¡Hey! ¿Qué tal? Ya hacía un tiempo desde que publiqué aquí, pero vuelvo con el segundo capítulo de este fic.

Quiero aclarar, que Aomine y Kagami aun no se han conocido, y cuando lo hagan... no creo que les agrade. También aclaro que Aomine y Kise no tendrán ninguna clase de relación, por si tenían las dudas. Este fic solo es AoKaga y KagaKise, como principales por que habrá más parejas, claro.

Sin más, los dejo leer. Kuroko no Basket no me pertenece.


– ¿Todavía tienes hambre Kagamicchi? – Preguntó el rubio mientras lavaba el plato sucio de la cena que había dejado su pareja. Kagami por otra parte estaba tratando con un palillo de sacarse algún pedazo de la carne cruda que pudo habérsele atorado entre los dientes.

– Sí, aún tengo hambre – Habló levantándose de la silla para acercarse hacia el cuerpo del otro chico, pegando su pecho a la espalda de este – Pero otro tipo de hambre – Murmuró cerca del oído de Kise, haciendo estremecer al mencionado.

– Kagamicchi… primero tenemos que ir a la habitación… – Dijo Ryouta mientras trataba de no caer ante las caricias que su cuerpo y el de su amante producían – Arréglate antes… tonto… – Regañó. Sabía que antes de terminar en la cama entre un lío de sábanas, el pelirrojo tenía que ducharse y –lo principal– lavarse los dientes. No porque lo amara significaba que lo besaría con la boca sabor a carne humana.

– Pero no quiero – Reprochó Taiga, restregando su pelvis contra el trasero ajeno. Haciendo que pequeños gemidos escaparan de entre los labios del chico de piel pálida. Sonrió mientras le mordía levemente la oreja.

– Bien suficiente – Regañó el de cabellera dorada, recuperando su seriedad por más deseoso que estuviera de intimar con su pareja. Kagami mostró un gesto de confusión en cuanto Ryouta se alejó de él de forma brusca, secándose las manos que tenía húmedas – Ve a lavarte la cara y la boca, te veré en la habitación.

Kagami solo observó con sus ojos color sangre como el cuerpo de su amante desaparecía por entre el pasillo que le guiaba hasta su habitación. Suspiró. Sin más opción se fue con dirección hasta el baño en donde al llegar ahí, abrió la llave para que el agua caliente saliera; juntó sus manos de manera que estos hicieran el mismo trabajo que una cuenca, y con eso se lavó la cara.

Tomó uno de los dos cepillos de dientes, uno azul oscuro, y con eso colocó la pasta dental sobre él. De inmediato empezó a cepillarse los dientes procurando que su boca y sus colmillos quedaran frescos y con sabor a menta, en lugar de aquella carne humana que había comido hace un rato. Sabía que a Ryouta no le gustaba besarlo si tenía rastros de sangre en los labios.

Taiga recordó plenamente el día en el que ambos se conocieron. Él entonces estaba cazando a un tipo fuerte y robusto que había provocado 5 asesinatos en tan solo 2 días, cuando al fin lo mató el muy infeliz le había conseguido darle una buena paliza gracias a una barra de metal que él no vio y le había impactado en el abdomen, dañándolo por dentro.

Con un terrible dolor, Kagami se recostó en la oscuridad, pues ya era de noche. Fue ahí cuando Kise –que caminaba por ahí después de terminar con su trabajo– le vio, y le ayudó hasta llevarlo a su casa. Pese a que Kagami se mostró recio con este pues de seguro ya le habría visto como el monstruo que era, Ryouta siguió con su tarea de llevarlo con él, e incluso acarreó un pedazo grande de carne del cuerpo del hombre.

El rubio cuidó de él vendándole el abdomen, y aunque recibió algunos daños por su parte, no se rindió hasta que Kagami estuvo completamente curado. Consiguió repartir el trozo de carne del tipo para que así el pelirrojo tuviera que comer en la semana que estuvo en la cama. Kise fue cuidadoso, ya que sabía que el otro podría tomarlo de almuerzo en cualquier momento, pero aun así, siguió cuidando de él.

Cada día se aseguraba de que su paciente comiera un pedazo de carne leve y cortada, y aunque quisiera cocinarla veía que al contrario le gustaba aún más cruda, por lo que solo la calentaba un poco en el microondas para que no estuviera fría debido al frigorífico; también filtró la sangre para que con ella, la calentara y sirviera de manera que pareciera una sopa de color rojo.

