Disclamair: Todos los personajes pertenecen a Marvel y cualquier empresa a la que decidan vender sus derechos. Yo solo soy la chica sin talento que toma prestados a sus personajes, porque nunca podría crear a individuos tan geniales.
Aclaración: Se supone que Coloso es mayor que los demás niños de la mansión. Aquí calculo que tiene 19 años, y los demás 16 ó 17.
Ahora los dejo en paz, pueden leer:
Luego de la aburridísima clase de poderes con Scott, John era oficialmente libre para el resto del día. Y luego de la ducha, se tumbó en el sofá de la sala de recreación, cambiando canales en el televisor, solo para hacer algo. Estaba algo cansado como para ir a buscar a sus amigos. Y peor aún, estaba ofendido con Rogue por traicionarlo en un día importante para él.
—Rogue está llorando —dijo Bobby, dejándose caer pesadamente junto a él en el sofá. Peter imitó el gesto, con mucha más suavidad, en el otro lateral.
—Y tú vienes hacia mí ¿Por qué? —cuestionó John, con la máscara desinteresada que mejor le salió.
—Somos un equipo, John. Las chicas se encerraron en su alcoba. Y con Peter vinimos aquí.
—Así que ¿qué? ¿Quieres que vayamos a espiarlas? Chicas en una alcoba. Eso puede tener resultados sexuales, según la industria porno.
Coloso se rió en respuesta.
—¡Peter, vamos! No quiero tener que ser el serio —protestó Bobby.
—¡Admite que fue gracioso en su simpleza! —se defendió el gigante, antes de chocar puños con el pirómano.
—Ok, lo fue —se rindió por un momento—. Pero estoy hablando de algo serio.
—Oye, Cubito de hielo —espetó John—, Rogue está siendo la reina del drama. Ya se le pasará, cuando comprenda que sus poderes no son una maldición —dijo retomando su actividad de repasar canales, solo para no hablar mal de la sureña—. Jubilee y Kitty la harán sentir mejor y todo estará bien.
—¿De verdad crees eso? —pidió inseguro.
—Por supuesto.
—Tal vez John tiene razón —repuso Coloso, en un intento por relajar el clima—. Dejemos que las chicas se encarguen de eso. Aún nos quedan como tres horas hasta el concierto ¿Hacemos un campeonato de futbolito mientras tanto?
Pyro fue el primero en ponerse de pie y aceptar, obligando a Bobby a seguirlos. El rubio ni el gigante se sentían bien dejando a su amiga, pero no podían con todas las responsabilidad de niños buenos que se auto imponían.
John había tenido una pequeña reunión con Scott, luego del campeonato de futbolito. El menor había blasfemado mentalmente por ser convocado a la oficina. Pero vaya sorpresa que se llevó cuando el señor aburrido-y-amante-de-las-reglas solo quería desearle un feliz cumpleaños y advertirle que no podría ser él quien llevaría al grupo de amigos al lugar del concierto.
—Peter tiene las llaves de mi auto. Tienes suerte de que sea mayor y se haya ganado mi confianza —le decía.
—¿Qué? —preguntó sin comprender a dónde iba con eso.
—Él los llevará al concierto —explicó sonriente.
—¿Qué? —volvió a preguntar, esta vez más aturdido.
—Tómalo como un regalo —siguió sonriendo divertido ante la expresión del niño.
—¡Gracias, señor Summers! —exclamó alegremente.
—Recuerda que tienen toque de queda —le recordó, recobrando la seriedad, sin ser suficiente para que John perdiera la expresión de sorpresa.
—Lo sé… —tartamudeó feliz—. Gracias, señor Summers —repitió.
—No hay de qué —le aseguró recobrando una sonrisa suave—. Puedes irte. Feliz cumpleaños.
—Bien… Gracias, señor —repitió saltando sobre sus pies para salir de la oficina. Les darían el auto a él y sus amigos. Una noche sin adultos. Eso era épico para ellos. Nunca los dejaban salir sin supervisión y mucho menos de noche.
John salió caminando con un rebote que a él mismo le parecería estúpido, si lo viera en alguien más. Pero no le importaba. Estaba feliz. De verdad, John estaba feliz en su cumpleaños. De verdad lo estaba. Era mágico. Era demasiado perfecto. Y ni siquiera le molestaba ya que Rogue no quisiera ir. Todo era demasiado bueno y perfecto. La vida le estaba sonriendo a St. John Allerdyce más que en toda su existencia.
