Nota de Autor: ¡Cambio de planes! Éste no es el último capítulo ohoho ~ De hecho, este capítulo ni siquiera debería existir, pero helo aquí, de cualquier manera :v Algunos de ustedes ya me lo estaban pidiendo, y yo estoy aquí para servir (wink wink), así que ¡espero que les guste!


Té y Clientes

El gato, sólo el gato

Apareció completo y orgulloso:

Nació completamente terminado,

Camina solo y sabe lo que quiere.

La habían puesto justo en sus brazos. Se despidieron y le desearon tanta suerte como pudiera cargar junto al gato, y parecieron desaparecer en un instante. No estaba listo para esto.

No tenía comida, no tenía medicina, no tenía una caja de arena o una cama o siquiera un ratón de juguete con el que pudiera jugar. Todo lo que tenía era el gato en sus brazos, una mochila incómodamente pesada en sus hombros, y una mínima cantidad de dinero en su billetera y cuenta bancaria.

No le era del todo claro qué lo impulsó a actuar de esa manera. Aun así, hay que verle el lado positivo a las cosas. Asumiendo un aire de seguridad y calma, quitó las garras de su suéter y alzó al gato a sus ojos, a la mitad de la calle.

"Todo va a estar bien," Makoto le dijo, mirando los enormes globos azules que eran sus ojos.


Naturalmente, tuvo que hacer una parada en la tienda de mascotas en su camino a casa. El gato, diminuta cosa que era, se aferró desesperadamente a su pecho, viéndose más aterrada de la vida de lo que él había estado cuando le dijo a sus padres que le gustaban los hombres. Eventualmente, en el autobús, empezó a maullar, aunque ahora se escuchaba más como un llanto.

El encargado lo observó con una expresión bizarra mientras juntaba bolsas de comida de gato en una mano, y sostenía al tembloroso gato con la otra. No había parado de llorar, así que era posible que haya empezado a arrullarla en sus brazos como uno haría con un bebé.

Dos bolsas. Le sería imposible cargar más de eso a su apartamento, aún si tuviera el dinero para comprar más. Por ahora, tendría que ser suficiente.


El viento del amor en la intemperie reclamas

Cuando pasas y posas cuatro pies delicados en el suelo,

Oliendo, desconfiando de todo lo terrestre,

Porque todo es inmundo para el inmaculado pie del gato.

Al menos su apartamento era silencioso. No estaba en uno de sus mejores días, pero era un hogar, y era cálido, y tenía muchas superficies suaves donde el gato podía ser depositado mientras él iba y reevaluaba su vida. De hecho, no había tiempo para eso; tenía gatos que alimentar.

El repentino cambio de ambiente logró sorprenderla hasta dejarla sin palabras, tan siquiera. Makoto la colocó cuidadosamente en su cama, y ella empezó, inmediatamente, a rodar por las sábanas. Sólo le tomó un momento ir y tomar un plato de la alacena, donde sirvió la mitad de los contenidos de la bolsa de comida, pero cuando regresó, la gatita se veía incluso más pequeña que antes. Ahora recordaba.

Estaba demasiado pequeña como para dejarla ahí, pensó, aproximándose a la cama con el plato en sus manos. Aún si la hubieran llevado a un buen refugio, y aún si hubiera tenido gente que la cuidara, estaba demasiado pequeña.

"Hola," dijo, lentamente sentándose al borde de la cama.

Ella estaba en su propio mundo, inspeccionando uno de los soles púrpuras en sus sábanas. Makoto la vio por un rato, y luego la tocó tentativamente. Como no ocurrió nada desastroso, lo hizo de nuevo, y de nuevo, hasta que los toques se convirtieron en caricias y continuó hasta que ella empezó a enterrar su cara contra su palma.

"¿No tienes hambre?" preguntó, y casi mueve el plato de sus rodillas a la cama antes de detenerse. Ninguna de las dos era una buena idea; no se había cambiado de ropa y hacía poco que lavó las sábanas. "Okay," se dijo a sí mismo, y levantó al gato con gentileza en una mano, llevándola a ella y el plato a un lugar vacío en el piso, por la puerta del balcón.

