CAPITULO 4: INCERTIDUMBRE Y CULPA
POV PEETA
"Mientras pasan las horas y el día esta por morir, y yo lo quisiera ya muerto, hay hombres que han cifrado en él todas sus esperanzas, todo su amor, sus últimas fuerzas. Hay hombres moribundos; otros que esperan un vencimiento y no querrían que nunca llegara mañana. Hay otros para quienes el mañana asomara como un remordimiento. Otros en cambio, se sienten fatigados y esta noche no será nunca lo bastante larga como para proporcionarles el descanso que necesitan."
Ailan Fournier
Cuando había salido del auto y había visto su cuerpo inerte en la calle, pensé que la había matado. Y sentí una desesperación que jamás pensé que iba experimentar. Corrí hacia ella, y empecé a tocarla en zonas estratégicas que me darían una idea de su estado de salud, o si aun estaba con vida. Me asuste, al descubrir que no respiraba y que casi no sentía su pulso.
Tenía que hacer algo. Dejarla tirada en medio de la calle a su suerte y huir, dejando que otros se encargaran de su vida. No estaba en mi lista.
Me agache a su lado, y toque su rostro examinando su herida. Había sufrido un fuerte en la cabeza y estaba sangrando. La empecé a llamar, pero no había respuesta. Estaba inconsciente.
No podía creer lo que había hecho. Jamás me había pasado algo así. Me sentía terriblemente mal. Recordé lo sucedido. Había doblado en la esquina y de repente apareció ella en su bicicleta, detenida allí, como si fuera incapaz de moverse por algún motivo. No frene a tiempo, y la atropelle. Lo próximo de lo que había sido consciente fue de ver su cuerpo cayendo directamente hacia el pavimento.
Gente se empezó a acercar a mí alrededor, comentando entre sí, llamando ambulancias u ofreciendo ayuda. Pero no fue hasta que apareció un hombre de aproximadamente cincuenta años, asegurando que era medico, que acepte ayuda.
El doctor Aurelius –ese era su nombre- había llamado a una ambulancia del hospital en el que trabajaba, y había llegado con rapidez. Pero mientras esperábamos, habíamos logrado que volviera a respirar y normalizar sus signos vitales.
Me quede observándolo mientras le practicaba lo que parecían masajes cardiacos, me hablo.
-¿Sabes primeros auxilios?
Lo pensé un segundo, un día en la universidad había venido unas personas que trabajaban para la Cruz Roja y nos habían enseñado técnicas de reanimación y primeros auxilios en casos en los que la supervivencia de alguien dependiera de cómo actuáramos nosotros. Recordé que me había tocado practicar una reanimación cardiorespiratoria, a un maniquí. Y una de los hombres que había estado observándome me felicito, diciéndome que seguramente si hubiera sido una persona real la hubiera salvado. Jamás me había tocado hacer algo así en la vida real.
-Yo si… pero… jamás lo he intentado con una persona.
-¿Pero sabes?
Asentí.
-Con eso es suficiente. Sigue mis instrucciones. –Me pidió. –Y trata de mantener la calma. –Lo hacía sonar tan fácil. Pero lo intente. –Sujeta su frente y mentón. Haz que su mentón se eleve y verifica su respiración.
Hice lo que me pidió y luego coloque mi oído muy cerca de su boca, me di cuenta que su respiración era demasiado débil, pero de sus labios entreabiertos salía un leve aliento cálido por momentos. Se lo informe al hombre que seguía haciendo compresiones en su pecho.
-Continua sujetando su mentón, pero esta vez tapa su nariz. Y después…
-Lo recuerdo. –Debía insuflar aire que entraría a su cuerpo hasta llegar a sus pulmones. Mi corazón latía cada vez más rápido. Pero intente tranquilizarme, para hacer esto debía mantener la calma.
-Cuando yo diga empiezas. Solo dos insuflaciones. Seguida por una serie de treinta compresiones. Y así sucesivamente –Me indico. -¿Entendido?
