Damas y caballeros, ¡les presento el tercer capítulo!
Disclaimer: Miraculous Ladybug le pertenece a Thomas Astruc, no a esta humilde fan.
Re-conexión
La única iluminación provenía de una solitaria lámpara eléctrica de emergencia, que proyectaba un halo de luz blanca azulada sobre el suelo de tierra y las paredes de roca, además de la linterna del teléfono de Marinette, que había ido a parar a un par de metros de su dueña, quien lo había soltado a causa de la caída. En un día normal, la chica habría estado preocupada por su celular, revisando que la pantalla no estuviese rota, o que no se hubiesen arañado los bordes. Sin embargo, ese día clasificaba completamente como anormal.
-Tú eres… - murmuraron, al mismo tiempo y en francés, las dos personas que se encontraban a solas en esa cámara de roca.
Marinette pestañeó numerosas veces, boquiabierta, convencida de que el rostro que se encontraba frente a ella no era más que un espejismo del desierto, y que pronto desaparecería. El cerebro de la persona que la observaba desde arriba trabajaba a toda velocidad, tratando de asignarle a los ojos azules, el rostro pálido y el cabello azabache de la muchacha un nombre que se encontraba enterrado en más de ocho años de recuerdos y vivencias. Ella misma, por un terrible segundo, se encontró dudando cuál de los dos nombres que resonaban en su cabeza con tanta claridad como si los hubiera pronunciado el día anterior le correspondía a ese rostro de ángel, hasta que un pensamiento se apoderó de su garganta, cerrándola por completo.
-¿M-mi Lady? –aventuró el rubio con voz quebrada, una voz similar a la que la chica recordaba, aunque levemente más grave, reverberando en la acústica de la cueva.
-Chat… -susurró la chica en medio de un suspiro ahogado, causando que el chico abriera aún más los ojos. Tragó en seco, tomando un corto respiro antes de seguir adelante, sacando a la luz lo que acababa de comprender, luego de años de ignorancia. - ¿A-Adrien?
Como si el nombre lo hubiese quemado, el susodicho saltó hacia atrás, aterrizando sobre su trasero a medio metro de distancia de los pies de la chica, quien aprovechó la oportunidad para incorporarse lentamente, apoyándose en sus codos. Sus ojos volvieron a encontrarse, y esta vez Marinette pudo ver que el rubio la estaba examinando de arriba a abajo, deteniéndose por largos segundos en las dos coletas que sujetaban su cabello, algo deshechas ya.
-Marinette. – acabó nombrándola el hombre, con temblorosa seriedad, anunciando la conclusión a la que acababa de llegar. Sus grandes y almendrados ojos verdes lo hacían parecer el mismo chico que había ido a la escuela con ella, pero su voz y su mandíbula apretada revelaban el efecto del correr del tiempo. Ella imaginaba que él también debía estar comparándola mentalmente con sus recuerdos, tanto los de Ladybug como los de su identidad civil.
Le había tomado ocho años de separación percatarse de que su compañero de batallas también era el chico de su clase que le gustaba, los cuales se habían esfumado de su vida exactamente al mismo tiempo. Todavía recordaba, con borrosos detalles, el último atardecer que había compartido con Chat Noir en el techo del museo Louvre, justo después de derrotar a Hawk Moth.
-Este es nuestro último día. –había dicho ella, con una lágrima resbalando por su mejilla, tratando de simular que no notaba que su compañero también estaba llorando en silencio.
-No, mi Lady. –había respondido él, con la voz quebrada, posando una de sus manos sobre el hombro de la chica. – Siempre serás mi… compañera.
Marinette fingió no escuchar la duda en sus palabras, la doble intención, la insinuación que siempre estaba presente cada vez que hablaban de la naturaleza de su relación. Sería mentira decir que ella no se sentía atraída por él, pero prefería no ahondar en el sentimiento. Ella se consideraba fiel, por lo que no iba a renunciar a su amor por Adrien Agreste hasta que no quedara otra opción. Sin embargo, al saber que nunca más sería capaz de saltar por los techos de París bromeando y discutiendo alegremente con Chat, no podía evitar querer quedarse para siempre en ese tejado con él. Decidiendo tomarse un minuto de egoísmo, la heroína encaró al muchacho y atrapó su torso entre sus brazos, sorprendiéndolo y provocando que se tensara durante unos segundos, luego de los cuales acabó por relajarse lentamente y corresponder el abrazo.
-Mi Lady, -murmuró el rubio cerca del oído de la chica, luego de haber permanecido en silencio por varios minutos, feliz de estar en sus brazos- no puedo quedarme en París.
Marinette alzó la cabeza abruptamente, separándose un poco del chico, observándolo con los ojos muy abiertos, enrojecidos por la sal de sus lágrimas.