La bajó antes de que pudiera asustarse otra vez. Entonces, puso la comida frente a ella, le dio un pequeño empujón, en la dirección correcta, y observó. El plato era más grande que ella, en lo que respecta al diámetro. Pero sólo le tomó dos, tres segundos de inspección antes de atacarlo con toda su fuerza gatuna.

Makoto alzó las cejas cuando la escuchó gruñir a la comida, pero pestañeó y la dejó mientras tomaba la oportunidad de cambiarse de ropa. Maravillado por la estática que producía su suéter al quitárselo, dio un vistazo al reloj. Hace cuatro horas estaba tan estresado que quería llorar, intentando aprenderse la información para una exposición, preocupándose porque no terminó de copiar unos apuntes en clase, y buscando formas de ahorrar suficiente dinero para sobrevivir una semana más.

Ahora todo estaba temporalmente olvidado, y tenía un gato.

Se puso una playera y observó el pequeño monstruo comelón en el piso. Se preguntó si tenía una taza lo suficientemente pequeña para servir de vaso para el gato.


"Tendremos que buscarte un nombre," Makoto anunció, sosteniendo sus rodillas contra el pecho y mirando al gato marchar por su apartamento al día siguiente. "¿Tienes alguna preferencia?" Encontró una pieza de lana de una de sus bufandas más viejas y la empezó a rodar por el piso. "Está bien," Makoto dijo, quedamente, y acercó más sus rodillas.

Ese día logró regresar a casa con una caja de arena, comida más diversa, y una pequeña bolsa de lo que aparentaba ser las compras de la semana. Cuando checó todos los muebles con la esperanza de que quedaran sobras de, pues, lo que sea, encontró dos bolsas cerradas de arroz. Era motivo de celebración.

Deseaba poder haberle conseguido un juguete, pero se le había olvidado. De cualquier manera, se veía perfectamente feliz, flojeando alrededor de sus suéteres. Era tan pequeña y suavecita. Su pelaje café parecía ir en todas direcciones, como una estrella. Cuando intentó acariciarla, hace rato, ella se dio la vuelta y empezó a morderle los dedos sin mucho fervor.

Una idea iluminó su rostro. Sonrió.


Decidió llamarla KitKat, en honor a sus mascotas de la niñez; Hershey, Ferrero y Cadbury, y porque últimamente extrañaba la sencillez de la infancia. Una semana había pasado y ya no estaba tan triste. Además, KitKat se veía alegre, durmiendo y jugando y comiendo todo el día; y se sentía tan bien, no llegar a un cuarto vacío. Había sido difícil, vivir solo, después de haber vivido en una familia de cinco.

"Hola, ¿cómo estás?" preguntó cuando, momentos después de cerrar la puerta, empezó a ser escalado con el uso de pequeñas, filosas garras. "¿Cuándo aprendiste a hacer eso?" miró al gato colgando de su cadera, y la ayudó a llegar a sus hombros. "Ten cuidado."

KitKat tenía un agarre de fierro que ha dejado docenas de marcas en su piel, así que sería relativamente fácil caminar con ella trepada encima suyo. Primero lo primero; depositó su mochila en una silla y fue a la cocina para servirle su comida. En cierto punto, KitKat tuvo la idea de bajarse por sus brazos en cuando la bolsita de comida estuvo en sus manos.

"Crecerás para ser una funámbula profesional," dijo, antes de recogerla y dejarla en el piso, junto a su pequeño plato estampado de huellas de gato.

Aún ronroneaba cuando le daban comida. Era maravillosamente adorable. En realidad, le recordaba a cuando tenía, quizá, 8 años, y su madre preparaba donas glaseadas para él y sus hermanitos. Ran y Ren parecían vibrar en sus asientos mientras esperaban.

…Sí, definitivamente extrañaba la sencillez de la infancia.

A veces, se arrepentía de haberse ido a Tokio. Hubiera querido seguir con su familia, pero entendía que era necesario separarse, darles tiempo para aceptar las cosas; para aceptarlo a él. Sabía que todo se arreglaría, que un día regresaría, y no sería a sonrisas tensas, añoranza a nietos que no existirán, sino a donas glaseadas y risas y verdadera familiaridad.

Todo se arreglaría. Todo estaría bien.


Se le ocurrió, demasiado tarde, que no tenía a nadie con quién compartir su paleta doble. Así que Makoto se sentó en una banca, mirando de vez en cuando a los niños patinando en el parque, y otras veces viendo la paleta de hielo que tenía en ambas manos. Últimamente se distraía mucho.