Kagami no era un monstruo, pues en cuanto estuvo curado, se sintió en una gran deuda con aquel chico que le había salvado de una lesión grave, ya que no podía ir a un hospital por ciertas razones. Le dijo su nombre, y se presentaron correctamente. Taiga, para compensar la molestia que le había causado al de orbes miel, se quedó junto a él, pues sentía que el rubio era muy solitario en esa casa, y necesitaba compañía.

Ryouta prometió no decirle a nadie sobre lo que había visto, y él no pudo estar más en deuda por eso. El pelirrojo le pidió un trabajo, pues no podía vivir siempre de lo que aquel chico le diera, y con los contactos que Kise tenía, le consiguió un trabajo ahí donde él trabajaba como modelo. En los lugares públicos a donde este asistiera, Kagami debía ser su guardaespaldas.

No era un trabajo que se hiciera a menudo, pero el de orbes rojos se dio cuenta que pese a ser un trabajo algo corto, era definitivamente bien pagado. Ganaba casi lo mismo que el rubio, salvo por quizá, 3000 euros menos.

La confianza fue creciendo pues seguían viviendo juntos, y aunque Taiga saliera a cazar para no dañar así Ryouta, este siempre le pedía que mejor trajera el cuerpo a la casa, para así poder racionarle la comida. La sorpresa por esa petición azotó fuerte a Kagami, quien aunque no creía que fuera lo correcto –ya que el de cabellera rubia se metía en terreno peligroso al tener cuerpos humanos en su hogar– lo hacía porque Kise se lo pedía.

No supo cuando fue que de esa rara relación de conocidos, pasaron a ser compañeros cercanos de trabajo; luego a amigos, los mejores amigos que alguien pudiera ver; hasta que finalmente, entre humano y gárgola, existió una química tan apasionada y fuerte, que Kagami dudó sentir alguna vez en su frío y duro corazón negro. Se había enamorado de un humano, y este le correspondía.

Recuerda escuchar voces en su cabeza, diciéndole que aquello estaba mal, que estaba cometiendo un pecado que se pagaba con la muerte, pero a él le importaba poco. No necesitaba las órdenes del cielo para hacer lo que quería, ya era suficiente que aquel dios al cual tanto idolatraban los humanos le hubiera castigado devorando a aquellos seres solo por su libertad.

A veces, aquel ser que creían lleno de amor para todos, era un egoísta que solo usaba a los humanos como marionetas de algún juego, sin importarle realmente sus vidas ni sus muertes.

Si bien eso fue hace más de cinco años, Kagami no podía estar más a gusto con que aquel rubio de hermosos ojos miel fuera quien ahora le abriera un espacio en su corazón, ya que tenía un cálido refugio donde estar, sin preocuparse por nada ni nadie. No sabía que es lo que dirían sus hermanos si se enteraban de aquella relación, pero Taiga no quería darle vueltas al asunto.

Además, la vida de sus hermanos era algo que a él le daba curiosidad, pues cada uno vivía en lugares diferentes y cazaba por zonas diferentes; así que realmente no había manera de que aquellos se enteraran de que tenía una relación sentimental con aquel humano, puesto que ya habían pasado dos años sin saberlo, no había algo que afirmara que lo hicieran este año.

– Kagamicchi – La voz de Kise le trajo de vuelta de su tren de pensamientos. Había llegado a la habitación con la enorme cama que compartía con su pareja sin darse cuenta. Su amante ya estaba cambiado con la ropa que usaba para dormir y estaba en la cama, y le tendía la suya.

Taiga se sentó en el borde del colchón, pasándose una mano por su nuca, estirándola. Kise de inmediato se acercó a él, y con cuidado le sacó la camiseta que traía. El pelirrojo no opuso resistencia y dejó que el de cabellera rubia le ayudara, en cuanto su torso estuvo expuesto, las manos de Ryouta viajaron hasta sus hombros, dando un leve y relajante masaje.

– ¿Cansado, Taigacchi? – Preguntó el de piel pálida, siguiendo en la tarea de masajear los hombros de aquel ser que no era humano. Sintió como la tensión en los hombros de su pareja iba desapareciendo conforme más empeño ponía en su masaje. Kagami soltó un suspiro de relajación cuando se sintió por completo en paz.

