Change(2)
Viaja casi a diario en autobús hacia Fimpe para visitar a Jeanne. Dado que hace menos de un mes que ha llegado a Fudo y no conoce a nadie, suele ir a casa de su amiga por la tarde. Toma el mismo autobús a la misma hora, en la misma parada, todas las tardes que viaja a visitarla. Y fue allí, en el autobús, donde encuentra al primero de ellos.
Es un martes, a principios de agosto. Se había subido en la única parada de Fudo y se había sentado en su sitio de siempre, en la fila de la derecha, justo en el asiento que quedaba detrás de la puerta trasera, a mitades del vehículo. Aquel día, como solía ocurrir, el autobús estaba casi vacío. Llevaba menos de dos semanas con aquella rutina, pero ya reconocía algunos rostros y, aparentemente, también algunos de éstos le reconocían. Un señor de pelo y barba canosos y largos, que llevaba anteojos redodondos y pequeños y que siempre se sentaba en los primeros asientos le saludó al pasar a su lado.
El autobús se detiene en la parada de Furyoku; Furyoku es una especie de barrio minúsculo, constituído por siete carreteras de este a oeste y tres de norte a sur, tanjentes entre sí. Queda a menos de diez minutos a pie desde Fudo, y lo mismo desde Funbari. Es una ramificación rectangular de edificios, incluyendo un instituto, rodeado de terrenos de tierra por todos lados, menos por la derecha, que es el único camino que da salida a una carretera y es, precisamente, por la cual pasaba el autobús. También hay una única parada allí y, en cuanto el chófer abrie la puerta, sube un hombre con una niña en brazos; pagó y se sentaron en uno de los primeros sitios.
Entonces, tras ellos, aparece Horo-Horo. Es alto (al menos bastante más alto que él), relativamente delgado y de piel blanca, que resalta su pelo celeste -en punta, desordenado y sujeto por un trozo de tela negra- y sus ojos oscuros que parecen ocuparle la mitad de la cara. Lyserg se lo queda mirando mientras él le sonríe al chófer, traba una corta conversación con él y comienza a caminar por el pasillo. Lleva una camiseta de color negro muy desgastada y de un par de tallas de más y unas bermudas de tela vaquera y una mochila negra. Horo-Horo le mira también, le dedica una sorisa torpe que le resulta sorprendentemente tierna (sorprendente porque se trataba de un chico que le saca una cabeza y que tiene pinta de delincuente juvenil) y que hace que parezca que sus ojos empequeñecen y que ahora la mitad de su cara es ocupada por la sonrisa. 'Hola'.
Lyserg corresponde, a la sonrisa y al saludo, viéndole tomar asiento dos sitios por delante, en la fila contraria. El autobús se pone en marcha, el chico apoya un pie en el soporte de la ventana, se coloca los auriculares que colgaban sobre su pecho y mira por la ventana durante todo el viaje, alternando de lado de vez en cuando. Pasa media hora, el chico se estira hasta tocar el timbre cuando se encuentran en la primera parada de Fimpe, a las afueras, abre el bolsillo de su mochila para sacar un cigarrillo y colocárselo en la oreja. El autobús se detiene, Horo-Horo se levanta y le mira al sentirse nuevamente observado; parece hacerle gracia, vuelve a sonreír y 'adiós' pasando por delante de él. Lyserg vuelve a corresponder, a la sonrisa y a la despedida, viéndole encenderse el cigarro nada más poner ambos pies en el suelo.
Y aquello se vuelve algo así como una rutina durante las dos semanas siguientes: le ve al menos cuatro veces por semana (a veces muchas más, si coinciden también en el viaje de vuelta); Horo siempre se sube y baja en la parada de Furyoku o en alguna de Funbari, y siempre se sube y baja en la primera de Fimpe. El de pelo celeste le sonríe y 'hola' al subirse, se sienta en distintos sitios siempre, y le sonríe y 'adiós' al bajarse. Y a base de observación Lyserg descubre que el chico se lleva especialmente bien con uno de los conductores (que es barrigón, de brazos anchos y peludos, y lleva el pelo marrón atado a una cola baja, barbita de tres días y gafas de sol), que duerme de vez en cuando acurrucándose contra la ventana o subiendo las piernas al asiento contiguo al suyo, que suele reírse solo, que sus expresiones faciales son amplias y transparentes y que, aparte de cigarrillos, siempre lleva galletas y una botella de litro y medio de agua en la mochila.
Lyserg no está seguro de por qué le mira tanto siempre, pero le causa mucha curiosidad. Su aspecto es llamativo, obviamente: el cabello celeste en punta y la nuca rapada de color negro (y la división entre ambos por el trozo de tela negra que le rodea la cabeza), las camisetas anchas y manchadas o de ilustraciones poco clásicas, la mochila negra de tres bolsillos, las bermudas de tela vaquera desgastada y las botas negras. Pero ya ha visto a otra gente con estilos poco convencionales a lo largo de su vida, y cree que lo más llamativo es su actitud abierta y simpática (tierna y enorme sonrisa torpe incluida). Le cae bien, así, de lejos, de hola y adiós.
El jueves de la segunda semana le encuentra antes de lo esperado; está de pie en la parada de Fudo, hablando por teléfono, algo apartado del banco donde hay otros transeúntes también a la espera. No colgó hasta pasados unos cuantos minutos, cuando el autobús se detiene allí delante. A pesar de que había seis personas allí, tan sólo ellos dos esperaban a tomar aquel autobús; Lyserg emprende el camino hacia la entrada del vehículo, con el dinero en la mano, y se coloca detrás de él para pagar.
-... a no ser que sea fuera. Entonces, ¿a qué hora acabas hoy?-le pregunta al chófer de coleta mientras le entregaba unas monedas.
-A las nueve, nueve y algo, ya sabes cómo va esto.
-¿Te toca la misma ruta todo el día? Porque a lo mejor nos vemos; bajaré con el Choco sobre las ocho, aún no hemos acabado de arreglar el coche que rescatamos del desguace...
Lyserg les había visto conversar animadamente cada vez que se cruzaban, pero le sorprende un tanto ver el trato familiar que se dan. Es la primera vez que oye hablar tanto rato al chico de pelo celeste y desde tan cerca puede ver que gesticula mucho al expresarse. Clava sus ojos negros en Lyserg.
-Oh... lo siento, no te había visto.
-Hola.-Es lo único que se le ocurre decir (no sabe si por el protocolo que mantienen de hola-hola-adiós-adiós o porque el chico le sonríe, como siempre) haciéndole sentirse un bobo.
-Hola-responde él, sin dejar de sonreír, confortándole un poco por su actitud. Vuelve a hablar con el conductor mientras Lyserg indica su dirección y paga-. ¿A qué hora vas a ir por Tokagero? ¿Diez y media, once?
-Supongo-contesta el hombre, tras entregarle el cambio a Lyserg, ponendo en marcha el vehículo-, aunque no sé si hoy me pasaré; estoy bastante hecho polvo con toda...
Lyserg pierde el hilo de la conversación según avanza por el pasillo y llega a su asiento, dado el traqueteo del vehículo y el constante vibrar del motor. Cuando el autobús se detiene en Furyoku, el chico camina hacia un asiento de la fila contraria poco apartado de Lyserg, le mira, vuelve a sonreír y se sienta. Este día lleva una camiseta de azul marino con pequeños agujeros dispersos por la zona del abdomen y con un dibujo de Mafalda delante de una enfermera (Manolito, Felipe, Guille y Susanita en fila detrás de ella, todos señalándose el brazo 'VENIMOS POR LA VACUNA CONTRA EL DESPOTISMO, POR FAVOR'. Y a Lyserg el chico cada vez le caía mejor) en medio. Se acomoda en la posición de siempre, se coloca los auriculares y mira por el cristal, cambiando de ventana de vez en cuando.