Él era realmente feliz.
Cuando Pyro llegó a la puerta de su habitación, se tomó un segundo para tomar una gran bocanada de aire. Había deseado quitar la sonrisa boba, pero se dio cuenta que no podría y que le agradaba un poco llevarla. Así que tomó el pomo de la puerta, pero algo llegó a sus oídos, justo antes de girarlo para abrir:
—¡Rogue nos necesita! —oyó a Kitty en medio de un gritito. Eso era un poco una sorpresa para el muchacho. Así que se detuvo oyendo más detenidamente, acercando la oreja a la puerta.
—Eso no está en discusión —replicó Jubilee—. Lo que discutimos es cómo le diremos a John.
Automáticamente, Pyro contuvo el aliento. De repente sentía miedo y un deseo intenso de dejar de oír. Él oía cómo todo se iba al demonio, aunque se seguía negando a aceptarlo. Aunque su intento de protegerse intentara convencerlo de que se equivocaba en lo que pensaba.
—John podrá entenderlo. Él sabe que Rogue no está manejando bien lo de sus poderes —agregaba Bobby.
—Eso no quita que debemos decirle que no iremos al show —ese era Coloso.
John cerró los ojos como si hubiera recibido un golpe. Y tal vez así había sido. Porque su pecho dolía y un nudo en su garganta amenazaba con ahogarlo.
A él le gustaba Rogue, nunca lo negaría, pero tampoco negaría lo egoísta que era él mismo.
Porque él nunca tuvo nada. Y la primera vez que conseguía algo, se lo estaban quitando. Porque era la primera vez que John vivía en un lugar en el que su cumpleaños era una fecha que importaba. Porque era la primera vez en su vida, que había esperado el día, planeando algo divertido para hacer, con gente que buscaba hacerlo sentir querido.
Y se lo estaban quitando.
Sus labios se torcieron en una sonrisa desdeñosa. Sabiendo que, solo hacía unos años, se habría burlado de sí mismo por reunir falsas expectativas, sabiendo que nunca debía hacerlo. Porque a él no le tocarían las cosas buenas, nunca. Reunir esperanzas era para pobres diablos. La vida apestaba y él lo aprendió cuando era demasiado joven. Esperar algo bueno, solo lo llevaría a sentirse decepcionado, siempre, sin excepciones. Como ahora.
De repente, una suave alarma chilló, al mismo tiempo que la luz azul de su reloj de pulsera titilaba rítmicamente.
Pyro volvió a sonreír. Nunca un mejor momento para una metáfora: la alarma lo despertaba de su sueño. Él no era un niño que recibía lo que quería en su cumpleaños. Ni en ninguna otra ocasión.
Se quedó observando el reloj que continuaba en su llamado por atención. No le quitó la vista, a pesar de que la puerta de su habitación se había abierto y un par de ojos azules lo miraban con la disculpa brillando en ellos.
—John… yo… —tartamudeó Bobby al ser obvio que su amigo había oído todo— Nosotros...
—¿Cómo rayos se apaga esto, Drake? —preguntó sacudiendo la muñeca. Una sonrisa torcida surcaba su rostro, sin poder ocultar los ojos tristes.
Bobby presionó un botón que silenció el chillido y Pyro se abrió paso dentro del cuarto. Les dedicó una mirada a los demás rostros; con expresiones incómodas; antes de dirigirse a la mesa de noche, en dirección opuesta a ellos.
—John, tenemos que hablar —dijo Jubilee, luego de reunir todo el oxigeno que sus pulmones le permitían. Ella, Kitty y Peter permanecían sentados en círculo en el suelo.
—Ya los oí —le aseguró fingiendo desinterés—. No irán al show.
—Lo sentimos, John… —tartamudeó Kitty, esta vez—. Pero Rogue no se encuentra bien y pensamos que… —dudó en continuar. El pirómano revolvía el cajón de la mesa de noche, pareciendo ignorarlos, mientras tragaba el nudo en su garganta e intentaba mantenerse impulsado por la ira y no cualquier otro tipo de emoción negra que amenazaba con tumbarlo al suelo.
—Puedes enfadarte con nosotros mañana. Hoy, Rogue nos necesita —sostuvo Jubilee, con su característica firmeza, casi reprochándole a John su actitud.
