, casi arrepentido, como si hubiese fallado en su propósito de ocultarlo. Ella le devolvió la mirada, intentando descifrar la suya. Casi en un acto de telepatía, la chica entendió a lo que se refería.

—Ash−concluyó. Él bajó la cabeza, asintiendo— ¿por qué él…? Él nunca…

—Fue a buscarte el día que te fuiste —comenzó a explicar el chico—. No se lo tomó muy bien cuando le dije que te habías molestado conmigo—sonrió con pesar bajo la mirada atenta de la pelirroja—. En su defensa, de haber sido yo el que se hubiese enterado de eso, no me habría bastado con un solo puñetazo, claro que él no sabía toda la historia. Pero el pequeño Ash tiene un gancho duro, quién lo hubiese dicho.

Ambos guardaron silencio por lo que parecieron minutos eternos, cuando en realidad fueron tan solo segundos, sin saber exactamente qué decir. Sólo entonces Gary se volvió hacia ella, tal como Misty había hecho antes. La miró a los ojos, esos ojos de color fascinante que estaban entre el azul y el verde.

A ella le faltó la respiración.

—Misty, sobre lo que ocurrió… yo… lo lamento tanto —su rostro dejaba claro que estaba hablando con suavidad.

Misty sintió que no podía respirar con normalidad. Había estado esperando fervientemente a que ese tema no se tocara, pero al mismo tiempo, en secreto, albergaba cierta esperanza de que Gary sí lo mencionara. Habían pasado días en que ella sólo se dedicó a pensar en eso, en Gary, en lo ocurrido esa noche de celebración. Días en que ella estuvo preocupada por la desaparición del joven investigador, del registro de llamadas de su teléfono, sin saber qué hacer.

Y de pronto, él aparecía y le recordaba el tema que la había hecho sentir miserable sin tener ninguna responsabilidad en ello. Misty pensó que cuando llegara el momento de volver a verlo y hablar de lo ocurrido sobre la cama blanca del chico, ella podría estar lo suficientemente enfadada como para sacarle en cara su actitud, sus acciones y su poco interés en buscarla hasta ahora. Pero ahí estaba, mirándolo fijamente, aguardando a que hablase y esperando que tuviera una excusa lo suficientemente buena como para perdonarlo y olvidarlo todo.

Pero se mantuvo en silencio.

—Lamento tanto lo que sucedió; yo nunca quise que me vieras así en ese estado. No debí haberte hecho pasar por eso.

—¿Entonces por qué lo hiciste?−preguntó ella, ansiosa de saber.

—Porque dentro de mí, Misty−se llevó una mano al pecho, para indicar un punto al lado izquierdo de éste—, sentía una enorme ola de emociones que no supe controlar. Mi cabeza decía que no era correcto que yo me acercara tanto a ti, pero mi corazón se empeñaba en mantenerme a tu lado. Y cuando te vi con Ash, creo que… colapsé. Y no fui capaz de guardar mis sentimientos un segundo más.

Llegados a ese punto, Misty pensó que se desmayaría.

—Te juro, Misty, que de haber podido hacerlo de otro modo, créeme que lo hubiese hecho.

Vio el rostro de Gary acercarse a ella y cogerle las manos con suavidad, acariciándole el dorso de las manos con sus pulgares.

—Lamento lo que sucedió, enserio, pero créeme cuando te digo que no retiraré lo que dije: te quiero−hizo una pausa en la que a ella le pareció perderse en sus ojos penetrantes y firmes de quien estaba frente a ella.

La escena se había transformado en una dolorosa confesión. La tensión que se formó en el ambiente era de cortarse con un cuchillo. Y a ambos les pareció que por un ligero instante, mientras duraba esa mágica tensión, aguantaban el aliento por miedo a romperla. Pero eso no podía durar para siempre. Entonces él decidió hablar.

—Pero no te forzaré a nada que no quieras hacer−dijo, como ya había hecho ya repetidas veces, con cierta resignación en su voz que a la chica le rompió el corazón, y soltando sus manos y dejándola confusa sobre el sofá—, no sería la primera vez que Ash Ketchum me gana —había cierta amargura en su mensaje.

Sabía perfectamente que no podía culpar a Ash por sentirse de esa manera. No en balde se habían declarado rivales desde que eran tan sólo unos críos que jugaban por el campo. Por mucho tiempo, sus metas y sus deseos habían sido los mismos, lo que los había llevado constantemente a pelear entre ellos por ver quién sería el que los cumpliría primero.

Por supuesto, Ash había ganado algunas veces, comenzando por aquella vez que disputaron esa vieja pokébola en el río. A Gary Oak nunca le había gustado perder, mucho menos empatar; es por eso que cuando cada uno se vio con la mitad de ese pequeño artilugio, él decidió que prefería considerarlo una derrota. Teniendo eso en cuenta, no era nada extraño que se volvieran rivales a lo largo de sus vidas, ni que pelearan por cada pequeña diferencia que tuvieran, ni que disputaran cada premio que hubiera frente a ellos.

No fue hasta que el nieto del profesor Oak decidió seguir sus propios pasos en la investigación, que sus caminos dejaron de encontrarse en cada nuevo desafío. Pero claro, los tiempos de paz dejaron de ser así cuando ambos, viéndose convertidos en hombres, decidieron poner sus ojos sobre la misma chica, la misma que a pesar de todo lo que hubo de acontecer entre medio, ninguno se daría el lujo de perder sin dar la pelea.

¿Y si no quería perderla, por qué se sentía como si se estuviera dando por vencido? Como si se estuviera rindiendo sin pelear en la única batalla contra su rival que daba la pena librar. A pesar de haber jurado nunca darse por vencido en el camino que eligiera –aunque este camino no fuera el de Maestro Pokémon-, él ahora estaba arrojando la toalla. Y eso lo frustraba y avergonzaba de sobremanera.

Apretó los nudillos mientras se enfundaba en su abrigo ya casi seco y salía por la puerta de la casa, no sin antes dirigirle a Misty, quien aún figuraba sentada sobre el sofá, perpleja, una última sonrisa melancólica.

—Adiós, Misty−le dijo a media voz, despidiéndose quizás hasta cuándo.

Sólo cuando sintió el sonido de la puerta al cerrar, ella reaccionó. Se levantó de su asiento, presurosa, con ganas de alcanzarlo en una persecución sin sentido. Inútil porque por más que corriera tras él, Misty no le daría alcance, porque tampoco sabía si debía ir tras él.

Porque había recibido otra declaración a la que no tenía la más mínima idea de cómo responder. Porque eso la hacía sentir miserable. Y porque no sabía qué hacer con el caos que se había formado en su mente, fue que se lanzó a llorar como si fuera una niña pequeña en busca de consuelo. Se sentía perdida, extraviada y sin rumbo, y sin nada que le indicara dónde estaba el camino correcto.

¿Qué es lo que se suponía que debía hacer a partir de ese momento? No podía pretender que nada había sucedido, Ash esperaba una respuesta; Gary, en cambio, no lo esperaba en absoluto. Se había declarado sin esperanzas de ser correspondido. Pero aun así deseaba poder tener algo que decirle, alguna respuesta que darle. Pero no. No tenía nada, nada en absoluto.

Y por eso lloraba entre los cojines del sofá. La noche había caído sin que se diera cuenta siquiera, y ella aún sentía deseos de permanecer acostada ahí para siempre.

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Revisado: Miércoles 29 de junio de 2017