¡Hola mis queridos lectores! /o/
Bueno, luego del prólogo ustedes saben que va el primer capítulo, y eso es lo que hoy les traigo.
Aunque las gárgolas me vuelvan loca y sepa casi todo sobre ellas -o creo que sé casi todo- aun no estoy muy familiarizada con su vida como demonios, pero lo iré escribiendo conforme más investigue y más me parezca.
Kuroko no Basket no me pertenece~
La noche era fría, con la luna llena sobre el cielo en su punto máximo. Las estrellas esparcidas por el cielo nocturno daban esa sensación de estar sobre un gran manto con miles de puntos brillantes, como si fueran luciérnagas volando en el cielo, pero las luces excesivas de la ciudad no dejaban que estas se apreciaran como debían.
El aire le llegó a cada parte de su cuerpo, pero no le produjo ninguna reacción más que la de un soplido sobre la piel. Inhaló y Exhaló con profundidad, mientras con gala de su ágil cuerpo junto con sus habilidades y destrezas únicas subía con facilidad hasta el techo de uno de los grandes edificios que se encontraban por ahí.
Subió y subió, hasta que por fin se vio satisfecho al estar en donde debía. Las luces de los grandes hoteles, casas, restaurantes, centros turísticos, todo, se veían con mucha más claridad desde esa distancia. Pero él no fue ahí para apreciar la vista, claro que no. Él pensaba que todas esas horribles y mugrosas personas que estaban en esa tierra solo fueron hasta ahí con el fin de transformar el bello y pacifico lugar en donde había vivido en una gran metrópolis llena de contaminación y bullicio.
Simplemente horrible.
Desde donde se encontraba se podía apreciar con claridad la torre Eiffel, con aquella majestuosidad única que ningún otro monumento histórico podría igualar; fue tan solo una cosa buena que las personas hicieron entre tanta maldad. El arco del triunfo se encontraba a su costado, lejos, pero con la misma elegancia que producía del mismo modo estando cerca.
Pero él no buscaba eso, él quería encontrar el lugar donde había sido su hogar, antes de que decidiera salir de ahí para independizarse. La Catedral de Notre Dame.
Sin ningún miedo a que algún ser humano se percatara de él, abrió sus alas. Eran grandes, como si pareciesen las de un dragón que escupe fuego, solo que aunque eran parecidas no eran iguales. Sus alas no eran de plumas, mucho menos de escamas, eran de una especie de piel gris y rugosa, con un aspecto de roca, pero que no tenía el mismo peso que esta, sino que eran ligeras, mucho más ligeras.
Tomó un gran impulso con ayuda de sus piernas, y se alzó en vuelo. Voló lo más alto que pudo, ya que aunque no temiera el ser visto, mejor valía evitarlo de cualquier forma. Si había alguien que lo viera, con suerte y creía que era de esos locos que practicaban planear en el aire durante la noche. Sí era alguno de esos nerds que estaban buscándolo para probar de su existencia, a lo mejor nadie le creía.
El viento helado ahora sí le estaba golpeando muy fuerte en el cuerpo, pero no le producía ninguna sensación exactamente, era como un riachuelo deslizándose sobre una roca. Su piel estaba diseñada al cien por ciento para sobrevivir las altas o bajas temperaturas, por lo que simplemente el aire gélido le tenía sin cuidado.
Cuando estuvo sobre el que era su destino se detuvo, ahí quedó durante un tiempo, volando con libertad, sin necesidad de ocultarse entre la gente estúpida que había llegado hasta ahí con la intención de hacer del lugar más horrible de lo que ya de por si era, y eso solo lo cabreaba más. Soltó un leve suspiro al mismo tiempo que volvía a esconder sus alas; al hacerlo, su cuerpo se vio obligado a descender con una rapidez increíble, debido a la gravedad de la tierra.
Darse unos pequeños choques de adrenalina no estaba para nada mal.
Justo cuando solo faltaban unos escasos metros para impactar con el techo de la catedral volvió a abrir sus alas, moviéndolas con fuerza para detenerse a sí mismo, y de la misma forma ocasionar sin querer un pequeño torbellino de aire, producto de su vuelo. La adrenalina que le recorrió de punta a punta fue indescriptible, y le hizo embozar una leve sonrisa.