-¿Lo debo hacer yo? –Le pregunte, porque me aterraba la idea de empeorar las cosas para la chica o equivocarme.
-No tienes la obligación. Pero nos ahorraría tiempo. ¿Quieres ayudar?
-Claro.
-Bien. -Luego de tres comprensiones mas – ¡YA!
Inspire de forma normal, contuve el aire y sujete su mentón levantándolo al mismo tiempo que abría su boca. Tal como me habían enseñado, apoye mi boca sobre la suya ejerciendo cierta presión para que el aire no escapara, y solté todo el aire. Espere unos segundos, y repetí el proceso. Luego levante mi cabeza, y observe su pecho, con la esperanza de verlo elevarse y bajar, alguna señal que me indicara que respiraba. Nada. Mire al hombre, el hombre continúo con la serie de compresiones. Luego dos insuflaciones más. Cuando ya íbamos por la cuarta serie empezamos a ver resultados, su pecho lentamente subía y bajaba, cada vez que acercaba mi rostro al suyo, un aire cálido rozaba mi piel. Pero no fue hasta la sexta o séptima serie, que le hiciera una segunda insuflación, ella tosió en mi cara.
-Déjala. –Me indico el hombre. –Es suficiente. –Me aparte de ella, pero me quede arrodillado a su lado observándola al igual que él, mientras tosía. Cuando dejo de hacerlo, él controlo sus signos vitales.
-Respira. Y su pulso se regularizo. Buen trabajo.
Buen trabajo.
Hice una mueca. Teniendo en cuenta que yo había sido quien le había provocado esto, me parecía que esa frase estaba de más. Aun así, tan solo de escuchar que la reanimación había dado resultados, me sentí aliviado.
-¿No tendría que reaccionar? –Pregunte, porque a pasar de eso, ella seguía inconsciente.
-Hay que esperar. Pero tal vez si nos escuche, pero…
La ambulancia llegó, el hombre interrumpió la conversación, se puso de pie y se fue directamente a hablar con los enfermeros.
Tome su rostro delicadamente entre mis manos.
-¿Me escuchas? ¿Me sientes? –Susurre en un tono casi apremiante. -Si lo haces, por favor… dame una señal. Lo que sea, pero hazlo. –No había respuesta y eso me desespero. –Lo siento… mucho.
Los segundos pasaron, pero ella no reaccionaba. Estaba muy herida, mis manos estaban bañadas con su sangre al igual que mi camisa.
Creo que me había estado conteniendo hasta ese momento, pero no lo soporte más y me quebré. Las lágrimas que hasta el momento había estado conteniendo, salieron de mis ojos, y el llanto se volvió más intenso, hasta el punto de volverse insoportable. Me sentía incapaz hasta de hablar. No sé cuánto tiempo pase así ¿segundos? ¿Minutos? Para mi eran una eternidad.
Sentí el aliento de la chica chocando contra mi rostro. Eso me trajo nuevamente a la realidad. Curioso, levante mi cabeza y abrí los ojos. Me sorprendí cuando mis ojos se encontraron con los suyos. Me miraba con ojos confundidos que expresaban que no entendía del todo lo que había pasado, pero no vi temor en su mirada. Todavía había vida en ellos. Por un instante me sentí feliz. Sonreí, pero cuando note que la estaba perdiendo nuevamente, mi sonrisa se borro. Sus ojos estaban volviendo a cerrarse mientras nos mirábamos.
-Quédate conmigo ¿sí? –Le suplique. –Te prometo que todo estará bien. Ahora te llevaran a un hospital para curarte. Solo resiste… un poco más.
Pero no lo hizo, un segundo más tarde perdió la consciencia... nuevamente.