Dio un vistazo al gato que yacía junto a él, ahora un poco más grande. Después de un momento, KitKat levantó los ojos, una mirada casi inquisitiva en su cara. Makoto regresó a su helado y finalmente lo dividió en dos.

"Ah, ¿por qué no?" dijo, e hizo unas cuantas maniobras para romper un pedacito del helado con los dedos y ponerlo en la envoltura, frente a su gato.

En tan pequeña cantidad, seguramente no le haría mal. Ha encontrado y comido peores cosas en su apartamento, después de todo.

"Bon apetit," ofreció, y empezó con su propia paleta.

Era su segundo verano en Tokio. El primero había sido interesante: acababa de terminar su primer año de universidad, y todo parecía ir bien, más o menos. Había sido nuevo, estar solo en la ciudad y no tener nada obligatorio qué hacer. Había sido liberador, entonces.

Ahora estaba, más que nada, aburrido.

En invierno, había hecho planes, reunido ideas de cosas que quería hacer cuando tuviera tiempo libre en las manos. Ya no se escuchaban tan interesantes. Hacía unas semanas empezaron las vacaciones de verano, y no había hecho nada durante ese tiempo, a excepción de reorganizar su plan de estudio y pasar demasiado tiempo sentado.

Se sentía extrañamente familiar — el estar sentado sin hacer nada, eso es.

"¿Te estás divirtiendo?" le preguntó a KitKat, después de que había lamido todo la envoltura. Le dio una mirada dolida y, conmovido, Makoto le ofreció otro trozo de helado.

Estaba a la mitad de su postre, viendo en mudo apoyo a una niñita aprendiendo a andar en bicicleta, cuando lo golpeó. No la bicicleta, aunque eso hubiera sido menos doloroso. Mordiendo el palito de madera rodeado por hielo, Makoto hizo una mueca, y no sólo por haberse lastimado los dientes.

No era sorpresa que estuviera tan satisfecho con su continuo estado de letargia y aburrimiento — hubo un tiempo en el que estuvo acostumbrado a eso. Por uno o dos años, hasta que sus padres se dieron cuenta y lo metieron a clases de piano para que tuviera algo que hacer en las tardes. La insatisfacción era tan buena motivación como cualquiera; Makoto se terminó el helado con lo que podía ser interpretado como determinación.

"Apresúrate con eso," tocó a KitKat gentilmente en la cabeza, y se levantó. Después de estirarse, sonrió. "Vamos a ir al Planetario," le contó. Y después a los Jardines Botánicos, y al Mercado de Flores, y vamos a reparar mi bicicleta, y compraremos nuevos libreros.

No se iba a permitir caer de nuevo; aún si tiene que obligarse físicamente a moverse. Quizá hasta consiga un empleo. No debería ser tan difícil después de haber metido a KitKat de contrabando a un museo de arte.


Cada vez que la presión se hacía demasiada, Makoto determinaba que era buen momento para evaluar su vida. Cuando era pequeño, convenció a sus padres para que lo dejaran poner un puesto de té helado frente a la casa. Tuvo tanto éxito como uno esperaría de algo así, pero fue entonces que Makoto aprendió una lección de vida muy importante: tratar con clientes es difícil.

Ahora, muchos años después, podía decir un par de cosas más: en primera, que el té de manzanilla ayudaba a calmar los nervios, siempre y cuando te hayas tomado tres tazas seguidas, y en segunda, que haber participado en esa puesta en escena de Peter Pan a los 11 le salvó la vida. Le enseñó a sonreír de tal manera que no irritara a los demás, y le enseñó a hacerlo habitualmente. Funcionaba tan bien que hasta a él lo hacía sentir mejor.

Eso probablemente lo ayudó mucho. Especialmente cuando sus compañeros de trabajo le empezaron a dar miradas extrañas por la fila de tazas vacías en la barra. Afortunadamente, eso sólo pasó las primeras semanas, cuando comenzó a trabajar. Al parecer, el té de manzanilla también es famoso por darte sueño. Alguien debió haberle dicho eso antes.