– Algo así… – Respondió, notando como los masajes de Kise bajaban un poco de intensidad mirándole curioso. Taiga no quería alterar a su amante, pues si le decía lo más probable era que le dijera que se fueran del país, y él no quería irse, además de que sus hermanos le detectarían y ahí sí tendría que explicar lo que hacía con el humano – Nada importante, no te preocupes – Le tranquilizó besando sus labios suave y tiernamente.

– Bueno, si estás cansado hoy no habrá acción – Dijo con un sonrisa, y aunque el pelirrojo quería desde lo más profundo de su ser volverse uno con aquel modelo, sabía que por esta vez el chico tenía razón. Su mente estaba completamente agotada. Tomó su camiseta para dormir y se la puso, y lo mismo hizo con su pantalón, aun con la mirada color miel sobre su retaguardia.

– ¿Te gusta lo que ves? – Le preguntó con un toque divertido a su amante. Este ni siquiera se molestó en sonrojarse o negarlo.

– Claro que me gusta, es más, me encanta – Respondió mientras seguía mirándolo fijamente. Kagami terminó de cambiarse aun con la penetrante mirada de Ryouta sobre su cuerpo. Parecía que ahora él era el que estaba siendo devorado, aunque sea por medio de la mirada. Ya listo, se acostó en el colchón para quedar junto al cuerpo de su pareja.

– ¿Cómo estuvo tu día? – Se animó a preguntar la gárgola, ya que quería saber qué tanto pasó en la sesión de fotos del otro. Kise se acurrucó más contra su cuerpo, cerrando los ojos como si estuviera muy cansado. Sin embargo, respondió con toda la honestidad que pudo.

– Lo normal, solo que sonreír mucho hizo que se me entumiera la boca por media hora – Dijo medio divertido medio serio. Kagami rió ante la anécdota que el humano le había dicho. Él no trabajaba hasta que el rubio se fuera a algún lugar de manera pública, así que no había problema en flojear todo el día – ¿Y el tuyo?

– Realmente no hay mucho que decir, solo volé por ahí – Dijo como si no fuera cosa del otro mundo. Los párpados ajenos se abrieron dejando ver esos irises color miel que tenían un brillo de ilusión. Así era el modelo en cuanto la palabra vuelo llegaba a sus oídos. Taiga besó la frente de su amante.

– Me gustaría poder volar… – Comentó en un murmullo el de piel pálida, pero pese a lo bajo que habló, los sentidos desarrollados del pelirrojo le escucharon perfectamente.

– Tal vez algún día te dé un paseo…

– ¡¿Enserio?! – Interrumpió Ryouta de manera abrupta, ocasionando que una gran sonrisa se posara en el rostro de la gárgola al notar lo que había ocasionado su comentario. Pera los gestos de su pareja valían la pena, era encantador verlo así de alegre. Asintió a esa exclamación con forma de pregunta.

– Algún día, lo prometo – Kise frunció el ceño y formó un puchero pues estaba seguro que aunque el otro le hubiera dicho eso, lo más probable era que no lo cumpliera. Sin embargo, poco duró su enojo pues realmente estaba cansado. Estaban a minutos de dar la medianoche.

– Taigacchi… – Llamó el menor, recibiendo aquel par de ojos color sangre sobre su persona. Kagami hizo un extraño sonido con los labios, para indicar que le estaba escuchando. El humano se acurrucó más contra ese cuerpo que carecía de calor corporal – Cuéntame otra vez esa leyenda… Pidió medio adormilado.

– ¿Cuál, Ryouta? Recuerda que son dos – Preguntó utilizando el nombre de su amante. Siempre era lo mismo. El modelo le pedía que le contara una leyenda sobre su origen, casi como un niño le pide a su padre que le cuente un cuento para dormir. Pero para Kise, había dos leyendas que eran sus favoritas, pero tenía que decidirse solo una por noche.

– La de Juana de Arco… – Dijo mientras medio abría perezosamente los párpados. Kagami se acomodó en la cama de manera que pudiera abrazar al chico a su lado, mientras recordaba rápidamente las palabras que usaría para volver a relatar aquella leyenda que a su pareja le encantaba escuchar.

– Bien… – Dijo mientras carraspeaba para volver a hablar y contar la leyenda que se sabía completamente de memoria porque, él lo había vivido.

Corre una leyenda sobre las gárgolas de la Catedral de Notre Dame desde el 30 de mayo del año 1431, y cada año, esa misma fecha se recuerda en las calles de París, pues sucede un acontecimiento similar.