Unos enfermeros se acercaron con una camilla. Tomando todas las precauciones previas la colocaron en la camilla y la subieron a la ambulancia. Otro de los enfermeros me indico que subiera, aunque no sabía si era por el estado en el que me veían, o como acompañante de la chica. Sin emitir palabra, me subí a la ambulancia. Mientras íbamos camino al hospital, descubrí que ellos realmente pensaban que yo también había salido herido. Cuando les dije que me encontraba en perfecto estado, uno de ellos me hizo una revisión rápida de todos modos. Mientras el otro se ocupo de la chica. El enfermero al comprobar que yo estaba bien, solo me paso papeles descartables para que pudiera limpiar mis manos, y empezó ayudar a su compañero, ignorándome por completo a mí.
Me quede observándolos todo el camino, mientras ellos se las arreglaban para socorrerlas con las limitadas cosas que tenían en la ambulancia. Luego de colocarle un respirador e inyectarle algún tipo de medicina. Pasaron a encargarse de heridas menores, y de la herida que recibió al golpearse la cabeza.
-¿Ella despertó? –Me preguntaron.
-Solo fueron unos segundos. Ella solo me miro. ¿Es una buena señal, no?
-En principio, si. Al menos no parece estar herida de gravedad.
Cuando llegamos al hospital, la bajaron con rapidez de la ambulancia con ayuda de dos hombres con batas blancas que estaban esperando allí. Baje de ambulancia justo después, los seguí, pero cuando llegamos al pasillo del área de emergencias, ellos me prohibieron seguir, mandándome a la sala de espera.
Esperar por una noticia de la chica en el hospital, se volvió una tortura. Cada minuto que pasaba, mi nerviosismo aumentaba, mientras imaginaba las peores cosas y sintiéndome tremendamente culpable. Luego de dar vueltas incontables veces en la sala de espera, busque con la mirada algún lugar para sentarme, me dirigí hacia una esquina donde había un par de sillones negros juntos. Me senté apoyando mi espalda contra el respaldo y doblando mis piernas contra mi pecho, escondí mi cabeza contra mis rodillas. Porque de repente me sentí mareado y descompuesto, tan débil como un muñeco de trapo. No era la primera vez que me pasaba. Había ciertas ocasiones en las que terminaba somatizando mis emociones.
Intente pensar con la mente en frio. No tenia de que preocuparme, ella estaba aquí siendo atendida por profesionales que tratarían de ayudarla a mejorarse. Entre ese doctor y yo habíamos logrado sacarla de su estado inicial y ella había reaccionado, me había mirado a los ojos y tal vez hasta me había escuchado. Los enfermeros me dijeron que esa era una buena señal. También habían dicho que no parecía tener heridas graves. Realmente, esperaba que fuera así. Tal vez todo saldría bien después de todo.
Pero aun no podía creer lo que había hecho.
No supe cuanto tiempo pase así. Pero al cabo de un rato. Sentí alguien apoyaba una mano en mi hombro, lo ignore. Y cerré mis ojos nuevamente. Quien fuera la persona que me toco, aparto su mano, pero luego esa persona ocupo un lugar a mi lado.
-No te ves bien. –Comento esa persona. Era el hombre que me había ayudado en la calle. – ¿Quieres que llame a una enfermera? –Ofreció.
-No. –Dije. Mi voz sonaba ahogada. –Ya se me pasara.
Continué con mi cabeza entre mis piernas, no quería que me viera llorar.
-Soy un monstruo. –Reconocí luego de varios minutos de completo silencio.
-No lo eres.
-Casi la mato. –Grite.
-Los accidentes ocurren.
-No fue un accidente… fue un terrible error. Y casi mate a una chica por ese error. Es imperdonable. Si ella… si ella… -no podía ni siquiera pronunciar esa palabra -…No podría vivir en paz conmigo mismo si algo malo le sucediera, y me odiaría por el resto de mi vida. –Yo mismo me odiaba ahora mismo. –Yo no soy así.
-Ella se pondrá bien. –Levante el rostro sorprendido. Con mis ojos y mejillas bañados en lágrimas, fije mi vista en la suya.
-¿Qué sabe? Por favor, dígamelo.
-Solo sé que la están atendiendo y que está estable. Pero no se mucho mas. Lo siento. Aun no la sacan de esa sala.