-¿De qué hablas? –preguntó con voz temblorosa, aunque una parte de ella podía intuir el tipo de respuesta que recibiría al observar los ojos de su amigo.
-Yo… Yo tengo cosas que quiero averiguar. –respondió el chico, vagamente, mordiéndose el labio al darse cuenta de la expresión dolida en el rostro de Ladybug. – Sobre mí, sobre estos poderes que pronto perderemos, sobre nosotros.
-Chat… -intentó detenerlo la pelinegra, pero fue interrumpida a su vez.
-No puedo hacer eso en París, mi Lady. –continuó con vehemencia el muchacho, aferrándose a los hombros de su compañera como si su vida dependiera de ella. – Aquí está mi pa-padre, mi vida de civil, las expectativas que todos tienen de mí, y no hay suficiente información acerca de todo lo que necesito saber. Estoy seguro de que si me quedo, estaré obligado a vivir como si nada hubiese pasado, como si mi padre no fuera… Es decir, simplemente no puedo quedarme. –Concluyó, dejando caer sus hombros y mirando al suelo- Perdóname, Ladybug.
Los minutos que transcurrieron luego de esas palabras no eran tan nítidos en la memoria de la chica, pero todavía podía recordar haberse acercado al muchacho y haberlo abrazado una vez más, y haber llorado uno en el hombro del otro sin intentar ocultarlo hasta que el sol desapareció bajo el horizonte.
La semana que siguió encontró a Marinette en un estado de letargo, despojada de su segunda identidad, de su kwami y de su compañero de batallas. Por eso, cuando se enteró de que Adrien se iba a mudar a otro país en pocos días y la clase estaba organizando una fiesta de despedida para él, la chica no pudo llorar como su amiga Alya esperaba que hiciera. Cuando llegó la hora de despedirse del muchacho que había sido su amor secreto durante un año, no pudo hacer más que abrazarlo y desearle una vida feliz sin tartamudear ni una sola vez, para sorpresa de todos los presentes. Sólo cuando volvió a la escuela al día siguiente, y el asiento de Adrien estaba vacío, fue que la chica pudo derramar una lágrima, seguida de una cadena de amargos pensamientos sobre lo inevitable del final de todas las cosas. La tristeza se ancló en el corazón de la muchacha durante alrededor de un mes, pero una mañana soleada de Junio la sorprendió con una sonrisa sincera en el rostro, inspirada para el diseño de un vestido que acababa de imaginar. Era hora de crecer y convertirse en la diseñadora de modas que tanto había soñado ser desde antes siquiera de haber entrado a la secundaria, mucho antes de Ladybug.
Ahora, la poca luz presente en la cueva enfatizaba la sensación de que el hombre frente a ella era un desconocido, a pesar de que una parte suya quería pensar que no había nadie en el mundo que la entendiera mejor que él. Se fijó en que Adrien llevaba puesto un viejo par de jeans, botas de montaña y una camiseta de mangas cortas y cuello en V de color negro, y su pelo rubio despeinado acentuaba su parecido con su antiguo alter-ego. No parecía ni de lejos haber pasado por la misma cantidad de esfuerzo físico que ella ese día, por lo que supuso que poseía algún medio de transporte más eficiente que sus propios pies, o vivía realmente cerca.
-Debí haberme dado cuenta antes. –dijo él, notablemente más calmado después de los minutos de silencio cauteloso que se habían extendido entre ellos, con una expresión entre triste y esperanzada en sus ojos.
-Yo también. –coincidió la chica, asintiendo con la cabeza y respirando profundo para calmarse. La vocecita de la inseguridad que todavía visitaba su cabeza de vez en cuando, aunque ni de lejos tanto como antes, le dijo que probablemente se veía como un desastre. Y con muy buen motivo, respondió la voz de su raciocinio.
-¿Cómo llegaste hasta aquí? –preguntó el rubio, sentándose un poco más erguido, vacilante.
-A Egipto, en avión. –Acabó respondiendo Marinette luego de una pausa, con una sonrisa nerviosa igual a las de su adolescencia- A esta cueva, a pie.
-¿Desde Al-Qāhira? – Inquirió el chico, antes de corregirse – Es decir, ¿El Cairo?
-Sí. –respondió nuevamente la pelinegra, sonriendo con más amplitud. - ¿Qué puedo decir? Alya es voluntariosa.
-¿Alya está aquí? – siguió preguntando Adrien, cada vez más asombrado. - ¿Por qué? ¿Por qué vinieron?
Pasaron casi diez segundos hasta que Marinette concluyó que lo mejor era ser sincera, ahora que los secretos más importantes de su vida parecían no tener sentido.
-Vinimos a buscarte. – Respondió, sonrojándose un poco, agradecida con la poca luz de la cueva por ocultarlo. – Tenía mis dudas, pero parece que mi buena suerte sigue intacta.