Cuando están en la primera parada de Funbari (que en realidad es una parada de La Aldea Apache, pero como está a menos de doscientos metros el barrio y es a las afueras de la comunidad y no dentro, es más o menos lo mismo), Horo-Horo se levanta y toca el timbre para bajarse. Tanto el conductor como Lyserg le miran sin entender, a sabiendas de que esa no es su parada, pero el hombre se limita a abrir la puerta trasera al tiempo que la delantera, para luego atender a la hilera de personas que esperaban el autobús. El chico se apoya en los bordes de la puerta, sacando la cabeza.
-¡Reeeeeeeen!
Lyserg mira en la dirección en la que él lo hace, encontrando a dos chicos a unos cincuenta metros. Ambos están de pie, y el de menor altura (que no lo parece tanto por el peinado que lleva) gira la cabeza cuarenta y cinco grados un momento, luego intercambian un par de palabras el uno con el otro y se dan la mano durante unos segundos más de lo estipulado. Ambos se meten las manos en los bolsillos al separarse, comenzando a caminar en direcciones diferentes; Ren hacia el autobús y el otro chico hacia el interior de la Aldea, en dirección contraria. Ren tiene el pelo violeta oscuro en un único pincho y un flequillo liso que le cubre la frente y va fumando un cigarrillo, con una camiseta holgada pasada por lejía, una camisa a cuadros atada a la cintura, pantalones vaqueros con la zona de las rodillas abiertas, Converse de imitación de tela negra (y marrón, dependiedo del lugar) muy maltratadas y un bolso de tela verde oscuro con una docena de retales colgado a un hombro.
-¿Vas a ver a Chocolove?-pregunta, una vez está delante de la puerta. Da una última calada, tira y pisa la colilla.
-Sep.
-¿A qué hora vuelves?
-Sobre las ocho. Tengo que pasarme a ver a Allen antes de ir a Tokage.
Ren se lo piensa un momento.
-Voy contigo-decide, entregándole su bolso.
-¿Tienes dinero?
-Aquí el muerto de hambre eres tú, ¿recuerdas?-contesta, con una sonrisa un tanto cruel.
-Disculpe, señorito burgués.
-Sabes que no-sonríe, sacando del bolsillo el billete fruto del intercambio con el chico de antes, caminando luego hacia la puerta delantera.
Lyserg ve a Horo-Horo murmurar 'sabes que sí' mientras pone los ojos en blanco antes de volver a sentarse en su sitio. Observa a la gente que va entrando y tomando asiento; Ren es el último y, del mismo modo que Horo-Horo, conversa un momento con el chófer mientras éste pone el vehículo en marcha, antes de acercarse por el pasillo. Lyserg no se había atrevido a mirarle mientras hablaba con el de pelo celeste, pues habría necesitado inclinarse hacia delante en su asiento y habría sido absurdamente obvio que estaba cotilleando, pero según camina por el pasillo se fija en que es guapo, realmente guapo; Ren le mira un segundo, sin mayor interés, los ojos grandes y claros, la nariz angulosa y puntiaguda, los labios finos y rosados. Es muy delgado y, a pesar de que debe de medir unas cinco pulgadas más que Lyserg, esto le da aspecto de largirucho; pero, al contrario de lo que suele ocurrir, no tiene el aspecto enfermizo de quien no compesa su altura con su peso, sino al contrario: la delgadez de sus mejillas realza sus pómulos alargados y sus manos huesudas y de largos dedos resultan hasta bonitas.
Horo se pone en pie para dejarle el sitio de la ventana y luego se sienta a su lado.
-¿Dónde te has subido?-inquiere Ren, mirándole.
-En Fudo-el otro saca la botella de agua de su mochila.
-¿Y eso?
-He pasado a ver a Allen. Pero su madre me ha dicho que estaba con Yoh y Manta y que volvía más tarde-bebe dos largos tragos-. ¿Quieres?
Ren acepta, bebe y guarda la botella en la mochila.
-¿Y qué con Allen?-vuelve a preguntar, colocando el bolso a sus pies.
-Necesito bandas nuevas-Horo-Horo finge una sonrisa-, porque cierta personita que los dos sabemos se dedica a esconder o romper las q-
-Cierta personita y tú os ahorrarías las molestias si te resignases y dejases de usarlas-le interrumpe Ren, sonriendo divertido-. Y es muy presuntuoso pensar que se dedica a-
-¡Es que te dedicas a ello en cuerpo y alma!-chilló Horo-Horo, con voz aguda- Además, sabes que me molesta el pelo e-
Lyserg les escucha discutir mientras finge observar el paisaje, interrumpiéndose el uno al otro antes de dejarse acabar dos oraciones seguidas durante más de cinco minutos, sin moverse del tema en cuestión. Según puede observar hay dos o tres personas más interesadas en la actitud de los chicos; ellos dos, a pesar de que probablemente se han dado cuenta, no le dan mayor importancia y no dejan de discutir hasta que uno de los dos (Lyserg había perdido un poco el interés a esas alturas) acaba una oración que molesta al otro (o a ambos, pues los dos se cruzan de brazos, guardan silencio y deciden mirar en direcciones opuestas).
Tras largo rato, Ren (y Lyserg deduce quién había molestado a quién) suelta un suspiro, hurga en su bolso y saca una chocolatina con almendras algo aplastada.
-¿Quieres?
Horo-Horo mira la chocolatina, luego la cara de Ren y la chocolatina otra vez. Asiente dos veces, aceptando el dulce pero manteniendo cara de seriedad. Tras dar un bocado, habla:
-¿Quieres?
-Es para ti-niega Ren, mirando por la ventana.
Tras acabarse el dulce, Horo frunce los labios y, tras unos segundos de silencio, se gira hacia Ren.
-Gracias.
-Ya.
-... ¿Has visto que Billy ha cambiado de gafas?
Ren sonríe un poco, mirándole también.
-No, no me he fijado.
-... Yo creo que le quedan mejor estas-opina, mirando por el retrovisor la cara del chófer.
-Dice que hoy a lo mejor no va a Tokagero.
-Ya, me ha dicho que-
-Toca el timbre-indica el de menor estatura, y Horo obedece.
-Dice que últimamente ha estado muy liado con las reformas que está haciendo en su casa- continúa explicando, sacando dos cigarrillos del bolsillo inferior de la mochila y dándole uno a Ren-. ¿Tú sabías que tiene casa? Porque yo le conozco desde hace media vida y siempre he pensado que vive en su furgoneta.
Ren vuelve a sonreír, dictaminan que lo más probable es que Billy se pase por Tokagero de todos modos y el autobús se detiene. Recogen sus cosas mientras otras dos personas bajan y ellos se encaminan a la puerta trasera. Ren le hace un gesto a Billy de que le llamará más tarde, Horo-Horo sonríe a Lyserg:
-Adiós-se despide, comenzando a bajar las escaleras.
-Adiós.
El otro chico, Ren, detiene la mirada en él por segunda vez; está muy serio y pestañea una vez, mirándole, (y Lyserg no sabe cómo tomárselo pero se le ocurre que tiene mal carácter) y luego sigue al otro.
Les ve encenderse los cigarros y echar a caminar hacia el terreno de tierra que hay al sur, antes de entrar a Fimpei.
Dos días después Lyserg se lleva una sorpresa al llegar a casa de Jeanne.
Las tardes con ella son todas más o menos iguales, lo cual no quiere decir desagradables. Suele pasar a recogerla por su casa, dan un paseo de un par de horas y luego vuelven. Cuando salen caminan por Fimpe, deteniéndose en sus lugares favoritos. Fimpe es bastante más grande que Funbari, a pesar de que queda a media hora en autobús, y el ambiente es completamente diferente, tanto el interno como el externo.