-Pero ya llevan más de una hora.
-Y se demoraran más aun, deben realizarle algunos estudios.
-¿Y luego podre verla?
-Depende de su estado.
-De acuerdo.
-Ven, sígueme.
-¿A dónde?
-A mi consultorio. Vamos a conversar.
Limpie las lágrimas de mis ojos y mejillas y me concentre en el médico. Me levante y lo seguí. Cuando llegamos a su consultorio el abrió la puerta y me dejo pasar. Prendió las luces y me indico que me sentara.
-¿Qué hace aquí?
-Soy médico, pero luego me especialicé en el área psiquiátrica. Por cierto, soy el doctor Aurelius.
No nos habíamos presentado.
-Peeta Mellark. –Me presente. -¿Por qué me trajo aquí?
-Por esto. –Dijo alcanzándome unas llaves y un teléfono móvil. Eran míos. –Habías dejado la puerta del auto abierta con las llaves dentro. Y como te llevaron en la ambulancia, pensé en traerte el auto. Está en el estacionamiento del hospital. Y saque tu teléfono, por si quieres comunicarte con alguien. Era eso o se lo llevaba la policía.
-No hacía falta. Pero… muchas gracias.
Agradecí mientras tomaba mis cosas y las guardaba en un bolsillo de mi pantalón.
-De nada. ¿Cómo te sientes?
No respondí. Ya le había dicho como me sentía.
-Te entiendo. Hay que esperar a ver como evoluciona con el transcurso de las horas y que dicen sus estudios. Antes de eso, no se puede adelantar nada. Pero te puedo asegurar que los médicos harán todo lo posible para que se recupere de manera favorable.
Harán todo lo posible…
Jamás me había gustado como sonaba eso.
Asentí. Luego de que habláramos sobre el asunto del choque, de cómo había pasado todo y el intentara convencerme de que no me sintiera tan responsable; de que a pesar de lo que había hecho había actuado bien posteriormente. Logre irme del consultorio, con la excusa de que quería dejarlo trabajar, y que atendiera al paciente que acababa de llamar a su puerta. Le agradecí nuevamente por haberme traído el coche y salí.
El paciente que el doctor Aurelius debía atender era un hombre cercano a los cuarenta años, descuidado y que no parecía muy lúcido. Cuando salí del consultorio, tuve que pasar por su lado. Y me miro de una manera muy extraña, tarde en comprender que era porque mis manos no estaban completamente limpias, seguían con algunas manchas de sangre seca y mi camisa de un blanco perfecto, también estaba salpicada de sangre en algunas zonas. Le dirigí una mirada, pero luego la desvié. Y seguí mi camino. Salí del hospital en busca de mi auto, Aurelius lo había dejado donde me había indicado. Me metí en él, y me senté en el asiento del conductor. No pensaba irme, pero necesitaba tomar aire y estar solo unos minutos. Prendí la radio, mientras buscaba algún CD en la guantera del auto, escuche a dos hombres hablando en un programa de radio dando las noticias del día. No les preste mucha atención. Mis dedos se encontraron con una cadenita bañada en oro con un pequeño y delicado dije en forma de cruz del tamaño de un dedo índice, me lo había entregado mi madre cuando yo tenía doce años y había sufrido un grave accidente automovilístico mientras iba camino a un campamento en la camioneta del padre de un amigo. Pensaban que iba a morir al igual que mi amigo y su padre. Pero milagrosamente, pase la noche y sobreviví. Mis padres me consolaban diciéndome que no había llegado mi hora, y aun me quedaban muchas cosas por hacer en esta vida. Que había sido un milagro, porque los médicos no me daban esperanzas, y que debía sentirme agradecido por ello. Pero nada de lo que me dijeron fue consuelo suficiente cuando me entere de la muerte de ellos. Tome la cadenita en mi mano y en vez de pensar en la historia detrás de ella, pensé en su origen, había pertenecido a mis antepasados, llevaba al menos dos generaciones en la familia, según mi madre, mi abuela se la había dado poco antes de morir para que la protegiera, había sido bendecida por un Papa, del cual mi abuela ya con su avanzada edad no se acordaba el nombre, mi madre nunca lo supo el nombre. Sea como sea, había funcionado conmigo. Desde entonces había estado en mi poder. Se me ocurrió una idea muy loca y mi madre me iba a matar si se enteraba. Pero dadas las circunstancias me pareció una buena idea. No sabía de que otro modo ayudarla. Coloque el collar alrededor de mi cuello.