Honestamente, pensó, en un inicio, que trabajar en el café sería más aburrido. La primera semana fue un caos, aprendiendo cómo usar las cafeteras. En la segunda, no sabía qué hacer mientras esperaba a que llegara un nuevo cliente. La tercera fue el final de las vacaciones, por lo que fue una verdadera pesadilla, con largas filas durante cada turno.

Era bueno que haya empezado durante el verano, no obstante. Lo mantuvo ocupado, sin duda — tanto que no se preocupó por la menor cantidad de clases que llevaría ese semestre. Cuando estuviera listo, regresaría a un horario más exigente.

Puede que se haya puesto un poco sentimental cuando le dieron su primer cheque, por la felicidad de que podría comprar algo que no fueran bolsas de arroz o ramen barato por primera vez en dos meses. Quizá hasta podría comprarle a KitKat comida de mejor calidad, si planeaba bien sus gastos. Todo estaba bien. Con un horario más relajado, podría volverse a poner de pie relativamente rápido — y, más importante, sin tener que llamar a sus padres para pedir ayuda, dinero, o sobras de comida.

Resultados de la evaluación. Tratar con clientes es difícil, demandante, y cansado aun cuando Makoto no lleva sus problemas consigo al trabajo. Tenía que poner los pies en la tierra, limitar su consumo de té a un taza al día, y respirar hondo. Lo lograría. Sobrevivió esos dos últimos meses, después de todo.


Makoto tenía muchas personas.

Estaba esa ancianita que venía cada dos días, a las 4 de la tarde, y pedía sidra caliente, y él siempre le sonreía con la ligereza de saber que su sonrisa sería correspondida. Estaba ese hombre que en principios lo sorprendió, ordenando cuatro tazas de café oscuro para después llenarlas con cinco cucharadas de azúcar y canela. Estaba esa mujer de negocios que llegaba una vez a la semana para pedir té verde extremadamente caliente y fuerte. Había varios clientes que lo conocieron cuando apenas aprendió a hacer café y que seguían frecuentando el lugar. Y estaba — bueno, estaba el joven de los ojos azules al que probablemente aterrorizó cuando lo conoció.


"Um, disculpa. Eran… tres Americanos, dos mokas y un expreso doble, ¿cierto?" Makoto preguntó mientras checaba los garabatos en su libreta. Usualmente, su letra era mucho más entendible, así que esto sólo se podía atribuir a la prisa de la mañana. "¿O no?" levantó la mirada.

Del otro lado de la barra, Haruka lo estaba mirando con el ceño fruncido y una mueca en los labios, y ojos denotando absoluto horror. A veces desearía poder darle un descanso al pobre, darse un descanso él mismo, ofrecerle una taza de chocolate caliente, una sábana y una almohada suavecita, y preguntarle cuáles son sus caricaturas favoritas. Lamentablemente, no podía hacer nada de eso, y tampoco pensaba ser la persona indicada para hacerlo, o que a Haruka le hubiera gustado. No hablaban mucho.

"Tres Americanos, dos expresos, y un latte…," Haruka corrigió, sin cambiar de expresión.

Una pausa siguió como la repentina ausencia de ruido de fondo en la noche. "Ah," Makoto dijo, volviendo a mirar su libreta. "Oh, perdona, creo que me salté una línea. Lo siento," dijo otra vez, mordiéndose el labio, pero Haruka ya no lo seguía mirando, decidiendo, en su lugar, observar vacantemente la selección de postres.

Habían sido dos semanas de interacción, y Makoto estaba haciendo todo lo posible para reponer la mala primera impresión que dio. Hasta ahora, su más notorio avance fue un pequeño muffin de desayuno gratis, por el que Haruka pagó al día siguiente de cualquier manera. Aun así, se venían tres veces a la semana, y Haruka parecía ir a comprar café para los de Future Fish con mucha frecuencia, así que no era nada inusual que Makoto quisiera ser amable.

Tomó tres de los seis vasos que había puesto en la bandeja de cartón, agradecido de que no hubiera ningún otro cliente en la fila. "Los haré de nuevo. Estarán listos en un minuto."