– ¿Otra vez jugando con la gravedad? – La voz nueva le hizo mirar hacia el lugar de donde escuchó el sonido. Sus orbes rojizos se encontraron con unos naranja grisáceos, que le miraban con un pequeño atisbo de diversión en ellos. Chasqueó la lengua al verse descubierto y sin poder evitar se ruborizó. Odiaba que le vieran cuando actuaba como niño pequeño – Tai-chan que inmaduro eres, pero debo admitir que lo que haces se ve muy divertido.
– Cierra la boca Takao, solo me gusta disfrutar de la adrenalina recorriendo mi piel – Se pasó una mano por su cabello pelirrojo, tratando de acomodarlo ya que al descender desde gran altura se lo revolvió dejándolo casi impresentable. Volvió a mirar a su compañero – ¿Tú qué haces aquí? – Peguntó de manera directa.
– La verdad es que no lo sé – Respondió el otro, cruzando los brazos sobre su pecho, con una mirada que sin duda alguna, confirmaba que sus palabras eran ciertas. Soltó un bufido de fastidio ante la respuesta ya que él, tampoco sabía qué diablos estaba haciendo ahí.
– Tal parece que entonces no soy el único que no tiene idea del que estoy haciendo al regresar a este lugar – Una tercera voz se escuchó en el techo, del lado opuesto en el que estaban ellos; el tono sonaba entre irritado e impaciente, un tono de voz que solo le pertenecía a alguien en el mundo. Iba a decir algo, pero una voz más se hizo presente justo del mismo lado.
– Yukio tranquilízate, debe ser algo importante para que nos llame a los cuatro – Habló la última persona que conocían, con ese tono de voz casi neutral con una pizca de sentimientos, que hacía un perfecto juego de combinación junto a esa cara de póker que el portador poseía. Los dos últimos habían llegado juntos, o eso parecía.
Rayos, el que los hubieran citado así de repente ya era muy sospechoso, y aunque no quería admitirlo, también era preocupante.
– Bueno, ya que estamos todos aquí creo que será mejor entrar a la catedral – Mencionó el que minutos antes había sido nombrado como Takao, llamando la atención de las otras tres personas que se encontraban con ellos. Estos asintieron mientras haciendo uso de sus habilidades entraban al edificio con ayuda únicamente con sus manos y pies.
Dentro de la catedral de Notre Dame era muy silencioso, para ser un lugar que recibía millones de visitas por la mañana y la tarde, cuando las puertas se cerraban durante la noche, el silencio aparecía casi al instante, era demasiado para alguien que no estaba acostumbrado, que sin duda alguna ya habría enloquecido por no escuchar nada, absolutamente nada, ni siquiera el aire, o algún animal, o algún aparato electrónico como las cámaras de seguridad, nada, solo el maldito silencio capaz de hacer explotar tu mente.
– Ahora recuerdo por que dejé este lugar… – El silencio del lugar se vio interrumpido por el mismo Takao, quien al hablar produjo un sonido que se esparció por todo el sitio; los otros tres agradecieron mentalmente que su amigo tuviera una gran bocota, o de lo contrario hubiera tenido que aguantar ese horrible silencio fantasmal, ya que ningún iba a decir nada porque no era lo suyo hablar por hablar.
El único sonido que se escuchaba ahí era el de sus pisadas; las suelas de sus zapatos producían ruido al hacer contacto con el piso, lo que provocaba eco en toda la catedral. No fue ningún trabajo llegar a donde querían sin ser vistos, ya que increíblemente no había nadie vigilando como se hubiera creído. No fue hasta que llegaron en una de l habitaciones de arriba del interior que se detuvieron.
– Tch, aquí no hay nadie – Gritó en un susurro llamando la atención de los otros tres quienes le seguían desde atrás. Frunció el entrecejo a la vez que utilizaba su perfecto sentido de la vista para cerciorarse de que no había nadie – Venimos aquí para nada… – Masculló entre dientes, dando la vuelta dispuesto a irse.
– Deberías de prestar más atención a tu entorno, Kagami-kun – Una voz casi salida de la misma nada, casi tenebrosa y sin sentimiento alguno impregnado en la voz. Esto provocó que los cuatro chicos dieran un respingo ante la sorpresa que hizo que sus corazones brincaran casi por inercia.