Ese año, en 1431, llevaron a la hoguera a Juana de Arco en la plaza del Mercado Viejo de Ruán, una muchacha que decía haber oído la voz de Dios, y que este le había dicho que estaba destina a salvar a Francia del saqueo de los ingleses.

Ocurrió durante la Guerra de los Cien Años y, fuese verdad o mentira que había oído a Dios, Juana comandó un ejército en el sitio de Orleans y ganó para los franceses una de las batallas más decisivas de la guerra. Pero, a pesar de haberse convertido en una heroína nacional, Juana de Arco calló en desgracia y fue condenada a morir en la hoguera por herejía.

Aquel día hubo tal exhibición de fanatismo, que las gárgolas despertaron de su sueño de años y arrasaron la ciudad por la noche. Desde las cornisas de la catedral, los monstruos alados y cornudos contemplaron el escalofriante espectáculo de la muerte de una inocente y decidieron vengarla.

Se dice que a la mañana siguiente aparecieron por las calles de París los cadáveres masacrados de cientos de personas, algunos mutilados y la mayoría con marcas de lo que parecían ser mordidas de bestias hambrientas; todos los cuerpos eran de los que habían asistido al suplicio de Juana de Arco en la Plaza del Mercado.

Es así que las Gárgolas comenzaron su eterna vigilancia sobre catedrales góticas, barrocas, e incluso en edificios con pocas pretensiones religiosas. Desde las alturas escrutan al caminante, recordándole constantemente el destino trágico de su alma, aquello que lo espera del otro lado si se desvía del santo edificio que yace bajo sus garras como un cadáver descomunal.

Pero eso fue solo el principio. Las gárgolas, furiosas por el comportamiento de los humanos y que estos pudieran ser libres, enfrentaron a Dios para que les otorgara la misma libertad. Lo consiguieron, pero obtuvieron la peor de las desgracias.

Sus estómagos de piedra y sin necesidad de alimento, rugirían de una gran hambre de carne. De esa manera, Dios castigó a las gárgolas haciéndolas cometer pecados horribles, y también castigó a los hombres, al hacerlos las únicas presas capaces de saciar el apetito voraz que consumía a aquellas bestias implacables.

El infierno en la tierra surgía cada 30 de mayo, pues ese día, las gárgolas tendrían un hambre feroz superando a todas las demás. Atacarían sin piedad a todo aquel humano que estuviera en las calles de París por la noche, repitiendo de nuevo aquella grotesca escena que empezó desde 1431…

En cuanto Kagami terminó de relatar aquella leyenda, se dio cuenta de que Kise estaba ya profundamente dormido, pues su respiración era tranquila, y su pecho subía y bajaba con lentitud. Acarició tiernamente los cabellos dorados del chico, mientras intentaba dormir también.

No lo logró.

Al contar aquella leyenda, de nuevo su mente había quedado sumida en sus pensamientos. Porque aquello que contó podría ser solo una leyenda para las mentes humanas, pero para él no. No era una simple leyenda, era un recuerdo, un recuerdo de lo que vivió aquella vez en la que despertó de su largo sueño, solo para encontrarse con la crueldad humana.

Entonces Taiga pensó de nuevo en aquella unidad destinada a destruirlos. ¿Tendría algo qué ver aquella fecha tan maldita para él? La respuesta era sí. Todos los años, desde 1431, hacía aquella masacre junto a sus hermanos, aun cuando no quisiera. De eso ya un poco más de 585 años, pero las cosas seguían repitiéndose.

Kagami sabía que aunque él no fuera precisamente inmortal, podría vivir muchas décadas más. No obstante, Ryouta no. Tendría que vivir con la desgracia de que el único ser que había amado hasta el momento, se iría de sus brazos sin que pudiera hacer nada por detenerlo. Además, la idea de que fuera él quien le dañara también le carcomía por dentro, pues era eso lo que menos quería.

Durante sus cinco años juntos –tres de amistad y dos de relación sentimental– el pelirrojo tenía que huir lejos de Kise cuando la noche del 30 de mayo se acercaba. Sabía que no podía evitar aquella matanza, pero no se arriesgaría teniendo al rubio cerca. El modelo sabía lo que realmente era, pero podía asegurar que este nunca le había visto cazando, y esperaba que jamás lo viera.

Si bien, podría tener algo de tacto o piedad al momento de asesinar a su presa –con una muerte rápida e indolora– durante aquella fecha de mayo, perdía todo control de su ser, y solamente atacaba a quien sea que se cruzara en su camino, sin importarle si es mujer u hombre, adulto o niño, ni siquiera si era bueno o malo.

