CAPITULO 10: CONOCIENDONOS
POV KATNISS
"Tras la tempestad viene la calma."
"Ser feliz no es tener una vida perfecta. Ser feliz es reconocer que la vida vale la pena vivirla, a pesar de todas las dificultades."
Cuando desperté estaba amaneciendo, lo podía notar porque a través de la ventana entraba rayos de luz solar y al entrar en contacto con mi cuerpo se sentía algo de calidez. Pero todo estaba en calma. Moví mis manos de forma inconsciente, estas acariciaron algo aun más cálido y firme. Fue ahí cuando comprendí que aun seguía abrazada a un Peeta completamente dormido en esta oportunidad, pero que a pesar de eso mantenía sus brazos aferrados firmemente a mi cuerpo de modo protectora. Me invadió una sensación tan dulce y cálida que invadió cada célula de mi cuerpo. Pero no entendía porque me sentía asi, apenas lo conocía. Tal vez era porque en estos momentos, él era mi único consuelo, luego de pasar una pésima noche –por poco tiempo- a causa de las pesadillas y recuerdos que me atormentaban.
Lo observe dormir casi con ternura, adoptaba el aspecto adorable mientras dormía, relajado y en paz. Tenía una sonrisa dibujada en el rostro y los rayos de sol que entraban por la ventana iluminaban gran parte de su rostro. Sentía curiosidad por saber que provocaba su sonrisa. Pero debía estar muy cansado, luego de pasar días enteros en vela solo para cuidarme. Durante el día se la pasaba despierto y completamente atento a mis necesidades, y en los momentos que despertaba en plena noche –ya fuera por falta de sueño, por dolor, o porque quería ir a al baño- siempre lo encontraba observándome dispuesto a brindarme ayuda si la necesitaba. Desde que había despertado, no lo había vuelvo a ver dormido y aunque me decía lo contrario, dudaba que lo hubiera hecho. Su cara de cansancio y los círculos oscuros que se formaban bajo sus ojos me indicaban lo contrario. Tal vez había dormido cuando el sueño finalmente lo vencía y despertaba a los pocos minutos, pero no era lo mismo.
Me alegraba que estuviera durmiendo ahora. Otra de las razones por las que le pedí que durmiera aquí conmigo, fue para evitar la misma situación del hospital. No quería a Peeta despertándose cada hora para venir a mi habitación y asegurarse de que todo estaba en orden, o no durmiendo en absoluto. De este modo, podría cuidar de mí y la vez dormir. Solo que no me anime a decírselo hasta que tuve la pesadilla. Y a partir de ahí, no podría haber soportado quedarme sola.
Era temprano aun, asi que decidí dormir un rato más. Tampoco, era como si tuviera alguna otra opción en mi estado actual, que apenas podía manejarme sola sin caerme o paralizarme de dolor. Y tenía que usar esas malditas muletas que más que ayudarme me resultaban incomodas. Peeta había decidido que me conseguiría unas nuevas lo más pronto posible. Intente volver a dormirme, apoye mi cabeza en su pecho, deseando con todas mis fuerzas que no despertara. Por suerte no lo hizo, seguía dormido tan profundamente como antes. No pude evitar concentrarme en el delicioso aroma que desprendía su piel, una fragancia cítrica combinada de forma perfectamente con una fragancia de madera y almizcle. Debió haberse puesto perfume luego de que yo le dijera que podía darse una ducha si deseaba en el baño de invitados. Supuse que era lo que necesitaba luego de pasar casi cinco días en el hospital. Yo sentía que lo necesitaba más que nadie, pero no podía hacerlo, no por mis propios medios, ni en ese momento. Me conforme con ofrecérselo a Peeta, que luego de terminar, volvió al living con otra ropa, fresco y con el cabello mojado. También algo más relajado y con energía revitalizada. Agradeciéndome por el detalle. Se sentó a mi lado en el sofá y conversamos mientras veíamos la televisión. Pero no me había percatado de su aroma hasta ahora. Me perdí en él.
Cuando volví abrir los ojos, Peeta ya no estaba dormido, pero tampoco se había movido ni un centímetro. Yo seguía entre sus brazos. Aun estaba algo somnoliento, asi que supuse que acababa de despertarse. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, me sonrió.
-Buenos días, Kat. –Susurró muy dulcemente.