– ¡…! – Estuvo a unos cuantos segundos de gritar con toda su fuerza, pero un par de manos le cubrieron su boca evitando cualquier sonido que pudiera salir de sus labios. Giró un poco la cabeza, encontrándose con un pelinegro que tenía un ojo cubierto por su cabello. Ya más tranquilo, se libró del agarre y volvió a colocar la vista enfrente – ¡Kuroko! ¡Deja de hacer eso! – Regañó silenciosamente el más aterrado, y quien fue nombrado Kagami por la voz fantasmagórica de hace unos segundos.
– No entiendo a qué te refieres, yo siempre he estado aquí – Mencionó un peliceleste, que aparecía de entre las sombras del lugar. Su rostro inexpresivo hizo que a los otros cuatro jóvenes se les resbalara una gota de sudor por la sien.
– Tetsu-chan, aun me faltan muchas décadas más para morir, así que ¿Podrías evitar tratar de matarnos del susto? – La voz de Takao estaba cargada con cierto tono de broma, pero lo que decía era por demás enserio. Se revolvió sus cabellos negruzcos mientras calmaba su agitado corazón negro.
– Tetsuya, ¿Podrías explicarnos que es lo que estamos haciendo de vuelta aquí? – El que momentos antes evitó que Kagami pegará un grito de espanto que probablemente habría resonado en toda la catedral miró a la nueva persona que había aparecido frente a ellos. Quería respuestas, para después salir lo más pronto de ese lugar – Dudo mucho que solo quieras una visita…
– A decir verdad, Himuro-kun, hace ya unos años que no me visitan – Aquellos ojos celeste que no transmitían emociones produjeron escalofríos a más de uno. Bajaron la vista, ya que el de cabellos celestes decía la verdad, y eso les hacía sentir algo culpables. Kuroko suspiró un poco antes de seguir hablando – Pero tienes razón, no es por eso que están aquí.
– ¿Entonces? – Preguntó Yukio, el chico que hasta el momento no había dicho ni una sola palabra.
– Tengo malas noticias – Respondió como si nada, pero con una voz tan seria que hizo que los otros cuatro pusieran mucha más atención a sus palabras; Tetsuya se mantuvo un breve momento en silencio, mientras buscaba las palabras adecuadas para hablar del problema que había estado rodándole en la cabeza.
– Habla rápido Kuroko, recuerda que no tenemos permitido estar aquí por mucho tiempo…
– Siempre tan desesperado Kasamatsu-san – Habló de nueva cuenta el peliceleste, mientras miraba a los ojos azul oscuro del que nombró Kasamatsu. Este desvió a vista, incapaz de seguir ante la mirada penetrante de esos orbes celestes que parecían examinarlo con la mirada. Carraspeó un poco antes de hablar – La razón por las que los cité aquí es por algo que nunca habíamos visto; recibí esta información gracias a que Riko-san me lo dijo – Volvió a callar durante unos segundos mientras respiraba con tranquilidad para volver a explicar lo demás – Lo cierto es que… no encontramos a Haizaki.
El silencio después de esas palabras los dejó mudos a los cuatro. Lo que dijo debía de ser muy grave para que Kuroko no usara los honoríficos. Sabían que Haizaki no era del tipo que respetara las reglas, pero ¿De ahí a desaparecer? Eso era algo que sin duda alguna intrigaba, y mucho. Ellos tenían diversas maneras de comunicarse, y aun cuando no quisieran que alguien los encuentre esto era casi imposible, entonces ¿Por qué Haizaki no aparecía? ¿Se habría ido de París? No, esa opción era absurda, y aunque así hubiera sido, lo hubieran encontrado.
– ¿Qué? ¿Nada de nada? – Se aventuró en preguntar Takao, recibiendo una negativa de parte de Tetsuya – Pero eso es imposible…
– O era imposible – Corrigió el peliceleste, haciendo que cuatro pares de ojos impregnados de dudas le miraran en busca de respuesta. Se sintió un poco incómodo al ser el centro de atención, pero siguió hablando – Me temo que la única respuesta a esto es simple, han destruido a Haizaki-san; sé que esto podría parecerles raro, pero es la verdad. Riko-san llegó hoy muy agitada informándome de algo, y cuando escuché una plática de algunos sacerdotes hoy mismo lo comprobé, y debo decir que esto no me gusta para nada.