También busque el bolso que llevaba cada vez que hacia deportes o iba al gimnasio, con la esperanza de encontrar ropa para ponerme. Casualmente lo tenía cerca, lo había dejado en los asientos traseros del auto. Encontré un conjunto deportivo de pantalón negro largo y una remera blanca con negro completamente limpio y sin usar. Era mejor que lo que traía puesto en ese momento. Apague la radio y salí del auto.
Luego de ir al baño, lavarme las manos con jabón para quitarme bien los restos de sangre, me cambie el traje por el conjunto deportivo. Me mire al espejo.
-Mucho mejor. –Me dije a mí mismo. Guarde la ropa en el bolso, la camisa ya la había perdido, sabia por experiencia, que la sangre no salía, menos si la ropa es blanca. Cuando llegara a mi departamento la tiraría.
Fui a la recepción, una joven de 19 o 20 años me atendió. –Al parecer acaba de entrar, porque no la había visto antes.
-Hola. ¿Lo puedo ayudar en algo?
-Sí. Necesito saber el estado de la joven que ingreso hace casi tres horas aquí. Y si la trasladaron a alguna habitación saber dónde.
-¿Quién es usted?
Por un momento, pensé en mentir diciendo que era su novio, un primo o un hermano. En un hospital no daban tanta información a cualquiera. Y lo habría hecho sino fuera por el importantísimo detalle de que no sabía su nombre.
Un segundo más tarde largo otra pregunta.
-¿Cuál es el nombre de ella?
-No lo sé. Pero vine con ella en la misma ambulancia. Me gustaría saber cuál es su estado de salud.
-¿Tres horas?
-Aproximadamente.
-Déjeme ver. –Me dijo la chica mientras buscaba en su computadora algo. –Nombre desconocido, aparentemente dieciocho o diecinueve años, sobredosis, ingresada a las nueve y veintisiete horas… –Empezó a leer.
-No. Accidente automovilístico y aparenta unos veintiuno o veintidós años. –Ella asintió mientras seguía buscando en los registros de ingreso.
-Hay algo. –Escuche atento y contuve la respiración deseando que fueran buenas noticias. –Si es a la que se refiere, ella fue trasladada hace minutos a una habitación, está en observación por el momento.
-¿Me puede decir en que habitación?
-Lo siento, tendrá que preguntárselo a la doctora que la atendió.
-Entiendo. ¿Con quién debo hablar?
-Espere unos momentos, yo misma la llamare y ella vendrá a hablar con usted.
-Gracias.
Hizo una llamada telefónica corta, y luego se dirigió nuevamente a mí.
-En minutos estará con usted. Puede esperar por allí, y yo le avisare cuando venga.
Asentí y me fui a sentar cerca, al lado de un hombre con una niña pequeña en brazos.
Minutos después, una mujer con una bata blanca y una identificación sujeta al bolsillo delantero de su bata. No pude dejar de mirarla pensando que era ella la que me informaría lo sucedido. La recepcionista que me había atendido, le hizo una señal en mi dirección y la otra mujer me miro. Si, era ella. Cuando vi que se acerco hacia mí, me pare.
-Hola. Soy la doctora Paylor. –Me saludo cuando ya nos encontrábamos cerca. Correspondí al saludo y luego ella continuo hablando–Me acaban de informar que usted pregunto por la joven.
-Así es.
-Bien. Acompáñeme. –Dijo en tono neutral.