Yo me encontraba aun semidormida por lo que demore unos segundos más en reaccionar.
-Buenos días.
-Espero no haberte despertado. –Me dice.
-No lo hiciste ¿Hace mucho estas despierto? –Pregunto curiosa.
-De hecho, no. Pero me daba miedo despertarte, asi que no me moví.
-Yo me desperté al amanecer, pero volví a dormirme. Has podido dormir bien ¿no?
-Hace días que no dormía tan bien. –Responde muy relajado.
Lo que confirmaba mi sospecha. Aun asi no dejaba de ser un momento incomodo para ambos el despertar uno al lado del otro, abrazándonos.
-No me malinterpretes, yo… -Dijo con algo de incomodidad y nervios. Al parecer sentía que había dicho algo incorrecto y no supo como continuar.
-Es por las noches en vela en el hospital y por tener que estar en ese incomodo sillón todo el tiempo. –Murmure con voz aparentemente tranquila, tratando de aflojar un poco la tensión del ambiente. Aunque por dentro yo estaba temblando y ni siquiera entendía el motivo. Solo esperaba que pasara desapercibido para él.
-Por eso. –Dijo recuperando su tono de voz tranquilo. -¿Sin pesadillas? –Me pregunto dedicándome una media sonrisa.
-Ninguna.
-Me asuste mucho cuando te vi ¿sabes?
-Lo imagino. Lamento haberlo hecho. A veces suelen ser muy intensas. –Mi voz tembló al recordar mi pesadilla.
Peeta se aparto un poco de mi cuerpo, para poder mirarme se quedo recostado de costado con la vista fija en mi. Lucia apenado, acaricio mi espalda para consolarme. Creo que su temor era que me volviera a quebrar emocionalmente de nuevo.
-Pero está todo bien, preciosa. Nunca dejes que te afecte de más. –Su voz era tan dulce y tranquilizadora que era imposible sentir otra emoción diferente a la que trasmitía.
-Gracias por lo de anoche. –Sabía que si no hubiera sido por él, me hubieras pasado el resto de la noche llorando y gritando, con rabia, miedo y un enorme vacío en mi pecho hasta que llegara el día y luego pasaría la mañana y tal vez la tarde con un mal humor, y ni yo misma me aguantaba. Siempre me pasaba cuando tenía ese tipo de pesadillas. Con Peeta a mi lado extrañamente no me había pasado.
-Estoy para lo que necesites.
Y a pesar de no conocerlo, se lo agradecía a eso.
Le sonreí.
Y empezamos el día. Bueno, Peeta lo empezó primero. Porque él me obligo a quedarme en la cama, mientras preparaba el desayuno. Al cabo de una media hora él volvió una gran bandeja con desayuno para dos.
-Desayuno en la cama. –Lo mire sorprendida.
-Bueno, pequeña, debo mimarte un poco ¿no te parece?
Sí, me parecía.
Se sentó en la cama a mi lado y desayunamos. Por momentos lo miraba, y me decía a mi misma que por más que lo intentara, no podía odiarlo por lo sucedido. Sabía que en mi situación sería lo más lógico, pero era tan agradable, bueno, divertido, honesto y sensible, tan amable conmigo, que me resultaba imposible pensar en él de otra manera. Me sorprendía riendo y hablando hasta de las cosas más insignificantes con él.
Lo que había sucedido el día anterior, luego de horas de evidente tensión e incomodidad entre nosotros habíamos decidido dejarlo en el olvido. Yo no lo culpaba, él tampoco a mí. Las cosas sucedieron como sucedieron, ya no lo podíamos cambiar, pero tratamos de hacer de cuenta que nunca había sucedido y eso pareció relajar las cosas. Pero había momentos en los que con tan solo mirarnos sabíamos que estábamos pensando en eso y luego apartábamos la vista. Había sido un error.
En la tarde llame a Cinna, aquel joven –que no alcanzaba los treinta años- moreno de cabello corto, sonrisa amable y ojos sinceros, que había visto en esa fiesta a la que me había llevado Johanna. De todos los amigos que conocí, era uno de los que mejor me caía. Johanna debió notar eso, para decirle a él que estuviera al pendiente de mí. Sabía que yo era bastante desconfiada y no aceptaría ayuda de cualquiera, salvo que realmente me inspire confianza.
Cinna contesto casi de inmediato.