– ¿Qué cosa es Kuroko? – Kagami también sentía que algo no estaba bien en esos momentos. La recién información de la muerte de Haizaki le había comprobado su teoría. Él sabía que el idiota ese era fuerte, y para que fuera destruido significaba que alguien con más habilidad y poder se había enfrentado a él, y obviamente, había ganado.
– Se ha creado la D.U.G. o por su traducción al inglés, Destruction Unit of Gargoyles – La simple mención de aquellas palabras de les produjo una sensación de acidez en la boca del estómago, y un repentino y terrible dolor de cabeza. Tetsuya observó cada uno de sus gestos, y no le hizo falta decir nada para saber que lo habían entendido, pero aun así se quiso aventurar – Saben lo que significa ¿Verdad? – Vio como los cuatro chicos asentían lentamente.
– Unidad de Destrucción de Gárgolas… – La voz de Himuro se escuchó baja, pero debido a que poseían unos sentidos mucho más desarrollados que los de un humano corriente pudieron escuchar a la perfección.
– Exacto; hoy Riko-san vino a decirme sobre ello, al principio tuve mis dudas, pero luego de escuchar aquella conversación aquí en la catedral sobre exactamente lo mismo solo hizo que se confirmaran las palabras – Su voz era firme, aunque por dentro estuviera casi o igual que los otros; no era una buena noticia aquello, a pesar de que siempre se mantuvieron ocultos.
– Pero siempre fuimos cuidadosos – La voz de Kagami notaba cierto enojo. Él siempre tuvo cuidado al volar, o al comer. Nunca antes se había dicho nada sobre esto, o sobre ellos, y ahora se entera de que se creó una fuerza especial para eliminarlos. Además, siempre se deshacían de criminales o pecadores que huían de la ley, así que no causaban ningún daño.
– Últimamente ha habido más muertes, y no solo de prófugos de la ley, sino también de inocentes que pasaban por ahí – El peliceleste dirigió su mirada inexpresiva hacia el chico que hasta entonces había permanecido callado y en silencio. Takao se estremeció al sentir esa mirada sobre él – Takao-kun ¿Hay algo sobre esto que quieras decir? – El pelinegro bajó la cabeza y negó levemente, Kuroko no dijo nada más sobre el asunto – Además, ha habido demasiados avistamientos, y el que Haizaki-san haya desobedecido las reglas solo hizo la cosa peor, probablemente sea por es que lo capturaron y destruyeron.
– ¿Entonces todo esto fue por causa del imbécil de Haizaki? – Preguntó Kagami ansioso por escuchar la respuesta. No sabía si eso era verdad, pero quería acabar con esto lo más pronto posible, el hecho de que hubiera gente que ahora los estuviera cazando solo hacía que sus vidas peligraran.
– No tanto así Kagami-kun, Haizaki-san si tiene algo que ver, pero según me ha dicho Riko-san, esta unidad se empezó a formar desde hace tres años, pero finalmente se han puesto en funcionamiento este año – Informó el peliceleste, ocasionando que la sorpresa golpeara fuerte en el cuerpo de cada uno de los chicos.
– Venimos hasta Notre Dame para que tú nos informaran sobre la unidad que se creó para destruirnos a todos, bien, eso lo entiendo, gracias, pero… ¿Qué se supone que quieres que hagamos? – Kasamatsu frunció el ceño en espera de que Kuroko hablara, no es que no agradeciera la información, de hecho, era muy útil, pero aun así no estaba obteniendo nada.
– Quiero que se acoplen a la vida humana; es decir, que no vuelen, consigan trabajo y traten de alimentarse de comida común y corriente – Vio las caras de estupefacción de cada uno de los chicos que tenía enfrente. Él sabía que lo que les pedía era mucho, pero si no lo hacían, entonces podrían encontrarlos, y si no lograban escapar, los destruirían – Sé que esto no será nada fácil, pero si no lo hacen, entonces los van a destrozar; a menos que quieran regresar a la catedral la opción que les digo es la única que tienen.
