Change (2)
Abre los ojos y ve la pared celeste a unos tres metros de distancia. Desactiva el despertador de su teléfono móvil y se quita las sábanas violetas de encima, sentándose en la cama. Reconoce la habitación, aunque puede verla mejor que ayer a la hora de dormirse, gracias a la luz de la mañana.
Se pone en pie, quitándose la camiseta enorme y prestada para ponerse la suya, sus pantalones y sus zapatos. Se frota un par de veces la cara.
La noche anterior había sido flipante, y no precisamente en el buen sentido. Se siente con una resaca emocional colosal, dado que no recuerda haber sentido tantas cosas en unas pocas horas nunca antes en su vida ni recuerda haber vivido situaciones tales, tampoco. Empezando porque había ido a una fiesta y su amiga, la única persona a la cual conocía allí, había desaparecido, dejándole solo; cuando se hartó de esperarla y tomó la iniciativa de desaparecer del lugar, anduvo deambulando durante media hora por un barrio que daba miedo y algo de asquito; en su eterna suerte, no había autobuses; en su eterna suerte, cuando se decidió a volver a casa caminando, una furgoneta -que bien podía pasar por la de un violador- se paró a unos metros de él; en su eterna suerte, su compañero de autobús de sonrisa fácil estaba dentro, dispuesto a 'protegerle de los peligros de la noche'.
Aún no está del todo seguro de por qué aceptó tal ofrecimiento (tal vez porque el chico y el chófer le caen bien, tal vez porque el volver a casa a pie a las doce y pico de la madrugada le pareció un riesgo mayor, tal vez porque de la frustración y el enfado que tenía con Jeanne se le había hecho la cabeza un lío), pero sabe que no escogió mal. Billy y Horo-Horo charlaron con él durante el trayecto, ofreciéndole chocolatinas y refrescos (la furgoneta no parecía de violador sólo por fuera) y prometieron que tras recoger a alguien le dejarían en casa. Ese alguien resultó ser Ryu, un hombre que, como bien había dicho Horo-Horo, era intenso. Y que era, como bien había dicho Horo-Horo también, intenso sin ninguna clase de morbo. Vestía horrible (un chaleco muy apretado de ángulos triangulares y unos pantalones pitillo oscuros) y tenía el cabello negro en un tupé que repeinaba cada vez que chocaba contra la sien de Billy o la ventanilla, cosa que ocurría siempre que se giraba. Chillaba cada dos por tres y a Lyserg le pareció la persona emocionalmente más inestable que había conocido en la vida.
Les esperaba a la puerta de un local y se subió al asiento de copiloto con aire deprimido, asegurando que nunca le salía nada bien y que tal vez iba siendo hora de cerrar Tokagero. Ren y Horo-Horo comenzaron a renegar en voz muy alta al mismo tiempo, ordenándole que no fuese idiota, insultándole, suplicándole y amenazándole, mientras Billy callaba y cogía una rotonda para volver por la carretera por la cual habían llegado. A pesar de que el conductor era simpático y que no tenía inconveniente en charlar con quien le hablase, tenía un aire taciturno y chulesco que incrementaba dado que casi nunca comenzaba una conversación ni solía intervenir en las de otros. Ryu insistía en que tal vez iba siendo hora de cambiar de aires, que le vendría bien viajar un poco, mientras los dos jóvenes continuaban alegando en contra. Hasta que Ryu se giró para encararles, y, a pesar de que parecía muy seguro de los agumentos que soltaría a continuación enmudeció en cuanto reparó en Lyserg. Unos segundos. Entonces comenzó a chillar, y Lyserg dio un salto del susto, sintiendo aún más miedo cuando el hombre cogió sus manos con las suyas, morenas, grandes y velludas, pidiéndole infomación sobre él y llamándole 'cariño' y 'ricura'. Ahora lo piensa y le hace hasta gracia. Ahora, claro; en el momento se pegó mucho al asiento, buscando inútilmente guardar las distancias con ese hombre alto y de hombros anchos, hasta que Ryu le trató de 'preciosa'. Entonces Lyserg dejó de retorcerse para mirarle muy serio a los ojos y decirle que es un chico. En un segundo Ryu palideció, se le cayó la sonrisa deslumbrante que le partía el rostro y sus hombros descendieron un poco. A pesar de esto, aseguró no creerle, incluso cuando Horo-Horo comenzó a decirle que era verdad y a llamarle idiota cada vez que acababa una oración dirigida a él; Ryu le correspondía, molesto, asegurando que no podía ser un chico y que el idiota era él. Así hicieron del género de Lyserg un tema a debatir durante diez minutos, en los cuales Ren y Billy se limitaron a guardar silencio y fumar cigarrillo tras cigarrillo, intercambiando algunas frases cortas entre sí, y en los cuales Diethel se limitó a quedarse en la esquina de su asiento intentando desaparecer; la discusión concluyó cuando Horo-Horo le dio unas palmadas en la zona de los pectorales soltando un 'mira, tonto del culo: plano'. Ryu se quedó como un pasmado mirando la zona donde se suponía que tendría que haber un par de pechos, para luego mirarle a la cara, completamente abatido.
-Deja ya el melodrama, anda-le dijo Horo, empujándole de un hombro en señal de compañerismo, a pesar de la sarta de insultos que le había estado soltando hacía unos segundos.
Ryu le hizo caso, peinándose el tupé y volviendo a sonreír a Lyserg, como si nada hubiese ocurrido, pidiéndole más datos sobre él. A pesar de que la primera impresión no había sido para nada buena y que mientras charlaban el hombre no dejó de llamarle de todo menos por su nombre, conversó con él y con Horo-Horo el resto del viaje, y Ryu resultó ser gracioso. Gracioso, él al completo, por cómo se movía, por cómo se expresaba, por cómo decía las majaderías que decía y porque las decía completamente convencido. Horo-Horo se reía y se enfadaba a partes iguales cada vez que él abría la boca, lo cual hacia que a Lyserg toda la situación le causase aún más gracia. Se le quitó el malhumor según se carcajeaba con esos dos, olvidándose de que le habían dejado tirado y solo hacía menos de una hora y de que se supone que uno no debe subirse al coche de desconocidos. Se le quitaron todos los males hasta que llegaron a Fudo.
Aparentemente, Billy y Ryu no vivían en la zona, de modo que Ren y Horo-Horo decidieron bajarse en el barrio donde vive Lyserg para que no tuviesen que seguir dando vueltas y pudiesen irse de una vez. Ryu le hizo prometer a Lyserg que se volverían a ver y le invitó a visitar Tokagero alguna vez antes de que desmontase del vehículo, y Billy se limitó a despedirse de él con un 'ya nos veremos, chico'.
Se quedaron los tres en la acera de la carretera principal de Fudo hasta que el coche desapareció de su vista. Entonces Horo se giró a verle:
-¿Te acompañamos a tu casa?