-Hola.
-Cinna. Soy Katniss.
-Hola Katniss. Johanna me acaba de llamar y me conto todo. ¿Cómo te sientes?
-No estoy saltando por todos los rincones de la casa precisamente. –Dije en tono de broma.
Él se rio. Solo un poco.
-Eso supuse.
-Estoy bien, solo necesito tiempo para recuperarme del todo. Estoy tomando medicación cada cierta cantidad de horas, haciendo reposo, durmiendo. Pero aun no consigo estar de pie mucho tiempo. Por suerte cuento con ayuda. –Pensé en Peeta, preparando algo cosa en la cocina, mientras yo estaba recostada en el sofá con mi teléfono móvil en mi oído hablando con Cinna. –Peeta cuida de mí. A veces pienso que demasiado, no me deja hacer nada prácticamente. Me dice que ahora solo debo preocuparme por mi recuperación.
-Tiene razón.
-Sí, pero… no quiero cargarle toda la responsabilidad a él. Ha pasado toda la semana conmigo prácticamente, no ha dormido bien hasta ayer que estábamos aquí y aunque no me lo diga se que está agotado.
-Puedo ayudar con eso, Katniss.
-¿De qué hablas?
-Antes del viaje, le prometí a Johanna que cuidaría de ti y te acompañaría en caso necesario. Creo que este sería el caso. De paso, le puedes decir a Peeta que se vaya a su casa y se relaje un poco. Cuando vaya a verte nuevamente se sentirá mejor.
-Es una buena idea. Entonces ¿vendrás?
-Si tú quieres.
-Me encantaría.
-Bien, iré mañana. Nos vemos, Katniss.
-Hasta más tarde, Cinna.
Y colgamos.
-¿Hablando con un novio? –La voz de Peeta me saco de mis pensamientos. Podio notar cierto tono de broma en su voz. Me sorprendió ¿Hace cuanto tiempo que estaba parado a pocos metros de mi detrás del sofá? Peeta se acerco a mí sonriendo como lo hacía habitualmente. Si había algo que amaba de él era eso. Peeta se sentó en el espacio vacío que había entre mi cabeza y el apoyabrazos del sofá. Donde había estado sentado hace apenas una hora apoyando mi cabeza en su regazo. Él acaricio mi cabello mientras yo lo observaba.
-Sí, con mi novio invisible. Es tan invisible que ni siquiera deja que lo vea yo.
Peeta se rio, ante mi extraña manera de reconocer que no tenia novio.
-Que pésimo novio.
-Si ¿verdad? –Le sonreí.
-Vale ¿Con quién hablabas?
-Cinna. Un amigo de Johanna. Solo lo vi una vez, pero creo que puedo confiar en él.
-¿Va a venir?
-Mañana. Podrás irte cuando llegue, él seguramente estará conmigo unas horas. Te dará tiempo para ir a tu casa, relajarte y descansar o hacer lo que quieras.
-Gracias, preciosa. Lo tendré en cuenta.
-¿Qué estuviste haciendo?
-Pensé que tal vez me podías dar una mano.
-¿En qué?
-Estoy preparando algo ¿te interesa?
Asentí.
No podía negarme a ese ofrecimiento. Era la primera vez que aceptaba ayuda.
Me condujo a la cocina. Me detuve unos segundos, me sorprendió encontrarme con lo que había en la mesa de mármol de la cocina era, había muchos ingredientes entre dulces, harina, huevos y otras cosas mas también. La mesa estaba llena de harina en una zona y habían restos de alimentos o sobres vacios sobre una bandeja. Bajo varios repasadores se notaban bultos. Demore unos segundos en comprender. Y luego me quede mirando sorprendida al chico que estaba a mi lado. Cada vez me sorprendía más con él.
-¿Algo más que deba saber de ti?
Él me sonrió.
-Muchas. Pero vayamos lento ¿sí?
Eso explicaba el polvo blanco que había visto su mejilla. Era harina. Lo que había estado preparando todo el tiempo que se había ausentado era la masa.
Me senté en unos de los taburetes.
-No soy buena en la pastelería. –Reconocí. –No sé en qué te puedo ser útil.
-Te dejare la tarea más fácil y que requiera menos esfuerzo, tranquila. Además, seguirás mis indicaciones y lo más difícil ya lo hice.