– Tetsuya, entiendo lo que nos dices, pero debes entender que aunque logremos encajar con los humanos, no podemos esconder lo que somos – La voz de Himuro fue la que habló por los otros tres además de él; su tono de voz sonaba comprensiva, pero había cierto toque de preocupación que Kuroko pudo distinguir – Podemos evitar volar, podemos conseguir trabajo, pero lo que no podemos es alimentarnos de lo mismo que los humanos; saben que nuestros cuerpos no funcionan así.
– Lo sé – Coincidió el peliceleste – Si no hubieran decidido salir de aquí, entonces no habría ningún problema, no tendrían que matar a nadie, no tendrían que ser asesinos, pero se fueron; a pesar de las consecuencias que podrían pasar se fueron, y aunque fue la decisión que tomaron, yo sigo pensando que era la incorrecta.
– Kuroko, también debes entendernos – Kasamatsu avanzó dos pasos hasta quedar frente a frente con el chico de ojos celestes. Le miró sin miedo, a pesar de que sentía que lo examinaban cuidadosamente por esa mirada, pero no se inmutó, con un gesto decidido, habló por él y por sus compañeros – Nos cansamos de estar aquí entre tanto silencio y soledad, queríamos ser libres a toda costa, y tuvimos que pagar el precio por ese privilegio. Fue una decisión mala, lo sé, pero no nos arrepentimos; si nos quedábamos aquí, solo seríamos infelices y sin ningún propósito real…
– Su propósito real era mantener la catedral libre de los espíritus malignos – Interrumpió Tetsuya, alzando un poco la voz aunque sin necesidad de que se escuchara por todo el gran edificio.
– Irónico ¿no? – Interrumpió el pelirrojo, mientras reía sarcásticamente atrayendo la atención de los cuatro pares de ojos sobre su persona – Dices que nuestro deber era mantener a la catedral libre de espíritus malignos, cuando en realidad, los que somos espíritus malignos somos nosotros; estamos en un punto medio, somos los que tienen la balanza equilibrada, ¿No es así, Kuroko? – Dijo dirigiéndose con una expresión psicótica en el rostro al mencionado.
– Esto es lo que somos Kagami-kun, hijos de la legendaria Gargouille, debes aceptar todo lo que eso te conlleva sin quejarte; este es nuestro destino y lo supiste desde que fuiste creado – Regañó el de cabellera celeste, elevando un poco la voz pero no tanto para llegar a ser un grito. Kagami chasqueó la lengua, pero no dijo nada.
– Esto solo nos ha traído problemas, fue así desde aquella vez cuando en la hoguera asesinaron a Juana de Arco y nosotros vengamos su muerte de esa pobre inocente, ¿con qué? Con más muertes; no somos ángeles, pero tampoco demonios, Entonces ¿Qué rayos somos? – Exigió saber Kasamatsu, pues las palabras de su compañero pelirrojo le habían dejado pensativo sobre ese aspecto. Se estaba empezando a cabrear.
– Somos monstruos… – Habló Takao con la voz temblorosa y de no ser por los sentidos desarrollados no lo hubieran oído – Esto… Yo tengo culpa… – Sollozó silenciosamente aquel chico de cabellos rojizos, haciendo que todos le vieran con preocupación, salvo Kuroko, quien ya sabía aquel asunto.
– ¿De qué hablas Kazunari? – Intentó comprender Himuro, tratando a su vez de calmar al otro pelinegro, que estaba empezando a soltar lágrimas, porque él, nunca lloraba, y eso desconcertaba a sus compañeros. Decía que tenía la culpa, ¿Pero la culpa de qué?
– Y-Yo, yo maté a dos inocentes… – Aceptó por fin el chico – Estaba cazando a un criminal que había ocasionado más de 36 violaciones y muertes de mujeres en mes y medio… – Comentó, haciendo a los demás quedar más confundidos. No veían nada que fuera diferente del resto de sus noches – Pero cuando lo hice... Y-Yo, una mujer me vio… no tuve otra opción más que matarla pero… – Los sollozos de Takao aumentaban cada vez más y la reciente información no ayudaba – También tenía una niña con ella… – Ante esas últimas palabras, los ojos de los otros se abrieron de la sorpresa.