Lyserg se negó en rotundo, a pesar de que Horo insistió un poco. Principalmente porque no podía volver a su casa. Ya había barajado las posibilidades, y de momento la que más le convencía era la de quedarse en el parque de los perros, esperando en algún banco, hasta que llegase la hora de regresar. Se sentía desmoralizado de nuevo, consciente de que, a pesar del cansancio que sentía, no podría dormir tranquilo en mitad de la calle y que, a causa de esto, al día siguiente iría como un zombi y Morphin se daría cuenta de que le estaba mintiendo, porque se suponía que a las tres de la mañana habrían vuelto a la casa de Jeanne y, obviamente, allí dormirían aunque fuese un par de horas. Pensó que tal vez colase la excusa de que después de la fiesta habían preferido trasnochar para así poder dormir al día siguiente sin levantar sospechas, pero le hacía sentirse muy culpable tener que mentir a Morphin la primera vez que salía por la noche desde que se habían mudado (o desde hacía unos cuantos meses), aún más sabiendo lo neurótica que se ponía cuando él salía y lo que se pondría de enterarse que había pasado la madrugada en la calle. No dijo nada de esto, pero no hizo falta.
-¿No se supone que vuelvas a casa todavía?
Se giró para mirar a Ren, en parte algo desubicado por lo perpicaz de la tercera o cuarta oración que le dirigía en toda la noche. Horo-Horo les miró alternativamente a ambos un par de veces.
-¿Se supone que te quedarías toda la noche allí?-inquirió, con cara de quien ha roto más de un plato, a pesar de que el asunto no tenía nada que ver con él.
Lyserg apretó los labios un momento, desistiendo deprisa en la idea de mentirles. Nunca le ha gustado ser deshonesto, y, a causa de esto, nunca se le ha dado muy bien tampoco.
-Se supone que me quedaría a dormir en la casa de alguien-explicó, soltando un suspiro luego.
Horo-Horo suspiró también, rascándose la porción de pelo negro.
-... ¿Y qué piensas hacer?
-Me quedaré por aquí hasta que pueda volver-contestó el de pelo verde, encogiéndose de hombros, completamente abatido ante la perspectiva.
-¿A qué hora se supone que vuelves?
Lyserg soltó una risa, a pesar de que no tenía nada de gracia. Esto de hablar del tema le desanimaba aún más.
-Al mediodia.
-La hostia-masculló el Usui, con cara de incredulidad-. ¿Y te largaste solo aun sabiendo que no podías volver a casa?
-Mejor solo que mal acompañado, ¿no?-contestó Lyserg, sin ganas de nada.
El comentario hizo que Ren soltase una risilla, y al Lyserg observarle le vio la sonrisa torcida y los ojos perdidos en la carretera, a pesar de que era obvio que estaba prestando atención a la conversación.
-Oye, quédate en mi casa.
Tanto él como Ren miraron al de pelo celeste al momento. Éste correspondió a Ren, encogiéndose un poco de hombros. Lyserg negó con la cabeza, intentando acaparar la atención de ambos.
-No, no. Muchas gracias, de verdad, pero ya habéis sido muy amables trayéndome hasta aquí...
-Un amigo nuestro dice que no hay manera de medir la amabilidad-terció Horo, haciendo que Ren pusiese los ojos en blanco y soltase un bufido.
-Por los grandes espíritus, Horokeu, deja de repetir las gilipolleces que dice Yoh.
-¡Pero es que algunas veces tiene razón!
-¿Cómo no va a haber manera de medir la amabilidad?
-Porque cuando tú eres amable no esperas nada de la otra parte. Si lo haces es que eres un interesado.
Ren abrió la boca y cerró los ojos con fuerza un momento, elevando los hombros, como si el comentario fuese tan estúpido que la contestación requería de un gesto de incredulidad de acompañamiento. A Lyserg le pareció que la acción no le pegaba nada.
-¿Me puedes explicar qué mierda tiene eso que ver?
-Pues que o eres amable o eres interesado-simplificó el chico, encongiéndose de hombros.
-Hay gestos o actitudes más amables que otras.
-¡Eso siempre dependerá de para con quién tengas el gesto! No es lo mismo una cama de motel donde pasar la noche para un indigente que para un forbes.
Ren bufó, insistiendo en discutir aunque concordaba en la idea.
-Estamos hablando en general. Te vas a los extremos.
-En general hay mucha gente. El problema es que tú no entiendes.
-El problema es que los dos sois unos anormales que sólo os entendéis entre vosotros.
Ésto último hizo que Horo-Horo se riese arrugando la nariz, enseñando los colmillos y sacudiendo los hombros por las carcajadas silenciosas. Lyserg, que ya comenzaba a asimilar esas discusiones continuas como algo cotidiano entre ellos y que no había que tomarse muy en serio, miró a Ren cuando éste se dirigió a él:
-En la casa de Horokeu hay sitio de sobra.
Le resultaba raro que dijese 'Horokeu' para referirse al Usui, pues él ya asociaba la cara del chico con 'Horo-Horo'. Pero lo más raro fue la aprobación de Ren, dado que él había supuesto que no estaba a favor de que el más alto de ellos le diese cobijo.
-No quiero causar molestias, de verdad.
-Retrasando lo inminente molestas más-Ren alzó las cejas un segundo en un gesto sumamente pedante que a Lyserg le causó un tanto de gracia, porque le pegaba mucho, al contrario del de hacía unos instantes. Aunque se guardó la opinión en su fuero interno.
-... Pero tus padres...
-Vivo con mi madre-explicó Horo, empujándole un poco por la espalda para que comenzase a caminar. Lyserg se dejó inconscientemente-, y ella nunca está en casa. Y si llega a pasarse no hay problema. Colegas con peores pintas y en peores estados y que ella no conocía se han quedado ahí mientras estaba, ¿o no?
Ren asintió con la cabeza, encendiéndose un cigarrillo y dándole otro a Horo-Horo, que ya había dejado de empujarle y se había colocado en medio de los dos mientras caminaban.
-Pero aún así...-Horo le miró, alentándole a continuar- yo qué sé, es su casa, igual le molesta.
-Que no te preocupes. Nunca está-insistió, con una sonrisa. Y, aunque Lyserg no estaba del todo convencido, les siguió. Después de todo, la otra opción era deambular por ahí, de noche, durante horas. Y en la casa de Horo podría dormir un poco, suponía. Seguía sintiéndose mal ante el hecho de que tendría que mentir a Morphin de todos modos, pero no podía presentarse en casa diciendo que Jeanne había desaparecido y que le habían traído unos desconocidos en una furgoneta. Y la idea de pasar la noche bajo un techo era muchísimo mejor que la de pasarla en un banco del parque de los perros.
El camino de Fudo a Funbari se le hizo más corto y ameno que nunca, en compañía de ellos dos, a pesar de que Lyserg se sentía un tanto incómodo; esos chicos le llevaban ayudando toda la noche y él estaba poco acostumbrado a recibir favores, mucho más de desconocidos. Prefirió no preguntar pero, según avanzaban los tres juntos, supuso que Ren también se quedaría a dormir en la casa de Horo-Horo.