Adrien la miró por unos cuantos segundos, levemente boquiabierto, antes de sonreír cálidamente y ponerse de pie. Avanzó hacia su ex-compañera de clases y de aventuras, y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, que ella aceptó con gusto. Una vez que estuvieron frente a frente, a la misma altura, el rubio se permitió esbozar una sonrisa pícara.
-Perdóname por perseguirte y lanzarme sobre ti, mi Lady. – Dijo, arqueando una ceja sugestivamente – Este gato pasó mucho tiempo extrañando a su dueña.
Marinette dejó escapar una carcajada, sonrojándose levemente al tiempo que golpeaba juguetonamente el brazo del rubio. Su corazón parecía no caberle en el pecho, hinchado de alegría. Había extrañado los manierismos y los coqueteos de Chat Noir más de lo que jamás admitiría en voz alta.
-Me diste un susto de muerte. – Dijo la chica, fingiendo estar enojada. – Pensé que eras un criminal que usaba esta cueva de escondrijo o algo parecido.
-Yo pensé que tú eras un criminal que venía a saquear los antiguos tesoros egipcios. – Admitió el muchacho, encogiéndose de hombros. – He tomado por costumbre enfrentarme a esa clase de gente para revivir los antiguos días de gloria. – añadió, riendo.
-¡Así que tú en verdad eres el vigilante misterioso de los rumores! – Exclamó la pelinegra, sorprendida – No es justo, Alya resultó tener la razón en todo.
-Asumo que fue ella la que averiguó cómo encontrarme. – Comentó Adrien, con curiosidad. - ¿Me cuentas la historia?
Marinette tomó un trago de agua ceremoniosamente de la botella que llevaba en su mochila antes de desenvolver el relato para Adrien, saltando hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, comenzando por la tarde invernal en que Alya le había presentado la idea, explicando las conexiones que habían hallado entre Egipto y la historia de Ladybug y Chat Noir, finalizando con la penosa marcha por la carretera y la discusión con Alya de ese mismo día. Incluso se tomó el tiempo de añadir detalles acerca de su naciente carrera de diseñadora y los constantes viajes de la reportera.
-Entré a la cueva en busca de Alya, de hecho, pero supongo que no está aquí, o ya habría venido a investigar. – Concluyó, encogiéndose de hombros, echando un vistazo al rostro de su ex-compañero, quien estaba concentrado en prestar atención. – Pero dejé una marca en la entrada del desfiladero, espero que si Alya pasa por allí lo verá y vendrá para acá.
-Oh, así que fuiste tú la que hizo esos dibujos. – Habló por primera vez el muchacho desde que había comenzado a escuchar la historia, pensativo- Suelo venir aquí, ¿sabes? En esta cueva hay… Un objeto importante que he estado, eh… estudiando. Cuando vi esa marca, pensé que algún saqueador lo había descubierto, o algo así.
-¿Te convertiste en arqueólogo? –preguntó la chica, extrañada. Siempre pensó que Adrien se decantaría por la Física.
-¡No! –respondió el rubio, dejando escapar una risotada. – Bueno, no oficialmente. Supongo que he estado actuando un poco como uno, en realidad. Pero en caso de que te lo estés preguntando, estudié Física Aplicada en la Universidad de El Cairo.
-Lo supuse. –dijo Marinette, sonriendo, para la sorpresa del chico. – Esa era tu materia favorita en la escuela.
-Ah, supongo que era de esperarse. –Admitió el rubio, con una sonrisa tímida- A mí tampoco me sorprende que te hayas dedicado al diseño de modas. Siempre fuiste muy buena en eso.
-Gracias, pero nos hemos desviado del tema. –Indicó la muchacha- ¿A qué clase de objeto te referías? ¿Tiene algo que ver con, bueno, nosotros? ¿Ladybug y Chat Noir?
Adrien se mordió el labio inferior, visiblemente meditando si debía revelarle la naturaleza de ese objeto, lo cual molestó un poco a Marinette. Ella no había tenido reservas al contarle acerca de su vida, ¿acaso no la consideraba confiable? Claro, ocho años de desaparición podían hacerle esa clase de cosas a cualquier relación, incluso la de ellos. Sin embargo, sus preocupaciones resultaron ser innecesarias, pues su ex-compañero acabó asintiendo con la cabeza y esbozando una pequeña sonrisa.
-Sí, creo que deberías verlo. – concedió, ofreciéndole su brazo caballerosamente con una breve inclinación y un guiño de ojo. – Ven, te lo mostraré.