– No me digas que t-tú…
– A-Así es… las maté a los dos – Ahora Kazunari estaba temblando abrazándose a sí mismo mientras sollozaba aún más fuerte y ríos de lágrimas caían desde sus ojos, pasando por sus mejillas hasta caer al suelo – No-No podía dejar t-testigos… – Se defendió, aun sabiendo que eso no justificaba su terrible crimen.
– Takao-kun, aunque esa acción no pareciera apropiada era la correcta – Habló el pequeño peliceleste, logrando que la atención fuera dirigida a su persona – Más sin embargo, aquella asociación ha tomado esto como la excusa perfecta para comenzar sus operaciones. Además, Haizaki-san era quien más evidencias dejaba, por lo tanto, Takao-kun, no eres la causa.
– P-Pero… – Se intentó quejar, pero unos golpes reconfortadores en su espalda le hicieron detenerse. Sus compañeros comprendían, y eso era algo que el agradecía. Sus lágrimas estaban comenzando a detenerse.
– Es todo lo que he tenido que decir, ustedes son los que se encargarán de tomar sus decisiones. Tomen la correcta, o de lo contrario, su cabeza colgará en aquella unidad como trofeo – Tetsuya mostró una última mirada a aquellos cuatro, antes de hacer una reverencia y desaparecer entre las sombras, dejando de nuevo la catedral en ese maldito e insoportable silencio.
Los cuatro individuos ahí, esperaron unos segundos para ver si el chico volvía a aparecer, pero nada. Con aquel silencio y la oscuridad haciéndoles doler la cabeza, decidieron salir. Además, sus pieles estaban comenzando a quemarse, una leve ardor y un dolor soportable, señal de que su tiempo para estar dentro de Notre Dame se estaba agotando. El castigo por estar dentro de aquel lugar divino se les estaba presentando.
Salieron rápidos y silenciosos, justo como entraron, y una vez de nuevo en el gran techo del edificio, se miraron a las caras pero sin decir nada, no hacía falta. Se dieron una rápida mirada entre ellos, para asentir con una sonrisa y extender esos cuatro pares de alas. Tomaron impulso y cada uno de fue por su dirección. Kasamatsu se fue hacia el norte, Himuro y Takao por el este, y Kagami se dirigió hacia el suroeste.
Kagami Taiga estaba completamente convencido de que aquella asociación en contra de su especie era solo un fraude. Solo había que pasar desapercibidos un momento y todo esto se olvidaría; sin embargo, otra parte en la mente del chico le decía que esto no era así, y que apenas era el comienzo de una guerra.
El hogar del pelirrojo estaba cerca de la torre Eiffel, si bien, conseguir una casa grande cerca de esta era demasiado caro, Kagami no tenía problema alguno con esto. A diferencia de sus otros compañeros, él tenía trabajo desde hace un tiempo, gracias a que un humano que conoce se lo había ofrecido, y por esa razón, tenía tanto dinero como para comprar aquella casa.
Al estar en la punta de la torre, mantuvo el equilibrio y con destreza bajó cuidadosamente sin que nadie lo viera ocultando sus alas en el proceso solo para terminar como si fuera un turista cualquiera paseando de noche por la torre. La cafetería famosa en la cima aún estaba abierta puesto que eran las 10 de la noche, y esta no cerraba hasta media noche.
Taiga decidió pasar a la cafetería y pedir un café mocha o vienés, uno que contenía –además del café– leche, espuma y chocolate rayado encima. Lo pidió y pagó a la señorita del mostrador, quien además de entregarle el café para llevar y su cuenta, anotó su número detrás de esta mirando coquetamente al joven. Kagami le regresó la sonrisa ladina.
Al salir de la cafetería, la sonrisa del pelirrojo cayó hasta parecer una mueca irritada. Sin siquiera mirar el papel de la cuenta o el número en ella, le hizo bolita con su mano izquierda –ya que en la otra sostenía el café– y la arrojó desde esa gran altura para que cayera sobre alguna desdichada persona. No tomó sorbo del café, y se subió al elevador que iba de regreso al suelo.