A pesar de que había sido hasta cierto grado amable, el Tao rehusó de volver a hablarle más de lo estrictamente necesario durante el trayecto, y él no sabía si tomárselo como algo personal -porque, quién sabe, no le conocía pero igual ya le caía mal- o si la naturaleza del chico era así. Le agradó comprobar que, al menos, cuando se dirigía a él ya no era con ese tono ácido que había empleado mientras estaban en la furgoneta de Billy.
Cruzaron por el centro desierto de Funbari, caminando por las peatonales mientras charlaban y ellos dos fumaban, hasta que llegaron a la calle donde vivía Horo-Horo. Había una hilera pequeña de casas viejas, frente a la carretera, que terminaba cuando la última daba esquina con un edificio de apartamentos igual de viejo, el cual estaba pegado a otro edificio y así sucesivamente. A pesar de que la visión del final de la calle oscurecida y de los edificios más altos inexplicablemente le apenó un tanto, al mirar la fila de casas, cada cual con su jardín o su patio, la imagen no cambiaba mucho pero aun así le resultó más confortable que la anterior.
La casa de Horo-Horo es cuadrada, de dos plantas, sin tejado pero con azotea, cuyos muros con agujeros se asemejan a la parte alta de una torre de ajedrez, ventanas hundidas y con una especie de choza con cobertizo pegado a lo largo del lado derecho. El césped del jardín estaba húmedo y crecen flores desordenadas, y hay un camino de piedras planas que conduce desde la verja a un porche de madera. Todos los factores que conforman la casa contrastan unos con otros, desde el cemento del edificio hasta la madera del porche y la choza.
Por dentro la casa tiene un aire pobretón, a pesar de que está abarrotada. La puerta de entrada da directamente a un amplio salón, lleno de muebles y objetos y cachivaches, y a la izquierda hacia un umbral que dirige a la cocina; un poco más allá en la misma pared hay otra puerta, cerrada, y en la esquina derecha del salón hay un hueco con forma de puerta y con una cortina recogida hacia un lado, pero el interior estaba tan oscuro que Lyserg no podía ver nada.
-¿Hambre?-preguntó Horo, dirigiéndose a la cocina. Ren se sentó en uno de los sofás, en el cual había una manta de retales estirada, comenzando a hurgar en sus bolsillos. Lyserg decidió seguir al Usui.
La mesa de la cocina es redonda y al rededor hay cinco sillas dispares, unas de madera y otras de metal y plástico, todas de diferente color. A Lyserg esto le causó simpatía. Se sentó en la que le quedaba más cerca, viendo al chico sacar un táper y un tetra brik de la nevera y dejarlo en la encimera, para luego revolver en las alacenas. Lyserg sentía un poco de hambre a pesar de las chocolatinas, pero se sentía aún más cansado, y aunque se lo dijo, Horo-Horo le puso de todos modos un plato de pasta caliente y un vaso de zumo delante, asegurando que dormir con la barriga llena es lo mejor del mundo. Lyserg se sentía azorado, incómodo y agradecido, y todo aquello era muy extraño.
Horo-Horo soltó un '¿vas a comer?' en un grito, recibiendo una negativa por parte de Ren; volvió a guardar el táper en la nevera, sirvió un vaso de leche fría y se dirigió al salón. Apareció a los pocos segundos con las manos vacías; colocó su plato, un vaso vacío y el tetra brik de zumo encima de la mesa y se sentó al lado de Lyserg, quien le estaba esperando para empezar a comer. Al darse cuenta, el gesto de Lyserg le recordó a Ren y le sonríe.
-Buen provecho.
-Buen provecho.
Horo-Horo acabó su primer plato en menos de cinco minutos, volvió a sacar la pasta de la nevera, se sirvió y se la comió sin haberla calentado. El plato de Lyserg era contundente y, a pesar de que en un principio se sintió un poco violento al pensar que no le entraría toda y que tendría que dejar, no se había dado cuenta del hambre que tenía.
-Estaba buenísimo-alabó una vez hubo dejado el tenedor.
-Me alegro. Se lo diré a Ren.
Horo-Horo se puso en pie con una sonrisa, recogiendo la vajilla y dejándola en el fregadero según le explica que sí, Ren cocina. Lyserg se disponía a ser un buen invitado, o al menos uno bien agradecido, poniéndose en pie para fregar, pero el chico le detuvo en seco tras hacer correr unos segundos el agua por encima de los platos para dejarlos en remojo, asegurando que no eran horas de ponerse a fregar.
A pesar de renegar e insistir, acabó siendo guiado por el Usui hasta la puerta que hay a unos metros más adelante en la misma pared que el umbral de la cocina, la cual resulta dar a un baño. Según mea, se lava la cara y las manos y se cepilla los dientes con pasta de sabor a menta y el dedo índice iba teniendo cada vez más claro que esos chicos suelen salirse con la suya, o que al menos lo hacen con él en particular.
Al salir del servicio el salón estaba vacío, pero al escuchar el ruido de la puerta su anfitrión asomó la cabeza por ese cuadrado oscuro con forma de puerta que hay en una esquina, haciéndole señas para que se acerque. Lyserg se introdujo allí con él, encontrando que, nada más traspasar el recuadro hay una puerta a la derecha y una escalera a la izquierda, separada de la pared contraria por un pequeño y relativamente estrecho pasillo oscurecido. Horo-Horo dio al interruptor guiándole por las escaleras de madera ahora iluminadas por una ténue luz amarillenta hacia la segunda planta. Allí hay cuatro puertas a lo largo de un pasillo, una al lado de la otra, y a Lyserg le pareció un tanto tenebroso; siguió al chico hasta la que queda más cerca, adentrándose allí cuando suelta un 'permiso' y recoge un 'como en tu casa, Lys'. La habitación es bastante grande y muy colorida y dispar, con las paredes celestes, las cortinas verdes y el techo violeta con diferentes flores pintadas.
-Era la habitación de una amiga; la de mi hermana es más bonita, pero el colchón de su cama está en nuestro Garito-explicó Horo, según abría el armario de puertas con espejos para sacar unas sábanas-. ¿Quieres una manta o un edredón para abrigarte?
Lyserg agradeció y negó por enésima vez, y en esta ocasión el otro le hizo caso. En la siguiente no: Horo-Horo insistió en ayudarle a hacer la cama hasta que Lyserg se dio cuenta de que estaba discutiendo solo mientras el chico ponía la funda del colchón, de modo que entre los dos acabaron en un par de minutos. Le preguntó por su amiga y su hermana, pues había dicho que sólo vive con su madre:
-Están en Hokaido-explicó Horo-Horo, poniendo una funda a la almohada-. Damuko vive allí con sus padres, y ellos cuidan también de mi hermana; ella está estudiando en un internado. Un coñazo.