Cuando íbamos caminando por el pasillo del hospital, la mire de reojo tratando de descubrir alguna señal que me indicara algo, me encontré con una mujer relativamente joven con cabello negro prolijamente sujetado hacia atrás en un rodete, y unos ojos castaños oscuros que parecían hinchados por la fatiga. Pero sin embargo aparentaba sonreír. Intente que eso no me afectara. Eso no significaba que ella estuviera mal. Espere paciente a que dijera algo. Pero cuando no lo hizo, fui yo el que hable.
-¿Qué le pasa?
-Ella está estable por ahora. Pero, debemos ver como evoluciona. Ya le hicimos algunos estudios, mañana temprano estarán los resultados. Y a partir de ahí decidiremos qué hacer. Creemos que en las próximas horas ya veremos resultados con la medicación que le estamos administrando. Esta sedada. Hable con el doctor Aurelius en cuanto supe que él había presenciado todo este suceso. Me hablo de ti. Peeta ¿verdad?
Asentí.
-Me dijo que te sentiste muy mal después. Me contó lo que hicieron en la calle. También me pidió que te dejara pasar unos minutos a verla. Generalmente no lo permitimos, pero hare una excepción. Solo serán unos diez minutos, máximo quince. Luego si deseas quedarte, lo deberás hacer en la sala de espera de este área de emergencias, y te iremos informando a medida que sepamos algo.
-Muchas gracias.
-De nada. –Me dijo sonriendo. –Te llevare a verla ahora.
Seguimos caminando, se detuvo frente a una puerta y se giro hacia mí.
-No encontramos ninguna identificación entre sus pertenencias, tampoco un teléfono móvil o un papel con algún número con el que podamos contactarnos. –Suspiro. –Tal vez se le cayó algo durante el accidente o no traía nada de eso. Lo único que encontramos fueron unas llaves que traía en su bolsillo. No tenemos modo de ponernos en contacto con ningún conocido de ella. Espero que pronto despierte.
-Yo me quedare con ella todo el tiempo que sea necesario, hasta que aparezca algún familiar.
-Es bueno escucharlo. ¿Listo para pasar?
-Sí.
Abrió la puerta, paso primero y yo la seguí. Estaba en la primera cama. Si yo me paraba desde otro lado de la gran pared de vidrio al lado de la puerta, podría verla sin problema. Me detuve a un lado de la cama. Además del suero que iba por vía intravenosa hacia su cuerpo. Estaba conectada a un respirador. No me había aclarado eso.
-Es solo por precaución. –Me dijo la doctora. Asentí sin apartar la mirada de la joven.
La herida de su cabeza ya no se veía bajo el vendaje que le habían colocado. También tenía una venda alrededor de su muñeca izquierda. Habían reemplazado su ropa por una bata celeste. Debía reconocer, que me esperaba algo peor. Con la atención recibida, sus heridas desinfectadas y su piel completamente limpia. Tenía mucho mejor aspecto.
-Quince minutos. –Repitió antes de retirarse.
En la sala de observación, había doce camas pero solo la mitad estaban ocupadas. Solo había una mujer despierta, las demás o estaba sedadas o inconscientes. Algunos parecían estar peor que ella. Odiaba los hospitales, y odiaba ver a la gente sufriendo. Mi vista volvió a la chica, la única que realmente me importaba en ese momento. Instintivamente tome su mano sana entre la mía, y me incline hacia ella. Me quede allí, parado sin saber que decir. Pero solo tenía quince minutos, mi tiempo estaba agotándose. Desee con mucha intensidad que me escuchara, y tal vez volviera a abrir los ojos y me mirara como lo había antes. Ver sus ojos grises, pero esta vez llenos de vida.