-Ayer también hiciste la masa ¿no?
-Sí. –Contesto mientras volvía a ponerse el delantal blanco. Luego me coloco otro idéntico a mí y me lo ato con un nudo en mi espalda. Como sospechaba, era completamente casera la masa de las tartas. –Y por la forma en la que comiste, parece que te encanto.
-Estaban deliciosas. –Reconocí.
-Gracias. Me daba un poco de miedo que no te gustara.
-Pues no.
Tuvimos que esperar a que la masa ya estuviera lista. Peeta la había colocado en la heladera envuelta en un film al menos por una hora. Mientras, me había pedido que fuera seleccionando los ingredientes para los rellenos a mi gusto. Y entre ambos empezamos a prepararlos. Una seria una tarta de manzana, otra de chocolate y ciruelas pasas –mi combinación favorita-, y parecía que alcanzaría la cantidad de masa para hacer una tercera, la deje a elección de Peeta, que se inclino por algo mas difícil, lemon pie. Me quede sorprendida al ver lo desenvuelto y animado que se veía haciendo su tarea. Parecía como si lo hubiera hecho toda su vida. Creo que yo nunca podría llegar a su nivel casi profesional. Él lo hacía parecer tan fácil, pero no lo era para mí. Siempre ayudaba a mi madre cuando hacia este tipo de cosas, pero en pequeña medida y más que todo para dar los toques finales. Había intentado seguirle el ritmo a ella, pero no era lo mío.
Peeta amasaba y dándole forma a la masa, yo la colocaba en los moldes grandes para tarta que había encontrado. Lo dejaba unos minutos en el horno para que se cocinara la masa, luego lo sacaba, y le colocábamos el relleno. Mermelada con trozos finos de manzana, chocolate calentado a baño maría con ciruelas pasas. Y el lemon pie del cual se estaba encargando él. Luego volvían al horno hasta que estuvieran listos.
Habíamos acabado. Acomodamos las cosas y Peeta las guardo en sus respectivos lugares. Y se puso a lavar lo que estaba sucio. Pero se olvido de algo el paquete de harina seguía en la mesa. Sonreí. Mientras él no me miraba se me ocurrió una pequeña travesura. Tome un puñado de harina en mi mano y se lo avente a Peeta que se encontraba tan solo a dos metros de mi frente a mí. Una parte cayó en su espalda. Él no reacciono la primera vez y continúo de espaldas a mí. Volví a repetir lo mismo una segunda vez.
-¿Pero qué...? –Peeta se volteo sorprendido. –Katniss… -Me reto.
-No hice nada. –Puse mi mejor expresión de inocente. Peeta puso los ojos en blanco. Al ver que no molestaba nuevamente se dio vuelta para seguir lavando. Lo volví a atacar, esta vez la harina había caído en su cabello y su cuello. Tome un puñado más de harina en cada mano. Me voltee para no mirarlo, en el fondo quería provocarlo. Podía sentir su mirada atrás mío. Y ya no se sentía el ruido del agua corriendo. Un minuto más tarde, lo tenía frente a mí. Con una rapidez increíble movió mi taburete hacia un costado para que quedáramos frente a frente. Coloco sus manos a los costados de mis piernas sobre los bordes del asiento y su rostro tan cerca del mío prometía venganza.
-Señorita Everdeen. –Dijo con voz dura y segura. Pero no podía ocultar que algo le divertía la situación. –Temo informarle, que usted está en serios problemas. No importa que tan herida este.
-No lo creo, señor Mellark.
-¿Por qué? –Me desafió.
-Usted jamás lastimaría a una mujer.
-¿Eso cree?
-Sí. –Y en ese momento le largue el resto de la harina que quedaba en mis manos. Él cerró los ojos como auto reflejo, y los volvió a abrir. Su cara estaba blanca como la de un payaso, con la diferencia de que un payaso se maquillaba y a Peeta yo lo había bañado de harina, hasta sus pestañas y cejas estaban llenas de harina. Se veía muy gracioso. Me reí a carcajadas. –Ahora si te ves guapo. –Bromee.
-Asi que la señorita quiere guerra. Pues guerra tendrá.
Prometido y cumplido.