Por eso desaparecía lejos de Ryouta, pues no quería dañarlo ni ser la causa de su muerte.

Sus ojos rojos miraron el calendario que se situaba en la pared del rubio, ya que pese a la oscuridad de la habitación, aquella pequeña lámpara de noche encendida le servía para ver perfectamente a su alrededor. Sus ojos se situaron de inmediato en el día y mes en el cual estaban.

5 de mayo.

Su cuerpo entero vibró. Estaba ya cada vez más cerca de que aquella fecha y con todo eso de la unidad de exterminadores en curso aquello iba a ser un gran problema. Pero, viéndolo del lado bueno, no tendrían que preocuparse por una gárgola más ya que, Haizaki había sido eliminado del mapa.

Y eso mismo le llevaba al lado malo. Si aquellos pudieron destruir a aquel chico de cabellera grisácea sin dejar rastro, aun cuando este fuera un completo guerrero en cuanto a luchas se trataba, significaba que estos humanos no venían con juegos, y que probablemente, el 30 de mayo de esa fecha, hubiera una guerra brutal entre humanos y gárgolas.

Cuando el reloj de la mesa de al lado marcó la una, Kagami decidió que era hora de dormir. Si bien, no lo necesitaba debido a que su naturaleza era ser una criatura nocturna, siempre dormía porque de esa manera pasaba más tiempo con el rubio que durante el día; pues este tenía trabajo y Kagami se iba por ahí a vagar hasta encontrar alguna otra presa que sirviera de alimento.

En cuanto el reloj marcó exactamente las 1:15 a.m. Taiga ya estaba profundamente dormido.


Himuro observaba a su alrededor tratando de encontrar una buena presa que pudiera cazar. Takao detrás de él hacía exactamente lo mismo, utilizando su vista más desarrollada que la del primero para identificar al individuo. Sus narices percibieron el característico olor a sangre fresca, y sus oídos escucharon perfectamente unos alaridos. No tardaron en encontrar a aquella presa perfecta que se merecía la muerte. Aquellos gritos femeninos de dolor y agonía los guiaban.

Estaba cerca, así que no necesitaron expandir sus alas para volar. A una velocidad casi inverosímil y por medio de grandes zancadas, llegaron en unos cuantos segundos. Cuando estuvieron dentro de aquel callejón oscuro y desolado no hicieron mucho esfuerzo para ver el cuerpo de aquel hombre. Los gritos de hace rato habían cesado, pero el cadáver de la mujer estaba en el suelo, derramando sangre a borbotones.

– Vaya, vaya, vaya – La voz de Takao fue el sonido que interrumpió aquel lugar tan silencioso, haciendo que aquel asesino diera un respingo al saber que ya no estaba solo – ¿Pero qué tenemos aquí? – Dijo irónico mientras caminaba hacia el cuerpo de aquella humana que yacía tirada en el suelo. Aquel hombre musculoso no pudo hacer nada ya que aún estaba en un pequeño shock porque no había escuchado venir a esos dos.

– Pero… ¿Qué…? – Apenas habló el tipo, pero fue interrumpido por la exclamación de Kazunari.

– ¡Qué mal! ¡Una mujer tan linda como esta no merecía morir por un hombre tan horrible como tú! Y no lo digo en el sentido metafórico ni romántico – Se burló aquel pelinegro, haciendo cabrear a aquel hombre con típicas características de ser un maleante. Takao retrocedió solo un poco, para ver mejor el vil intento de amenazarlos de aquel sujeto.

– ¡Escuchen sanguijuelas! – Vociferó con tono amenazante – ¡Más les vale tener el pico cerrado si no quieren terminar como ella! ¡No tendré piedad cuando los mate! – Aquellas palabras, hicieron que ambos pelinegros se miraran unos segundos antes de estallar en carcajadas – ¡Se los advertí! – El hombre, más irritado por esa insolencia, se abalanzó en contra ellos para intentar clavarles la navaja con la que había matado a aquella chica.

En un rápido movimiento, Kazunari –quien había sido el objetivo del matón– desapareció por breves segundos del campo de visión humano, haciendo que el asesino perdiera el sentido al no ver a su supuesta víctima donde debería estar. El pelinegro volvió a aparecer justo a sus espaldas para darle una fuerte patada en la espalda que lo mandó al piso, cayendo justo frente a los zapatos de la otra gárgola.