-Toma-ambos se giraron al oir la voz de Ren desde la puerta; estiró un brazo con un bulto de telas oscuras hacia Lyserg-, para que duermas.
-Oh, no, no te preocupes.
-Dormir con la ropa con la que llevas todo el día por la calle es una guarrada-Ren tiró una camiseta enorme y un pantalón de chándal encima de la cama ya hecha-. Buenas noches.
-... Buenas noches-correspondió el inglés, escuchando sus pasos alejarse; al mirar hacia Horo éste puso los ojos en blanco.
-Ni caso, tú duerme como quieras... Bueno, creo que ya está todo. Si tienes hambre o sed o quieres ir al baño o algo, ya sabes dónde quedan las cosas. Coge lo que quieras. Si necesitas algo más, me avisas; mi habitación es la de la puerta que queda al pie de las escaleras, ¿vale?
-Vale. Muchas gracias, Horo-Horo, de verdad...
-No hay de qué-le interrumpió. Le miró un momento y sonrió, alejándose hacia el pasillo-. Que descanses.
Lyserg no se reconoce. Suspira, porque no puede creerse haber acabado pasando la noche allí y haber sido tan ingenuo de haber confiado tan ciegamente en unos desconocidos, a pesar de que se han portado realmente bien con él. Se siente muy agradecido con ellos pero muy mal consigo mismo.
Vuelve a hacer la cama y deja la ropa que ha utilizado de pijama doblada allí encima, antes de salir de la habitación y bajar las escaleras.
-Buenos días.
Se gira para mirar a Lyserg, que está asomado en el umbral de la puerta de la cocina. Da una calada antes de corresponder.
-Buenos días.
-... ¿Horo-Horo...?
-Duerme-contesta Ren, mirando a través del humo dulzón la cara del otro.
-Ah-suelta, aparentemente decepcionado.
Ren se lo queda mirando un momento; el chico parece no saber qué hacer a continuación, y él no está de humor para ponerse a hacer del joven cordial y amable que no es, mucho menos para con él. Y no es que le caiga mal, no; ni le conoce. Sólo le da asco. Sólo no le gusta, y para eso no hace falta conocerle; con ver su actitud de ayer le basta y le sobra. Entiende que Horokeu le haya invitado a quedarse porque, a fin de cuentas, no le cuesta nada y aparentemente, en su lógica indscutible, el chico le gusta ('explícame, Horokeu, por qué mierda', 'no jodas, Ren, tiene pinta de buena gente'), pero, venga ya, tampoco le iba a pasar nada por pasar la noche en las calles de Fudo. De Fudo, por favor.
Pero lo entiende, aunque no entienda por qué le gusta; no entiende cómo mierda le puede gustar un chaval que parece caminar de puntillas y morderse la lengua cada tres palabras, pero vale. Que luego no le vengan con que es un neurótico.
-¿Quieres desayunar?-pregunta, según saca un cartón de zumo de la nevera y se sirve medio vaso. Siente la boca seca y la garganta algo quemada, y la espesura y el frescor del zumo de durazno vienen genial. Señala los panqueques que acaba de hacer en un gesto.
-No, no-se apresura a contestar el chico, metiéndose las manos en los bolsillos-. Me voy ya, son pasadas las once.
Ren asiente, en señal de entendimiento, dándose la vuelta para volver a guardar el paquete de jugo.
-Bueno... Dale las gracias a Horo-Horo, por todo, ¿vale?, y dile que... que ya nos veremos.
Ren se gira y se lo queda mirando un momento, serio, preguntándose durante un par de segundos si el chico ha tartamudeado. Se da cuenta de que su actitud está desconcertando al otro, y se da cuenta también de que de ser por Lyserg ya habría salido de allí hace rato, pero que no quiere resultar hostil. Le mosquea un poco la idea de que el sentimiento de desagrado sea mutuo.
-Seguro.
El de pelo verde le mira un momento, borrando el gesto de confusión para ponerse muy serio, y Ren se huele que Lyserg no está tan seguro de que le vaya a repetir tanta bobada al Usui, y con razón; el propio chico se encargó durante toda la noche de ayer en agradecer y pretender 'no ser una molestia'. No se preocupa en tranquilizarle con respecto a esto, sintiéndose ligeramente satisfecho con la incertidumbre de Lyserg.
-... Bueno. Nos vemos.
-Seguro.
El chico da una cabezada, incómodo, y luego desaparece. Ren escucha la puerta soltar su característico chirrido al abrirse y un golpe bajo y sordo al cerrarse. Suelta un suspiro, dejando el zumo sobre la encimera. Sale de la cocina, cruza el vestíbulo, se mete por el hueco sin puerta que hay en una esquina del salón y luego en la puerta que hay a la derecha, hacia el cobertizo de Horokeu.
Él está despatarrado en medio de la cama (dos colchones individuales unidos que hay sobre el suelo), boca abajo. Tiene la cara girada hacia el lado opuesto y Ren cierra la puerta de la habitación tras colarse dentro. Luego se tumba sobre el colchón, (en el lado de Horo, el que no da a la pared), sin preocuparse por si le golpea o si se hace daño al caer, pues el soporte de la cama es el mismo suelo. Le comienza a doler hueso de la cadera nada más desplomarse, y Horokeu suelta una queja en forma de gemido cuando le da con el codo en un hombro.
-Déjame dormir.
-Me aburro.
-No es mi problema.
-Debería.
-... Fúmate un porro.
-Ya lo he hecho.
-Fúmate otro.
-Venga ya.
-Venga ya tú-al no recibir respuesta, Horokeu suspira, poniéndose boca arriba con los ojos cerrados-... ¿Y Lyserg?
-Acaba de irse.
Horokeu asiente lentamente un par de veces, vuelve a suspirar y pasa un instante. Luego se gira hacia él, todavía sin abrir los ojos, le pasa un brazo por el pecho, subiendo la mano hasta agarrarse de su cuello, y se apoya en su hombro. Ren se acomoda descendiendo un poco, colocando su brazo bajo el cuello de Horokeu y su mano por ahí perdida, a unos cuantos centímetros de la axila; con la mano libre vuelve a meterse el porro entre los labios y vuelve a encenderlo, notando cómo rápidamente Horokeu vuelve a estar a punto para dormir.
No pasan ni quince segundos en calma antes de que suene el timbre de la puerta. Horo lloriquea contra su cuello, estirándose un poco hasta rozar la piel con su nariz, pero vuelve a quedarse quieto.
-Si es mi madre tiene llaves. Si es alguien más y es importante, que llame.
El timbre suena una y dos veces más, la última más larga que las anteriores. Horokeu suspira y hace amago de levantarse, pero Ren tira de su cintura.
-Que llame.
Horokeu se ríe, dejándose llevar, aunque se siente culpable durante unos segundos. Los mismos que tarda el teléfono de Ren en empezar a sonar desde una de las mesitas de noche. El Usui estira un brazo por encima de su cabeza, tanteando en el mueble que hay allí detrás hasta dar con el aparato y pasárselo a Ren. Vuelve a acomodar la cabeza sobre su hombro y la mano en su nuca.
