Descargo de responsabilidad: Skip Beat no nos pertenece… Ni siquiera cambiándonos el nombre por el de Nakamura Yoshiki…
Pereza: Incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia de uno mismo.
PEREZA
A la tierna edad de seis añitos, Reino descubrió el arte de hacer que los otros hicieran las cosas por él.
—¡Oka-saaaaan! —dijo bien alto para que su madre le oyera desde la cocina—. ¡No puedo hacer la cama, porque hay una señora muerta sentada encima y no me deja!
Sí, descubrió que diciendo las palabras adecuadas, no tenía por qué hacer ciertas cosas.
—¿Y tus deberes, Rei-chan? —le preguntaba su maestra de primaria.
—Hay un mushi en su espalda, sensei… —le decía—. Y se está comiendo su sombra…
Por supuesto, la incauta señora empezaba a retorcerse intentando quitarse de encima un mushi que no estaba allí y se olvidaba de lo que había preguntado.
Con doce años, el nivel de refinamiento aumentó…
—Rei-chan, ¿cómo que no has estudiado? —le preguntó su profesor de intermedia.
—Su abuela no me dejó hacerlo, sensei… Se pasó toda la noche gritándome en la oreja lo ingratos que fueron sus hijos y sus nietos… Dice que no le pagaron lo suficiente al sacerdote para que le diera un buen nombre de difunto, y ahora está condenada a vagar en este mundo para atormentar a los vivos, sensei…
El pobre hombre, en cuanto terminó su jornada laboral, salió corriendo al templo a encargar el mejor kaimyō para su abuela que el dinero pudiera comprar.
Y ya un adolescente, con catorce años, traía por la calle de la amargura a su desdichado profesor de gimnasia.
—¿Dónde demonios está tu ropa de deporte? —le preguntó el hombre una mañana al chico.
—¿En el armario del vestuario? —le respondió él, con ese tono de "Pero hombre, es obvio".
—¿Y por qué no la llevas puesta? —continuaba su profesor.
—Porque tendría que entrar en los vestuarios —a cuentagotas le respondía Reino.
—¿Y por qué no entras en los vestuarios y te cambias de una buena vez? —le preguntaba ya rojo de enojo.
—Porque una Kuchisake-onna acecha entre las sombras… —le contesta él—. Tiene las tijeras… Me cortará la boca de lado a lado si vuelvo a entrar. ¿No la oyen? —e impostando la voz, imita una voz de mujer—. ¿Soy hermosa? ¿Soy hermosa? —el profesor a estas alturas estaba tieso como palo de escoba, blanco el semblante. Y los compañeros de clase también—. ¿De verdad que no la oyen? —continuó diciendo Reino—. Se la escucha desde aquí… Yo le he respondido que sí, para que se calle y se vaya, pero ella sigue preguntándolo…
Y claro como el cristal, que ninguno entró a recoger sus mudas al terminar la clase, evitando a toda costa la abertura negra y ominosa que daba acceso a los vestuarios.
Todos se fueron en chándal a casa ese día…
Mentiras…, pensaba Reino. Todo el mundo sabe que si respondes a la pregunta de una Kuchisake-onna ya estás muerto. Solamente desaparecen si les dices "No, eres fea, y no quiero ser como tú". Pero qué crédulos son todos… La verdad es que estaba muy lejos el vestuario… Lejísimos. Todo un esfuerzo, levantarse y cambiarse de ropa… Y luego tener que correr…
Agotador…
Y con la costumbre y los años, llegó un momento tal que ni falta le hacían las excusas y pretextos a Reino para no dar ni golpe…
—Oka-san, córtame el filete.
—Oka-san, tráeme las zapatillas.
—Miroku, llévame al instituto en tu bici.
—Miroku, ¿la pregunta 16 es A, B o C?
—Oka-san… Déjame dormir…
—Sensei… Eso es mucha tarea…
—Oka-san…
—Miroku…
—¡Oka-san!
Los años pasaron uno detrás de otro (suele ser lo normal…) y la secundaria terminó. Para Reino también. Sí… Increíble… Aún está por ver cómo sucedió tamaña hazaña académica… Siempre estudiando a medio gas, con el mínimo esfuerzo como norma de vida, probablemente aprobó los exámenes gracias a Miroku y a sus habilidades sobrenaturales, que tenían atemorizadas a tres cuartas partes de la plantilla del profesorado. El caso es que se graduó y ahora, con diecisiete años largos, se le abría el mundo de los adultos.
El padre de Reino se negó a que la garrapata que tenía por hijo le siguiera chupando la sangre y la vida. Así que le puso un ultimátum: o se ponía a trabajar o estudiaba una carrera. Nada de quedarse en casa mano sobre mano, viendo cómo se movían las manecillas del reloj, o cómo las moscas dibujaban las mismas figuras una y otra vez.
Así que una tarde, en la habitación de Reino (porque la casa de Miroku quedaba a tres cuadras), estaban hablando de sus opciones de futuro…
—Podríamos trabajar en el supermercado de mi tío…
—¿Y estar todo el santo día cargando cajas? No, Miroku, gracias…
—¿Y el restaurante de los primos de tu madre?