"No, en serio no –" Haruka movió las manos por un momento, pero aparentemente reconoció la futilidad de la situación una vez que Makoto empezó a trabajar en la cafetera de nuevo. Por parte de Makoto, estaba intentando trabajar más rápido con esa idea en la mente. "Pensé que tal vez no lo notarían…"

No era lo que estaba esperando oír, y la mirada exhausta en el rostro de Haruka era interesante, así que Makoto pausó un momento para admirarla y reprimir una risa. "No te preocupes, no es inconveniente," dijo una vez que volvió a añadir grandes cantidades de leche hirviendo al latte.

"Si tú lo dices," creyó escucha murmurar a Haruka, pero era difícil de distinguir entre el rugir de las máquinas.

Siendo un hombre de palabra, Makoto terminó medianamente rápido, y sin quemarse las manos u otras partes necesarias del cuerpo. Para ser su segundo mes trabajando ahí, lo estaba haciendo bastante bien. Cuando todos los vasos estuvieron dentro de la bandeja, un suspiro de alivio salió de Haruka también.

"Er, extra," dijo antes de que Makoto tuviera la oportunidad de probar suerte y darle otro muffin o una rebanada de cheesecake como disculpa por el daño emocional. Le tomó un momento darse cuenta que Haruka estaba sacando su billetera.

"No, no," levantó las manos en son de paz. "No tienes qué, fue mi error," lo que Haruka pareció tomar como una ofensa personal, las arrugas en su entrecejo volviendo la sonrisa de Makoto más frenética.

No era mentira, tampoco. Probablemente no pase nada si tira tres vasos de café, en caso de que nadie llegara y los pidiera en los próximos cinco minutos. No había motivo para preocuparse. Cambió su expresión a una sonrisa más casual.

El puchero de Haruka disminuyó una fracción, pero la sospecha seguía ahí. Pero de cualquier manera, eventualmente guardó su billetera y tomó la bandeja sin más discusión. Lo que era un bendición, porque Makoto no era particularmente bueno en ellas.

"¡Ten un buen día!" llamó con la alegría de haber ganado una semi-discusión sin más esfuerzo que una buena sonrisa.

Desde la puerta, Haruka le dio otra mirada furtiva, acusadora, y salió. Una vez que la puerta cerró, Makoto se encontró sonriendo de nuevo. Entonces, giró sobre sus talones, viendo los aún humeantes vasos de café, y cruzó los dedos por que llegaran clientes.


"¿No crees en los fantasmas?" Makoto preguntó, porque era importante, después de su tercer dueto improvisado.

Haru, jalando su bufanda en un intento de cubrir tanto de su cara como fuera decentemente posible, estaba siguiéndolo distraídamente por los terrenos de la universidad. Había frío, pero no había mucha gente, y Makoto no estaba seguro si invitarlo a ir por algo caliente de beber sería aceptable o no.

La bufanda era muy grande, con aspecto muy suave, muy azul, y siempre en la posesión de Haru, últimamente. Makoto no le hubiera prestado más atención de la necesaria, si no fuera por la paleta de colores, formando un degradado con el azul más claro de los ojos de Haru.

"Fantasmas," Haru repitió con cautela, dejando que dicha bufanda colgara alrededor de su boca, y dándole a Makoto una mirada que indicaba que no sabía si se estaban burlando de él o no.

Makoto asintió. "Fantasmas. ¿No crees en ellos?"

Después de honrarlo con unos momentos más con la misma expresión, Haru vio al frente y dejó salir un aliento particularmente pensativo, una nube en el aire de noviembre. Esperando por la respuesta misteriosa, Makoto intentó calentarse las manos en los bolsillos, junto a dos canicas y un paquete de goma de mascar.

"¿Es por el cappuccino de Halloween que rechacé?" Haru le preguntó, reorganizando su bufanda y siguiéndolo entre dos sauces. Técnicamente, aún estaban en el campus.

Por un momento, Makoto sonrió para sí mismo, llevándolos por un caminito escondido. Los llevaría a la entrada principal. "No," se aseguró de extender la vocal un poco, "Después de ir a terapia ya logré superar tu rechazo," se permitió bromear, revisó que no haya causado ninguna reacción indeseada, y soltó un suspiro interior de alivio. "Sólo se me ocurrió que no te ves como del tipo fantasmoso."

La entrada estaba a la vista; tuvo que ir a recoger su bicicleta antes de salir. Haruka lo observó con algo similar a una sonrisa. Era nuevo, emocionante, y Makoto tenía ganas de abrazarlo.