-¿Qué?-contesta el Tao, como siempre- Estamos, estamos... Entrad por detrás-guarda silencio, momento que aprovecha para dar otra calada-. Pues entra y le abres. Estamos en la cama... Cállate, imbécil... Entrad de una vez, que he hecho panqueques.
-¿De verdad, panqueques? ¡Te quiero, Tiburón!
Cuando se despierta se sorprende de encontrar a Hao durmiendo a su lado.
Anoche él volvió de estar con Anna sobre la una y él aún no había vuelto, a pesar de que le había dicho que no le apetecía salir. De modo que había supuesto que no vería a su hermano en toda la mañana, aunque también le hace sentir más tranquilo. Se siente amodorrado y se queda tumbado, los ojos cerrados, durante más de media hora.
Cuando por fin se levanta intenta hacer el mínimo movimiento y ruido posible con tal de no molestarle. De día en su casa siempre es lo mismo; siempre tener cuidado de no hacer escándalo, siempre ir con paso ágil de un lado para otro, siempre cerrar la puerta del baño cuando uno va a mear o a tirar de la cisterna o a abrir el grifo para que el ruido no se cuele en el resto de la casa. Mutismo continuo. O bien es porque su madre está durmiendo (ya que al trabajar por la noche no le queda mucha otra opción que descansar hasta bien entrada la tarde), o bien porque él y/(más probablemente)o Hao andan con resaca. Pero resulta algo cansino y aburridor. Incluso a veces solitario.
De modo que, como desde que tiene memoria, rescata sus auriculares de la cómoda antes de salir de la habitación. Se mete en el baño alargado y estrecho y se lava la cara y echa una meadita antes de ir a prepararse el desayuno.
Su madre y los gemelos viven en un apartamento pequeño, en la parte central de Funbari. Es un buen sitio el que se han buscado, rodeado de peatonales, a una calle del colegio infantil, tranquilo. Keiko no está en condiciones de hipotecarse, ni ha recibido una herencia, ni ayudas, y siempre se han apañado como han podido; desde que los gemelos tenían seis años hasta hace algo menos de cuatro años vivían en un apartamento al norte, cuyo balcón daba vistas hacia un aparcamiento de tierra; el sitio era mucho más grande, con tres habitaciones y un salón-cocina enorme. No era práctico: sólo eran ellos tres en un apartamento así de grande, que daba la sensación de siempre estar vacío aunque todos ellos se encontrasen dentro.
Cosa que, por otro lado, no solía ocurrir; su madre trabaja por la noche desde que se quedaron los tres solos, porque, aunque es una jodienda, es un trabajo bien remunerado (en cuanto a dinero) y pasa gran parte de las horas del día durmiendo, y a ninguno de los dos se les ocurre interrumpir su letargo, de modo que, fieles al ideal de dejar dormir a su madre en paz, al menos, ocho horas diarias, se hicieron callejeros. Al llegar a Funbari, quedándose solos por la noche y teniendo que guardar silencio y aburrirse por el día, no tardaron en encontrar una vía de escape en las calles del barrio y sus habitantes, o en la casa de Horo-Horo, que por aquella época solía estar abarrotada de gente pero que aun así, según descubrieron desde que le conocieron en una de sus expediciones, siempre acogía a cualquiera que lo necesitase.
Vivieron en aquella casa durante media década, y costó dejarla ir; a pesar de que con el paso del tiempo el tránsito por su morada fue disminuyendo cada vez más y que en los últimos años apenas la pisaban para dormir (generalmente si no podían quedarse en casa de alguien más, aunque en ocasiones les daba añoranza de sus propias camas), montar fiestas esporádicamente (a ninguno le gustaba pedirle eso a su madre, ni siquiera en sus días libres; preferían buscarse algún otro sitio y recurrir a el Garito como última opción y que su madre pudiese descansar en paz y hacer vida light al menos un día a la semana) o, y esto sí que siempre (porque es norma de convivencia desde que Hao intentó escaquearse un día para ir a casa de Horo-Horo y Keiko se puso hecha una fiera), cenar todos juntos en familia -lo cual no quiere decir exclusivamente familia de tres, porque tres cuartas partes de las veces también están allí Anna y a veces Horo-Horo, y, menos frecuentemente, Ren; en esas ocasiones Ren trae la comida preparada (en realidad, la trae Horo, pero la obra es suya), para que Keiko no tenga que estar cocinando ni gastando. Yoh recuerda con una sonrisa vaga la primera vez que Ren se presentó a cenar, con Horo-Horo cargando una bandeja enorme de lasaña; cómo le había halagado el gesto a su madre y la gracia que le había hecho, y cómo a Hao le cambió la mirada y la perspectiva y empezó a tratar prematuramente al Tao como a un amigo-. No se dieron cuenta de cuánto la echarían de menos hasta que la posibilidad de dejarla fue una relidad; no tenía sentido gastar tanto dinero en el alquiler de una vivienda tan grande cuando apenas pasaban allí unas cuantas horas diarias; no tenía sentido quedarse en un apartamento de tres habitaciones cuando el de Yoh era más bien un trastero, porque Hao y él siempre duermen en la misma habitación si están en casa; por mucho valor emocional que pudiesen tener ese montón de paredes (que ni siquiera era tanto), no tenía sentido que, en los meses más peliagudos, su madre tuviese que hacer horas extra o buscarse un trabajo temporal para salir a flote.
Y él y Hao se lo hicieron saber, claro. Con poco poco más de once años, tras la cena, aprovechando el único momento que compartían en familia, le dijeron a su madre que querían mudarse, sintiéndose algo adultos y maduros por su buen razocinio y lo bien que les salió el monólogo de a dos -que eran así, de a dos, todos los monólogos (binólogos) que le soltaban a su madre, porque siempre hablaban entre sí anteriormente para poner los puntos sobre las ies y prepararse el discuros. Incluso con los demás, cuando uno de ellos dos estaba completamente seguro de lo que expresaba en su soliloquio y para sí era de suma importancia, el otro se sumaba defendiendo la postura seudocompartida, aunque no estuviese del todo de acuerdo, convirtiéndolo en un pluriloquio. Generalmente porque sabían cómo pensaba el otro y, aunque a veces la opinión no era compartida, nunca era insensata y siempre comprensible, y no hacía falta que los demás supiesen en qué cosas no estaban de acuerdo los gemelos cuando ni siquiera ellos le daban importancia a sus diferencias. Por mucho que Hao bromee con remarcarlas, y tal vez precisamente por eso lo hace-. Keiko se sorprendió y se preocupó, y cuando ellos le explicaron que vivir allí no tenía sentido, se enterneció y entristeció. Fue a ella a quien más le costó despedirse de aquel apartamento. Yoh supone que por los recuerdos, porque la vida de su madre nunca ha sido fácil y ese apartamento representaba todo el sacrificio y el valor que le había echado para darles, a sus hijos y a sí misma, una vida mejor dentro de sus posibilidades. Supone que es porque aquel apartamento representaba los cimientos de su vida rehecha, y porque para ella aquel era su hogar.