—No me dejan entrar desde que les dije que tenían un akaname en los baños…
—¡Pero Reino! —le dice Miroku, abriendo los ojos con incredulidad…
—¿Qué? Para alguien que por una vez se encargaba de dejar limpísimos los inodoros… —continúa Reino.
—A lametazos… —precisa Miroku.
—Eso es lo que hace un akaname —confirma Reino, asintiendo con la cabeza.
—Pero es asqueroso… —y arruga la cara con disgusto.
—Pero los baños estaban más limpios que nunca… —insiste Reino.
—En fin… —suspira Miroku—. Dejemos a la familia. ¿Qué te parece si nos hacemos actores?
—No, por los dioses… Sería incapaz de madrugar para llegar a los platós.
—¿Y cantantes? —propone Miroku.
—¿En solitario o a dúo? —pregunta Reino, pensativo.
—¿Mejor en grupo?
—Están de moda los grupos… —comenta reflexivo—. Éxito rápido. Podría ser…
—Pero sabes que esto no se hace solo, ¿verdad? —Miroku se sienta en el suelo junto a él—. Habría que elegir el tipo de imagen y estética de la banda, qué clase de música tocaremos… Bueno, tocaremos los demás, porque tú cantarás, Reino —él asiente—, eso significa que al menos tendrás que aprenderte las letras —aquí Reino protesta con un movimiento de ojos—. Sí, algo tendrás que aportar al grupo… Debemos pensar en las canciones que queremos cantar, escribirlas, componerlas, arreglarlas, grabarlas, memorizarlas, interpretarlas…
—Demasiado trabajo, Miroku… —protesta Reino.
—¿Y si simplemente tomamos la idea de algo que ya existe? —añade Miroku. Y luego sus ojos se llenan de estrellitas, en un momento de iluminación, cuando una idea aparece en su mente—. ¿Y si copiamos a Fuwa Sho?
Y el muchacho aguarda expectante al dictamen de su amigo. Reino se toca los labios con el pulgar, pensando en las posibilidades que se abren ante ellos.
—Miroku… En ocasiones eres un auténtico genio…
Y así fue cómo empezó la aventura musical de Reino.
Evidentemente, fue Miroku quien se encargó de comprar el vestuario visual kei. Y era Miroku el que entrevistaba a los candidatos para formar su banda, mientras Reino callaba, sentado a su lado, leyendo el aura de los entrevistados. Tuvieron suerte de que al menos uno de ellos fuera compositor. Por lo demás, parecían músicos competentes.
Reino se dejó llevar… Miroku les buscó un agente y antes de darse cuenta, ya estaban actuando y lanzando su primera canción. Con el primer dinero que consiguieron, se fueron a un apartamento en la zona VIP de Tokyo que Miroku administraba con diligencia. Fue él quien filtró en ciertos medios que Reino dormía en un ataúd rodeado de rosas, como si fuera un vampiro. Lo cual era cierto. Pero la verdadera razón (y que solo ellos dos conocían) era porque un ataúd resultaba mucho más fácil de arreglar por la mañana que estar haciendo la cama, siempre con ese lío de mantas y sábanas… Por no hablar de lo bien que queda en su espectral imagen Vie Ghoul y ante las fans perturbadas.
Otro aspecto de su imagen que desataba la trastornada imaginación de las fans eran sus uñas. Uñas afiladas como garras. Para nada postizas, sino bien reales. Las uñas de un ser de ultratumba que camina entre mortales. Pues no. Las uñas de un gandul. De un holgazán. Eso es lo que eran… Era más fácil llevarlas así que estárselas recortando continuamente…
Su primera canción había sido propia, pero pronto se lanzaron al cómodo plan de vivir de Fuwa Sho. Su estilo, su música, sus letras, sus vídeos… Su puesto en las listas… Hasta entrevistas y fechas de lanzamiento le usurparon… Su ascenso fue inmediato… Era todo tan fácil…
No contentos con el plagio descarado, se lanzaron a por el robo… Estrenar las canciones que había escrito el propio Fuwa antes que él mismo las publicara. Claro, un dinero que cambia de manos y todo salía a pedir de boca…
Los chicos le llaman perezoso… Pero quien diga que usurpar una carrera y una vida requiere de cierto trabajo y esfuerzo, no se equivoca, pero es que a Reino no le costaba nada. Era muy fácil, como el que aplasta un insecto bajo su bota… Y en medio de la confortable vida que vivía, surgió un deseo. Por primera vez quería algo. Por primera vez deseaba algo. Estaba determinado a robarle a Fuwa su mujer, novia, o amiga de la infancia… Estaba decidido a que el espacio lleno de negro odio que él ocupase en el corazón de la muchacha fuera mayor que el de Fuwa.
Aún no sabía si la quería o no como novia. Es que las chicas requieren demasiadas atenciones y demasiados cuidados. Por suerte, Miroku siempre está a su lado…
Reino se tiende en el sofá y cruza los brazos tras la cabeza y deja que Miroku se encargue —como siempre— de todo. La larga melena de su amigo le hace cosquillas en la piel expuesta del bajo vientre mientras piensa en cuándo acercarse a Kyoko.
Mañana. Mañana lo haría… O quizás pasado mañana…