Lyserg no se había tomado tanto tiempo en recorrer Funbari como lo había hecho con Fimpe, en gran parte porque este último le causaba mucha más seguridad que Funbari, con sus callejones sin salida, sus calles oscuras y sucias. Fimpe, al contrario, es algo así como la metrópolis dentro de la zona sur; hay muchos negocios, edificios muy altos, turistas todo el año, hoteles prominentes, una playa de arena blanca y un puerto, gente yendo y viniendo a todas horas. Para Lyserg, que ha vivido en Londres toda su vida, aquello es como el campo; pero no puede negar que hay mucho más movimiento que en Fudo, por ejemplo, el barrio donde él vive (que tiene incluso menores dimensiones y población que Funbari), donde hay dos tristes y diminutos parques -uno infantil y otro para pasear (a los perros) lleno de bancos-, y todo lo demás son bloques de viviendas, una al lado de otra, dejando espacio entre sí sólo cuando hay una carretera de por medio. A Morphin le gusta porque dice que es tranquilo, y tanto que lo es: la primera semana Lyserg creyó volverse loco de tanto silencio que había. Aunque cuando vio el instituto Flowers allí, en Fudo, tuvo la esperanza de que durante el curso escolar la gente se pusiese a hacer un poco de escándalo por la calle y que aquel mutismo se debiese a que era verano y -como bien le había dicho Morphin, aquella era la zona más aburguesada (dentro de la zona sur sur, que la conformaban Funbari, Furyoku, Fudo, la Aldea Apache y el Triángulo Maricahi)- que la gente se encontrase viajando por las vacaciones.
En cuanto a Fimpe, uno de los factores que la hacían tan atractiva es que limitaba con la otra ''metrópoli'' de la zona: Fruta, la cual era tres cuartos de lo mismo sólo que más extensa, y por consiguiente con más negocios, más hoteles, más turistas, etc.
Desde el primer día, Jeanne se había propuesto ser su guía turística, de modo que durante la primera semana se dedicaron a recorrer Fimpe de arriba a abajo y de lado a lado; tras ello, recurrían a los sitios que más les gustaba a cada uno.
De modo que eso es lo que espera Lyserg cuando pasa a recogerla. Jeanne vive en el ático de un imponente edificio, y, tras subir por el ascensor y llamar a su puerta, ella misma le recibe.
Va mucho más arreglada de lo que la ha visto nunca; lleva una musculosa roja con brillantes y unos pantalones cortos de tela vaquera y unas sandalias con tacón bajo, cosa que no termina de extrañarle; Jeanne se cuida mucho en cuanto a la vestimenta, la estética y las apariencias. Lo raro es de cuello para arriba; se había atusado el cabello, de modo que los bucles que lo conforman parecen más grandes de lo habitual y esté mucho más maquillada que generalmente, con un lapiz labial rojo que hace que sus labios parezcan el doble de grandes. A pesar de todo esto, no da la impresión de ir recargada. Está muy guapa.
-Me halaga que te hayas tomado tantas molestias en recibirme.
Jeanne se ríe. Lo hace mucho, eso de reírse; pero Lyserg se ha dado cuenta de que siempre es la misma risa (cortés, aprendida, prefabricada) y que realmente nunca la ha escuchado reírse de verdad. Y eso le entristece un tanto.
Jeanne le explica que sus amigos han vuelto de las vacaciones y que han quedado para irse de pícnic. Lyserg se siente un poco fuera de lugar, incluso cuando ella le invita a unirse. A pesar de que es una buena oportunidad para expandir su círculo de amistades más allá de Jeanne (y esto no termina de encajar, dado que el círculo no va a variar mucho ya que los amigos son de Jeanne), le incomoda un poco que no le haya dicho nada antes. Acepta de todos modos.
El merendero donde hacen el pícnic está situado en la playa; está a unos metros por debajo del nivel del suelo, de modo que el muro de piedra que separa el sitio de la calle mide como metro y medio. El suelo es de tierra, las mesas de madera, hay media docena de árboles cuyas ramas cuentan con la suficiente espesura de hojas como para dar sombra y está rodeado de altos arbustos que lo separan del resto de la playa. Si le preguntan a Lyserg, es un sitio bonito.
Cuando se ecuentran con lxs amigxs de Jeanne, hay abrazos, besos, saltitos y exclamaciones. A Lyserg le alegra comprobar que todos son simpáticxs, aunque un poco como cortadxs por el mismo patrón.
Lyserg, tras unos instantes siguiendo este hilo: Jeanne no es una tonta del bote, exactamente. Se conocen de la infancia y, dadas las pocas habilidades para sociabilizar de Lyserg y los disgustos que se ha llevado cuando se ha arriesgado, es de las pocas personas con las que mantiene relación. Jeanne se había mudado de Inglaterra con once años y desde entonces la relación había decaído un poco, pero siempre se han mantenido en contacto.
Cuando le dijo que se mudaba a Fudo, ella le montó una fiesta por teléfono. Cuando Lyserg llegó, la fiesta no era para tanto.
No es que le caiga mal, al contrario; puede ver que es divertida y graciosa. Pero a su manera. Y en realidad, cuando Lyserg lo piensa, la realidad es al revés, porque la manera de Jeanne es la socialmente más aceptada, y entonces no sabe si el problema es él, que es un muermo por no saber divertirse, o si es él, que es un muermo por no saber divertirse como los demás.
Cuando se reencuentran después de cinco años, Jeanne no es para nada Jeanne. Ha cambiado de pies a cabeza, y no sólo físicamente. Es más callada, más quieta y siempre tiene la misma sonrisa, amable y correcta y a veces algo condescendiente. A Lyserg le duele un poco pensar que es por el hecho de que realmente no se conocen; a pesar de que han hablado durante todos estos años, han estado separados en una etapa importante del crecimiento, donde muchas cosas cambian, llevando vidas muy distintas. Sabe que Jeanne no es realmente como le demuestra ser, y está seguro de que en el fondo no ha cambiado tanto. Aunque, todo sea dicho, se había dado cuenta de que es una niñita mimada el primer día, y al poco tiempo se encontró pensando que también es bastante manipuladora. Como iba diciendo, no es exactamente tonta del bote; es realmente inteligente. El problema es que Lyserg llega a pensar que un poco estúpida sí que es, mostrando interés por cosas de todo menos interesante y sólo explotando su ingenio cuando algo que quería se le resistía. Y lo que más le molesta, cree, es que se huele que las cosas que Jeanne asegura que le interesan sólo le interesan porque es lo que se supone que debe interesarle, porque es lo que le interesa a todo el mundo. Como últimamente, que parece muy preocupada en cómo va a conseguir que un chico que le gusta desde hace tiempo le corresponda.
Lyserg no tardó en darse cuenta de que son prácticamente polos opuestos: donde él intenta pasar desapercibido, Jeanne busca ser el centro de atención (cosa que es, según pudo ver, en su grupo de amigos); donde él es introvertido, Jeanne conoce a un montón de gente; donde él coge lo primero que ve de su armario, Jeanne siempre se preocupa de ir bien vestida y maquillada; donde él suele sentirse fuera de lugar, Jeanne siempre parece saber cómo y cuándo decir qué. Y, siendo sinceros, no esperaba que las cosas hubiesen cambiado tanto; lo peor de todo es que Jeanne parece no darse cuenta y él está cada vez más harto de todo eso. Aún más estos últimos días, pues tiene la impresión de que realmente no son tan distintos, a pesar de lo que la chica quiera aparentar.