Tatsuya se inclinó hacia abajo solo para tomar de los cabellos algo largos y castaños de aquel despreciable sujeto, y con ayuda de su fuerza, levantó el cuerpo completo solo de aquellas hebras de cabello como si el hombre no pesara más que una pluma. Este hizo una mueca de dolor al ser jalado tan brusco de su cuero cabelludo.

– Si tú nos quisiste matar sin piedad, entonces no te molestaras si nosotros tampoco te tenemos piedad al matarte… ¿No? – Habló el pelinegro con un ojo cubierto por las hebras largas de su cabello. Su mirada y sonrisa eran lo más parecido a unas psicóticas, si es que le preguntaban a aquel tipo.

Perturbado, el hombre intentó forcejear para librarse, pero solo consiguió que Takao sujetara sus brazos para impedir su escape. Con movimientos más bruscos, el humano intentó librarse, aun cuando pelear contra la fuerza de aquellas gárgolas era estúpido. Kazunari, cansado de tanto forcejeo inútil, terminó por romperle los dos brazos en un microsegundo.

– Ups – Dijo el de menor altura, como si realmente no hubiera querido hacer aquello – Supongo que se me ha pasado la fuerza – Comentó como restándole importancia a aquel asunto, más que el hecho de que los alaridos de dolor del hombre estaban casi por perforarle los tímpanos. Como toque final, Kazunari tiró de ambas extremidades, y terminó por arrancarlas, haciendo que la sangre se regara por todo el callejón.

Los gritos fueron aún más fuertes, e incluso Himuro tuvo que alejar un poco su cabeza de la de aquel nefasto sujeto.

– Sin rencores, ¿Verdad? – Preguntó sonriendo cálidamente, aun cuando estuviera cometiendo esa gran masacre. El hombre le miró suplicante, con los ojos bañados en lágrimas y diciendo incoherencias entre dientes que Tatsuya no supo distinguir.

Finalmente, cansado de todo ese teatro de amabilidad de su parte, giró rápido el cuello ajeno, provocando el singular sonido de los huesos rotos al matar a aquel tipo rompiéndole en cuello. El cuerpo inerte y muerto de aquel humano que no era más que escoria, cayó al pavimento de ese callejón completamente destrozado. Incluso en la cara podía notarse el terror que esa víctima experimentó.

– ¿Y qué haremos con la otra? Nos ganamos u sin esfuerzo – Preguntó la otra gárgola mientras lanzaba sobre el cuerpo del hombre los brazos del mismo, ya con menos sangre goteando. Los dos pares de ojos se dirigieron al cuerpo de la mujer que había sido asesinada sin que ellos supieran el motivo.

– La llevaremos, no podemos dejar ningún rastro, menos aún con esa sociedad estúpida trabajando – Dictaminó el de mayor altura. No es que acostumbraran a cazar en manada, pero aprovechando que se fueron por el mismo camino, no les vendría mal pasar un rato en compañía del otro – Bueno, yo me llevaré solo el cuerpo de este, tú puedes quedarte con los brazos y la chica.

– Viva, la mejor parte – Celebró con fingido sarcasmo, mientras alzaba sin ánimos un brazo al aire para hacer ver que estaba aún más falsamente emocionado. Tatsuya suspiró intentando calmarse ante las acciones y gestos de su compañero, pues aunque era un chico paciente y tranquilo, tenía sus límites y Takao Kazunari, era alguien que siempre los sobrepasaba.

– Bueno, entonces llévate a este… – Comentó, harto de las quejas de su compañero.

– Era broma Tatsu-chan, no te lo tomes todo tan enserio – Interrumpió el menor mientras sonreía y cargaba el cuerpo de la chica y los brazos del tipo para abrir sus alas de piel rugosa y grisácea, y alzar un poco el vuelo, sin estar demasiado alto, pero tampoco tocando el piso – ¿Nos vamos? – Sugirió, pues sus hogares quedaban por los mismos rumbos.

– Supongo que no hay opción – Dijo en un suspiro, mientras tomaba el cuerpo del hombre con la cabeza colgando fuera de su lugar. También dejó ver sus alas para abrirlas y volar hasta la misma distancia en la que se encontraba Kazunari – Vámonos – Dijo mientras volaba aún más alto, mientras el otro le seguía el vuelo, desapareciendo entre las densas nubes oscuras de la noche…


Bien, eso es todo por el momento.

Espero que la escena de Himuro y Takao se haya leído gore, porque esa era la intención.

No olviden comentar, nos leemos en el próximo cap. Besos~