Aún así, ella era aún más consciente que los gemelos de que el sacrificio no merecía la pena, y acabó librándose del apartamento. Buscaron otro y encontraron este, mucho más pequeño, con dos habitaciones, un baño estirado y estrecho, un salón de dimensiones prudentes y una cocina respetable. Los gemelos empacaron sus cosas, seleccionaron las de mayor utilidad y, como ya no tenían el cuarto de Yoh para hacer de trastero, metieron las demás en el sótano de la casa de Horo-Horo, el cual le había cogido más cariño al antiguo apartamento que Yoh y Hao juntos.
En general el cambio fue para bien, aunque Hao al principio solía quejarse, cuando estaban únicamente los dos, de que echaba de menos poder recurrir al cuarto-trastero de Yoh en busca de soledad, y él debía admitir que echaba de menos el baño enorme de su anterior hogar. Pero eran caprichos pequeños, y cuando comenzaron a ver a su madre más a menudo y menos cansada se les pasó deprisa. Según pasaron los años y ellos fueron consiguiendo dinero por sus medios (generalmente ilegales; a pesar de que Horo solía ofrecerles recomendarles cuando en su trabajo de turno quedaba alguna vacante, los dos eran demasiado vagos y no tenían tanta voluntad como el Usui) y dejaron de pedírselo a su madre, se sintieron mucho más satisfechos. Fundamentalmente porque el uso que ellos le daban al dinero era para fines básicamente lúdicos, cuyo nivel de amenidad dependía de substancias ilegales, y les hacía sentir culpables que su madre se partiese el lomo trabajando mientras ellos se gastaban su paga en hierba, hachis y alcohol. De modo que ambos comenzaron con sus trapicheos cuando Yoh se dio cuenta de que no iba a dejar la hierba y Hao se dio cuenta de que no iba a dejar ni la hierba ni el whisky.
Y la música desaparece de sus oídos. Gira el cuello para mirar por encima de su hombro, encontrando a un Hao despeinado, ojeroso y con cara de pocos amigos detrás de él.
-Llevo llamándote media hora-reclama el mayor, y a Yoh le parece diez años menor con la cara de berrinche que lleva. Se ríe por la idea.
-Tenía música.
-Ya, no hace falta que me lo dibujes-Hao sacude los auriculares que acaba de quitarle, haciendo una referencia a que es evidente, antes de dejarlos en la mesa, al lado del plato con dos tostadas que Yoh tiene delante. Se encamina hacia la nevera, la abre, rebusca, bufa, la cierra; se encamina hacia las alacenas, las abre, rebusca, vuelve a bufar-. No hay zumo.
Yoh sabe que se refiere a zumo de manzana, porque zumo sí que hay, pero de frutas tropicales, que es el que le gusta a su madre. Hao coge media barra de pan de ayer y se sirve una taza del zumo que sí hay antes de dejarse caer en una silla, frente a Yoh, al otro lado de la mesa. Tiene cara enfurruñada, como un niño pequeño y caprichoso, y Yoh sabe que anda con algo de resaca. Muerde el pan ligeramente endurecido arrancancando los bocados, y se come la mitad antes de volver a mirarle:
-¿Qué tal ayer?
Yoh se encoge de hombros, sonriente.
-Más bien tranquilo. Annita y yo fuimos a ver a Manta.
-¿No está estudiando?
-Ayer se tomó el día libre. Los Flowers volvían de sus viajes de vacaciones y...
-Así que queda con los Flowers antes que con nosotros-gruñe Hao, indignado, mirando ceñudo el trozo de pan, antes de arrancar con los dientes otro pedazo.
Es verdad que Manta casi nunca va con ellos. En parte porque sus intereses no son los mismos y encaja poco en el grupo. Manta es muy aplicado en sus estudios (casi más que Anna, que ya es decir), pasa la mayor parte del tiempo de clase extraescolar a clase extraescolar, incluso en vacaciones -sobre todo en vacaciones-, y no disfruta particularmente divirtiéndose de la misma manera en que ellos lo hacen. A pesar de que es su mejor amigo, Yoh es plenamente consciente de que tienen muy poco en común y que se ven mucho menos de lo que a él le gustaría, pero intenta comprenderlo. Con Anna muchas veces ocurre lo mismo, eso de no poder verse por algunos días porque ella tiene que estudiar, aunque la situación es diferente: Anna tiene que dejarse los codos estudiando para conservar la beca que la tiene en Flowers; Manta estudia obsesivamente para estar a la altura de lo que esperan de él. A Yoh eso no le gusta, que Manta tenga que alcanzar un listón, por mucho que él se empeñe en creerlo. Pero lo comprende; después de todo, él nunca ha tenido que cumplir las expectativas impuestas por sus padres y, a pesar de que cree que la ansiedad provocada por tal coacción no debe ser buena y que se lo comenta a su amigo, no piensa ser otra presión más, así que lo deja estar.
De todos modos, a pesar de que no tiene mucho en común con ninguno del grupo, cuando Manta sale lo hace con ellos. Se conocen desde siempre y cuando eran niños jugaban juntos (Manta, los gemelos, Allen, Horo, Damuko), y, a pesar de que al crecer han ido tomando caminos pautados por preferencias muy distintas, sigue llevándose muy bien con todos. No suele ir a las fiestas, pero siempre intenta ir a las acampadas, y cuando tiene un par de horas libres sólo avisa a Yoh y Anna, pero si se trata de toda una tarde no duda en ir con la peña.
-Sus padres se conocen-excusa Yoh, con una sonrisa tranquilizadora.
Hao le mira con cara de atolondrado y Yoh se ríe y Hao acaba riéndose también.
-El día en que yo empiece a juntarme con la gente que elige mamá, pégame un tiro.
-Probablemente me obligue a mí también-añade Yoh, pensativo-, así que apretaremos el gatillo para el otro a la de tres.
Vuelven a reírse y luego se quedan un momento en silencio. Yoh piensa en preguntarle sobre qué hizo anoche, adónde fue, con quién estuvo, qué tal lo paso, pero supone que, de haber algo notable que comentar, Hao ya lo habría hecho por sí mismo- con lo que le gusta contar sus batallas. E inlcuso tiene la impresión de que está evadiendo el tema, como preocupado por sacar a flote algún otro para rellenar el silencio y que a Yoh no se le ocurra mencionar el asunto. De modo que el menor se limita a comerse las tostadas en silencio y comenzar a pelar su naranja.
-... ¿Hay plan para hoy?-pregunta finalmente Hao, una vez se ha acabado el pan. Yoh le mira un momento, pensando que su mal aspecto se debe con mayor probabildad a las pocas horas de sueño que a la resaca.