Para rematar la faena, según pudo ver desde el principio en su grupo de amigxs, todxs siguen más o menos la misma línea que ella; todas las chicas se han maquillado, lo suficiente para que se note pero no para que resulte grotesco, y los chicos llevan la ropa bien planchada y el pelo engominado; todxs son guapxs, educadxs y remilgadxs. Se quejan cuando la tierra del suelo del merendero les ensucia los zapatos, como si ellxs no hubiesen escogido el lugar de encuentro, y Lyserg se va enfermando de a poco.
Pero aparte de esto (que realmente es lo que menos importa de una persona) todxs resultan ser muy simpáticxs y amables. Se lxs presentan unx a unx, y Lyserg se queda con pocos nombres y caras, algunos le sonreían y otrxs no tanto. Pasa más de una hora hablando con Meene, una chica tranquila que cuando se ríe y habla lo hace de verdad, cuando algo le hace gracia de verdad y diciendo lo que piensa de verdad, y que le cura un poco el espanto; dialoga con algunos chicos (todos ellos delgados y afeitados) realmente agradables y conoce a Marco, alto, rubio y de hombros anchos, mejor amigo de Jeanne, que charla largo rato con él y le hace reírse más que ningún otro. Jeanne se acerca a decirle que más tarde habrá una fiesta y que todos están invitados. Lyserg no quiere ir, se lo dice y ella insiste: 'habrá más gente, aún no les has conocido a todos'. Que no, gracias, Jeanne, me tomaré el autobús en cuanto vosotros vayáis.
Y asi, según van pasando las horas cada vez es más consciente de que nada tiene que ver con ellxs y acaba marginándose, sentado solo en una de las mesas. Intenta no ser negativo, pero se siente excluido; sabe que no es algo consciente, que nadie le ha despreciado, pero el ambiente no termina de hacerle sentir cómodo. No le gusta encontrarse allí, y definitivamente esa no es gente para él. Todxs son agradables y educadxs, pero se aburre a los pocos minutos de conversación con la mayoría de ellxs, pues todxs muestran interés en cosas que él no comprende ni pretende comprender o en cosas que comprende pero son rematadamente sosas, y se siente un poco abandonado por Jeanne, aunque lo comprende; hace semanas que no ve a sus amigxs y quiere estar con ellos.
Una chica se sienta en la misma mesa, frente a él. Tiene el cabello liso de un rubio oscuro cortado recto a unos centímetros por debajo de la altura de los hombros, los ojos negros, las pestañas espesas y largas, la piel muy blanca, no lleva maquillaje alguno y es probablemtente más guapa que cualquiera de las chicas que ha visto esta tarde. Es probablemente la chica más guapa que ha visto en mucho tiempo. Se la han presentado al llegar, pero no recuerda su nombre, y entonces no se había dado cuenta de lo mucho que desencaja con lxs otrxs amigxs de Jeanne; lleva puesta una camiseta negra, unas bermudas vaqueras ajustadas y unas sandalias gastadas, no aparenta importarle demasiado lo que puedan pensar de ella, y parece tan aburrida o más que él mismo.
No le pregunta si puede sentarse ni le saluda; abre su mochila y saca un táper igual al que Lyserg le ha visto a Horo-Horo en el autobús y comienza a comerse las galletas que hay dentro.
-... Hola.
La chica le mira como si acabase de darse cuenta de que está allí, a pesar de que no parece del todo sorprendida. Como si se hubiese percatado de su presencia pero esperase que fuese otro artículo inerte de tantos que conforman el merendero.
-Hola-tras un momento, vuelve la vista al táper para coger otra galleta.
Ha pasado una hora más. Hace rato que Lyserg había decidido dar una vuelta y continuar socializando un poco con los presentes, pero ha vuelto a desistir, sentándose en otra mesa vacía. Anna no se ha movido de la mesa de madera que habían compartido hacía un rato y que queda justo frente a la suya actual. Algunxs amigxs de Jeanne se habían acercado y mantenido conversación con ella (sobre todo un enano de pelo castaño, Manta, que charlaba cordialmente con todos pero que siempre regresaba con Anna tras unos minutos, como para tomarse un descanso); ella respondía comentarios pero no hacía preguntas, sonrió una única vez (a Manta), irónicamente, y volvía a coger una galleta el táper, sin molestarse en absoluto en aparentar cordialidad o en esconder su apatía. Cuando la dejaban sola, ponía los ojos en blanco. Por su cara Lyserg podía adivinar que aquello la estaba enfermando incluso más que a él.
-¡TIJUANA A LA VISTA!
La voz suena detrás de él y del muro de dos metros y medio, unos cuantos metros a la derecha. Ve a Anna levantar la cabeza y ponerse en pie con una rapidez y una zozobra que jamás le habría atribuido. Algunas personas de la gente de Jeanne también echan un vistazo, intercambian miradas consecuentes y vuelven a lo suyo, como si nada hubiese pasado.
-Serás gilipollas-otra voz, con un deje de sonrisa grabado.
Lyserg conoce la sonrisa, torpe y graciosa, y la voz, algo ronca que se agudizaba increíblemente cuando chilla. Se gira deprisa.
-¿Qué hacéis aquí?-inquiere Anna, frente al muro, mirando a los dos chicos que está allí arriba.
-¿Y tú? ¿Qué haces con los Flowers, mujer?-pregunta Horo-Horo, el ceño fruncido, ligeramente indignado.
-He venido a acompañar a Manta-contesta ella, con malas pulgas-. Ayúdame a subir.
-¡¿También está Manta?!
-¡Ayúdame, inútil!
-¡Bueno, bueno! No te pongas así...
El chico al que no reconoce, el que había llamado la atención de Anna, era negro, medía casi una cabeza menos que Horo, y de pelo afro muy oscuro; la nariz redonda, los ojos saltones y los labios gruesos. Tenía la voz ligeramente gangosa y un acento gracioso. Cuando Horo-Horo hubo ayudado a Anna a trepar por el muro, cogie aire exageradamente y abrie la boca:
-¡El petiq-
-Cállate hasta que me haya ido-ordenq la chica mientras toma asiento, interrumpiéndole descortésmente, con un tono de quien no acepta réplicas.
A pesar de lo guapa que es, Lyserg tiene claro deprisa que Anna no es tan agradable como a la vista en ningún otro sentido. Cuando vuelve la vista al afro, éste se ha sentado junto a Anna y tiene una tira de cinta aislante cubriéndole los labios. No tiene bolsillos ni en los pantalones anchos ni en la camiseta ceñida, y Lyserg se encuentra preguntándose de dónde la habrá sacado.
-¿Me das una?-pregunta el Usui, señalando el táper que la chica había llevado consigo.
-Tú ya tienes.
-¡Pero están en mi casa!
-Haberlas traído.
-Porfa, Anna... sólo una- insiste, poniendo cara de víctima. La chica niega con la cabeza, metiéndose otra galleta en la boca- ¡Venga ya! ¡Eres una egoísta! ¡Voy a decirle a Ren que no te dé ni una más!
-Inténtalo, a ver si te hace caso- aprueba ella. El chico refunfuña por lo bajo.
-... Yo siempre te doy cuando no tienes-suelta con voz débil, indignado.
Anna pone los ojos en blanco, hastiada.
-Está bien, pesado.
A Horo-Horo se le pinta una sonrisa enorme de extrema satisfacción, coge la galleta y se come la mitad de un mordisco.
-Dosifícala. No pienso darte más de una-mira a Horo-Horo comer mordisquito a mordisquito como si fuese un idiota. Suelta un suspiro-. ¿Y qué hacéis aquí? Creía que estabáis muy ocupados arreglando el coche.