Él me tomo de la cintura y me subió a la mesa. Me dejo sentada allí. Fue por el paquete de harina, este cayo de costado y la mayor parte del contenido salió fuera del paquete y se desparramo por la mesa muy cerca de nosotros. Seguía mirándome desafiante, como diciéndome "atrévete y veras", su sonrisa era maligna y picara al mismo tiempo. Me distraje momentáneamente ante esto, y Peeta aprovecho para iniciar su venganza. Lo que continuo fue una guerra de harina y manos que no acabo hasta que vaciamos el paquete de harina y no teníamos nada mas con lo que atacarnos.
-Ahora si te ves guapa. En realidad, más que guapa. –Dijo mirándome de arriba abajo, no había ni una sola parte de mi cuerpo que no tuviera harina. Se rio.
Maldito idiota. Todo lo que decía o hacia lo utilizaba en mi contra.
-Idiota. –Le grite.
-Te atropello y me tratas como si no te hubiera hecho nada. Y solo por echarte harina me insultas. ¿Quién te entiende, Katniss Everdeen?
-No puedo bañarme y debo quitarme todo esto. –Me queje.
-Lo hubieras pensado antes, tontita. No es bueno provocarme. Tenlo en cuenta para una próxima vez. Además te ves tan hermosa llena de harina, sería una lástima que te la quitaras. Eres como una adorable galletita de muñequita de Jengibre. –Dijo en tono dulce y burlón.
Se seguía burlando de mí. Lo mire. Él estaba igual o peor que yo.
-Entonces somos dos muñecos de Jengibre. Como una parejita. Tal vez sería una buena idea salir a la calle asi, para que todos nos vean. Si dices que tan hermosa me veo, tu también ¿no?
-No te pases, Katniss. –Se quejo. Al instante se rio. Su risa fue tan contagiosa, que yo también me reí con él.
-No te pases TÚ. –Le conteste.
Sin darnos cuenta la distancia entre nosotros se había acortado. Nuestras respiraciones se agitaron y podía jurar que ambos sufríamos de un leve temblor ¿O tal vez era solo yo la que no paraba de temblar? También sentía que mi corazón iba salirse de mi cuerpo de tanto latir. Recordé los besos que habíamos compartido el día anterior y por algún motivo desee que volviera a suceder. Pero no sucedería. Me limite a apoyar mi cabeza en su hombro. Peeta me rodeo con sus brazos.
-Ayúdame a bajar. –Le dije al cabo de unos minutos. Peeta hizo lo que le pedí. Me obligo a levantar la cabeza y me miro en la zona de la herida que estaba cubierta por una gasa.
-Vamos a tu habitación. Te ayudare.
Fuimos directamente a mi baño. Nos miramos en el espejo, nos veíamos horribles como si nos hubiéramos metido en una pileta llena de harina o cal. Pero nos causo gracia la expresión del otro al verse reflejado en el espejo.
-¿Muñecos de Jengibre? –Le pregunte.
-Muñecos de Jengibre blancos… o estatuas. –Me sonrió.
Nos quitamos los delantales. Peeta se empezó a limpiar y quitarse de su piel y su ropa la harina. Excepto el cabello, que a pesar de que se lo sacudió un poco, aun se veía blanco en gran medida. Yo me lave los brazos, las manos, el cuello y el rostro; y finalmente sacudí mi ropa con mi mano sana.
Peeta me trajo una silla con una almohada y la coloco frente al lavabo para que me sentara y me ayudara en al menos una cosa que no podía hacer por mi cuenta, mi cabello. Me senté lo mas que pude a la orilla de la silla, para que no se le dificultara tanto lavarme, ni resultara tan incomodo para mí. Demoro un rato, pero finalmente pudo eliminar cada resto de harina de mi cabello dejándolo completamente limpio, también de mi cuello y mi rostro. Limpio y desinfecto la herida de mi frente y me la vendo nuevamente.
-Se ve mucho mejor. –Reconoció. –Esta cicatrizando. Cuando se cure, apenas se notara. –Me tranquilizo.
-Gracias.
Después de eso, me dejo sola para que me cambiara.
Sabía que seguramente Peeta estaría bañándose o en la cocina. Asique no lo iba a molestar. Me tendí en la cama, y me dispuse a descansar un rato. Lo cual no resulto tan difícil. Desperté unas horas más tarde. Fui al living y me encontré a Peeta viendo unas carpetas y escribiendo algo en su notebook, se había cambiado de ropa por una que nunca le había visto puesta. Estaba impecable ahora. Me saludo y me senté en la otra punta del sofá donde estaba él.