-Pensaba ir a casa del Hoto un rato, aunque igual es muy temprano.
En realidad los días son todos más o menos iguales, las mismas caras, los mismos sitios, los mismos planes. Esa semana ya han ido cuatro veces a la casa del Usui nada más desayunar (en dos ocasiones ni eso, esperando que hubiese gasusa rica con la que alimentarse en la morada de su amigo).
-Que les jodan, vamos a despertarles.
Hao zanja el asunto poniéndose en pie y se dirige al baño después de beberse el zumo a toda prisa. Yoh recoge la taza y el plato de tostadas, estacionando la naranja de momento; friega los cacharros y luego se dirige al baño para lavarse los dientes. Cuando entra a la habitación Hao ya está dentro, sentado al borde de la cama; se ha cambiado de ropa y está liando un porro de hierba. Le comenta que está todo guarro y hediondo de anoche pero que no le apetece ducharse ahora, y Yoh se ríe, comprendiendo, mientras recoge su mochila de entre un cúmulo de ropa limpia que se ha caído del interior del armario y que hay en el suelo. Mete la sudadera que se llevó anoche dentro y le pregunta a Hao si quiere que meta un abrigo para él, recibiendo una afirmativa y una señal de cuál abrigo mientras lame el pegue y lo enrolla y une pegue y papel. Hao sale de la habitación y le recuerda la nota; Yoh se cuelga la mochila de tela gruesa y marrón a un hombro antes de recoger un montoncito de papeles y seleccionar el que dice 'Mamá, nos vamos a casa de Horo-Horo. Cualquier cosa nos llamas. Si no te contestamos, llama a Horo o a Ren' del cajón. Cierra la puerta de la habitación al salir, deja la nota encima de la mesa del salón y se encamina a la puerta. Realmente llevan tanto tiempo relacionándose con las calles de Funbari y alrededores que su madre no tiene mucho de qué preocuparse, pero aún así ellos siempre dejan una señal de su paradero (que puede ir variando en el transcurso del día, claro, pero al menos es una pista) para que se quede tranquila.
-¿Qué?-inquiere su hermano cuando, con un pie ya fuera del apartamento, Yoh da media vuelta.
Camina rápido hasta la cocina, recogiendo su naranja a medio pelar y cogiendo otras tres más entre las manos. Vuelve con Hao deprisa. Él sonríe torcido -ojeroso y pálido y con pinta de estar hecho polvo-, coge la naranja a medio pelar para que Yoh pueda meter las demás en la mochila y cierra la puerta con su mano libre.
-Las llaves-susurra el menor, de pronto, con cara de quien ha visto un fantasma.
Hao sacude una pierna para hacerlas tintinear en su bolsillo y Yoh sonríe aliviado, recibiendo su naranja tras guardar las demás. Comienzan a bajar las escaleras en la carrera de siempre, dándose empujones y jugando sucio para llegar primero; en relidad lo divertido no es ver quién gana, pues siempre llegan más o menos al mismo tiempo y ninguno reclama la victoria, sino los golpes que se dan durante el viaje. Al finalizar el último tramo, a Yoh le duele un costado y ve que Hao está aún más pálido que antes a causa de la competición. Al darse cuenta, una vez ya están en la calle, Yoh camina despacio, pero Hao acelera el ritmo cuando el sol le da en toda la cara, alegando que prefiere llegar más pronto que tarde.
Caminan a buen ritmo, uno al lado del otro, cruzando un par de peatonales. Cuando llegan a un tramo menos transitado Hao se aparta el pelo de una oreja y recoge el porro que tenía ahí escondido, dándoselo a su hermano. Es costumbre, desde que Yoh empezó a fumar porros regularmente y su hermano sólo de vez en cuando, que Hao le líe primero del día , como símbolo de buenos días. Hao generalmente no fuma hasta pasadas una o dos horas desde que se despierta, y ese día no es la escepción; Yoh da caladas profundas, poco preocupado por la gente que pasa pero escondiendo el cilindro y reteniendo el humo cuando se cruzan a algún niño. Se lo ofrece a Hao, recibiendo una negativa. Hao camina con los ojos entrecerrados y una mano haciendo de visera.
-¿Estás con resaca?-pregunta Yoh, un poco para llenar el silencio, un poco porque ya le está haciendo efecto y no es mala idea preguntar, antes de soplar la punta del porro para quemar el trocito de papel que sobresale a un lado de la ceniza y la pequeña brasa. Cuando lo consigue da otra calada.
-No. Pero tengo el estómago algo revuelto. Y estoy hecho polvo.
Yoh no dice nada, porque sabe que no ha acabado de hablar. Le empieza a contar sobre una chica que conoció anoche y que 'estaba como una puta cabra', que se estaban enrollando y:
-De la nada la tía empieza a darme de hostias con el bolso. Estos bolsos que son como monederos grandes... o carteras grandes, ¿sabes?-hace un gesto con las manos para ilustrarse. Yoh asiente-, que explícame tú qué metes ahí aparte del tabaco y el móvil... aunque igual son para salir de fiesta, ¿no?, donde no necesitas más que el móvil y el tábaco... y la farlopa, y el documento, claro. Bueno, el bolso de niña pija de toda la vida.
Yoh se ríe y Hao parece entre indignado y emocionado por la actitud de la chica. Sigue despotricando contra el monedero-cartera-bolso, diciendo que no tiene tiene sentido un bolso que tienes que estar llevando toda la noche en la mano porque no tiene correas. Luego le cuenta que la tía se dejaba el bolso por todos sitios y que él se lo iba recogiendo según se olvidaba de él, que pasó media hora con esa mierda en las manos y que no había valido la pena, aunque la tía molaba. Un poco tonta, pero graciosa.
-¿Adónde fuiste?-inquiere Yoh, después de estarse riendo sin parar durante toda la explicación de Hao.
-A Fruta-contesta, medio por lo bajinis, metiéndose por la esquina que da a la casa calle de Horo.
Yoh se vuelve a reír, más por cómo ha respondido Hao que por la respuesta en sí, porque ya se olía algo de eso. No le dice que si va a ligar a discotecas más de la mitad de las chicas van a ser como mucho 'un poco tontas, pero graciosas' aunque estén buenas, porque Hao ya lo sabe y en realidad no le importa mucho. Cuando lo que le apetece es simple y llanamente follar (mete, saca, mete, saca, adiós muy buenas), Hao sólo busca a algunx que le caliente, así que busca gente que esté buenx. Lo que pueda ocurrir después, si más allá de las apariencias calientan o no, es otra historia. Aunque a veces, como anoche, se lleve sus chascos.
Yoh se detiene cuando Hao lo hace, suponiendo que ya han llegado, mientras se coloca el porro entre los labios y vuelve a encenderlo -que entre tanta charlita y risita se le ha apagado.
-... Hola.