-Orona nos ha pillado fumando y nos ha echado a patadas. Y nos ha confiscado el cachazo- explica el chico con pesar, guardándose el cuarto de galleta que le queda en el bolsillo y encendiéndose un cigarro.- ¿Sabes?, yo creía que después de tanto tiempo de que se enterase te dejaba fumar-Se acerca a Chocolove, el cual niega con la cabeza, cerrando los ojos. Horo le coge de la barbilla y, después de varios intentos, consigue abrir un huequecito en la mordaza improvisada, por la cual mete otro cigarillo. Le da fuego y el moreno estira un poco la cabeza para encendérselo, luego asiente con ojos brillantes en señal de agradecimiento. Horo le da unas palmadas en el hombro, en señal de apoyo moral, antes de volver a colocarse frente a Anna.
-Explícame cómo puedes lidiar con Chocolove y Orona a un mismo tiempo, por favor-pide ella, entretenida, haciendo reír a Horo-Horo.
-Creo que he ido generando tolerancia.
-O a lo mejor es que...
-¡Horo-Horo!
Meene está frente al muro, justo donde estaba Anna hace unos minutos, y le resulta extraño porque, hasta donde ha podido ver y oir, a ellos no les agradan los Flowers (o la gente de Jeanne) y los Flowers (o la gente de Jeanne) prefiere hacer como que no existen.
Lyserg ve a Horo-Horo inclinarse en el muro y abrazarla torpemente antes de sentir un peso a su lado. Al girarse encuentra a Jeanne, mirando a esos tres y a Meene con un lado de la nariz fruncido. Lyserg escucha sus voces y risas a sus espaldas.
-Son los porreros de Funbari-explica, sin borrar la cara de asco-. Unos idiotas, todos ellos. Aunque el premio se lo lleva el pitufo bicolor.
-¿Por?-pregunta Lyserg, con el ceño ligeramente fruncido, consciente de que se refiere a Horo-Horo.
Jeanne aparta la vista de ellos y le mira como si fuese idiota.
-Mírales, Lyserg. Sólo hace falta eso y escucharles para darte cuenta-abre mucho los ojos, para luego ponerlos en blanco. Carraspea-... ¿Recuerdas el chico del que te hablé?- Lyserg lo recuerda. A Jeanne le gusta el chico desde que lo conoció ('es guapísimo, inteligente, ecantador... algo soberbio, pero es parte de su encanto') y quiere hacerse con él desde entonces. El chico, por otro lado, parece ser que nunca ha estado muy interesado, y a Lyserg no acaba de extrañarle, teniendo en cuenta la manera obsesiva de Jeanne de hablar sobre él y el hecho de que, aparentemente, sus gentes no se llevan muy bien. Asiente, de pronto iluminado:
-¿Es ese Ren?
Ella le mira de pronto seria:
-¿Le conoces?
-Le vi hace un par de días, en el autobús, con el 'pitufo bicolor'.
Ella pone los ojos en blanco.
-Ren es... amigo de ellos. Es de su pandilla. Lo único salvable de todos ellos. No sé qué demonios pensará que está haciendo Meene...
Lyserg se gira, y al encuentro se ha sumado también Manta. Chocolove y Horo-Horo lo abrazan, uno por cada lado, aplástándole y Meene se ríe. Anna sigue comiendo una galleta tras otra, como dejando claro que ella no tiene nada que ver con eso, pero sin la cara de asco que Lyserg le llevaba viendo toda la tarde (cosa que concuerda y se contradice al mismo tiempo con lo que su amiga le está contando). Y, a pesar de lo que Jeanne pueda decir, se alegra de que Meene actúe sin dejarse influeciar por ella.
-Parecen divertidos-opina, volviendo la vista hacia Jeanne.
Ella suelta una risa burlona.
-Sí, claro, si tienes cinco años y te gustan los payasos.
-¡Lyserg, Lyserg!
Se gira cuando Meene le llama, haciéndole gestos para que se acerque. Echa un último vistazo a su amiga antes de ponerse en pie y dirigirse hacia ellos.
-Te quiero presentar a...
-¡Compañero de autobús!-la interrumpe Horo-Horo, sonriendo de oreja a oreja. A Lyserg se le cotagia un poco su entusiasmo.
-Hace días que no nos vemos.
-He estado aprovechándome de mis colegas conductores-confiesa él, con algo de culpa. Le sonríe-. Lyserg, ¿eh? Yo soy Horo-Horo... Y este negro sucio es Chocolove.
Lyserg abre mucho los ojos, horrorizado, pero Chocolove no parece haber notado nada, de modo que imagina que es una broma entre ellos, o que hay mucha confianza. El moreno le saluda con la mano y empieza a hacer gestos con ambas, bajo la atenta mirada de todos.
-Encantado, dice-traduce el Usui.
-Ha dicho 'es un placer'-le corrige Manta. Horo-Horo le mira serio.
-Yo no sé hablar el sordomudo, pero en castellano es lo mismo, ¿no?
Meene y Manta se ríen, mirándose entre sí. Horo-Horo le pregunta a Chocolove dónde aprendió y él vuelve a hacer gestos con las manos, frotándoselas por el pecho o acercándoselas a la cara.
-Mejor me cuentas luego.
A Lyserg se le pega un poco, por primera vez, el buen humor de todos ellos.
-Qué bueno que ya os conozcáis. Jeanne me ha dicho que no te apetece ir a la fiesta, y como es domingo los autobuses estarán...
-Demonios-la interrumpe Lyserg, sin darse cuenta. Como están en vacaciones, nunca se fija en qué día de la semana se encuentra, y él no suele subir a Fimpe los domingos, en parte porque los autobuses a veces pasan y otras no, y prefiere no arriesgarse.
-Horo-Horo me estaba diciendo que él tiene que esperar un par de horas por aquí, porque un amigo suyo viene a buscarle en coche, y le he preguntado si podría llevarte también, así no tendrás que esperar tanto ni pagar un taxi.
A Lyserg le enternece realmente que Meene se haya preocupado por él de este modo, pero siente calor en la cara y sabe que ha enrojecido un poco. Le da vergüenza abusar así de un completo desconocido. En un momento se le ocurre que le podría pasar algo malo por subirse a un coche con dos desconocidos; que no cree que Horo-Horo sea mala persona; luego piensa que Meene se lleva bien con Horo-Horo, cosa que le da confianza; finalmente recuerda que Meene también es una desconocida.
-Oh... No, no hace falta, muchas gracias. Tomaré el autobús en cuanto os vayáis.
-Pero hoy a lo mejor no pasa-insiste ella, obviamente preocupada, cosa que le hace sonreír un poco.
-De verdad, no te preocupes. Me tomaré un taxi como último recurso. No quiero ser una molestia.
-No digas chorradas-interfiere el Usui, sentado en el muro para estar más cerca de ellos dos, que son los únicos del grupo que continúan en el suelo de tierra del merendero. A pesar de que ambos se encuentran de pie y Horo-Horo sentado con las piernas colgando en su dirección, dada la altura del muro y la del propio chico les saca más de un metro de altura-, no es ninguna molestia.
-Eres muy amable, de verdad, pero no te preocupes.
Horo-Horo le mira un momento, frunciendo los labios.
-¿Y si te quedas tirado?-antes de dejarle contestar, salta con otra pregunta- ¿Tienes teléfono movil?-cuando Lyserg asiente, continúa:- Apunta mi número, y si cuando te quieras ir no puedes por lo que sea, llámame.
Lyserg vuelve a sonreír, vuelve a negarse, pero el chico insiste tanto que acaba entregándole el aparato para que apunte su número.
Chocolove tira de su brazo y le enseña la hora que marca la pantalla del móvil de Lyserg.