Pyro pareció hallar lo que buscaba. Billetera y sobre. Cerró el cajón con un golpe seco. Al mismo tiempo que la sangre inundaba su boca. Había mordido su mejilla para contenerse lo mejor que podía.
—Podemos hacer otra cosa —propuso Peter. El siempre conciliador Peter—. Aquí, en la mansión… Puedo pedirle la nueva película de Deadpool a Jones y…
—Pueden hacer lo que les plazca —respondió cortante—. Yo me largo.
—¡Sabes que al Profesor le gustaría que hiciéramos esto! —dijo Bobby en su defensa.
—¿Así que de eso se trata? —su voz tembló al final del pequeño acceso de emoción—. Porque bien podrías ir ahora a que te pongan la estrella dorada en la frente, Mascota de la clase —escupió, cuando hurgaba en el armario de la ropa en busca de una chaqueta. No podía mirarlos a los ojos. No iba a quebrarse frente a ellos.
—John —dijo Kitty, dubitativa y suave— sé que no es lo que…
—Tú no sabes nada, Niña rica —replicó en un gruñido que hizo callar a la niña, mientras la incomodidad hacía que todos guardaran silencio y lucharan con las palabras que no salían. John solo pensaba en cada uno de sus cumpleaños, en cada vez que tuvo hambre, en cada vez que tuvo frío y cada vez que estuvo solo. Pensaba en cada tonto momento en que creía que alguien le tendería la mano. Se reprochaba cada maldito momento en que lo había hecho. Se maldecía en ese momento.
"Ninguno tiene idea" —pensó con rencor, mientras se ponía la chaqueta.
Para ellos, para los pequeños-futuros-X-men, no existía una buena manera de hacer esto. De hacer las cosas bien.
Jubilee comenzó a hablar, sin parecer notar cómo John abría el sobre, miraba las entradas con desprecio, tomaba una y dejaba caer el sobre vacío. Una entrada, solitaria, en una mano, y las otras separadas en la derecha.
—Oye, queremos ser X-men, queremos ser los héroes alguna vez —le recordaba Jubilee, irguiéndose sobre sí misma, con las rodillas en el suelo—. Pues debemos empezar en algún lugar, haciendo sacrificios. Rogue nos necesita, idiota —soltó con el reproche y la confianza que solo los amigos se tienen. Le reprochó con la confianza de que estaba en lo cierto.
—¡Vete a la mierda, aprendiz de X-men! —espetó.
—¡John basta! —le pidió Bobby, demasiado dolido por lo roto y enfadado que se oía su amigo.
—¡No! —Se giró para mirarlo, aún de pie junto a la puerta—. ¿Quieren jugar a ser héroes? Háganlo. Por mí está bien —les aseguró en medio de la mentira más grande que había dicho en mucho tiempo—. Porque yo soy el villano aquí. Ustedes y su damisela en apuros pueden irse a la mierda.
En un solo movimiento fluido, giró el torso, arroja las entradas sobrantes al aire, sobre las cabezas y salió del lugar. El desprecio tiñendo ese gesto, mientras los tickets caían lentamente, en un baile tortuoso, hasta tocar el suelo.
Todos guardaron silencio, como si los hubieran golpeado en el rostro por sorpresa.
Todos habían asumido que Rogue necesitaba de protección y la actitud suave, mientras que John podría ser fuerte y soportar.
Ninguno pensó que quizás John necesitaba de la actitud suave, ese día.
Nota: Me siento en la obligación de defender un poco a Pyro. Porque es realmente una mierda que nadie celebre tus cumpleaños. Y la mayoría de las personas no lo comprenden, porque siempre tuvieron algún tipo de celebración, pero cuando nunca la tuviste, resulta muy doloroso. Es la celebración de tu nacimiento o tu existencia a fin de cuentas; la gente festeja esas ocasiones porque es feliz de que tú existas.
En cuanto a los demás niños, están siendo educados como futuros héroes, que protegen a los mutantes, me imagino que ya desde su relación con sus compañeros de clase, se les debe inculcar el tender la mano.
Pueden darme su opinión sobre la trama, la postura de cada uno de los chicos, o lo que quieran, porque será bien recibido, por aquí abajo en la cajita de comentarios.
En algunos días subo el siguiente capítulo. Saludos. Be free, be happy.