Deja de bizquear y levanta la vista, viendo a un chico delgado y de menor estatura, de ojos verdes enormes y nariz respingona, justo al otro lado de la verja del jardín de Horo-Horo. No le conoce, y mira por encima de la cabeza del desconocido para asegurarse de que realmente sea la casa de Horo-Horo, que lo es. De pronto piensa que tal vez sea algún amigo suyo de Hokaido, lo cual es poco probable pero posible.
-Hola-contesta Yoh, tras un par de segundos durante los cuales los tres guardaron silencio, algo sorprendidos, cada cual por distintas razones.
-Hola-repite el chico torpemente, y al momento aparta un poco la vista y se ruboriza, incómodo.
-Hola-suelta Hao, con voz ronca. Yoh no necesita ni mirarle para darse cuenta en qué está pensando. Con Hao frustrado sexualmente y el chico de pelo verde delante (el cual no es precisamente guapo, pero es lindo, es rematadamente adorable; los ojos grandes y brillantes, la nariz de duendecillo, el rostro pálido, las mejillas rosadas) no hace falta ser adivino.
Se hace un nuevo silencio. El de pelo verde les mira alternativamente, sin saber muy bien qué hacer.
-Me llamo Yoh.
El chico le mira la mano extendida, sorpendido, antes de sonreír pequeño y estrecharla.
-Lyserg.
Tras unos segundos de silencio, se sueltan las manos y Yoh vuelve a hablar:
-Hao-presenta a su hermano, señalándole.
-Hao-repite éste, a su izquierda, como atontado.
Lyserg se ríe ligeramente, aliviado de no ser el único torpe en aquella situación.
-Lyserg-repite, con una sonrisa algo escondida, haciendo de la lentitud de Hao una broma.
Hao traga saliva pesadamente y guarda silencio. Yoh no puede creérselo.
-Y... ¿eres amigo de Horo-Horo?-inquiere el más pequeño de los Asakura, buscando salvar la situación.
-No, no, yo... -Lyserg frunce un poco el ceño hacia el suelo- Nos conocemos -ambos gemelos asienten con la cabeza-... Tú sí eres su amigo, te mencionaron ayer-ataja Lyserg, dirigiéndose a Yoh.
Éste se ríe.
-Los cuatro somos amigos.
-¿Eres nuevo? ¿Te has mudado aquí?-inquiere Hao, de pronto como resucitado, casi antes de que su hermano acabe de hablar, buscando llamar la atención del nuevo.
Lyserg asiente con la cabeza.
-Vivo en Fudo.
-¿Te vas ya?-pregunta Hao nuevamente. Activando motores, piensa Yoh, y se ríe.
-Sí-contesta Lyserg, aparentemente sorprendido por la actitud de ambos.
-¿No puedes quedarte un rato?-insiste su hermano, y Yoh no necesita mirarle para adivinar qué clase de sonrisa lleva puesta.
Lyserg, por otro lado, parece cada vez más estupefacto, como si fuese la primera vez en su vida que le hacen tantas preguntas seguidas. Estira el brazo hasta la verja y la abre, echándose hacia atrás en el acto.
-No, tengo que volver a casa-contesta, con una sonrisa amable, manteniendo la reja abierta.
Yoh se ríe por lo cortés del gesto de cederles el paso y encima abrirles la verja, y se adentra en el jardín, sonriéndole a Lyserg a modo de agradecimiento. Lyserg corresponde y, una vez también ha entrado Hao, cruza el tramo hasta la anterior posición de los gemelos, cerrando la reja a su paso.
-Bueno... ha sido un placer-comenta, dando un paso hacia atrás, con una sonrisa.
-Igualmente-contestan los hermanos, al mismo tiempo, y luego Hao agrega:
-Nos vemos un día de estos, verde.
Lyserg le mira a los ojos, algo ceñudo por el apodo, y Yoh se da cuenta de que debe de sentirse completamente desubicado.
-Nos vemos.
El chico les dedica una última sonrisa y se aleja. Ambos se quedan allí de pie, pegados a la verja, durante casi medio minuto entero.
Comienzan a caminar en un acuerdo mudo y cuando Yoh le mira Hao corresponde inconscientemente y aparta la mirada al momento. Yoh se ríe.
-Cállate, imbécil-ordena Hao, consiguiendo que Yoh se ría más fuerte. Cuando llegan al porche el mayor se desmorona, poniendo cara de espanto-. ¿Qué coño ha sido eso?
-Si no lo sabes tú...-consigue articular Yoh, entre risas.
-He quedado como un gilipollas-dice, llevándose las manos a la cabeza. Al tocarse el pelo pone cara de dolor-. ¡Encima estoy sucio y apesto, Yoh!
Yoh no deja de reírse mientras toca el timbre. Hao, por otro lado, se queda callado, reprendiéndose mentalmente por su mala actuación y presentación. Vuelve a tocar, esperando un período más largo que anteriormente para hacer sonar el timbre nuevamente, dejando el dedo estancado en el botón durante unos cuantos segundos.
-¿Estarán en casa de Ren?
-Están dormidos, seguro-contesta Hao, estirando el brazo para volver a tocar. Yoh le da un manotazo para que lo deje.
-Les llamo... ¿o entras por detrás?
Generalmente cuando Ren y Horo están tan dormidos que no escuchan el timbre, Hao va hasta la calle de atrás y trepa por el muro hasta colarse en el jardín trasero, cuya única conexión con la casa es la puerta externa del cobertizo de Horo. Una vez ahí entra si la puerta está abierta y si no la aporrea hasta que le dejan pasar, y entonces va hasta la principal para hacer entrar a su hermano. Yoh es demasiado vago como para tomarse tantas molestias y, cuando no cuenta con la presencia de Hao, se limita a apalancarse en el porche y esperar a que alguien entre o salga y le encuentre allí.
-Llámales-gruñe Hao, malhumorado.
Poco más que decir, mi gente, sólo que probablemente haya palabras que no se entiendan dado el argot, así que os agradecería que dejéis comentario o PM diciendo cuál (o cuáles) para explicar qué es cada una de ellas; igual preferís buscarla(s) en internet o por ahí, que lo dudo, pero de ser así tal vez lo que encontréis no haga alusión a lo mismo que yo por, repito, la diversidad de jergas y eso.
Ahora mismo aclaro una; el término va a repetirse y, dado que es completamente coloquial y ocurre y se utiliza en todas las partes del mundo, hay muchas maneras de referirse a esto, y muchas maneras de degenerarlo, de modo que varía dependiendo del país, zona y demás:
Gasusa- 1. Es el hambre que generalmente le da a uno después de fumarse uno (o varios) porros. 2. Comida (generalmente basura) que se va a ingerir para quitarse el hambre producto del fume (1). 3. Comida (generalmente basura), picoteo
Si no lo entendéis ahora, lo iréis haciendo según el contexto, seguro. Si lo entendéis y conocéis la gasusa de otra forma, ¡a compartir jerga! (':
Y que dejéis review, coñojoder.
Gracias por leer