-Hostias-acaba de apuntar el número y su nombre y se lo devuelve a Lyserg-. Tenemos que irnos-se inclina para abrazar a Meene, la cual le corresponde-. Nos vemos- se pone de pie-. Ya sabes, Lyserg, cualquier cosa me llamas- él asiente, sonriendo y agradecido-. Cuídate- le dice a Manta, abrazándole también, después de que Chocolove lo haya hecho. Se gira hacia Anna, dispuesto a abrazarla, pero se detiene de pronto-. Ah, a ti te veo esta noche, egoísta de mierda.
-Yo no estaría tan seguro de que llegas a la noche, subnormal.
Chocolove y él ya han echado a caminar por donde habían venido, pero Horo se gira para que vea cómo se ríe.
Agradece hacer superado el tramo terrenoso de chabolas aglomeradas según avanza por una estrecha carretera, bordeada a ambos lados por envejecidos y despellejados edificios. Realmente no tiene ni idea de adónde se dirige, no tiene ni idea de dónde está siquiera, pero continúa caminando bajo la noche de verano, con los altos faroles y su luz amarillenta iluminando sus pasos.
Recorre un par de calles más, buscando una parada de autobús o un taxi para huir de una vez de aquel condenado y feo barrio, y la expectativa de reconocer alguna de las carreteras por las que había llegado en coche se va desdibujando según avanza; lleva alrededor de quince minutos caminando y ya debe de haber recorrido medio barrio sin resultado alguno. De pronto, se detiene, dándose cuenta de que ha llegado a un espacio abierto, de ambiente menos agobiante y más limpio que el de su abrumadora caminata. Es pasada medianoche y aquel parque (con columpios, un imponente tobogán y barras y redes por las que colgarse y trepar) está vacío. Reparando en las calles que se abren al final del lugar, donde el parque delimita con una ancha carretera de dos sentidos, cae en la cuenta de que a su alrededor hay una docena de tiendas (a esas horas, todas con las puertas de cristal cerradas y las rejas trancadas protegiéndolas), mientras que a lo largo de su expedición por la parte inferior del barrio sólo había visto largas hileras de edificios viejos, camuflándose unos con otros. Sigue avanzando, cruzando el pequeño parque y luego la ancha carretera, convencido entonces de que ha llegado a la zona comercial de aquel pequeño núcleo urbanístico, aliviado ante la idea de irse alejando del suburbio a cada paso que da.
Las calles (a partir de aquel parque, que parece ser el límite invisible que divide el barrio en dos realidades opuestas) son más amplias y limpias, y, a pesar de que sigue encontrándose en un barrio mugriento y que da miedo, el contraste es muy pronunciado y eventualmente se cersiona de que una tensión que no había notado en el cuello y los hombros va cediendo.
Entonces, y sin dejar de caminar, busca su teléfono móvil en el bolsillo izquierdo, hasta por fin dar con él. Mira el reloj digital, que marca las doce y veinticuatro, antes de llamar a Jeanne por enésima vez, sin esperar otro resultado que en sus anteriores intentos, aunque secretamente albergaba la esperanza cada vez que repetía la operación; una esperanza que al desaparecer le dejaba la rabia ardiéndole el cuerpo. Confiaba en que, cuando la chica viese el número de llamadas infructuosas que había recibido, como mínimo se dignase a dar señales de vida. Y eso si no le habían robado el móvil.
¡Claro que está enfadado! Él había dejado claro que no le atraía en absoluto ir a una fiesta donde no conocía a nadie aparte de a ella (y a las pocas personas que le habían presentado en el pícnic de aquella tarde) desde que apareció con la genial idea. Pero Jeanne insistió; estarían todos sus amigxs y por fin les presentaría, iría gente del instituto y tendría ocasión de relacionarse con ellos también; el sitio era genial, una casa enorme y con piscina; el chico que daba la fiesta ponía la comida y la bebida, lo que significaba que, dado que Lyserg no consumía ningún tipo de substancia, no tendría que gastar ni una moneda; Meene tenía coche y les llevaría y traería de vuelta.
-Es mejor plan que quedarte en casa... otra vez-mirada elocuente. Bufido- ¡Venga ya, Lyserg! ¡Es fin de semana! ¡Y es verano! Además, es gratis. Todo son ventajas, ¿no lo ves?
De modo que, secretamente esperando que todo fuese tan bien como ella anunciaba, se dejó arrastrar al coche de Meene nada más salir del merendero para ir a una fiesta en un lugar extraño lleno de gente extraña.
Pero en cuanto llegaron... Jeanne le arrastró por la enorme casa, buscando sujetos seleccionados a los que presentarle (de los cuales Lyserg no recuerda ni un nombre), deteniéndose esporádicamente también para saludar a algún personaje. Tras ello se integraron en un grupo de una veintena de personas, donde estaban Meene y Marco, y Jeanne le explicó que había dejado lo mejor para el final, presentándole a sus amigxs.
Durante la siguiente hora fue charlando con más y más gente. Le parecieron simpáticxs, y algunas caras ya eran conocidas de la tarde; agradeció en su fuero interno la iniciativa de lxs que se acercaron, puesto que a él nunca se le había dado bien entablar una conversación con la gente desconocida. Fue por entonces, más o menos, que cayó en la cuenta de que Jeanne había desaparecido, y comenzó a sentirse terriblemente solo y abandonado. Tras diez infructuosos minutos esperando a que volviera, se uso en marcha para buscarla. Tres cuartos de hora después (tras recorrer toda la casa, habitación por habitación, jardín y piscina incluidos, llamarla una docena de veces al móvil y preguntarle a todo ser bípedo que se cruzó por su camino por el paradero de su amiga) estaba solo en una esquina del salón.
Se dio bastante asco ante tal perspectiva; no podía depender de su amiga para divertirse, independientemente de si ella le había arrastrado hasta allí o no. Por otra parte, y una lucecita que le templó el cuerpo asomó en su mente: él no quería estar allí, rodeado de adolescentes sudadxs, cachondxs y ebrixs, la cabeza aturdida por la música monótona que parecía estar reproduciendo la misma canción una y otra y otra vez. No lo quería, ni lo había pedido, de modo que no pensaba quedarse allí varado.
Se acercó a donde anteriormente estaba el grupo de amigxs de Jeanne, alegrándose al comprobar que algunxs de ellxs se mantenían concentradxs allí. Se dirigió a uno al azar:
-¿Sabes dónde está Jeanne?-creía habérselo preguntado a todo el mundo ya, pero no perdía nada por un último intento.
-La vi largarse con... -el muchacho, que debía de ser un par de años mayor que él, tenía los ojos castaños entornados y las pobladas cejas fruncidas, mientras intentaba recordar un nombre. Su aliento apestaba a licor y Lyserg dio un paso atrás, medio intoxicado por el hedor. Finalmente desistió, encogiéndose de hombros-. No sé, con un apache.
-¿Un 'apache'?-repitió, sin entender.
El otro asintió, aún ceñudo. Entonces su expresión se suavizó:
-Tú eres el nuevo, ¿no? Pues... un apache... ¿sabes dónde está la Aldea Apache?
-Ah, ya, claro-asintió Lyserg, asumiendo que aquel debía ser el gentilicio. El borracho le miró y dio una cabezada, como si le hubiese leído la mente y expresase su aprobación-. Bueno, pues... gracias. Nos vemos.
-¡Le diré que la estas buscando!-prometió el otro, despidiéndose con un brazo según le veía alejarse. Lyserg pensó que de todos modos Jeanne le llamaría cuando revisase su maldito móvil y viese que él sí recordaba que existía, pero agradeció el detalle, sospechando que el chico se habría olvidado de la conversación más pronto que tarde.
Y se había ido. La casa pertenecía a un lujoso vecindario ubicado a medio kilómetro del barrio más cercano, cuyo nombre Lyserg desconocía porque en la vida había estado allí, atravesando un oscuro terreno de tierra.