-Lo siento. –Empecé. Lleve mis manos a su rostro, su cabello y se lo empecé acariciar. –Lamento mucho lo que te hice, me gustaría volver el volver el tiempo atrás, pero no puedo. No pretendo que me perdones, ni me entiendas. Lo más lógico sería que me odies ¿no lo crees? Y me quieras golpear por ser un completo idiota. Lo aceptaría con gusto, si eso significa que tu estas a salvo y fuera de peligro. Quiero que te recuperes. –Hice una pausa. –También me gustaría saber tu nombre para dejar de llamarte "la chica desconocida que atropelle" como si fueras una persona cualquiera. Estoy seguro que debes tener un hermoso nombre que pueda reemplazar el modo en el que te llamo ahora. –Tenía que tenerlo, era tan hermosa. Y no un nombre cualquiera, sino uno original y hermoso como ella. –Espero que despiertes pronto. Los médicos creen que te pondrás bien, que solo es cuestión de tiempo. –Sonreí mientras pasaba mis dedos por su largo cabello marrón oscuro. –Tengo algo para ti. En cualquier momento me echaran de aquí, solo me dieron unos minutos para poder verte. –Descolgué el collar de mi cuello, y con mucho cuidado lo coloque en el de ella. Revise que hubiera quedado bien sujetado y se lo acomode. –Es un collar, el dije es una cruz. Mi madre me dijo una vez que mientras lo tuviera estaría protegido y que nada malo me pasaría. Supongo, simplemente para consolarme porque yo estaba muriendo y era muy pequeño, y quería darme una razón para aferrarme a la vida, que fuera fuerte. Pero por algún motivo, me sirvió. Espero que te proteja a ti, como me protegió a mí.
El resto del tiempo me quede observándola. Tenía la esperanza de presenciar alguna respuesta que no llego. Parecía estar dormida y en paz.
La doctora Paylor apareció en la puerta, y me dijo que ya se había terminado el tiempo. Y que debía retirarme. Asentí. Me levante de la cama, había estado sentado al borde la misma mientras tomaba su mano. Pasó algo que al principio me sorprendió. Ella de un segundo a otro había presionado mi mano. Sonreí. Un segundo más tarde la doctora estaba a mi lado, se había dado cuenta de lo que había pasado.
-Movió su mano. –Susurre.
-Fue un acto reflejo. Responde a estímulos a veces. –Dijo sonriendo.
Habían pasado al menos dieciséis horas desde la última vez que la había visto. Ella seguía en la sala observación, regularmente iba un enfermero a comprobar su estado, si había alguna complicación llamaban a la doctora o algún doctor que estuviera disponible. Por suerte no había habido muchas de esas ocasiones. No había visto a la doctora desde que me había llevado a verla por primera vez desde su internación. Tampoco había habido mejoría, seguía casi igual que a su ingreso. Pero los medicamentos, parecían que empezaban a hacerle efecto. Se suponía que en poco tiempo estarían los resultados de los estudios, pero aun no había venido nadie a informarme al respecto. Me había pasado toda la noche y la madrugada, sentado en una de las incomodas sillas de la sala de espera, despierto a la espera de noticias. Ahora ya eran cerca de las doce del mediodía y la noche en vela me empezaba a pasar factura, aunque habría sido incapaz de dormirme de haberlo intentado. Había decidido tomarme el día libre en el trabajo por hoy. Luego de llamar a Mary a la oficina, le explique en pocas palabras mi situación actual, ella me entendió, le pedí que llamara a mis clientes para cancelar las citas y que dispusiera otro día para la siguiente semana. Ella me recordó que había un cliente que no podía esperar a la semana siguiente. Tenía razón, debía atenderlo lo más pronto posible.
-Dile que te deje lo que acordamos que me traería y luego hablare por teléfono con él. No podre ir hoy. Debo quedarme, no puedo dejarla sola.
-Entiendo. Hare lo que me pidas. –Luego cambio de tema. -Si necesitas algo más, llámame. Que te lleve alguna cosa o lo que sea.
-Gracias, pero por el momento estoy bien. No necesito nada.
-¿Has comido algo?
-Si hay un bufet en el hospital, comí algo en la noche. –También me había obligado a ir a comprar café de vez cuando, cuando empezaba a sentir que el sueño me ganaba. –Y acabo de desayunar. –La tranquilice. A veces como si yo fuera su propio hijo, teniendo en cuenta que me conocía desde que era un bebe gracias a mi padre, y luego la amistad que había entablado con mi madre hasta hoy, no era extraño.