-¿Qué haces?
-Trabajo.
Y yo lo estaba interrumpiendo.
Me quede en silencio unos minutos, centrando mi atención en un programa de televisión, cuando me di cuenta que Peeta había abandonado el trabajo, había cerrado su notebook y me estaba observando.
-Te estoy complicando las cosas ¿verdad? –Le pregunte
-Yo las complique solo. Pero no quiero que creas que es una molestia estar contigo, muy por el contrario.
-Me divierto contigo. –Reconoció con una sonrisa. Creo que recordando la guerra de harina.
-Espero que hayas limpiado el desastre que quedo.
-Sí, todo. Aunque siendo sincero tú deberías haberlo hecho. Tú empezaste.
-Pobrecillo. De algún modo tenias que pagar lo que me hiciste ¿no te parece?
-Lo hiciste a propósito, entonces.
-Una lenta y dulce venganza. –Le dedique una sonrisa siniestra.
-Me estas empezando a dar miedo, Katniss. –Simulo terror.
-Deberías tenerlo.
-Eres peligrosa.
-No te imaginas cuanto. Más te vale portarte bien conmigo de ahora en adelante.
-Y lo empezare a hacer ahora. –Fue por un plato que había colocado en la mesita que se encontraba frente a nosotros y un tenedor, tenía varias porciones de las tartas que habíamos preparado.
-Creo que nos vamos entendiendo.
Las tartas eran deliciosas.
Me sorprendía mucho viniendo de un hombre que no era chef, ni nada por el estilo. Cuando le pregunte al respecto él me conto la historia.
-Mis padres son muy buenos en la cocina, por supuesto, cada uno tiene más facilidad para una cosa que el otro no. Ellos nos han enseñado todo lo que sabemos. Mi madre me enseño todo lo que debo saber de comidas y mi padre es muy bueno haciendo todo tipo de cosas dulces o pan. Mi hermana y yo siempre los hemos ayudado, nos gusta hacerlo por nuestra cuenta también
-¿Y tus hermanos? –Le pregunte
-Darius y Seneca son otra historia. Ellos a veces ayudan y se manejan solos, pero no es algo que amen hacer, no es su actividad favorita precisamente. Y aprovechan cada tiempo libre que tienen para viajar y salir de casa. Tiene sentido ya que son los mayores, yo los acompaño también, pero desde que trabajo, se me complica bastante. Ahora están recorriendo Europa sin fecha de regreso aun.
-Se deben estar divirtiendo.
-Ni lo dudes. Ya llevan un mes y no quieren regresar aun. Mi hermana acaba de llegar hace unos días.
-¿Estaba con ellos?
-No, aunque la fueron a ver unos días a donde ella estaba.
-¿Qué hacia?
-Tiene uno de los mejores promedios de toda la escuela. Le dieron la oportunidad de hacer un intercambio en Francia. Costo un poco convencerlos a mis padres pero al final aceptaron. Creo que mi hermana los hubiera odiado de por vida si no la dejaban ir. Es una chica adorable y muy buena, pero no conviene hacerla enojar. –Hablaba con un amor de su hermana, que por un momento sentí ternura.
-Seguro.
-Bien. Ahora es tu turno. –Peeta estiro la pierna y toco mi pie con su zapato. Ambos estábamos sentados sobre el mismo sofá en ambos extremos, yo del izquierdo y él del derecho. Yo con las piernas estiradas y él un poco mas dobladas contra su pecho.
-¿Turno de qué?
-Nos estamos conociendo. Cuéntame de ti. Ya sé cómo está conformada tu familia pero, cuéntame más.
-No hay mucho más que decir. –La verdad es que si lo había, pero desde la muerte de mi padre, hablar sobre mi familia destruida por la ausencia de mi padre, resultaba un tema doloroso.
-Katniss, sabes que puedes confiar en mí.
-Prim tiene quince años, somos muy diferentes en varios sentidos. Ella es rubia y tiene ojos azules como mi madre. Yo me parezco a mi padre. Ella es una chica muy dulce, amable muy madura y fuerte para su edad. Creo se vio obligada a crecer rápidamente después de la muerte de nuestro padre. Y Neyde, mi madre es muy dedicada al trabajo y a nosotras aunque... Es doctora ¿te había dicho?