Echó a andar por un camino que los propios transeúntes se habían procurado, de tierra más llana y desprovista de rocas, amontonadas a ambos lados del sendero, y se preguntó por qué los dueños de unas casonas como aquellas no querían pagar entre sí un sendero con el que llegar al barrio. La oscuridad fue engulléndole según se adentraba en el terraplén, y tras unos minutos incluso el ensordecedor sonido de aquella música que sonaba toda igual que despedía la casona se vio opaco por el silencio. Sacó el teléfono e iluminó el suelo antes de seguir andando. No tardo en divisar, a unos veinte metros de forma paralela al camino, un tumulto en las sombras. Entonces comprendió que era una hilera de casas construídas con piezas de contrachapado, madera y metal, algunas de ellas protegidas por finas rejas metálicas muy oxidadas clavadas en el suelo unas detrás de otras. Se sintió abrumado de pronto, pensando en que si no había visto las chabolas al llegar había sido porque el vecindario de chalets las cubría de las vistas de la carretera. Entonces cayó en la cuenta de que lo más probable era que los dueños y las dueñas de aquellas chabolas hubieran sido quienes señalizaron aquel sendero, y se preguntó cuántas generaciones de aquellas familias vivirían allí. No le costó entender, entonces, por qué lxs dueñxs del vecindario contiguo no se habían tomado ninguna molestia en facilitar la caminata por aquel tramo; teniendo unos vecinos que se aprovecharían de ello sin haber apoquinado ni un duro. Además, tenían el acceso directo a la carretera, y dudaba que en ninguna de los garajes de esas casas hubiese menos de un choche.
Tras caminar otros diez minutos por la mejor zona de aquel barrio, por fin encuentra una parada de autobús a unos cincuenta metros de la última hilera de edificios. La parada está muy cerca de la carretera y Lyserg reconoce la -probablemente- principal. Al acercarse al cartel de horarios de autobuses no le sorprende (aunque sí frustra y enfada, y mucho) descubrir que el próximo no saldrá hasta dentro de cinco horas y media.
Está enfadado, realmente enfadado, y podría llamar a Morphin de no ser porque todo es culpa de Jeanne, y si la mujer se llegase a enterar se podría hecha una fiera y hablaría inmediatamente con los padres de su amiga. De modo que está enfadado, frustrado, impotente y solo, sin tener ni idea de cómo volver a casa.
Espabilado ante este último pensamiento, gira en redondo hacia los horarios nuevamente. Clava la mirada en el mapa que anuncia el recorrido del autobús, grabando en su memoria el dibujo de la carretera, antes de girarse hacia la misma; se cuela por un lado y echa a andar.
En el fondo, ni siquiera la idea de estar caminando le anima; después de todo, no sabe cuánto rato puede tomarle el trecho a pie, ni sabe qué hará en cuanto llegue a Fudo hasta el mediodía, la hora a la que le dijo a Morphin que volvería. Pasará las primeras y heladas horas de la mañana tirado en alguna calle, muriéndose de frío. A pesar de todo, esas ideas le resultan mucho más atractivas que la posibilidad de continuar en aquel barrio de mala muerte, y al darse cuenta el ritmo de su marcha pasa a ser más continuo.
Aun así, tras diez largos minutos la carretera se ve igual de eterna que cuando empezó, sólo iluminada por los faros de los continuos coches que pasan a su lado. Se detiene un momento para quitarse la chaqueta y aprovecha para observar los vehículos, viajando de norte a sur y de sur a norte. El coche que pasa pegado a él pita una vez, largo, y los dos siguietes le imitan, repitiendo la broma; la primera vez, a pesar del enfado, había sentido vergüenza, pero finalmente el chiste dejó de tener gracia según los conductores lo repetían y él avanzaba, metro a metro. Decide no mirar al interior de los coches, por si algún o alguna conductor o conductora se toma aquello como una petición para que pare.
Pero entonces otro coche pita, largo, como el primero, y Lyserg oye los frenos. Siente pánico, en un segundo, el cuerpo congelado, el sudor frío. Girarse y averiguar algo es una opción; salir corriendo es otra; ponerse delante de una vía y esperar a que el próximo coche pare antes de ser atropellado y obligarle a que le dejen subir es la última que se le ocurre, pensando que tampoco tendría mucha lógica. Comienza a dolerle el estómago.
-¡Hey, tú!... ¡Lyserg! ¿Lyserg? Eras 'Lyserg', ¿no?
El corazón se le dispara de alegría y alivio al reconocer a Horo-Horo asomándose por la puerta trasera de una furgoneta, y se le ocurre que su sonrisa fácil es una buena metáfora para lo que está sintiendo después de tanta tensión.
-¿Horo-Horo?-pregunta, incluso estando seguro, aunque la oscuridad de la carretera pudiese confundirle. Camina hacia él, deprisa, buscando un salvavidas, pero pronto se da cuenta y procura no parecer desesperado- ¿Qué haces aquí?
-Horokeu, estamos interrumpiendo el tráfico-alcanza a oir otra voz dentro del coche.
-¿Adónde vas? ¿Estás solo?-Horo-Horo hace como que no ha oído la voz y Lyserg deja de buscar su propietario cuando se dirige a él.
-Yo... sí, y la verdad, no sé muy bien adónde-contesta, sabiendo que, aunque llegue a Fudo, tendrá que quedarse pululando hasta que sea la hora de volver a casa.
-Vale, pues... sube. No hay problema, ¿no, Billy?-Horo se gira para mirar al asiento del piloto, de cuya figura recortada por luces y sombras Lyserg sólo reconoce un brazo enorme y una nariz ganchuda sujetando la silueta de las gafas, pero deduce deprisa de quién se trata.
-No, no hace falta, de verdad-interrumpe Lyserg, avergonzado por ser una molestia.
-Venga ya, chico, es un peligro que andes por ahí a estas horas-Billy gira un poco el retrovisor hacia la puerta trasera para verle sin tener que cambiar de posición-. Te acercaremos a casa. No será mi primera vez como tu chófer, ¿verdad?
A Lyserg le causa simpatía el comentario. Mira a Horo-Horo automáticamente, y éste le sonríe chueco.
-Sube y te protegeremos de los peligros de la noche-le invita, moviéndose hacia el centro del largo asiento.
-Preferiblemente antes de que amanezca-tercia la tercera voz.
Dejándose llevar por un desaforado ataque de confianza, sube a la furgoneta, cerrando la puerta tras de sí. Billy arranca al segundo, sacudiendo la mano por la ventanilla en un gesto obsceno hacia los otros conductores que tocan bocina, descontentos con su tardanza.
-Ponte el cinturón.
Lyserg obedece al mandato y se sienta recto, con el abrigo sobre el regazo. Una vez allí, se permite estudiar el interior del vehículo, puesto que nadie parece tener intención de romper el incómodo silencio. Al lado de Horo-Horo hay otro chico, el mismo del otro día en el autobús, el guapo de Jeanne, Ren. Deja de mirarle para mirar a Billy por el retrovisor cuando habla:
-Dime, chico, ¿qué hacías ahí tirado a estas horas? ¿Te has metido en algún lío?
-¿Qué? ¡No!- exclama él, deprisa e incrédulo- No yo... estaba en una fiesta, con unos amigos, y quise irme.
Horo-Horo, que sabe de la existencia de la fiesta desde aquella tarde, se gira, ceñudo:
-¿Solo?
Lyserg suelta una risa algo estúpida.
-Soy autónomo.
-Ya, pero es tarde, y est-
-Déjalo, Horokeu-le interrumpe Ren, y el chico se gira hacia él, dispuesto a agragar algo, pero Lyserg interrumpe:
-Estaba bien, crucé las chabolas sin ningún problema, nadie salió a-
La risa de Horo-Horo le hace callar. Mira al de pelo verde con una sonrisa boba.