-Pero no has dormido.
-No podría aunque quisiera. –Confesé.
-Peeta, no te sientas tan culpable. Fue un accidente. Además, mira lo que estás haciendo por ella ahora. Otro en tu lugar, hubiera escapado y la hubiera dejado abandonada a su suerte. Tú lo sabes muy bien, has atendido a muchas personas que han venido a iniciar juicios por ese tipo de casos.
Era verdad.
-Sí. Pero no debió haber pasado.
-¿No has tenido noticias de ella?
-No mucho, sigue igual. La doctora me dijo que me informaría en cuanto estuvieran los resultados de sus estudios o hubiera alguna complicación.
Vi a la doctora Paylor acercarse por el pasillo con una carpeta entre las manos. Parecía estar muy concentrada leyendo algo.
-Debo colgar. Te llamo en cuanto sepa algo.
Cuando vi que siguió de largo, fui casi corriendo hasta ella para alcanzarla.
-Peeta. –Dijo levantando la mirada al notar mi presencia. –Justo iba a pedir que te llamaran. Quería hablar contigo.
-¿Hay novedades?
-Sí, y muy buenas. Pasa por mi consultorio en una… -Miro su reloj. –Media hora. Debo hacer otra cosa primero. En recepción te indicaran donde es. –Luego se fue.
-Me acaban de entregar los estudios de la joven. No están tan mal como pensé en un principio. Sufrió una leve contusión a causa del impacto, por eso ha estado inconsciente todo este tiempo.
-¿Ha estado?
-Ella despertó. No hablo, pero ella está bien dentro de todo. Se va a recuperar. La volvimos a sedar a causa del dolor que sentía y para que este más tranquila, pero en unas horas ira cediendo el efecto y volverá a la normalidad. Esta fuera de peligro.
No pude evitar sonreír. Estaba a salvo.
-Pero eso no es todo. –Agrego.
Espere pacientemente a que continuara.
-Tiene una fractura de tobillo, aunque sospechamos de que es una lesión antigua que se agravo ahora con el accidente. Debemos preguntárselo a ella cuando ya esté mejor. Tiene un esguince en la muñeca. –Recordé el vendaje que tenía en su mano izquierda. Asentí. –Y señales de golpes o heridas. Lo importante es que no sufrió ningún tipo de lesión interna grave. Eso es muy positivo. Tuvo bastante suerte, pudo haber sido peor.
Por primera vez desde el accidente, me sentí aliviado. Sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Pero me preocupo lo primero que dijo ¿fractura? Eso no era bueno.
Al menos esta viva, y se recuperara. Pensé.
Horas después la trasladaron a una habitación común e individual. Dadas las circunstancias me dejaron pasar y estar con ella todo el tiempo, al menos hasta que apareciera algún familiar. Y si ella despertaba pronto, no tardaría en pasar.
Me quede sentado en un pequeño sillón que traslade al lado de la cama, observándola y controlándola. Ya le habían quitado el respirador, y le habían dejado de pasar medicación a través del suero por vía intravenosa que seguía adherida a su mano. Querían ver cómo reaccionaba. Seguramente cuando despertara y se quejara de dolor le volverían a colocar algún tipo de calmante. Las horas pasaron y ella seguía en el mismo estado, sin embargo notaba ciertos cambios en ella. Estaba saliendo del efecto de las drogas poco a poco. De vez en cuando, venía a verla la doctora, o algún enfermero y me obligaban a salir de la habitación. Cuando se iban yo volvía con ella.
En algún momento de la noche me debí quedar dormido, porque de lo próximo que fui consciente fue de alguien rozando mi cara. El contacto resulto reconfortante. Continué con los ojos cerrados. Tal vez solo era un sueño, tenía que serlo. Estaba en un hospital, cuidando de una joven que no conocía, y que estaba inconsciente. Salvo que…