Algunas personas no podían estar en el elevador con café, no porque estuviera prohibido, sino más bien porque el ascensor era transparente y los individuos tendían a alterarse y terminaban derramando el café por los nervios. No obstante, el chico de cabellera rojiza no sentía ni el más mínimo pavor de esto. Total, él había estado a alturas mayores.
Cuando finalmente estuvo de nuevo abajo, salió rápido del lugar de la torre Eiffel para alejarse del bullicio de gente y de turistas. Pasó sin preocupación la calle y caminó unos diez minutos más hasta que finalmente estuvo frente a la gran casa donde vivía. Pese a que la mayoría de viviendas eran ahora departamentos, donde Kagami vivía era lo más parecido a una mini-mansión, pues no era tan grande como una, pero tampoco tan pequeña como una casa común.
Entró por el largo pasillo hasta finalmente estar frente a la gran puerta. Abrió con la llave en su bolsillo izquierdo de su pantalón y entró a su hogar. La calidez que reinaba en el lugar era realmente confortante a comparación con el horrible frío de afuera, pero no es como si Kagami lo sintiera. No se sorprendió al ver la mayoría de las luces cerca de la cocina encendidas.
Caminó hasta llegar ahí y al entrar en el gran espacio que era la cocina dejó el café vienés en la mesa grande de madera. Escuchó un tarareo a su lado izquierdo por lo que de inmediato volteó solo para encontrarse con una figura de espaldas casi de su misma altura de cabellos rubios, bailando al compás de su propio tarareo. Se veía tan concentrado en lo que hacía que Kagami no pudo evitar sonreír.
– Kise, estoy en casa – Habló el pelirrojo, aunque no lo creyó necesario. Supuso que el otro ya había sentido su presencia y escuchado sus pasos – Traje tu café favorito, lo dejé en la mesa – Comentó recibiendo que aquel chico de nombre Kise volteara la cabeza hacia atrás para mirarle con esos ojos miel y una sonrisa.
– Gracias Kagamicchi, yo estoy terminando tu cena – Dijo el rubio, mientras volvía la cabeza hacia adelante, concentrado en cortar con el cuchillo algunos trozos de la carne de la cena.
– ¿Tú ya has cenado, Ryouta? – Preguntó Taiga esta vez con el nombre de pila del otro, recibiendo una respuesta afirmativa.
– Sí, cené después de mi sesión fotográfica de la tarde, pero imagino que tú no has comido nada en todo el día así que toma asiento mientras termino aquí – Mencionó Kise mientras Kagami hacia lo que le habían ordenado, sentándose en una de las sillas del comedor, justo a un lado del extremo donde había dejado el café.
Cuando Kise se dio la vuelta, Taiga pudo notar con sus ojos rojos que el delantal amarillo chillón que el rubio estaba usando estaba manchado con algunos rastros de sangre de la carne. Incluso la mejilla derecha del chico estaba con algunas gotas del líquido rojo, pero a este no parecía importarle en lo absoluto.
Ryouta guardó el resto de la comida en el frigorífico, dejó el cuchillo sucio en el fregadero, y se quitó el delantal para colgarlo en un enganche por ahí. Con cuidado fue hasta donde dejó la comida del pelirrojo en un plato de porcelana, y con cuidado y una sonrisa, se encaminó hasta quedar frente a la mesa, y también frente a Kagami.
– La cena está servida – Habló completamente alegre, haciendo que Taiga sonriera ante la acción de aquel chico con el que compartía hogar, cama, y también una relación amorosa desde hace unos dos años y medio. Él único humano que sabía lo que era. Sus compañeros no estaban enterados, y no se debían de enterar nunca.
– Gracias por la comida – Agradeció con voz baja, mientras veía al de cabellera dorada sentarse a su lado para beber alegremente aquel café que había traído de la cafetería de la torre Eiffel.
Haciendo caso a su naturaleza hambrienta, Kagami prosiguió a devorarse el brazo humano cercenado que Kise había puesto en su plato…
De una vez aprovecho para agradecer a todas esas personas que se están tomando la molestia de leer mi fic.
También mandó un beso y un abrazo a aquellas personitas que han comentado, enserio, no saben que feliz me hicieron.
Nos leemos en el próximo capítulo, y no olviden dejar algún comentario si les gusta el rumbo que toma la historia. Bye~