-Mira, Lyserg, esto no es Fudo.
-¿Estás insinuando que soy un cretino?-pregunta Lyserg, de pronto, y algo hace que Horo-Horo vuelva a reírse.
-¡No, para nada! Sólo te aconsejo que vayas con más cuidado si no conoces los sitios y que no te juntes con gente que te deja tirado.
-Y que entiendas que un par de chabolas y algunos yonkis no es lo peor que te vas a ver por aquí.
El tono de Ren es crudo, pero cambia completamente cuando se dirige a los otros dos, como si el cinismo fuese sintético y adherido.
-¿Un cigarro, Billy?-se lo pasa por un lado del asiento antes de que haya podido contestar.
-Gracias, chico.
-¿Horo?
-Por favor.
Lyserg se gira y ve el fuego del mechero alumbrando el rostro del peliazul.
-¿Quieres?
Mira a Ren, negando con la cabeza.
-No fumo.
-Bien.
Agradece que la ventanilla de Billy esté abierta el resto del trayecto
-¿Y adónde vamos?-la voz del chico ya estaba tardando en oírse. Ren mira a través de su ventanilla los surtidores de gasolina mientras Horokeu contesta:
-A recoger unas cosas, y luego te llevaremos a donde quieras.
-Perfecto. Gracias.
Cada vez que el peliverde abre la boca parece tener miedo de meter la pata, y Ren no tarda en fijar una relación entre el chico y Tamao. No le gusta la gente así, titubeantes e inseguros. Las presas fáciles. Un estorbo.
Se está encendiendo un nuevo cigarro cuando Horokeu vuelve a hablar:
-¿Y de quién era la fiesta?
-Oh...- el inglés parece ruborizarse un poco, y Ren se entretiene con la figura de Billy aproximándose con un par de bolsas de plástico desde fuera- de nadie que yo conozca, realmente. Acabaron convenciéndome de ir... y...
-¿Te dejaron tirado? Sí que se lo montan bien, los Flowers-exclama el peliazul, justo antes de que Billy vuelva a montar. Horo mira a Ren, con ambas cejas alzadas y él le sonríe.
-Traigo chocolatinas y refrescos-anuncia, cerrando la puerta delantera y pasando las bolsas blancas a Horo-Horo.
Lyserg observa a Ren hurgar en una de ellas, extraer un cartón de leche y mirarlo con mala cara. Horo-Horo pone la bolsa entre él y Lyserg, invitándole a elegir algo.
-¿Quieres una de coco, Billy?-se la pasa sin esperar que responda y el hombre acepta, sonriendo, ocupado en girar el retrovisor, esta vez hacia Ren, y arrancar el coche.
-¿Es que en ese cuchitril no las venden por unidades?-pregunta Tao, después de un trago largo y fresco.
-Perdone usted, señorito.
Lyserg se gira hacia su ventanilla, respirando despacio. Está estúpidamente nervioso -cosa que, siendo racionales, no está tan fuera de lugar, teniendo en cuenta que está dentro de una furgoneta en una gasolinera ubicada quién sabe dónde con tres desconocidos que prometen llevarle a casa después de cumplir sus recados- y sabe que debe relajarse. Está inquieto porque no conoce a ninguno de los presentes y en general, siendo sinceros, no tienen pintas que impongan alguna clase de confianza. Y algo extraño pasa -en el momento, en el coche, entre ellos o tal vez en él- porque lo último que se le pasa por la cabeza es que vayan a hacerle algún mal. Lo único que le tiene intranquilo es la incomodidad de no conocerles y no saber cómo dirigirse a ellos para llenar los silencios.
-Vamos a ir a buscar a Ryu, otro amigo-le explica Horo-Horo, inclinándose un poco hacia él en aire confidente, pero pendiente de su próximo bocado de chocolatina-. Se le va la holla a veces, pero es buena gente. Ryu es como... como una jodida persona que tiene mogollón, pero mogollón de defectos y mierdas, pero es de las mejores personas que te vas a encontrar JAMÁS-abre los ojos de par en par, asintiendo con la cabeza-, nunca se olvida de un amigo. Y claro, a veces agobia que sea tan jodidamente... intenso-frunce el ceño un segundo-. Réstale el morbo al asunto, ¿vale?; es intenso en plan jodidamente eufórico y sensible y... motivado. No sé cómo explicártelo, ahora vas a verlo... ¿Quieres probar? Está buenísima-le invita, sacudiendo la chocolatina. Igual que hizo con Billy, deja el dulce sobre su mano sin esperar respuesta, y vuelve a rebuscar en la bolsa- Mmm... oye, ¿tú vives en Fudo o en Furyoku?... ¿A que está buena?
Lyserg ha probado la chocolatina y, ciertamente, está buenísima. Sonríe cuando Horo-Horo le deja otra de la misma marca y modelo en el regazo.
-Vivo en Fudo-responde, abriendo el nuevo paquete.
-Me lo suponía-informa el Usui, riéndose un poco. La firme y angulosa mandíbula recrea una sombra sobre su cuello, y Lyserg acaba con la vista clavada en su sonrisa abierta. Ren se inclina, al otro lado de Horo-Horo, rompiendo el hechizo; no dice nada y Lyseg no diferencia sus ojos, pues su figura contrapuesta se recorta con las luces de la carretera, pero hay algo que no marcha bien. Horo-Horo, oportunamente, vuelve a hablar, y a Lyserg le da la impresión de que es envidiablemente feliz ofreciendo chuches cuando le pasa una bolsita de ositos de goma a Billy. Envidiable porque es simple, y algo estúpido-. ¿Ren?
-Quiero esa-asiente, señalando la mano de Horo-Horo, que frunce el ceño:
-¡Ya, claro! ¡Esta es mía!
-Pero yo también quiero-la voz de Ren suena neutra y retumba en el interior del coche-. ¿Está rica?
-Sí, sí que lo está. Coge otra.
-¿Por qué?
-Porque esta es mía, ya te lo he dicho.
-Pero yo quiero.
-Pues te aguantas, Ren.
-¿Por qué?
-¿Me tomas el pelo? ¿Sabes qué?, toma, busca alguna, todavía quedan un montón-Horo-Horo deja la bolsa sobre las rodillas de Ren.
-Pero quiero esa.
-Una lástima, la verdad.
Lyserg les mira por el rabillo del ojo, en la oscuridad, a un lado; uno inclinado hacia el otro, manteniendo una discusión torpe y barata, la sonrisa impertinente de quien no puede ser tomado en serio, dos pares de ojos esombrecidos, encontrándose tras un rato. Su dinámica retuerce su percepción, el punto de vista cambia, y de pronto es un intruso en ese coche, en ese asiento trasero, en ese momento. Mira a Billy, para ver si él también se da cuenta, pero parece demasiado interesado en la carretera, su ventanilla y las chucherías.
El mundo está a reventar de personas y sus salvavidas resultan ser un par de jóvenes con pinta de tener problemas familiares y legales que rebosan de ganas de probar cosas nuevas y tienen miedo de confesarse, y un cuarentón que se junta con adolescentes.
Tiene ganas de taparse la cara con ambas manos, entonces, sintiéndose aún más intruso cuando comienza a oir soniditos húmedos y erráticos y respiraciones fuertes a su lado. Clava la mirada en su ventanilla, cada vez más icómodo y avergonzado. La experiencia le sirve para descubrir que Ren y Horo-Horo no tienen los problemas para confesarse que él había supuesto, pero no le sirve de consuelo.
Tiene la sensación de que ha sido uno de los días más frustrantes de su vida, y que la noche no va a ser mucho mejor.
Aquí, again. Salud, gentuza.
Gracias por leer