"Eso…," Haruka soltó otra pequeña nube, "…es nuevo," decidió. Tan buena respuesta como cualquiera, Makoto suplió para sí. "Supongo que no. Nunca les he prestado mayor atención." Aunque, momentos después, una idea pareció pasar por su mente, trayendo consigo una expresión peculiar en el rostro de Haru.

Makoto no preguntó; ya se había acostumbrado a eso. A Haru le gustaba su espacio, y Makoto no tenía problema con ello. En su lugar, los llevó a dónde tenía su bicicleta, esperándolo en un rincón frío y desolado con aires de superioridad. "Desearía pensar igual; no creo del todo en ellos, tampoco, pero a veces me gana el pánico," finalizó con una pequeña risa impotente. "Pero, aun así, teníamos muchas sábanas blancas en la casa cuando era niño."

"Así como tenían tanta lechuga que llevaste tres tortugas a tu casa," Haru dijo, detrás de él.

Manos levitando en la cercanía de su bicicleta, Makoto se detuvo. Recordaba haberle contado esa historia, en algún momento, pero eso había sido hace semanas. A veces lo tomaba desprevenido, darse cuenta que Haru en verdad lo escuchaba y recordaba lo que le decía. Quizá era por haber venido de una familia grande, pero Makoto no estaba acostumbrado a ser el centro de atención.

"Sí, exactamente."

Haru tarareó educadamente mientras esperaba a que desencadenara su bicicleta; eso, también, era muy lindo de su parte, Makoto pensó, sintiendo las yemas de sus dedos congelarse contra el frío metal. Las piezas hicieron ruido al sacar a su paciente vehículo del estacionamiento.

"¿No te da frío?" Haru preguntó después de que Makoto puso su mochila en la canasta del frente. "En, en eso," gesticuló vagamente.

Sus dedos estaban fríos, Makoto analizó, pestañeando. "No en realidad. Hace frío de cualquier manera."

Completamente de acuerdo, Haru volvió a cubrirse la boca con la bufanda sin decir más."

Fueron lado a lado hasta que llegaron a la calle. Ha sido divertido, Makoto se encontró pensando, en una forma más frenética de lo usualmente son sus pensamientos. Por un minuto ininterrumpido, sintió un pesado anhelo por algo.

Por la forma en que sus botas golpeaban el pavimento, Makoto notó con extraña decepción, Haru seguramente ya se quería ir a casa.

"Er," Makoto tomó el manubrio con una mano. "¿Nos vemos pronto?"

En serio le gustaban los ojos de Haru. Esto no quitaba la ansiedad que le daba cada vez que Haru lo miraba por más de un segundo. No rompió el contacto visual, aun así.

Duró hasta que Haru bajó la mirada, aparentemente debido a su necesidad de responder. "Sí..." Makoto pudo volver a respirar. "Um. Hasta luego."

"Ten una buena noche," Makoto sonrió, logrando darle un último vistazo antes de partir. De acuerdo. Ahora sólo tenía que tener cuidado en el tráfico, para asegurarse que las mariposas en su estómago no provocaran un accidente.


A decir verdad, Makoto se sentía fuera de sí, últimamente — pero no pensaba que fuera muy notorio. Estaba fuera de sí casi todo el tiempo, y rara vez la gente se daba cuenta.

Lo que no era culpa de ellos, claro. Era difícil reconocer algo a lo que has estado viendo desde el principio, Makoto consideró. Eso, o Makoto era mejor actor de lo que le había dicho su maestra de sexto grado – la que cometió el error de darle el papel del antagonista.

Bueno, independientemente de eso, Makoto estaba fuera de sí ahora. Un poquito, lo suficiente para que sus dedos se entumieran ligeramente.

Haru aún cargaba su bufanda azul — a veces, a Makoto se le olvidaba la suya propia, y regresaba a casa estornudando y moqueando — y el color era más vívido contra el negro de su abrigo y el oscuro de su cabello. Por un momento, al menos, porque un segundo después se puso su gorro de lana sobre las orejas, y Makoto sonrió ausentemente a uno de los renos con los que había estado ocupado, para no quedársele viendo a Haru mientras se arreglaba.

Apretó la panza de algodón del reno, y deseó que la nieve no estuviera tan mal. Luego, cuando Haru se vio listo para irse, dio dos pasos hacia el marco de la puerta.