Él negó con la cabeza.
-¿Ahora entiendes porque no la quería llamar? –Le pregunte. –Ella se muere si le pasa algo a cualquiera de nosotras, somos lo único que le queda.
-No debió ser fácil para ustedes.
-Mi madre entro en un estado de depresión por meses. Le costó salir. Ahora se dedica de lleno al trabajo, es como un tipo de terapia para ella.
-¿Y tú? ¿Y Prim?
-Prim era más pequeña, increíblemente lo llevaba mejor que yo. Y yo trataba de ser fuerte por ella. Demasiado tenía con ver a su madre tan quebrada. Aunque por dentro sentía que me estaba muriendo lentamente como ella, aunque no me dejaba derrumbar del todo por mi hermana. Creo que Prim siempre lo noto. Siempre supo que ambas estábamos igual, pero teníamos distintas maneras de exteriorizar el dolor. En esa época empezaron las pesadillas, creo que nunca se irán del todo. Fue muy duro ver, que la integrante más pequeña de la familia, tuviera darnos consuelo a nosotras y mantenerse firme, fuerte, alentadora y siempre positiva. ¿No es irónico? No sé que hubiéramos hecho sin ella.
-Los niños son como ángeles dispuestos a rescatarte en los peores momentos. –Comento.
-Es verdad, eso fue Prim para nosotras. Un ángel. Una pequeña luz de esperanza en medio de la oscuridad.
Como siempre que hablaba de ese tema sentí ganas de llorar, no llorar a los gritos, pero si derramando en silencio lagrimas por mis ojos. Y odiaba hacerlo, si fuera por mí me hubiera ido a mi habitación y me hubiera encerrado allí solo para que él no me viera llorar. Y estaba considerándolo, inventar una disculpa creíble, solo para que dejara que me fuera y no me siguiera. Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, Peeta estaba frente a mí, recostado a mi lado en el amplio sofá. Borrando los rastros de lagrimas de mi rostro con sus dedos. Mirándome conmovido.
-Era un buen hombre y nos amaba. Amaba a su esposa y sus "pequeñas". Nos cuidaba y hacia todo por nosotras. Jamás nos levanto una mano para pegarnos, si se enojaba prefería irse a tomar aire y pensar solo, y luego volvía a casa más calmado. Y todo volvía a ser como antes. No merecía lo que le paso.
-En ocasiones, la vida no es justa. Pero se puede sacar provecho de las malas experiencias.
-¿Cómo cuales? –Sentí curiosidad por saber su punto de vista
-Valorar la vida. Valorar a las personas que te rodean o las que formaron parte de tu vida. Valorar cada momento a su lado. Valorar lo que te brindan o brindaron. Recordar los buenos momentos. Seguir adelante sin importar lo dolorosas que sean nuestras pérdidas, nuestro sufrimiento.
-Hablas como si lo hubieras sentido. –Reconocí. Luego lo recordé, él había dicho que de pequeño sufrió un accidente. – ¡Oh!
-¿Qué?
-¿Quiénes fueron? Me dijiste que sufriste un accidente y que me contarías sobre eso.
-Sí. Lo prometí.
Me conto todo desde el momento en que ambas familias se conocieron, como se empezó a establecer una amistad entre ellos. Y lo que ocurrió el día del accidente, como su mejor amigo murió junto al padre. Y él con pocas esperanzas de vida, fue el único que sobrevivió. Y lo difícil que le resulto todo después de ese episodio: el pánico que le daba subir a un auto los primeros años, el dolor, el miedo, la culpa, la tristeza.
-Aunque te suene estúpido, yo me sentía culpable por haber sobrevivido y ellos no. Lo peor de todo fue ver poco después a la mujer que había perdido a su esposo y su único hijo en un solo día, mientras yo estaba "feliz" con mi familia, porque la vida me había dado una segunda oportunidad. Estaba tan destrozada, solo me abrazo y lloro. Eso me hizo sentir terrible en su momento.
-¿Y ahora?
-Ya no me afecta como antes. Pero a veces también tenía pesadillas sobre ese día, en los que los volvía a ver morir y cosas por el estilo. Por eso te entiendo.
-¿Ya no las tienes?
-No.
Si era asi, esperaba que las mías algún día se fueran.