La pelinegra aceptó su brazo, tratando de ignorar las mariposas que sentía en el estómago. Caminaron juntos en un silencio cómodo a través de los mismos túneles y bifurcaciones que habían cruzado a la carrera apenas alrededor de treinta minutos atrás, hasta que llegaron a otra cámara circular, con la diferencia de que ésta estaba repleta de objetos. Algunas sillas plegables, una mesa de plástico, palas y picos, lámparas eléctricas de emergencia, agujeros cavados en el suelo por todas partes. En un hoyo de un metro de profundidad en el centro de la cámara, a medio desenterrar, había un antiguo cofre de marfil.
-He tenido suerte de que nadie antes de mí haya encontrado esto. – comenzó a explicar Adrien una vez que ambos estaban dentro del agujero, soltando el brazo de Marinette para agacharse en frente del cofre y deslizar los dedos por el borde de la tapa. – Vine aquí por primera vez unos meses después de mudarme a Egipto, tratando de encontrar nuevas pistas sobre nuestra historia: Ladybug, Chat Noir, los Miraculous, cualquier cosa. Descubrí esta sección de la cueva, y me puse a cavar en el único sitio donde parecía que más nadie se había molestado en intentarlo, y en una hora encontré este cofre.
-Y luego te quejas de tu suerte. – terció la chica, ganándose una pequeña risa de parte del rubio.
-En verdad fue un hallazgo extremadamente fortuito. –concordó, antes de levantar la tapa del cofre y revelar lo que se hallaba en su interior. – Mira lo que hay adentro.
Marinette dio un paso adelante, asomándose por encima del hombro masculino. Adentro había una piedra aproximadamente esférica, de superficie accidentada, pulida y brillante, en cuyo interior parecía estar encerrado un arcoíris. La diseñadora podía sentir una energía diferente emanando de la piedra, una sensación que la invitaba a acercarse y tocarla, motivo por el cual la encontró totalmente aterradora.
-También lo sientes, ¿no es así? –preguntó el muchacho frente a ella, con una sonrisa triste. – La imperiosa necesidad de tomarla en tus manos. –Esperó a recibir un asentimiento silencioso de parte de la chica antes de continuar. –Somos los únicos que pueden, aunque sospecho que el maestro Fu podría sentirlo también.
-¿La ha visto alguna persona que no haya estado involucrada con los Miraculous? – preguntó la pelinegra con extrañeza, pues pensaba que la existencia de esa piedra sería un secreto, debido a la actitud previa de Adrien.
-Sí, un par de saqueadores de tesoros, y Nathalie. – respondió el muchacho, divertido con la expresión de sorpresa en el rostro de Marinette al escuchar el nombre de la asistente de Gabriel Agreste. – Mi… mi padre la envió a Egipto cuando le dije que quería venir. No quería dejar que un menor de edad se mudara solo. En fin, ellos simplemente pensaron que la piedra era bonita, si bien no particularmente valiosa. Dime, ¿te crees capaz de adivinar lo que ocurre si tocas la piedra?
Marinette no pudo evitar darse cuenta de que Adrien seguía vacilando cuando mencionaba a su padre, tal como lo había hecho como Chat Noir esa última tarde juntos, tantos años atrás. Sin embargo, prefirió no mencionarlo, concentrándose más bien en la misteriosa piedra que descansaba en el fondo del cofre frente a ella.
-La energía de esta piedra me inspira a pensar que si la toco, sólo puede suceder algo maravilloso. – respondió, con un escalofrío. – Según mi experiencia, y muchos libros y películas, eso sólo puede significar que es un objeto muy peligroso que debería quedarse enterrado.
El rubio volvió a reírse, asintiendo con la cabeza.
-Tienes razón, da mala espina si lo piensas de esa manera. –concedió- Sin embargo, yo opino que mientras se mantenga lejos de las manos equivocadas, tiene un potencial muy grande de servir para algo bueno. Observa.
Lentamente, Adrien introdujo un brazo dentro del cofre, y con una profunda inhalación, posó las yemas de sus dedos sobre la superficie de la piedra. Marinette sintió un cambio en el ambiente, como si se hubiese abierto una puerta que no sabía que existía, y hubiese dejado entrar el aire fresco a la estancia. Tras unos segundos, el muchacho alzó la cabeza y clavó sus ojos en ella, ocasionando que ahogara un grito de sorpresa.
-Con esto es que he estado combatiendo el crimen local. –confesó Chat Noir, dirigiéndole una mirada pícara con sus ojos de pupilas verticales.
¿Les gustó? Muchas gracias a todos los que se han tomado el tiempo de enviarme un review, y los invito a que continúen haciéndolo! Los reviews alimentan mi alma de escritora.
A partir de este capítulo, estaré haciendo todo lo posible por actualizar una vez por semana como mínimo. De todos modos, estimo que este fanfic será relativamente corto, probablemente de máximo diez capítulos, a menos que los dioses de la inspiración me den un flechazo de ideas irresistibles.
¡Hasta pronto!