El gorro hacía que su flequillo se viera más largo, Makoto notó, y sonrió. "Gracias por venir," dijo, con completa sinceridad. Hacía mucho tiempo desde que había tenido un invitado con quien se sintiera tan feliz.

Los ojos de Haru vagaron por un momento, antes de encogerse de hombros. Era una persona tan relajante; era como si pudiera olvidarse de todo lo demás, y sólo concentrarse en estar con él. "Me divertí," dijo, y Makoto pensó en futuras visitas y sintió fuegos artificiales en el pecho.

Sus manos temblaron un poquito y miró adentro, la familiaridad de su apartamento calmándolo. "KitKat la pasó bien," la vio en el sillón por un momento. "Le agradaste. Creo que va a ponerse triste cuando te vayas." Era lo más probable — no podía culparla, tampoco.

El sonido más bajo anunció a Makoto que Haru había reído, y sintió su corazón saltarse uno o dos latidos cuando le regresó la mirada. "Regresaré, entonces," Haru dijo, sonriendo y mirándolo a los ojos.

A veces era difícil recordar cómo es que llegaron ahí.

"Cuídate," fue todo lo que Makoto pudo decir. Habría alguna idea malformada que lo empujó hacia delante — algún deseo incipiente de estar más cerca — pero no se dio cuenta hasta que estaban a meros centímetros de distancia.

¿Esto está bien? Makoto preguntó sin palabras, sin dirección, mirándolo desde esa distancia. El lado positivo era que, tomando todo en consideración, estaban más cerca. Espero que esté bien. Y sólo tuvo un instante para pensar me va a besar antes de que sucediera.

Por un momento, sólo se sintió placentero, cálidos labios sobre los suyos, más cómodo de lo que esperaba de su primer beso. Entonces el mundo los alcanzó y había dedos en su quijada y en su cabello, y recordó que este era Haruka, y hubo una ligereza en su pecho que casi dolía.

Era maravilloso, poder sentirlo y saber que era parte de eso. Si estaba abrumado, no pasaba nada. Era normal. No estaba seguro, pero creía que las manos de Haru estaban temblando, así que llevó una propia a su mejilla y a su cintura, en un intento de tranquilizarlo. Entonces Haru enredó los dedos en su cabello, y Makoto quiso reír porque era como si una burbuja de afecto hubiera explotado dentro de él.

No se había sentido como un ser humano dentro de tanto tiempo. Había estado bien, entonces, pero ahora estaba feliz. Casi completamente, y también tenía miedo, un miedo que sólo se manifestó cuando sus besos disminuyeron.


"Descansa, Haru."

Haru le dio otra diminuta sonrisa y empezó a caminar hacia las escaleras, lo que dejó a Makoto cerrando la puerta por el resto de la noche. Todos movimientos bien aprendidos aún con sus manos temblorosas y entumidas. Entonces miró su apartamento, vacío en comparación, consideró encender las luces de techo, pero eventualmente decidió no hacerlo.

KitKat seguía el sofá, yaciendo despreocupada en el centro de éste. Haru la había acariciado hasta dormirla, recordó. Había estado ahí desde entonces. Makoto se mordió el labio ante el pensamiento, dio un vistazo a su alrededor, sólo iluminado por la luna y las luces del árbol de navidad, y repasó los eventos del día. Empezando por la mañana, quiso apurarse y llegar a los más recientes.

Soltó su labio sólo para sonreírla a la nada, y para tomar un tembloroso respiro justo cuando se dio cuenta que sus rodillas no parecían aptas para mantenerlo de pie. Su expresión facial, también, estaban fuera de su control por el momento. De repente, se decidió y se sentó junto a KitKat. Inmediatamente, procedió a tocarle la cabeza.

"Oye, despierta, despierta," sonrió aún mientras continuaba atormentándola. "Por favor," trató sin efecto alguno y eventualmente sólo acarició sus orejas. "Honestamente, podría caerse el cielo y tú ni en cuenta," dijo una vez que ella abrió los ojos.

Era ocurrencia común que le hablara cuando estaban solos en casa, pero ahora no tenía palabras, aunque estaba preparado para decir más. Un repentino espasmo de emoción y recuerdo lo afectó y casi podía sentir los labios de Haru otra vez. ¿Hace cuánto fue eso? ¿Dos minutos? ¿Seis? ¿Diez? Makoto simplemente escondió su rostro en el pelaje de KitKat.


Patos…, Makoto pensó, e inmediatamente tomó la mano de Haru para llevarlos más cerca del lado. Las manos de Haru siempre estaban tan calientitas; buenas, no siempre, pero casi siempre.

"Si te acercas tan rápido los vas a asustar," Haru le advirtió, un paso detrás de él, y se detuvo justo donde el concreto se convertía en pasto. "Son demasiado pequeños para alimentarlos, de cualquier forma."

Ahora estaba a su lado, pero sus manos aún estaban conectadas. Sus manos también eran muy suaves, Makoto pensó. Aunque no del todo, con dedos y palmas mostrando su trabajo en el arte.

Makoto estaba contando. "Once," dijo, sonriendo a los patitos que estaban en el agua. "Una familia tan grande. Me pregunto si los dejarán a todos aquí."

La cara de Haru estaba haciendo esa cosa que hacía cuando escuchaba algo ridículo, pero no sabía exactamente por qué era ridículo. Era una expresión con la que se había encariñado.

"Tienen que separarlos en cierto momento," fue la respuesta razonablemente dudosa de Haru.

"Supongo que sí," Makoto siguió uno de los patitos más lentos con la mirada. "Si no, estaríamos llenos de patos."

Por el rabillo del ojo, vio a Haru levantar y bajar las cejas en un intervalo de un segundo. Probablemente se traducía a una dramática entonación de: Trágico… Makoto encontró difícil no reír. Separó sus dedos una fracción y empezó a trazar líneas en su mano.

"Entonces…," Haru comenzó, viendo el lago, y Makoto entendió que era momento de seguir caminando. "Creo que vi algunos cisnes aquí, hace unos días."

No había cisnes en ese momento. Sólo la ocasional abuelita rodeada de palomas. Esos efectos cinemáticos de la vida eran algo que Makoto particularmente disfrutaba — en ciertos días.

"Ya veremos. ¿Algodón de azúcar?"

Había un vendedor, en la esquina. De lo que Makoto podía ver con sus lentes de contacto, era algodón azul. Haru siempre aflojaba su agarre alrededor de niños pequeños, con la excepción de cuando estuvieron en el Acuario y se tomaron de las manos por primera vez.

"No he desayunado aún," dijo, y el primer instinto de Makoto fue preocuparse, porque ya era más de mediodía, y después puso sus pensamientos en mejor camino.

Acordemente, "Hay un restaurante por la parada de autobús. ¿Qué te parece la sopa de miso?" Luego, para ser completamente informativo, "No está muy lejos."

Por alguna razón, Haru frunció las cejas al pavimento. Entonces, "¿Cuál es tu opinión del papel de regalo?" se parodió a sí mismo, y Makoto rio. "Me parece bien," siguió la respuesta, y un apretón de manos que hizo que Makoto se tragara su barra de chocolate de un golpe

Claro, el algodón de azúcar y los niños todavía estaban a cierta distancia. Tentativamente pasó sus dedos sobre los nudillos de Haru. "¿…Pero podemos comprar algodón de azúcar primero?" intentó.

Haru le dio una mirada, una que emanaba la más curiosa diversión. "De manera completamente madura," articuló lentamente, ultimadamente decidiendo no decorarlo con un signo de interrogación.

"Como buenos adultos que somos," Makoto asintió, sonrientemente serio.

Hizo que Haru sonriera también — algo verdaderamente maravilloso. "Después de usted," Haru hizo un ademán hacia el vendedor con su mano libre, mientras la otra entrelazaba sus dedos.

Makoto estaba feliz. El escritor en él le dijo que todo parecía ser obra del destino, el que se encontraran el uno al otro, y recordó una frase. El amor no hace girar el mundo; el amor es lo que hace que el viaje valga la pena. Y pensó, que era cierto. Antes estaba bien, y no tenía duda que habría podido sobrevivir, y crecer, y solucionar sus problemas por su cuenta, pero ahora, con Haru, se sentía realmente feliz.

Sin Haru, ciertamente, estaría bien, pero la vida sería un tono más oscuro, sería más aburrida. Sin Haru, pensó, no tendría sentido.